jueves, 1 de agosto de 2019

SAN ALFONSO MARIA DE LIGORIO, MAESTRO DE ESPIRITUALIDAD

Relicario con el cuerpo de San Alfonso María de Ligorio.
Pagani, Italia. Foto: wikipedia.org


San Alfonso María de Ligorio es sin duda uno de los grandes maestros de espiritualidad en la historia de la Iglesia. Sabiduría, piedad y un delicado amor de Dios se trenzan armónicamente en sus obras ascéticas y espirituales, haciendo de ellas una fuente para adentrarse por caminos de amorosa familiaridad con Dios. De uno de sus opúsculos –Trato familiar con Dios– recojo un texto en el que se ve cómo este maestro del espíritu introduce prontamente a sus lectores en esa atmósfera de amistosa cercanía con Dios. Urge recuperar el lenguaje espiritual de los grandes maestros y doctores de la Iglesia, a menudo desplazado por un discurso vago y meloso, con resonancias religiosas o sociológicas, pero totalmente incapaz de conducir a las almas a una auténtica y real amistad con Jesucristo.

* * *

«E
n el mundo no hay amigo, ni hermano, ni padre, ni esposo ni enamorado que te ame más que el Señor. La gracia de Dios es un don tan grande que, de viles criaturas y humildes esclavos, nos eleva a la dignidad de amigos de nuestro mismo creador. Es un tesoro inagotable para los hombres –dice el sabio– y los que lo adquieren se granjean la amistad de Dios (Sab 7, 14). A fin de inspirarnos mayor confianza se anonadó a sí mismo, humillándose hasta hacerse hombre, para conversar familiarmente con nosotros. Para conseguirlo se hizo niño, y pobre, y llegó hasta morir en una cruz con el estigma de ajusticiado, y su amor lo llevó a permanecer con nosotros bajos las especies de pan para ser nuestro perpetuo compañero y unirse a nosotros con más estrechos lazos de amor en el Santísimo Sacramento del Altar.
El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él (Jn 6, 56). En una palabra: tanto se ha prendado de los hombres que, al parecer, sólo ellos son el objeto de su amor. Esto exige que nosotros le correspondamos con el mismo afecto, hasta poderle decir: Mi amado es mío y yo de mi amado (Cant 2, 16); ya que se ha entregado enteramente a mí, yo me entrego todo a él, y puesto que me ha escogido por amigo y familiar suyo, sólo en él he de poner yo todo mi amor. Mi amado –diré con la Esposa de los Cantares– es moreno claro, distinguido entre diez mil» (Cant 5, 10). (San Alfonso María de Ligorio, Obras maestras de espiritualidad, BAC 2011, p. 218).

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