sábado, 22 de agosto de 2026

AVE REGINA CÆLORUM


Ave Regina cælorum, 
Ave Domina Angelorum,
Salve radix, salve porta, 
Ex qua mundo lux est orta.

Gaude, Virgo gloriosa,
Super omnes speciosa,
Vale, O valde decora!
Et pro nobis Christum exora.

* * *

Salve, Reina del Cielo,
Salve, Señora de los Ángeles,
Salve, raíz, salve, puerta,
De quien brotó la Luz al mundo.

Alégrate, Virgen gloriosa,
Hermosa entre todas las demás,
Adiós, doncella bellísima,
Y ruega por nosotros a Cristo.


viernes, 21 de agosto de 2026

UNA AMISTAD ENTRE SANTOS

Imagen de San Pío X realizada por del escultor italiano Sciancalepore. 
Encargada por San Josemaría Escrivá como manifestación
 de su inmensa devoción al Santo.

Desde muy temprano el fundador del Opus Dei, San Josemaría Escrivá, tuvo especial devoción a San Pío X. Le guardó una particular gratitud porque gracias a sus disposiciones pudo hacer antes su primera Comunión. Más tarde le nombró entre los Santos intercesores de la Obra, y el recurso a su mediación se acentuó fuertemente en sus últimos años. Por entonces, llegaron a sus manos varias reliquias de San Pío décimo donadas por familiares descendientes del Papa Sarto. En un coloquio de familia en 1972, comentó: He estado leyendo recientemente los documentos de este Santo Papa… Le quiero particularmente, y pienso que él, desde el Cielo, está ayudando mucho al Opus Dei. Parece que está contento, porque ha puesto en mis manos, en este año pasado, un montón de reliquias suyas… Procuro corresponder a su cariño haciéndole amar, porque en ciertas esferas eclesiásticas no se puede ni hablar de San Pio X... Leed todos los documentos suyos, y gozaréis. Son de una actualidad tan grande, que deberían volverse a escribir para la Iglesia de ahora. Amad mucho a San Pio X y releed sus escritos”. Finalmente su agradecimiento y devoción a San Pio X se materializó en la hermosa imagen que mandó colocar en Cavavianca, el Seminario romano de la Prelatura, con una lápida en latín que es un buen reflejo de los sentimientos e intenciones que deseaba dejar a los pies del Santo Pontífice. Pocos días antes de su muerte, oró frente a esta imagen. Como había indicado que se doraran algunos elementos de la escultura para que luciera más, se dirigió al santo con este amistoso halago: ¡Qué guapo te van a dejar!’». Abajo una traducción propia del texto latino de la lápida:

EN EL AÑO 1972 DE NUESTRA REDENCIÓN

Mientras la Santa Iglesia se ve afligida por muchas insidias del diablo, esta imagen de San Pío X ha sido colocada para que, con su ayuda e intercesión, el Opus Dei, siempre firme en la fe e inflamado por un amor ardiente a la Santísima Eucaristía, persevere sin cesar en su misión de defender fielmente a la Madre Iglesia y al Romano Pontífice.


miércoles, 19 de agosto de 2026

COMO CAZADOR SIGILOSO

Natividad de Murillo

Es propio del cazador experimentado acercarse sigilosamente a su presa para no espantarla ni precipitar su fuga con riesgo de perderla. Así actuó Dios al venir a este mundo: ocultó su infinita majestad para no ahuyentar a la oveja perdida que venía a rescatar. Como un cazador sigiloso –dirá Teodoto de Ancira (+ ca 446)– se revistió con la debilidad de la carne para evitar nuestra huida y alcanzarnos con los dardos de su amor.

* * *

«Ni los profetas, que habían sido vencidos; ni los doctores, que nada habían adelantado; ni la Ley, que carecía de la fuerza suficiente; ni los frustrados intentos de los ángeles; ni la voluntad de los hombres, reacia a practicar lo que es bueno: para levantar la naturaleza caída, hubo de venir su mismo Creador. Y vino, no con la manifestación externa de su condición divina: precedido de un gran clamor, con el ensordecedor estruendo del trueno, rodeado de nubes y mostrando un fuego terrible; ni con sonido de trompetas, como antiguamente se había aparecido a los judíos, infundiéndoles terror; tampoco usó de insignias imperiales, ni se presentó con una corte de arcángeles: no deseaba atemorizar al desertor de sus leyes.

