martes, 7 de julio de 2020

MISA CON SAN JOSEMARÍA. UN TESTIMONIO DE HACE 46 AÑOS

San Josemaría celebrando el Santo Sacrifico de la Misa
Santiago de Chile, 7 de julio de 1974


H
oy, décimo tercer aniversario del Motu Proprio Summorum Pontificum del Papa Benedicto XVI, por el que restableció plenamente el uso del Misal Romano de 1962, me complace traer a la memoria y compartir con los lectores del blog, la gracia singular de haber asistido a una Misa, según el rito antiguo, celebrada por San Josemaría Escrivá durante su visita pastoral a Chile.

Domingo 7 de julio de 1974; 8.30 de la mañana. En una sobria capilla de una casa del Opus Dei en Santiago, un grupo de fieles esperamos con emoción el inicio del Santo Sacrificio. San Josemaría recorre muy recogido el pasillo central hacia el altar; sobre éste, están dispuestos los ornamentos para la misa. Asistido por dos sacerdotes que le ayudarán en la celebración, comienza a revestirse con unción sobrecogedora. Baja la grada y comienza la Santa Misa. Le acompañamos en silencio durante la recitación con voz clara de las oraciones al pie del altar que dialoga con sus ministros. Se suceden la Epístola y el Evangelio que él mismo lee. En el memento de vivos ora con intensidad. Llega la Consagración: las manos de San Josemaría se convierten en el trono de Jesús Sacramentado. Solo el tañido de la campana rompe el denso silencio que invade el oratorio. Otro instante de hondo recogimiento: el memento de difuntos.

Luego, antes de administrar personalmente la Sagrada Comunión, San Josemaría se vuelve hacia los asistentes, inclina reverentemente la cabeza hacia el Santísimo y pide permiso para dirigir unas palabras: «Con vuestra licencia, Soberano Señor Sacramentado». Comienza entonces un entrañable fervorín que dispone nuestras almas para la Comunión:

«El Señor va a ir ahora a vuestros corazones. Ya al punto de la mañana me gusta hacer –y que hagáis– un acto de fe clara, explícita: Señor, creo que eres Tú, oculto en el pan. Creo que eres Jesús de Nazaret, el de las bodas de Caná, el que curaba a los leprosos, el que resucitaba a los muertos, el que padeció la Pasión y murió en la Cruz, el que resucitó al tercer día. Sé que estás ahí, real, verdadera y sustancialmente presente, con tu Cuerpo, con tu Sangre, con tu Alma y con tu Divinidad.

Es bueno que comencemos así. Después, cada uno de vosotros hará su acción de gracias. Yo le digo que no sé cómo ha venido a este muladar de mi corazón. Una vez más se ha querido humillar... Viene como médico, como padre, como maestro, como alimento, como fortaleza, como compañero y amigo. ¡Tratadlo como queráis, pero tratádmelo bien!...

Pensad que el Señor nos ha hecho vivir en unos tiempos duros. ¡Esto es una predilección! El mundo está casi como hace veinte siglos, metido en el paganismo. Y la Iglesia, rota en montones de herejías, como en los tiempos apostólicos. Cuando leéis las epístolas de Pablo, de Pedro, de Juan, de Santiago, os quedáis pasmados de la división, del encono, de los enredos de Satanás. También ahora la situación es semejante. Por eso hemos de ser fieles. A más lucha, más amor. A más debilidad –vuestra y mía–, más amor. A más amor Suyo, a más entrega Suya, más entrega nuestra y más amor...

¡Mirad que amor con amor se paga! Obras son amores y no buenas razones: duro es oír esto, sin ruido de palabras, en el fondo del corazón; duro y dulce. Pues escuchadlo también vosotros. Obras son amores: fidelidad espera el Señor. Que ayudemos a los demás a ser fieles, yendo todos adelante por estos caminos de amor y de bien, ayudándole a corredimir».

Emocionados, recibimos el Cuerpo de Cristo de manos de un santo. Termina la Misa. Sigue una silenciosa acción de gracias. Lo vivido y oído en esta Eucaristía inolvidable enciende a todos los allí presentes: ¿No ardían nuestros corazones dentro de nosotros mientras en el camino nos hablaba y nos declaraba las Escrituras? (Lc 24, 32).

viernes, 3 de julio de 2020

COMULGAR EN LA MANO, UN ERROR (I)


J
ohn-Henry Westen, editor jefe de Lifesite, ha publicado un breve y bien articulado ensayo sobre las razones por las que los católicos deberían desistir de comulgar en la mano. El autor, consciente de los tiempos de excepción que vivimos y de las órdenes de algunos gobiernos y episcopados para comulgar solamente en la mano, expone igualmente las cinco razones «por las que nunca podría recibir la Sagrada Comunión en la mano. Y, si el asunto fuera obligado, simplemente haría el sacrifico de hacer una comunión espiritual lo más santa posible». Me gustaría resumir y comentar en próximas entradas al blog algunos de los argumentos señalados por Westen en su artículo, por estimar que la práctica de la comunión en la mano es propensa a debilitar valores importantes de nuestra fe que hoy más que nunca necesitarían de una celosa custodia.

