jueves, 31 de julio de 2014

SAN IGNACIO Y LAS BUENAS LECTURAS

Emociona comprobar cómo Dios ha conquistado muchos corazones sirviéndose de los buenos libros; y la vida del joven Ignacio es también ejemplo de ello. Buenas y amenas lecturas en tiempos de convalecencia, poco a poco fueron despertando en su alma un gusto y sed insaciables por las cosas de Dios, que terminarán por convertirlo en un grandioso soldado de la gloria de Dios. Así se lee en el Oficio de Lecturas de su fiesta:

Ignacio era muy aficionado a los llamados libros de caballerías, narraciones llenas de historias fabulosas e imaginarias. Cuando se sintió restablecido, pidió que le trajeran algunos de esos libros para entretenerse, pero no se halló en su casa ninguno; entonces le dieron para leer un libro llamado Vida de Cristo y otro que tenía por título Flos sanctorum, escritos en su lengua materna.
Con la frecuente lectura de estas obras, empezó a sentir algún interés por las cosas que en ellas se trataban. A intervalos volvía su pensamiento a lo que había leído en tiempos pasados y entretenía su imaginación con el recuerdo de las vanidades que habitualmente retenían su atención durante su vida anterior.
Pero, entretanto, iba actuando también la misericordia divina, inspirando en su ánimo otros pensamientos, además de los que suscitaba en su mente lo que acababa de leer. En efecto, al leer la vida de Jesucristo o de los santos, a veces se ponía a pensar y se preguntaba a sí mismo:
¿Y si yo hiciera lo mismo que san Francisco o que santo Domingo?
Y, así, su mente estaba siempre activa. Estos pensamientos duraban mucho tiempo, hasta que, distraído por cualquier motivo, volvía a pensar, también por largo tiempo, en las cosas vanas y mundanas. Esta sucesión dé pensamientos duró bastante tiempo.
Pero había una diferencia; y es que, cuando pensaba en las cosas del mundo, ello le producía de momento un gran placer; pero cuando, hastiado, volvía a la realidad, se sentía triste y árido de espíritu; por el contrario, cuando pensaba en la posibilidad de imitar las austeridades de los santos, no sólo entonces experimentaba un intenso gozo, sino que además tales pensamientos lo dejaban lleno de alegría. De esta diferencia él no se daba cuenta ni le daba importancia, hasta que un día se le abrieron los ojos del alma y comenzó a admirarse de esta diferencia que experimentaba en sí mismo, que, mientras una clase de pensamientos lo dejaban triste, otros, en cambio, alegre. Y así fue como empezó a reflexionar seriamente en las cosas de Dios”. (De los Hechos de san Ignacio recibidos por Luis Gonçalves de Cámara de labios del mismo santo (Cap. 1, 5-9: Acta Sanctorum Iulii 7, 1868, 647)

lunes, 28 de julio de 2014

ROBERT SPAEMANN Y LOS PELIGROS QUE ACECHAN A LA IGLESIA

El conocido filósofo alemán Robert Spaemann, en artículo a la revista americana First Things, alerta del peligro que acecha a la Iglesia frente a la pretensión de algunos por aguar la doctrina católica sobre el matrimonio y sus exigencias. Existe el riesgo de terminar plegándose a una especie de contracultura dominada por la mentalidad mundana imperante.


Divorcio y segundas nupcias 
por Robert Spaemann

Las estadísticas sobre divorcios en las modernas sociedades occidentales son catastróficas. Ellas muestran que el matrimonio ya no se considera como algo nuevo, como una realidad independiente capaz de trascender la individualidad de los esposos, una realidad que, al menos, no puede ser disuelta por la sola voluntad de una de sus partes. Pero, ¿no podría tal vez ser disuelta por el consentimiento de ambas partes, o por la voluntad de un sínodo o de un Papa? La respuesta debe ser negativa, pues como el mismo Jesús declara explícitamente, el hombre no puede  separar lo que Dios mismo ha unido. Tal es la enseñanza de la Iglesia Católica.