El Señor de todas las cosas apareció en forma de siervo, revestido de pobreza para que la presa no se le escapase espantada. Nació en una ciudad que no era ilustre en el Imperio, escogió una obscura aldea para ver la luz, fue alumbrado por una humilde virgen, asumiendo la indigencia más absoluta, para lograr, en silencio, al modo de un cazador, apresar a los hombres y así salvarles.

Si hubiese nacido con esplendor y rodeado de grandes riquezas, los incrédulos hubieran atribuido a esa abundancia la transformación de la tierra. Si hubiese escogido la gran ciudad de Roma, entonces la más poderosa, de nuevo habrían creído que la potencia de la Urbe fue la que cambió el mundo. Si hubiese sido hijo del emperador, habrían atribuido el bien conseguido a la nobleza y poder de esa cuna. Si fuese hijo de un gran hombre de leyes, lo hubiesen achacado a la sabiduría de sus prescripciones.

¿Qué es lo que hizo en cambio? Escogió todo lo que es pobre y sin valor alguno, lo más modesto e insignificante, para que fuese evidente que sólo la Divinidad ha transformado el mundo. Precisamente por eso, eligió una madre pobre, una patria todavía más pobre, y Él mismo se hizo pobrísimo».

(Teodoto de Ancira, Homilía I en la Navidad del Señor).

 

martes, 11 de agosto de 2026

EL SENTIDO DEL SACRIFICIO: COMPRAR EL AMOR DE DIOS

«En esto está todo el contenido esencial de la misa: en la realización de un sacrificio», dice el Beato Rafael Alcocer OSB, mártir, en su obra La Misa de siempre. La misa Católica explicada a los fieles. Abajo recojo algunos párrafos sugerentes del libro donde el autor señala que la finalidad última que mueve al hombre a ofrecer sacrificios a Dios es el deseo de comprar su amor.

* * *

“Decía Platón, –en “el Banquete”– que “todo el arte de los sacrificios no tiene más objeto que conservar el amor… Le está encomendado cuidar del amor entre los hombres y los dioses, y producirlo”. Como inspirado y casi en mística “catarsis”, el gran filósofo penetra verticalmente en el entrañado sentido de este acto de religión. Un poco más de estremecimiento en su estado como de trance, y, en vez de “producir” hubiera dicho “comprar el amor”.

En efecto; el sacrificio puede definirse diciendo que es un don sensible ofrecido a Dios para expresar simbólicamente la donación que el hombre hace de sí mismo a la divinidad.

Los sacrificios tienen por nota sustantiva y primera el expresar por parte del hombre una relación de dependencia con respecto a su Dios; pero cualquiera que sea la finalidad inmediata de un sacrifico, y aunque parezca limitado a expresar una declaración de entrega por parte del hombre, lo que más en el fondo expresa es una petición; lo que realmente intenta el hombre por medio del sacrifico es siempre y en último análisis comprar el amor de su Dios”.

Sin embargo, para poder alcanzar ese noble fin algo faltaba a los sacrificios humanos. Sigue diciendo Alcocer: “Platón, sin adivinar siquiera el más hondo sentido de sus palabras, decía ser propio de los sacrificios “Producir el amor entre los hombres y los dioses. Y, precisamente, toda la cuestión estaba en esto.

Rota por el pecado primero la comunicación sobrenatural de los hombres con Dios, por muchas víctimas que inmolaran, por mucho que ofrecieran, valía más, inmensamente más, lo que trataba de adquirir que el precio que ofrecía…

Y era imposible soñar siquiera que el hombre pudiera tener jamás en sus manos una hostia de tal precio para ofrecerla al Señor…

Lo que la humanidad pedía en el orden sobrenatural quedó obtenido de una vez para siempre no por el valor de sus víctimas, sino por aquella Víctima que valía tanto como Dios. Y esto es el sacrificio del Calvario.

Pero además, en la noche de la Cena última, en aquel acto tremendo en el cual Jesucristo hizo al Padre la ofrenda sacerdotal de sí mismo, dejó por la institución eucarística su Cuerpo y su Sangre en nuestra pobres manos, vacías del todo, para que tuviéramos una víctima, una hostia eficaz que ofrecer al Señor y poder hacer personalmente nuestro el sacrificio mismo de la Cruz al renovarlo incruento en el altar. Y esto es el sacrifico de la misa”.

(Rafael Alcocer Martínez, OSB, La misa de siempre, versión Kindle, C. III, El Sacrifico de la misa).