La primera razón que nos ofrece el autor –y a mi juicio la más decisiva– se contiene en esta idea fundamental: la Comunión de rodillas y en la boca está en plena sintonía con «la reverencia debida a Dios omnipotente». Especial interés tiene su advertencia previa antes de entrar en materia: «Quiero descartar la falsa idea de que las personas que reciben la Comunión en la lengua lo hacen movidos por una falsa piedad o por una actitud de superioridad religiosa frente a los demás. Aunque no puedo descartar que haya algo de eso, por lo que he visto y leído, comulgar en la lengua proviene de un profundo amor reverencial por el Rey de Reyes que recibimos en este Augusto Sacramento. Creo que recibir a Nuestro Señor en la lengua mientras permanecemos de rodillas refuerza esa reverencia por Nuestro Señor Eucarístico».

No faltan quienes piensan que los fieles empeñados en la defensa de su derecho por recibir la comunión en la lengua y de rodillas –derecho reconocido por la legislación universal de la Iglesia– actúan de modo arrogante y provocativo. Pero se trata de una falsa idea, como dice Westen. Quien se sintiera ofendido o agredido por ver a un hermano suyo en la fe comulgar reverentemente de rodillas y en la boca, es probable que tenga una herida en su corazón que debería sanar con humildad, caridad y estudio. Y lo mismo vale para quienes por comulgar en la boca experimentaran un sentimiento de superioridad espiritual frente a sus hermanos que lo hacen en la mano. Con todo, y dejando exclusivamente a Dios el juzgar las intenciones que mueven a los fieles a comulgar de una u otra manera y conocer el grado de fervor con que lo hacen, siempre que sea conforme a lo dispuesto por la Iglesia, es perfectamente legítimo sostener, razonando en el plano objetivo de los hechos, que la distribución de la comunión en la mano es un error, y que existen razones de peso para avalar ese juicio. La simple permisión de alguna práctica (en este caso la comunión en la mano) no es suficiente para asegurar su corrección y oportunidad.

A continuación, el autor nos presenta algunos pasajes de la Sagrada Escritura donde se percibe con claridad cómo la reverencia debida a Dios comporta un cierto distanciamiento, un respeto humilde y sumiso ante la majestad de Dios. El primer texto es la manifestación de Dios a Moisés en la zarza ardiente. A este hombre singular, que alcanzará una familiaridad con el Señor fuera de lo común, no le es permitido, sin embargo, acercarse demasiado: debe guardar una respetuosa distancia, debe quitarse sus sandalias porque son calzado impropio para pisar tierra santificada por la presencia de Dios (Cf. Ex 3). Una exhortación similar encontramos en el salmo 95, 6: «Venid, adoremos y postrémonos, doblemos nuestras rodillas ante el Señor, nuestro Hacedor». Lo mismo podemos ver en el Nuevo Testamento cuando Pedro, Santiago y Juan se hallan en la cima del monte Tabor: ante la visión del cuerpo glorificado de Jesús –el mismo que recibimos en la Sagrada Comunión– se postran con la frente en el suelo. Por último, Westen menciona con más detenimiento la sobrecogedora historia de Uzá, el hombre a quien Dios hirió mortalmente por atreverse a tocar el Arca de la Alianza, cuando ésta amenazaba con caer al suelo por los vaivenes de la carreta tirada por bueyes en que era transportada. (Cf. 2 Sam 6, 1-7; 1 Cr 13, 9-12).

Westen también nos cuenta una observación muy aguda por parte de su mujer: «Mi esposa, convertida al catolicismo, me preguntó el otro día cómo la comunión en la mano tiene sentido dadas las prácticas de la Iglesia de consagrar el altar y los vasos sagrados utilizados en la Misa. Vemos a sacerdotes, obispos, incluso al Papa, cubriendo sus manos con el ornamento llamado velo humeral durante la bendición con el Santísimo Sacramento. Esto manifiesta el carácter sagrado de Cristo en la Eucaristía. Si permitimos que todos toquen la Sagrada Hostia con sus manos, la práctica del uso del velo humeral se vuelve realmente extraña». En esta misma línea me atrevería a añadir otro contrasentido litúrgico que encierra la comunión en la mano.  En la última edición del Misal Romano (Cf. IGMR, 278) se pide al sacerdote una gran delicadeza en relación con las partículas de las Hostias consagradas y con las debidas purificaciones: «Cuantas veces algún fragmento de la Hostia se haya adherido a los dedos –principalmente después de la fracción o de la Comunión de los fieles– el sacerdote debe limpiar los dedos sobre la patena o si es necesario, lavarlos. Del mismo modo, si quedan algunos fragmentos fuera de la patena, debe recogerlos». La comunión en la mano, sin purificación alguna por parte de los fieles, ¿no hace de estas importantes rúbricas de la misa algo verdaderamente superfluo? Y esto sin hablar de la minuciosidad con que en la Forma Extraordinaria del Rito Romano se prescriben las purificaciones de los vasos sagrados y de los dedos del sacerdote, como asimismo el hecho de que éste mantenga unidos, después de la consagración del pan, los dedos índice y pulgar hasta que sean purificados con agua y vino después la comunión.

