«te
creó de la nada, pero no te redimió de la nada»
En sus sermones sobre el Cantar de los Cantares, aquella obra tan querida y comentada por los grandes místicos, San Bernardo señala tres perfumes aromáticos que el alma debe exhalar en su itinerario de unión amorosa con Dios. En primer lugar, el perfume de la contrición o dolor por los pecados; aroma penetrante y doloroso, pero absolutamente necesario para la humildad. Luego, el perfume de la devoción, más oloroso que el anterior, que guía el alma por las sendas de la alabanza y gratitud a Dios; finalmente, el perfume de la compasión, de la misericordia hacia el prójimo, plenitud del crecimiento espiritual. A continuación, un breve texto del Sermón 11 al Cantar, en el que se ensalza el perfume de la gratitud.
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«Si recordáis el modo de llevarla a cabo (la Redención), dijimos que fue el anonadamiento de Dios; y os recomiendo que consideréis otros tres aspectos. Aquel anonadamiento no fue algo trivial o insignificante; porque se vació de sí mismo hasta asumir la carne, la muerte, la cruz. ¿Quién ponderará suficientemente toda la humillación, la bondad y la condescendencia que supuso el hecho de que el Señor soberano se revistiera de la carne, fuera condenado a muerte e infamado con la cruz? Dirá alguno: ¿no pudo el Creador reparar su obra sin tanta complicación? Claro que pudo; pero prefirió su propia afrenta. Así le ahorraba al hombre toda ocasión de incurrir en el pésimo y abominable crimen de la ingratitud. Asumió muchos sufrimientos que le inducirían al hombre a un gran amor. Y las dificultades de la redención le incitarán a darle gracias, aunque la facilidad de su creación le inspirase una devoción muy poco agradecida.
¿Cómo reacciona el corazón ingrato ante su creación? “Sí; he sido creado por puro amor, pero sin trabajo alguno de mi creador. Sencillamente, lo mandó y salí creado como el resto de la creación. Es muy valiosa. ¿Pero qué dificultad entraña un favor que sólo cuesta pronunciar una palabra?” Así desvirtúa la impiedad del hombre este beneficio de la creación, para justificar su ingratitud. Pretexta excusas para sus pecados, cuando debía haber sido un gran motivo de amor. Pero quedó tapada la boca de los que hablan inicuamente.
Es obvio como la luz del día cuánto le costó, oh hombre, tu salvación: pasar de Señor a siervo, de rico a pobre, de Verbo a hombre, de Hijo de Dios a hijo del hombre. No olvides nunca que te creó de la nada, pero no te redimió de la nada. En seis días lo creó todo y a ti entre todo lo creado. Mas tu salvación la consumó a lo largo de treinta años en este mundo. ¡Cuánto sufrimiento hubo de soportar! A los dolores de su cuerpo y a las tentaciones del enemigo ¿no se añadieron y acumularon la ignominia de la cruz y el horror de la muerte? Forzosamente. Así, así salvaste, Señor, a hombres y animales, y así derrochaste tu misericordia.
Meditadlo y deteneos en ellos. Respire estos perfumes vuestro corazón, tanto tiempo ahogado con la fetidez del pecado, y gozad estos aromas tan delicados como saludables».

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