domingo, 29 de noviembre de 2020

LA ESPERANZA DEL ADVIENTO

Parte final de la homilía «Vocación Cristiana» de San Josemaría Escrivá. Fue pronunciada el primer domingo de Adviento de 1951; el autor recuerda la impresión que le causó ver un águila enjaulada en condiciones muy precarias. El Adviento, como tiempo de gozosa esperanza, nos invita a romper las cadenas que nos atan a la tierra y reemprender el vuelo majestuoso hacia las altas cimas de la vida cristiana.

 * * *

«No quería deciros más en este primer domingo de Adviento, cuando empezamos a contar los días que nos acercan a la Natividad del Salvador. Hemos visto la realidad de la vocación cristiana; cómo el Señor ha confiado en nosotros para llevar almas a la santidad, para acercarlas a Él, unirlas a la Iglesia, extender el reino de Dios en todos los corazones. El Señor nos quiere entregados, fieles, delicados, amorosos. Nos quiere santos, muy suyos.

De un lado, la soberbia, la sensualidad y el hastío, el egoísmo; de otro, el amor, la entrega, la misericordia, la humildad, el sacrificio, la alegría. Tienes que elegir. Has sido llamado a una vida de fe, de esperanza y de caridad. No puedes bajar el tiro y quedarte en un mediocre aislamiento.

En una ocasión vi un águila encerrada en una jaula de hierro. Estaba sucia, medio desplumada; tenía entre sus garras un trozo de carroña. Entonces pensé en lo que sería de mí, si abandonara la vocación recibida de Dios. Me dio pena aquel animal solitario, aherrojado, que había nacido para subir muy alto y mirar de frente al sol. Podemos remontarnos hasta las humildes alturas del amor de Dios, del servicio a todos los hombres. Pero para eso es preciso que no haya recovecos en el alma, donde no pueda entrar el sol de Jesucristo. Hemos de echar fuera todas las preocupaciones que nos aparten de Él; y así Cristo en tu inteligencia, Cristo en tus labios, Cristo en tu corazón, Cristo en tus obras. Toda la vida —el corazón y las obras, la inteligencia y las palabras— llena de Dios.

Abrid los ojos y levantad la cabeza, porque vuestra redención se acerca (Lc 21, 28) hemos leído en el Evangelio. El tiempo de Adviento es tiempo de esperanza. Todo el panorama de nuestra vocación cristiana, esa unidad de vida que tiene como nervio la presencia de Dios, Padre Nuestro, puede y debe ser una realidad diaria.

Pídelo conmigo a Nuestra Señora, imaginando cómo pasaría ella esos meses, en espera del Hijo que había de nacer. Y Nuestra Señora, Santa María, hará que seas alter Christus, ipse Christus, otro Cristo, ¡el mismo Cristo!»  (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 11).


 

domingo, 22 de noviembre de 2020

PERMANECER EN LA BARCA, UN COMENTARIO DE SAN AGUSTÍN

Rembrandt. La tormenta en el mar de Galilea 

En un sermón sobre las palabras del evangelio: y la nave en medio del mar era azotada por las olas, pues el viento les era contrario (Cf. Mt 14 y ss.), San Agustín nos ofrece dos imágenes sugestivas sobre el significado espiritual de esta nave agitada por las olas. Una de ellas nos presenta la nave, hecha de madera, como símbolo de la Cruz Cristo, única tabla de salvación a la que debemos abrazarnos si no queremos perecer ahogados en las aguas tormentosas de este mundo; en la otra, muy típica en los comentarios de los Padres, la nave simboliza la Iglesia, la barca que lleva a los discípulos, que recibe y lleva Cristo, su Rey y Capitán. Aunque las olas la hagan fluctuar, sigue siendo una nave; solo se nos pide que no salgamos de ella, arrojándonos al mar, porque sin ella la perdición es inmediata, advierte san Agustín.

* * *

«La lectura evangélica que acabamos de escuchar exhorta a la humildad de todos nosotros a ver y reconocer dónde estamos y a dónde tenemos que tender y apresurarnos. En efecto, no deja de simbolizar algo la barca que transportaba a los discípulos y que, en medio de las olas, zozobraba a causa del viento contrario. Y no sin motivo el Señor, tras dejar a la muchedumbre, subió al monte para orar en soledad; luego, al volver al lado de sus discípulos caminando sobre el mar, los halló en peligro y, tras subir a la barca, los alentó y calmó las olas. ¿Qué tiene de maravilloso que pueda calmar todo el que lo creó todo? Sin embargo, después que subió a la barca, se le acercaron los que iban en ella y le dijeron: Verdaderamente tú eres el Hijo de Dios. Pero, antes de tener esa certeza, se habían turbado al verle sobre el mar, pues dijeron: es un fantasma. Mas, cuando subió a la barca, eliminó de sus corazones la duda del espíritu, pues corría más peligro su espíritu por la duda que su cuerpo por las olas. 

