miércoles, 15 de noviembre de 2017

LA MAJESTUOSIDAD DE UNA RÚBRICA

 

En la Forma Extraordinaria del Rito Romano, concluido el prefacio con el rezo del Sanctus, nos topamos con una solemne rúbrica que señala los gestos con que el sacerdote debe comenzar la recitación silenciosa del Canon. Dice así:
Sacerdos extendens, elevans aliquantulum et jungens manus, elevansque ad cælum oculos, et statim demittens, profunde inclinatus ante Altare, manibus super eo positis, dicit secreto:
Te ígitur, clementíssime Pater…

El sacerdote, extendiendo y elevando un poco sus manos para luego unirlas, junto con elevar sus ojos al cielo para bajarlos de inmediato, profundamente inclinado ante el Altar y con las manos puestas sobre él, dice en secreto:
A Ti, pues, Padre clementísimo…


Es imposible imaginar una gestualidad tan sencilla y al mismo tiempo tan llena de sacralidad. Una bella sincronía de movimientos, cada uno cargado de sentido, parece elevar hacia lo alto el ser entero del celebrante, para luego abatirlo en humilde reverencia sobre el altar, símbolo de Cristo, que besa con santa unción. Súplica, estupor, adoración, amor filial, oración silenciosa y recogida, se dan cita para acompañar al sacerdote en su entrada regia al Sancta Sanctorum de la Misa. Nada de esto ha permanecido en el Novus Ordo. El celebrante inicia la Plegaria Eucarística como si se tratara de una oración más de la misa; entra en el Sancta Sanctorum del Canon «como Pedro por su casa», como dice el adagio popular, incluso hasta cantando. Triste.

sábado, 11 de noviembre de 2017

¿RECUERDO O PRESAGIO? QUIZÁ AMBAS COSAS


Releo con emoción un pasaje del libro Dios o nada del Cardenal Sarah. Se trata del último párrafo con el que su Eminencia concluye los recuerdos de la visita de San Juan Pablo II a su tierra natal de Guinea, en febrero de 1992. La escena tiene lugar en los jardines del arzobispado de Conakri, la noche antes de la partida del Pontífice, junto a una gruta de Nuestra Señora de Lourdes.
«Después de coronar la imagen de Santísima virgen, el Papa se arrodilló y permaneció recogido un buen rato. La profundidad y la duración de su oración, interminable, impactaron a los fieles allí reunidos. Después se levantó y, dirigiéndose lentamente hacia mí, depositó la hermosa estola que llevaba sobre mis hombros. Sentí una profunda emoción, sin entender el motivo de su gesto, que no estaba previsto. Al subir hacia la residencia, me abrazó y me dijo con rotundidad: ‘Ha sido un bonito final’» (Card. Robert Sarah, Dios o nada, Madrid 2015, p. 84).
Su lectura me evoca inmediatamente un suceso similar ocurrido entre Pablo VI y el entonces Patriarca de Venecia, Cardenal Albino Luciani, luego Juan Pablo II. El mismo Venerable Pontífice lo contó en su primer Angelus, cuando explicó a los fieles allí congregados el porqué de su nombre Juan Pablo: 

«Ayer por la mañana, fui a la Sixtina a votar tranquilamente. Nunca habría imaginado lo que iba a suceder. Apenas comenzó el peligro para mí, los dos colegas que tenía al lado me susurraron palabras de ánimo. Uno me dijo: ‘ánimo, si el Señor da un peso, dará también las fuerzas para llevarlo’. Y el otro compañero: ‘no tenga miedo, en el mundo entero hay mucha gente que reza por el nuevo Papa’. Al llegar el momento, he aceptado.
Después vino la cuestión del nombre, porque preguntan también qué nombre se quiere tomar, y yo había pensado poco en ello. Hice este razonamiento: el Papa Juan quiso consagrarme él personalmente aquí, en la basílica de San Pedro. Después, aunque indignamente, en Venecia le he sucedido en la cátedra de San Marcos, en esa Venecia que todavía está completamente llena del Papa Juan. Lo recuerdan los gondoleros, las religiosas, todos. Pero el Papa Pablo, no sólo me ha hecho cardenal, sino que algunos meses antes, sobre el estrado de la plaza de San Marcos, me hizo poner completamente colorado ante veinte mil personas, porque se quitó la estola y me la puso sobre los hombros. Jamás me he puesto tan rojo. Por otra parte, en quince años de pontificado, este Papa ha demostrado, no sólo a mí, sino a todo el mundo, cómo se ama, cómo se sirve y cómo se trabaja y se sufre por la Iglesia de Cristo. Por estas razones dije: me llamaré Juan Pablo. (Angelus, domingo 27 de agosto de 1978. Cf. vatican.va).

sábado, 4 de noviembre de 2017

¿YOGA? ¿ZEN? NO GRACIAS, PREFIERO EL ROSARIO Y EL VIA CRUCIS

Una tara característica de la Iglesia postconciliar ha consistido en salir a buscar fuera, como mendiga ingrata, lo que en ella ya se contenía de modo sublime y eminente. Un ejemplo típico de este fenómeno es la extraña afición por las prácticas religiosas asiáticas que se ha difundido en ámbitos católicos. Luminoso al respecto es el siguiente texto del Cardenal Ratzinger:  

