sábado, 29 de diciembre de 2012

TOMAS BECKET: PRIMADO Y COLEGIALIDAD

Ha gozado el búho leyendo una carta de Santo Tomás Becket, Obispo inglés martirizado a regis satellítibus, (por satélites del rey Enrique II) en el año 1170, que se recoge hoy en el oficio de su fiesta. Para los que piensan que ciertas verdades de nuestra fe son solo conquistas recientes, con la lectura de esta epístola se puede ver cómo ya antes de Trento, del Vaticano I y del Vaticano II, la doctrina del Primado y su relación con el resto de los Obispos era muy clara tanto en su importancia como en su formulación, para la fe de los gigantes Pastores del Medievo.

“Si nos preocupamos por ser lo que decimos ser y queremos conocer la significación de nuestro nombre —nos designan obispos y pontífices—, es necesario que consideremos e imitemos con gran solicitud las huellas de Aquél que, constituido Pontífice eterno por Dios, se ofreció por nosotros al Padre en el ara de la cruz. Él es el que, desde lo más alto de los cielos, observa atentamente todas las acciones y sus correspondientes intenciones para dar a cada uno según sus obras. Nosotros hacemos sus veces en la tierra, hemos conseguido la gloria del nombre y el honor de la dignidad, y poseemos temporalmente el fruto de los trabajos espirituales, sucedemos a los apóstoles y a los varones apostólicos en la más alta responsabilidad de las Iglesias, para que, por medio de nuestro ministerio, sea destruido el imperio del pecado y de la muerte, y el edificio de Cristo, ensamblado por la fe y el progreso de las virtudes, se levante hasta formar un templo consagrado al Señor.    Ciertamente que es grande el número de los obispos. En la consagración prometimos ser solícitos en el deber de enseñar, de gobernar y de ser más diligentes en el cumplimiento de nuestra obligación, y así lo profesamos cada día con nuestra boca; pero, ¡ojalá que la fe prometida se desarrolle por el testimonio de las obras! La mies es abundante y, para recogerla y almacenarla en el granero del Señor, no sería suficiente ni uno ni pocos obispos. ¿Quién se atreve a dudar de que la Iglesia de Roma es cabeza de todas las Iglesias y la fuente de la doctrina católica? ¿Quién ignora que las llaves del reino de los cielos fueron entregadas a Pedro? ¿Acaso no se edifica toda la Iglesia sobre la fe y la doctrina de Pedro, hasta que lleguemos todos al hombre perfecto en la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios? Es necesario, sin duda, que sean muchos los que planten, muchos los que rieguen, pues lo exige el avance de la predicación y el crecimiento de los pueblos… Sea quien fuere el que planta y el que riega, Dios no da crecimiento sino a aquel que planta y riega sobre la fe de Pedro y sigue su doctrina. Pedro es quien ha de pronunciarse sobre las causas más graves, que deben ser examinadas por el pontífice romano, y por los magistrados de la santa madre Iglesia que él designa, ya que, en cuanto participan de su solicitud, ejercen la potestad que se les confía". (Carta 74: PL 190, 533-536)
 
Piensen con sinceridad los Pastores que se quejan de infecundidad en sus diócesis, de alarmante baja de vocaciones sacerdotales, y de otros tantos signos de descomposición, si no será acaso que las vías que conectan sus iglesias particulares con Roma están un tanto obstruidas, cortadas, poco transitadas o, en el peor de los casos, abiertamente tomadas por vándalos. Ensanchando y despejando esas vías de comunicación pueden volver los frutos.


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