jueves, 28 de noviembre de 2013

INDIGENCIA DEL ALMA SIN DIOS

¡Ay del alma en la que no habita Cristo!, repite San Macario –eremita egipcio del siglo IV- en una de sus homilías que el Oficio de Lecturas nos proponía ayer. El alma donde no mora Dios es como casa abandonada, como camino solitario, intransitable y peligroso, como nave sin rumbo por falta de piloto, como tierra agreste sin cultivar o como albergue donde se amontonan vicios innumerables. Un texto digno de meditación para sentir la necesidad absoluta de Dios y temer la pérdida de tan preciado Bien.

“Así como en otro tiempo Dios, irritado contra los judíos, entregó a Jerusalén a la afrenta de sus enemigos, y sus adversarios los sometieron, de modo que ya no quedaron en ella ni fiestas ni sacrificios, así también ahora, airado contra el alma que quebranta sus mandatos, la entrega en poder de los mismos enemigos que la han seducido hasta afearla.
Y, del mismo modo que una casa, si no habita en ella su dueño, se cubre de tinieblas, de ignominia y de afrenta, y se llena de suciedad y de inmundicia, así también el alma, privada de su Señor y de la presencia gozosa de sus ángeles, se llena de las tinieblas del pecado, de la fealdad de las pasiones y de toda clase de ignominia.
¡Ay del camino por el que nadie transita y en el que no se oye ninguna voz humana!, porque se convierte en asilo de animales. ¡Ay del alma por la que no transita el Señor ni ahuyenta de ella con su voz a las bestias espirituales de la maldad! ¡Ay de la casa en la que no habita su dueño! ¡Ay de la tierra privada de colono que la cultive! ¡Ay de la nave privada de piloto!, porque, embestida por las olas y tempestades del mar, acaba por naufragar. ¡Ay del alma que no lleva en sí al verdadero piloto, Cristo!, porque, puesta en un despiadado mar de tinieblas, sacudida por las olas de sus pasiones y embestida por los espíritus malignos como por una tempestad invernal terminará en el naufragio.
¡Ay del alma privada del cultivo diligente de Cristo que es quien le hace producir los buenos frutos del Espíritu!, porque, hallándose abandonada, llena de espinos y de abrojos, en vez de producir fruto, acaba en la hoguera. ¡Ay del alma en la que no habita Cristo, su Señor!, porque, al hallarse abandonada y llena de la fetidez de sus pasiones, se convierte en hospedaje de todos los vicios.
Del mismo modo que el colono, cuando se dispone cultivar la tierra, necesita los instrumentos y vestiduras apropiadas, así también Cristo, el rey celestial y verdadero agricultor, al venir a la humanidad desolada por pecado, habiéndose revestido de un cuerpo humano y llevando como instrumento la cruz, cultivó el alma abandonada, arrancó de ella los espinos y abrojos de los malos espíritus, quitó la cizaña del pecado y arrojó al fuego toda la hierba mala; y, habiéndola así trabajado incansablemente con el madero de la cruz, plantó en ella el huerto hermosísimo del Espíritu, huerto que produce para Dios, su Señor, un fruto suavísimo y gratísimo” (De las homilías atribuidas a San Macario. Homilía 28).

lunes, 25 de noviembre de 2013

PEDRO EN LAS MANOS DE PEDRO

El Papa Francisco abraza y estrecha contra su corazón las reliquias del Apóstol Pedro, expuestas por primera vez al público durante la Misa de clausura del Año de la Fe, ayer Solemnidad de Jesucristo Rey del Universo. Los restos sagrados de aquella Roca sobre la cual Jesucristo quiso edificar su Iglesia se exhibieron en un cofre de bronce, donde se lee “Ex ossibus quae in Arcibasilicae Vaticane Hypogeo inventa Beati Petri Apostoli esse putantur” (De los huesos encontrados en el hipogeo de la basílica vaticana que se cree son del bienaventurado Apóstol Pedro). San Pedro y su sucesor 266, el Papa Francisco, parecen cancelar 2.000 años de historia: una misma fe y un mismo amor los vuelve contemporáneos.


