domingo, 20 de enero de 2019

ACERCA DEL “AGGIORNAMENTO”


  Reproduzco un ensayo del historiador chileno Mario Góngora (1915-1985) sobre el fenómeno del «aggiornamento», apreciado ideal del mundo eclesiástico de los años 60 y 70, que renace en nuestros días con distintos nombres y perfiles. Si bien fue escrito hace casi medio siglo, sus planteamientos siguen siendo actuales y sugerentes. En lo personal, el termino aggiornamento como programa de acción pastoral siempre me ha parecido desafortunado. En primer lugar, porque supone presentarse a priori y quizá de modo imprudente, como realidad anquilosada y pasada de moda; en segundo lugar, porque la Iglesia, realidad viva y de perenne juventud, fue puesta al día por Jesucristo de una vez para siempre: Iesus Christus heri et hodie: ipse et in sæcula, Jesucristo, ayer y hoy; y siempre el mismo (Heb 13, 8). Cosa bien distinta de una utópica «actualización» de la Iglesia, es la necesidad de airear con periodicidad estructuras y ambientes eclesiales, en todos sus niveles, para que no les falte el frescor y la luz que su misión apostólica requiere.

* * *

HISTORIA Y AGGIORNAMENTO*
Por Mario Góngora

E
s muy difícil caracterizar un movimiento histórico como el «aggiornamento» de los católicos. En ellos, los pensamientos iniciales se ven rápidamente desbordados en todas las direcciones y, finalmente, resulta una realidad muy diferente, no solamente del estado anterior, sino también de los proyectos y deseos primeros de quienes eran opuestos al estado anterior. No se sabe si son genuinas revoluciones o meros fenómenos de reflejo y contagio. En todo caso, la consigna de un aggiornamento global ganó a la Europa católica de norte a sur y fue luego recibida en Norte y en Sudamérica, en esta última, con todos los conocidos rasgos de nuestras «recepciones» culturales. No obstante, la dificulta que yace en todo intento de determinar el contorno de una realidad histórica presente, quisiera dedicar estas líneas a uno de los aspectos del aggiornamento, su relación con la historia y el pensamiento histórico. Advirtiendo en seguida que no me refiero al pensamiento individual de ningún teólogo, ni a la interpretación de los textos eclesiásticos, sino –como creo que es lícito hacerlo a un observador con afán de comprender históricamente– al fenómeno colectivo que se ha desencadenado; en el cual, en definitiva, las voces más vulgares suelen pesar más que las insignes, el eco más que la palabra.

I

El aggiornamento suele usar de lemas historizantes: escrutar «los signos de los tiempos», «Dios, Señor de la historia», la preferencia otorgada a la Biblia sobre la Escolástica, el rasgo entusiasta y profético. Por otra parte, «aggiornamento» implica «modernización», «estar con la historia», «estar con su tiempo». Aquí empiezan a asomar los equívocos.
La historia es obra siempre de nuevas revelaciones, de nuevas visiones o ideas, de nuevas oleadas de sentimiento o sensibilidad colectiva que se graban en nuevas formas, que nada tienen de «parecido» a la situación en que nacen, que no se pueden entender como «productos de su tiempo». Una nueva idea, como la de Lutero, por ejemplo, no surgió «de su tiempo», nadie podía haber previsto su aparición ni su alcance antes de los hechos decisivos, nació del drama de un alma individual enfrentada con textos bíblicos que tantos otros conocían y utilizaban como algo obvio. Después, la época se pareció a Lutero, mirada retrospectivamente. Lutero no era «hombre de su tiempo», no era nada «moderno» en esos comienzos del siglo XVI, podía parecer al contrario una figura anacrónica o inconmensurable; pero él representaba, verdaderamente, el poder de la historia. Después, la historiografía abstracta invertirá los términos y declarará, que todo lo nuevo que él trajo era «efecto» de una causa social.
Por otro lado, están los «resultados» de la historia, su espuma, sus rasgos más visibles, el «estilo del tiempo». Uno puede adecuarse a él o no; pero ni una ni otra actitud implica realmente «hacer historia» en sentido fuerte. Copiar las formas dominantes es padecer la historia, es capitular ante ella, nada más. «La verdadera historia se burla de la historia», podría decirse, imitando el pensamiento de Pascal. El aggiornamento como consigna significa un afán de modernizarse –seguramente, en sus primeros adalides, por impulso misionero–; pero si verdaderamente no ha surgido una nueva idea, ni la época, ni la Iglesia, ni los hombres se modificarán un milímetro, respecto del rumbo que ya tenían. Lo que los católicos «progresistas» (para emplear un vocablo cómodo, pues aún no hay otro nombre) entienden por aggiornamento es un plegarse militantemente a la época, un «abrirse al mundo», pero esto no es una genuina adquisición espiritual.
De allí también la rapidez de su proposición, chocando apenas con resistencias públicas. Como se ha tratado de un acomodo, de adoptar la fisonomía masiva entregada por la época, tratando ansiosamente de transcribirla forzosamente tenía que gozar de la máxima popularidad y publicidad. Las culturas viven de tensiones dramáticas, de grandes individualidades, estamentos, escuelas de pensamiento, Estados; las épocas de civilización solamente quieren gozar de uniformidad. El que una gran potencia tradicional declare de pronto que adhiere a esa uniformidad, es algo que obviamente es popular y tiene que propagarse con una enorme rapidez. Ella sirve de medida a la flacidez de vida espiritual de las civilizaciones en decadencia, que seguramente ya estaba actuando en el catolicismo preconciliar. El conformismo tomó ahora un contenido insólito: capitular con la época a cualquier precio, negar su propio pasado, abismar lo que antes se veneraba, todo ello sin riesgo alguno, por tanto sin ninguna real libertad.