La concepción cristiana de la vida virtuosa reclama ser válida para todos los seres humanos. Sin embargo, incluso los discípulos de Jesús se sorprendieron por las palabras de su Maestro: ¿No sería mejor, entonces, respondieron, no casarse en absoluto? El asombro de los discípulos manifiesta el contraste entre la forma de la vida cristiana y el modo de vida dominante en el mundo. Se quiera o no, la Iglesia en Occidente está en vías de convertirse en una contracultura, y su futuro ahora depende principalmente de si es capaz, como la sal de la tierra, de mantener su sabor y no ser pisoteada por los hombres.

La belleza de la enseñanza de la Iglesia solo puede brillar cuando no está aguada. La tentación de diluir la doctrina se refuerza en la actualidad por un hecho inquietante: los católicos se están divorciando casi tan frecuentemente como sus homólogos laicos. Claramente algo ha ido mal. Va en contra de toda razón pensar que todos los católicos divorciados y vueltos a casar civilmente, han comenzado sus primeras nupcias firmemente convencidos de su indisolubilidad y luego han cambiado fundamentalmente su parecer a lo largo del camino. Es más razonable suponer que contrajeron matrimonio sin saber claramente lo que en primer lugar estaban haciendo: quemar las naves tras de sí para siempre (es decir, hasta la muerte), de suerte que la idea misma de un segundo matrimonio simplemente  ya no existía para ellos.

Lamentablemente, la Iglesia Católica no está exenta de culpa. La preparación para el matrimonio cristiano muchas veces no ofrece a las parejas comprometidas una imagen clara de las implicaciones de un matrimonio católico. Si fuese así, probablemente muchas parejas decidirían no casarse por la Iglesia. Para otros, de seguro, una buena preparación para el matrimonio proporcionaría un impulso eficaz para la conversión. Hay un inmenso atractivo en la idea de que la unión de un hombre y una mujer está "escrita en las estrellas", que perdura en lo alto, y que nada puede destruirla, tanto "en los momentos buenos como en los malos". Esta convicción es una fuente maravillosa y estimulante de fortaleza y alegría para los cónyuges que luchan en medio de sus crisis matrimoniales buscando dar nueva vida a su viejo amor.

En lugar de reforzar el recurso natural y obvio de la estabilidad matrimonial, muchos eclesiásticos, incluidos obispos y cardenales, prefieren recomendar, o al menos tener en cuenta, otra opción, como una alternativa a la enseñanza de Jesús, y que sería fundamentalmente una capitulación frente al gran público secularizado. Se nos dice que el remedio al adulterio que entraña el nuevo matrimonio de los divorciados, ya no es la contrición, la renuncia y el perdón, sino el paso del tiempo, la costumbre, como si la aceptación social general y nuestra comodidad personal hacia nuestras decisiones y hacia nuestras vidas tuvieran un poder casi sobrenatural. Se dirá que esta alquimia supuestamente transforma un concubinato adúltero que llamamos "segundo matrimonio" en una unión aceptable de ser bendecida por la Iglesia en nombre de Dios. Según esta misma lógica, desde luego, también sería justo para la Iglesia bendecir las uniones homosexuales.

Pero esta forma de pensar está basada en un profundo error. El tiempo no es de suyo creativo. Su paso no restaura la inocencia perdida. De hecho, su tendencia es siempre a lo opuesto, es decir, a aumentar la entropía. Cada instancia de orden en la naturaleza es arrebatada de las garras de la entropía y con el tiempo termina por caer otra vez más bajo su dominio. Como dice Anaximandro: "De donde surgen las cosas, ellas vuelven tarde o temprano, según la hora señalada". Sería un error volver a presentar el principio de la decadencia y de la muerte como una cosa buena. No debemos confundir el debilitamiento progresivo del sentido del pecado con su desaparición y atenuar nuestra responsabilidad en relación a ello.