Mediante el conjunto de cosas que hizo, el Señor nos advierte cómo hemos de vivir aquí. De hecho, en esta vida temporal no hay nadie que no sea peregrino, aunque no todos deseen regresar a la patria. Al mismo tiempo, sufrimos el oleaje y las tempestades que se desatan durante el trayecto mismo, pero es necesario que, al menos, nos hallemos en la barca. Porque si en la barca hay peligro, fuera de ella la muerte es segura. Por mucha fuerza que tenga en sus brazos el que nada en el piélago, en algún momento, derrotado por la inmensidad del mar, tragado por las olas, se ahoga. Es, pues, necesario que vayamos en la barca, esto es, que nos lleve un madero para poder atravesar este mar. Y este madero que trasporta nuestra debilidad es la cruz del Señor, con la que nos signamos y nos libramos de ahogarnos en este mundo. Sufrimos las olas, pero allí está Dios para socorrernos (...). 

Entre tanto, la barca que lleva a los discípulos, esto es, la Iglesia, fluctúa y es sacudida por tempestades, es decir, las tentaciones. Y no cesa el viento contrario, el diablo que la combate y se esfuerza por impedir que llegue al descanso. Pero es mayor el que intercede por nosotros. Pues en esa fluctuación en que nos debatimos nos da confianza, viniendo a nosotros y confortándonos; lo único que se requiere es que, al vernos turbados en la barca, no salgamos de ella, arrojándonos al mar. Porque, aunque la barca fluctúe, es una barca: solo ella lleva a los discípulos y recibe a Cristo. Es cierto que peligra en el mar; pero sin ella la perdición es inmediata. Mantente, pues, en la barca y ruega a Dios. Cuando todas las decisiones resultan ineficaces, cuando es insuficiente el hábil manejo del timón y el mismo despliegue de las velas resulta más peligroso que útil; cuando tienen que prescindir de toda ayuda y fuerza humana, a los marineros solo les queda la voluntad de rogar y elevar su voz a Dios. Por tanto, quien concede a los navegantes llegar al puerto, ¿va a abandonar a su Iglesia, de modo que no la conduzca a su descanso?» (San Agustín, Sermón 75, n. 1-2 y 4). 

Fuente: augustinus.it


 

miércoles, 18 de noviembre de 2020

500 AÑOS DE LA PRIMERA MISA EN CHILE

Cruz conmemorativa de los 500 años de la primera Misa 
en territorio chileno. Bahía de las Sardinas

Al cumplirse el quinto centenario del descubrimiento del Estrecho de Magallanes, un amable lector nos informa de las celebraciones realizadas con motivo de festejarse también los 500 años de la primera Misa celebrada en suelo chileno.

En una ceremonia naval que tuvo lugar en la bahía Fortescue, en el Estrecho de Magallanes, y que fue encabezada por los buques escuela Esmeralda, de Chile, y Juan Sebastián de Elcano, de España, el pasado martes 20 de octubre se efectuó una misa de acción de gracias y la inauguración de una cruz conmemorativa de los 500 años de la primera misa en Chile, la que fuera oficiada el 11 de noviembre de 1520, fiesta de San Martín de Tours, en el Puerto de las Sardinas, hoy bahía Fortescue, por Fray Pedro de Valderrama, capellán de la expedición de Fernando de Magallanes, descubridor del Estrecho y en consecuencia de Chile por el extremo sur, 16 años antes que Diego de Almagro lo hiciera por el norte, proveniente del Perú.

La flamante Cruz del Puerto de las Sardinas debe su nombre al que Magallanes puso a este accidente geográfico marítimo en noviembre de 1520, y que en 1669 fue rebautizado por el navegante inglés John Narborough con el nombre de bahía Fortescue. 

«Deus ab austro veniet», Dios llega desde el sur (Hab 3, 3), ha sido el lema que la Iglesia en Magallanes ha querido asociar a la memoria de tan relevante acontecimiento.

