martes, 19 de junio de 2018

TIEMPOS DE PACIENCIA


Enseña Santo Tomás que corresponde a la paciencia «que el hombre no se aparte del bien de la virtud a causa de las tristezas, por grandes que sean» (S. Th., II-II, q. 136, a. 4 ad 2). Hoy más que nunca es tiempo de paciencia. Ante los densos nubarrones que oscurecen el cielo de la Iglesia y del mundo, el creyente debe procurar no abatirse por la tristeza sino santificarse por la paciencia. No es extraño que ya desde los primeros siglos, teólogos y santos cantaran las excelencias de esta virtud, conscientes de la afirmación del Señor: «con vuestra paciencia poseeréis vuestras almas» (Lc 21, 19). Así la encomia San Cipriano de Cartago:

«P
or ser tan rica y variada, la paciencia no se ciñe a estrechos límites ni se encierra en breves términos. Esta virtud se difunde por todas partes, y su exuberancia y profusión nacen de un solo manantial; pero al rebosar las venas del agua se difunde por multitud de canales de méritos y ninguna de nuestras acciones puede ser meritoria si no recibe de ella su estabilidad y perfección. La paciencia es la que nos recomienda y guarda para Dios; modera nuestra ira, frena la lengua, dirige nuestro pensar, conserva la paz, endereza la conducta, doblega la rebeldía de las pasiones, reprime el tono del orgullo, apaga el fuego de los enconos, contiene la prepotencia de los ricos, alivia la necesidad de los pobres, protege la santa virginidad de las doncellas, la trabajosa castidad de las viudas, la indivisible unión de los casados.
La paciencia mantiene en la humildad a los que prosperan, hace fuertes en la adversidad y mansos frente a las injusticias y afrentas. Ensena a perdonar enseguida a quienes nos ofenden, y a rogar con ahínco e insistencia cuando hemos ofendido. Nos hace vencer las tentaciones, tolerar las persecuciones, consumar el martirio. Es la que fortifica sólidamente los cimientos de nuestra fe, la que levanta en alto nuestra esperanza, la que encamina nuestras acciones por la senda de Cristo, para seguir los pasos de sus sufrimientos. La paciencia nos lleva a perseverar como hijos de Dios imitando la paciencia del Padre» (San Cipriano, El bien de la paciencia, 20).

jueves, 14 de junio de 2018

EL TALANTE DE UN GRAN CARDENAL



Escribo estas líneas en vísperas de la onomástica del Cardenal Robert Sarah. Como nos cuenta en su libro Dios o nada, «Nací el 15 de junio de 1945 en Ourous, un poblado de los más pequeños de Guinea, al norte del país, cerca de la frontera con Senegal. Es una región de media montaña, alejada de la capital –Conakri–, que las autoridades administrativas y políticas suelen considerar de escasa importancia». Una vez más la providencia divina se complacía en ir a buscar lo valioso y grande precisamente allí donde el mundo no parecía esperar nada. Convencido de que buena parte de la luz y de la fuerza que revitalizará la Iglesia del mañana procederá del continente africano, saludamos con reconocimiento y gratitud a este fiel servidor de la Iglesia y del Romano Pontífice, hombre humilde y orante, a quien también cabe aplicar las palabras del salmo: He venido a ser extraño para mis hermanos…, porque me devora el celo de tu Casa (Sal 69, 9-10).
El propio cardenal nos ha dejado un extraordinario testimonio de lo que a lo largo de su vida ha sido el manantial de su fidelidad a Dios, particularmente en los momentos de prueba externa o interna que ha debido afrontar como pastor de la Iglesia. He aquí sus propias palabras:

