martes, 15 de octubre de 2019

«AD DEUM QUI LÆTIFICAT JUVENTUTEM MEAM». UNA MEDITACIÓN SOBRE EL SALMO 42



Las oraciones al pie del altar forman un impresionante y solemne pórtico de entrada a la celebración del Santo Sacrificio en su Forma Extraordinaria. Sentimientos de alegría y contrición profunda, de adoración y humilde súplica, de alabanza y gratitud, surcan estas oraciones, disponiendo al sacerdote, a sus ministros, y a todo el pueblo fiel, a acercarse lo más dignamente posible al altar de Dios, el nuevo madero donde se renovará el Sacrificio de nuestra redención.
Tiempo atrás, luego de leerla con mucho interés, guardé el texto de una conferencia de Mons. Andrew Wadsworth sobre una de estas oraciones que se recitan al pie del altar: el salmo 42. Ahora ofrezco una versión en español de esta conferencia, siempre con el deseo de difundir las riquezas de nuestra extraordinaria y vieja liturgia.

Las oraciones al pie del altar
Meditación espiritual sobre el salmo 42
por Mons. Andrew Wadsworth 

Día de Todos los Fieles Difuntos (2-Nov-2013)
Mañana de retiro organizada por Juventutem DC
Publicado por Kathleen Pluth en www.chantcafe.com 
y Fr James Bradley en thineownservice.com

D
ado que esta mañana en recuerdo de todos los fieles difuntos ha sido patrocinada por el nuevo capítulo de Juventutem DC, pensé que podría ser apropiado ofrecer algunas reflexiones sobre el nombre de «Juventutem» y su obvia referencia al Salmo 42, salmo que se encuentra entre las oraciones al pie del altar recogidas en la Misa Latina Tradicional. En la mayoría de las Misas según la Forma Extraordinaria, el Salmo 42 se recita íntegramente. En casi todas las misas se dice al menos el versículo 4 de este salmo. En las Misas cantadas, no suele oírse porque las oraciones al pie del altar coinciden con el canto del introito y del kyrie. En las Misas durante el tiempo de Pasión y en las Misas de Requiem (como la Misa de Requiem por las almas de todos los fieles difuntos de esta mañana), se omite el salmo, pero se conserva la antífona.

Aunque los comentaristas a menudo no están de acuerdo en su explicación de los orígenes de ciertos rasgos de la liturgia, parece que históricamente este acto penitencial ocupó su lugar al comienzo de la Misa, al pie del altar, desde el momento en que la liturgia romana se extendió por el territorio galo-franco. Sin embargo, el salmo no logró entrar en muchos ritos de la Misa, ni siquiera en la Edad Media tardía, ni durante mucho tiempo después. En las liturgias de las órdenes religiosas, como la de los Cartujos y Dominicos, el Salmo 42 no aparecía en los ritos de su Misa cuando estas órdenes se establecieron en el siglo XIII. Incluso cuando se insertó, solo se recitaba el verso: Introibo ad altare Dei. También ahora, cuando se omite el mismo salmo, la antífona se dice una sola vez.

Este salmo maravilloso expresa perfectamente el sentimiento que debe animar al sacerdote cuando se acerca al altar. Expresa una gran verdad: el sacerdote se siente poderosamente atraído por el altar. El sacerdote pertenece al altar y no hay lugar donde sea más consciente de la realidad de su sacerdocio que cuando está en el altar. El altar de Dios, sin embargo, es un lugar asombroso y santo, pero allí está también el sacerdote, indigno siervo del Altísimo. Podrá quizá recordar las palabras de San Juan Crisóstomo: «Cuando el sacerdote invoca al Espíritu Santo y ofrece el Sacrificio admirable, dime: ¿en qué rango debemos colocarlo? ¿Qué pureza le pediremos, qué reverencia?»

Cuando el sacerdote se acerca al altar para celebrar la Santa Misa, anhela subir allí para cumplir con su deber sagrado, de acercarse al Señor y estar unido a Él. San Juan Crisóstomo continúa diciendo: «Con las palabras juventutem meam, el sacerdote también puede reconocer que desde sus primeros días Dios ha sido su deleite y le ha concedido mil alegrías».