En carta dirigida al obispo de Punta Arenas, el Papa Francisco expresa su alegría por este feliz aniversario. Recuerda que se trata una fecha histórica para toda la Iglesia católica en Chile, al disponer la Divina Providencia que hace 500 años el sacerdote Pedro de Valderrama, capellán de la expedición de Hernando de Magallanes, ofreciera por vez primera, en aquellas tierras, el sacrificio de la Santa Misa. (Mensaje completo aquí).

Mapa de la travesía por el Estrecho
 Foto: la Tercera

Enlaces de interés sobre el tema:

1. Noticia con hermosas ilustraciones publicada en el sitio oficial de la Armada de Chile:

https://www.armada.cl/armada/armada-realiza-misa-flotante-en-bahia-fortescue-para-conmemorar-los-500/2020-10-22/140702.html

2. Video resumen de la ceremonia de la Armada de Chile.

https://www.facebook.com/143435619063515/posts/4626066667467032/?sfnsn=wa

3. Crónica «Cruz del Puerto de las Sardinas». Publicada en el portal de Radio Polar.

http://radiopolar.com/noticia_160772.html

4. Una excelente fuente de consulta sobre el tema es el libro del historiador Mateo Martinic, Una travesía memorable. Hallazgo y navegación del Estrecho de Magallanes (21 octubre - 28 noviembre 1520).

http://www.bibliotecadigital.umag.cl/handle/20.500.11893/1603



domingo, 15 de noviembre de 2020

LA AMENAZA PASTORALISTA

Nada cambia en la doctrina, solo cambian sus aplicaciones pastorales ante las nuevas circunstancias. Reconozco que este tipo de argumentación me pone nervioso. Por eso me ha parecido oportuno traducir un artículo (también incluye audio) de Aldo Maria Valli sobre la ola de «pastoralismo» que inunda a la Iglesia desde hace décadas. El término «pastoral», tan persistente en la jerga eclesial, parece haber perdido su genuino significado; frecuentemente manipulado, se ha prestado para justificar cambios e interpretaciones novedosas en los ámbitos de la fe, de la moral o del culto. Hoy se tiene la impresión de que «por razones pastorales» todo puede ser subvertido en la vida de la Iglesia. Por supuesto que algunas afirmaciones de Valli pueden ser matizadas, pero en su conjunto ofrecen luz y orientación para comprender algo de estos tiempos revueltos y confusos que nos ha tocado vivir. Me parece importante el análisis sobre las consecuencias disolventes que encierra «la pastoral», cuando ésta viene presentada como una especie de vía alternativa o contrapuesta a la senda doctrinal o dogmática.


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El abuso de la pastoral
Por Aldo Maria Valli

Cuando la pastoral reemplaza la doctrina

Una de las palabras más comunes en la Iglesia actual es «pastoral». No hay discurso en el que esta palabra no venga utilizada, siempre con un papel central, como si la pastoral se hubiese convertido en el fundamento de la vida de la Iglesia y de su enseñanza. Pero la pastoral de suyo es una praxis y, como tal, no puede ser puesta como fundamento de nada, no puede explicar nada y no puede sostener nada. En cuanto praxis, necesita una doctrina que la funde y la respalde. Los resultados de este vuelco están ante nosotros. Desde hace décadas, la Iglesia Católica insiste sobre el «cómo» sin explicar el «porqué», se ocupa de los medios para la acción, pero descuida los presupuestos y los fines últimos.

Hace años, cuando mi esposa y yo éramos un poco más jóvenes, o un poco menos viejos, había un párroco que nos invitaba a las «reuniones para novios» (todavía se les llamaba así) para que pudiéramos contar nuestra vida de fe, nuestra unión fiel y nuestra elección de tener una familia numerosa. Y recuerdo muy bien que las parejas, en ese salón parroquial donde nos reuníamos, no se sentían atraídas por el «cómo» habíamos logrado permanecer fieles y tener seis hijos, sino por el «porqué». En efecto, son las motivaciones las que despiertan más interés.