II

Un aspecto en que el catolicismo progresista parece reflejar muy claramente tendencias del tiempo es el futurismo o utopismo. Se ha generalizado mucho el sentimiento de ruptura íntima, la negativa a asumir el pasado, se proyecta toda noción valorativa en una imagen del hombre futuro, desdeñando las figuras históricamente dadas. Lo que hoy se suele denominar «humanismo cristiano» no es un verdadero humanismo, porque éste postula siempre ejemplos vivos, históricos, formadores, merecedores de recuerdo y de imitación, no la imagen abstracta «del» hombre. Pero este «humanismo» es adhesión a un rasgo propio de la civilización: su carencia de vinculación histórica, su utopismo.
            Hay precedentes en la historia de la Iglesia de tales oleadas de ruptura con el pasado. El catolicismo progresista actual tiene mucho del Humanismo del siglo XVIII –a veces de la «Ilustración católica» (episcopalista, moralista, etc.), a veces la Ilustración secular y racionalista–. Comparte con el sentimiento del siglo XVIII el desprecio por la tradición medieval, por los ideales monásticos y contemplativos, la pasión activa y moralizadora (muchas veces moralizadora–hedonista, inclinada a la aprobación del placer), la creencia racionalista en la educación y en el bienestar como vías hacia una utópica «felicidad»; el sentimiento en fin de estar «en las luces», de haberse alejado de un pasado bárbaro y de marchar ya en un tiempo perfecto. La recepción entusiasta que ha tenido en los medios católicos la «desmitologización» de Bultmann está claramente acuñada por la impronta de la Ilustración y del cientismo, y muchas veces se aproxima ya claramente al Deísmo dieciochesco.
          «Las luces» del siglo XVIII son, en parte, transferencia secularizada de la fe en el Espíritu Santo. Y también en el catolicismo «al día» hay algo de las sectas joaquinistas de la Baja Edad Media, que creían en una nueva época en la historia de la salvación, caracterizada por una nueva dispensación del Espíritu Santo y se rebelaban contra la Iglesia Papal, afirmando que en ella se había corrompido la verdad. La lucha actual contra lo que se llama la Iglesia «institucional» o «jurídica» (degradando el sentido de Derecho e Institución  a un nivel que ningún pensador jurídico serio aceptaría), tiene relación con raíces joaquinistas. No con el mismo Joaquín de Fiore, para quien la Iglesia de Juan –del Espíritu y de la Caridad– superaba, mas no abolía la Iglesia de Pedro; sino con las sectas franciscanas posteriores que se ampararon en su grandiosa Teología de la Historia. La idea de que la Iglesia, a partir de un momento, ha entrado en decadencia, pero que ahora se revivifica por una nueva dispensación divina, ha sido una idea profundamente influyente en la historia espiritual de Occidente. Los protestantes la recogieron de otra manera que sus antecesores, marcaron más la repristinación de la Iglesia primitiva y menos la nueva época del Espíritu, pero en todo caso mantuvieron el esquema histórico decadencia–revivificación. Esquema secularizado por la Ilustración conservado religiosamente por algunas sectas y por algunos Grandes, se vierte ahora hacia el aggiornamento. Pero creemos que el aporte joaqunista al movimiento progresista es harto menor que el del Humanismo del siglo XVIII. Pues Joaquín y sus sucesores veían una anticipación de la perfección venidera en el estamento de los monjes; en el plan de la nueva ciudad dispuesto por Joaquín la contemplación, la sabiduría, la caridad y la pobreza monástica están en conjunción, y constituyen el modelo ejemplar de la totalidad. El catolicismo progresista se opone a las virtudes monásticas y a los consejos evangélicos de perfección.
            Una investigación histórica en regla podría desentrañar muchas otras líneas de pensamiento y de estilo que confluyen en el movimiento de hoy, fuera de las que aquí propongo. Pero en todo caso me parece decisiva la coyuntura actual: los precedentes históricos se filtran y se reciben ideológicamente, en la medida que convienen al futurismo y utopismo contemporáneos.