«Quisiera mencionar dos de las más ricas y profundas oraciones de la cristiandad, que introducen de un modo siempre nuevo en la corriente de la oración eucarística: el Via Crucis y el Santo Rosario. El que hoy nos entreguemos tan rendidamente a las promesas de las prácticas religiosas asiáticas o aparentemente asiáticas se debe a que las hemos olvidado. El Santo Rosario no exige una conciencia esforzada, cuyas exigencias haga imposible practicarlo con frecuencia, sino introducirse en el ritmo del silencio que nos tranquiliza sin violencia y da un nombre al sosiego: Jesús, el fruto bendito de María. María, que ha escondido la palabra viva en el silencio atesorado en su corazón, es el modelo permanente de la verdadera vida religiosa: la estrella que alumbra incluso el cielo caliginoso y nos indica el camino. ¡Ojalá que ella, la Madre de la Iglesia, nos ayude a cumplir cada vez mejor la suprema misión de la Iglesia: la glorificación del Dios vivo del que viene la salvación de los hombres!» (Joseph Card. Ratzinger, Cooperadores de la Verdad, Ed. Rialp, Madrid 1991, p. 386)

jueves, 2 de noviembre de 2017

EL RECUERDO DE LOS DIFUNTOS

«Sancta ergo et salubris cogitatio pro defunctis exorare
ut a peccato solverentur»
(Obra santa y piadosa es orar por los difuntos
para que sean absueltos de sus pecados)
(II Mac, 12, 46)

Acuérdate también, Señor,
de tus hijos N. y N.,
que nos han precedido con el signo de la fe
y duermen ya el sueño de la paz.
A ellos, Señor, y a cuantos descansan en Cristo,
concédeles el lugar del consuelo,
de la luz y de la paz.
Por Cristo, nuestro Señor.
Amén.
(Canon Romano)

domingo, 29 de octubre de 2017

SIMÓN, EL FANÁTICO

A
yer, fiesta de los santos Apóstoles Simón y Judas, leyendo el evangelio del día en un misal de fieles con textos aprobados por la Conferencia Episcopal Mexicana, no he podido evitar soltar una carcajada; al mencionar el nombre de los doce apóstoles elegidos por Jesús, al pobre Simón lo apodan «el Fanático», en vez de la expresión más común en las traducciones castellanas «llamado el Celador» o simplemente «llamado Zelotes» (qui vocatur Zelotes). Si bien los zelotes formaban un movimiento religioso radical en aquella época, desconocemos la razón exacta de este sobrenombre atribuido a Simón. En la catequesis que Benedicto XVI dedicó a los apóstoles Simón y Judas, leemos lo siguiente: «Simón recibe un epíteto diferente en las cuatro listas: mientras Mateo y Marcos lo llaman "Cananeo", Lucas en cambio lo define ‘Zelotes’. En realidad, los dos calificativos son equivalentes, pues significan lo mismo: en hebreo, el verbo qanà' significa ‘ser celoso, apasionado’ y se puede aplicar tanto a Dios, en cuanto que es celoso del pueblo que eligió (cf. Ex 20, 5), como a los hombres que tienen celo ardiente por servir al Dios único con plena entrega, como Elías (cf. 1 R 19, 10).
Por tanto, es muy posible que este Simón, si no pertenecía propiamente al movimiento nacionalista de los zelotes, al menos se distinguiera por un celo ardiente por la identidad judía y, consiguientemente, por Dios, por su pueblo y por la Ley divina» (Audiencia del 11 de octubre de 2006).

La traducción mexicana «llamado el Fanático», aparte de ser algo burda, se presta para interpretaciones muy dispares e incluso negativas sobre el apóstol elegido. Si hoy Simón es llamado «el Fanático», mañana podría ser llamado «el Rígido», o incluso «el Guerrillero». Aunque se trate de un pequeño y hasta insignificante episodio, lo recojo sin embargo como botón de muestra para justificar el temor que a no pocos ocasiona la idea de abandonar las traducciones litúrgicas casi exclusivamente en manos de los episcopados nacionales. Los obispos apenas conocen ya las lenguas clásicas y, por lo mismo, son muy vulnerables frente a los criterios de los «expertos liturgistas» que giran en torno a las conferencias episcopales, arrastrando muchas veces cargas ideológicas evidentes. El peligro de manipulación de la fe que puede llevarse a cabo por medio de las traducciones no es menor. Se comprende entonces que el Cardenal Sarah quiera defender la autoridad de la Sede Apostólica como instancia última de aprobación de las traducciones litúrgicas: lo exige la unidad y universalidad de la fe. Además, garantiza un mínimo de elegancia y competencia lingüística frente a regionalismos grotescos. 
En cualquier caso, los obispos mexicanos en algo llevan razón: Simón y sus compañeros fueron, por gracia de Dios, verdaderos «fanáticos» de Jesucristo.

jueves, 26 de octubre de 2017

SANO ESCEPTICISMO


¿Para qué engañarnos? –La ciencia no ha contestado ni una sola pregunta importante.

«Tener fe en el hombre» no alcanza a ser blasfemia, es otra bobería más.

El moderno cree vivir en un pluralismo de opiniones, cuando lo que hoy impera es una unanimidad asfixiante.