«P
ara hacer frente a esta situación, establecí un programa regular de retiro espiritual. Cada dos meses me marchaba solo a un lugar completamente aislado. Durante tres días me sometía a un ayuno total, sin agua ni alimento de ninguna clase.
Deseaba estar con Dios para hablar con Él cara a cara. Salía de Conakri sin llevarme nada más que una Biblia, un pequeño maletín para celebrar misa y un libro de lectura espiritual. La Eucaristía era mi único alimento y mi única compañía. Esta vida de soledad y oración me permitía cobrar fuerzas y volver al combate.
Creo que, para asumir su función, un obispo necesita hacer penitencia, ayunar, permanecer a la escucha del Señor y orar mucho en silencio y en soledad. Cristo se retiró cuarenta días al desierto; los sucesores de los apóstoles tienen obligación de imitarle lo más fielmente posible… Ha habido etapas que han dado a mi vida una orientación decisiva. Pero las más cruciales han sido esas horas, esos momentos del día en los que, a solas con el Señor, he sido consciente de lo que quería de mí.  Los grandes momentos de una vida son las horas de oración y adoración. Alumbran al ser, configuran nuestra verdadera identidad, afianzan una existencia en el misterio. El encuentro cotidiano con el Señor en la oración: ese es el fundamento de mi vida. Empecé cuidando esos instantes desde niño, en familia y a través de mi contacto con los espiritanos de Ourous. Cuando hemos de vivir la Pasión, necesitamos retirarnos al huerto de Getsemaní, en la soledad de la noche» (Cardenal Robert Sarah, Dios o nada, Palabra 2015, p.81-82).

lunes, 11 de junio de 2018

LAS LEYES SUPREMAS DE LA VIDA DEL ESPÍRITU


Resumo con cierta libertad un artículo del conocido teólogo dominico Reginald Garrigou-Lagrange sobre las leyes supremas de la vida de la gracia. Ante la amenaza de reducir lo cristiano a un híbrido confuso de solidaridad y sentimiento, este texto de Garrigou-Lagrange nos presenta la especificidad de la vida cristiana en forma de siete principios generales, de indudable belleza y valor teológico, que rigen el despliegue de la vida espiritual desde su origen en el baustismo hasta su consumación en la gloria.

***

C
omo sucede en los demás géneros de vida, también la vida sobrenatural o vida de la gracia tiene sus leyes o principios generales que son para el cristiano fuente de esperanza y consuelo espiritual. ¿Cuáles son estas leyes principales? Garrigou-Lagrange señala estas siete fundamentales. 

1. La primera dice así: Solo Dios puede producir la vida sobrenatural de la gracia santificante en nuestra alma espiritual e inmortal. En efecto, solamente Dios puede producirla porque ella es una participación de su vida íntima, el germen de la vida eterna, por la cual veremos a Dios cara a cara tal como Él se ve a sí mismo, y por la cual le amaremos eternamente sin que nada pueda apartarnos de su contemplación. La vida de la gracia –semen gloriae (semilla de la gloria)– es como el germen de la visión beatífica y del amor sobrenatural de Dios y de los justos, visión de amor que no cesará jamás.

2. La segunda ley se puede formular así: De esta vida sobrenatural de la gracia, derivan en nuestras almas las virtudes infusas teologales y morales y los dones del Espíritu Santo. Es por esto que la gracia santificante o habitual es llamada “gracia de virtudes y dones” (S. Th., III, q.62, a.2). La gracia es el principio radical de las virtudes teologales de la fe, de la esperanza y de la caridad. Y cuando la fe y la esperanza desaparezcan para dar lugar a la posesión de Dios por la visión beatífica, la caridad, amor sobrenatural de Dios y del prójimo, permanecerá para siempre.

3. La tercera ley, que deriva de las precedentes, está formulada por Santo Tomás de la siguiente manera: El menor grado de gracia santificante en el alma de un niño pequeño recién bautizado vale más que el bien natural de todo el universo: "bonum gratiae unius maius est quam bonum naturae totius universi". (I-II, q.113, a.9, ad 2). Esta ley nos pone delante el inestimable valor de la gracia santificante en comparación a cualquier otro bien natural.

