martes, 17 de octubre de 2017

MISA TRADICIONAL EN LA SERENA

Con alegría publicamos la invitación del cœtus fidelium de la Forma Extraordinaria del Rito Romano, desde hace años firmemente consolidado en la ciudad de La Serena (Chile), a la Misa Solemne que se celebrará con ocasión de la Fiesta de Cristo Rey (último domingo de octubre en el calendario tradicional). La difusión de la Misa antigua es un don que el Espíritu Santo ha querido suscitar nuevamente en nuestro tiempo y constituye un instrumento indispensable de evangelización, de crecimiento en la fe y una cantera de jóvenes vocaciones. Nuestros mejores augurios a los amigos de La Serena; «Oportet Illum Regnare», «Conviene que Él reine» (I Cor 15, 25).




lunes, 16 de octubre de 2017

UN CURIOSO CULTO SEDENTE

Con esta expresión John Eppstein (1895-1988), escritor converso del anglicanismo, describía uno de los rasgos de la misa establecida después del Concilio Vaticano II. En efecto, la sede presidencial y el ambón aparecieron tan sobredimensionados por los nuevos liturgistas, que hasta el Sagrario se vio desplazado por estos modernos «signos» de la presencia de Dios. Después de tantos años de reforma litúrgica (hoy la liturgia prácticamente se ha quedado sin forma), el católico medio ha terminado por acostumbrarse a usos, modas y costumbres que para nuestros abuelos y antepasados hubieran resultado simplemente inviables. Siempre resultará interesante oír la voz de quienes fueron los primeros testigos de la reforma litúrgica, para así comprender sus sentimientos y hacernos solidarios de su dolor: con estupor presenciaron a la misa católica revestirse con ornamentos de cena protestante. Con estilo y fina ironía, John Eppstein nos ha dejado un valioso testimonio de lo que muchos católicos experimentaron cuando se estrenó la nueva liturgia. He aquí un breve extracto.


«C
laro está que lo que causa congoja a tantos fieles no es solamente la cuestión lingüística, sino algo de mayor trascendencia: la supresión en la nueva liturgia truncada de ciertos elementos a los que, como veremos más adelante, la misa tridentina daba gran relieve. Y es asimismo la transformación del sacerdote que eleva preces a Dios y le ofrece el sacrificio del altar en nombre de los fieles en caricatura de un pastor protestante que grita desde el otro lado de una mesa o de un facistol y el deliberado ataque de las nuevas instrucciones contra la costumbre de arrodillarse para orar y para otros usos devotos. Ha surgido un curioso culto sedente. El sacerdote (la rúbrica general de la nueva misa le denomina «el presidente») se sienta contemplando taciturnamente a los fieles, como un buda, cuando no les lee las Escrituras o les habla. Y el resultado práctico de que emplee la lengua vernácula para dirigirles sus preces a ellos, sea desde el facistol o desde el otro lado de la mesa altar, aunque en teoría dirige sus palabras a Dios todopoderoso, es que propende a tomar un tonillo retórico que más bien busca impresionar a unos oyentes humanos con su elocuencia. Esto hace que quienes le escuchan adviertan inevitablemente la personalidad del oficiante, con verrugas y todo. Lo cual dista notoriamente del respeto despersonificado al quehacer sacerdotal que siempre ha distinguido al culto católico de los servicios protestantes, más gregarios, respeto que reducía al mínimo las distracciones. El empleo de la antigua lengua hierática y las exactas rúbricas que regían los actos del celebrante coadyuvaban a evitar que los defectos personales enturbiaran su sagrado menester». (John Eppstein, ¿Se ha vuelto loca la Iglesia Católica?, Ed. Guadarrama, Madrid 1973, p. 36-37)

martes, 10 de octubre de 2017

UNA CORRESPONDENCIA SORPRENDENTEMENTE ACTUAL

Un huracán de estupidez y abyección sopla por todos lados sobre la vasta extensión del mundo católico

Cartuja de La Valsainte (Suiza). Aquí entró Dom Porion en 1925  

Me he topado por casualidad con una interesante correspondencia entre Jacques Maritain (1882-1973), el conocido filósofo francés, amigo cercano de Pablo VI, y Dom Jean-Baptiste Porion (1899-1987), religioso cartujo francés, hombre de gran contemplación y, durante años, Procurador general de la Orden de los Cartujos en Roma. Ambos fueron testigos privilegiados de la gestación y desarrollo del Concilio Vaticano II, como también del extraño cariz que iban tomando sus reformas a medida que la asamblea se acercaba a su fin. Estas cartas, a la vez que reflejan un ánimo alterado frente a las amenazas que se cernían sobre la Iglesia, me parecen de una actualidad sorprendente, a pesar del medio siglo transcurrido desde que fueron escritas. Esto me ha motivado a traducirlas y traerlas al blog. El caso del filósofo francés me parece además particularmente elocuente sobre otro hecho: la congoja y desolación hasta el desgarro que tantos espíritus experimentaron por la precipitada y desprolija invasión de la lengua vernácula en la liturgia. Esperemos que las recientes disposiciones que otorgan mayor autonomía a las conferencias episcopales para la traducción de los textos litúrgicos, no se transforme en otra ola de fealdad y mal gusto que golpee nuevamente nuestra frágil liturgia, hace tiempo en riesgo de zozobrar.

