sábado, 11 de febrero de 2017

YO SOY LA INMACULADA CONCEPCIÓN

¡Qué bien se corresponden las apariciones de la Virgen con su carácter maternal! Una buena madre no deja pasar mucho tiempo sin visitar a sus hijos. Así también María; de una manera siempre discreta no ha cesado de visitar nuestro mundo para alegrarnos con su presencia gloriosa, traernos las bendiciones del cielo y convertir ciertos lugares de la tierra en fuentes de gracia y conversión. Sin duda Lourdes es uno de esos lugares benditos. La Iglesia sin esa corona de santuarios marianos que la adornan quizá pronto se convertiría en un desierto.

«Volví a ir allí durante quince días. La Señora se me apareció como de costumbre, menos un lunes y un viernes. Siempre me decía que advirtiera a los sacerdotes que debían edificarle una capilla, me mandaba lavarme en la fuente y rogar por la conversión de los pecadores. Le pregunté varias veces quién era, a lo que me respondía con una leve sonrisa. Por fin, levantando los brazos y los ojos al cielo, me dijo: “Yo soy la Inmaculada Concepción” (Carta de Santa María Bernarda Soubirous al padre Gondrand, 1861). 

miércoles, 8 de febrero de 2017

BAKHITA, LA SANTA QUE HALLÓ A SU AMO

Al comienzo de su encíclica Spe salvi, el Papa Benedicto XVI nos proponía la vida  de Josefina Bakhita como ejemplo vivo de lo que significa ser salvados por la esperanza. Ella comprendió que estaba salvada en la misma medida en que entendió que tenía un Amo que la amaba con locura. Hoy que celebramos su fiesta podemos releer este impresionante texto.

«Pero ahora se plantea la pregunta: ¿en qué consiste esta esperanza que, en cuanto esperanza, es « redención »? Pues bien, el núcleo de la respuesta se da en el pasaje antes citado de la Carta a los Efesios: antes del encuentro con Cristo, los Efesios estaban sin esperanza, porque estaban en el mundo «sin Dios». Llegar a conocer a Dios, al Dios verdadero, eso es lo que significa recibir esperanza. Para nosotros, que vivimos desde siempre con el concepto cristiano de Dios y nos hemos acostumbrado a él, el tener esperanza, que proviene del encuentro real con este Dios, resulta ya casi imperceptible. El ejemplo de una santa de nuestro tiempo puede en cierta medida ayudarnos a entender lo que significa encontrar por primera vez y realmente a este Dios. Me refiero a la africana Josefina Bakhita, canonizada por el Papa Juan Pablo II. Nació aproximadamente en 1869 –ni ella misma sabía la fecha exacta– en Darfur, Sudán. Cuando tenía nueve años fue secuestrada por traficantes de esclavos, golpeada y vendida cinco veces en los mercados de Sudán. Terminó como esclava al servicio de la madre y la mujer de un general, donde cada día era azotada hasta sangrar; como consecuencia de ello le quedaron 144 cicatrices para el resto de su vida. Por fin, en 1882 fue comprada por un mercader italiano para el cónsul italiano Callisto Legnani que, ante el avance de los mahdistas, volvió a Italia. Aquí, después de los terribles «dueños» de los que había sido propiedad hasta aquel momento, Bakhita llegó a conocer un «dueño» totalmente diferente –que llamó «Paron» en el dialecto veneciano que ahora había aprendido–, al Dios vivo, el Dios de Jesucristo. Hasta aquel momento sólo había conocido dueños que la despreciaban y maltrataban o, en el mejor de los casos, la consideraban una esclava útil. Ahora, por el contrario, oía decir que había un «Paron» por encima de todos los dueños, el Señor de todos los señores, y que este Señor es bueno, la bondad en persona. Se enteró de que este Señor también la conocía, que la había creado también a ella; más aún, que la quería. También ella era amada, y precisamente por el «Paron» supremo, ante el cual todos los demás no son más que míseros siervos. Ella era conocida y amada, y era esperada. Incluso más: este Dueño había afrontado personalmente el destino de ser maltratado y ahora la esperaba «a la derecha de Dios Padre». En este momento tuvo «esperanza»; no sólo la pequeña esperanza de encontrar dueños menos crueles, sino la gran esperanza: yo soy definitivamente amada, suceda lo que suceda; este gran Amor me espera. Por eso mi vida es hermosa. A través del conocimiento de esta esperanza ella fue «redimida», ya no se sentía esclava, sino hija libre de Dios. Entendió lo que Pablo quería decir cuando recordó a los Efesios que antes estaban en el mundo sin esperanza y sin Dios; sin esperanza porque estaban sin Dios. Así, cuando se quiso devolverla a Sudán, Bakhita se negó; no estaba dispuesta a que la separaran de nuevo de su «Paron». El 9 de enero de 1890 recibió el Bautismo, la Confirmación y la primera Comunión de manos del Patriarca de Venecia. El 8 de diciembre de 1896 hizo los votos en Verona, en la Congregación de las hermanas Canosianas, y desde entonces –junto con sus labores en la sacristía y en la portería del claustro– intentó sobre todo, en varios viajes por Italia, exhortar a la misión: sentía el deber de extender la liberación que había recibido mediante el encuentro con el Dios de Jesucristo; que la debían recibir otros, el mayor número posible de personas. La esperanza que en ella había nacido y la había «redimido» no podía guardársela para sí sola; esta esperanza debía llegar a muchos, llegar a todos». (Benedicto XVI, Encíclica Spe salvi, n° 3, 30 de Noviembre de 2007)

