miércoles, 23 de enero de 2013

AD ORIENTEM: UN PRECIOSO APORTE LITÚRGICO DE SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ

Siempre he pensado que no hay mejor liturgista que el santo, porque la aprende y vive directamente de su fuente: un amor apasionado a Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote. Y he aquí que un amigo sacerdote del Opus Dei me hace llegar un breve y bello texto –una joyita me atrevería a decir- de San Josemaría dando razón de su preferencia por la celebración de la Misa ad Orientem o de espaldas a los fieles. Son palabras recogidas de uno de los tantos coloquios que tuvo en abril de 1973, en Roma, con motivo de la Convivencia internacional de Semana Santa, con jóvenes provenientes de todo el mundo. Años de intenso dolor por la situación de crisis en la Iglesia y de abusos sin límites en el campo litúrgico y doctrinal. Bien, respondiendo a una pregunta sobre cómo sacar más provecho espiritual de la Misa, señaló: "Primero, oyéndola con mucha veneración, preparándola quizá con un misalito pequeño, aunque sea antiguo, para darte cuenta de que la Santa Misa es la renovación incruenta del Sacrifico divino del Calvario. ¡Nada de cenas ni de comidas! El sacerdote es Cristo. Cuando yo estoy en el altar no soy presidente de nada: soy el mismo Cristo; le presto mi pobre cuerpo y mi voz. Por esto, cogiendo el Pan, digo: esto es mi Cuerpo. Y tomando el Cáliz del vino, digo: esta es mi Sangre. Es muy hermoso que el sacerdote esté de espaldas a los fieles: porque no podemos, con nuestra pobre cara humana, representar la faz divina de Jesucristo".



  Veo aquí un novedoso argumento teológico y místico a favor de la celebración ad orientem. Además de la dimensión cósmica de la liturgia –aspecto tan querido de Benedicto XVI-, por la que todos oran en una misma dirección, hacia el lugar por donde sale el Sol de Justicia que es Cristo luz del mundo; además de la dimensión escatológica, por la que toda celebración es obviam Sponso, al encuentro del Esposo y por la que todos oran hacia el mismo horizonte desde el que ha de llegar el Amado, San Josemaría nos ofrece una nueva y tercera dimensión de la liturgia que me gustaría llamar mística. El sacerdote, cuando consagra el Cuerpo y la Sangre de Cristo, sabemos que solo puede hacerlo si actúa in persona Christi, y de una manera tal, que su misma condición de instrumento parece reducirse a su mínima expresión, como sugiere Santo Tomás en S. Th., III, q. 78, a.1 c. En ningún otro sacramento se da tal plenitud de cercanía e identificación entre Cristo y el sacerdote que en la celebración eucarística. Con esta realidad teológica parece sintonizar muy bien la exigencia de que la persona humana del celebrante, y en especial su rostro, deba velarse y ocultarse lo más posible, para que aparezca con plena luminosidad a los ojos de la fe el rostro del Sacerdote Principal y de la principal Víctima: Jesucristo, Señor y Dios nuestro. El Sacerdote que celebra de espaldas a los fieles, bien envuelto en una hermosa casulla, susurrando en voz baja el Canon, crea una atmósfera mucho más propicia para ver y adorar a Cristo que aquél sacerdote gritón que desde la mesa-altar impone su corporeidad, tantas veces descuidada, y mangonea a gusto la pobre asamblea.  Se equivocan del todo quienes han osado sugerir que la celebración de espaldas al pueblo podría encerrar algo de desprecio o indiferencia hacia los fieles. Es exactamente lo contrario: se trata de una manifestación de caridad y caridad finísima; nada menos que facilitarles su propia unión con Cristo. Por otra parte, la sobreexposición del celebrante puede tener muchos nombres; uno de ellos fatal: vanidad. Y cierro esta entrada un poco larga, recordando la respuesta tan sugerente de un joven y promisorio pianista, que al ser interrogado sobre su futuro musical, respondió: “Yo, como intérprete, quiero desaparecer: meterme tanto en la música que termine no siendo yo. Eso es lo ideal para mí. Es lo que busco: casi desaparecer. Desaparecer”. ¡Cuánto más deberá intentarlo quien tiene que interpretar a Cristo mismo!

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