(Nicolás Gómez Dávila)

lunes, 23 de octubre de 2017

MÁXIMAS DE AMOR A DIOS

Cristo de los Cálices, Sevilla. Foto: wikimedia

«¡Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé!» (San Agustín)

«Me hubiese gustado ser tuyo desde el primer momento: desde el primer latido de mi corazón, desde el primer instante en que la razón mía comenzó a ejercitarse» (San Josemaría Escrivá)

«El Maestro me urge a separarme de todo lo que no sea Él» (Santa Isabel de Trinidad)

«No hay nada que obre la verdadera vida divina en nosotros como el unirse a la flaqueza divina de Jesús» (Beato Columba Marmión)

«Mi mayor contento, oh mi amado Redentor, es saber que vuestra felicidad es infinita» (San Alfonso María de Ligorio)

«El aprovechamiento del alma no está en pensar mucho, sino en amar mucho» (Santa Teresa de Jesús)

jueves, 19 de octubre de 2017

MARTIN MOSEBACH, LA MISA TRADICIONAL ME DEVOLVIÓ A LA IGLESIA

El Cardenal Müller conversa con Martin Mosebach. 
Foto: Present

El pasado 13 de octubre, el periódico católico francés Présent ha publicado una entrevista al conocido escritor alemán Martin Mosebach con ocasión del Congreso Summorum Pontificum realizado en Roma, el pasado mes de septiembre, para celebrar los 10 años de este importante documento de Benedicto XVI. Las intuiciones siempre vivas y sugerentes del literato alemán, ameritan su publicación en español.

Fuente: present.fr
Texto recogido en tradinews
Traducción a cargo del blog

Entrevista con Martin Mosebach: un gran defensor de la liturgia tradicional.

Martin Mosebach es un famoso escritor alemán, conocido a la vez como novelista, guionista, dramaturgo, ensayista y poeta. En el año 2007 ganó el Premio Georg-Büchner, uno de los premios literarios más prestigiosos del país. Sus artículos sobre su descubrimiento y defensa de la liturgia tradicional han causado algún revuelo, y su voz no puede ser ignorada. Fue uno de los ponentes en el Coloquio del 14 de septiembre en Roma con ocasión de la peregrinación de Summorum Pontificum

¿Cuál ha sido el papel que ha jugado el descubrimiento de la liturgia católica tradicional en el crecimiento de su fe católica?

Es el descubrimiento de la liturgia tradicional lo que me devolvió a la Iglesia. Yo no soy un teórico ni un filósofo, sino más bien una persona práctica: la liturgia tradicional fue para mí la forma visible de la Iglesia y, por tanto, de la Iglesia misma. La religión de la Encarnación posee un rito de la encarnación. El lado físico del rito me convence porque el Dios de los cristianos se ha hecho carne.   

¿Qué cambiaría hoy a lo dicho en su libro «La liturgia y su enemigo, la herejía de lo informe» publicado (en el caso de la traducción francesa) en 2005?

Después de haber enviado innumerables cartas a Roma, me quedó claro que en el corazón de la Iglesia no había ninguna voluntad decidida de alentar verdaderamente la liturgia tradicional. El papa Juan Pablo II no mostraba mayor interés en la liturgia y el cardenal Ratzinger se topó con una violenta resistencia contra todo lo que quería hacer en el campo de la liturgia. Yo estaba convencido de que escribía por una causa perdida. Por otro lado, hoy la situación de la liturgia se presenta mejor.

En el año 2005, usted escribía en particular que el católico ligado al rito tradicional no tenía «ningún derecho a la esperanza». ¿Lo tiene ahora? ¿Y en qué medida?

Sería poco razonable afirmar que Summorum Pontificum no haya mejorado considerablemente la situación del rito tradicional. La mayor esperanza radica en los jóvenes sacerdotes, mucho más favorables al antiguo rito. Pero no debemos olvidar que el combate está lejos de terminar. La mayoría de los católicos han perdido el sentido litúrgico. Muchos católicos piadosos no comprenden en absoluto el problema de salvaguardar la liturgia tradicional. A esto se añade todavía la habitual incomprensión de una gran parte de los obispos. Mi esperanza se funda en una conversión impredecible de mentalidad; solo ella puede permitir un amplio reconocimiento del rito tradicional.

Estamos celebrando en el 2017 el décimo aniversario del motu proprio de Benedicto XVI, que precisamente ha declarado que el rito tradicional nunca fue prohibido, en contra de lo que afirman muchos sacerdotes e incluso obispos, rito tradicional que el papa ha querido sacar de las catacumbas ¿Pero qué cosa sucede hoy en este campo? ¿En Alemania, por ejemplo?

Hay efectivamente muchos más lugares donde se puede celebrar el rito tradicional, pero son en gran medida insuficientes. Sobre todo, se impide a los sacerdotes diocesanos celebrar el rito tradicional. En las parroquias ordinarias, solo una pequeña parte de los católicos tiene la posibilidad de llegar a conocerlo. El que lo busca puede ahora encontrarlo en Alemania, pero para buscarlo, es necesario conocerlo y la mayoría todavía está muy lejos de esto.

Usted plantea el problema de los cantos interpretados durante la misa en Alemania, que no son muy antiguos (se insertaron para responder al protestantismo). ¿Está de acuerdo en esto con el cardenal Sarah y su alabanza del silencio?