Concluye Westen la exposición de la primera de sus razones para no recibir el Cuerpo de Cristo en la mano con un texto del filósofo alemán Dietrich von Hildebrand. Este pensador católico, eximio representante de la escuela fenomenológica, admirado por varios Papas y fiel amante de la liturgia tradicional, supo ver con especial hondura que la actitud reverente constituye un valor esencial de la vida moral del hombre. Quizá por esto mismo pudo escribir con especial autoridad las siguientes palabras sobre la comunión en la mano:

«Desafortunadamente, en muchos lugares se distribuye la comunión en la mano. ¿En qué medida se supone que esto es una renovación y una profundización de la recepción de la Sagrada Comunión? La temblorosa reverencia con la que recibimos este regalo incomprensible, ¿acaso se incrementa al volver a recibirlo en nuestras manos no consagradas, en lugar de hacerlo directamente de la mano consagrada del sacerdote? No es difícil ver que el peligro de que partes de la Hostia consagrada caigan al suelo es incomparablemente mayor, y el peligro de profanarla o incluso de una horrible blasfemia es muy grande. ¿Y qué se gana con todo esto? La afirmación de que el contacto con la mano hace que el huésped se perciba como más real es sin duda una simple tontería: porque el tema aquí no es la realidad de la materia de la Sagrada Forma, sino más bien la conciencia, que solo es alcanzable por la fe, de que la Hostia en realidad se ha convertido en el Cuerpo de Cristo. La recepción reverente del Cuerpo de Cristo en nuestras lenguas, de la mano consagrada del sacerdote, es mucho más propicia para el fortalecimiento de esta conciencia que la recepción con nuestras propias manos no consagradas» (The Devastated Vineyard, Págs. 67-68).

Texto original del artículo que comento: lifesitenews.com

domingo, 28 de junio de 2020

EL ÚLTIMO EVANGELIO, SUBLIME CULMINACIÓN DE LA MISA TRIDENTINA


He traducido con sumo interés un reciente artículo del profesor Kwasniewski sobre la dimensión litúrgica del prólogo del evangelio de Juan. Este prólogo, como sabemos, constituye el sublime coronamiento de la misa tradicional. El autor se lamenta por la pérdida que supuso para los fieles la desaparición de este evangelio en el Novus Ordo Missæ. Inspirado en algunos textos del escritor alemán Martin Mosebach, Kwasniewski nos ofrece una bellísima reflexión teológica-litúrgica sobre el valor de este texto del apóstol San Juan y su profundo sentido como colofón de la santa Misa.
* * *

¿POR QUÉ LA REFORMA LITÚRGICA NO DEBIÓ HABER ABANDONADO LA RECITACIÓN DEL PRÓLOGO DEL EVANGELIO DE JUAN DESPUÉS DE CADA MISA?
 Por Peter Kwasniewski


A
l final de cada Misa Tridentina, después de la bendición final, el celebrante se dirige al lado del Evangelio del altar para leer el último Evangelio, el Prólogo de San Juan: «En el principio era el Verbo...» Esta hermosa costumbre se describe así en la explicación de la Misa de Dom Prosper Guéranger:

¿Por qué se hace esta lectura? La costumbre tiene su origen en la Edad Media. En ese período, como también en épocas anteriores, los fieles tenían una gran devoción a que se les leyera un trozo del Evangelio, y el comienzo del evangelio de San Juan era especialmente favorito. Las demandas al fin se multiplicaron tanto, que el número de sacerdotes fue insuficiente para satisfacer a todos; para simplificar el asunto, se decidió recitarlo sobre todos los reunidos, al final de la misa. Por tanto, fue solo la devoción de los fieles la que originó esta adición... Cuando el sacerdote llega a estas palabras del Evangelio de San Juan: Et verbum caro factum est, hace genuflexión honrando el anonadamiento del Verbo hecho carne, que se despojó de sí mismo, tomando la forma de Siervo (Phil 2, 7). Terminado el Evangelio, el sacerdote baja del altar, después de inclinarse ante la cruz.