viernes, 22 de noviembre de 2013

CONCELEBRACIONES QUE RECOGEN, CONCELEBRACIONES QUE DISPERSAN


Quien ha tenido la oportunidad de observar a sacerdotes celebrando a un mismo tiempo el Santo Sacrificio en las así llamadas galerías de altares, deberá reconocer que esta antiquísima costumbre de “concelebrar” es más piadosa y profunda que la difundida concelebración actual. En aquella, resplandece en toda su dignidad la figura egregia del sacerdote, solo y recogido junto al altar de Dios, cargado con las necesidades de todo el pueblo cristiano. En la moderna forma de concelebración, el alter Christus –otro Cristo- que es siempre el sacerdote cuando celebra la Santa Misa, nos aparece forzosamente reducido a mero número, inmerso en un gentío despersonalizado. La persona del sacerdote, ordenada para tener entre sus manos ungidas y consagradas la Víctima Sagrada y ofrecerla pro totius mundi salute, por la salvación de todo el mundo, se nos presenta entonces notablemente empobrecida, asumiendo un papel casi de simple espectador, muchas veces distraída, distante o dispersa. 
Y cuando se trata de concelebraciones masivas, creo advertir incluso la presencia de elementos casi vejatorios para el sacerdocio ministerial. No me parece exagerado, pues el mismo Benedicto XVI se atrevió a plantear la cuestión de si en estas concelebraciones multitudinarias “se mantiene aún la estructura querida por el Señor” para una celebración eucarística.













jueves, 21 de noviembre de 2013

LA PRESENTACIÓN DE MARÍA EN EL TEMPLO, UN DON ESPLÉNDIDO PARA DIOS

Sirva este piadoso texto de San Alfonso María de Ligorio, para honrar a Santa María en la fiesta de su Presentación en el Templo, a una muy temprana edad. Dice este santo doctor que “jamás hubo ni habrá un ofrecimiento hecho por una criatura más grande ni más perfecto que el que hizo la niña María a Dios cuando se presentó en el templo para ofrecerle, no incienso ni becerros, ni monedas de oro, sino a sí misma del todo y por entero, en perfecto holocausto, consagrándose como víctima perpetua en su honor. Muy temprano oyó la voz del Señor que la llamaba a dedicarse toda entera a su amor, con aquellas palabras: Levántate, apresúrate amiga mía y ven (Cant 2, 10). Para eso quería su Señor que, dejando de lado su patria, sus parientes y todo, se dedicara completamente a amarlo y complacerlo: Oye, hija mía, mira, inclina tu oído y olvida a tu pueblo y la casa paterna (Sal 44, 14). Y ella, al instante, obedeció el llamado de Dios... Por amor a esta niña privilegiada, aceleró el Redentor su venida al mundo… Con el aroma de sus virtudes y con sus poderosas plegarias, atrajo a su seno virginal al Hijo de Dios”. (San Alfonso María de Ligorio, Las glorias de María, Buenos Aires 2010, p. 304)