Estos son pensamientos muy hermosos, pero este salmo expresa claramente sentimientos encontrados y manifiesta algo propio de un corazón dividido, lo que forma parte de nuestra condición humana. Contiene una suerte de lamento en el que, sin embargo, se incluye un voto de dar gracias en el Templo. Incluso cuando estamos ansiosos y las cosas no van como quisiéramos, podemos hacer el propósito de alabar a Dios a pesar de cómo nos sintamos. Esta primacía de la voluntad sobre las emociones es una de las primeras lecciones de la Misa, esencial para todo aquel que quiera encontrar la felicidad en la Iglesia. Va muy en contra de todos los consejos de esta época que sugieren que nuestros sentimientos son la mejor guía de la realidad. A decir verdad, son la guía menos fiable, de la que a menudo debemos desconfiar o incluso ignorar.

Lo grandioso del Salmo 42 es que es una expresión muy pura del anhelo por Dios sin esperar recompensa ni ningún otro beneficio: buscamos a Dios por el bien que Él es en sí mismo y no en última instancia por un beneficio personal. Este acercarse al altar con el que comienza cada Misa, resume en muchos sentidos todo lo que sigue. Debemos notar que este subir al altar es siempre un subir alegre y gozoso, incluso si la Misa deba celebrarse en circunstancias poco alegres o quizá francamente tristes. Tal vez por esta razón los sirios llaman a toda la Misa simplemente Kurobho, «acercamiento».

San Ambrosio explica así el significado de este salmo a los que acaban de ser bautizados: «El pueblo purificado, rico con estos adornos, se apresura al altar de Cristo, diciendo: Iré al altar de Dios, al Dios que alegra a mi juventud; porque habiendo dejado a un lado el abismo del error antiguo, renovado con la juventud de un águila, se apresura a acercarse a esa fiesta celestial. Viene, y al ver el altar santo arreglado, exclama: Has preparado una mesa a mi vista».

La mayoría de nosotros nos acercamos al altar con nuestro bautismo recibido en un pasado relativamente lejano; pero este aspecto esencial de nuestra identidad cristiana es de gran importancia cada vez que asistimos a Misa. La designación tradicional de «Misa de los catecúmenos» y «Misa de los fieles» nos recuerda el inmenso privilegio que supone para los bautizados el hecho de que se les permita permanecer durante toda la realización del ofrecimiento del Sacrificio y, aún más, de acercarse al altar para la recepción de la Sagrada Comunión.

Estas oraciones «al pie del altar», como explica Josef Jungmann en sus grandiosos escritos sobre la historia del desarrollo de la Misa, solo se formaron después del año 1000. Esto se debe a que antes del siglo XI, por regla general, no había ningún escalón hasta el altar, ni siquiera una predela o plataforma. Sin embargo, ya en el siglo IX, estas oraciones se habían introducido: «En el camino al altar se reza en común el salmo 42, y al llegar a él, se le añaden, para conclusión, dos oraciones, una de las cuales es nuestro Aufer.  Además, en las mismas fuentes se encuentran diversas apologías, precursoras del Confiteor. Algunas de ellas las vemos antepuestas al salmo, intercaladas otras, o también añadidas después de la oración final».

«Este orden es el que prevaleció sobre otros esquemas parecidos... Raras veces se señala con claridad como lugar para su recitación el pie del altar. Esto se debió a que en algunos casos el sacerdote se revestía, o al menos se ponía la casulla, junto al mismo altar, como era costumbre sobre todo en la misa privada. En otros casos las rúbricas no determinan este detalle, consecuencia a veces de las condiciones especiales del lugar, cuando, como ocurría con frecuencia, el camino de la sacristía al altar era muy corto. Por otra parte, comprendemos que no se haya querido poner obstáculo al piadoso deseo de recitar con mayor devoción este salmo tan jugoso con más tranquilidad y atención solo después de haber llegado al altar. Estos parecen haber sido los motivos que llevaron en el misal de Pio V a la actual práctica».



