jueves, 14 de junio de 2018

EL TALANTE DE UN GRAN CARDENAL



Escribo estas líneas en vísperas de la onomástica del Cardenal Robert Sarah. Como nos cuenta en su libro Dios o nada, «Nací el 15 de junio de 1945 en Ourous, un poblado de los más pequeños de Guinea, al norte del país, cerca de la frontera con Senegal. Es una región de media montaña, alejada de la capital –Conakri–, que las autoridades administrativas y políticas suelen considerar de escasa importancia». Una vez más la providencia divina se complacía en ir a buscar lo valioso y grande precisamente allí donde el mundo no parecía esperar nada. Convencido de que buena parte de la luz y de la fuerza que revitalizará la Iglesia del mañana procederá del continente africano, saludamos con reconocimiento y gratitud a este fiel servidor de la Iglesia y del Romano Pontífice, hombre humilde y orante, a quien también cabe aplicar las palabras del salmo: He venido a ser extraño para mis hermanos…, porque me devora el celo de tu Casa (Sal 69, 9-10).
El propio cardenal nos ha dejado un extraordinario testimonio de lo que a lo largo de su vida ha sido el manantial de su fidelidad a Dios, particularmente en los momentos de prueba externa o interna que ha debido afrontar como pastor de la Iglesia. He aquí sus propias palabras:

«P
ara hacer frente a esta situación, establecí un programa regular de retiro espiritual. Cada dos meses me marchaba solo a un lugar completamente aislado. Durante tres días me sometía a un ayuno total, sin agua ni alimento de ninguna clase.
Deseaba estar con Dios para hablar con Él cara a cara. Salía de Conakri sin llevarme nada más que una Biblia, un pequeño maletín para celebrar misa y un libro de lectura espiritual. La Eucaristía era mi único alimento y mi única compañía. Esta vida de soledad y oración me permitía cobrar fuerzas y volver al combate.
Creo que, para asumir su función, un obispo necesita hacer penitencia, ayunar, permanecer a la escucha del Señor y orar mucho en silencio y en soledad. Cristo se retiró cuarenta días al desierto; los sucesores de los apóstoles tienen obligación de imitarle lo más fielmente posible… Ha habido etapas que han dado a mi vida una orientación decisiva. Pero las más cruciales han sido esas horas, esos momentos del día en los que, a solas con el Señor, he sido consciente de lo que quería de mí.  Los grandes momentos de una vida son las horas de oración y adoración. Alumbran al ser, configuran nuestra verdadera identidad, afianzan una existencia en el misterio. El encuentro cotidiano con el Señor en la oración: ese es el fundamento de mi vida. Empecé cuidando esos instantes desde niño, en familia y a través de mi contacto con los espiritanos de Ourous. Cuando hemos de vivir la Pasión, necesitamos retirarnos al huerto de Getsemaní, en la soledad de la noche» (Cardenal Robert Sarah, Dios o nada, Palabra 2015, p.81-82).

No hay comentarios:

Publicar un comentario