III

            Al negar el catolicismo progresista su identidad con el pasado rompe toda posibilidad de ecumenismo auténtico, el que parecía ser una de las grandes aspiraciones iniciales del movimiento. Pues no puede haber ecumenismo «del instante», sino de todo lo pasado y del futuro. Para que todo se integre en la Iglesia, la verdad tiene que haber estado siempre presente en ella, de otra suerte se rompe la tradición sacra, privando de toda garantía de autenticidad a la unidad. El ecumenismo no puede ser un consentimiento pactado y perecedero, ni un mero sincretismo.
            Se acusa hoy día a la Iglesia de ahistoricidad, pensando sobre todo en el período de predominio de la escolástica. Es verdad que la concepción histórica básica se actualizó en el Origen y durante la Patrística y la Alta Edad Media, hasta 1.300, anteriormente al primado de aquella filosofía y teología. Con todo, siempre la Iglesia ha portado en sí la idea de Historia Universal, que funda la ecumenicidad: por la fe en la salvación de «judíos y griegos», la incorporación del Antiguo Testamento al Canon y con ello de las tradiciones sobre el origen, la doctrina del Logos que ve los filósofos y poetas antiguos como profetas de Cristo, en fin por la cronología de Eusebio y de Jerónimo, que ensamblaba la Historia bíblica con la Historia mundial. La Iglesia recibió el Cosmopolitismo final de la Antigüedad, pero le dio un fundamento místico, prolongándolo hacia los orígenes y hasta el fin. Esto es, precisamente el «catolicismo». Hay en él mucho más sentido universal que en toda la circulación técnica y el aparato burocrático internacional de hoy.
            La idea cristiana de historia no es futurista. El tiempo nuevo y perfecto que se espera, es la restauración de todas las cosas en su orden originario, pero esa restauración está ya obrando en espíritu, en las formas de santidad. Que «toda época está inmediata a Dios», como decía Ranke, expresa uno de los aspectos esenciales de la concepción cristiana de la historia. La escatología cristiana de la historia no es utópica, no anula el pasado, lo confirma en la perfección que no alcanzó en el tiempo, pero que llevaba en sí como idea. Por eso Pablo aseguraba a los de Tesalónica que los muertos resucitarían y no serían solamente los vivientes de los últimos tiempos quienes participarían del gozo. La resurrección es el rescate del pasado.