Aunque no podamos estar seguros sobre los orígenes de este salmo y su lugar en la liturgia de la Misa, tenemos el salmo en sí mismo, que es digno de una atención cuidadosa y amerita una lectura atenta. Me gustaría repasar brevemente este salmo con ustedes y ofrecerles un pequeño comentario sobre las frases que he destacado en sus folletos impresos:

- Júzgame, oh Dios
Pedimos algo muy serio cuando le decimos a Dios que nos juzgue. Le pedimos que escudriñe nuestro corazón y discierna nuestras motivaciones más profundas que son las únicas que dan sentido a nuestras acciones. Muchas veces juzgamos a otros por sus acciones con la esperanza de que nos juzguen por nuestras intenciones. Sólo Dios tiene toda la ciencia necesaria para hacer tales juicios. Por esta razón, Él, y sólo Él, es el juez de todo.

-Defiende mi causa de la gente malvada
Siempre deseamos que quede bien claro que nosotros no somos como los demás, pero olvidamos que para Dios somos como la única persona que existe. ¡Él es fiel, incluso cuando nosotros no lo somos!

-Líbrame del hombre inicuo y engañador
Necesitamos que Dios nos ayude y rescate, especialmente de aquellos que pueden causar nuestra ruina: malas compañías, ocasiones de pecado, etc...

- Porque tú eres, oh Dios, mi fortaleza
Una profesión de fe que necesitamos hacer a menudo en el transcurso del día para que el músculo de la fe pueda ejercitarse y hacerse fuerte.

- ¿Por qué he de andar triste?
Es fácil estar deprimido, pero debemos dominar nuestras emociones hablando con fe a nuestros sentimientos.

- Envía tu luz y tu verdad
Solo Dios puede mostrarnos el camino, el camino correcto; sin su Luz, estamos realmente perdidos.

- Ellas me han conducido y me han traído a tu monte santo
Aquí es donde Dios me lleva, al monte santo que es el altar, la Misa: el único lugar donde podemos dar sentido a tanta confusión y caos.

- Me acercaré al altar de Dios
Se trata de un tiempo futuro de intención y propósito; tengo que seguir viniendo aquí, seguir ascendiendo esta montaña sagrada. Es la única respuesta.

- Al Dios que es la alegría de mi juventud
Dios es la única fuente confiable de felicidad, la única satisfacción verdadera para todo corazón humano. Tantos matrimonios, vínculos y amistades fracasan porque la gente no entiende que nadie puede finalmente satisfacernos, sino solo Dios.

- Cantaré tus alabanzas al son de la cítara
Tengo que seguir cantando y no desfallecer, incluso cuando la contrariedad o el desaliento, ya proceda de mí o de otros, sea muy considerable.

- Espera en Dios
La virtud fundamental de la vida cristiana: la capacidad de mirar más allá de las dificultades presentes y divisar el tiempo en que todo irá bien. Es la virtud más claramente testimoniada por los fieles difuntos por los que oramos hoy.

Quisiera concluir estos breves pensamientos con una cita de los escritos del Papa Benedicto XVI. Se trata de un comentario suyo muy particular sobre un versículo de este salmo al concluir un sermón que predicó el Domingo de Sexagésima de 1962, con ocasión de la primera Misa de un nuevo sacerdote. Tiene una especial importancia personal para mí, ya que elegí incluir este texto en el programa impreso para la celebración de mi primera Misa Latina Tradicional, al día siguiente de mi ordenación, hace ya veinte años. Dice mucho mejor de lo que yo podría hacerlo, lo que yace en el corazón de esta palabra de la Escritura:
«Y llegaré al altar de Dios, al Dios que alegra mi juventud» (Sal 42, 4).

