miércoles, 30 de enero de 2013

DECIR LO QUE CRISTO DIJO

No deja de sorprender la dificultad y resistencia que encuentra el Papa Benedicto cada vez que desea introducir alguna modificación –muchas veces se trata de una auténtica corrección- en el ámbito litúrgico. Las dificultades no suelen provenir del pueblo fiel, siempre obediente a la suprema potestad del Romano Pontífice, sino de sacerdotes, religiosos, obispos y teólogos dispuestos, al parecer, a dar lecciones a su propio Maestro. Creo que es lo sucedido en los últimos años con la famosa traducción de las palabras de la consagración del Cáliz en la misa. Como lo explicaba el Santo Padre en carta a los obispos alemanes: “el cambio del «pro multis» a «por todos» no fue una traducción pura, sino una interpretación que fue y sigue siendo muy razonable, pero ya es más que una traducción e interpretación”. No hace mucho un obispo, creo que para mover a su clero a la obediencia, mandó a todos sus sacerdotes por correo electrónico la Carta del Papa a los obispos alemanes; el documento iba acompañado de un breve comentario de este estilo: aunque personalmente me gusta más la traducción «por todos los hombres», lean este interesante texto del Papa. Y aquí radica la cuestión: lo que el Santo Padre pretende es sencillamente que se digan las palabras que, según testimonio unánime de las fuentes de la revelación, dijo Jesús cuando convirtió el vino en su Sangre, no las que creemos que dijo o nos hubiese gustado que dijera. Si en cosa tan elemental cuesta obedecer, me inclino a pensar que en el rechazo a la traducción «por vosotros y por muchos» se esconden motivaciones más ideológicas que pastorales

lunes, 28 de enero de 2013

TOMÁS DE AQUINO: UN GIGANTE DE LA TEOLOGÍA DE TODOS LOS TIEMPOS


SANTO TOMÁS DE AQUINO, Confesor y Doctor de la IglesiaCreo que fue E. Gilson quien dijo de Santo Tomás de Aquino que había sido un gran filósofo porque fue a la vez un gran teólogo, y que había sido un gran teólogo porque fue a la vez un gran santo. El propio Tomás decía que su libro era el Crucifijo; y al final de su vida, junto con someter al juicio de la Iglesia cuanto había escrito y enseñado, comentaba son la sencillez de un niño: por tu amor, Señor, he estudiado, vigilado y trabajado. Cuánto mejoraría la calidad de cierta teología contemporánea  si se hiciera por tu amor, Señor. Pero el juicio de la Iglesia no ha cesado de engrandecer la figura de Santo Tomás y recomendar su estudio como regla segura del buen pensar teológico. Ya Juan XXII, el Papa que lo canonizó en 1324, decía de él: “Iluminó a la Iglesia de Dios más que ningún otro doctor; y saca más provecho el que estudia un año solamente en sus libros, que el que sigue todo el curso de su vida las enseñanzas de los otros”. Y más recientemente el Papa Benedicto XVI: “La historia de la Iglesia también es inseparablemente historia de la cultura y del arte. Obras como la Suma Teológica de Santo Tomás de Aquino, la Divina Comedia, la Catedral de Chartres, la Capilla Sixtina o las Cantatas de Jhoann Sebastian Bach constituyen síntesis extraordinarias entre fe cristiana y expresión humana”.

domingo, 27 de enero de 2013

FERNÁNDEZ DE LA CIGOÑA: BUEN ANTÍDOTO PARA CATÓLICOS ACOMPLEJADOS


C
elebro y recomiendo la entrevista a Francisco José Fernández de la Cigoña que publica ayer Religión en Libertad. Se trata del bloguero religioso más leído de España -cuenta sus entradas por millones- y que en cierto modo se ha convertido en la voz de los que han debido soportar, durante décadas y en estoico silencio, la dictadura del proletariado eclesiástico. Visitar su blog (La cigüeña de la torre) es buena terapia para superar complejos y sentir la comunión de los santos católicos bien pensantes. La armoniosa mezcla de gracia e ironía, simpatía y malicia, le dan a sus columnas un toque ameno y liviano, no obstante lo grave de los temas en cuestión. Sabe perfectamente hasta dónde puede llegar sin herir, convertir la lágrima en carcajada, lo dantesco en broma; y sobre todo sabe reírse de sí mismo, condición indispensable de todo sabio columnista. 






