IV

         La concepción cristiana de la historia es afirmativa, pero tiene también otra vertiente, al reconocer dentro de la Historia una escisión, que viene del pecado, una lucha entre bien y mal que viene desde el comienzo y prosigue aún después de Cristo, en una dialéctica que se expresa en la imagen del trigo y de la cizaña. No solamente crece desde Cristo el bien, sino también el mal, encarnado en potencias personales o colectivas bestiales, cuya fuerza se exacerbará justo antes de la culminación del bien, en un «colmo de mal». La verdad permanece siempre, pero combatida y siempre amenazada. Los ermitaños huían al desierto, incluso cuando el mundo era «medieval». Los apóstoles incitaban a una actitud de alerta, nunca a una distensión o una confusión con el mundo.
         El catolicismo «ilustrado» o progresista se evade de esta negatividad de la historia por su énfasis optimista en el presente y en el futuro, que contrasta con su condenación del pasado, según la ya descrita perspectiva utopista. El futuro es presentado como un progreso lineal y unitario de la actividad y las razas humanas hacia el Reino de Dios, sin marcar suficientemente que la culminación es fruto de una intervención personal y sobrenatural del Cristo, en un salto imprevisible (se dice que vendrá como el ladrón nocturno, cuando tal vez no haya fe sobre la tierra); en modo alguno esa culminación es en las Escrituras el fruto de la evolución del titanismo intelectual y técnico del hombre, ni de su bondad natural. Al contrario, la perfección final es en la concepción bíblica un puro don.

V

Esta profunda penetración del utopismo y humanitarismo contemporáneos en el seno del catolicismo, esta conversión a la inversa que hoy presenciamos, procede, a mi juicio, de un factor político. En lugar de la sujeción y obediencia al César, sin la entrega del alma –según el mandato evangélico– tiende el catolicismo progresista a deificarlo, y a acomodar ideológicamente el Evangelio a todo cuanto hoy desea el César.
Despojado de los atuendos de épocas pasadas, «el César» es el poder en cada momento vigente. Diríamos que éste reside hoy día en el complejo llamado «lo social». Hay un totalitarismo de lo social que supera con creces los antiguos totalitarismos políticos, desdeñados hoy día porque carecen de fuerza comparados con el nuevo poder, cuyo intérprete es la «opinión mundial». Lo social constituye el último fundamento explicativo de las cosas humanas; el espíritu y su mundo tiende a ser siempre explicados «desde abajo». Casi todos estamos hoy día, cual más, cual menos, prendidos en la misma red mental. Hace ya un siglo, Jacobo Burckhardt y Nietzsche avizoraban y describían el nuevo poder de las masas que advenía en Europa. Un pensador ruso del mismo tiempo, Constantin Leontiev, destacaba el contraste entre la jactancia intelectual ante Dios y la humilde sumisión ante la humanidad colectiva, como rasgos propios de la época.
            Este poder es venerado ahora por los católicos «al día». Por ello se asimila más y más la caridad a la filantropía, sin mentar su carácter de vínculo sobrenatural; y se quiere justificar a la iglesia como una modesta agencia de mejoramiento social. Maritain escribió que «el mundo» no podía entender la fe ni la esperanza teológicas, pero que aceptaba la caridad porque la confundía con otra cosa, y eso la hacía popular. Gracias a todo este tipo de confusiones, se va dando al César lo que es de Dios, y destruyendo por tanto la libertad del cristiano, una de cuyas premisas es la tajante división de ambas potestades.
      La experiencia del aggiornamento nos hace comprender, por contraposición, en qué consistió la negativa de los primeros cristianos a rendir culto a la diosa Roma y al dios Augusto. Estos eran sentidos como cultos benéficos, de la paz y de la prosperidad del Imperio, compatibles con todas las religiones, meros signos de devoción de la humanidad a sí misma. Los cristianos rompían ese sincretismo conformista, tan propio de las civilizaciones finales, provocando así el específico «escándalo cristiano». Los católicos «ilustrados» o progresistas pueden arrostrar con coraje toda clase de hostilidad al denunciar males o injusticias sociales y políticas, suelen escandalizar por tanto a las gentes «respetables»; pero temen, en cambio, al verdadero escándalo cristiano, a lo que San Pablo llamaba «la necesidad de la Cruz». Se podría decir que ese temor es su más íntima definición. Se sitúan siempre, en último término, en el plano de lo ético y de lo razonable, carecen de sentido de lo sobrenatural y por tanto de sentido de la libertad.
        Un movimiento iniciado por católicos de élite ha ido cobrando la forma de un fenómeno de conformismo sincretista, de adoración a los ídolos del tiempo. Paradójicamente, la exaltación de la Iglesia del espíritu contra la iglesia institucional ha rematado en la sumisión a «lo social». El protestantismo nórdico luchó también contra la sacralidad objetivada, pero la profunda interiorización en el alma permitió que salvara parte de la sustancia de vida cristiana; pero un catolicismo de aquel tipo, que lucha contra la sacralidad objetiva, a la vez que contra el alma individual y contra la contemplación y la mística, no puede sino llevar fatalmente a una gran disolución. No aporta un verdadero modelo de perfección humana ni una auténtica renovación, obsesionado como está por adaptarse solamente al fugaz «hoy día» –sin poder reconocerlo desde las propias fuentes–, sino queriendo aprehenderlo de una manera casi periodística.
         Algo de esto es tal vez lo que entreveía Bernanos en una carta de 1946, al regresar a Francia: «En cuanto a la espiritualidad del porvenir, ella se me aparece tan degradada que nadie la reconocerá».
         En la historia interna del cristianismo, el fenómeno debe tener un sentido. Desde el punto historicista, es una patente manifestación de la decadencia de la cultura de Occidente en una civilización amorfa.

