miércoles, 29 de marzo de 2023

DIOS NUNCA FRACASA. UNA HOMILÍA SELECTA DE BENEDICTO XVI

Duccio. Descendimiento de la Cruz

La siguiente homilía constituye una pieza sublime en la homilética del papa Benedicto. Fue pronunciada (no leída) en Roma durante una concelebración con obispos suizos en noviembre de 2006. El Santo Padre exhorta a confiar siempre en Dios porque la creatividad de su amor encierra el poder de convertir nuestros fracasos y derrotas, nuestro reiterado «no» a su invitación, en nuevas oportunidades de manifestar su gloria y desplegar su bondad, su «sí», en favor nuestro. En definitiva, un texto de gran profundidad y belleza, especialmente oportuno para meditar en este tiempo y que nos familiariza algo más con la lógica divina de la Cruz.  


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Queridos hermanos en el episcopado:

Los textos que acabamos de escuchar ―la lectura, el salmo responsorial y el evangelio― tienen un tema común, que se podría resumir en la frase: Dios no fracasa. O, más exactamente: al inicio Dios fracasa siempre, deja actuar la libertad del hombre, y esta dice continuamente «no». Pero la creatividad de Dios, la fuerza creadora de su amor, es más grande que el «no» humano. A cada "no" humano se abre una nueva dimensión de su amor, y él encuentra un camino nuevo, mayor, para realizar su «sí» al hombre, a su historia y a la creación.

En el gran himno a Cristo de la carta a los Filipenses, que hemos proclamado al inicio, escuchamos ante todo una alusión a la historia de Adán, al cual no satisfacía la amistad con Dios; era demasiado poco para él, pues quería ser él mismo un dios. Creyó que su amistad era una dependencia y se consideró un dios, como si él pudiera existir por sí mismo. Por esta razón dijo «no» para llegar a ser él mismo un dios; y precisamente de ese modo se arrojó él mismo desde su altura. Dios «fracasa» en Adán, como fracasa aparentemente a lo largo de toda la historia. Pero Dios no fracasa, puesto que él mismo se hace hombre y así da origen a una nueva humanidad; de esta forma enraíza el ser Dios en el ser hombre de modo irrevocable y desciende hasta los abismos más profundos del ser humano; se abaja hasta la cruz. Ha vencido la soberbia con la humildad y con la obediencia de la cruz.

Así, ahora acontece lo que había profetizado Isaías, en el capítulo 45. En la época en que Israel se hallaba desterrado y había desaparecido del mapa, el profeta había predicho que «toda rodilla» (v. 23), el mundo entero, se doblaría ante este Dios impotente. Y la carta a los Filipenses lo confirma: ahora eso se ha hecho realidad. A través de la cruz de Cristo Dios se ha acercado a todas las gentes; ha salido de Israel y se ha convertido en el Dios del mundo. Y ahora el cosmos dobla sus rodillas ante Jesucristo, cosa que también nosotros hoy podemos constatar de modo sorprendente: el crucifijo está presente en todos los continentes, hasta en las más humildes chabolas. El Dios que había «fracasado», ahora con su amor hace que el hombre doble sus rodillas; así vence al mundo con su amor.

Como salmo responsorial hemos cantado la segunda parte del salmo de la pasión (Sal 22). Es el salmo del justo que sufre; ante todo de Israel que sufre, el cual, ante el Dios mudo que lo ha abandonado, grita: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? ¿Cómo has podido olvidarte de mí? Ahora ya casi no existo. Tú ya no actúas, ya no hablas... ¿Por qué me has abandonado?». Jesús se identifica con el Israel sufriente, con los justos de todos los tiempos que sufren, abandonados por Dios, y lleva ese grito de abandono de Dios, el sufrimiento de la persona olvidada, hasta el corazón de Dios mismo; así transforma el mundo.

La segunda parte de este salmo, la que hemos recitado, nos dice qué deriva de ello: los pobres comerán hasta saciarse. Es la Eucaristía universal que procede de la cruz. Ahora Dios sacia a los hombres en todo el mundo, a los pobres que tienen necesidad de él. Él los sacia con el alimento que necesitan: les da a Dios, se da a sí mismo. Y luego el salmo dice: «Volverán al Señor hasta de los confines del orbe». De la cruz nace la Iglesia universal. Dios va más allá del judaísmo y abraza al mundo entero para unirlo en el banquete de los pobres.