 

jueves, 6 de agosto de 2026

¡QUÉ BIEN SE ESTÁ AQUÍ!

Icono de la Transfiguración (siglo XV)

El misterio de la Transfiguración del Señor marca un hito importante en la vida pública del Señor. El siguiente texto de un antiguo padre de la Iglesia nos invita a entrar en la nube que cubre el Monte Santo para exclamar con Pedro: ¡qué bien se está aquí!

* * *

«Debemos apresurarnos a ir hacia allí —así me atrevo a decirlo— como Jesús, que allí en el cielo es nuestro guía y precursor, con quien brillaremos con nuestra mirada espiritualizada, renovados en cierta manera en los trazos de nuestra alma, hechos conformes a su imagen, y, como él, transfigurados continuamente y hechos partícipes de la naturaleza divina, y dispuestos para los dones celestiales.

Corramos hacia allí, animosos y alegres, y penetremos en la intimidad de la nube, a imitación de Moisés y Elías, o de Santiago y Juan. Seamos como Pedro, arrebatado por la visión y aparición divina, transfigurado por aquella hermosa transfiguración, desasido del mundo, abstraído de la tierra; despojémonos de lo carnal, dejemos lo creado y volvámonos al Creador, al que Pedro, fuera de sí, dijo: Señor, ¡qué bien se está aquí!

Ciertamente, Pedro, en verdad qué bien se está aquí con Jesús; aquí nos quedaríamos para siempre. ¿Hay algo más dichoso, más elevado, más importante que estar con Dios, ser hechos conformes con él, vivir en la luz? Cada uno de nosotros, por el hecho de tener a Dios en sí y de ser transfigurado en su imagen divina, tiene derecho a exclamar con alegría: ¡Qué bien se está aquí! donde todo es resplandeciente, donde está el gozo, la felicidad y la alegría, donde el corazón disfruta de absoluta tranquilidad, serenidad y dulzura, donde vemos a (Cristo) Dios, donde él, junto con el Padre, pone su morada y dice, al entrar: Hoy ha sido la salvación de esta casa, donde con Cristo se hallan acumulados los tesoros de los bienes eternos, donde hallamos reproducidas, como en un espejo, las imágenes de las realidades futuras».

 

(Del sermón de Anastasio Sinaíta, obispo, en el día de la Transfiguración del Señor. Oficio de lectura de la fiesta).


 

lunes, 3 de agosto de 2026

EL «NOLI ME TANGERE» COMENTADO POR SAN AGUSTÍN

"Noli me tangere" de Giulio Romano

«Hemos escuchado y hasta visto con los ojos de la fe el afecto de aquella piadosa mujer hacia el Señor. Buscaba a Jesús, pero todavía como quien busca el cuerpo de un hombre muerto y le amaba pero como a un maestro bueno…»

«¿Qué significa, pues: No me toques (Noli me tangere)? (Jn 20, 17). Este tocar simboliza la fe, pues tocando se acerca uno a lo tocado. Pensad en aquella mujer que padecía flujo de sangre. Decía en su corazón: Sanaré si toco la orla de su vestido (Mt 9, 21). Se acercó, la tocó y sanó. ¿Qué significa: «Se acercó y la tocó»? Que se acercó y creyó.

Para que sepáis que lo tocó mediante la fe, dijo el Señor: Alguien me ha tocado (Lc 8, 46).  ¿Qué es me ha tocado, sino «ha creído en mí»? Para que veáis que el tocar equivale al creer, le respondieron los discípulos y le dijeron: La multitud te apretuja y preguntas: ¿Quién me ha tocado? (Lc 8, 45-46). Si caminaras solo, si el gentío se apartase para que tú pasases, si nadie estuviese a tu lado, harías bien en decir: Alguien me ha tocado. ¡La multitud te apretuja, y tú piensas en que uno te ha tocado! Pero él insistió: Alguien me ha tocado. Primero había preguntado: ¿Quién me ha tocado?, y luego afirma: Alguien me ha tocado. Lo sabéis, puesto que decís: La multitud te apretuja. Alguien me ha tocado. Esta multitud sabe apretujar, mas no tocar. Está claro que es esto lo que quiso indicar al decir: ¿Quién me ha tocado? y Alguien me ha tocado.