4. La cuarta ley de la vida sobrenatural puede formularse así: La gracia santificante, una vez producida en nuestra alma por el bautismo, debería permanecer siempre en nosotros, y de hecho duraría siempre si el pecado mortal que nos separa de Dios, y que es irreconciliable con ella, no nos la hiciera perder. Esta ley nos muestra el precio de la vida sobrenatural y la gravedad del pecado mortal.

5. Una quinta ley de la vida sobrenatural enseña que la gracia santificante y la caridad deberían no solamente permanecer siempre en nosotros, sino que deberían crecer siempre en nosotros hasta nuestro último suspiro. Deberían crecer siempre por la Sagrada Comunión «ex opere operato», por nuestros méritos «ex opere operantis» y por nuestras oraciones. Por esto en la parábola del sembrador se dice que uno rinde 30 otro 60 y otro 100. Las contrariedades cotidianas aceptadas y llevadas por amor sirven para dar más fruto y crecer en caridad. Son como peldaños de una escalera que nos aproximan un poco más a Dios. Los Padres de la Iglesia expresan el mismo contenido de esta ley pero con otras palabras: En el camino hacia Dios, el que no avanza, retrocede. De modo semejante a un niño que no crece y permanece deforme, así un alma cristiana que no avanza llega a ser un alma retrasada. Santo Tomás enseña que cuando nuestros actos de caridad son débiles (remissi) al punto de ser inferiores en intensidad al grado en que esta virtud se encuentra en nosotros, ellos no obtienen el aumento de caridad que merecerían. Sólo lo obtendrán si son actos más intensos o generosos. (Cfr. II-II, q. 24, a.6 ad 1).

6. Una sexta ley dice así: la gracia santificante y la caridad deberían crecer en nosotros de una manera uniformemente acelerada. Santo Tomás enseña que el movimiento natural, por ejemplo la piedra que se aproxima al centro de la tierra, es tanto más rápido cuanto más se acerca a su término. La gracia nos inclina como una segunda naturaleza; por tanto las almas en gracia deben crecer más conforme se aproximan más a Dios. De hecho, la caridad de los santos suele crecer mucho más en los últimos años de su vida que en los 10 o 20 años primeros tomados en conjunto. El Santo Doctor ha entrevisto la ley de la gravitación universal y de la aceleración de la caída de los cuerpos y la ha aplicado al movimiento de las almas justas que se mueven hacia Dios.

7. Una séptima ley de la vida de la gracia toca al fin de nuestra vida terrena y se puede formular así: El orden radical de la vida de la gracia debería continuarse en vida eterna inmediatamente después de nuestra muerte, si no tuviéramos faltas que expiar. La razón es que el purgatorio es una justa pena que Dios no puede infligir más que por una falta evitable y reparable antes de la muerte. Así se explica que el mayor dolor de las almas del purgatorio consista en la privación de la posesión de Dios contemplado cara a cara. Estas almas sufren mucho más de esta privación que durante su vida en la tierra. ¿Por qué? Porque después de la muerte sería natural, según el orden radical de la vida de gracia, poder disfrutar inmediatamente de la visión beatífica. Las almas del purgatorio tienen un hambre y sed de Dios que de momento no pueden saciar. Les pena el que por su culpa no hayan llegado a tiempo a su cita con Dios. Esta séptima ley es propia de un orden muy elevado: se cumple especialmente en la vida de los santos mártires y debe cumplirse también en aquellos que están dispuestos a padecer el "martirio del corazón" mediante la penitencia y la expiación. En todo caso vale la pena recordar lo que fue revelado a Santa Teresa: que de todos los religiosos que había conocido en vida, solo tres habían evitado el purgatorio.
Otra ley superior de la vida de la gracia consiste en que debido al progreso en el amor a Dios y al prójimo, Nuestro Señor nos incorpora más y más a Él, como miembros cada vez más vivos de su Cuerpo Místico. Por esta progresiva incorporación Él nos asocia primeramente a su vida de infancia, después a su vida oculta, más tarde a su vida apostólica y finalmente a su vida dolorosa, antes de asociarnos a su vida gloriosa en el cielo.

