jueves, 23 de marzo de 2017

REMORDIMIENTOS POSTCONCILIARES

En el libro Benedicto XVI. Últimas conversaciones, Peter Seewald hace notar a su entrevistado cómo su optimismo inicial por los resultados del Concilio devino muy prontamente en escepticismo y desencanto. Recuerda una frase dicha por él en una clase en Tubinga durante el año 1967, donde advierte que la fe cristiana se encuentra envuelta «por una niebla de incertidumbre… como en pocas ocasiones anteriores en la historia».
Era inevitable que al caos doctrinal, litúrgico y disciplinar que siguió al Concilio no dejara de tocar la conciencia de quienes habían jugado un papel protagónico en las reformas conciliares. Por lo mismo, el confidente del Papa emérito le pregunta derechamente:

«Como participante en todo ello, como corresponsable, ¿no siente uno remordimientos»?

«Uno sí que se pregunta si lo ha hecho bien. En especial cuando el conjunto se salió de quicio en tan gran medida, esa fue una pregunta que ciertamente me planteaba. El cardenal Frings sintió después remordimientos muy intensos. Pero yo siempre tuve la conciencia de que cuanto de hecho habíamos dicho y conseguido sacar adelante era correcto y además debía de acaecer. En sí, actuamos correctamente, aunque sin duda no previmos bien las consecuencias políticas y las repercusiones fácticas. Se pensó en exceso en lo teológico y no se reflexionó sobre la repercusión que tendrían esas decisiones» (Benedicto XVI, Últimas Conversaciones, Ed. Mensajero, Bilbao 2016, p. 181).
Me gusta la sencillez y transparencia de la respuesta de Benedicto XVI. Y recojo esta simple lección: escarmentemos en cabeza ajena; no sea que por falta de reflexión y previsión muchos monseñores, en el atardecer de sus vidas, se vean atormentados por la angustia de fuertes remordimientos postsinodales.

domingo, 19 de marzo de 2017

SAN JOSÉ, GUARDIÁN DE LOS TESOROS DE DIOS

 Gaspar Miguel de Berrio, El Patrocinio de San José (1737)
Museo Nacional de Bellas Artes
Santiago de Chile

«Así como Dios estableció al Patriarca José, hijo de Jacob, gobernador de todo Egipto para asegurar al pueblo el trigo que necesitaba para vivir, así también, cuando se cumplieron los tiempos en que el Eterno decidió enviar a la tierra a su Hijo único para rescatar el mundo, escogió otro José, del cual era figura el primero, estableciéndole señor y príncipe de su casa y de sus bienes y constituyéndole guardián de sus más preciosos tesoros» (Beato Pío IX, Decreto Quemadmodum Deus (1870), por el que proclama a San José Patrono de la Iglesia Universal).

jueves, 16 de marzo de 2017

RESPUESTA AL RELATIVISMO DEL PADRE SOSA (II)

Jesús (non) dixit: el jesuita que ofende a Cristo (II)
por Antonio Livi (24-02-2017)

(Continuación de la entrada anterior)

Nosotros, católicos, sabemos que tenemos que leer el Antiguo y el Nuevo Testamento a la luz de la doctrina de la Iglesia, porque pertenece a ella darnos la Sagrada Escritura, garantizando su inspiración divina; y es ella la que nos proporciona la interpretación auténtica, cada vez que sea necesaria una interpretación con el fin de hacer comprensible el mensaje de salvación a los hombres de un determinado contexto histórico–cultural.

Nosotros, católicos, a diferencia de Lutero y de todos aquellos protestantes que han seguido su metodología teológica (radicalmente herética), no nos basamos en el ilógico principio de la “Sola Scriptura” y del “libre examen”; tampoco vemos ningún motivo lógico para oponer la Biblia al Magisterio y el Magisterio a la Biblia. Nosotros, católicos, tenemos razones para creer, más allá de toda duda razonable, a la autoridad doctrinal de la Iglesia que nos ha dado las Sagradas Escrituras, asegurándonos de que es verdaderamente la “palabra de Dios”, en cuanto que es Dios mismo el autor principal y los hagiógrafos, que han escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo, los autores secundarios o instrumentales.