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*Este artículo fue publicado por primera vez en la Revista Dilemas, Nº 6, 1970; más tarde fue recogido junto a otros ensayos en el libro póstumo Mario Góngora, Civilización de Masas y Esperanza. Y otros Ensayos, Ed. Vivaria, Santiago de Chile, 1987, pag. 113 a 121.

jueves, 17 de enero de 2019

ANTONIO, ASCETA Y MAESTRO

Francisco de Zurbarán. San Antonio Abad

En su célebre Vita Antonii, San Atanasio nos ha dejado un grandioso retrato de San Antonio Abad, uno de los más ilustres eremitas de la historia de la Iglesia, muerto en el año 356, con más de 100 años.  Entrenado en el rigor del desierto y victorioso de las innumerables asechanzas que el demonio le tendía, en el corazón de Antonio se albergó desde joven un profundo amor a la Iglesia y a su fe. Como prueba de ello, Atanasio nos muestra la fortaleza con que Antonio siempre rehuyó el trato con los herejes, pues «pensaba y enseñaba que amistad y asociación con ellos perjudicaban y arruinaban su alma».

«E
n asuntos de fe, su devoción era sumamente admirable. Por ejemplo, nunca tuvo nada que hacer con los cismáticos melecianos, sabedor desde el comienzo de su maldad y apostasía. Tampoco tuvo ningún trato amistoso con los maniqueos ni con otros herejes, a excepción únicamente de las amonestaciones que les hacía para que volvieran a la verdadera fe. Pensaba y enseñaba que amistad y asociación con ellos perjudicaban y arruinaban su alma. También detestaba la herejía de los arrianos, y exhortaba a todos a no acercárseles ni a compartir su perversa creencia. Una vez, cuando unos de esos impíos arrianos llegaron donde él, los interrogó detalladamente; y al darse cuenta de su impía fe, los echó de la montaña, diciendo que sus palabras eran peores que veneno de serpientes.
Cuando en una ocasión los arrianos esparcieron la mentira de que compartía sus mismas opiniones, demostró que estaba enojado e irritado contra ellos. Respondiendo al llamado de los obispos y de todos los hermanos, bajó de la montaña y entrando en Alejandría denunció a los arrianos. Decía que su herejía era la peor de todas y precursora del anticristo. Enseñaba al pueblo que el Hijo de Dios no es una creatura ni vino al ser "de la no existencia," sino que "Él es la eterna Palabra y Sabiduría de la substancia del Padre. Por eso es impío decir: 'hubo un tiempo en que no existía', pues la Palabra fue siempre coexistente con el Padre. Por eso, no se metan para nada con estos arrianos sumamente impíos; simplemente, 'no hay comunidad entre luz y tinieblas' (2 Co 6,14). Ustedes deben recordar que son cristianos temerosos de Dios, pero ellos, al decir que el Hijo y Verbo de Dios Padre es una creatura, no se diferencian de los paganos 'que adoran la creatura en lugar del Dios creador' (Rm 1,25). Estén seguros de que toda la creación está irritada contra ellos, porque cuentan entre las cosas creadas al Creador y Señor de todo, por quien todas las cosas fueron creadas" (Col 1,16).
Todo el pueblo se alegraba al escuchar a semejante hombre anatemizar la herejía que luchaba contra Cristo. Toda la ciudad corría para ver a Antonio. También los paganos e incluso los mal llamados sacerdotes iban a la Iglesia diciéndose: "Vamos a ver al varón de Dios," pues así lo llamaban todos» (San Atanasio, Vida de San Antonio, c. 9).