Carta de Dom Jean-Baptiste Porion a Jacques Maritain, 7 de mayo de 1965

Estimado Señor Maritain,

[…] encomiendo a vuestra oración nuestro próximo capítulo general. En este  deslizamiento de tierra que socava todas las estructuras de la Iglesia, hasta ahora nuestra Orden no se ha movido. Pero es difícil que no se resienta por las consecuencias. Lo que más me preocupa actualmente, son los esfuerzos del cuerpo eclesiástico por expulsar el elemento eremítico, ascético y contemplativo  de la tradición cristiana.
En el pasado, los pontífices podían ser santos o estar muy lejos de serlo, y lo mismo los teólogos, pero su estima por la vida monacal y por su dedicación a las realidades eternas no variaba; nosotros hemos vivido nueve siglos de la fe de la Iglesia, somos un acto de fe de la Iglesia. Si se confirma el cambio que se ha producido en este sentido, es difícil que no sea fatal para las Órdenes de monjes, o de monjas contemplativas y de clausura.
Encuentro a mis interlocutores romanos más o menos resignados a esta evolución. Lo que apremia a los clérigos actualmente es la urgencia por abrir la Iglesia a los valores del mundo, manifestar en su nombre «una auténtica voluntad de acogida» para el mundo y sus progresos maravillosos. (Hay en este deseo algo de auténtico y justo, pero también un acento de vulgaridad y de tontería tan profunda, que no es posible formularlo sin ironía.)  Por otra parte, en el hecho mismo de nuestro creciente aislamiento, reconocemos una característica de nuestra vocación y la tomamos como una gracia, tratando de ser más fiel a ella.
Agradeciéndole una vez más, ruego que acepte, querido Señor Maritain, mis sentimientos de respeto.
En Nuestro Señor,
J. Baptiste M. Porion, O. Cart.

Respuesta de Jacques Maritain

Toulouse, 16 de mayo de 1965

  Mil gracias por su amable carta, mi querido Padre y amigo. [...] Lo que me ha escrito acerca de su próximo capítulo general me ha conmovido profundamente. Me parece muy significativo desde el punto de vista de la filosofía de la historia que, justo cuando en el Concilio el Espíritu Santo hace proclamar (en un lenguaje a mi parecer demasiado cargado de retórica) cambios de actitud que representan un progreso inmenso (y que han tardado demasiado), al mismo tiempo un huracán de estupidez y de abyección de poder extraordinario y aparentemente irresistible, sople por todos lados sobre la vasta extensión del mundo católico, especialmente el eclesiástico. Esta crisis me parece una de los más graves que la Iglesia jamás ha conocido. Ella tiene a mis ojos un carácter escatológico y parece anunciar grandes apostasías. [...] Lo que hoy vemos es una postración delirante y general ante el mundo. Todos estos católicos, todos estos sacerdotes extasiados ante el mundo, dando gemidos de amor y adoración cuando se trata de él, y que repudian frenéticamente todo aquello que, tanto en el orden intelectual como en el orden espiritual, ha constituido la fuerza de la Iglesia, es verdaderamente un espectáculo curioso, y que no se explica, a mi parecer, más que de una manera freudiana, por una repentina liberación colectiva de miserables libídines reprimidas durante largo tiempo. No es el becerro de oro lo que adoran, sino una cerda de aluminio con cerebro electrónico. Y si todavía se dicen cristianos, es porque creen que mediante un cristianismo debidamente mundanizado podremos alcanzar al fin «la plenitud de la naturaleza». Está claro que Dios y el diablo trabajan simultáneamente en la historia humana; y cuando el Espíritu Santo comienza a soplar, el otro produce inmediatamente sus huracanes.
Perdone toda esta perorata debida sin duda a la exasperación en que me encuentro al ver la misa, que cada mañana era un momento de paz para mi pobre alma, invadida ahora por la tontería, la fealdad y la vulgaridad de la estúpida traducción francesa que nuestro episcopado se apresuró en aprobar…
Reciba, mi querido Padre y amigo, mi más afectuosa y devota veneración.
Jacques Maritain

Fuente y textos originales: lesalonbeige

sábado, 7 de octubre de 2017

EL ROSARIO Y LOS PAPAS


Ninguna oración ha sido tan recomendada y alabada por los Papas del último siglo como el rezo del Santo Rosario; es la rosa más preciosa para honrar a Santa María, el arma más potente para vencer a los enemigos de la Iglesia, y la cadena más segura para trepar a las alturas de la felicidad celestial.