Esto significa, contra el relativismo profesado por el padre Sosa, que lo que se lee en la Sagrada Escritura es absolutamente cierto, es la verdad de los misterios sobrenaturales que Dios nos ha revelado gradualmente: primero a través de los profetas, y luego de modo definitivo en la misma persona de Dios Hijo. Siempre debe tenerse en cuenta que los textos de la Escritura, por el hecho de contener la revelación de los misterios sobrenaturales, de suyo inefables, proporcionan a los creyentes el suficiente conocimiento (analógico) de lo divino que les permite encontrar en Cristo “el camino, la verdad y la vida”.

Por su esencial finalidad salvífica los textos de la Escritura no están “abiertos” a cualquier tipo de interpretación, tampoco en contradicción con su significado textual, que por lo general es claro e inequívoco (el mismo significado claro e inequívoco que tienen las fórmulas dogmáticas que a lo largo de los siglos la Iglesia ha ido definiendo). No es verdadero lo que sostenía hace algunos decenios el protestante suizo Karl Jaspers, de que “en la Biblia, del punto de vista doctrinal, se puedo encontrar todo y lo contrario de todo”.

Cuando sucede que el significado textual de un pasaje bíblico es susceptible de diversas interpretaciones, es la misma Iglesia la llamada a proporcionar una interpretación “auténtica”, esto es, conforme al entero conjunto orgánico de la doctrina revelada (analogia fidei). En caso de que la Iglesia no haya intervenido para ofrecer una interpretación “auténtica”, los teólogos tienen libertad para proponer sus propias hipótesis interpretativas, todas legítimas siempre que sean compatibles con el dogma.

El general de los Jesuitas se refiere de manera irresponsable a perícopas evangélicas, en las que está textualmente contenida la doctrina revelada sobre el matrimonio, diciendo que se trata de palabras de hombres (los hagiógrafos), transmitidas por otros hombres (los Apóstoles y sus sucesores) e interpretadas aún por otros hombres (los teólogos). En resumen, para él ¡nunca es la Palabra de Dios! De un solo golpe el padre Sosa logra negar todos los dogmas fundamentales de la Iglesia católica, comenzando por el de la inspiración divina de la Escritura, de donde procede la propiedad de la “santidad” y de la “inerrancia” de las enseñanzas bíblicas (vuelto a mencionar por Pío XII en 1943, en la encíclica Divino afflante Spiritu y luego propuesto otra vez por el Vaticano II en 1965, en la constitución dogmática Dei Verbum), para terminar con el de la infalibilidad del magisterio cuando define formalmente la verdad que Dios ha revelado para la salvación de los hombres (definido en 1870 por el Vaticano I con la constitución dogmática Pastor Aeternus y vuelto a proponer por el Vaticano II en la constitución dogmática Lumen gentium y Dei Verbum).

Al reducir la Escritura a “expresión de la conciencia de la comunidad creyente de tiempos pasados”," al padre Sosa le parece lógico sostener la necesidad de una nueva interpretación del mensaje bíblico a la luz de la “expresión de la conciencia de la comunidad creyente” de hoy. Pero esto es lógico sólo si se profesa la “anarquía hermenéutica”, que ha llevado a un teólogo luterano como Rudolf Bultmann a proponer la “des-mitologización” del Nuevo Testamento. En cambio, para la fe católica (que, mientras no se demuestre lo contrario, debería ser la del general de los Jesuitas), es totalmente ilógico suponer que la Escritura no enseña siempre y principalmente la verdad divina indispensable para la salvación de los hombres de todo lugar y de todo tiempo. Solo quien acepta in toto la herejía luterana puede suponer que no existe lo que yo llamo el “límite hermenéutico infranqueable”, es decir, la individuación (inmediata, accesible a todos) de un contenido doctrinal específico, que ninguna interpretación puede negar o poner en la sombra. Este es el caso, precisamente, de la doctrina evangélica sobre el matrimonio y el adulterio.