jueves, 2 de febrero de 2017

EL INSTANTE GOZOSO DE SIMEÓN

Simeón con Jesús en brazos. Oleo de Alekséi Yegórov (1830-40)
Foto Wikipedia

La figura del anciano Simeón nos resulta fascinante. Una larga vida de oración y de sacrificio esperanzados que se ve plenamente colmada, ya en este mundo, por un instante de cercana e intensa contemplación del Verbo hecho carne junto a su Madre Virginal.
Recojo a continuación una piadosa reflexión de Fray Luis de Granada al respecto.

"D
espués de esto considera también la grandeza de la alegría que aquel Santo Simeón recibiría con la vista y presencia de este Niño, la cual excede todo encarecimiento.
Porque cuando este varón (que tanto celo tenía de la gloria de Dios y de la salud de las almas, y tanto deseaba ver antes de su partida a Aquél en cuya contemplación respiraban los deseos de todos los Padres (Gn 49, 1), y en cuya venida estaba la salud y remedio de todos los siglos), cuando le viese delante de sí y le recibiese en sus brazos, y conociese por revelación del Espíritu Santo que dentro de aquel corpecico estaba toda la majestad de Dios y viese juntamente en presencia de tal Hijo tal Madre, ¿qué sentiría su piadoso corazón con la vista de dos tales lumbreras y con el conocimiento de tan grandes maravillas? ¿Qué diría? ¿Qué sentiría? ¿Qué sería ver allí las lágrimas de sus ojos y los colores y semblantes de su rostro y la devoción con que cantaría aquel suavísimo cántico en que está encerrada la suma del Evangelio? " (Fray Luis de Granada, Vida de Jesucristo, Ed. Rialp, Madrid 1990 p. 47-48).