Aristóteles enseñó que hay un mal mayor en el pecado habitual que en una simple caída acompañada por el aguijón del remordimiento. El adulterio es un ejemplo de ello, sobre todo cuando lleva a nuevos y legales acuerdos de "nuevo matrimonio" que son casi imposibles de deshacer sin gran dolor y esfuerzo. Tomás de Aquino usa el término perplexitas para caracterizar casos como estos. Son situaciones de las cuales no se puede salir sin incurrir, de un modo o de otro, en alguna culpabilidad. También un solo acto de infidelidad deja al adúltero en la perplejidad: ¿Debe confesar su acto a su cónyuge o no? Si lo confiesa, bien podría salvar el matrimonio y, en todo caso, evitar una vergüenza que podría terminar por destruir la confianza mutua. Por otra parte, una confesión podría suponer una amenaza aún mayor para el matrimonio que el propio pecado (esta es la razón de por qué los sacerdotes a menudo aconsejan a los penitentes no revelar la infidelidad a su cónyuge). Nótese, además, que Santo Tomás enseña que nunca caemos en la perplexitas sin un cierto grado de culpabilidad personal, y que Dios lo permite como un castigo por el pecado que en primer lugar nos ha puesto sobre el mal camino.

Sostener a nuestros hermanos cristianos en medio de la perplexitas de un nuevo matrimonio, mostrarles empatía y asegurarles la solidaridad de la comunidad, es una obra de misericordia. Pero admitirlos a la comunión sin contrición y regularizar su situación sería una ofensa contra el Santísimo Sacramento, otra más entre las muchas que se han cometido en nuestros días. La enseñanza de Pablo sobre la Eucaristía en la primera carta a los Corintios culmina con una advertencia contra la recepción indigna del Cuerpo de Cristo: El que lo come y bebe indignamente, come y bebe su propia condenación. ¿Por qué los reformadores litúrgicos no colocaron estos versos decisivos en todas las fiestas y no solo en la segunda lectura de la Misa del Jueves Santo y del Corpus Christi? Cuando toda la asamblea se levanta para recibir la comunión domingo tras domingo, uno debería preguntarse: ¿Es que las parroquias católicas están compuestas exclusivamente por santos?

Pero todavía hay un último punto que con todo derecho debe ser el primero. La Iglesia admite que manejó los abusos sexuales de menores sin tener suficientemente en cuenta a las víctimas. El mismo esquema se repite aquí. ¿Alguien siquiera ha mencionado a las víctimas? ¿Alguien habla de la mujer y de sus cuatro hijos que su marido ha abandonado? Ella podría estar dispuesta a recibirlo, aunque solo sea para garantizar que los niños estarán cuidados, sin embargo, él tiene una nueva familia y no tiene intención de regresar.

Mientras tanto, el tiempo pasa. El adúltero desea recibir la comunión de nuevo. Él está dispuesto a confesar su culpa, pero no está dispuesto a pagar el precio, es decir, llevar una vida de continencia. La mujer abandonada se ve obligada a mirar cómo la Iglesia acepta y bendice la nueva unión. Como añadiendo un insulto a la injuria, su abandono recibe un timbre de aprobación eclesiástica. Entonces sería más honesto sustituir la frase "hasta que la muerte los separe" por "hasta que el amor de uno de ustedes se enfríe", una fórmula que ya está siendo recomendada en serio. Pero hablar aquí de una "liturgia de bendición" más bien que de un nuevo matrimonio ante el altar, sería un engañoso juego de manos que simplemente lanza polvo a los ojos de la gente. 


Versión original: http://www.firstthings.com/article/2014/08/
Traducción: Búho escrutador



jueves, 24 de julio de 2014

SAN CHARBEL MAKHLOUF, EREMITA EBRIO DE DIOS

Hoy la Iglesia celebra la memoria de San Charbel Makhlouf (1828-1898), sacerdote ermitaño de rito maronita, nacido en Líbano, y primer santo oriental canonizado por la Sede Apostólica desde el siglo XIII. Por tratarse de un santo poco conocido presento una traducción castellana de amplios párrafos de la homilía que pronunció el Papa Pablo VI, el domingo 9 de octubre de 1977, durante la ceremonia de su canonización. En estas líneas el Santo Padre defiende la plena vigencia y necesidad del ascetismo cristiano, incluso heroico, como fuente de auténtica felicidad, no obstante la irritación del mundo. Los títulos que dividen el texto son míos.