Luego, está el mensaje del evangelio. De nuevo el fracaso de Dios. Los primeros en ser invitados se excusan y no van. La sala de Dios se queda vacía; el banquete parece haber sido preparado en vano. Es lo que Jesús experimenta en la fase final de su actividad: los grupos oficiales, autorizados, dicen «no» a la invitación de Dios, que es él mismo. No acuden. Su mensaje, su llamada, acaba en el «no» de los hombres.

Sin embargo, tampoco aquí fracasa Dios. La sala vacía se convierte en una oportunidad para llamar a un número mayor de personas. El amor de Dios, la invitación de Dios, se extiende. San Lucas nos narra esto en dos fases: primero, la invitación se dirige a los pobres, a los abandonados, a los que nadie invita en esa misma ciudad. De ese modo, Dios hace lo que escuchamos en el evangelio de ayer. (El evangelio de hoy forma parte de un pequeño simposio en el marco de una cena en casa de un fariseo. Encontramos cuatro textos: primero, la curación del hidrópico; luego, las palabras sobre los últimos puestos; después, la enseñanza de no invitar a los amigos, que se lo pagarán invitándolo a su vez, sino a los que realmente tienen hambre, los cuales no podrán pagárselo con una invitación; por último viene precisamente nuestro relato). Dios hace ahora lo que dijo Jesús al fariseo: invita a los que no poseen nada, a los que realmente tienen hambre, a los que no pueden invitarlo, a los que no pueden darle nada. Entonces viene la segunda fase: sale de la ciudad, a los caminos, e invita a los vagabundos.

Podemos suponer que san Lucas con esas dos fases quiere dar a entender que los primeros en entrar a la sala son los pobres de Israel, y luego, dado que no son suficientes, pues la sala de Dios es más grande, la invitación se extiende, fuera de la ciudad santa, hasta el mundo de los gentiles

Los que no pertenecen a Dios, los que están fuera, son invitados para llenar la sala. Y seguramente san Lucas, que nos ha transmitido este evangelio, ha visto en ello la representación anticipada ―mediante una imagen― de los acontecimientos que narra después en los Hechos de los Apóstoles, donde sucede eso precisamente: san Pablo siempre comienza su misión en la sinagoga, dirigiéndose a los que han sido invitados en primer lugar, y sólo cuando las personas autorizadas rechazan la invitación y queda solamente un pequeño grupo de pobres, sale y se dirige a los paganos.

Así, el Evangelio, a través de este itinerario constante de crucifixión, se hace universal, abraza a todos, llegando finalmente hasta Roma. En Roma san Pablo llama a los jefes de la sinagoga, les anuncia el misterio de Jesucristo, el reino de Dios en su persona. Pero las personas autorizadas rechazan la invitación, y él se despide de ellas con estas palabras: «Bien, dado que no escucháis, este mensaje se anuncia a los paganos y ellos lo escucharán».

Con esa confianza se concluye el mensaje del fracaso: «ellos lo escucharán». Se formará la Iglesia de los paganos. Y se formó, y sigue formándose. Durante las visitas ad limina los obispos me refieren muchas cosas graves y duras, pero siempre, precisamente los del tercer mundo, me dicen también que los hombres escuchan y vienen; que también hoy el mensaje llega por los caminos hasta los confines de la tierra, y los hombres acuden a la sala de Dios, a su banquete.

Así pues, debemos preguntarnos: ¿Qué significa todo eso para nosotros? Ante todo, tenemos una certeza: Dios no fracasa. «Fracasa» continuamente, pero en realidad no fracasa, pues de ello saca nuevas oportunidades de misericordia mayor, y su creatividad es inagotable. No fracasa porque siempre encuentra modos nuevos de llegar a los hombres y abrir más su gran casa, a fin de que se llene del todo. No fracasa porque no renuncia a pedir a los hombres que vengan a sentarse a su mesa, a tomar el alimento de los pobres, en el que se ofrece el don precioso que es él mismo. Dios tampoco fracasa hoy. Aunque muchas veces nos respondan «no», podemos tener la seguridad de que Dios no fracasa. Toda esta historia, desde Adán, nos deja una lección: Dios no fracasa. También hoy encontrará nuevos caminos para llamar a los hombres y quiere contar con nosotros como sus mensajeros y sus servidores.