El problema de los cantos consiste, sobre todo, en que ocultan el desarrollo de la liturgia. La liturgia es confusa para los feligreses cuando ellos cantan y el sacerdote está haciendo algo completamente diferente. Se trata de un problema esencialmente alemán, que aún no es demasiado importante; la mayoría de las canciones son muy bellas, pero perturban la liturgia. El elogio del silencio del que ha hablado el Cardenal Sarah creo que se refiere sobre todo al silencio del Canon, que naturalmente no se pronuncia en voz alta.
Mi discurso contra los cantos era sobre todo un discurso en favor del canto gregoriano, un retorno a la música esencial de la Iglesia, una música que es parte integrante de la liturgia y no su mera decoración.

Usted señala que el anti-ritualismo actual se debe más a una debilidad religiosa, a una especie de astenia, que a una pasión religiosa. ¿No es esto peor que cualquier otra cosa?

¡Sí, es mucho más serio! Las antiguas herejías se caracterizaron por una pasión violenta los herejes a menudo estaban dispuestos a arriesgar sus vidas y sus seguidores eran por lo general ascetas; basta pensar en el calvinismo francés. La crisis actual es el resultado de un aburguesamiento de la Iglesia y propaga además una mediocridad burguesa. Su fruto es la herejía del indiferentismo. 

Hoy, en Roma, en septiembre del 2017, con ocasión de este aniversario del motu proprio Summorum Pontificum, ¿no vemos «a estos sacerdotes y monjes inflexibles que ahora mantienen viva la tradición con su resistencia, para que un día no tenga que ser reconstruida de manera libresca (teórica)» como eran sus deseos?

Efectivamente, forma parte de la gran dicha de este coloquio romano ver cómo un buen número de jóvenes sacerdotes y monjes están listos para tomar la antorcha. En relación al número total de católicos en el mundo, siguen siendo pocos, pero sin embargo suficientes para mantener viva la cuestión del rito. También es una ventaja especial que hoy existan muchas comunidades espirituales de carácter muy diverso que se esfuerzan por mantener el rito tradicional; es algo verdaderamente católico y muestra que el rito tiene su lugar en todas las formas imaginables de espiritualidad.

martes, 17 de octubre de 2017

MISA TRADICIONAL EN LA SERENA

Con alegría publicamos la invitación del cœtus fidelium de la Forma Extraordinaria del Rito Romano, desde hace años firmemente consolidado en la ciudad de La Serena (Chile), a la Misa Solemne que se celebrará con ocasión de la Fiesta de Cristo Rey (último domingo de octubre en el calendario tradicional). La difusión de la Misa antigua es un don que el Espíritu Santo ha querido suscitar nuevamente en nuestro tiempo y constituye un instrumento indispensable de evangelización, de crecimiento en la fe y una cantera de jóvenes vocaciones. Nuestros mejores augurios a los amigos de La Serena; «Oportet Illum Regnare», «Conviene que Él reine» (I Cor 15, 25).




lunes, 16 de octubre de 2017

UN CURIOSO CULTO SEDENTE

Con esta expresión John Eppstein (1895-1988), escritor converso del anglicanismo, describía uno de los rasgos de la misa establecida después del Concilio Vaticano II. En efecto, la sede presidencial y el ambón aparecieron tan sobredimensionados por los nuevos liturgistas, que hasta el Sagrario se vio desplazado por estos modernos «signos» de la presencia de Dios. Después de tantos años de reforma litúrgica (hoy la liturgia prácticamente se ha quedado sin forma), el católico medio ha terminado por acostumbrarse a usos, modas y costumbres que para nuestros abuelos y antepasados hubieran resultado simplemente inviables. Siempre resultará interesante oír la voz de quienes fueron los primeros testigos de la reforma litúrgica, para así comprender sus sentimientos y hacernos solidarios de su dolor: con estupor presenciaron a la misa católica revestirse con ornamentos de cena protestante. Con estilo y fina ironía, John Eppstein nos ha dejado un valioso testimonio de lo que muchos católicos experimentaron cuando se estrenó la nueva liturgia. He aquí un breve extracto.


«C
laro está que lo que causa congoja a tantos fieles no es solamente la cuestión lingüística, sino algo de mayor trascendencia: la supresión en la nueva liturgia truncada de ciertos elementos a los que, como veremos más adelante, la misa tridentina daba gran relieve. Y es asimismo la transformación del sacerdote que eleva preces a Dios y le ofrece el sacrificio del altar en nombre de los fieles en caricatura de un pastor protestante que grita desde el otro lado de una mesa o de un facistol y el deliberado ataque de las nuevas instrucciones contra la costumbre de arrodillarse para orar y para otros usos devotos. Ha surgido un curioso culto sedente. El sacerdote (la rúbrica general de la nueva misa le denomina «el presidente») se sienta contemplando taciturnamente a los fieles, como un buda, cuando no les lee las Escrituras o les habla. Y el resultado práctico de que emplee la lengua vernácula para dirigirles sus preces a ellos, sea desde el facistol o desde el otro lado de la mesa altar, aunque en teoría dirige sus palabras a Dios todopoderoso, es que propende a tomar un tonillo retórico que más bien busca impresionar a unos oyentes humanos con su elocuencia. Esto hace que quienes le escuchan adviertan inevitablemente la personalidad del oficiante, con verrugas y todo. Lo cual dista notoriamente del respeto despersonificado al quehacer sacerdotal que siempre ha distinguido al culto católico de los servicios protestantes, más gregarios, respeto que reducía al mínimo las distracciones. El empleo de la antigua lengua hierática y las exactas rúbricas que regían los actos del celebrante coadyuvaban a evitar que los defectos personales enturbiaran su sagrado menester». (John Eppstein, ¿Se ha vuelto loca la Iglesia Católica?, Ed. Guadarrama, Madrid 1973, p. 36-37)

martes, 10 de octubre de 2017

UNA CORRESPONDENCIA SORPRENDENTEMENTE ACTUAL

Un huracán de estupidez y abyección sopla por todos lados sobre la vasta extensión del mundo católico

