lunes, 25 de marzo de 2019

MARÍA, EL PARAÍSO DEL NUEVO ADÁN

El Tríptico de la Anunciación de Robert Campin


Recojo a continuación uno de los relatos más hermosos en lengua castellana acerca del misterio de la Anunciación del Señor. Su autor, fray Luis de Granada, une en este texto a la belleza de su estilo, la piedad de su alma y la profundidad teológica de su pensamiento.

«P
ues comenzando a discurrir por los principales pasos y misterios de la vida del Salvador, la primera cosa que se ofrece es la embajada del ángel a la Santísima Virgen Nuestra Señora. Donde ante todas cosas es razón poner los ojos en la pureza y santidad de esta Señora que Dios ab aeterno escogió para tomar carne de ella.

Porque así como cuando determinó criar el primer hombre, le aparejó primero la casa en que le había de aposentar, que fue el Paraíso terrenal, así cuando quiso enviar al mundo el segundo, que fue Cristo, primero le aparejó lugar para lo hospedar: que fue el cuerpo y alma de la Sacratísima Virgen. Y así como para aquel Adán terreno convenía casa terrenal, así para éste que venía el Cielo era menester casa celestial:  esto es, adornada con virtudes y dones celestiales.

Y porque la condición de Dios es hacer las cosas tales, cual es el fin para que las hace, así como la Virgen fue escogida para la mayor dignidad que hay después de la Humanidad del Hijo de Dios, que es ser Madre suya, así le fue concedida la mayor santidad y perfección que hay después de Él.

Y porque ella era Madre del Santo de los santos, a ella fueron concedidas por muy alta manera todas las gracias y privilegios que se otorgaron a todas las santas y santos.

Y sobre esto le fueron concedidos otros siete privilegios de grandísima dignidad y admiración. Entre los cuales el primero y el mayor fue ser Madre de Dios. El segundo, no sentir en sí ningún género de mala inclinación ni apetito desordenado. El tercero, nunca jamás en sesenta y tantos años de vida haber cometido un solo pecado, no sólo mortal, pero ni venial: que es cosa que sobrepuja toda admiración. El cuarto, haber concebido por virtud del Espíritu Santo. El quinto, haber parido sin dolor y sin detrimento de su pureza virginal. El sexto, haber sido llevada en cuerpo y alma al Cielo, sin que su cuerpo supiese qué cosa era corrupción. El séptimo estar asentada al lado del Hijo en los más altos bienes de gloria que a otra pura criatura fueron comunicados.

La Anunciación de Pedro Pablo Rubens

Pues siendo esta Virgen tan privilegiada y aventajada sobre todos los santos, y tan llena de gracia, ¿qué cosa fuera ver la vida que en este mundo viviría? ¿Qué fuera ver su pureza, su humildad, su caridad, su benignidad, su honestidad, su mesura, su misericordia y todas las otras virtudes que en ella más que rubíes y esmeraldas resplandecían?

¿Qué fuera verla en este mundo conversar con los hombres y vivir entre ellos, la que, por otra parte, conversaba con los ángeles y trataba con ellos? ¿Qué fuera ver sus ejercicios, sus lágrimas, sus vigilias, sus abstinencias, sus oraciones, en que gastaría los días y las noches con Dios? ¿Qué cosa más admirable que en sesenta y tantos años de vida, conversando con los hombres y viviendo en cuerpo sujeto a la hambre y necesidades de los otros cuerpos, nunca jamás descompasarse sólo un punto, ni en comer, ni en beber, ni en dormir, ni en hablar, ni en otra cosa alguna, trayendo siempre todas las potencias de su alma, su memoria, su entendimiento, su voluntad y su intención puestas con Dios? ¡Cuán llena de luz, de amor y deleites celestiales estaba la que de esta manera perseveraba unida con eterno vínculo de amor y suavidad con Dios!