Entiendo (aunque la lamento) la intención del Padre Sosa de apoyar la (supuesta) revolución pastoral del Papa Bergoglio para relativizar el dogma, y así poder contradecir en la práctica cuánto la Iglesia ya ha establecido definitivamente con la doctrina acerca de los sacramentos del Matrimonio, de la Penitencia y de la Eucaristía. Pero razonemos: eliminando el dogma, ¿en base a qué se debería escuchar a un Papa, que –según la interpretación oficiosa de Sosa y de muchos otros teólogos obsequiosos– ha puesto el dogma a un costado?

Si no es absolutamente (y no relativamente) verdadero –hoy, como lo fue ayer y lo será mañana– que Cristo ha dado al Papa la suprema potestad en la Iglesia, ¿por qué motivo deberíamos escucharlo y obedecerle? Nosotros sabemos como perteneciente a la Sagrada Escritura (sobre la que se basan los dogmas enunciados por el Magisterio, desde los primeros siglos hasta el Vaticano I) que Cristo ha dado al Papa la suprema potestad en la Iglesia. Ahora bien, si se aplicase a esta voluntad expresa de Cristo el criterio relativista de Sosa, entonces habría católicos que venerarían y respetarían al Papa y otros que lo ignorarían o combatirían. Unos y otros actuarían por motivos no teológicos, sino ideológicos, es decir, políticos. Fieles al Papa Bergoglio serían solamente aquellos que lo siguen, como se sigue en política a un líder “carismático”, pero ya no se trataría por cierto del carisma divino de la infalibilidad en la doctrina, sino del carisma humano del cabecilla que por medio de sus palabras y gestos consigue el consenso de las masas.

martes, 14 de marzo de 2017

RESPUESTA AL RELATIVISMO DEL PADRE SOSA (I)


La ligereza de ciertas opiniones del actual general de los Jesuitas, padre Arturo Sosa, vertidas en una entrevista a la página de información eclesial rossoporpora ha suscitado, como era de prever, no pocas reacciones críticas. Presentamos aquí (en dos entradas), la traducción española -realizada por la redacción- de un contundente artículo del padre Antonio Livi, prestigioso filósofo italiano, en el que sale al paso de algunas ambiguas y hasta escandalosas afirmaciones del actual general de la Compañía.

Jesús (non) dixit: el jesuita que ofende a Cristo
por Antonio Livi (24-02-2017)

La entrevista al general de los jesuitas padre Arturo Sosa, para quien las palabras de Jesús deberían ser contextualizadas porque los evangelistas no llevaban consigo una grabadora, por su absoluta incoherencia lógica, no merecería ningún comentario teológico, sino más bien una risotada. Sin embargo, tratándose de una intervención del actual general de los Jesuitas en el debate sobre la interpretación de un documento pontificio tan problemático como Amoris laetitia, se hace necesario, por la responsabilidad pastoral respecto a los fieles a los que la entrevista ha llegado por los medios de comunicación internacionales, una llamada aclaratoria sobre la correcta relación del Magisterio y/o de la sagrada teología con la verdad revelada, aquella por la que Dios “ha querido hacernos conocer su vida íntima y sus designios de salvación para el mundo” (Vaticano I, constitución dogmática Dei Filius, 1870).

Los fieles católicos (tanto pastores como fieles) saben que la verdad que Dios ha revelado a los hombres hablando por medio de los Profetas del Antiguo Testamento y luego mediante su propio Hijo, Jesús (cf. Hebreos, 1, 1), es custodiada, interpretada y anunciada infaliblemente por la Apóstoles, a los que Cristo confirió el poder del magisterio auténtico de la evangelización y la catequesis. Cristo dijo a los Apóstoles: “Quien a vosotros escucha, a mí me escucha; quien a vosotros rechaza, a mí me rechaza. Y el que me rechaza a mí, rechaza al que me ha enviado” (Lucas, 10, 16). El valor de verdad de la doctrina de los Apóstoles y de sus sucesores (los obispos encabezados por el Papa) depende, por tanto, enteramente del valor de verdad de la doctrina de Cristo mismo, el único que conoce el misterio del Padre: “Mi doctrina no es mía, sino de aquel que me ha enviado” (Juan, 7, 16). El Padre Sosa, prisionero como es de la ideología irracionalista (pastoralismo, praxisismo, historicismo) es alérgico a la palabra “doctrina”, pero no se da cuenta de que con esta necia polémica ofende no solo a la Iglesia de Cristo, sino a Cristo mismo.