sábado, 28 de enero de 2017

SANTO TOMÁS DE AQUINO, LUZ DE LA IGLESIA

Santo Tomás de Aquino, escuela cusqueña (s. XVIII). Museo de Arte de Lima

Inter sanctorum agmina quasi stella matutinam, como lucero de la mañana entre las filas de los bienaventurados. Con estas palabras honraba el Papa Juan XXII a Santo Tomás de Aquino en la Bula de canonización del santo doctor, el 18 de julio de 1323. Siempre el magisterio de los Romanos Pontífices ha relacionado la figura y el pensamiento de Santo Tomás con la luz. «Luz de la Iglesia y del mundo entero, así es aclamado con razón Santo Tomás de Aquino», señalaba Pablo VI en la carta Lumen Ecclesiæ dirigida al Maestro General de la Orden de Predicadores al término de las celebraciones del VII centenario de su muerte (20-XI-1974). San Pío V en su Bula Mirabilis Deus por la que nombra solemnemente a Santo Tomás Doctor de la Iglesia universal (1567), llámale clarissimum Ecclessiæ lumen, luz resplandeciente de la Iglesia. Y los elogios podrían multiplicarse indefinidamente.
Hoy la Iglesia necesita más que nunca, a modo de brújula, la luz imperecedera del pensamiento del Doctor Angélico. En una época marcada por el relativismo y exacerbada por la exaltación de la conciencia subjetiva como norma suprema de conducta, el realismo gnoseológico y ontológico del tomismo se presenta como el camino más expedito para volver al ser y a la verdad. «Por eso se ha podido definir el pensamiento de santo Tomás –escribía el Beato Pablo VI en la carta arriba señalada– como la filosofía del ser, considerado tanto en su valor universal como en sus condiciones existenciales; igualmente es sabido que a partir de esta filosofía el Aquinate se remonta a la teología de Ser divino, cual subsiste en sí mismo y cual se revela en su palabra y en los eventos de la economía de la salvación, especialmente en el misterio de la Encarnación.
Nuestro predecesor Pío XI alabó este realismo ontológico y gnoseológico, en un discurso pronunciado a los jóvenes universitarios, con estas significativas palabras: En el Tomismo se encuentra, por así decir, una especie de Evangelio natural, un cimiento incomparablemente firme para todas las construcciones científicas, porque el Tomismo se caracteriza ante todo por su objetividad; las suyas no son construcciónnes o elevaciones del espíritu puramente abstractas, sino construcciones que siguen el impulso real de las cosas… Nunca decaerá el valor de la doctrina tomista, pues para ello tendría que decaer el valor de las cosas’» (Beato Pablo VI, Carta Lumen Ecclesiæ, n° 15)

jueves, 26 de enero de 2017

LA FUERZA DE UNA CONVERSIÓN

Vicente Carducho (Florencia, 1576 – Madrid, 1638)
Detalles de la pintura aquí

"En esta sola conversión se manifiesta con todo su esplendor la grandeza de la misericordia de Dios y la eficacia de su gracia"

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on razón, Carísimos, celebra hoy con festivos gozos la universalidad de las gentes la conversión del Doctor de las gentes: pues sabemos que de tan dichosa raíz ha salido tan abundante copia de ramos. Pablo convertido fue hecho para todo el mundo el instrumento de su conversión. No solo en otro tiempo cuando aún vivía en carne mortal, aunque no conduciéndose ya según las leyes de  la carne, convirtió muchos a Dios en el oficio de su predicación, sino que ahora también, viviendo ya más felizmente en Dios y con Dios, no cesa de convertir a los hombres con el ejemplo de su vida, con la oración y con sus enseñanzas. Por eso se hace solemne memoria de su conversión, porque es utilísima para los que la tienen presente. En esta memoria concibe el pecador esperanza del perdón, para moverse a penitencia; y el que hace ya penitencia halla en ella el modelo de una conversión perfecta. ¿Quién perderá la esperanza en adelante, por grandes que hayan sido sus extravíos, cuando oye que Saulo respirando todavía amenazas y muertes contra los discípulos del Señor, fue convertido súbitamente en vaso de elección? ¿Quién dirá, oprimido del peso de su iniquidad, ya no pudo levantarme a mejorar mis costumbres, cuando considere que en el mismo camino en que, sediento de la sangre de los cristianos, respiraba de todo su pecho cruel ponzoña, es trocado en predicador fidelísimo un perseguidor cruelísimo? En esta sola conversión se manifiesta con todo su esplendor la grandeza de la misericordia de Dios y la eficacia de su gracia» (San Bernardo, Sermón en la conversión de San Pablo, Sermón I, n°1).


sábado, 21 de enero de 2017

LA VICTORIA DE INÉS CONTADA POR AMBROSIO

En una sola víctima tuvo lugar un doble martirio: 
el de la castidad y el de la fe

Santa Inés de Massimo Stanzione (S. XVII)