Precisamente en nuestro tiempo constatamos cómo los primeros invitados dicen «no». En efecto, la cristiandad occidental, o sea, los nuevos «primeros invitados» en gran parte ahora se excusan, no tienen tiempo para ir al banquete del Señor. Vemos cómo las iglesias están cada vez más vacías; los seminarios siguen vaciándose, las casas religiosas están cada vez más vacías. Vemos las diversas formas como se presenta este «no, tengo cosas más importantes que hacer». Y nos asusta y nos entristece constatar cómo se excusan y no acuden los primeros invitados, que en realidad deberían conocer la grandeza de la invitación y deberían sentirse impulsados a aceptarla. ¿Qué debemos hacer?

Ante todo, debemos plantearnos la pregunta: ¿por qué sucede precisamente eso? En su parábola, el Señor cita dos motivos: la posesión y las relaciones humanas, que absorben a las personas hasta el punto de que creen que no tienen necesidad de nada más para llenar totalmente su tiempo y, por consiguiente, su existencia interior.

San Gregorio Magno, en su exposición de este texto, trató de ir más a fondo y se preguntó: «¿Cómo es posible que un hombre diga «no» a lo más grande que hay, que no tenga tiempo para lo más importante; que limite a sí mismo toda su existencia?». Y responde: en realidad, nunca han hecho la experiencia de Dios; nunca han llegado a «gustar» a Dios; nunca han experimentado cuán delicioso es ser «tocados» por Dios. Les falta este «contacto» y, por tanto, el «gusto de Dios». Y nosotros sólo vamos al banquete si, por decirlo así, lo gustamos. San Gregorio cita el salmo del que está tomada la antífona de comunión de la liturgia de hoy: «Gustad y ved»; gustad y entonces veréis y seréis iluminados. Nuestra tarea consiste en ayudar a las personas a gustar, a sentir de nuevo el gusto de Dios.

En otra homilía, san Gregorio Magno profundizó aún más la misma cuestión, y se preguntó: «¿Cómo es posible que el hombre no quiera ni tan sólo “probar” el gusto de Dios?». Y responde: cuando el hombre está completamente ocupado con su mundo, con las cosas materiales, con lo que puede hacer, con todo lo que es factible y le lleva al éxito, con todo lo que puede producir o comprender por sí mismo, entonces su capacidad de percibir a Dios se debilita, el órgano para ver a Dios se atrofia, resulta incapaz de percibir y se vuelve insensible. Ya no percibe lo divino, porque el órgano correspondiente se ha atrofiado en él, no se ha desarrollado. Cuando utiliza demasiado todos los demás órganos, los empíricos, entonces puede ocurrir que precisamente el sentido de Dios se debilite, que este órgano muera, y que el hombre, como dice san Gregorio, no perciba ya la mirada de Dios, el ser mirado por él, la realidad tan maravillosa que es el hecho de que su mirada se fije en mí.

Creo que san Gregorio Magno describió exactamente la situación de nuestro tiempo. En efecto, su época era muy semejante a la nuestra. Aquí nos surge otra vez la pregunta: ¿qué debemos hacer? Lo primero que debemos hacer es lo que el Señor nos dice hoy en la primera lectura y que san Pablo nos recomienda encarecidamente en nombre de Dios: "Tened los mismos sentimientos de Jesucristo" (Touto phroneite en hymin ho kai en Christo Iesou).

Aprended a pensar como pensaba Cristo; aprended a pensar como él. Este pensar no es sólo una actividad del entendimiento, sino también del corazón. Aprendemos los sentimientos de Jesucristo cuando aprendemos a pensar como él y, por tanto, cuando aprendemos a pensar también en su fracaso, en su experiencia de fracaso, y en el hecho de que incrementó su amor en el fracaso.

Si tenemos sus mismos sentimientos, si comenzamos a ejercitarnos en pensar como él y con él, entonces se despierta en nosotros la alegría con respecto a Dios, la convicción de que él es siempre el más fuerte. Sí, podemos decir que se despierta en nosotros el amor a él. Experimentamos la alegría de saber que existe y podemos conocerlo, que lo conocemos en el rostro de Jesucristo, el cual sufrió por nosotros. Creo que lo primero es entrar nosotros mismos en contacto íntimo con Dios, con el Señor Jesús, el Dios vivo; que en nosotros se fortalezca el órgano para percibir a Dios; que percibamos en nosotros mismos su «gusto exquisito».