Cartuja de La Valsainte (Suiza). Aquí entró Dom Porion en 1925  

Me he topado por casualidad con una interesante correspondencia entre Jacques Maritain (1882-1973), el conocido filósofo francés, amigo cercano de Pablo VI, y Dom Jean-Baptiste Porion (1899-1987), religioso cartujo francés, hombre de gran contemplación y, durante años, Procurador general de la Orden de los Cartujos en Roma. Ambos fueron testigos privilegiados de la gestación y desarrollo del Concilio Vaticano II, como también del extraño cariz que iban tomando sus reformas a medida que la asamblea se acercaba a su fin. Estas cartas, a la vez que reflejan un ánimo alterado frente a las amenazas que se cernían sobre la Iglesia, me parecen de una actualidad sorprendente, a pesar del medio siglo transcurrido desde que fueron escritas. Esto me ha motivado a traducirlas y traerlas al blog. El caso del filósofo francés me parece además particularmente elocuente sobre otro hecho: la congoja y desolación hasta el desgarro que tantos espíritus experimentaron por la precipitada y desprolija invasión de la lengua vernácula en la liturgia. Esperemos que las recientes disposiciones que otorgan mayor autonomía a las conferencias episcopales para la traducción de los textos litúrgicos, no se transforme en otra ola de fealdad y mal gusto que golpee nuevamente nuestra frágil liturgia, hace tiempo en riesgo de zozobrar.

Carta de Dom Jean-Baptiste Porion a Jacques Maritain, 7 de mayo de 1965

Estimado Señor Maritain,

[…] encomiendo a vuestra oración nuestro próximo capítulo general. En este  deslizamiento de tierra que socava todas las estructuras de la Iglesia, hasta ahora nuestra Orden no se ha movido. Pero es difícil que no se resienta por las consecuencias. Lo que más me preocupa actualmente, son los esfuerzos del cuerpo eclesiástico por expulsar el elemento eremítico, ascético y contemplativo  de la tradición cristiana.
En el pasado, los pontífices podían ser santos o estar muy lejos de serlo, y lo mismo los teólogos, pero su estima por la vida monacal y por su dedicación a las realidades eternas no variaba; nosotros hemos vivido nueve siglos de la fe de la Iglesia, somos un acto de fe de la Iglesia. Si se confirma el cambio que se ha producido en este sentido, es difícil que no sea fatal para las Órdenes de monjes, o de monjas contemplativas y de clausura.
Encuentro a mis interlocutores romanos más o menos resignados a esta evolución. Lo que apremia a los clérigos actualmente es la urgencia por abrir la Iglesia a los valores del mundo, manifestar en su nombre «una auténtica voluntad de acogida» para el mundo y sus progresos maravillosos. (Hay en este deseo algo de auténtico y justo, pero también un acento de vulgaridad y de tontería tan profunda, que no es posible formularlo sin ironía.)  Por otra parte, en el hecho mismo de nuestro creciente aislamiento, reconocemos una característica de nuestra vocación y la tomamos como una gracia, tratando de ser más fiel a ella.
Agradeciéndole una vez más, ruego que acepte, querido Señor Maritain, mis sentimientos de respeto.
En Nuestro Señor,
J. Baptiste M. Porion, O. Cart.

Respuesta de Jacques Maritain

Toulouse, 16 de mayo de 1965

  Mil gracias por su amable carta, mi querido Padre y amigo. [...] Lo que me ha escrito acerca de su próximo capítulo general me ha conmovido profundamente. Me parece muy significativo desde el punto de vista de la filosofía de la historia que, justo cuando en el Concilio el Espíritu Santo hace proclamar (en un lenguaje a mi parecer demasiado cargado de retórica) cambios de actitud que representan un progreso inmenso (y que han tardado demasiado), al mismo tiempo un huracán de estupidez y de abyección de poder extraordinario y aparentemente irresistible, sople por todos lados sobre la vasta extensión del mundo católico, especialmente el eclesiástico. Esta crisis me parece una de los más graves que la Iglesia jamás ha conocido. Ella tiene a mis ojos un carácter escatológico y parece anunciar grandes apostasías. [...] Lo que hoy vemos es una postración delirante y general ante el mundo. Todos estos católicos, todos estos sacerdotes extasiados ante el mundo, dando gemidos de amor y adoración cuando se trata de él, y que repudian frenéticamente todo aquello que, tanto en el orden intelectual como en el orden espiritual, ha constituido la fuerza de la Iglesia, es verdaderamente un espectáculo curioso, y que no se explica, a mi parecer, más que de una manera freudiana, por una repentina liberación colectiva de miserables libídines reprimidas durante largo tiempo. No es el becerro de oro lo que adoran, sino una cerda de aluminio con cerebro electrónico. Y si todavía se dicen cristianos, es porque creen que mediante un cristianismo debidamente mundanizado podremos alcanzar al fin «la plenitud de la naturaleza». Está claro que Dios y el diablo trabajan simultáneamente en la historia humana; y cuando el Espíritu Santo comienza a soplar, el otro produce inmediatamente sus huracanes.
Perdone toda esta perorata debida sin duda a la exasperación en que me encuentro al ver la misa, que cada mañana era un momento de paz para mi pobre alma, invadida ahora por la tontería, la fealdad y la vulgaridad de la estúpida traducción francesa que nuestro episcopado se apresuró en aprobar…
Reciba, mi querido Padre y amigo, mi más afectuosa y devota veneración.
Jacques Maritain