sábado, 16 de noviembre de 2013

UNA PODEROSA SÚPLICA REPARADORA DE GERTRUDIS

Santa Gertrudis, religiosa y mística alemana del siglo XIII, apodada la Grande, y cuya fiesta celebra hoy la Iglesia, sin duda guiada por la luz del Espíritu Santo veía con mucha claridad los nítidos contornos de su propia miseria: “Te doy gracias –escribe en el libro de las revelaciones-, con todo mi corazón, por tu inmensa misericordia y alabo, al mismo tiempo, tu paciente bondad, la cual puse a prueba durante los años de mi infancia y niñez, de mi adolescencia y juventud, hasta la edad de casi veintiséis años, ya que pasé todo este tiempo ofuscada y demente, pensando, hablando y obrando, siempre que podía, según me venía en gana —ahora me doy cuenta de ello—, sin ningún remordimiento de conciencia, sin tenerte en cuenta a ti, dejándome llevar tan sólo por mi natural detestación del mal y atracción hacia el bien, o por las advertencias de los que me rodeaban, como si fuera una pagana entre paganos, como si nunca hubiera comprendido que tú, Dios mío, premias el bien y castigas el mal; y ello a pesar de que desde mi infancia, concretamente desde la edad de cinco años, me elegiste para entrar a formar parte de tus íntimos en la vida religiosa”. Pero igualmente advierte que tiene derecho a apropiarse los méritos infinitos de Jesucristo –este es el grandioso derecho del cristiano- y ofrecerlos como reparación grata y suficiente al Padre. Por eso sigue diciendo: “Te ofrezco en reparación, Padre amantísimo, todo lo que sufrió tu Hijo amado, desde el momento en que, reclinado sobre paja en el pesebre, comenzó a llorar, pasando luego por las necesidades de la infancia, las limitaciones de la edad pueril, las dificultades de la adolescencia, los ímpetus juveniles, hasta la hora en que, inclinando la cabeza, entregó su espíritu en la cruz, dando un fuerte grito. También te ofrezco, Padre amantísimo, para suplir todas mis negligencias, la santidad y perfección absoluta con que pensó, habló y obró siempre tu Unigénito, desde el momento en que, enviado desde el trono celestial, hizo su entrada en este mundo hasta el momento en que presentó, ante tu mirada paternal, la gloria de su humanidad vencedora”. (Del libro de las Insinuaciones de la divina piedad, de santa Gertrudis, virgen (Libro 2, 23,1. 3. 5. 8.10: SC 139, 330-340)

lunes, 11 de noviembre de 2013

¿POR QUÉ NOS DEJAS, PADRE MARTÍN?

Siempre me ha conmovido el relato de la muerte de San Martín de Tours que se recoge en el oficio de su fiesta. Admiro la turbación y desconsuelo de su clero por la partida del pastor amado y los ruegos para que permanezca todavía con ellos. Admiro igualmente la respuesta generosa y confiada del santo: Señor, si aún soy necesario a tu pueblo, no rehúyo el trabajo; hágase tu voluntad. Y después suele venirse a mi cabeza esta consideración: ¡Qué maravilla si los obispos supieran hacerse querer de su clero como Martín! Porque en nuestros días, cuando un pastor deja su grey, no es raro que se comente: ¡por fin monseñor nos deja!

"Martín -dice este emotivo relato- conoció con mucha antelación su muerte y anunció a sus hermanos la proximidad de la disolución de su cuerpo. Entretanto, por una determinada circunstancia, tuvo que visitar la diócesis de Candes. Existía en aquella Iglesia una desavenencia entre los clérigos, y, deseando él poner paz entre ellos, aunque sabía que se acercaba su fin, no dudó en ponerse en camino, movido por este deseo, pensando que si lograba pacificar la Iglesia sería éste un buen colofón a su vida.
Permaneció por un tiempo en aquella población o comunidad, donde había establecido su morada. Una vez restablecida la paz entre los clérigos, cuando ya pensaba regresar a su monasterio, de repente empezaron a faltarle las fuerzas; llamó entonces a los hermanos y les indicó que se acercaba el momento de su muerte. Ellos, todos a una, empezaron a entristecerse y a decirle entre lágrimas: "¿Por qué nos dejas, padre? ¿A quién nos encomiendas en nuestra desolación? Invadirán tu grey lobos rapaces; ¿quién nos defenderá de sus mordeduras, si nos falta el pastor? Sabemos que deseas estar con Cristo, pero una dilación no hará que se pierda ni disminuya tu premio; compadécete más bien de nosotros, a quienes dejas."
Entonces él, conmovido por este llanto, lleno como estaba siempre de entrañas de misericordia en el Señor se cuenta que lloró también; y, vuelto al Señor, dijo tan sólo estas palabras en respuesta al llanto de sus hermanos: "Señor, si aún soy necesario a tu pueblo, no rehúyo el trabajo; hágase tu voluntad."… Dicho esto, vio al demonio cerca de él, y le dijo: ¿Por qué estás aquí, bestia feroz? Nada hallarás en mí, malvado; el seno de Abrahán está a punto de acogerme." Con estas palabras entregó su espíritu al cielo. Martín, lleno de alegría, fue recibido en el seno de Abrahán; Martín, pobre y humilde, entró en el cielo, cargado de riquezasDe las cartas de Sulpicio Severo (Carta 3, 6. 9-10. 11.14-17. 21: SC 133, 336-344)

sábado, 9 de noviembre de 2013

¡QUÉ TERRIBLE ES ESTE LUGAR!