«Celebramos hoy el nacimiento para el cielo de una virgen, imitemos su integridad; se trata también de una mártir, ofrezcamos el sacrificio. Es el día natalicio de santa Inés. Sabemos por tradición que murió mártir a los doce años de edad. Destaca en su martirio, por una parte, la crueldad que no se detuvo ni ante una edad tan tierna; por otra, la fortaleza que infunde la fe, capaz de dar testimonio en la persona de una jovencita.
¿Es que en aquel cuerpo tan pequeño cabía herida alguna? Y, con todo, aunque en ella no encontraba la espada donde descargar su golpe, fue ella capaz de vencer a la espada. Y eso que a esta edad las niñas no pueden soportar ni la severidad del rostro de sus padres, y, si distraídamente se pinchan con una aguja, se ponen a llorar como si se tratara de una herida.
Pero ella, impávida entre las sangrientas manos del verdugo, inalterable al ser arrastrada por pesadas y chirriantes cadenas, ofrece todo su cuerpo a la espada del enfurecido soldado, ignorante aún de lo que es la muerte, pero dispuesta a sufrirla; al ser arrastrada por la fuerza al altar idolátrico, entre las llamas tendía hacia Cristo sus manos, y así, en medio de la sacrílega hoguera, significaba con esta posición el estandarte triunfal de la victoria del Señor; intentaban aherrojar su cuello y sus manos con grilletes de hierro, pero sus miembros resultaban demasiado pequeños para quedar encerrados en ellos.
¿Una nueva clase de martirio? No tenía aún edad de ser condenada, pero estaba ya madura para la victoria; la lucha se presentaba difícil, la corona fácil; lo que parecía imposible por su poca edad lo hizo posible su virtud consumada. Una recién casada no iría al tálamo nupcial con la alegría con que iba esta doncella al lugar del suplicio, con prisa y contenta de su suerte, adornada su cabeza no con rizos, sino con el mismo Cristo, coronada no de flores, sino de virtudes.
Todos lloraban, menos ella. Todos se admiraban de que, con tanta generosidad, entregara una vida de la que aún no había comenzado a gozar, como si ya la hubiese vivido plenamente. Todos se asombraban de que fuera ya testigo de Cristo una niña que, por su edad, no podía aún dar testimonio de sí misma. Resultó así que fue capaz de dar fe de las cosas de Dios una niña que era incapaz legalmente de dar fe de las cosas humanas, porque el Autor de la naturaleza puede hacer que sean superadas las leyes naturales.
El verdugo hizo lo posible para aterrorizarla, para atraerla con halagos, muchos desearon casarse con ella. Pero ella dijo: “Sería una injuria para mi Esposo esperar a ver si me gusta otro; él me ha elegido primero, él me tendrá. ¿A qué esperas, verdugo, para asestar el golpe? Perezca el cuerpo que puede ser amado con unos ojos a los que yo no quiero”.
Se detuvo, oró, doblegó la cerviz. Hubieras visto cómo temblaba el verdugo, como si él fuese el condenado; cómo temblaba su diestra al ir a dar el golpe, cómo palidecían los rostros al ver lo que le iba a suceder a la niña, mientras ella se mantenía serena. En una sola víctima tuvo lugar un doble martirio: el de la castidad y el de la fe. Permaneció virgen y obtuvo la gloria del martirio. (San Ambrosio, Tratado sobre las Vírgenes, L. 1, Caps. 2; 5, 7-9: PL 16, 189-191)


jueves, 19 de enero de 2017

UNA TREMENDA DUDA

En un agudo e irónico twitter del pasado 5 de enero, el Cardenal Napier se interrogaba:

«Si los occidentales en situaciones irregulares pueden recibir la comunión, ¿hemos de decir a nuestros polígamos y otros “inadaptados” que a ellos también se les permite?»

Con gran sentido común el Card. Napier ha puesto sobre el tapete la tremenda duda que suscita la ambigüedad latente de algunos párrafos de Amoris Lætitia. Cierto; pues si un católico divorciado y vuelto a casar, sin intención de guardar continencia, puede acceder a la sagrada Comunión, ¿hay alguien que no pueda hacerlo?

Twitter orignial aquí