La conveniencia del desarrollo orgánico de esta práctica ha sido bien expuesta por Martin Mosebach:

El último evangelio es la parte más reciente del rito clásico. El prólogo del Evangelio de San Juan no se incorporó en la Santa Misa hasta el siglo XIII; aparece en los misales dominicanos por primera vez en 1256. Los manuales litúrgicos se refieren al prólogo de San Juan como una «bendición». De hecho, incluso la lectura del evangelio en el rito de los Catecúmenos no fue simplemente una proclamación, sino también un sacramental, con bendición y absolución: «Per evangelica dicta deleantur nostra delicta» (Por las palabras del Evangelio sean borrados nuestros pecados). En el último Evangelio, es este aspecto de bendición el que viene puesto en primer plano. Contenía el núcleo de la fe cristiana en la forma más corta posible, y por eso el prólogo fue considerado como portador de un poder especial. En el Libro de los Evangelios que se usaba en las coronaciones imperiales, este prólogo estaba escrito en letras de oro sobre pergamino púrpura. El emperador pronunciaba las palabras como un juramento de coronación, profesando así su responsabilidad ante una creación que había sido santificada por la encarnación del Verbo. (La herejía de lo informe, 117-18).

Mosebach señala a continuación que Santo Tomás de Aquino, cuando se le pidió que compusiera el «propio» para la fiesta del Corpus Christi, no escribió un nuevo Prefacio, sino que eligió el Prefacio de Navidad, el cual celebra el misterio de la Encarnación. De esta manera, vinculó fuertemente el misterio de la renovación sacramental del Sacrificio de la Cruz con el misterio de su origen: la encarnación del Hijo de Dios para que tuviera un cuerpo y una vida humana que ofrecer como oblación infinitamente grata. Como declara la Epístola a los Hebreos: «Por lo cual, entrando en este mundo, dice: no quisiste sacrificios ni oblaciones, pero me has preparado un cuerpo... Entonces yo dije: Heme aquí que vengo –en el volumen del Libro está escrito de mí– para hacer, ¡oh Dios!, tu voluntad... En virtud de esta voluntad somos santificados por la oblación del cuerpo de Jesucristo, hecha una sola vez (Heb 10, 5, 7, 10). He aquí que Él viene al mundo para ofrecer este Cuerpo santísimo como el único sacrificio digno que coincide con la voluntad de Dios y santifica a todos los que participan en él.

En palabras de Mosebach:

¿Es por mera casualidad que, al mismo tiempo y en la misma orden religiosa, el prefacio de Navidad y el evangelio de Navidad adquirieran un rol en la Misa que va más allá de su vínculo particular con la Navidad? Lo que el prefacio de Navidad contribuyó a la comprensión del sacramento del altar en el Corpus Christi, el prólogo del evangelio de San Juan (evangelio del día de Navidad) lo hizo todos los días. Recordaba constantemente que celebrar la memoria del sacrificio de la redención presupone la verdadera encarnación, el cambio de Dios en hombre, del vino en sangre, de la muerte en vida. El prólogo de San Juan se convirtió en el epítome de toda la misa. Cada celebración concreta e individual de la misa se concentró en las palabras visionarias y supra temporales del prólogo. El «hemos visto su gloria» se refiere ahora, no a la memoria de la transfiguración de Cristo como en el texto evangélico de San Juan, sino a la visión de la Hostia elevada. En la misa el creyente se ha convertido en testigo de los acontecimientos de la fe (Ibid., 119).

En el período que va desde San Pío V hasta mediados del siglo XX, el Prólogo de Juan a menudo venía reemplazado por el evangelio propio del día, cuando este último había sido desplazado por el evangelio de una fiesta de mayor rango. Aunque este «desplazamiento» de un evangelio al postrer lugar tenía la ventaja de asegurar que los leales «perrillos del Señor» (Domini canes, se podría decir) no perdieran ninguna de las migajas que caían de la mesa litúrgica del Maestro, podemos reconocer al mismo tiempo, junto con Mosebach, que el Prólogo de San Juan es especialmente apropiado para el final de la Misa. En las rúbricas que rigen el Missale Romanum de 1962, utilizado por la mayoría de los católicos tradicionales de hoy, el Prólogo fue restablecido como el único evangelio después de la Misa. Mosebach defiende así la oportunidad de esta rúbrica:

El prólogo de San Juan no puede ser sustituido por ningún otro evangelio; sería un profundo sinsentido poner en su lugar una lectura que pertenece a una fiesta conmemorativa. Los que están comprometidos con el último Evangelio tampoco estarán de acuerdo con la costumbre ampliamente aceptada de permitir que la asamblea cante un himno mientras se lee este Evangelio... Tratándose de un texto leído constantemente y que mucha gente sabe de memoria, el prólogo de San Juan puede ser leído apacible y conscientemente sotto voce mientras los fieles congregados lo siguen en sus misales. El objetivo del prólogo es la contemplación, la contemplación retrospectiva de una realidad vivida (Ibid., 120).