Tan esencial es la potestad de magisterio (munus docendi), que Cristo la ha conferido a los Apóstoles juntamente con el poder de administrar los sacramentos de la gracia (munus sanctificandi), por el que los hombres pueden ser santificados, es decir, unidos ontológicamente (no sólo moralmente) a Cristo, y en Él, en la unidad del Espíritu, a Dios que es el único verdaderamente Santo. En efecto, Jesús dice a los Apóstoles: "Id y enseñad a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. He aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mateo, 28, 20).

Y para proveer a las necesidades espirituales de los fieles, con la constitución jerárquica de la Iglesia, Cristo también ha conferido a los Apóstoles la misión pastoral (munus regendi). Se entiende entonces que no se pueda pensar en reformas “pastorales” de la Iglesia, en contraste con la doctrina dogmática y moral –como querría el padre Sosa– con la excusa de supuestas inspiraciones de un fantasmal “Espíritu”, que ciertamente no es el Espíritu de Jesús (Aquel que “ex Patre Filioque procedit”), ya que contradice derechamente su doctrina y sus mandamientos, incluso allí donde Jesús ha hablado de modo definitivo e inequívoco, como es el caso del matrimonio natural, que es indisoluble porque Dios así lo ha instituido “desde el principio”.

No sirve de nada –y mucho menos a la edificación de la fe de los católicos de hoy–  sostener con argumentos pseudo-teológicos, es decir, con la propaganda revolucionaria, las reformas doctrinales de una imaginaria “Iglesia de Bergoglio”; los fieles saben muy bien que la “Iglesia de Bergoglio” no existe y que no puede existir, porque Dios ha querido únicamente la Iglesia de su Hijo, la Iglesia de Cristo, Verbo encarnado y Cabeza del Cuerpo Místico, siempre presente para ser el único Maestro, Sacerdote y Rey para toda generación, hasta el fin de los tiempos (véase el clásico tratado teológico del cardenal Charles Journet, L’Eglise du Verbe Incarné, Desclée, París-Brujas 1962, y el reciente ensayo del Prefecto de la Congregación de la Fe, el cardenal Gerhrard Ludwig Müller, titulado Der papst - Sendung und Auftrag, Herder Verlag, Frankfurt 2017).

No sirve de nada hablar de una “Iglesia del pueblo”, imaginada según los esquemas ideológicos de una pretendida “teología del pueblo” sudamericana, donde está la “base”, “concientizada” por los intelectuales de planta (los teólogos), que decide qué doctrina y qué praxis responden a las necesidades políticas de un momento histórico y donde el Papa ya no es más el intérprete infalible de la verdad revelada y el administrador de los misterios salvíficos, sino el intérprete de la voluntad popular y el administrador de la revolución permanente. Son las aberraciones pseudo-teológicas que se encuentran ya en la Teología de la revolución del peruano Gustavo Gutiérrez y que toman su origen de la “nueva teología política” del alemán Johann Baptist Metz. El venezolano padre Sosa, siempre vinculado a esta corriente ideológica, vuelve a proponer hoy, en su intento de apoyar servilmente las supuestas intenciones revolucionarias del Papa Bergoglio, teorías que hace ya cuarenta años, bajo el Papa Wojtyla, han sido condenadas por el Magisterio como contrarias al dogma eclesiológico.

Tampoco sirve la coartada pseudo-teológica de una nueva y “aggiornata” interpretación de la Escritura, capaz de llegar a contradecir las “ipsissima verba Christi” y después capaz de descalificar como “fundamentalistas” a quienes en la Iglesia (no sólo los teólogos como Carlo Caffara sino incluso a Papas como San Juan Pablo II) se atienen al significado obvio y vinculante de las enseñanzas bíblicas. Estos sofismas pueden hacer presa en la opinión pública católica menos equipada con criterios de discernimiento; sin embargo hace ya tiempo que han sido desmontados y refutados punto por punto por los recientes documentos del Magisterio y de la crítica teológica (ver mi tratado sobre la verdadera y la falsa teología, Leonardo da Vinci, Roma 2012).

sábado, 11 de marzo de 2017

PERLAS DE LA FORMA EXTRAORDINARIA

Mientras las rúbricas de la forma ordinaria mandan incensar en silencio la oblata, la forma extraordinaria pone en labios del sacerdote esta hermosa invocación:

Incénsum istud a te benedíctum,
ascéndat ad te, Dómine:
et descéndat super nos misericórdia tua.