Fuente y textos originales: lesalonbeige

sábado, 7 de octubre de 2017

EL ROSARIO Y LOS PAPAS


Ninguna oración ha sido tan recomendada y alabada por los Papas del último siglo como el rezo del Santo Rosario; es la rosa más preciosa para honrar a Santa María, el arma más potente para vencer a los enemigos de la Iglesia, y la cadena más segura para trepar a las alturas de la felicidad celestial.

1. «El Rosario es la más agradable de las oraciones, resumen del culto que se debe tributar a la Virgen, una manera fácil de hacer recordar a las almas sencillas los dogmas principales de la fe cristiana, un modo eficaz de curar el demasiado apego a lo material y un remedio para acostumbrarse a pensar en lo eterno que nos espera». León XIII

2. «El Rosario es de todas las oraciones la más bella. La más rica en gracias y la que más complace a la Santísima Virgen». San Pío X

3. «El Rosario ocupa el primer puesto entre las devociones en honor de la Virgen y sirve para progresar en la fe, la esperanza y la caridad». Pío XI

4. «El Rosario es arma poderosísima para curar los males que afligen a nuestro mundo». Pío XII

5. «El Rosario es la Biblia de los pobres… Es el obsequio mejor a María… Es oración para todo tipo de gentes… Es la síntesis de la redención en quince cuadros… Es el Evangelio que revive… Son quince ventanas a través de las cuales contemplo, a  la luz de Dios, todo lo que sucede en el mundo… Es una magnífica posibilidad de contemplación». San Juan XXIII

6. «El Rosario es una oración sencillísima y bellísima, que invita al reposo interior, al abandono en Dios y a la confianza en la seguridad de obtener las gracias que necesitamos por la meditación poderosa de la Santísima Virgen María, cuyo nombre constantemente invocamos». Beato Pablo VI

7. «El Rosario es mi oración predilecta. ¡Plegaria maravillosa! En su sencillez y en su profundidad. En esa plegaria repetimos muchas veces las palabras que la Virgen oyó del Arcángel y de su prima Isabel. Y en el trasfondo de las Aves Marías, pasan ante los ojos del alma los episodios principales de la vida de Jesucristo. El Rosario en su conjunto consta de los misterios gozosos, dolorosos y gloriosos, y nos pone en comunión vital con Jesucristo a través del corazón de su madre». Juan Pablo II

8. «El Rosario es una escalera para subir al cielo… El Rosario nos proporciona dos alas para elevarnos en la vida espiritual… Es la oración más sencilla a la Virgen, pero la más llena de contenidos bíblicos… Cuando rezamos el Rosario, está la Santísima Virgen rezando con nosotros. En el Rosario hacemos lo que hace María, meditamos en nuestro corazón los Misterios de Cristo». San Juan Pablo II

9. «Tanto el rezo del Rosario como el del Ángelus debe ser para todos los cristianos y aún más para la familia cristiana y las comunidades religiosas como un oasis espiritual en el curso de la jornada para tomar valor y afán». San Juan Pablo II

10. «El Rosario es una oración contemplativa y cristocéntrica, inseparable de la meditación de la Sagrada Escritura. Es la plegaria del cristiano que avanza en la peregrinación de la fe, siguiendo a Jesús, precedido por María». Benedicto XVI

11. «El Rosario es la oración que acompaña siempre mi vida; también es la oración de los sencillos y de los santos… es la oración de mi corazón». Papa Francisco.

martes, 3 de octubre de 2017

VETUS ORDO EN VALENCIA

 Ermita de Santa Lucía. Valencia, España

C
ada domingo, la hermosa ermita de Santa Lucía, no lejos del casco histórico de la ciudad, y que alberga en su interior numerosas obras de arte de los siglos XVII, XVIII y XIX, acoge a los fieles niños, jóvenes y adultos que desean asistir a la Santa Misa según la forma extraordinaria del rito romano. Un ambiente familiar de recogimiento, piedad y activa participación acompaña la celebración eucarística; así lo muestran las fotografías que un amigo nos acaba de enviar de la misa del domingo pasado.





sábado, 30 de septiembre de 2017

CONSEJOS DE JERÓNIMO A SACERDOTES Y MONJES


  «Ocupaos siempre en algún trabajo, para que el demonio nunca os halle ocioso, y así no tenga entrada en vuestra alma» 

  «Siempre esté en vuestra mano la Sagrada Escritura»

  «Ningún arte se puede aprender sin maestro»

  «Las mujeres conozcan vuestro nombre, pero ignoren vuestro semblante»

  «Haced oración a menudo e, inclinando el cuerpo a la tierra, enderezad y levantad el corazón al Cielo»