Escribe el Papa Benedicto:
«Dirijamos nuestra oración a Dios, para que, cuando sea necesario, derrame algo del resplandor de esta alegría en nuestras vidas. Para que conceda a este sacerdote, que hoy se acerca por vez primera al altar de Dios, el resplandor cada vez más puro y más profundo de este gozo. Que le siga iluminando, cuando se acerque por última vez, cuando se acerque al altar de la eternidad, en la que sea Dios la alegría de nuestra vida eterna, de nuestra siempre perdurable juventud. Amén». 

sábado, 12 de octubre de 2019

JUAN XXIII Y LA GLORIA DE PÍO IX

Beato Pío IX y San Juan XXIII. 
Foto: larazon.es 

E
l Papa San Juan XXIII siempre guardó una profunda admiración por la figura de Pío IX, su predecesor de «santa y gloriosa memoria». El santo Pontífice albergaba en su corazón la esperanza de elevarlo al honor de los altares durante su pontificado, en particular durante el desarrollo del Concilio Vaticano II. La Providencia no lo dispuso así; pero cabe pensar que hubiese sido un acontecimiento muy significativo en vistas a favorecer una interpretación menos rupturista de los documentos conciliares. Finalmente ambos papas fueron proclamados Beatos por San Juan Pablo II en una misma ceremonia, el día 3 de septiembre de 2000. Por ahora desconocemos a quién corresponderá el honor de proclamar Santo al Papa de la Inmaculada y dar así cumplimiento al sueño del Papa Juan. Mientras tanto, recojo algunos textos de San Juan XXIII sobre su acariciado deseo de glorificar a Pío IX.

«Bendigo a su persona, la que me encantaría recibir en audiencia, y le aliento en una santa empresa que siento profundamente: la glorificación de Pío IX» (San Juan XXIII, Carta a Monseñor Canestri, 2-I-1959, postulador de la causa de beatificación de Pío IX).

«En la mansedumbre y en la humildad de corazón debe residir la disposición habitual para las sorpresas del Señor, que trata bien a sus predilectos, pero quiere a menudo probarlos con tribulaciones, las cuales pueden ser enfermedades del cuerpo, amarguras del espíritu, contradicciones tremendas, capaces de transformar y consumir la vida del siervo del Señor y del siervo de los siervos del Señor en un auténtico martirio. Pienso siempre en Pío IX, de santa y gloriosa memoria; e, imitándole en sus sacrificios, querría ser digno de celebrar su canonización» (San Juan XXIII, Diario del alma, Retiro de 29 de noviembre a 5 diciembre de 1959 en el Vaticano).

«El otro Pontífice es el siervo de Dios Pío IX; el Papa de la Inmaculada: excelsa y admirable figura de Pastor del cual se escribió también comparándolo con N. S. Jesucristo, que nadie fue más amado y odiado que él por los contemporáneos. Mas su empresa, su entrega a la Iglesia, brillarán hoy más que nunca; unánime es la admiración para con él y S. S. gusta de confiar a sus oyentes una grata esperanza que acaricia en su corazón: que le conceda el Señor el gran don de poder decretar al honor de los altares durante el desenvolvimiento del XXI Concilio Ecuménico, al que decretó y celebró el XX Concilio Ecuménico Vaticano I» (Juan XXIII, Audiencia general de 22-VIII-1962).



lunes, 7 de octubre de 2019

LA BENDITA MONOTONÍA DEL ROSARIO


Reflexiones de San Josemaría Escrivá sobre la devoción del santo rosario. Interesante señalar que, para el autor, la monotonía que amenaza los actos de piedad no radica en su frecuente reiteración, sino en la frialdad del corazón donde el amor se ha vuelto escaso: los que se quieren no se cansan de verse, de hablarse, de decirse las mismas cosas.

* * *

«El Rosario es eficacísimo para los que emplean como arma la inteligencia y el estudio. Porque esa aparente monotonía de niños con su Madre, al implorar a Nuestra Señora, va destruyendo todo germen de vanagloria y de orgullo» (Surco, 474).
           