Finalmente, tal era su vida, su pureza y la hermosura de su alma, que quien tuviera ojos para mirarla mucho más conociera por aquí la sabiduría, omnipotencia y bondad de Dios, que tal alma había formado y perfeccionado, que por la fábrica y hermosura de todo este mundo.
Aparejada, pues, esta casa que es este Paraíso de deleites para este segundo Adán, después que se cumplió el tiempo que la divina sabiduría tenía determinado para dar remedio al mundo, envió al ángel San Gabriel a esta Virgen llena de gracia, la más bella y la más pura y escogida de todas las criaturas del mundo, porque tal convenía que fuese la que había de ser Madre del Salvador del mundo.

La Anunciación de Paolo de Matteis

Y después que este celestial Embajador la saludó con toda reverencia, y le propuso la embajada que de parte de Dios le traía, y le declaró de la manera qué se había de obrar aquel misterio, que no había de ser por obra de varón, sino por Espíritu Santo; luego la Virgen, con humildes palabras y devota obediencia, consintió a la embajada celestial, y en ese punto el verdadero Dios Omnipotente descendió en sus entrañas virginales y fue hecho hombre, para que de esta manera, haciéndose Dios hombre, viniese el hombre a hacerse Dios.

Aquí puedes primeramente considerar la conveniencia de este medio que la sabiduría divina escogió para nuestra salud, porque ésta es una de las consideraciones que más poderosamente arrebata y suspende el corazón del hombre en admiración de esta inefable sabiduría de Dios, que por tan conveniente medio encaminó el negocio de nuestra salud, dándole juntamente con esto gracias, así por el beneficio que nos hizo como por el medio porque lo hizo, y mucho más por el amor con que lo hizo, que sin comparación fue mayor.

Considera también aquí la inefable caridad de Dios, que al tiempo que nosotros dormíamos y menos cuidado teníamos de nuestra salud, y ni con oraciones ni sacrificios procurábamos nuestro remedio, se acordó Él de remediarnos, y pudiendo hacer esto por otras muchas maneras, lo quiso hacer por ésta, que a Él era tan costosa, por ser la más conveniente que había para nuestra salud. De la cual caridad dijo el mismo Señor en el Evangelio: «De tal manera amó Dios al mundo, que le dio su Unigénito Hijo, para que, mediante la fe y amor que tuviésemos con Él, alcanzásemos la vida eterna».

Considera también la maravillosa vergüenza y silencio de esta Virgen, que apenas habló una palabra necesaria después de muchas que el ángel le habló.

Y considera también su grande humildad, pues teniendo tanta razón para temer, teniendo delante de sí un ángel en tan resplandeciente figura, no se hace mención de este temor, sino del que recibió en oírse alabar y llamarse llena de gracia y bendita entre las mujeres, porque para el verdadero humilde ninguna cosa hay más nueva ni más temerosa que oír sus alabanzas, porque éstas son los ladrones y robadores del tesoro de la humildad.

Considera también el amor inestimable que esta Virgen tenía a la castidad, pues ella fue la primera que en el mundo hizo este nuevo voto, sin tener ejemplo que imitar. Y que tan grande haya sido el amor que tuvo a esta virtud parece claro; pues ofreciéndole tan grande gloria como el ser Madre de Dios, todavía trató de volver por la gloria de esta virtud; y todavía, como San Bernardo dice, sintió pensar si por ventura para esto se había de dispensar el voto de su pureza virginal.


La Anunciación de Fra Angelico

Piensa también en la fe de esta Señora, de la cual con mucha razón fue alabada de Santa Isabel, pues creyó tantas maravillas juntas y tan increíbles a todo humano entendimiento. Pues si tanto alaba el Apóstol la fe de Abraham porque creyó que una mujer estéril pariría, cuánto fue mayor la fe de esta doncella que creyó que una virgen pariría, y que Dios encarnaría, y que todo esto sería por Espíritu Santo sin obra de varón. De donde aprenderás, hombre flaco, a creer y fiarte siempre de todas las palabras y promesas de Dios, aunque al seso humano parezcan increíbles.