Eso dará alma a nuestra actividad, pues también nosotros corremos el peligro de trabajar mucho, en el campo eclesiástico, haciéndolo todo por Dios, pero totalmente absorbidos por la actividad, sin encontrar a Dios. Los compromisos ocupan el lugar de la fe, pero están vacíos en su interior.

Por eso, creo que debemos esforzarnos sobre todo por escuchar al Señor, en la oración, con una participación íntima en los sacramentos, aprendiendo los sentimientos de Dios en el rostro y en los sufrimientos de los hombres, para que así se nos contagie su alegría, su celo, su amor, y para mirar al mundo como él y desde él. Si logramos hacer esto, entonces también en medio de tantos «no» encontraremos de nuevo a los hombres que lo esperan y que a menudo tal vez son caprichosos ―como dice claramente la parábola―, pero que desde luego están llamados a entrar en su sala.

Una vez más, con otras palabras, se trata de la centralidad de Dios; y no precisamente de un Dios cualquiera, sino del Dios que tiene el rostro de Jesucristo. Esto es muy importante hoy. Se podrían enumerar muchos problemas que existen en la actualidad y que es preciso resolver, pero todos ellos sólo se pueden resolver si se pone a Dios en el centro, si Dios resulta de nuevo visible en el mundo, si llega a ser decisivo en nuestra vida y si entra también en el mundo de un modo decisivo a través de nosotros.

A mi parecer, el destino del mundo en esta situación dramática depende de esto: de si Dios, el Dios de Jesucristo, está presente y si es reconocido como tal, o si desaparece. Nosotros queremos que esté presente. En definitiva, ¿qué debemos hacer para ello? Dirigirnos a él. Celebrar la misa votiva del Espíritu Santo, invocándolo: «Lava quod est sordidum, riga quod est aridum, sana quod est saucium. Flecte quod est rigidum, fove quod est frigidum, rege quod est devium» (Lava lo que está sucio, riega lo que está seco, sana lo que está herido. Dobla lo que está rígido, calienta lo que está frío, endereza lo que está torcido).

Invoquémoslo para que riegue, caliente, enderece; para que nos infunda la fuerza de su fuego santo y renueve la faz de la tierra. Por eso le suplicamos de todo corazón en este momento, en estos días. Amén.

Fuente: vatican.va

sábado, 18 de marzo de 2023

SAN JOSÉ, SIEMPRE CON CORAZÓN DE PADRE

Murillo. Descanso en la huida a Egipto.

Las mejores páginas de teología josefina suelen encontrarse entre los escritos de los santos. Los siguientes textos, como breves relámpagos, arrojan luz sobre la grandiosa figura del Santo Patriarca.

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«Al despertar José de su sueño —leemos en Mateo—, hizo como el ángel del Señor le había mandado (Mt 1, 24). En estas pocas palabras está todo. Toda la decisión de la vida de José y la plena característica de su santidad. "Hizo". José, al que conocemos por el Evangelio, es hombre de acción. 

Es hombre de trabajo. El Evangelio no ha conservado ninguna palabra suya. En cambio, ha descrito sus acciones: acciones sencillas, cotidianas, que tienen a la vez el significado límpido para la realización de la promesa divina en la historia del hombre; obras llenas de la profundidad espiritual y de la sencillez madura». (San Juan Pablo II, Audiencia del 19.III.1980)      

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«Y tomé por abogado y señor al glorioso san José y me encomendé mucho a él. Vi claro que, tanto de esta necesidad como de otras mayores de honra y pérdida de alma, este padre y señor mío me libró mejor de lo que yo lo sabía pedir. No me acuerdo hasta hoy de haberle suplicado nada que no me lo haya concedido. Es cosa que espanta las grandes mercedes que me ha hecho Dios por medio de este bienaventurado santo, y de los peligros de que me ha librado, así de cuerpo como de alma; que a otros santos parece que les dio el Señor gracia para socorrer en una necesidad; pero a este glorioso santo tengo experiencia de que socorre en todas, y quiere el Señor darnos a entender, que así como le estuvo sometido en la tierra, pues como tenía nombre de padre, siendo custodio, le podía mandar, así en el cielo hace cuanto le pide». (Santa Teresa, Vida, 6)

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«Quiere mucho a San José, quiérele con toda tu alma, porque es la persona que, con Jesús, más ha amado a Santa María y el que más ha tratado a Dios: el que más le ha amado, después de nuestra Madre.