1. «El Rosario es la más agradable de las oraciones, resumen del culto que se debe tributar a la Virgen, una manera fácil de hacer recordar a las almas sencillas los dogmas principales de la fe cristiana, un modo eficaz de curar el demasiado apego a lo material y un remedio para acostumbrarse a pensar en lo eterno que nos espera». León XIII

2. «El Rosario es de todas las oraciones la más bella. La más rica en gracias y la que más complace a la Santísima Virgen». San Pío X

3. «El Rosario ocupa el primer puesto entre las devociones en honor de la Virgen y sirve para progresar en la fe, la esperanza y la caridad». Pío XI

4. «El Rosario es arma poderosísima para curar los males que afligen a nuestro mundo». Pío XII

5. «El Rosario es la Biblia de los pobres… Es el obsequio mejor a María… Es oración para todo tipo de gentes… Es la síntesis de la redención en quince cuadros… Es el Evangelio que revive… Son quince ventanas a través de las cuales contemplo, a  la luz de Dios, todo lo que sucede en el mundo… Es una magnífica posibilidad de contemplación». San Juan XXIII

6. «El Rosario es una oración sencillísima y bellísima, que invita al reposo interior, al abandono en Dios y a la confianza en la seguridad de obtener las gracias que necesitamos por la meditación poderosa de la Santísima Virgen María, cuyo nombre constantemente invocamos». Beato Pablo VI

7. «El Rosario es mi oración predilecta. ¡Plegaria maravillosa! En su sencillez y en su profundidad. En esa plegaria repetimos muchas veces las palabras que la Virgen oyó del Arcángel y de su prima Isabel. Y en el trasfondo de las Aves Marías, pasan ante los ojos del alma los episodios principales de la vida de Jesucristo. El Rosario en su conjunto consta de los misterios gozosos, dolorosos y gloriosos, y nos pone en comunión vital con Jesucristo a través del corazón de su madre». Juan Pablo II

8. «El Rosario es una escalera para subir al cielo… El Rosario nos proporciona dos alas para elevarnos en la vida espiritual… Es la oración más sencilla a la Virgen, pero la más llena de contenidos bíblicos… Cuando rezamos el Rosario, está la Santísima Virgen rezando con nosotros. En el Rosario hacemos lo que hace María, meditamos en nuestro corazón los Misterios de Cristo». San Juan Pablo II

9. «Tanto el rezo del Rosario como el del Ángelus debe ser para todos los cristianos y aún más para la familia cristiana y las comunidades religiosas como un oasis espiritual en el curso de la jornada para tomar valor y afán». San Juan Pablo II

10. «El Rosario es una oración contemplativa y cristocéntrica, inseparable de la meditación de la Sagrada Escritura. Es la plegaria del cristiano que avanza en la peregrinación de la fe, siguiendo a Jesús, precedido por María». Benedicto XVI

11. «El Rosario es la oración que acompaña siempre mi vida; también es la oración de los sencillos y de los santos… es la oración de mi corazón». Papa Francisco.

martes, 3 de octubre de 2017

VETUS ORDO EN VALENCIA

 Ermita de Santa Lucía. Valencia, España

C
ada domingo, la hermosa ermita de Santa Lucía, no lejos del casco histórico de la ciudad, y que alberga en su interior numerosas obras de arte de los siglos XVII, XVIII y XIX, acoge a los fieles niños, jóvenes y adultos que desean asistir a la Santa Misa según la forma extraordinaria del rito romano. Un ambiente familiar de recogimiento, piedad y activa participación acompaña la celebración eucarística; así lo muestran las fotografías que un amigo nos acaba de enviar de la misa del domingo pasado.





sábado, 30 de septiembre de 2017

CONSEJOS DE JERÓNIMO A SACERDOTES Y MONJES


  «Ocupaos siempre en algún trabajo, para que el demonio nunca os halle ocioso, y así no tenga entrada en vuestra alma» 

  «Siempre esté en vuestra mano la Sagrada Escritura»

  «Ningún arte se puede aprender sin maestro»

  «Las mujeres conozcan vuestro nombre, pero ignoren vuestro semblante»

  «Haced oración a menudo e, inclinando el cuerpo a la tierra, enderezad y levantad el corazón al Cielo»

  «Cuando enseñareis o predicareis en la iglesia, sea tal la doctrina que más provoque lágrimas que aplausos y  aclamaciones. Las lágrimas de los oyentes sean vuestras alabanzas»

  «Si deseáis cosas aún más perfectas, salid como Abrahán de vuestra tierra y de vuestra parentela, y caminad a donde no sabéis»