El predominio de la visión pastoral es fruto del Concilio Vaticano II. Fue Juan XXIII quien quiso un Concilio pastoral y no dogmático, un Concilio destinado no a revisar la doctrina, sino a proponerla mejor, de un modo más conforme a las nuevas exigencias. El hecho es que en ese Concilio «pastoral» se insinuó una falta de confianza con relación a la doctrina, considerada no acorde con los tiempos. En la mayoría de los casos se evitaba decirlo, pero la necesidad de un maquillaje pastoral nació del hecho de que la Iglesia se sentía atrasada, de manera que los que sí querían cambiar la doctrina se movieron bien para aprovechar la oportunidad. Lo cierto es que en el mismo momento en que el Concilio se declaró «pastoral» introdujo una nota de desconfianza hacia la doctrina, cuando en realidad nada es más pastoral que la doctrina misma, nada más pastoral que el dogma que guía y orienta a las ovejas. Este es el malentendido inicial, del cual en el plano teológico y doctrinal se han derivado múltiples deformaciones, si no verdaderas y propias herejías, y en el plano litúrgico, múltiples abusos.

En este Concilio «pastoral» hubo otro malentendido. Se trata de la invitación de Juan XXIII a curar los errores con la «medicina de la misericordia». Ahora bien, esta medicina puede ser usada, y de hecho la Iglesia siempre la ha usado, con todas las personas que, arrepentidas de sus propios pecados, manifiestan una seria intención de vivir según la ley divina y de no pecar más. Pero el problema es que, con el Concilio «pastoral» y no dogmático, la Iglesia, para presentarse más amigable, más joven y más solidaria, pensó que podía aplicar la misma receta y utilizar la misma medicina también con las ideas y las ideologías. Sin embargo, éstas no saben qué cosa significa el arrepentimiento y el propósito de no volver a pecar. El resultado fue que esas ideas e ideologías fueron, en la práctica, despachadas sin más por la Iglesia, que les permitió entrar en sus propias filas. Fue así, sobre la base de una supuesta elección «pastoral», que el relativismo, el subjetivismo, el modernismo, el marxismo y el comunismo irrumpieron en la Iglesia, conquistando seminarios y cátedras universitarias. De esta manera fue cómo la doctrina y el depositum fidei terminaron bajo ataque. La elección pastoral fue en realidad un equívoco pastoral, que se perpetúa hasta nuestro días, porque no hay nada más pastoral que una doctrina sólida y claramente expuesta.

Bajo la bandera de la «pastoral» el Concilio Vaticano II se negó a condenar y a tomar medidas disciplinarias. De aquí nace aquella actitud que luego hemos visto aparecer en el «¿quién soy yo para juzgar?» del Papa Francisco, una frase que quizá se escapó de la mente, pero no por ello menos densa de valor programático. Una Iglesia que no desea condenar ni hacer valer una disciplina, obviamente gusta mucho al mundo, que la exalta y halaga, pero no es Iglesia, porque no es madre ni maestra, sino solo una compañera de camino que se limita a consolar de manera genérica, sin exhortar a la conversión y sin ofrecer en último término auténticas perspectivas de salvación.

Además, hay que añadir que una cosa es la visión pastoral y otra el pastoralismo, que presiona en todos los niveles y se aviene muy bien, como veremos, con el sinodalismo y el democraticismo. También estos «ismos» son en gran parte fruto del Concilio Vaticano II y de una visión distorsionada de la vida de la Iglesia, tomada de la política.

Sé bien que el Vaticano II no puede ser considerado el origen de todos los problemas, pero está claro que algunos problemas estallaron allí, y lo que vivimos hoy es una consecuencia directa de lo que sucedió en aquel período conciliar.

Una primera consecuencia que me parece evidente es la idea, ampliamente difundida, de que no es tan importante enseñar las verdades necesarias para la salvación del alma, sino ayudar a los fieles a vivir su fe aquí, en este mundo. Falsa dicotomía, porque la mejor manera de vivir la fe en este mundo consiste precisamente en hacerse intérprete de la verdad.

La segunda consecuencia es que en la enseñanza ya no hay una última palabra. Avanzamos según los tiempos y las circunstancias. Como praxis, la pastoral depende de la realidad en la que se implementa. Decae, por tanto, la idea de inmutabilidad. Todo es contingente, incluso la enseñanza de la Iglesia. La doctrina, convertida en esclava de la pastoral, se vuelve un sistema variable.

La tercera consecuencia es que en el primer plano ya no está Dios, a quien dar gloria por medio del culto, sino el hombre, con sus necesidades y sus nudos que desatar. Sucede entonces que la verdad se adapta cada cierto tiempo, según las circunstancias en las que viven los destinatarios de la enseñanza. Y estas adaptaciones, en no pocas ocasiones, conducen a desviaciones reales.