La familia cristiana, semillero de vocaciones
“…No es necesario  trazar en detalle su biografía, por lo demás muy simple.  Importa más bien señalar hasta qué punto el medio cristiano de su infancia ha arraigado en la fe del joven Youssef – tal era su nombre de bautismo--, y lo ha preparado para su vocación: una familia de campesinos modestos, trabajadores y unidos; animados por una fe robusta, asiduos de la oración litúrgica del pueblo y de la devoción a María; tíos consagrados a la vida eremítica, y sobre todo una madre admirable, piadosa y mortificada hasta el ayuno continuo. Escuchad las palabras que se han recogido de ella tras la separación de su hijo: "si tú no vas a ser un buen religioso, yo te diría: regresa a la casa. Pero yo sé ahora que el Señor te quiere a su servicio. Y en mi dolor por estar separada de ti, te digo resignada: que Dios te bendiga, hijo mío, y te haga santo " (PAUL DAHER, Charbel, un hombre ebrio de Dios, Líbano, 1965, p. 63). Las virtudes del hogar y el ejemplo de los padres constituyen siempre un medio privilegiado para el surgimiento de las vocaciones”.

La llave de la ascética es el amor
“… ¿Qué representa un género de vida así? La práctica asidua, llevada al extremo, de los tres votos de religión, vividos en el silencio y despojo monásticos: en primer lugar, la pobreza más estricta en cuanto a la vivienda, el vestido, de una sola y frugal comida diaria, de los duros trabajos manuales en un clima duro de la montaña; una castidad que envuelve de una intransigencia legendaria; finalmente y sobre todo una obediencia total a sus Superiores e incluso a sus compañeros y también a la regla de los eremitas, que traduce su sumisión completa a Dios. Pero la llave de esta vida en apariencia extraña es la búsqueda de la santidad, es decir la conformidad más perfecta con Cristo humilde y pobre, el coloquio casi ininterrumpido con el Señor, la participación personal en el sacrificio del Cristo por una celebración ferviente de la misa y por su penitencia rigurosa unida a la intercesión por los pecadores. En resumen, la búsqueda incesante de Dios solo, que es lo propio de la vida monástica, acentuada por la soledad de la vida eremítica".
"Esta enumeración, que los hagiógrafos pueden ilustrar con numerosos hechos concretos, da la impresión de una santidad muy austera, ¿no es verdad? Detengámonos sobre esta paradoja que deja al mundo moderno perplejo, incluso irritado; se admite todavía  en un hombre como Charbel Makhlouf una heroicidad fuera de lo común, frente a la cual uno se inclina, reteniendo sobre todo esa firmeza por encima de lo normal. ¿Pero no es esto "una locura a los ojos de los hombres”, como ya decía el autor del libro de la Sabiduría? Incluso cristianos se preguntarán: ¿Pero Cristo ha exigido verdaderamente una renuncia así, cuando su vida acogedora contrasta con las austeridades de Juan Bautista? Más aún, ¿no llegarán algunos seguidores del humanismo moderno, en nombre de la psicología, a sospechar de esta austeridad intransigente, de desprecio, abusiva y traumatizante, con los valores sanos del cuerpo y del amor, de las relaciones amistosas, de la libertad creadora, de la vida en una palabra"?