Ya sea que estemos de acuerdo o no con la opinión controvertida de Mosebach, podemos constatar que cada tratamiento académico de sagrada liturgia y cada manual devocional a lo largo del mundo católico, ha recogido reflexiones edificantes sobre este Prólogo y sobre lo oportuno de su ubicación al final de cada Misa o en la mayoría de ellas.

Los reformadores litúrgicos quitaron tranquilamente este último Evangelio, este verdadero epítome de la fe cristiana, y le han permitido permanecer en el leccionario un día del año: la misa del día de Navidad. Podemos estar seguros de que los católicos contemporáneos que solo asisten al Novus Ordo apenas están familiarizados con esta lectura, en contraste con los católicos tradicionales que la conocen muy bien, a menudo tan bien, como señala Mosebach, que podrían recitar estas palabras junto con el sacerdote, si así lo desearan.

En un curso sobre el misterio de la Trinidad en el Colegio Católico de Wyoming, los profesores de teología exigen que los estudiantes memoricen el Prólogo de San Juan y luego lo escriban, palabra por palabra, para el examen final. Los estudiantes pueden elegir escribirlo en inglés, latín o griego (este último para obtener un crédito extra). Debido al amor de estos jóvenes adultos por la misa tradicional en latín, que ya los ha sumergido en este prólogo, a algunos les resulta más fácil escribirlo en latín que en inglés. Este Evangelio está alojado en su memoria, parte de su alma, parte de la arquitectura interior en la que vivirán sus vidas.

De hecho, así debería ser la liturgia; pero es imposible que la liturgia funcione de esta manera cuando las lecturas son tan numerosas y cambian constantemente, como ocurre en el Novus Ordo. Dicho de otro modo: sería mejor para un hombre en su lecho de muerte que las palabras del Prólogo de San Juan vinieran espontáneamente a su imaginación y a sus labios, que no lograr recordar los vastos trozos de la Biblia que se esparcieron sobre él durante décadas. Esto es parte del genio de la misa antigua: seleccionar cuidadosamente los pasajes más poderosos de la Escritura y repetirlos año tras año, incluso día tras día, como sucede con el Prólogo y ciertos Salmos.

Sin duda, el Prólogo de San Juan es la culminación ideal para la Santa Misa, y su pérdida es algo profundamente lamentable. Con toda franqueza, no hay ninguna buena razón para que algunos tradicionalistas (pienso aquí especialmente en ciertos monasterios benedictinos) continúen utilizando el ritual mutilado de 1965, ahora que es bien sabido que lo pretendido por los reformadores litúrgicos en 1965 era simplemente una especie de casa transitoria en el camino al Novus Ordo de 1969. El «misal interino» de 1965 es ya un torso sin extremidades, como una de esas antigüedades aún hermosas pero tristes de los museos vaticanos: una Venus que le falta un brazo o una pierna. Tal es la Misa sin su Introibo y sin su In principio. El recorte de las oraciones al pie del altar y del último Evangelio crea un grave desequilibrio artístico. Históricamente, antes de que estas oraciones se agregaran, la misa habría parecido suficientemente completa; pero como sucede con muchas grandes obras de arte, estos toques finales han elevado lo que ya era hermoso a una nueva perfección, tal como un elaborado marco dorado realza la pintura que enmarca.

Tan querida llegó a ser esta gloriosa pompa del cuarto Evangelio, familiar a todos desde su colocación al final de la Misa, que llevó, en el florecimiento de la música del Renacimiento temprano, a una magnífica escenificación polifónica de Josquin des Pres (1450/55 –1521):

(Aquí el autor inserta un video con el audio del Motete de Josquin In principio erat Verbum).

La polifonía de Josquin proviene de una época en que la liturgia alcanzó su suprema perfección. La llamativa ausencia del Prólogo en el misal provisional de 1965 y luego en el Novus Ordo, así como la ausencia general de una polifonía de la calidad de Josquin, son signos de que la gloria de Dios comenzaba a alejarse del templo.