Una cuarta consecuencia es la tendencia a justificar el error y encontrar atenuantes, de tal modo que la pastoral se convierte de hecho en una búsqueda de pretextos para poder excusar de la culpa. Si una enseñanza dogmática se opone al error, una enseñanza pastoral, al menos tal como la hemos conocido o la conocemos actualmente, asume el error y casi llega a justificarlo en nombre de la humana «fragilidad».

La quinta consecuencia es que la doctrina ya no es un corpus unitario, sino que aparece como realidad fragmentada y despedazada. Al depender de las circunstancias, la enseñanza pierde su carácter unitario. Entonces se abre el camino a la idea del pluralismo: muchas respuestas diferentes para muchas preguntas diferentes. Y aquí llegamos a la moralidad del caso a caso, dominada por el relativismo.

La sexta consecuencia es la confusión, bien visible en nuestro tiempo. Al decaer la unidad de la doctrina, se forman distintas líneas de interpretación y cada uno puede elegir la que más le guste. Por tanto, lo que es válido en una diócesis puede no serlo en absoluto en la diócesis vecina. Lo que enseña el párroco A puede ser diferente de lo que enseña el párroco B. Es una falta de unidad que se traduce, a su vez, en una pérdida de coherencia, e incluso de prestigio, de autoridad.

Como séptima consecuencia, quisiera mencionar el desprecio por la tradición, percibida como un conjunto de cosas viejas y no como el tesoro a transmitir en cada época, más allá y por encima de las circunstancias históricas.

Finalmente, y es la octava consecuencia, subrayo el desprecio radical que los pastoralistas, no obstante toda la ternura y comprensión mostradas en las palabras, guardan hacia los fieles, vistos por ellos como criaturas que en realidad no tienen la posibilidad de acceder a la verdad absoluta e inmutable, sino que tan solo pueden ser acompañadas hacia ciertas parcelas de verdad, según las circunstancias.

En definitiva, hay un fuerte componente determinista en la pastoral, y no podría ser de otro modo, ya que, como hemos dicho desde el principio, estamos hablando de una praxis.

Pero me gustaría concluir con otra consideración. Se refiere al argumento que tantas veces escuchamos en boca de los «pastoralistas», incluso en niveles muy altos de la jerarquía, y que consiste en decir: dado que las verdades fundamentales, ciertas e inmutables, son conocidas por todos, es inútil insistir en ellas; es mucho mejor  ocuparse de la pastoral. Pero esta es una ilusión colosal, porque no es cierto que la verdad cierta e inmutable sea conocida por todos. De hecho, a menudo existe una gran ignorancia, y el pastoralismo no hace más que acentuarla.

Contraponer pastoral y ley es una operación engañosa. No hay misericordia más elevada y concreta, no hay pastoral más eficaz, que la practicada por quienes exhortan a respetar, sin peros, los mandamientos divinos. Estos mandamientos no han sido dados al hombre como ideales hacia los que deba orientarse en la medida de lo posible, sino como caminos bien señalados para nuestra salvación y, finalmente, para nuestro mayor bien.

El pastoralismo es hijo de una ebriedad ideológica no diferente, en sustancia, de la que golpeó al pensamiento filosófico; y no es casualidad que ciertos resultados se vean hoy, justo cuando encontramos guiando la Iglesia a aquella generación que en el 68 rondaba la treintena.

La víctima número uno de la embriaguez es el sentido común. Efectivamente, el simple, querido y viejo sentido común, traicionado por legiones de pseudo-pastores que, al no tener el valor de decir que ya no creían en las enseñanzas de siempre, han empezado a discutir sobre el «realismo pastoral»; anteponiendo de hecho el hombre a Dios, se han puesto a predicar no en vista de la salvación del alma, sino en vista del bienestar psicofísico de la persona, como si existiera un deber de Dios por perdonar y un derecho de la criatura a ser perdonada.

Como escuché en la presentación de ese hermoso libro de Monseñor Nicola Bux Con los sacramentos no se juega, la Iglesia tiene tres caminos para cambiar el corazón de los hombres: el magisterio, la oración y los sacramentos (sobre todo la Eucaristía). Hoy, en cambio, la Iglesia prefiere poner en el centro los programas pastorales genéricos.

Desde hace más de medio siglo, la Iglesia no hace más que elaborar «planes pastorales» cada vez más sofisticados y detallados. ¿Pero con qué resultado? Está a la vista de todos: el «pueblo» está más ateo y más agnóstico, la gente no va a la iglesia y los sacerdotes y religiosos gozan de menos prestigio y credibilidad. ¿No basta todo esto para caer en la cuenta de que el camino de los «programas pastorales» ha fracasado?