La lucha ascética humaniza y santifica
“Razonar de este modo, en el caso de Charbel Makhlouf y de tantos otros de sus compañeros monjes o anacoretas desde el principio de la Iglesia, supone una grave incomprensión, como si solo se tratara de una realización puramente humana; supondría mostrar una cierta miopía frente a una realidad mucho más profunda. Por cierto, el equilibrio humano no puede ser menospreciado; y en todo caso los Superiores y la Iglesia misma deben velar por la prudencia y la autenticidad de tales experiencias. Pero prudencia y equilibrio humano no son conceptos estáticos, limitados a los elementos psicológicos más comunes o a recursos exclusivamente humanos”.
“Es olvidar en primer lugar que Cristo mismo ha expresado exigencias fuertes para los que querrían ser sus discípulos: "Sígueme… y deja a los muertos enterrar a sus muertos" (Luc. 9, 59-60). "Si alguien viene a mí y no me prefiere a su padre, a su madre, a su mujer, sus hijos, a sus hermanos, a sus hermanas y hasta su propia vida, no puede ser mi discípulo" (ibid. 14, 26). Es olvidar también, en lo espiritual, el poder del alma, para la cual esta austeridad es primeramente un simple medio, es olvidar el amor de Dios que la inspira, el Absoluto que la atrae; es ignorar la gracia del Cristo que la sostiene y la hace participar en el dinamismo de su propia Vida. Finalmente es desconocer los recursos de la vida espiritual, capaz de hacer llegar a una profundidad, a una vitalidad, a una finura de ser, a un equilibrio, tanto más grandes que no han podido ser buscados por sí mismos. “Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y lo demás se os dará por añadidura" (Matth. 6, 32).
“En efecto, ¿quién no admirará, en Charbel Makhlouf, los aspectos positivos que la austeridad, la mortificación, la obediencia, la castidad, la soledad, han hecho posible en grado que pocas veces se alcanza? Pensad en su libertad soberana ante las dificultades o pasiones de todo tipo, en la calidad de su vida interior, en la elevación de su oración, en su espíritu de adoración manifestado en el corazón de la naturaleza y sobre todo en la presencia del Santísimo Sacramento, en su cariño filial a la Virgen, y en todas esas maravillas prometidas en las bienaventuranzas y realizadas a la letra en nuestro santo: dulzura, humildad,  misericordia, paz, alegría, participación ya en esta vida del poder de curación y conversión de Cristo.  En fin, la austeridad, en él, lo puso sobre el camino de una serenidad perfecta, de la verdadera felicidad; ella ha dejado un espacio muy grande al Espíritu Santo”.

Nadie está dispensado de una vida cristiana exigente
“Sí, el género de santidad practicado por Charbel Makhlouf es de gran importancia,  no sólo para la gloria de Dios, sino para la vitalidad de la Iglesia. Ciertamente, en el único Cuerpo Místico de Cristo, como dice San Pablo (cf. Rom. 12, 4-8), los carismas son muchos y variados; ellos corresponden a diferentes funciones, que tienen cada uno su lugar indispensable. Son necesarios Pastores que reúnan al pueblo de Dios y lo presidan con sabiduría en nombre de Cristo. Se necesitan teólogos que investiguen la doctrina y un Magisterio que vele por ello. Se necesitan evangelizadores y misioneros que lleven la palabra de Dios por todos los caminos del mundo. Se necesitan catequistas que sean maestros y educadores avisados de la fe: es el objeto del actual Sínodo. Son necesarias  personas que se dediquen directamente a la ayuda de sus hermanos… Pero también hay necesidad de personas que se ofrezcan como víctimas por la salvación del mundo, en una vida penitente libremente aceptada, en una oración incesante de intercesión, como Moisés en la montaña, en una apasionada búsqueda del Absoluto, testimoniando que vale la pena que Dios sea adorado y amado por Sí mismo. El estilo de vida de estos religiosos, de estos monjes, de estos ermitaños, no es propuesto a todos como un carisma imitable; pero visto en general, de una manera radical, ellos encarnan un espíritu que ningún fiel de Cristo está dispensado de vivir, ellos ejercen una función sin la cual la Iglesia no sabría sostenerse, nos recuerdan un camino saludable para todos".

lunes, 21 de julio de 2014

RAZONES DE UNA LITURGIA DEVALUADA (II)