Considera después de todo este tan dulce diálogo, con cuánta humildad y obediencia se resignó esta Señora en las manos de Dios, diciendo: «He aquí la sierva del Señor, etc».

Mas sobre todo esto es mucho más para considerar los movimientos, los júbilos y los regalos que en aquel purísimo corazón entonces habría con la supervención del Espíritu Santo, y con la Encarnación del Verbo Divino, y con el remedio del mundo, y con la nueva dignidad y gloria que allí se le ofrecía, y con tan grandes obras y maravillas como allí le fueron reveladas y obradas en su persona. Mas ¿qué entendimiento podrá llegar a entender lo que en esto pasó?» (Fray Luis de Granada, Vida de Jesucristo, Rialp 1990, p. 19-23).

martes, 19 de marzo de 2019

LA GLORIA DE DIOS COMO BIEN PÚBLICO

Catedral de Santa María del Fiore, Florencia

Copio un sugerente texto del cardenal Ratzinger sobre la gloria de Dios como bien público y común del hombre. Por desgracia, el mundo no siempre ha sabido reconocer todo lo que la Iglesia le ha legado a través de su culto, de sus santos, de la belleza de su arte. El inmenso patrimonio cultural del cristianismo glorifica a Dios y honra a la humanidad. Nadie puede sustraerse de la tarea de preservar este tesoro que oxigena nuestra existencia.

«Cuando el hombre no espera nada más elevado que las cosas materiales, el mundo entero se vuelve para él tedioso y vacío. De ahí que en la cultura cristiana los valores morales tengan primacía sobre los materiales. Por lo mismo, dar gloria a Dios es para ella un valor público. Las grandes Iglesias y las soberbias catedrales expresan el convencimiento de que la gloria de Dios es un bien público y común del hombre. De hecho, el hombre se honra a sí mismo precisamente dando gloria a Dios» (Cardenal Joseph Ratzinger, Cooperadores de la Verdad, Ed. Rialp 1991, p. 33).

jueves, 14 de marzo de 2019

UN TRIDUO A SAN JOSÉ


Tres breves reflexiones componen este hermoso triduo del cardenal Newman en honor de San José. Son consideraciones bien concisas donde la piedad del santo y la intuición del teólogo dan razón de los títulos más sublimes del Santo Patriarca: Esposo de María, Padre del Hijo de Dios, Varón Santo.

TRIDUO A SAN JOSÉ
Considera los gloriosos títulos de San José

Primer día

Fue el verdadero y digno Esposo de María, supliendo de manera visible el lugar del Invisible Esposo de María, el Espíritu Santo. Era virgen, y su virginidad fue el fiel espejo de la virginidad de María. Él fue el querubín puesto para guardar el nuevo Paraíso terrestre de la intromisión de cualquier enemigo.

V/. Bendito sea el nombre de José.
R/. Desde ahora y para siempre. Amén.

Segundo día

Fue suyo el título de Padre del Hijo de Dios, porque era Esposo de María siempre Virgen. Era el padre de nuestro Señor, porque Jesús le rindió siempre la obediencia de un hijo. Era el padre de nuestro Señor, porque le fueron confiadas las obligaciones de un padre y las cumplió fielmente al protegerlo, darle un hogar, sostenerlo, criarlo, y proveerle un oficio.

V/. Bendito sea el nombre de José.
R/. Desde ahora y para siempre. Amén.

Tercer día

Él es el Santo José, porque de acuerdo a la opinión de un gran número de doctores, lo mismo que San Juan Bautista, fue santificado aun antes de haber nacido. Es el Santo José, porque el oficio de ser Esposo y protector de María de manera especial demandaba santidad. Es el Santo José, porque ningún otro Santo vivió en semejante y prolongada intimidad y familiaridad con la fuente de toda santidad, Jesús, Dios encarnado, y María la más santa de las criaturas.