Lamentablemente la Iglesia Católica, al igual que la burocracia estatal, se ha convertido en un aparato cuyo primer objetivo, a menudo, ya no es servir (a los fieles en el caso de la Iglesia, a los ciudadanos en el caso del Estado), sino preservarse a sí misma. Y todo esto se puede traducir con una sola palabra: traición.

Aldo Maria Valli

Fuente: radioromalibera.org y aldomariavalli.it 


domingo, 1 de noviembre de 2020

EL JARDÍN DE DIOS

Recojo una preciosa reflexión de Benedicto XVI sobre la festividad de Todos los Santos, el día en que la Iglesia, que aún peregrina y sufre en la tierra, nos invita a mirar al cielo, la Patria donde residen nuestros hermanos que forman la Iglesia triunfante y victoriosa. El Papa emérito compara la multitud de los bienaventurados a un jardín botánico, en el que la belleza tan variada de flores y plantas nos hace pensar en el genio del Creador. Así sucede con los santos: son como un «jardín» donde el Espíritu de Dios ha suscitado con admirable fantasía una multitud de santos y santas, de toda edad y condición social, de toda lengua, pueblo y cultura.

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«Celebramos hoy con gran alegría la fiesta de Todos los Santos. Al visitar un jardín botánico, nos sorprende la variedad de plantas y flores, y resulta natural pensar en la fantasía del Creador, que ha transformado la tierra en un maravilloso jardín. Experimentamos un sentimiento análogo cuando consideramos el espectáculo de la santidad: el mundo se nos presenta como un “jardín”, donde el Espíritu de Dios ha suscitado con admirable fantasía una multitud de santos y santas, de toda edad y condición social, de toda lengua, pueblo y cultura.

Cada uno es diferente del otro, con la singularidad de la propia personalidad humana y del propio carisma espiritual. Pero todos llevan grabado el “sello” de Jesús (cf. Ap 7, 3), es decir, la huella de su amor, testimoniado a través de la cruz. Todos viven felices, en una fiesta sin fin, pero, como Jesús, conquistaron esta meta pasando por fatigas y pruebas (cf. Ap 7, 14), afrontando cada uno su parte de sacrificio para participar en la gloria de la resurrección.

La solemnidad de Todos los Santos se fue consolidando durante el primer milenio cristiano como celebración colectiva de los mártires. En el año 609, en Roma, el Papa Bonifacio IV consagró el Panteón, dedicándolo a la Virgen María y a todos los mártires. Por lo demás, podemos entender este martirio en sentido amplio, es decir, como amor a Cristo sin reservas, amor que se expresa en la entrega total de sí a Dios y a los hermanos. Esta meta espiritual, a la que tienden todos los bautizados, se alcanza siguiendo el camino de las “bienaventuranzas” evangélicas, que la liturgia nos indica en la solemnidad de hoy (cf. Mt 5, 1-12). Es el mismo camino trazado por Jesús y que los santos y santas se han esforzado por recorrer, aun conscientes de sus límites humanos.

En su existencia terrena han sido pobres de espíritu, han sentido dolor por los pecados, han sido mansos, han tenido hambre y sed de justicia, han sido misericordiosos, limpios de corazón, han trabajado por la paz y han sido perseguidos por causa de la justicia. Y Dios los ha hecho partícipes de su misma felicidad: la gustaron anticipadamente en este mundo y, en el más allá, gozan de ella en plenitud. Ahora han sido consolados, han heredado la tierra, han sido saciados, perdonados, ven a Dios, de quien son hijos. En una palabra: “de ellos es el reino de los cielos” (Mt 5, 3.10).

En este día sentimos que se reaviva en nosotros la atracción hacia el cielo, que nos impulsa a apresurar el paso de nuestra peregrinación terrena. Sentimos que se enciende en nuestro corazón el deseo de unirnos para siempre a la familia de los santos, de la que ya ahora tenemos la gracia de formar parte. Como dice un célebre canto espiritual: “Cuando venga la multitud de tus santos, oh Señor, ¡cómo quisiera estar entre ellos!”.

