martes, 16 de abril de 2013

86 AÑOS DEL PAPA BENEDICTO


“Su vida y su misión son una maravillosa obra de Dios”. Así resumía la vida de Benedicto XVI, hace algunas semanas, el profesor y teólogo de Colombo Anton Meemana. Quizá muchos recordarán la célebre homilía que pronunció el Cardenal Ratzinger, entonces Decano del Colegio Cardenalicio, en las exequias de Juan Pablo II. Toda ella giró en torno al diálogo, compuesto de llamada y respuesta, entre Dios y el santo Papa difunto: a cada “sígueme” de Jesús, siguió el “aquí estoy” de Karol Wojtyla. Y es ese diálogo el secreto que transforma una vida humana en una maravillosa obra de Dios.  Igualmente lo ha sabido hacer Joseph Ratzinger; dotado de talentos muy superiores a la media común de los hombres buenos e inteligentes, prefirió no brillar con colores propios, sino poner toda su vida talentosa al servicio de Dios y de su Iglesia santa: toda su riqueza la invirtió en la Iglesia y quiso que fructificara solo para ella. Por eso su figura permanecerá incólume entre los grandes de la Iglesia. Dotado de una sensibilidad estética casi angelical, su vida está también marcada por el empeño de mostrarnos la belleza del Logos divino, de la verdad, de la fe, del culto católico. Ante un mundo famélico y anoréxico de trascendencia, Benedicto XVI nos ha ofrecido con su vida y su magisterio un manjar suculento de verdad y belleza. Unidos en la oración, millones de fieles te decimos hoy, Papa Benedicto: gracias y muchas felicidades.

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