V/. Bendito sea el nombre de José.
R/. Desde ahora y para siempre. Amén.

Oración final para cada día
Oremos

Dios, que en tu inefable providencia elegiste al Bienaventurado José para ser el esposo de tu Santísima Madre, concédenos, te lo pedimos, que podamos ser dignos de recibir como nuestro intercesor en el cielo, a quien veneramos como nuestro protector en la tierra. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

Fuente: (John Henry Newman, Meditaciones y devociones, Agape Libros, Buenos Aires 2007, p. 205-207)

domingo, 10 de marzo de 2019

LAS TENTACIONES DE CRISTO. UNA REFLEXIÓN DEL CRISÓSTOMO

Entonces fue Jesús conducido por el Espíritu al desierto 
para ser tentado por el diablo (Mt 4, 1 ss)


«C
omo el Señor todo lo hacía y sufría para nuestra enseñanza, quiso también ser conducido al desierto y trabar allí combate contra el diablo, a fin de que los bautizados, si después del bautismo sufren mayores tentaciones, no se turben por ello, como si fuera cosa que no era de esperar. No, no hay que turbarse, sino permanecer firme y soportarlo generosamente, como la cosa más natural del mundo. Si tomaste las armas, no fue para estarte ocioso, sino para combatir. Y ésa es la razón de que Dios no impide que nos acometan las tentaciones. Primero, para que te des cuenta que ahora eres ya más fuerte. Luego, para que te mantengas en moderación y humildad y no te engrías por la grandeza de los dones recibidos, pues las tentaciones pueden muy bien reprimir tu orgullo. Aparte de eso, aquel malvado del diablo, que acaso duda de si realmente le has abandonado, por la prueba de las tentaciones puede tener certidumbre plena de que te has apartado de él definitivamente. Cuarto motivo: las tentaciones te hacen más fuerte que el hierro mejor templado. Quinto: ellas te dan la mejor prueba de los preciosos tesoros que se te han confiado. Porque, si no hubiera visto el diablo que estás ahora constituido en más alto honor, no te hubiera atacado...
Y mirad a dónde, apoderándose de Él, le conduce al Señor el Espíritu Santo; no a una ciudad ni a pública plaza, sino al desierto, Y es que, como el Señor quería atraer al diablo a este combate, le ofrece la ocasión no solo por el hambre, sino por la condición misma del lugar. Porque suele el diablo atacarnos particularmente cuando nos ve solos y concentrados en nosotros mismos» (San Juan Crisóstomo, Homilías sobre San Mateo. Hom 13, 1. Extracto).
                                        



miércoles, 6 de marzo de 2019

LA CENIZA


«H
abrás  visto en la vera del bosque una planta herbácea, la espuela de caballero, de hojas verdinegras caprichosamente redondeadas, tallo erguido, flexible y consistente; flor como recortada en seda y de un fúlgido azul perlino, que llena el ambiente. Pues si un transeúnte la cortara y, cansado de ella, la arrojara al fuego..., en un abrir y cerrar de ojos toda aquella gala refulgente se reduciría a un hilillo de ceniza gris.
Lo que el fuego hace aquí en breves instantes, lo hace de continuo el tiempo con todos los seres vivientes: con el gracioso helecho, y el altivo gordolobo, y el pujante y vigoroso roble. Así con la leve mariposa, como con la rauda golondrina. Con la ágil ardilla y el lento ganado. Siempre la misma cosa, ya de súbito, ya despacio; por herida, enfermedad, fuego, hambre o cualquier otro medio, día ha de llegar en que se vuelva ceniza toda esa vida floreciente.
Del cuerpo arrogante, un tenue montoncito de ceniza. De los colores brillantes, polvo pardusco. De la vida rebosante de calor y sensibilidad, tierra mísera e inerte; aun menos que tierra: ¡ceniza!
Tal será también nuestra suerte. ¡Cómo se estremece uno al fijar la vista en la fosa abierta y ver junto a huesos descarnados una poca ceniza grisácea!