  «Cuerpo y alma se encaminen juntos al Señor»

  «Os aconsejo que viváis en compañía de varones santos y piadosos, que no os conduzcáis por vuestra propias luces, y que no os engolféis sin guía en los senderos en que jamás habéis andado»

  «Las pláticas del sacerdote estén siempre saboreadas con la lectura de las Escrituras»

 «Estad sujeto a vuestro obispo y reverenciadle como a padre de vuestra alma… Pero también los obispos deben considerar que son sacerdotes y no amos; y así deben honrar a los clérigos, para que los clérigos los honren a ellos como obispos…»

  «Más vale confiar en el Señor que en el hombre y mejor es esperar en el Señor que en los príncipes»

jueves, 28 de septiembre de 2017

EL VIEJO MISAL: UNA EXPERIENCIA

Con un sugestivo y entrañable relato, José Pérez Adán, sociólogo, docente de la Universidad de Valencia y gestor de la Secretaría de la Universidad Libre Internacional de las Américas en dicha ciudad, ha querido compartir con amigos y colegas una experiencia suya reciente e inolvidable: su reencuentro con la antigua liturgia. Agradecemos la gentileza de facilitarnos el texto para su publicación, y deseamos que su lectura sea augurio de vivencias similares.

EL VIEJO MISAL         
Por José Pérez Adán

S
iguiendo el consejo de un santo lo guardé cuando dejó de usarse. Le tenía cariño y de hecho lo he venido leyendo y repasando con asiduidad nostálgica muchos años, deseando tener la oportunidad de asistir de nuevo con la devoción de mi juventud a una misa de aquellas. Cuando Benedicto XVI promulgó Summorum Pontificum en 2007 pensé que había llegado el momento y que ya no tendría que esperar más y que encontraría facilidades por doquier para reencontrarme con esa piedad bendita y bella. Pero no. Mi desengaño fue grande al constatar que los clérigos (incluso algunos que habían oído el mismo consejo de labios del mismo santo) ya se habían acostumbrado a mandar un poco más y estaban cómodos decidiendo (¡espejismo de libertad!) la posibilidad litúrgica del día como permitía la reforma, y centrando las miradas de la feligresía en ellos mismos. Por más que busqué, ahora al amparo del derecho, no encontré ni siquiera entre los más veteranos quien detectase su deber en el derecho del laico, como dice el Motu Propio del papa Benedicto.

  He conocido a bastantes sacerdotes pero ahora solo unos pocos auténticamente servidores. Muchos se han tornado mandones y pagados de sí mismos, y últimamente vuelven los trabucaires, esos que ven en la moral una excusa para hablar y pontificar de política y asuntos profanos por doquier. Siempre me he confesado un católico anticlerical pero creo que hoy en día tengo más razones para justificarlo a ojos extraños.

  Ayer, sin embargo, encontré un cura que me devolvió un hálito de esperanza y alegría. Un amigo me invitó a la misa que según el modo extraordinario se celebra los domingos en Valencia en la ermita de Santa Lucía, uno de los dos únicos templos que no fue profanado en la persecución religiosa del 36 en la ciudad (por cierto la más sangrienta de memoria histórica conocida). Era la primera vez que volvería a usar mi viejo misal después de tantos años en una celebración eucarística. La verdad es que iba con prevención. Temía encontrarme con un grupo de viejos intransigentes haciendo ostentación de tozudo enfrentamiento y también temía no encontrar la visibilidad formal de la sumisión a Dios que añoraba. Mis temores se desvanecieron enseguida. La feligresía era bastante más joven que la habitual en las misas de domingo. A mi lado se sentó un muchacho de unos quince años que contestaba en latín sin necesidad de leer su misal. Todos sabíamos lo que hacíamos ahí. El centro de atención era el sagrario y el protagonista Dios Padre, a quien se ofrecía el sacrificio. El cura no se hizo notar en absoluto, ni siquiera en su breve homilía de menos de cinco minutos. De hecho podía haber sido cualquier otro y la solemnidad y recogimiento quedaron salvados en todo momento. Hizo lo que tenía que hacer muy bien impersonando al oferente y víctima y, por tanto, pasando desapercibido. Todo muy preciso, fluido y digno. Al contrario de lo que ocurre en otros templos, y eso que era mi primera vez después de tanto tiempo, no hubo casi ninguna distracción y todo pasó o se me hizo muy rápido. ¡Qué bien!, ¡qué gusto!, ¡qué paz!

  Al salir saludé a algún conocido con sorpresa mutua y volviendo a casa en el autobús, ciertamente emocionado, contemplé mi viejo misal, lo acaricié y besé con cariño. Y comprendí un poco más y mejor, agradecido, a ese sacerdote santo que me aconsejó conservarlo.