La Iglesia celebra hoy la fiesta de la Dedicación de la Basílica romana de San Juan de Letrán. Esta basílica es la Catedral del Papa y la más antigua de todas las basílicas de la Iglesia Católica; se la reconoce como la  "Madre y Cabeza de toda las iglesias de la ciudad y del mundo". En el antiguo misal romano,  la misa común para la Dedicación de un Templo tiene este sugestivo nombre: misa Terribilis. El nombre está tomado del introito de la misa que comienza con las palabras que Jacob exclamó al despertar del sueño de la escala: “¡Qué terrible es este lugar! No es sino la casa de Dios y la puerta de los cielos” (Gen. 28, 17). El terror sagrado poco tiene que ver con el pánico frente a un inminente peligro o catástrofe. Más bien se trata de la profunda conmoción interna y externa de la criatura, cuando experimenta la cercanía de la majestad infinita de Dios. Los mismos ángeles tiemblan y se estremecen ante el trono de Dios: tremunt potestates, tiemblan las potestades angélicas, como se reza en muchos prefacios de la liturgia. Pero se trata de un terror que deslumbra, que atrae, que fascina; un terror que invita a la contemplación: Señor, ¡qué bien estamos aquí! (Mt 17,4). Por desgracia, la liturgia y el arte sagrado contemporáneo, han perdido mucho de este carácter sublime y terrible; y en el ámbito religioso lo verdaderamente terrible es la vulgaridad.

martes, 5 de noviembre de 2013

UNA ORACIÓN POR LOS DIFUNTOS DE J. H. NEWMAN

"Dios de los espíritus de toda carne, Jesús amante de las almas, te encomendamos las almas de todos tus siervos que han partido con el signo de la fe y duermen el sueño de la paz. Te suplicamos, Señor y Salvador, que, así como en tu misericordia hacia ellos te hiciste hombre, así ahora quieras apresurar el tiempo y admitirlos en tu presencia. Recuerda, Señor, que son tus criaturas, hechas no por dioses extraños sino por ti, el único Dios vivo y verdadero, pues no hay otro Dios más que tú, ninguno que pueda igualar tus obras. Haz que sus almas gocen en tu luz, y no les tengas en cuenta sus iniquidades de antes, que cometieron por la violencia de la pasión o los hábitos corruptos de su naturaleza caída. Pues, aunque han pecado, aun así creyeron siempre y firmemente en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y antes de morir se reconciliaron contigo con verdadera contrición y los Sacramentos de tu Iglesia.
Bondadoso Señor, te suplicamos no recuerdes en su contra los pecados de su juventud y de su ignorancia, sino que, de acuerdo a tu gran misericordia, los tengas presentes en tu infinita gloria. Que los cielos se abran para recibirlos y los ángeles se regocijen con ellos. Que el Arcángel San Miguel los conduzca a ti. Que los santos ángeles salgan a recibirlos y los lleven a la ciudad de la Jerusalén celestial. Que los reciba San Pedro, a quien le diste la llave del reino de los cielos. Que los apoye San Pablo, el vaso de elección. Que interceda por ellos San Juan, el discípulo amado que tuvo la revelación de los secretos del cielo. Que recen por ellos los Santos Apóstoles, que recibieron de ti el poder de atar y desatar. Que le ofrezcan su amistad todos los santos y elegidos de Dios que en este mundo sufrieron tormentos por tu nombre. Que siendo liberados de la prisión aquí abajo, puedan ser admitidos en las glorias de ese reino, donde con el Padre y el Espíritu Santo vives y reinas, siendo Dios, por los siglos de los siglos.
Santos de Dios, venid en su ayuda y obtenedles el rescate del lugar de castigo. Ángeles, salid a su encuentro. Almas santas recibidlos y presentadlos ante el Señor. Dales, Señor, el descanso eterno, y brille para ellos la luz que no tiene fin.
Que descansen en paz. Amén".