«¡Acuérdate, hombre:
Polvo eres,
Y en polvo te has de convertir!»

Caducidad: eso viene a significar la ceniza. Nuestra caducidad; no la de los demás. La nuestra; la mía. Y que he de fenecer, me lo sugiere la ceniza cuando el sacerdote, al comienzo de la Cuaresma, con la de los ramos un día verdeantes del último Domingo de Palmas, dibuja en mi frente la señal de la Cruz, diciendo:

«Memento homo
Quia pulvis es
Et in pulverem reverteris»

Todo ha de parar en ceniza. Mi casa, mis vestidos, mis muebles y mi dinero; campos, prados, bosques. El perro que me acompaña, y el ganado del establo. La mano con que escribo estas líneas, y los ojos que las leen, y el cuerpo entero. Las personas que amé, y las que odié, y las que temí. Cuanto en la tierra tuve por grande, y por pequeño, y por despreciable: todo acabará en ceniza, ¡todo!... (Romano Guardini, Los signos sagrados, Barcelona 1965, P. 71-72).


domingo, 3 de marzo de 2019

DIOS ESTÁ AQUÍ. TRENTO Y LA PRESENCIA REAL


Transcribo a continuación el capítulo primero del decreto sobre la Eucaristía del Concilio de Trento (junto a su canon respectivo) sobre la presencia real de nuestro Señor Jesucristo en el santísimo Sacramento. Al releerlo no puedo dejar de preguntarme: ¿Volverá la Iglesia a proclamar su fe con tal exactitud y claridad, con tal convicción y autoridad? ¿Sabrá desprenderse de ese empalagoso relleno de «pastoralidad» que suele envolver los documentos del magisterio contemporáneo, hasta hacer tediosa y a veces confusa su lectura? Así lo esperamos. Además, no hay que olvidar que la predicación de Jesús cautivó desde un principio porque se manifestó llena de autoridad: «Se maravillaban de su doctrina, pues la enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas» (Mc 1, 22). La predicación de la Iglesia es prolongación de la predicación de Cristo y de sus Apóstoles: no puede ser sino llena de autoridad y convicción; de lo contrario ya no atraerá a nadie.

«P
rimeramente enseña el santo Concilio, y abierta y sencillamente confiesa, que en el augusto sacramento de la santa Eucaristía, después de la consagración del pan y del vino, se contiene verdadera, real y substancialmente nuestro Señor Jesucristo, verdadero Dios y hombre, bajo la apariencia de aquellas cosas sensibles. Porque no son cosas que repugnen entre sí que el mismo Cristo nuestro Salvador esté siempre sentado a la diestra de Dios Padre, según su modo natural de existir, y que en muchos otros lugares esté para nosotros sacramentalmente presente en su sustancia, por aquel modo de existencia, que si bien apenas podemos expresarla con palabras, por el pensamiento, ilustrado por la fe, podemos alcanzar ser posible a Dios y debemos constantemente creerlo. En efecto, así todos nuestros antepasados, cuantos fueron en la verdadera Iglesia de Cristo y que disertaron acerca de este santísimo sacramento, muy abiertamente profesaron que nuestro Redentor instituyó este tan admirable sacramento en la última Cena, cuando, después de la bendición del pan y el vino, con expresas y claras palabras atestiguó que daba a sus Apóstoles su propio cuerpo y su propia sangre. Estas palabras, conmemoradas por los santos Evangelistas y repetidas luego por san Pablo, como quiera que ostentan aquella propia y clarísima significación, según la cual han sido entendidas por los Padres, es infamia y verdaderamente indignísima que algunos hombres pendencieros y perversos las desvíen a tropos ficticios e imaginarios, por lo que se niega la verdad de la carne y sangre de Cristo, contra el universal sentir de la Iglesia, que, como columna y sostén de la verdad (I Tim 3, 15), detestó por satánicas estas invenciones excogitadas por hombres impíos, a la par que reconocía siempre con gratitud y recuerdo este excelentísimo beneficio de Cristo» (Concilio de Trento. Sesión XIII, 11 de octubre de 1551. Decreto sobre la Eucaristía, c. 1. Dz 874).

