domingo, 1 de septiembre de 2019

PLACEAT TIBI SANCTA TRINITAS



La secuencia de gestos y oraciones que forman el rito de despedida de la Misa tradicional (secuencia notablemente empobrecida en el misal de Pablo VI) constituye un remate bellísimo del Santo Sacrificio del Altar, un broche de oro que, en cierto modo, recapitula toda la maravillosa realidad del misterio celebrado. Esta fina cadencia tiene los siguientes pasos: cierre del misal tras la postcomunión; beso al altar, saludo y anuncio del término de la Misa a los fieles; recitación humilde de la oración Placeat tibi sancta Trinitas y nuevo beso al altar (qué atracción ejerce éste sobre el celebrante en el rito antiguo); bendición final y lectura –a un costado del altar– de esa preciosa página de la Escritura que es el prólogo del Evangelio de San Juan.
 Es natural que en este momento conclusivo de la misa el sacerdote vuelva a dirigir su corazón a la Trinidad, principio y fin de toda acción litúrgica sagrada. La súplica dirigida a la Trinidad al final del ofertorio para que se digne acoger la oblación ya dispuesta sobre el altar (Suscipe, sancta Trinitas, hanc oblationem, quam tibi offerimus...), se transforma ahora en una súplica llena de esperanza para que acepte complacida el Sacrificio ofrecido ante su Majestad y los frutos propiciatorios no se hagan esperar sobre nosotros: «Placeat tibi, sancta Trinitas... Séate grato, oh Trinidad santa, el obsequio de mi servidumbre; y haz que el Sacrificio que yo, indigno, he ofrecido a los ojos de tu Majestad, sea digno de aceptación, y para mí y todos aquellos por quienes lo he ofrecido sea, por tu misericordia, propiciatorio». 
 Según A. G. Martimort, «esta oración, cuyo estilo parece indicar un origen galicano, se generalizó solo de un modo progresivo, pero se halla en el siglo IX en el Sacramentario de Amiens, con la rúbrica: «...osculetur altare, dicens...» (La Iglesia en Oración, Herder 1987, p. 474). Ya desde sus inicios, la oración Placeat se nos presenta como piadoso acompañamiento del último beso, el beso de la despedida, al altar, símbolo de Cristo.

Sacerdote rezando la oración Placeat 

 En sus Meditaciones sobre la Misa (Herder 1960, p. 545), T. Schnitzler nos ha dejado una delicada reflexión sobre el significado de estos ritos finales: «Con un beso saludó el celebrante el altar al comienzo de la santa Misa. Con un beso se despide ahora del mismo. Este beso del altar está a su vez penetrado de la verdad que se expresa en la ordenación del subdiácono: Altare sanctæ Ecclesiæ est Christus, Cristo es el verdadero altar de la Iglesia. Así, el beso al altar es un beso de despedida que se da al Señor. La liturgia romana, de ordinaria tan sobria, deja escapar una vez más en este beso de despedida toda su intimidad, todo su amor a Cristo. Este beso de despedida quiere corresponder al infinito amor con que Cristo nos ha encerrado, durante el santo sacrificio, en su corazón. Es una respuesta al beso incomprensible por el que Cristo nos ha comunicado el aliento de su boca, el santo Pneuma, el Espíritu Santo.
 En la liturgia jacobita (o siríaca), el beso del altar va acompañado de estas palabras: Permanece en paz, santo y divino altar del Señor. Yo no sé si volveré otra vez a ti o no. Concédame el Señor verte en la Iglesia de los primogénitos en el cielo. En esta alianza pongo mi confianza. Aquí se ve claramente que el beso del altar es símbolo del deseo de permanencia. Es como si dijera: No permitas que me separe de ti. Si nuestro cuerpo se aleja del altar, nuestro espíritu, cuyo signo es el beso, ha de permanecer perpetuamente en el altar...
 Que el beso del altar está penetrado de pensamientos del cielo y la eternidad, nos lo prueba la oración que, al realizarlo, se pronuncia, y que está inmediatamente dirigida a la Santísima Trinidad.
 En realidad, la oración placeat pertenece al beso del altar. La costumbre franca, tantas veces citada, añadió también a esta santa acción una palabra de acompañamiento. La oración fue pensada en el mismo espacio geográfico que vio surgir la fiesta de la Trinidad y la oración de ofrecimiento: Suscipe, sancta Trinitas...
 El altar de la tierra recuerda el altar de oro en el acatamiento de la majestad del Padre. El altar es Cristo. Y el beso contiene, en su íntimo aliento, un simbolismo que nos evoca al Pneuma divino. Así se explica con toda naturalidad la invocación: Sancta Trinitas.
 El pensamiento del altar transforma en este momento la oración en una súplica de oblación que está totalmente penetrada de reminiscencias del canon. Las fuertes expresiones de la oración eucarística han imbuido de tal modo al celebrante, que ellas dan forma ahora a la oración final. Con espíritu de eucaristía y oblación de su sacrificio, nos despedimos ahora del lugar del sacrificio».




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