—Se merece tu cariño, y te conviene tratarle, porque es Maestro de vida interior, y puede mucho ante el Señor y ante la Madre de Dios». (San Josemaría, Forja 554)

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«La norma general que regula la concesión de gracias singulares a una criatura racional determinada es la de que, cuando la gracia divina elige a alguien para otorgarle una gracia singular o para ponerle en un estado preferente, le concede todos aquellos carismas que son necesarios para el ministerio que dicha persona ha de desempeñar.

Esta norma se ha verificado de un modo excelente en San José, padre putativo de nuestro Señor Jesucristo y verdadero esposo de la Reina del universo y Señora de los ángeles. José fue elegido por el eterno Padre como protector y custodio fiel de sus principales tesoros, esto es, de su Hijo y de su Esposa, y cumplió su oficio con insobornable fidelidad. Por eso le dice el Señor: «Siervo bueno y fiel, entra en el gozo de tu Señor». (San Bernardino de Siena, Sermón 2 sobre San José)


jueves, 2 de marzo de 2023

LA CUARESMA, PRIMAVERA ESPIRITUAL

Extracto de una homilía de Benedicto XVI sobre el sentido de la Cuaresma y del ayuno cristiano. Fue pronunciada el 21 de febrero de 2007, Miércoles de Ceniza, en la Basílica de Santa Sabina.

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«Ciertamente, el ayuno al que la Iglesia nos invita en este tiempo fuerte no brota de motivaciones de orden físico o estético, sino de la necesidad de purificación interior que tiene el hombre, para desintoxicarse de la contaminación del pecado y del mal; para formarse en las saludables renuncias que libran al creyente de la esclavitud de su propio yo; y para estar más atento y disponible a la escucha de Dios y al servicio de los hermanos. Por esta razón, la tradición cristiana considera el ayuno y las demás prácticas cuaresmales como «armas» espirituales para luchar contra el mal, contra las malas pasiones y los vicios.

Al respecto, me complace volver a escuchar, juntamente con vosotros, un breve comentario de San Juan Crisóstomo:  «Del mismo modo que, al final del invierno —escribe—, cuando vuelve la primavera, el navegante arrastra hasta el mar su nave, el soldado limpia sus armas y entrena su caballo para el combate, el agricultor afila la hoz, el peregrino fortalecido se dispone al largo viaje y el atleta se despoja de sus vestiduras y se prepara para la competición; así también nosotros, al inicio de este ayuno, casi al volver una primavera espiritual, limpiamos las armas como los soldados; afilamos la hoz como los agricultores; como los marineros disponemos la nave de nuestro espíritu para afrontar las olas de las pasiones absurdas; como peregrinos reanudamos el viaje hacia el cielo; y como atletas nos preparamos para la competición despojándonos de todo (Homilías al pueblo de Antioquía, 3)».

Benedicto XVI, Miércoles de Ceniza, 21 de febrero de 2007

 



lunes, 20 de febrero de 2023

SUMERGIDOS EN CRISTO. EL SIMBOLISMO DE UN RITO DE LA MISA

¡Qué riqueza de doctrina hay en este simbolismo! dice Georges Chevrot al explicar el antiguo rito de la mixtión del agua con el vino en el ofertorio de la Misa. Un texto que arroja luz para una más profunda participación en esta parte del Sacrificio Eucarístico.

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«Desde muy pronto, en la Iglesia de Occidente, la mezcla del agua con el vino que había de consagrarse fue considerada como un símbolo de la divinización del cristiano por su unión a Jesucristo. Pues del mismo modo que el agua y el vino ya no pueden ser separados una vez que se mezclan, tampoco nada separará de Cristo a los fieles que a Él se unan en el acto de su Sacrificio y se mantengan luego fieles en su amor. Más aún: en vano trataréis de reconocer gotas de agua una vez que se hayan mezclado con el vino: pues del mismo modo, una vez unidos a Jesús en el Ministerio de la Redención que perpetua la Misa, nuestra indignidad desaparece a los ojos de Dios, se sumerge en la santidad de su Hijo. Por el Sacramento de la Eucaristía nuestra humanidad entrará en contacto con la Divinidad, pero en la ofrenda del sacrificio, así como el agua confundida con el vino se convertirá también en la Sangre de Jesús, así también nosotros no seremos ya con Cristo más que una sola Hostia, la que el Padre contemplaba con amor infinito cuando se inmolaba en la Cruz.