Can. 1   «Si alguno negare que en el santísimo sacramento de la Eucaristía se contiene verdadera, real y sustancialmente el cuerpo y la sangre, juntamente con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo y, por ende, Cristo entero; sino que dijere que solo está en él como señal y figura o por su eficacia, sea antema» (Dz 883).

martes, 26 de febrero de 2019

LA VERÓNICA


L
a sexta estación del Via Crucis -Una piadosa mujer limpia el rostro de Jesús- nos presenta una mujer valerosa donde el amor vence al temor: con osadía santa enjuga el rostro sudoroso y ensangrentado de Cristo. ¡Qué privilegio el de esta mujer! Fue contada entre las poquísimas personas que pudieron prestar algún socorro a Jesús en medio de tanta barbarie y crueldad. Su amor y compasión, su audacia y valentía, fueron retribuidas con una merced singular: el ícono del rostro doliente de Jesús. «Una mujer, Verónica de nombre, –escribe San Josemaría en su Via Crucis– se abre paso entre la muchedumbre, llevando un lienzo blanco plegado, con el que limpia piadosamente el rostro de Jesús. El Señor deja grabada su Santa Faz en las tres partes de ese velo».
 Romano Guardini, comentando este mismo paso de la Pasión, nos ha dejado una consideración similar: «Jesús, en cambio, jadea bajo la carga, pero su corazón es tan delicado y se halla tan despierto que es capaz de valorar el humilde servicio de esta mujer; manifestarle su aprecio y agradecérselo al modo divino. Enjuga su rostro, y, cuando le devuelve el paño, éste lleva impresos sus santos rasgos. ¡Oh Señor, qué fuerte y sensible es tu corazón!» (Via Crucis, VI). En el Via Crucis que compuso el Cardenal Ratzinger para el Viernes santo de 2005, nos topamos con esta profunda reflexión: «Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro» (Sal 26, 8-9). Verónica –Berenice, según la tradición griega– encarna este anhelo que acomuna a todos los hombres píos del Antiguo Testamento, el anhelo de todos los creyentes de ver el rostro de Dios. Ella, en principio, en el Vía crucis de Jesús no hace más que prestar un servicio de bondad femenina: ofrece un paño a Jesús. No se deja contagiar ni por la brutalidad de los soldados, ni inmovilizar por el miedo de los discípulos. Es la imagen de la mujer buena que, en la turbación y en la oscuridad del corazón, mantiene el brío de la bondad, sin permitir que su corazón se oscurezca. «Bienaventurados los limpios de corazón –había dicho el Señor en el Sermón de la montaña–, porque verán a Dios» (Mt 5, 8). Inicialmente, Verónica ve solamente un rostro maltratado y marcado por el dolor. Pero el acto de amor imprime en su corazón la verdadera imagen de Jesús: en el rostro humano, lleno de sangre y heridas, ella ve el rostro de Dios y de su bondad, que nos acompaña también en el dolor más profundo. Únicamente podemos ver a Jesús con el corazón. Solamente el amor nos deja ver y nos hace puros. Sólo el amor nos permite reconocer a Dios, que es el amor mismo» (Cardenal Ratzinger, Via Crucis, VI). Ofrezcamos también a Cristo el paño blanco de nuestra alma pura donde pueda grabar y reproducir su auténtico rostro, y así sentirnos arrastrados por el «deseo disparatado de contemplar su Faz» (San Josemaría Escrivá, Via Crucis, VI, 2).