lunes, 28 de enero de 2019

¡ID A TOMÁS!

La apoteosis de Santo Tomas
 Francisco de Zurbarán


E
l Magisterio de la Iglesia de los últimos siglos, guiado por una clara inspiración de lo alto, no ha cesado de recomendar a Santo Tomás de Aquino como maestro seguro en el estudio de la ciencia sagrada. Si tan tenaz recomendación fuese fielmente obedecida, hoy respiraríamos una atmosfera doctrinal mucho más sana y límpida; no tendríamos que caminar sorteando los escombros de una teología devenida muchas veces en simple sociología de tintes religiosos. ¡Id a Tomás!, fue la invitación que Pío XI dirigió a la Iglesia en su encíclica Studiorum Ducem (29 de junio de 1923), con motivo de la celebración del sexto centenario de la canonización de Santo Tomás de Aquino. «Id a Tomás» es también hoy el mejor consejo para trabajar en una «ecología teológica» que nos permita volver a respirar el aire puro de la fe, libre de contaminaciones ideológicas totalmente extrañas a la divina revelación.
  Quien entra en contacto con el pensamiento de Tomás de Aquino siente una fascinación similar a quien entra en una catedral gótica: su mirada es llevada casi de inmediato hacia lo alto, el corazón experimenta la libertad de ingresar a un espacio siempre abierto a lo grandioso, que no oprime, sino que despierta el deseo silencioso de la contemplación. El dedo de Santo Tomás siempre apunta hacia Dios, Verdad última y suprema, nunca a sí mismo; por eso, como lo advirtió un buen amigo suyo, la humildad es condición fundamental para seguir sus huellas: «Si queremos ser verdaderos discípulos de Tomás de Aquino, cada uno de nosotros debe –en la pequeña medida de su capacidad– estar presto a seguir su ejemplo, que es el esconderse obstinadamente detrás de la verdad. La verdad es lo que importa, no nosotros» (E. Gilson, El amor a la sabiduría, Caracas 1974, p.61).

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