lunes, 22 de junio de 2020

TOMÁS MORO Y LA SOMNOLENCIA DE LOS PASTORES

Tomás Moro de Pedro Pablo Rubens

Frente al horizonte cercano del martirio, Santo Tomás Moro plasmó desde su prisión algunas obras inmortales, entre ellas, La agonía de Cristo. A lo largo de sus páginas, el humanista inglés contempla el doloroso abandono de Cristo por parte de los suyos; en el sueño que invade a los apóstoles en Getsemaní, no obstante las repetidas llamadas del Maestro a la vigilancia, Moro ve reflejada la somnolencia de tantos pastores de su tiempo que, adormilados, han dejado de vigilar sobre sus rebaños. Por eso no duda en exclamar: Cur non hic contemplentur episcopi somnolentiam suam? (¿por qué no contemplan los obispos en esta escena su propia somnolencia?). La desidia y escasa fortaleza que campea a su alrededor, la frágil y amenazada unidad de la Iglesia, que ama con pasión y por la que tanto sufre, le impelen a exhortar a los obispos a sacudir de sus vidas toda somnolencia y cobardía, a estar dispuestos a entregar la propia vida, si es el caso, por el bien de la grey.


«V
uelve Cristo por tercera vez adonde están sus Apóstoles, y allí los encuentra sepultados en el sueño, a pesar del mandato que les había dado de vigilar y rezar ante el peligro que se cernía. Al mismo tiempo, Judas, el traidor, se mantenía bien despierto, y tan concentrado en traicionar a su Señor que ni siquiera la idea de dormirse se le pasó por la cabeza. ¿No es este contraste entre el traidor y los Apóstoles como una imagen especular, y no menos clara que triste y terrible, de lo que ha ocurrido a través de los siglos, desde aquellos tiempos hasta nuestros días? ¿Por qué no contemplan los obispos, en esta escena, su propia somnolencia? Han sucedido a los Apóstoles en el cargo, ¡ojalá reprodujeran sus virtudes con la misma gana y deseo con que abrazan su autoridad! ¡Ojalá les imitaran en lo otro con la fidelidad con que imitan su somnolencia! Pues son muchos los que se duermen en la tarea de sembrar virtudes entre la gente y mantener la verdadera doctrina, mientras que los enemigos de Cristo, con objeto de sembrar el vicio y desarraigar la fe (en la medida en que pueden prender de nuevo a Cristo y crucificarlo otra vez), se mantienen bien despiertos. Con razón dice Cristo que los hijos de las tinieblas son mucho más astutos que los hijos de la luz…

Cristo mandó tener por nada la pérdida de nuestro cuerpo por su causa. «No temáis a quienes matan el cuerpo, y no pueden hacer más. Yo os mostraré a quién habéis de temer: Temed al que después de quitar la vida, puede mandar al infierno. A ése, os repito habéis de temer» (Lc 12, 4-5). Para todos, sin excepción, dijo estas palabras, caso de que hayan sido encarcelados y no haya escapatoria posible. Pero añade algo más para aquellos que llevan el peso y la responsabilidad episcopal: no permite que se preocupen solo de sus propias almas, ni tampoco que se contenten refugiándose en el silencio, hasta que sean arrastrados y forzados a escoger entre una abierta profesión de fe o una engañosa simulación. No. Quiso que dieran la cara si ven que la grey a ellos confiada está en peligro, y que hicieran frente al peligro con su propio riesgo, por el bien de su rebaño.

El buen pastor da su vida por sus ovejas (Cf. Io 10, 11), dice Cristo. Quien salve su vida con daño de las ovejas, no es buen pastor. El que pierde su vida por Cristo (y así hace quien la pierde por el bien del rebaño que Cristo le confió) la salva para la vida eterna. De la misma manera, el que niega a Cristo (como hace el que no confiesa la verdad cuando el silencio daña a su rebaño), al querer salvar su vida empieza de hecho a perderla. Tanto peor, desde luego, si llevado por miedo, niega a Cristo abiertamente, con palabras, y lo traiciona. Tales obispos no duermen como Pedro, sino que, con Pedro despiertos, niegan a Cristo. Al recibir, como Pedro, la mirada afectuosa de Cristo, muchos serán los que con su gracia llegarán un día a limpiar aquel delito salvándose a través del llanto» (Santo Tomás Moro, La agonía de Cristo, Rialp, Madrid 1989, p. 73 y ss).

viernes, 19 de junio de 2020

MIRARÁN AL QUE TRASPASARON

La Lanzada. Pedro Pablo Rubens

Meditación del Papa San Juan Pabl0 II sobre el misterio del Corazón de Cristo traspasado por la lanza.

«Corazón de Jesús atravesado por una lanza,
ten piedad de nosotros»

1. Pocas páginas del Evangelio a lo largo de los siglos han atraído la atención de los místicos, de los escritores espirituales y de los teólogos tanto como el pasaje del Evangelio de San Juan que nos narra la muerte gloriosa de Cristo y la escena en que le atraviesan el costado (cf. Jn 19, 23-37). En esa página se inspira la invocación de las Letanías, que he recordado hace un momento.