sábado, 26 de enero de 2013

UNA JUGADA MAESTRA DEL MAESTRO

Cuando las necesidades de la Iglesia lo requieren, su divino Fundador se manifiesta como siempre: majestuoso. Hacia el año 37, estando la Iglesia naciente necesitada de un buen impulso expansivo, acontece la conversión de San Pablo, movida maestra del Maestro, que sale a buscar al que será el más apasionado de sus apóstoles donde menos cabría encontrarlo: entre sus enemigos. Pero la fiereza del perseguidor, señala San Agustín, auspiciaba la fecundidad del suelo en que Cristo sembró. Sirva como sencillo y agradecido homenaje al gran Apóstol, este viejo himno compuesto hacia el siglo XI y que se lee en la liturgia de las horas del 25 de enero:


Que celebre la Iglesia 
la excelsa gloria de Pablo,
a quien el Señor de modo admirable
de su perseguidor hizo su Apóstol.

Pues el mismo que con furor,
 arremetió contra el nombre de Cristo,
con mayor entusiasmo aún, 
predica ahora el amor de Cristo.

Oh qué gran mérito el de Pablo,
arrebatado al tercer cielo, 
escuchó palabras misteriosas,
que nadie osa pronunciar.

Mientras siembra la semilla del Verbo, 
brota una mies generosa,
y así del fruto de sus buenas obras,
está lleno el granero del Cielo.

Como una lámpara encendida, 
que invade el orbe con su rayos,
pone en fuga  las tinieblas del error,
para que sólo reine la verdad.

Oh Cristo sea dada a ti toda la Gloria 
junto con el Padre y el Espíritu Santo,
pues  has dado a los gentiles
un vaso de elección tan luminoso. 
Amén.



miércoles, 23 de enero de 2013

AD ORIENTEM: UN PRECIOSO APORTE LITÚRGICO DE SAN JOSEMARÍA ESCRIVÁ


L
a teología que encontramos en la vida de los santos, más bien fruto de un contacto directo con lo divino que de apacibles horas de erudita investigación, suele llevar la hondura y la fuerza de lo vivido y experimentado, lo que le otorga especial autoridad y valor. Lo he podido experimentar al leer unas palabras de San Josemaría Escrivá en las que da razón de su preferencia por la celebración de la Misa ad Orientem o de espaldas a los fieles. Son palabras recogidas de uno de esos tantos coloquios que tuvo en 1973 con ocasión de la Convivencia anual de Semana Santa, celebrada en Roma con la participación de jóvenes provenientes de todo el mundo. Años de intenso dolor por la situación de crisis en la Iglesia y de abusos sin límites en el campo litúrgico y doctrinal. Ahora bien, respondiendo a una pregunta sobre cómo sacar más provecho espiritual de la santa Misa, señaló: «Primero, oyéndola con mucha veneración, preparándola quizá con un misalito pequeño, aunque sea antiguo, para darte cuenta de que la Santa Misa es la renovación incruenta del Sacrifico divino del Calvario. ¡Nada de cenas ni de comidas! El sacerdote es Cristo. Cuando yo estoy en el altar no soy presidente de nada: soy el mismo Cristo; le presto mi pobre cuerpo y mi voz. Por esto, cogiendo el Pan, digo: esto es mi Cuerpo. Y tomando el Cáliz del vino, digo: esta es mi Sangre. Es muy hermoso que el sacerdote esté de espaldas a los fieles: porque no podemos, con nuestra pobre cara humana, representar la faz divina de Jesucristo».