Texto original del artículo en francés: salve-regina.com

viernes, 8 de junio de 2018

¿QUÉ SIGNIFICA SER REDIMIDOS?


Comparto un texto de San Gregorio de Nisa que arroja una cálida y sublime luz sobre el sentido cristiano de la vida como pertenencia a Cristo. En él, el santo de Capadocia comenta el significado de los nombres de santificación y redención que San Pablo atribuye a Cristo (cf. 1 Cor 1, 30), y su natural consecuencia para quienes por la condición de cristianos participan también de los nombres de su Señor.

«Y
 si consideramos a Cristo como santificación nos mostraremos verdaderamente partícipes de su nombre, si nos abstenemos de toda acción y pensamiento perverso e impuro y confesamos en nuestra vida con obras –no solo de palabra– su poder de santificación.
Conociendo que Cristo es redención porque se entregó a sí mismo como precio por nosotros, comprenderemos por esta afirmación que Él nos hizo propiedad suya a nosotros, rescatados por Él de la muerte con el precio de su vida, dándonos la inmortalidad como un don precioso de cada alma. Si, pues, nos hemos convertido en propiedad de quien nos ha redimido, miremos de tal forma a Quien es nuestro dueño, que ya no vivamos para nosotros mismos, sino para Aquel que nos compró con el precio de su vida. Por esta razón no somos ya más nuestros dueños, sino que somos posesión de Aquel que es nuestro señor porque nos ha comprado. En consecuencia, la voluntad de quien es nuestro señor será la ley de nuestra vida» (San Gregorio de Nisa, Sobre la vocación cristiana, Ciudad Nueva 1992, p. 61-62).

jueves, 31 de mayo de 2018

UNA CUSTODIA INMACULADA PARA LA PRIMERA PROCESIÓN DEL CORPUS


El 31 de mayo de 2005, fiesta de la Visitación de Nuestra Señora, el Papa Benedicto XVI pronunció una breve alocución ante la Virgen de Lourdes en los jardines vaticanos. Como se trataba de un año dedicado a la Eucaristía, el Pontífice puso de relieve la entraña eucarística contenida en este misterio gozoso de la Visitación. El viaje a las montañas de Judá a los pocos días de concebir al Verbo en sus entrañas purísimas, convirtió a María en una custodia viva e inmaculada que portó por primera vez el Corpus Christi por los caminos de este mundo, en medio del alborozo de los ángeles.   

* * *

«E
n particular hoy, con la liturgia, nos detenemos a meditar en el misterio de la Visitación de la Virgen a santa Isabel. María, llevando en su seno a Jesús recién concebido, va a casa de su anciana prima Isabel, a la que todos consideraban estéril y que, en cambio, había llegado al sexto mes de una gestación donada por Dios (cf. Lc 1, 36). Es una muchacha joven, pero no tiene miedo, porque Dios está con ella, dentro de ella. En cierto modo, podemos decir que su viaje fue -queremos recalcarlo en este Año de la Eucaristía- la primera "procesión eucarística" de la historia. María, sagrario vivo del Dios encarnado, es el Arca de la alianza, en la que el Señor visitó y redimió a su pueblo. La presencia de Jesús la colma del Espíritu Santo. Cuando entra en la casa de Isabel, su saludo rebosa de gracia:  Juan salta de alegría en el seno de su madre, como percibiendo la llegada de Aquel a quien un día deberá anunciar a Israel. Exultan los hijos, exultan las madres. Este encuentro, impregnado de la alegría del Espíritu, encuentra su expresión en el cántico del Magníficat.