Que esta hermosa aspiración anime a todos los cristianos y les ayude a superar todas las dificultades, todos los temores, todas las tribulaciones. Queridos amigos, pongamos nuestra mano en la mano materna de María, Reina de todos los santos, y dejémonos guiar por ella hacia la patria celestial, en compañía de los espíritus bienaventurados "de toda nación, pueblo y lengua" (Ap 7, 9). Y unamos ya en la oración el recuerdo de nuestros queridos difuntos, a quienes mañana conmemoraremos» (Benedicto XVI, Angelus 1° de noviembre de 2008).

miércoles, 28 de octubre de 2020

Y ELEVANDO SUS OJOS AL CIELO

  
Pedro Pablo Rubens. La Última Cena

El relato de la institución de la Eucaristía tal como lo encontramos en el Canon Romano posee una singular belleza. A los textos extraídos directamente de la Escritura, la Iglesia añadió desde antiguo algunas expresiones breves y sencillas que acentúan el carácter sagrado del relato, centrándolo aún más en la persona de Cristo. En efecto, la mención a sus manos santas y venerables, la alusión a sus ojos que se levantan hacia el cielo en dirección a su Padre omnipotente, la caracterización del cáliz como algo en verdad glorioso, otorgan una atmósfera de bella sacralidad a este momento central de la Misa. «La noble perla del acontecimiento de la consagración -dice Schnitzler en sus Meditaciones sobre la Misa- nos es ofrecida en un texto preciosamente redactado». Ahora bien, descubrir y dejarse afectar por la belleza que envuelve a los ritos sagrados, también es parte esencial de una participación activa y fructuosa en la liturgia.

Es una pena que estas expresiones de respetuosa admiración no se hayan conservado en las nuevas plegarias eucarísticas, en particular la mención a las manos del Salvador, que es antiquísima y está presente en gran variedad de anáforas. Como ha dicho un estudioso del Canon Romano, «las manos de Cristo, en este pasaje litúrgico, están escrupulosamente cuidadas. Leyendo diferentes liturgias he llegado a contar hasta 18 epítetos y expresiones adjetivales, con las que las manos de Cristo, sacerdote y víctima, quedan perfectamente iluminadas con distintos tonos de luz». Y en nota a pie de página enumera las siguientes: santas, venerables, inmaculadas, inocentes, inmortales, sagradas, divinas, creadoras, irreprochables, puras, vivificantes, benditas, sin tacha, incontaminadas, inmunes o libres de toda mancha, intactas, llenas de bendiciones.*

Al tema de las manos santas del Señor en el relato del Canon ya dediqué algunas entradas en este blog. Ahora me detengo en la alusión que se hace a su mirada, a sus ojos. Dice el texto del Canon: «El cual, la víspera de su Pasión, tomó pan en sus santas y venerables manos, y, elevando los ojos al cielo, hacia ti, Dios, Padre suyo todopoderoso...» (et elevatis oculis in cælum ad te Deum Patrem suum omnipotentem). Como puede apreciarse, el texto hace mención a las manos y a los ojos de Cristo, proyectando así una imagen luminosa y sacral de su persona. Sin duda, los ojos son el órgano más expresivo del rostro humano: ¡cuántas emociones se pueden transmitir a través de una mirada! Por tanto, una mención a los ojos de Cristo cuando se rememora un momento tan solemne de su vida nos parece natural y piadosa. Si las manos son expresivas sobre todo en el ámbito del hacer, los ojos, en cambio, nos permiten asomarnos a la intimidad del corazón. Con sus manos el Señor tomó, partió y distribuyó el pan a sus discípulos; con sus ojos, en cambio, buscó una vez más a su Padre a quien ofrecía el Sacrificio que se disponía a instituir. Su mirada al cielo, a su Padre todopoderoso, complementa el sentido de lo que ejecuta con sus manos santas y venerables y dice con sus labios benditos.

Si bien la mención a los ojos del Señor no está presente en los relatos evangélicos de la última cena, es posible que los discípulos conservaran una cuidadosa memoria de este gesto del Maestro, presente en otros momentos significativos de su vida. Por ejemplo, en la primera multiplicación de los panes, nos cuenta san Mateo: «Y mandando a la muchedumbre que se recostara sobre la hierba, tomó los cinco panes y los dos peces, y alzando los ojos al cielo, bendijo y partió los panes...» (Mt 14, 19). Idéntico gesto recoge san Juan cuando Jesús ora ante la tumba de su amigo Lázaro, justo antes de ordenarle que salga fuera: «Quitaron, pues, la piedra, y Jesús, alzando los ojos al cielo, dijo: Padre te doy gracias...» (Jn 11,41). La solemne oración sacerdotal de Cristo durante la despedida en el cenáculo comienza también con la mirada dirigida hacia lo alto: «Esto dijo Jesús, y levantando sus ojos al cielo, añadió: Padre, llegó la hora» (Jn 17, 1). En todos estos casos, nos queda la sensación de que cada vez que Jesús alza su mirada al cielo, asistimos a un momento de oración íntima y profunda de Cristo con su Padre. Y junto con su mirada suben también al cielo sus palabras y sus acciones: «Yo te he glorificado sobre la tierra llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar» (Jn 17, 4).