En el Corazón atravesado contemplamos la obediencia filial de Jesús al Padre, cuya misión Él realizó con valentía (cf. Jn 19, 30) y su amor fraterno hacia los hombres, a quienes Él «amó hasta el extremo» (Jn 13, 1), es decir, hasta el extremo sacrificio de Sí mismo. El Corazón atravesado de Jesús es el signo de la totalidad de este amor en dirección vertical y horizontal, como los dos brazos de la cruz.

2. El Corazón atravesado es también el símbolo de la vida nueva, dada a los hombres mediante el Espíritu y los sacramentos. En cuanto el soldado le dio el golpe de gracia, del costado herido de Cristo «al instante salió sangre y agua» (Jn 19, 34). La lanzada atestigua la realidad de la muerte de Cristo. Él murió verdaderamente, como había nacido verdaderamente y como resucitará verdaderamente en su misma carne (cf. Jn 20, 24.27). Contra toda tentación antigua o moderna de docetismo, de ceder a la «apariencia», el Evangelista nos recuerda a todos la cruda certeza de la realidad. Pero al mismo tiempo tiende a profundizar el significado del acontecimiento salvífico y a expresarlo a través del símbolo. Él, por tanto, en el episodio de la lanzada, ve un profundo significado: como de la roca golpeada por Moisés brotó en el desierto un manantial de agua (cf. Nm 20, 8-11), así del costado de Cristo, herido por la lanza, brotó un torrente de agua para saciar la sed del nuevo pueblo de Dios. Este torrente es el don del Espíritu (cf. Jn 7, 37-39), que alimenta en nosotros la vida divina.

3. Finalmente, del Corazón atravesado de Cristo brota la Iglesia. Como del costado de Adán que dormía fue extraída Eva, su esposa, así ―según una tradición patrística que se remonta a los primeros siglos―, del costado abierto del Salvador, que dormía sobre la cruz en el sueño de la muerte, fue extraída la Iglesia, su esposa. Esta se forma precisamente del agua y de la sangre, ―Bautismo y Eucaristía―, que brotan del Corazón traspasado. Por eso, con razón afirma la Constitución conciliar sobre la liturgia: «Del costado de Cristo dormido en la cruz nació el sacramento admirable de la Iglesia entera» (Sacrosanctum Concilium, 5).

4. Junto a la cruz, advierte el Evangelista, se encontraba la Madre de Jesús (cf. Jn 19, 25). Ella vio el Corazón abierto del que fluían sangre y agua, ―sangre tomada de su sangre―, y comprendió que la sangre del Hijo era derramada por nuestra salvación. Entonces comprendió hasta el fondo el significado de las palabras que el Hijo le había dirigido poco antes: «Mujer, he ahí a tu hijo» (Jn 19, 26): la Iglesia que brotaba del Corazón atravesado era confiada a sus cuidados de Madre.

Pidamos a María que nos guíe a sacar cada vez más abundantemente el agua de los manantiales de gracia que fluyen del Corazón atravesado de Cristo. (Juan Pablo II, Angelus, Domingo 30 de julio de 1989).

Fuente: vatican.va

domingo, 14 de junio de 2020

CON SU CUERPO, SANGRE, ALMA Y DIVINIDAD


En la exposición del dogma eucarístico, los grandes maestros y doctores del medievo me parecen insuperables. La hazaña teológica que late en sus tratados sobre la Eucaristía bien puede parangonarse a la proeza artística que se refleja en las catedrales góticas. Sirva como ejemplo el siguiente texto de San Buenaventura, tomado de un breve tratado sobre la misa y su necesaria preparación.

«D
ebes, pues, creer firmemente y de ningún modo dudar, según lo que enseña y predica la Fe católica, que en el momento de la pronunciación de las palabras de Cristo, por razón del  ministerio y servicio sacramental, el pan material y visible deja su lugar, esto es, la especie visible de los accidentes, al pan vivífico y celestial que llega, como tributando honra al verdadero Creador; al dejar de ser aquél, en el mismo instante con un modo maravilloso e inefable debajo de aquellos accidentes existen verdaderamente:

Primero, aquella purísima Carne y sagrado Cuerpo de Cristo, que, hecho por el Espíritu Santo, nació de la gloriosa Virgen María, que fue suspendido en la cruz, que fue puesto en el sepulcro y que está glorificado en el cielo.

Segundo, puesto que la carne no vive sin sangre, por eso necesariamente está allí aquella preciosa Sangre, que felizmente manó en la cruz para la salvación del mundo.

Tercero, no existiendo verdadero hombre sin alma racional, por eso está allí el alma gloriosa de Cristo, aventajando en gracia y gloria a toda virtud, gloria y poder, en la cual están depositados todos los tesoros del divino saber (Col 2, 3).