(John Henry Newman, Meditaciones y devociones, Ed. Agape Libros, Buenos Aires, 2007, p. 171.)

sábado, 2 de noviembre de 2013

EL DIES IRAE: UNA JOYA LITÚRGICA DIGNA DE MEDITACIÓN

La vieja secuencia de la misa de difuntos conocida como Dies iræ, compuesta con probabilidad en el siglo XIII por el franciscano Tomás de Celano, amigo y biógrafo de San Francisco de Asís, es una pieza litúrgica y teológica de inusitada riqueza. No obstante su uso por más de seis siglos, fue suprimida del misal romano en la reforma postconciliar. Como expresión acabada de aquella piedad medieval que nutrió durante siglos nuestra civilización cristiana, debió parecer a los nuevos reformadores una secuencia demasiado tétrica para la sensibilidad moderna. Quizá por su antigüedad y veneración no se la sepultó del todo, pero su uso quedó relegado a la más mínima expresión en la actual Liturgia de las Horas. Recobrar esta joya litúrgica -más si es cantada- con toda su fuerza dramática, me parece un medio eficaz para detener la invasión de ese sentimentalismo, de escaso valor teológico y espiritual, que se apodera cada vez más de nuestras celebraciones fúnebres. Cuando una civilización pretende domesticar mediante la exaltación del sentimiento las profundas y radicales cuestiones que nos plantea la muerte, es señal de que ella misma está mortalmente enferma. El mes de noviembre, dedicado a rogar por nuestros fieles difuntos, es buena oportunidad para meditar esta secuencia. Nadie nos asegura que el dies irae será sin más un dies misericordiae. Es preciso clamar: Voca me cum benedictis! llámame con los bienaventurados. 
  1. Día de ira, aquel día, que reducirá este mundo a cenizas, como profetizaron David y la Sibila.
  2. ¡Cuánto terror sobrevendrá cuando venga el Juez a pormenorizar todas las cosas con estricto rigor!
  3. La trompeta, esparciendo un admirable sonido por todos los sepulcros del mundo, reunirá a todos ante el trono. 
  4. La muerte y la naturaleza quedarán estupefactas cuando resuciten las criaturas para responder a su Juez.
  5. Saldrá a la luz el libro escrito que todo lo contiene, por el que el mundo será juzgado.
  6. Cuando al Juez le parezca oportuno, todo lo oculto saldrá a la luz; nada quedará impune.
  7. ¿Qué podré yo, miserable, decir entonces? ¿A qué protector invocaré, cuando apenas los justos están seguros?
  8. Rey de tremenda majestad, que salvas gratis a quienes van a ser salvados, sálvame, fuente de piedad.
  9. Recuerda, piadoso Jesús, que soy la causa de tu venida, no me pierdas aquel día.
  10. Buscándome, te sentaste cansado; me redimiste padeciendo muerte de cruz; no sea vano tanto esfuerzo.
  11. Juez que castigas justamente, hazme el regalo del perdón antes del día del juicio.
  12. Gimo como un reo, se enrojece mi rostro por el pecado, perdona, Dios, a quien te implora.
  13. Tú, que absolviste a María Magdalena y escuchaste al ladrón, también a mí me diste esperanza.
  14. Mis ruegos de nada valen, pero tú que eres bueno, sé misericordioso: que no me queme en el fuego eterno.
  15. Dame un lugar entre las ovejas y separándome de los cabritos colócame a tu diestra.
  16. Rechazados ya los condenados, y entregados a las duras llamas, llámame con los bienaventurados.
  17. Suplicante y humilde te ruego, con el corazón casi hecho ceniza: toma a tu cuidado mi destino.
  18. Día de lágrimas será aquel en que resurja del polvo el hombre culpable para ser juzgado.
  19. Perdónale pues, oh Dios. Piadoso Señor Jesús: dales el descanso eterno.