«‘Virgen Inmaculada, bien sé que soy un pobre miserable, que no hago más que aumentar todos los días el número de mis pecados...’ Me has dicho que así hablabas con Nuestra Madre, el otro día.
Y te aconsejé, seguro, que rezaras el Santo Rosario: ¡bendita monotonía de avemarías que purifica la monotonía de tus pecados»! (Surco, 475).

«Santo Rosario. —Los gozos, los dolores y las glorias de la vida de la Virgen tejen una corona de alabanzas, que repiten ininterrumpidamente los Ángeles y los Santos del Cielo..., y quienes aman a nuestra Madre aquí en la tierra.
—Practica a diario esta devoción santa, y difúndela» (Forja, 621).

«Muchos cristianos... viven esa oración maravillosa que es el santo rosario, en el que el alma no se cansa de decir siempre las mismas cosas, como no se cansan los enamorados cuando se quieren, y en el que se aprende a revivir los momentos centrales de la vida del Señor» (Es Cristo que pasa, 142)

lunes, 30 de septiembre de 2019

UN ITINERARIO HACIA LA LITURGIA ANTIGUA

Misa tradicional en la Basílica de San Pedro

El blog Messainlatino ha publicado un breve e inteligente testimonio de un sacerdote que narra su itinerario hacia el hallazgo de la antigua liturgia. Lo recojo aquí traducido al español porque, a semejanza de la parábola evangélica del tesoro escondido, el camino para encontrar y desenterrar el tesoro de la Misa tridentina suele exigir la venta de algo de lo que ya poseemos: tiempos libres de recreación, prejuicios acumulados, la paz de no sufrir incomprensiones, etc. Pero la gloria de Dios y el bien de las almas justifican plenamente la inversión. Creo que es el mensaje que este buen sacerdote nos quiere transmitir con su breve relato.


M
uchos, entre sacerdotes y laicos, no conocen en absoluto la antigua liturgia como para emitir un juicio. No los culpo demasiado (especialmente al clero), porque en las facultades de teología los profesores no la exponen para nada, sino que la desvalorizan y la ridiculizan: lo sé porque he asistido a esos cursos litúrgicos y lo han hecho también en las lecciones que escuché. Pero luego, una vez terminados los cursos, estudié por mi cuenta, gracias también al estímulo y al ejemplo de personas que he conocido y de lecturas que he hecho. Así que tomé un viejo misal directamente en mis manos y comencé a leerlo y estudiarlo, pero sin cometer el error de mis profesores: no me detuve a decir cosas de este estilo: «¡Mira qué cosas hacían! ¡cuántas señales inútiles de la cruz!»; por el contrario, fui más allá tratando de comprender la razón de tantas cosas. Enfrentando la fatiga de la comprensión, profundicé aún más mis lecturas y descubrí simbolismos y significados de una riqueza extraordinaria que los innovadores han diezmado con una facilidad desconcertante.

Frente a esto he tenido que recapacitar y cambiar de opinión sobre la antigua liturgia y las aberraciones de la nueva, que son sus consecuencias lógicas e inevitables. La liturgia moderna brinda un amplio espacio para las personalizaciones; las rúbricas son a menudo sumarias y todo esto abre más fácilmente el camino a las aberraciones, mientras que en el rito antiguo todo está perfectamente definido (el llamado «rubricismo», una palabra inventada para denigrar y ridiculizar) y no deja espacio para la invención y la improvisación del celebrante, permitiendo así que la liturgia hable por sí misma y proyecte tanto a los fieles como al sacerdote hacia las realidades eternas.


sábado, 21 de septiembre de 2019

MATEO, ANFITRIÓN DE CRISTO


Del Oficio de Lectura de la fiesta de hoy, tomo este hermoso pensamiento de San Beda el Venerable sobre la respuesta magnánima de Mateo al llamado de Cristo; el flamante apóstol abre para su Señor no solo las puertas de su casa y de su ambiente, sino también, y por encima de todo, las puertas de su corazón.