martes, 15 de enero de 2019

CELEBRAR REVESTIDO DE LA ARMADURA DE DIOS


E
n su libro Retrato de Juan Pablo II, André Frossard nos ha dejado un breve y emotivo recuerdo de la primera vez que asistió a misa con el Papa en el palacio apostólico Vaticano. Escribe al respecto: «La misa del papa es lenta y muy hermosa. Sus dos secretarios, que le sirven de acólitos, lo revisten con sus ornamentos frente al altar y este ceremonial ordinario adquiere una importancia de algo sagrado». No es el único testimonio en este sentido. Recuerdo otra observación similar de alguien ciertamente impresionado: comentaba que la figura del Papa revistiéndose para la misa, con unción y reverencia, le evocaba la imagen de un guerrero que viste con solemnidad su armadura para entrar en combate. La analogía es sugerente; ¿no dijo Cristo, cuando se disponía a enfrentar su Sacrificio redentor, que llegaba la hora en que el príncipe de este mundo iba ser arrojado fuera? (Jn 12, 31). ¿No sugieren estas palabras que su Pasión y Muerte serían algo así como un gran combate contra Satanás? ¿No se vuelve particularmente actual, cuando el sacerdote se dispone a celebrar la santa misa, la exhortación del Apóstol a revestirse con toda la armadura de Dios? (Ef 6, 11). Es elocuente que algunas de las oraciones que se recitan a la hora de vestir los ornamentos sagrados, unan a su simbolismo espiritual un marcado carácter de lucha y milicia. Así, por ejemplo, la oración para ceñirse el amito: «Poned, Señor, sobre mi cabeza el yelmo de la salvación, para combatir los asaltos del diablo»; o bien la del cíngulo: «Cíñeme, Señor, con el cíngulo de la pureza, y extingue en mí la llama de la pasión, para que permanezca en mí la virtud de la continencia y de la castidad».
  Resulta muy edificante contemplar al sacerdote en la sacristía revistiéndose con unción, en silencio, sin precipitaciones, concentrado en la acción sagrada que se dispone a realizar; que lava sus manos con asombro, porque en breve tocarán a Cristo; que recita las oraciones que para el caso ofrece la antigua liturgia; que besa la cruz del manípulo y de la estola con piedad; que se dispone, en fin, al gran «combate» de renovar el Sacrificio del Calvario, acción sagrada que le reclamará poner en juego todas las energías de su alma.
  Urge reconquistar la sacristía como espacio sagrado donde reine el silencio y se respire una atmósfera de recogimiento. La sacristía no es una sala de espera ni un camarín donde ultimar los detalles finales de una función. En la sacristía el sacerdote se prepara para el combate más importante del día, recoge sus potencias para centrarlas en Dios, comienza a revestirse con la armadura de Dios, para así poder prestar su ser entero a Cristo en la renovación de su Sacrificio.

domingo, 13 de enero de 2019

CRISTO HA LEVANTADO EL MUNDO

Verrocchio. Bautismo de Cristo
Foto: wikipedia.org

«En el instante en que salía del agua vio los cielos abiertos y el Espíritu, como paloma, que descendía sobre El, y se dejó oír de los cielos una voz: Tú eres mi Hijo amado, en quien yo me complazco» (Mc 1, 10-11). Y comenta un padre de la Iglesia:

«S
ale Jesús del agua. Consigo lleva levantado el mundo y ve cómo se abren los cielos que Adán se había cerrado a sí mismo y a cuantos de él descendieran, como había cerrado también el Paraíso con flamante espada. El Espíritu da testimonio de la naturaleza divina de Jesús: acude a encontrarse con su igual. Y otro tanto la voz del cielo, pues de ella procedía Aquél de quien se da testimonio» (San Gregorio Nacianceno, Homilía 39, 16).