  «Cuando enseñareis o predicareis en la iglesia, sea tal la doctrina que más provoque lágrimas que aplausos y  aclamaciones. Las lágrimas de los oyentes sean vuestras alabanzas»

  «Si deseáis cosas aún más perfectas, salid como Abrahán de vuestra tierra y de vuestra parentela, y caminad a donde no sabéis»

  «Cuerpo y alma se encaminen juntos al Señor»

  «Os aconsejo que viváis en compañía de varones santos y piadosos, que no os conduzcáis por vuestra propias luces, y que no os engolféis sin guía en los senderos en que jamás habéis andado»

  «Las pláticas del sacerdote estén siempre saboreadas con la lectura de las Escrituras»

 «Estad sujeto a vuestro obispo y reverenciadle como a padre de vuestra alma… Pero también los obispos deben considerar que son sacerdotes y no amos; y así deben honrar a los clérigos, para que los clérigos los honren a ellos como obispos…»

  «Más vale confiar en el Señor que en el hombre y mejor es esperar en el Señor que en los príncipes»

jueves, 28 de septiembre de 2017

EL VIEJO MISAL: UNA EXPERIENCIA

Con un sugestivo y entrañable relato, José Pérez Adán, sociólogo, docente de la Universidad de Valencia y gestor de la Secretaría de la Universidad Libre Internacional de las Américas en dicha ciudad, ha querido compartir con amigos y colegas una experiencia suya reciente e inolvidable: su reencuentro con la antigua liturgia. Agradecemos la gentileza de facilitarnos el texto para su publicación, y deseamos que su lectura sea augurio de vivencias similares.

EL VIEJO MISAL         
Por José Pérez Adán

S
iguiendo el consejo de un santo lo guardé cuando dejó de usarse. Le tenía cariño y de hecho lo he venido leyendo y repasando con asiduidad nostálgica muchos años, deseando tener la oportunidad de asistir de nuevo con la devoción de mi juventud a una misa de aquellas. Cuando Benedicto XVI promulgó Summorum Pontificum en 2007 pensé que había llegado el momento y que ya no tendría que esperar más y que encontraría facilidades por doquier para reencontrarme con esa piedad bendita y bella. Pero no. Mi desengaño fue grande al constatar que los clérigos (incluso algunos que habían oído el mismo consejo de labios del mismo santo) ya se habían acostumbrado a mandar un poco más y estaban cómodos decidiendo (¡espejismo de libertad!) la posibilidad litúrgica del día como permitía la reforma, y centrando las miradas de la feligresía en ellos mismos. Por más que busqué, ahora al amparo del derecho, no encontré ni siquiera entre los más veteranos quien detectase su deber en el derecho del laico, como dice el Motu Propio del papa Benedicto.

  He conocido a bastantes sacerdotes pero ahora solo unos pocos auténticamente servidores. Muchos se han tornado mandones y pagados de sí mismos, y últimamente vuelven los trabucaires, esos que ven en la moral una excusa para hablar y pontificar de política y asuntos profanos por doquier. Siempre me he confesado un católico anticlerical pero creo que hoy en día tengo más razones para justificarlo a ojos extraños.

  Ayer, sin embargo, encontré un cura que me devolvió un hálito de esperanza y alegría. Un amigo me invitó a la misa que según el modo extraordinario se celebra los domingos en Valencia en la ermita de Santa Lucía, uno de los dos únicos templos que no fue profanado en la persecución religiosa del 36 en la ciudad (por cierto la más sangrienta de memoria histórica conocida). Era la primera vez que volvería a usar mi viejo misal después de tantos años en una celebración eucarística. La verdad es que iba con prevención. Temía encontrarme con un grupo de viejos intransigentes haciendo ostentación de tozudo enfrentamiento y también temía no encontrar la visibilidad formal de la sumisión a Dios que añoraba. Mis temores se desvanecieron enseguida. La feligresía era bastante más joven que la habitual en las misas de domingo. A mi lado se sentó un muchacho de unos quince años que contestaba en latín sin necesidad de leer su misal. Todos sabíamos lo que hacíamos ahí. El centro de atención era el sagrario y el protagonista Dios Padre, a quien se ofrecía el sacrificio. El cura no se hizo notar en absoluto, ni siquiera en su breve homilía de menos de cinco minutos. De hecho podía haber sido cualquier otro y la solemnidad y recogimiento quedaron salvados en todo momento. Hizo lo que tenía que hacer muy bien impersonando al oferente y víctima y, por tanto, pasando desapercibido. Todo muy preciso, fluido y digno. Al contrario de lo que ocurre en otros templos, y eso que era mi primera vez después de tanto tiempo, no hubo casi ninguna distracción y todo pasó o se me hizo muy rápido. ¡Qué bien!, ¡qué gusto!, ¡qué paz!

  Al salir saludé a algún conocido con sorpresa mutua y volviendo a casa en el autobús, ciertamente emocionado, contemplé mi viejo misal, lo acaricié y besé con cariño. Y comprendí un poco más y mejor, agradecido, a ese sacerdote santo que me aconsejó conservarlo.

lunes, 25 de septiembre de 2017

MEJOR ADORAR QUE ANIMAR

Siempre he considerado que la figura del animador litúrgico encierra el reconocimiento tácito del gran fracaso litúrgico contemporáneo. Cuando los signos litúrgicos se vuelven incapaces de hablar por sí mismos y necesitan de reanimación, es casi seguro que estamos en presencia de un cadáver. Por esta razón me ha interesado un artículo de Aldo Maria Valli, particularmente luminoso sobre el tema, cuya traducción presento a continuación.