¿No es esta también la alegría de la Iglesia, que acoge sin cesar a Cristo en la santa Eucaristía y lo lleva al mundo con el testimonio de la caridad activa, llena de fe y de esperanza? Sí, acoger a Jesús y llevarlo a los demás es la verdadera alegría del cristiano. Queridos hermanos y hermanas, sigamos e imitemos a María, un alma profundamente eucarística, y toda nuestra vida podrá transformarse en un Magníficat (cf. Ecclesia de Eucharistia, 58), en una alabanza de Dios. En esta noche, al final del mes de mayo, pidamos juntos esta gracia a la Virgen santísima».

Fuente: vatican.va

jueves, 24 de mayo de 2018

SUMMORUM PONTIFICUM, UNA INELUDIBLE RECONCILIACIÓN CON EL PASADO

Arzobispo Alexander K. Sample. 

E
l pasado 28 de abril, en Washington (DC), el arzobispo de Portland, Monseñor Alexander K. Sample, presidió una Misa solemne pontifical para conmemorar el décimo aniversario del motu proprio Summorum Potificum. Acompañado por una gran multitud de fieles, Monseñor Sample pronunció una excelente homilía de la que extractamos ahora algunos párrafos especialmente significativos.
En nombre de los allí presentes y de tantos fieles esparcidos por todo el mundo, el obispo de Portland comenzó por dirigir un emotivo agradecimiento a Benedicto XVI: «También nos juntamos para celebrar el décimo aniversario del gran regalo que nuestro querido Papa emérito Benedicto XVI ha dejado a la Iglesia en su Motu Proprio Summorum Pontificum. Querido Santo Padre, sé que hablo en nombre de todos los aquí reunidos (de aquellos que siguen esta transmisión en directo por EWTN y de muchos otros) cuando digo «gracias» por su sabiduría, previsión y generosidad pastoral, al permitir que el usus antiquior del Rito romano vuelva otra vez a florecer en la Iglesia Universal».
Al constatar, como es habitual en estas celebraciones, la gran presencia de jóvenes en el Santuario Nacional de la Inmaculada Concepción, el arzobispo señaló: «Ustedes son un signo –un gran signo– de aliento y esperanza para la Iglesia lanzada en estos días sobre las turbulentas aguas del secularismo y el relativismo».
Recordó que durante estos años ha escuchado a muchos en la Iglesia (incluidos sacerdotes y obispos) expresar perplejidad y desconcierto por el hecho de que tantos jóvenes se sientan atraídos por esta forma venerable del rito romano. «Si el comentario ha sido dirigido a mí –añadió– a menudo he respondido: ‘Esa es exactamente la pregunta que debería hacerse. ¿Por qué se sienten atraídos por esta liturgia? O incluso más claramente: ¿Qué es lo que les proporciona esta forma del Rito Romano que su personal experiencia de crecimiento en la Forma Ordinaria no les ha proporcionado?»
Excluyendo cualquier tipo de cuestionamiento sobre la bondad del nuevo misal promulgado por el Beato Pablo VI, si bien reconociendo falencias en la implementación real de las directrices del Concilio, el arzobispo continuó: «Muchos jóvenes han descubierto esta forma de la sagrada liturgia como parte de su propia herencia católica. Yo mismo descubrí la Misa latina tradicional como estudiante universitario. Me topé con ella; pero fue para mí como una reliquia histórica, algo que nunca imaginé que llegaría a experimentar realmente. Tal vez la experiencia de estos jóvenes que crecieron con la Forma Ordinaria no ha supuesto un contacto con la belleza, la reverencia, la oración, el sentido del misterio y la trascendencia, o el asombro y la admiración que la Misa tradicional latina les ha brindado. A lo mejor esta es la respuesta a la pregunta planteada anteriormente acerca de por qué tantos jóvenes se sienten atraídos por la Santa Misa celebrada de acuerdo con el Misal de 1962».
Finalmente, Monseñor Sample se refirió a la necesaria reconciliación que la liturgia tradicional está llamada a realizar en el seno de la Iglesia. «Mientras continuamos nuestra celebración del décimo aniversario de Summorum Pontificum, deseo tocar un punto final. Este tiene que ver con la motivación positiva del Papa emérito al emitir el Motu Proprio. Dijo que se trata de llegar a ‘una reconciliación interior en el corazón de la Iglesia’. Durante mi visita ad limina a Roma en el año 2012, y durante nuestro encuentro con el Papa Benedicto XVI, tuve la oportunidad de darle las gracias por el regalo de Summorum Pontificum. Él respondió largamente a mi intervención, comenzando por decir que había promulgado el Motu Proprio para reconciliar a la Iglesia con su pasado. Esta reconciliación de la que habló el Papa emérito implica aprender de la experiencia de la Sagrada Liturgia según el usus antiquior, para enriquecer y dar una mejor forma a nuestra comprensión y celebración del nuevo Rito Romano. Con ambas liturgias floreciendo una al lado de la otra, podría darse un enriquecimiento mutuo de las dos formas del único Rito Romano, lo que podría conducir a un mayor desarrollo y progreso litúrgico».