miércoles, 9 de enero de 2019

SAN JOSEMARÍA Y EL NIÑO JESÚS


«Y le beso —bésale tú—, y le bailo, y le canto, y le llamo Rey, Amor, mi Dios, mi Único, mi Todo!... ¡Qué hermoso es el Niño... y qué corta la decena!», escribió San Josemaría en Santo Rosario. Al mismo tiempo, era manifiesta su profunda devoción por la imagen del Niño-Dios que las religiosas Agustinas Recoletas veneraban en su convento, y a las que atendía pastoralmente. Así lo explica el siguiente texto recogido en el dorso de una postal con la imagen de este Niño, que muy pronto robó el corazón del joven y santo sacerdote.

«E
n el Real Monasterio de Agustinas Recoletas de Madrid-Atocha-Santa Isabel, fundado por el Beato Alonso de Orozco en 1589, se encierra una rica historia de arte y de santidad. Entre sus tesoros, aunque muchísimos fueron destruidos por las llamas en la contienda civil –1936-1939–, se guarda una imagen diminuta del Niño Jesús, tallada en madera, del siglo XVII, según parece, que se exponía antiguamente, y todavía se expone, a la veneración de los fieles en los días de Navidad.
  De este monasterio fue Capellán y Rector mayor, desde 1931 hasta 1946, Monseñor Josemaría Escrivá de Balaguer, fundador del Opus Dei. Muy viva se conserva aún entre las religiosas contemplativas la memoria de aquel joven sacerdote amantísimo de la Eucaristía y muy dado a la oración. Y cultivan el recuerdo de algún lance singular habido entre el padre Escrivá y el Divino Niño. Se cree que de él recibió alguna gracia muy extraordinaria. El padre se llevaba con frecuencia a su habitación la ya célebre imagen, con permiso de la Priora. Y al devolverla se mostraba conmovido y jubiloso. Por entonces ardía en fervores místicos, y escribió el libro CAMINO con el título de CONSIDERACIONES ESPIRITUALES, así como su tratadito EL SANTO ROSARIO.
  Para contemplar y venerar esta pequeña imagen del NIÑO JESUS de Monseñor Escrivá, llegan al monasterio de Agustinas Recoletas personas de los más lejanos países». 

domingo, 6 de enero de 2019

ORO, INCIENSO Y MIRRA

Adoración de los Reyes Magos de Pedro Pablo Rubens

Fray Luis de Granada nos ha dejado una piadosa reflexión sobre el simbolismo espiritual de los dones que los Magos de Oriente depositaron a los pies del Niño Dios. Una enseñanza que nos invita a transformar la propia vida en una epifanía luminosa para un mundo entenebrecido.

«D
espués de esto nos queda por mirar la ofrenda con que estos santos varones acompañaron su fe, reconociendo que la fe no ha de ser sola y desnuda, sino acompañada con buenas obras. Y considerando más profundamente el misterio de esta ofrenda, hallaremos que en ella nos está significada la suma de toda la justicia cristiana. Porque tres son las principales cosas que comprende esta justicia. La primera es hacer el hombre lo que debe para con Dios; la segunda, para consigo, y la tercera, para con su prójimo. Y con todo esto cumple el que espiritualmente ofrece las tres especies que estos Santos ofrecieron.
Porque por el incienso entendemos la oración, que es obra de la virtud de la religión, a la cual pertenece adorar y honrar a Dios. Por lo cual decía el Profeta: «Suba, Señor, mi oración así como incienso» (Sal 140, 2). Porque así como el incienso sube a lo alto con suavidad de olor, así la oración sube de la tierra al Cielo con grande suavidad y acepción de Dios.
Mas por la mirra que, por una parte, es muy amarga y, por otra, muy saludable y de muy suave olor, entendemos la mortificación de nuestros apetitos y pasiones, la cual es muy amarga a nuestra carne, mas muy saludable y muy suave a nuestro espíritu.
Por el oro entendemos la caridad, porque así como el oro es el más precioso de los metales, así la caridad es la más excelente de las virtudes.
Pues, según esto, el que quisiere hacer lo que debe para con Dios, ofrézcale incienso, que es un corazón devoto y levantado siempre de la tierra al Cielo por consideración Y memoria de su santo nombre, porque esto es ofrecer incienso, cuyo olor sube siempre a lo alto.
Mas el que quisiere hacer lo que debe para consigo, ofrezca mirra de mortificación, castigando su carne, enfrenando su lengua, recogiendo sus sentidos y mortificando todos sus apetitos, porque ésta es mirra de suavísimo olor ante el acatamiento de Dios, aunque sea muy desabrida y amarga a nuestra carne.
Pero el que además de esto desea cumplir con sus prójimos, ofrezca oro de caridad partiendo lo que tiene con los necesitados, sufriendo y perdonando con caridad a los descomedidos y tratando benignamente a todos. De suerte que el que quisiere ser perfecto cristiano ha de trabajar por traer siempre en un corazón tres corazones: uno para con Dios, otro para consigo y otro para con su prójimo; conviene saber: un corazón devotísimo y humildísimo para con Dios, otro muy áspero y muy severo para consigo y otro liberalísimo y benignísimo para con su prójimo» (Fray Luis de Granada, Vida de Jesucristo, Rialp 1990, p. 42-43)