«Y, estando en la mesa en casa de Mateo, muchos publicanos y pecadores, que habían acudido, se sentaron con Jesús y sus discípulos. La conversión de un solo publicano fue una muestra de penitencia y de perdón para muchos otros publicanos y pecadores. Ello fue un hermoso y verdadero presagio, ya que Mateo, que estaba destinado a ser apóstol y maestro de los gentiles, en su primer trato con el Señor arrastró en pos de sí por el camino de la salvación a un considerable grupo de pecadores. De este modo, ya en los inicios de su fe, comienza su ministerio de evangelizador que luego, llegado a la madurez en la virtud, había de desempeñar. Pero, si deseamos penetrar más profundamente el significado de estos hechos debemos observar que Mateo no sólo ofreció al Señor un banquete corporal en su casa terrena, sino que le preparó; por su fe y por su amor, otro banquete mucho más grato en la casa de su interior, según aquellas palabras del Apocalipsis: Estoy a la puerta y llamo: si alguien oye mi voz y me abre, entraré y comeremos juntos» (San Beda el Venerable, Homilía 21: CCL 122,149-151).

jueves, 19 de septiembre de 2019

EL CELO DE TU CASA ME DEVORA

Caravaggio. Expulsión de los mercaderes del templo 

D
etente a considerar la ira santa del Maestro, cuando ve que, en el Templo de Jerusalén, maltratan las cosas de su Padre.
    —¡Qué lección, para que nunca te quedes indiferente, ni seas cobarde, cuando no tratan respetuosamente lo que es de Dios! (San Josemaría Escrivá, Forja 546).

jueves, 12 de septiembre de 2019

MARÍA, EL ENCANTO DE UN NOMBRE


En su obra Las glorias de María, San Alfonso María de Ligorio nos ha dejado una piadosa y filial oración a la Virgen para pedirle la gracia de que su dulce nombre, ni en la vida ni en la muerte, se aparte de nuestros labios.

«¡Oh gran Madre de Dios y Madre mía, María! Es verdad que no soy digno de pronunciar vuestro nombre; pero Vos, que me amáis tanto y con tanto afán deseáis mi salvación, me habéis de dar licencia para que pueda, aun con mi impura lengua, invocar siempre en mi socorro vuestro santísimo y poderosísimo nombre, porque ha de ser mi sostén durante la vida y mi salvación en la hora de la muerte. ¡Oh Virgen purísima! ¡Oh Madre dulcísima! Haced que vuestro nombre sea de hoy en adelante la respiración de mi alma. Señora, siempre que os llame en mi socorro, no tardéis en ayudarme. En todas las tentaciones que me han de combatir, en todas las necesidades que he de experimentar, siempre os llamaré en mi ayuda, repitiendo sin cesar: ¡María, María! Así espero hacerlo en la vida, y particularmente en la hora de la muerte, para poder ir después al Cielo a alabar eternamente vuestro amadísimo nombre, ¡Oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María! ¡Qué aliento, qué dulzura, qué confianza, qué ternura siente mi alma con solo pensar en Vos! Doy gracias a mi Señor y a mi Dios por haberos dado para mi bien este nombre tan dulce, tan amable, tan poderoso.
Pero, Señora, no me contento con pronunciar solamente vuestro nombre, quiero también pronunciarlo con amor, deseo que el amor me inspire de tal suerte que pueda exclamar con San Anselmo: ¡Oh nombre de la Madre de Dios! ¡Tú eres todo mi amor!
¡Oh amadísima Madre mía! ¡oh mi amado Jesús!, que vuestros dulcísimos nombres vivan siempre en mi corazón y en el de todos los hombres. Quiero echar en olvido todos los demás nombres, para acordarme únicamente de vuestros adorables nombres e invocarlos sin cesar. ¡Oh Jesús y Redentor mío! ¡Oh Madre mía, María!, cuando llegue la hora de mi muerte y el momento de último suspiro en que mi alma haya de salir de este mundo, concededme entonces por vuestros méritos la gracia de expirar diciendo y repitiendo estas palabras: Jesús y María, yo os amo. Jesús y María os doy el corazón y el alma mía». (Las Glorias de María, Rialp 1977, p 305).