¿Animar la Liturgia? No, gracias. Mejor servirla
Por Aldo Maria Valli
E
ntro en una librería y veo numerosos «subsidios para la animación litúrgica». Frente a este tipo de textos, siempre quedo un poco perplejo. ¿Qué cosa debería ser animada por la liturgia? Para ser sincero, nuestras liturgias me parecen ya demasiado animadas, en el sentido de que veo mucha humana fantasía y poco recogimiento, una cierta confusión y poca adoración.
La cháchara que hay en la iglesia, antes del comienzo de una celebración, es reveladora. ¿Será posible que la gente no sea capaz de estar en silencio ni siquiera en esta circunstancia? ¿Será posible que ya no se esté en condiciones de distinguir entre un espacio y un tiempo ordinario y un espacio y un tiempo sagrado?
Más que subsidios para la animación litúrgica, yo publicaría subsidios para enseñar el silencio.
Según un querido amigo mío, la idea de que la liturgia tenga que ser «animada» nace del hecho de que hay también muchos católicos que ignoran qué cosa sea la liturgia católica. Ya no la viven como el lugar, el contexto en el que es posible acercarse a Dios a través de su Hijo; el lugar en el que se puede tocar a Cristo mediante los sacramentos, sino como una simple reunión social. De aquí que el énfasis recaiga sobre la animación. Si en el centro se encuentra la comunidad, como si la liturgia consistiera en el encontrarse de la comunidad misma, entonces llega a ser importante la animación. Como en las fiestas de niños, dónde la presencia del animador parece cosa obligada.
Nosotros, me dice mi amigo, quizá todavía hablamos de «comunión», pero la imaginamos como una simple reunión social hacia la cual todo se orienta; incluso la Santa Misa se convierte en ocasión de compartir socialmente.
Este modo de ver la liturgia tiene una consecuencia importante: puesto que ya no es culto, es decir, literalmente, cultivo de la relación con Dios, sino simplemente reunión, el objetivo número uno llega a consistir en no excluir a nadie. En el mismo momento en que la asamblea se constituye como protagonista, el fin se convierte en la asamblea misma. Por tanto, mientras más grande sea la asamblea, mejor. De aquí la idea de que en la liturgia puedan participar todos, independientemente del propio estado espiritual o de la propia fe.
En esta visión, dominada por la idea de que la liturgia es una reunión y la asamblea su protagonista, el mal no está en la incapacidad de dar gloria a Dios, sino en la posible exclusión de alguno. Por tanto, puertas abiertas.
Pero así se olvida que la liturgia católica no es un simple reencontrarse, en sentido genérico. Es comunión en el Espíritu Santo, comunión de los bautizados. Se olvida que a la eucaristía se llega proviniendo del bautismo.
Dice mi amigo, que es un teólogo experto: el pensamiento común sostiene que todos somos hijos de Dios y que, por tanto, nadie puede ser excluido de la liturgia. Pero no todos somos bautizados, y la liturgia católica es para los bautizados, para gente que está en comunión en el Espíritu Santo. Decir que todos somos hijos de Dios, dando a entender de este modo que somos todos iguales, significa negar el bautismo. Si para entrar en la Iglesia y participar en la liturgia basta ser hijo de Dios, ¿qué necesidad hay del bautismo? Y si no hay necesidad del bautismo, ¿por qué no admitir a todos a la eucaristía, incluso a los no católicos?

Para mi amigo teólogo, en el momento en que la liturgia pierde su connotación divina y se convierte exclusivamente en un hecho social, también la comunidad cristiana pierde la fe en el Dios encarnado. En su sitio, tenemos una genérica fe en un Dios universal. Tenemos un vago deísmo, que gusta mucho al mundo pero no es católico. Desde este punto de vista, la crisis de la fe tiene su presupuesto, quizá el más relevante, precisamente en la crisis de la liturgia.

La liturgia tiene sentido en la medida en que el cielo desciende sobre la tierra, y lo divino entra en lo humano. Si esta dimensión divina se descuida o, peor aún, se niega, estamos frente a una falsificación de la liturgia. Quizá formalmente pueda parecer todavía católica, pero en sustancia es falsa. Ya no transmite más la fe en el hombre Jesucristo que ha venido al mundo, sino que celebra al hombre.
¿El remedio? Hacer renacer el sentido de lo sagrado en los corazones.
Según mi amigo, muchos fieles, por aquí y por allá, se han dado cuenta y buscan refugio, para que la liturgia vuelva a ser un acto de glorificación a Dios, en un espacio y en un tiempo sagrados, y no simple espectáculo social. En una época como la nuestra, marcada por una gran confusión, es necesario volver a lo fundamental: reconocer lo sagrado, distinguiéndolo de lo ordinario; reconocer que la liturgia es el espacio y el tiempo en los que Dios, y no el hombre, tiene sus derechos. Y enseñarlo a los bautizados desde niños.
Más que de animación hay necesidad de estupor ante el misterio de lo sagrado. La liturgia no debe ser animada. Si acaso, debe ser servida.