¡Qué riqueza de doctrina hay en este simbolismo! Está resumida en la oración que pronuncia el sacerdote, no cuando vierte el vino en el cáliz, sino cuando bendice luego el agua y le añade el vino, es decir, cuando realiza el rito que simboliza la unión del cristiano con Jesucristo.

Esta segunda oración es, con mucho, la más bella de las siete. Se reconoce en ella el cuño de las colectas romanas y es, efectivamente, la adaptación de una colecta para el día de Navidad usada en tiempo de San León:


¡Oh Dios, que maravillosamente criaste en dignidad la naturaleza humana y con mayores maravillas la reformaste! Concédenos, por el misterio de este agua y vino, que participemos de la divinidad de Aquel que se dignó participar de nuestra humanidad, Jesucristo, tu Hijo, Señor nuestro, que contigo vive y reina en la unidad del Espíritu Santo, Dios, por todos los siglos de los siglos. Amén.

Esta oración exhala su perfume de Navidad al evocar el “admirable intercambio que se realizó en la inolvidable noche de Belén entre el Hijo de Dios y el género humano”. O admirabile commercium!, cantamos entonces (¡Oh, qué ventajoso trueque! ¡Oh, qué buen negocio!) Para que el Hijo de Dios viniese a habitar entre nosotros, nosotros le cedimos nuestra naturaleza humana, pero cuando Él nos abandone para volver a Su Gloria nos dejará, en pago, Su Divinidad.

La Misa es la renovación de este prodigioso intercambio. Preparémonos a él desde el Ofertorio… Nosotros traemos al altar nuestros trabajos humanos y nuestros dolores humanos, y el Señor, al hacerlos suyos después de la Consagración, les confiere un valor divino. ¡Oh, qué maravilloso intercambio! Christo populus adunatur, escribe Santo Tomás a propósito de este rito. El pueblo fiel está unido a Cristo. Se comprende, señala a continuación el autor, «que el momento del Ofertorio, durante el cual un espectador poco sagaz podría suponer que tan sólo el sacerdote está ocupado en la preparación material del sacrificio, es para cada uno de los concurrentes el tiempo de una preparación necesaria» (G. Chevrot, Nuestra Misa, Madrid 1962, p. 157 y ss).


martes, 17 de enero de 2023

VESTIMENTA LITÚRGICA

Nuevo fragmento del artículo La disciplina litúrgica de don Enrico Finotti sobre el sentido e importancia de los ornamentos litúrgicos. 

El vestido litúrgico

Fuente: liturgiaculmenetfons.it

Se debe hacer un discurso específico con relación a la vestimenta litúrgica que recubre el cuerpo de los ministros sagrados. La normativa litúrgica ordena el uso de los ornamentos de modo completo y llevarlos de manera digna. No se trata de una mera cuestión estética, sino de un testimonio necesario de la excelsa dignidad sacerdotal y de la sublimidad de los misterios a los que el sacerdote debe «servir». Que esto sea una costumbre de derecho divino lo atestigua con toda evidencia la Sagrada Escritura, donde Dios mismo estableció el uso, la forma y la calidad de las vestiduras sagradas que debían vestir el sumo sacerdote Aarón y todos los demás sacerdotes y levitas del templo. La Iglesia, siguiendo a su Maestro y Señor, que no vino a abolir, sino a llevar a término la obra de la salvación, ha seguido utilizando, según las nuevas exigencias de la liturgia cristiana, los ornamentos sagrados y ha elevado enormemente su belleza y simbología. Sin embargo, no faltan insidias importantes que amenazan el uso de las vestiduras sagradas, especialmente si son preciosas y antiguas.

Se trata de un pauperismo que, en nombre de una supuesta ‘pobreza evangélica’, despoja totalmente los ritos de su grandeza y solemnidad, como si la majestad de Dios tuviera que desaparecer y ser sustituida por la desolación de la cruz o, más aún, por una confianza buenista e igualitaria con el Omnipotente en nombre de un recurso banal al Abbá evangélico.

Además, la indigencia de los pobres debería, según esta visión reductiva, restar valor a cualquier manifestación de la gloria divina, que siempre ha constituido la intención primaria de la contemplación adoradora de las realidades celestiales, intrínseca a la liturgia. De aquí que la disciplina ritual mande cuidar los ornamentos sagrados y vestirlos en todas sus partes sin omisiones gratuitas. También el revestirse con ellos debe hacerse en un clima de oración y de piadosa reserva para poder llevarlos con propiedad sagrada durante la celebración de los ritos.