Advierto en estas palabras un novedoso y sugerente argumento teológico a favor de la celebración ad orientem. En efecto, además de la dimensión cósmica de la liturgia –aspecto tan querido de Benedicto XVI– que hace razonable que todos oren en una misma dirección, precisamente hacia el lugar por donde sale el «Sol de Justicia», Cristo, luz del mundo y del cosmos; además de su dimensión escatológica, por la que toda celebración es obviam Sponso, al encuentro del Esposo, y que invita a que todos oren en dirección a un mismo horizonte desde el cual se espera la venida del Amado, San Josemaría nos presenta una tercera dimensión que me atrevería a llamar «mística»: hay que perderse a uno mismo para poder adentrarse en la ofrenda de Cristo. Cuando el sacerdote consagra el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor, solo puede hacerlo si actúa in persona Christi, y de manera tal, que hasta su misma condición de instrumento queda reducida a su mínima expresión; así lo sugiere Santo Tomás en S. Th., III, q. 78, a.1, c. En ningún otro sacramento se da una identificación tan plena entre Cristo y el sacerdote como en la celebración de la Eucarística, identificación exigida por la naturaleza misma del sacramento. 

Con esta realidad teológica parece sintonizar muy bien la exigencia de que la persona humana del celebrante, y en especial su rostro, permanezca en cierto modo velado y oculto, para que aparezca con plena luminosidad a los ojos de la fe el rostro del Sacerdote principal y de la principal Víctima: Jesucristo, Señor y Dios nuestro. El Sacerdote que celebra de espaldas a los fieles, revestido de en una hermosa casulla, susurrando en voz baja las plegarias del Canon, crea una atmósfera mucho más propicia para encontrar y adorar a Cristo que aquel sacerdote que desde la mesa-altar impone su corporeidad, tantas veces descuidada, o dificulta el recogimiento con su vozarrón estridente. Creo que están profundamente equivocados los que sugieren que la celebración de espaldas al pueblo encerraría algún tipo de desapego o indiferencia hacia la asamblea litúrgica. Es exactamente lo contrario; se trata de una manifestación de fina caridad que busca facilitar la unión con Cristo a quienes asisten al Santo Sacrificio. Además, conviene no olvidar que la sobreexposición del celebrante también tiene sus riesgos, entre ellos, la vanidad de un protagonismo indebido.

Concluyo estas consideraciones recordando la respuesta que un joven y promisorio pianista dio a su entrevistador, cuando este le preguntó sobre su futuro musical: «Yo, como intérprete, quiero desaparecer: meterme tanto en la música que termine no siendo yo. Eso es lo ideal para mí. Es lo que busco: casi desaparecer. Desaparecer». Con cuanta mayor razón deberá intentarlo quien tiene la misión de interpretar a Cristo mismo.

lunes, 21 de enero de 2013

GLORIAS DEL CATOLICISMO: LA PASIÓN DE SANTA INÉS


"Celebramos hoy el nacimiento para el cielo de una virgen, imitemos su integridad; se trata también de una mártir, ofrezcamos el sacrificio. Es el día natalicio de santa Inés. Sabemos por tradición que murió mártir a los doce años de edad. Destaca en su martirio, por una parte, la crueldad que no se detuvo ni ante una edad tan tierna; por otra, la fortaleza que infunde la fe, capaz de dar testimonio en la persona de una jovencita.