Cuarto, puesto que Cristo es verdadero hombre y verdadero Dios, consiguientemente allí está Dios en su gloriosa Majestad (...).

Luego debes advertir también que convino así, que Cristo se nos diese velado. Pues, ¿qué valor tendría tu fe si Cristo se te apareciera en su propia figura visible? Cierta y forzosamente le adorarías; pero ¿cómo tus ojos carnales podrían soportar gloria tan grande? ¿Y qué insensato diría que podía comer y beber carne cruda y sangre de hombre en su propia forma? –Aléjese por tanto toda duda, puesto que así como en otro tiempo estuvo escondida la Divinidad en las entrañas virginales, y el Hijo de Dios apareció visible al mundo bajo el velo de la carne humana, así también la Humanidad glorificada unida a la Divinidad está oculta debajo de la forma de pan y vino, para poder acomodarse a nosotros mortales» (San Buenaventura, Tratado de la preparación para la Santa Misa, Cap. 1).

martes, 9 de junio de 2020

GUARDINI, UNA REFLEXIÓN SOBRE EL INCIENSO



«Una nube de incienso vale mil sermones», escribió Nicolás Gómez Dávila. Efectivamente, es algo muy propio del culto católico exprimir al máximo el valor y la belleza del signo litúrgico no hablado. Una amenaza de nuestra actual liturgia consiste en silenciar estos signos sagrados (incienso, cirios, paramentos, gestos, posturas, etc.), a base de sustituirlos por elementos meramente funcionales, prácticos o didácticos (explicaciones, lecturas, testimonios, etc.). Pienso, por ejemplo, en las misas exequiales: contemplar al sacerdote rodear los restos mortales de un fiel difunto con un incensario humeante, dice mil veces más que unas emotivas oraciones improvisadas, o un centenar de testimonios laudatorios.
Aquí dejo una preciosa reflexión de Romano Guardini sobre todo lo que una humilde nube de incienso puede decir al alma humana.

«V
i llegar un ángel, que traía un incensario de oro, y púsose ante el altar. Y fuéronle dados muchos perfumes... Y el humo de los perfumes subió por entre las oraciones de los santos de la mano del ángel a la presencia de Dios». (Apoc. 8, 3-4.)

Así el Apocalipsis de San Juan.

¡Cuánta nobleza en ese colocar sobre las brasas los granos de dorado incienso, y en ese humo perfumado que sube del incensario oscilante! Parece una melodía, hecha de movimiento reprimido y de fragancia. Sin utilidad práctica alguna, a manera de canción. Bello derroche de cosas preciosas. Amor desprendido y abnegado.

Como allá en Betania, cuando fue María con el frasco de nardo precioso y lo derramó sobre los pies del divino Maestro allí sentado, enjugándoselos luego con sus cabellos; y de su fragancia se llenó la casa. No faltó entonces un espíritu sórdido que murmurase: «¿A qué tal dispendio?» Pero el Hijo de Dios le atajó, diciendo: «Dejadla, que para el día de mi sepultura lo guardaba.» (Jn. 12, 7.) Misterio de la muerte, del amor, del perfume y del sacrificio.

Pues eso mismo acontece con el incienso: misterio de la belleza, que asciende graciosamente, sin utilidad práctica; misterio del amor, que arde, y se consume ardiendo, y no teme la muerte. Tampoco faltan aquí espíritus áridos que se preguntan: ¿A qué todo esto?

Sacrificio del perfume: eso dice la Escritura que son las oraciones de los santos (Apoc. 5, 8). Símbolo de la oración es el incienso, de aquella oración propiamente que no piensa en fines prácticos; que nada quiere, y sube como el Gloria Patri al término de cada salmo; que adora y da a Dios gracias «por ser tan glorioso».

Puede, ciertamente, en este símbolo mezclarse la vanidad. Pueden también las nubes aromáticas crear una atmósfera sofocante de misterio y ser ocasión de alucinamiento religioso. Siendo así, razón tendrá la conciencia cristiana en protestar, reclamando la oración «en espíritu y verdad» (Jn. 4, 24), y en recomendar austeridad y honradez. Pero también en religión suele haber tacañería, nacida, como el comentario de Judas, de mezquindad de espíritu y sequedad de corazón. Para tales roñosos, la oración es cosa de utilidad espiritual y debe mostrarse circunspecta y burguésmente razonable.

Semejante mentalidad echa en olvido la regia munificencia de la oración, que es dádiva; desconoce la adoración profunda; ignora el alma de la oración, que nunca inquiere el porqué ni el para qué, antes bien asciende, porque es amor, y perfume, y belleza. Y cuanto más amor, tanto es más ofrenda; y del fuego consumidor sube la fragancia». (Romano Guardini, Los signos sagrados, Barcelona 1965, p. 75-76).