En la hora suprema del sacrificio eucarístico, los ojos de Cristo se alzan a Dios, Padre suyo omnipotente. Este gesto nos hace palpar la atmósfera de oración que envuelve este momento sagrado y también su carácter religioso y cultual. A través de los ojos del Salvador, la humanidad, encorvada por el pecado, puede volver a mirar nuevamente hacia el cielo, vislumbrar el paraíso perdido. Como dice Schnitzler, tras el pecado de origen, «los ojos de la humanidad son como los de aquella mujer encorvada, que no podía mirar a lo alto (Lc 13, 11). En cambio, con los ojos del Dios-hombre la humanidad levanta de nuevo su mirada hacia el Padre. Y esto acontece en la cena, en el santo sacrificio. Cada vez que el Señor está entre nosotros, toma en sus manos el pan y levanta sus ojos al cielo, se repite lo que se cuenta de los discípulos de Emaús: se abrieron sus ojos y lo reconocieron» (Lc 24, 31). (Meditaciones sobre la Misa, Herder 1960, p. 255).

Finalmente podemos ver en los ojos alzados de Jesús una expresión esencial de la celebración litúrgica, a saber, que ella tiene como centro y espectador fundamental a la Trinidad beatísima, como nos lo recuerda la oración final del Placeat en el rito tradicional: «Sea de tu agrado, oh Trinidad santa, el obsequio de mi servidumbre; y haz que el sacrificio que yo, indigno, he ofrecido a los ojos de tu Majestad, sea digno de tu aceptación...».

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*Cf. Francisco Sánchez Abellón, Canon Romano, p.253 (pdf)


domingo, 18 de octubre de 2020

LOS EVANGELIOS, CORAZÓN DE LA ESCRITURA

Pieter Aertsen. Los cuatro Evangelistas 
(ca. 1560-1565) Foto: pinterest.es

«Nadie ignora que, entre todas las Escrituras, incluso del Nuevo Testamento, los Evangelios ocupan, con razón, el lugar preeminente, puesto que son el testimonio principal de la vida y doctrina del Verbo Encarnado, nuestro Salvador.

La Iglesia siempre ha defendido y defiende que los cuatro Evangelios tienen origen apostólico. Pues lo que los Apóstoles predicaron por mandato de Cristo, luego, bajo la inspiración del Espíritu Santo, ellos y los varones apostólicos nos lo transmitieron por escrito, fundamento de la fe, es decir, el Evangelio en cuatro redacciones, según Mateo, Marcos, Lucas y Juan.

La Santa Madre Iglesia firme y constantemente ha creído y cree que los cuatro referidos Evangelios, cuya historicidad afirma sin vacilar, comunican fielmente lo que Jesús Hijo de Dios, viviendo entre los hombres, hizo y enseñó realmente para la salvación de ellos, hasta el día que fue levantado al cielo. Los Apóstoles, ciertamente, después de la ascensión del Señor, predicaron a sus oyentes lo que Él había dicho y obrado, con aquella crecida inteligencia de que ellos gozaban, amaestrados por los acontecimientos gloriosos de Cristo y por la luz del Espíritu de verdad. Los autores sagrados escribieron los cuatro Evangelios escogiendo algunas cosas de las muchas que ya se trasmitían de palabra o por escrito, sintetizando otras, o explicándolas atendiendo a la condición de las Iglesias, reteniendo por fin la forma de proclamación de manera que siempre nos comunicaban la verdad sincera acerca de Jesús. Escribieron, pues, sacándolo ya de su memoria o recuerdos, ya del testimonio de quienes "desde el principio fueron testigos oculares y ministros de la palabra" para que conozcamos "la verdad" de las palabras que nos enseñan (cf. Lc 1,2-4)» (Constitución Dogmática Dei Verbum, n. 18 y 19).