Suba hacia Ti, Señor,
este incienso que has bendecido;
y descienda sobre nosotros tu misericordia.



martes, 28 de febrero de 2017

UN SUCULENTO PAN CUARESMAL, EL PAN DE LAS LÁGRIMAS

El Greco. Las lágrimas de San Pedro. Detalle
Museo del Greco. Toledo

San Bernardo, en un sermón cuaresmal, nos exhorta a buscar en este tiempo el sustancioso pan de la compunción, el pan de las lágrimas, que atrae sobre nosotros el perdón de nuestras maldades y la esperanza de una amorosa fidelidad junto a Cristo. De este pan el cristiano nunca debe abstenerse; es el pan de los enamorados, de los humildes, de los contemplativos. No cuesta nada; Dios lo reparte gratuitamente a todo pecador arrepentido y suplicante.

«Hermanos, quiero que seáis conscientes de que el ayuno no consiste únicamente en abstenerse de alimentos, sino de todas las seducciones de la carne y de todas las apetencias del cuerpo. Debemos ayunar mucho más de los vicios que del comer. Pero hay una clase de pan del que no quiero que ayunéis para no desfallecer en el camino. Me refiero, si no lo sabéis, al pan de las lágrimas. Se nos dice a renglón seguido: Con ayuno, con llanto, con luto. La penitencia de la vida pasada nos exige el luto, y el deseo de la futura felicidad, el llanto. Las lágrimas son mi pan día y noche, dice el Profeta, mientras todo el día me repiten: ¿Dónde está tu Dios? Poco puede agradar la novedad de esta vida a quien no llora la antigua ni los pecados cometidos, ni se lamenta del tiempo perdido. Si no lloras, tampoco sientes las llagas de tu alma ni la herida de tu conciencia. Ni siquiera anhelas los gozos venideros si no los pides diariamente con lágrimas. Y menos sabrás qué son si tu alma no desecha todo consuelo hasta que lleguen» (San Bernardo, Sermones en el tiempo de cuaresma, Sermón 2, 4).

El misal antiguo contiene oraciones preciosas –forman parte del “propio” de la misa votiva pro petitione lacrimarum– para alcanzar de Dios este pan sabroso, condición de supervivencia para cualquier pecador. Rezan así:

Omnipotente y mansísimo Dios, que produjiste de la roca una fuente de agua viva para el pueblo sediento: saca de la dureza de nuestros corazones lágrimas de compunción; para que podamos llorar nuestros pecados y merezcamos alcanzar por tu misericordia, su perdón. Por Nuestro Señor.

Te suplicamos, Señor Dios, mires propicio esta oblación que ofrecemos a tu majestad por nuestros pecados: y produce en nuestros ojos ríos de lágrimas con las cuales podamos apagar los incendios provocados por nuestras llamas. Por Nuestro Señor.

Infunde clemente en nuestros corazones, oh Señor Dios, la gracia del Espíritu Santo: la cual nos haga lavar las manchas de nuestros pecados con gemidos de lágrimas, y nos alcance, por tu gracia, el efecto de una ansiada indulgencia. Por Nuestro Señor…

viernes, 24 de febrero de 2017

SACERDOTES DEL OPUS DEI CELEBRAN CON EL RITO ANTIGUO (Y SIEMPRE NUEVO) LA SANTA MISA.

Jóvenes sacerdotes del Opus Dei aprovechan la mayor paz de los períodos estivales, o bien de convivencias o cursos de retiro espiritual para celebrar la Santa Misa según la forma extraordinaria del rito Romano. El hecho de que San Josemaría empapara hasta el último rincón de su vida espiritual de las oraciones, ritos y gestos de la misa antigua, es un aliciente más para conocer la misa tradicional. Las siguientes fotografías muestran a algunos sacerdotes de la Prelatura celebrando el Santo Sacrificio con el rito antiguo.