Una importante lección nos deja el sermón de Monseñor Sample: el motu proprio Summorum Pontificum no ha venido a dividir sino a unir y enriquecer el culto y la liturgia de la Iglesia. Si alguien no lo comprende así, me atrevo a decir que no sabe de lo que está hablando. Sin una previa reconciliación de todos con el pasado milenario de la Iglesia, cualquier reconciliación en el presente no tendrá más consistencia que una pompa de jabón. 

Transcripción de la homilía en inglés: www.ccwatershed.org
Video de la misa y audio del sermón: onepeterfive.com


sábado, 19 de mayo de 2018

URE IGNE SANCTI SPIRITUS


Copio un bello texto de San Bernardo, extraído de un sermón en la fiesta de Pentecostés, donde nos exhorta a ser solícitos para con Dios, en correspondencia a su amorosa y permanente solicitud para con nosotros, pobres criaturas. Tal solicitud es gracia del Espíritu Santo.

«Y
a veis, pues, con cuanta verdad se expresó aquel que dijo: El señor anda solícito por mí (Ps 39, 18). El Padre, por redimir al siervo, no perdona al Hijo; el Hijo, por él se entrega a la muerte gustosísimo; uno y otro envían al Espíritu Santo; y el mismo Espíritu pide por nosotros con inefables gemidos.
¡Oh duros y endurecidos y rebeldes hijos de Adán, a quienes no ablanda tanta benignidad, tan abrasadora llama, ardor tan grande de amor, amante tan fino que por unos viles andrajos expende mercaderías tan preciosas! Pues no con el oro y la plata, que se corrompen, nos redimió, sino con su preciosa sangre, que derramó abundantemente: porque por cinco partes copiosamente manaron los raudales de sangre del cuerpo de Jesús. ¿Qué más debía hacer y no hizo? Dio vista a los ciegos, encaminó a los errados, reconcilió los reos, justificó los impíos, dejándose ver sobre la tierra treinta y tres años, tratando con los hombres, muriendo por los hombres, siendo El aquel Dios que dijo, y fueron hechos los Querubines, los Serafines y todas las virtudes angélicas; aquel Señor que tiene en su mano la potestad de hacer todo cuanto quiere. ¿Qué busca de ti el que con tanta solicitud te buscó, sino que andes solícito con tu Dios? Esta solicitud nadie la da sino el Espíritu Santo que escudriña lo profundo de nuestros pechos, que discierne los pensamientos e intenciones de nuestro corazón, que ni la más pequeña paja sufre que haya en la habitación del corazón que posee, sino que al punto la consume con el fuego de una sutilísima circunspección; Espíritu suave y dulce, el cual inclina nuestra voluntad, o más bien la endereza y conforma con la suya, a fin de que podamos entenderla verdaderamente, amarla fervorosamente y cumplirla eficazmente» (San Bernardo, Sermón segundo en la Fiesta de Pentecostés, 8).