El "asambleísmo", verdadero dogma de la liturgia moderna, es otro de los factores que ha devaluado notablemente el culto de la Iglesia.  A este respecto escribe Trower: “La segunda idea dominante es que la liturgia debe ser utilizada para generar cohesión social. La gente debe sentirse ella misma en Misa y verse claramente como lo que es, una comunidad fuertemente unida. La influencia de Buber en esta área ha sido abrumadora. Por supuesto que los cristianos han de ser reconocidos por su amor a sus semejantes, pero eso debe quedar patente en la totalidad de sus vidas. No es necesario presumir de ello en la Iglesia. El espíritu del culto sufre si se centra la atención al margen de Dios, en la asamblea.
Aquí no puedo hacer otra cosa sino citar de nuevo a Nichols: “Un sentido comunitario que no surge de la celebración ritual del culto, sino que es buscado por sí mismo, pronto resulta evanescente, superficial o ambas cosas. Lo más que puede hacer es producir una atmósfera transitoriamente condescendiente que es finalmente frustrante”. Y añade aún más oportunamente: “Igual que pasa con la felicidad, la comunidad no surge si se la busca directamente; más bien es una consecuencia indirecta y vital de estar inmerso en otras cosas”.
Casi la misma opinión había sido mantenida mucho antes por Guardini. En El espíritu de la liturgia explica por qué la liturgia ha de ser desprendida, objetiva, y estar bien regulada, por qué no debe conceder espacio para la expresión de sentimientos personales. La Iglesia universal, señala, acoge a hombres y mujeres de todo tipo de temperamentos. Para que todos ellos se puedan unir en el culto, la liturgia debe estar por encima del nivel de sus diferencias emocionales. Las expresiones de sentimiento personal y entusiasmo en el culto público, insiste, son características de las sectas religiosas” (p. 715).
El efecto más perturbador de un asambleísmo comunitario exacerbado en la liturgia es que arraiga más y más a la comunidad en su propia cotidianidad; repliega a sus participantes sobre sí mismos y su estrecho mundo en vez de abrirlos e invitarlos a participar activamente de la liturgia celeste. “Una liturgia diseñada para generar sentimiento comunitario en lugar de elevarnos temporalmente de los lugares comunes diarios, nos deja firmemente plantados en ellos”, concluye Trower (p. 716).

viernes, 18 de julio de 2014

RAZONES DE UNA LITURGIA DEVALUADA (I)

Todo intento por dar razón del colapso litúrgico que sobrevino a la Iglesia después del Concilio Vaticano II me parece digno de atención. Individuar causas y motivos del hundimiento del culto católico en vastos sectores de la Iglesia, se vuelve  hoy un servicio indispensable si se quiere reencontrar la senda perdida. En tal sentido, las consideraciones del escritor inglés Philip Trower, en su libro Confusión y verdad, (ed. buey mudo, Madrid 2010) sobre las ideas que han favorecido el estado decadente de la liturgia actual, son de gran interés. En relación a ellas escribe Trower: “Es difícil concebir un tipo de culto mejor calculado para alejar de la Iglesia a hombres y mujeres con ansia de Dios que una liturgia celebrada siguiendo estos principios” (p. 716). Entre éstos, el autor señala cuatro principios cuya mala interpretación y aplicación han sido los principales responsables de la devaluación de la liturgia de Pablo VI.

El primer principio litúrgicamente poco feliz se debe a la influencia del racionalismo ilustrado. Según Trower, “De acuerdo con este esquema mental, el fin principal de la liturgia es instruir. Nadie dice explícitamente que el culto de Dios no sea el objetivo primordial de la liturgia, pero cuando prevalece este esquema mental, el culto tiende a ser algo así como un joven compañero. Por supuesto que en la liturgia existe espacio para la “instrucción”, pero “no aprendemos de las lecturas de la Escritura y del resto de la liturgia como lo hacemos en “clase” de catecismo o estudiando libros sobre la fe donde los temas están dispuestos en un orden lógico.  En la liturgia, la verdad divina es transmitida a nuestras almas de manera diferente. Cuando la liturgia se utiliza sobre todo como herramienta de enseñanza, puede dejar de enseñar” (p. 714). En realidad, concluye más adelante el autor, una “liturgia demasiado instructiva es como una conversación con un rey constantemente interrumpida por cortesanos y secretarios” (p. 716), y por lo mismo agotadora. 

