sábado, 1 de septiembre de 2018

RECUPERAR EL ANTIGUO OFERTORIO

Misa pontifical celebrada por Mons. Athanasius Schneider. 
Ofrecimiento del cáliz. São Paulo, 2015  


No hace mucho, en su notable obra La fuerza del Silencio, el Cardenal Robert Sarah se lamentaba por el menoscabo que ha sufrido aquella parte de la misa que conocemos tradicionalmente con el nombre de ofertorio:

«Hemos perdido el significado más hondo del ofertorio: ese momento en el que, como su nombre indica, todo el pueblo cristiano se ofrece no junto con Cristo, sino en Él, a través de su sacrificio, que se realizará en la consagración. El Concilio Vaticano II ha subrayado de un modo admirable este aspecto insistiendo en el sacerdocio bautismal de los laicos, que consiste esencialmente en ofrecernos con Cristo en sacrificio al Padre. Esta enseñanza del concilio aparecía magníficamente plasmada en las antiguas oraciones del ofertorio. Ya he dicho antes que convendría tener la libertad de volver a utilizarlas para entrar silenciosamente en la ofrenda de Cristo… Si el ofertorio se considera únicamente una preparación de los dones, un gesto práctico y prosaico, crecerá la tentación de añadir e inventar ritos para ocupar lo que se percibe como un vacío» (p. 158-159).

Es muy probable que el abandono del conjunto de oraciones que entretejían el rito del antiguo ofertorio haya contribuido a tal vaciamiento. Recitadas durante siglos, con su rico léxico sacrificial y trinitario, acompañadas de hermosos gestos litúrgicos, esas oraciones proporcionaban al Ofertorio de la misa una especial hondura, invitando a los fieles a incorporarse a la inmolación de Cristo, la Hostia pura, santa e inmaculada, la única Víctima digna de la majestad de Dios.

Recuerdo que años atrás oí contar de muy buena fuente que el Cardenal Medina Estévez, entonces Prefecto de la Sagrada Congregación para el Culto divino, cuando preparaba la tercera edición típica del Misal Romano, aparecida finalmente en 2002, tenía en mente la idea de introducir como opcional, junto al nuevo rito, el antiguo ofertorio del misal de San Pío V. Finalmente tuvo que desistir por toparse con una oposición feroz, pero con la esperanza de que pudiera hacerse realidad en una futura edición. Siempre me ha parecido absolutamente irreflexiva esa virulencia con que suelen reaccionar ciertos «expertos liturgos», cada vez que se intenta recuperar algún noble elemento de la liturgia tradicional, por pequeño que sea.

Por otra parte, resulta llamativo que el nuevo ofertorio se haya convertido casi en la única parte invariable de la Misa, a excepción de los ritos de la comunión: existen distintas y variadas fórmulas de acto penitencial, una enorme cantidad de prefacios; se han multiplicado las plegarias eucarísticas, solo ha permanecido invariable e intangible el nuevo ofertorio, con su evidente pobreza doctrinal. Tan liviano aparece a veces su sentido, también en el plano semántico, que no es raro ver al celebrante condensar en una única oración el ofrecimiento del pan y del vino, como quien quiere evitar una reiteración superflua: Bendito seas, Señor, Dios del universo, por este pan y este vino fruto de la tierra y del trabajo del hombre… Es curioso que las nuevas oraciones del ofertorio hayan adquirido la inmutabilidad del antiguo canon, y este, que representaba por antonomasia la regla invariable de la oración litúrgica, se multiplicara desproporcionadamente. Algunas de las actuales plegarias eucarísticas –pienso, por ejemplo, en las plegarias de reconciliación o en las plegarias para niños– han sido elaboradas con textos de muy dudosa calidad y procedencia. Todo parece opcional en la misa, salvo el ofertorio, que desde un comienzo fue uno de los elementos más cuestionados de la reforma litúrgica y en el que también parece estar en juego qué entendemos por Misa. Además, el amor por la variedad que ha caracterizado siempre a los reformadores litúrgicos no debiera ser óbice para la pronta reinserción en el misal del ofertorio tradicional.

Así, pues, nos hacemos eco de los buenos deseos del Cardenal Medina y del Cardenal Sarah sobre las oraciones del ofertorio del misal de San Juan XXIII: «convendría tener la libertad de volver a utilizarlas para entrar silenciosamente en la ofrenda de Cristo». Sería también una manifestación concreta del mutuo enriquecimiento entre las dos formas del rito romano propiciado por el papa Benedicto.

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