La recuperación de las antiguas oraciones para vestir los ornamentos durante la praeparatio ad Missam podría ayudar no poco a crear una adecuada relación con la vestidura litúrgica. La confección de ornamentos de calidad, su bendición y cuidadosa conservación en la sacristía debe convertirse en una tarea irrenunciable del sacerdote; éste debe ser formado para ejercer personalmente el ostiariado, ministerio que está vinculado a la naturaleza misma del Orden.

Para una completa preparación en esta materia, también es necesario saber evaluar el valor artístico y cultural de los ornamentos antiguos o preciosos, de manera que puedan ser catalogados y eventualmente expuestos en un museo dentro de un ámbito sagrado, para gloria de Dios y honor de su Iglesia. Sostener que tal preparación contrasta con la ‘mentalidad evangélica’, que es un obstáculo para una pastoral pragmática-sociológica y que no interpreta las instancias actuales de las múltiples ‘sensibilidades eclesiales’, sería como afirmar que todo el conjunto del arte y de la cultura de los pueblos debería considerarse insignificante para la sociedad moderna.


 

jueves, 12 de enero de 2023

CON INMENSA GRATITUD: REQUIESCAT IN PACE


«He combatido el buen combate, he concluido mi carrera, he conservado la fe. Solo me queda recibir la corona merecida, que en aquel día me dará el Señor, justo Juez; y no sólo a mí, sino también a todos los que esperan con amor su venida»
(2 Tim 4, 4-5)

sábado, 24 de diciembre de 2022

BELÉN, MISTERIO DE PARADOJAS SANTAS

El Nacimiento del Señor en Belén de Judá nos manifiesta el amor inmenso de Dios por los hombres. Un amor a veces paradojal, que siempre nos sorprende, que invita y mueve a la contemplación silenciosa, como tantos autores cristianos lo han hecho notar. Junto a una breve selección de textos, vayan también nuestros mejores deseos de una santa y feliz Navidad.

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«Jesús yace en el pesebre, pero lleva las riendas del gobierno del mundo; toma el pecho, y alimenta a los ángeles; está envuelto en pañales, y nos viste a nosotros de inmortalidad; está amamantando, y lo adoran; no halló lugar en la posada, y Él fabrica templos suyos en los corazones de los creyentes. Para que se hiciera fuerte la debilidad, se hizo débil la fortaleza… Así encendemos nuestra caridad para que lleguemos a su eternidad» (San Agustín, Sermón 190).

«Es preciso mirar al Niño, Amor nuestro, en la cuna. Hemos de mirarlo sabiendo que estamos delante de un misterio. Necesitamos aceptar el misterio por la fe y, también por la fe, ahondar en su contenido. Para esto, nos hacen falta las disposiciones humildes del alma cristiana: no querer reducir la grandeza de Dios a nuestros pobres conceptos, a nuestras explicaciones humanas, sino comprender que ese misterio, en su oscuridad, es una luz que guía la vida de los hombres» (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa).

«Un establo era el último lugar del mundo en que podía ser esperado. La Divinidad se halla donde menos se espera encontrarla. Ninguna mente humana podría haber sospechado jamás que Aquel que pudo hacer que el sol calentara la tierra, hubiera de necesitar un día a un buey y a un asno para que le calentasen con su aliento... Nadie habría sospechado que al venir Dios a esta tierra se hallara hasta tal punto desvalido» (Venerable Fulton J. Sheen, Vida de Cristo).

«Pues ¿cómo el hombre no sale de sí considerando estos dos extremos tan distantes: Dios en un establo, Dios en un pesebre, Dios llorando y temblando de frío y envuelto en pañales? ¡Oh Rey de gloria! ¡Oh espejo de inocencia! ¿Qué a ti con estos cuidados? ¿Qué a ti con lágrimas? ¿Qué a ti con el frío y desnudez y con el tributo y castigo de nuestros pecados? ¡Oh caridad! ¡Oh piedad! ¡Oh misericordia incomprehensible de nuestro Dios! ¿Qué haré, Dios mío? ¿Qué gracias te daré? ¿Con qué responderé a tantas misericordias? ¿Con qué humildad responderé a esta humildad? ¿Con qué amor a este amor? ¿Y con qué agradecimiento a este tan grande beneficio»? (Fray Luis de Granada, Vida de Jesucristo).