lunes, 14 de julio de 2014

GÓMEZ DÁVILA Y EL PROGRESISMO ECLESIÁSTICO

En la obra de Nicolás Gómez Dávila, Escolios a un texto implícito, abundan los aforismos que, unidos entre sí como piezas de un rompecabezas, nos ofrecen una interesante panorámica del así llamado mundo eclesiástico progresista. Engendrado por los años sesenta, este mundo arrastra hasta nuestros días un desierto de infecundidad y confusión. Gómez Dávila observó atentamente este fenómeno desolador en la vida de la Iglesia y en breves sentencias logra describirlo con exactitud, elegancia y fina ironía. He aquí una selección de sus textos:

1. -El clero moderno, para salvar la institución, trata de desembarazarse del mensaje.
2. -El individuo, para “perseverar en su ser”, puede hacer concesiones, pero la idea que las haga se transforma en otra distinta.
   Si la Iglesia es meramente una agrupación de individuos interesados en defender su existencia colectiva, las concesiones hábiles le son lícitas; pero si es el vehículo  de la fe y el cuerpo de Cristo, todo aggiornamento la pervierte.
3. -La Iglesia actual excluye gentilmente del depósito revelado todo lo que la opinión pública condena.
4. -Llámase mentalidad moderna el proceso de exculpación de los pecados capitales.
5. -A fuerza de adaptarse a la “mentalidad moderna”, el cristianismo se volvió una doctrina que no es difícil acatar, ni es interesante hacerlo.
6. -La religión, bajo el influjo del clero progresista, en lugar de opio del pueblo, es su veneno.
7. -La herejía que amenaza a la Iglesia, en nuestro tiempo, es el “terrenismo”.
8. -La Iglesia contemporánea practica preferentemente un catolicismo electoral. Prefiere el entusiasmo de las grandes muchedumbres a las conversiones individuales.
9. -El teólogo moderno anhela transformar la doctrina cristiana en simple ideología de comportamientos comunitarios.
10. –La Iglesia actual no estrecha a la democracia en sus brazos porque la perdona, sino para que la democracia la perdone.

viernes, 11 de julio de 2014

SAN BENITO, REFORMARSE PARA REFORMAR

Hoy, fiesta de San Benito Abad, recojo un par de párrafos del Papa Benedicto XVI tomados de la Audiencia que dedicó a su santo Patrono. San Benito, al igual que otros muchos santos fundadores, sabía que todo auténtico servicio a la Iglesia debe comenzar por una profunda renovación del corazón. Además, su inolvidable máxima: Christo omnino nihil præponant, no antepongan nada absolutamente a Cristo, es la senda segura para resguardar el culto y la alabanza a Dios del antropocentrismo que nos acecha.

"El período que pasó en Subiaco, un tiempo de soledad con Dios, fue para san Benito un momento de maduración. Allí tuvo que soportar y superar las tres tentaciones fundamentales de todo ser humano: la tentación de autoafirmarse y el deseo de ponerse a sí mismo en el centro; la tentación de la sensualidad; y, por último, la tentación de la ira y de la venganza".

"San Benito estaba convencido de que sólo después de haber vencido estas tentaciones podía dirigir a los demás palabras útiles para sus situaciones de necesidad. De este modo, tras pacificar su alma, podía controlar plenamente los impulsos de su yo, para ser artífice de paz a su alrededor. Sólo entonces decidió fundar sus primeros monasterios en el valle del Anio, cerca de Subiaco". (Benedicto XVI, Audiencia general, miércoles 9 de abril de 2008)

lunes, 7 de julio de 2014

SUMMORUM PONTIFICUM, SÉPTIMO ANIVERSARIO

“La carta Apostólica Motu Proprio data “Summorum Pontificum” del Sumo Pontífice Benedicto XVI, del 7 de julio de 2007, entrada en vigor el 14 de septiembre de 2007, ha hecho más accesible a la Iglesia universal la riqueza de la Liturgia Romana. (Instrucción Universæ Ecclesiæ, 1 del 30 de abril de 2011) DEO GRATIAS!