¿Es que en aquel cuerpo tan pequeño cabía herida alguna? Y, con todo, aunque en ella no encontraba la espada donde descargar su golpe, fue ella capaz de vencer a la espada. Y eso que a esta edad las niñas no pueden soportar ni la severidad del rostro de sus padres, y, si distraidamente se pinchan con una aguja, se ponen a llorar como si se tratara de una herida.
Pero ella, impávida entre las sangrientas manos del verdugo, inalterable al ser arrastrada por pesadas y chirriantes cadenas, ofrece todo su cuerpo a la espada del enfurecido soldado, ignorante aún de lo que es la muerte, pero dispuesta a sufrirla; al ser arrastrada por la fuerza al altar idolátrico, entre las llamas tendía hacia Cristo sus manos, y así, en medio de la sacrílega hoguera, significaba con esta posición el estandarte triunfal de la victoria del Señor; intentaban aherrojar su cuello y sus manos con grilletes de hierro, pero sus miembros resultaban demasiado pequeños para quedar encerrados en ellos.
¿Una nueva clase de martirio? No tenía aún edad de ser condenada, pero estaba ya madura para la victoria; la lucha se presentaba difícil, la corona fácil; lo que parecía imposible por su poca edad lo hizo posible su virtud consumada. Una recién casada no iría al tálamo nupcial con la alegría con que iba esta doncella al lugar del suplicio, con prisa y contenta de su suerte, adornada su cabeza no con rizos, sino con el mismo Cristo, coronada no de flores, sino de virtudes.
Todos lloraban, menos ella. Todos se admiraban de que, con tanta generosidad, entregara una vida de la que aún no había comenzado a gozar, como si ya la hubiese vivido plenamente. Todos se asombraban de que fuera ya testigo de Cristo una niña que, por su edad, no podía aún dar testimonio de sí misma. Resultó así que fue capaz de dar fe de las cosas de Dios una niña que era incapaz legalmente de dar fe de las cosas humanas, porque el Autor de la naturaleza puede hacer que sean superadas las leyes naturales.
El verdugo hizo lo posible para aterrorizarla, para atraerla con halagos, muchos desearon casarse con ella. Pero ella dijo: «Sería una injuria para mi Esposo esperar a ver si me gusta otro; él me ha elegido primero, él me tendrá. ¿A qué esperas, verdugo, para asestar el golpe? Perezca el cuerpo que puede ser amado con unos ojos a los que yo no quiero.»
Se detuvo, oró, doblegó la cerviz. Hubieras visto cómo temblaba el verdugo, como si él fuese el condenado; cómo temblaba su diestra al ir a dar el golpe, cómo palidecían los rostros al ver lo que le iba a suceder a la niña, mientras ella se mantenía serena. En una sola víctima tuvo lugar un doble martirio: el de la castidad y el de la fe. Permaneció virgen y obtuvo la gloria del martirio". (San Ambrosio, Del Tratado sobre las Vírgenes, PL 16, 189-191)


domingo, 20 de enero de 2013

Y ESTABA ALLÍ LA MADRE DE JESÚS

Cómo gusta al Evangelista Juan destacar siempre la presencia de la Madre: “…y estaba allí la Madre de Jesús”, dirá al introducir el relato la bodas de Caná. Y casi al final de su Evangelio repetirá: “Estaban junto a la cruz de Jesús su Madre…”. La presencia de María, Madre de Dios y Madre nuestra, será siempre insustituible; donde falta ella se produce un vacío que ni su propio Hijo se atreve a llenar: ¡así de grande es su aprecio por ella!
Comentando el milagro de las bodas de Caná, Santo Tomás invita a considerar tres aspectos de la súplica que la Madre dirige a su Hijo para que obre el milagro: 


“En la interpelación de la madre -dice- observa primero la piedad y la misericordia. Pues a la misericordia corresponde que alguien considere como suyo el defecto de otro…Entonces, porque la santa Virgen estaba llena de misericordia, quería aligerar la carencia de los otros; y por eso dice el Evangelista “al faltar el vino, dice a Él la madre de Jesús…
En segundo lugar, observa su reverencia hacia Cristo: pues por la reverencia que tenemos respecto de Dios nos basta solo exponerle nuestras carencias, según aquello que dice el salmo “Señor, ante ti, todo mi deseo” (Salmo 37, 10. Pero cómo nos ayude Dios, no es cosa nuestra inquirirlo...Y por eso su madre expuso simplemente la carencia de los otros, diciendo “no tienen vino”.
En tercer lugar, observa la solicitud y diligencia de la Virgen: porque no esperó hasta la extrema necesidad, sino “al faltar el vino”, es decir, cuando comenzaba a faltar, según aquello que se dice en el Salmo (9,10) sobre Dios: “es auxiliador en los momentos oportunos, en la tribulación”. (Santo Tomás de Aquino, Comentario al Evangelio de San Juan, Cap. 1, lect. 1)