viernes, 4 de enero de 2019

EL ATREVIMIENTO DE UZÁ

La muerte de Uzá por Giulio Quaglio el Joven

L
a sobrecogedora historia de la muerte de Uzá en medio de una procesión festiva y litúrgica para trasladar el Arca de la Alianza desde Baalá a Jerusalén, es un hecho de la historia sagrada que nos recuerda con rasgos serios el temor reverencial que debemos guardar ante la realidad de lo sagrado. Ni la familiaridad con Dios, ni la cercanía de años junto a Él, ni el hecho de sabernos favorecidos por su providencia misericordiosa, pueden hacernos olvidar el profundo respeto que la Santidad de Dios nos impone, muy especialmente cuando se trata del culto público que le tributamos. «Cargaron el arca de Dios sobre una carreta nueva –dice la Escritura– y la sacaron de la casa de Abinadab que está en la colina. Uzá y Ajió, hijos de Abinadab, conducían la carreta. Uzá caminaba al lado del arca y Ajió iba delante de ella. David y todo Israel iban bailando delante del Señor con todo su entusiasmo, cantando con cítaras y arpas, con panderos, sistros y címbalos. Al llegar a la era de Nacón, extendió Uzá la mano hacia el arca de Dios para sujetarla porque los bueyes amenazaban volcarla. Pero la ira del Señor se encendió contra Uzá: Dios le hirió por su atrevimiento y murió allí mismo junto al arca» (II Sam 6, 37).
«Es probable que este episodio sorprendente, comenta la Biblia de Navarra, refleje el predominio de una familia sacerdotal, la de Abiatar, y la desaparición de los descendientes de Abinadab por alguna razón que se nos escapa; pero, sobre todo, muestra el respeto y la veneración que merece el Arca como símbolo de la presencia de Dios entre los suyos. Solo los encargados pueden tocarla. El propio rey duda si es correcto llevarla hasta Jerusalén, y es el Señor mismo quien, al bendecir la casa de Obededom, promueve el traslado definitivo».
Siempre que leo este pasaje del libro de Samuel, me convenzo de que una tarea prioritaria en la vida de la Iglesia es repensar con serena objetividad la conveniencia de tantos usos litúrgicos introducidos en las últimas décadas, y que en la práctica se han prestado para ensombrecer la reverencia debida al Santísimo Sacramento del Altar. La comunión en la mano, el abandono de ornamentos cuya función es velar (velo del cáliz, carpeta de los corporales, velo del Sagrario, etc.), la reducción del gesto de arrodillarse casi exclusivamente a la consagración, la creciente pérdida del silencio litúrgico, el olvido habitual del canto gregoriano, son usos que poco o nada han favorecido el respeto por lo sagrado. Temamos, pues, que un exceso de indebida familiaridad con lo divino o una franca vulgaridad litúrgica, atraigan más bien sobre nosotros el enojo de Dios que su favor misericordioso. No repitamos la osadía temeraria de Uzá; no olvidemos la advertencia del Señor a la Magdalena: noli me tangere, no quieras tocarme (Jn 20, 17).