“… la decisión con la que Benedicto XVI autorizó la celebración de la antigua misa en latín debe ser comprendida como un acto de legislación universal que interesa a toda la Iglesia en todo el mundo y no como un favor hecho a un individuo o a un grupo, porque se trata de una ley cuya finalidad es la salvaguardia y promoción de la vida de todo el cuerpo místico de Cristo y de la máxima expresión de esta vida, es decir, la liturgia Sacra”. (Mons. Raymond Leo Cardenal Burke)

“…es mi firme convicción de que el Vetus Ordo representa en gran medida y de la manera más satisfactoria, la forma que llaman mística y trascendente, para el encuentro con Dios en la liturgia. Por lo tanto ha llegado el momento para nosotros de, no solo renovar la nueva liturgia a través de cambios radicales, sino también de alentar más y más la vuelta del Vetus Ordo, como un camino para una verdadera renovación de la Iglesia, que fue la que los padres de la Iglesia, sentados en el Cocilio Vaticano II, tanto desearon”.  (Mons. Malcolm Cardenal Ranjith)

“Las mismas reacciones negativas al motu proprio, raras pero violentas, vienen a confirmar sin quererlo la urgencia de esta acción terapéutica realizada por Benedicto XVI”. (Pietro De Marco)

jueves, 3 de julio de 2014

LA VALENTÍA DE UN PASTOR

Finalmente Mons. Stegmeier, Obispo de Villarrica, rompe el silencio episcopal frente a las recientes declaraciones del padre Berríos. Agradecemos profundamente la valentía y caridad de este pastor para corregir y prestar ayuda a la oveja extraviada. Creo que este rayo luminoso en medio de tanta oscuridad disipará, aunque sea por un instante, densas tinieblas entre las que quizá nos hemos acostumbrado a caminar y, por lo mismo, muy torpemente.
Carta pastoral "Una triste entrevista" de Monseñor Francisco Javier Stegmeier, Obispo de Villarrica, sobre los desvaríos del padre Berríos.
Enlace aquí:  diocesisdevillarrica.cl

TOMÁS UN APÓSTOL DECIDIDO

Extracto de la audiencia de Benedicto XVI (miércoles 27 septiembre de 2006) dedicada al apóstol Tomás:
“El cuarto Evangelio, en particular, nos da datos sobre algunas características significativas de su personalidad. La primera es la exhortación que hizo a los demás apóstoles cuando Jesús, en un momento crítico de su vida, decidió ir a Betania para resucitar a Lázaro, acercándose así de manera peligrosa a Jerusalén (Cf. Marcos 10, 32). En aquella ocasión Tomás dijo a sus condiscípulos: «Vayamos también nosotros a morir con él» (Juan 11, 16). Su determinación a la hora de seguir al Maestro es verdaderamente ejemplar y nos ofrece una enseñanza preciosa: revela la total disponibilidad de adhesión a Jesús hasta identificar la propia suerte con la suya y querer compartir con Él la prueba suprema de la muerte. De hecho, lo más importante es no alejarse nunca de Jesús. Cuando los Evangelios utilizan el verbo «seguir», quieren explicar que adonde se dirige Él tiene que ir también su discípulo. De este modo, la vida cristiana se define como una vida con Jesucristo, una vida que hay que transcurrir con Él. San Pablo escribe algo parecido cuando tranquiliza con estas palabras a los cristianos de Corinto: «en vida y muerte estáis unidos en mi corazón» (2 Corintios 7, 3). Lo que se da entre el apóstol y sus cristianos tiene que darse ante todo en la relación entre los cristianos y el mismo Jesús: morir juntos, vivir juntos, estar en su corazón como Él está en el nuestro”.