Creemos, pues, que ese tocar es la fe de quien toca, o, mejor, el acercarse de quien cree. ¿Qué significa, en consecuencia: No me toques, pues aún no he subido a mi Padre? (Jn 20, 17). Piensas que soy solo lo que ves: aún no he subido a mi Padre. Ves que soy un hombre, y piensas que soy solo hombre; es cierto que soy hombre, pero no se quede ahí tu fe. No me toques pensando que soy solo un hombre. Aún no he subido a mi Padre. Subo a mi Padre: tócame entonces; es decir, progresa en la fe, comprende que soy igual al Padre; tócame entonces y sanarás. No me toques, pues aún no he subido a mi Padre. Ves que he descendido, pero aún no ves que he subido. Aún no he subido a mi Padre. Me anonadé tomando la forma de siervo, hecho a semejanza de los hombres y hallado como hombre en el aspecto externo (Flp 2, 7). Esto es lo que ha sido crucificado, sepultado y lo que resucitó. No ves, en cambio, lo otro: Existiendo en la forma de Dios, no consideró una rapiña ser igual a Dios (Flp 2, 6). Aún no ves que he ascendido. No pierdas el cielo tocando la tierra; no renuncies a creer en él como Dios, quedándote solo en el hombre. No me toques, pues aún no he subido al cielo».

(San Agustín, Obras completas, Del Sermón 244, sobre la Aparición a María Magdalena. BAC 1983, Vol. XXIV).

 

viernes, 31 de julio de 2026

SANTIDAD Y BELLEZA, LOS CAMINOS DE LA IGLESIA

Catedral de León

En medio de una falta de interés generalizada y con evidente pérdida de tiempo, muchos debaten hoy sobre las sendas sinodales de la Iglesia. Pero hace ya más de veinte años que Ratzinger/Benedicto XVI señaló con convicción los caminos más expeditos para el futuro de la Iglesia y el fortalecimiento de la fe: el encuentro con los santos y la experiencia de lo bello. La liturgia es sin duda el «locus» privilegiado para dicho encuentro. Cada año el calendario hace desfilar ante nuestros ojos el grandioso ejército de los santos, tan variados como idénticos por el amor apasionado a Cristo. Y es también en el campo de la liturgia donde la Iglesia ha hecho brotar bellezas cautivantes que han tocado y siguen tocando lo más íntimo de los corazones. ¿Podríamos, en consecuencia, permanecer pasivos mientras la fealdad y el mal gusto se apoderan del culto? Además, ¿no ha sido la liturgia tradicional fuente de santidad y belleza durante siglos como para pretender cancelarla?

* * *

«Con frecuencia he afirmado mi convicción de que la verdadera apología del cristianismo, la demostración más convincente de su verdad contra todo lo que lo niega, la constituyen, por un lado, los santos, y por otro, la belleza que la fe ha generado. Para que hoy la fe se pueda extender, tenemos que conducirnos a nosotros mismos y guiar a las personas con las que nos encontramos al encuentro con los santos y a entrar en contacto con lo bello» (J. Ratzinger, Caminos de Jesucristo, Ed. Cristiandad 2004, p. 39).
 



jueves, 23 de julio de 2026

BRÍGIDA, MÍSTICA DE LA PASIÓN DE CRISTO

Escarnio de Cristo. Matthias Grünewald 

Como contemplativa asidua de la pasión de Cristo, Santa Brígida supo convertir cada escarnio, cada humillación, cada golpe padecido por Jesús en su camino de dolor, en un himno de agradecimiento, alabanza y glorificación a nuestro Salvador: Honor para siempre a ti, mi Señor Jesucristo..., Bendito seas tú, mi Señor Jesucristo…, Alabanza eterna a ti, mi Señor JesucristoEn una de las ascensiones de su alma se dirige al Señor con estas palabras:

«Gloria a ti, mi Señor Jesucristo, por las burlas que soportaste cuando fuiste revestido de púrpura y coronado con punzantes espinas, y aguantaste con una paciencia inagotable que fuera escupida tu faz gloriosa, que te taparan los ojos y que unas manos brutales golpearan sin piedad tu mejilla y tu cuello».

(De las oraciones de Santa Brígida. Cf. Oficio de lectura de su fiesta, 23 de julio).


martes, 21 de julio de 2026

TRADITIONIS CUSTODES: UNA «PERSECUCIÓN» INÚTIL

Presento en español una crónica perspicaz del Vaticanista y Corresponsal en Roma Michael Haynes. Fue publicada en el sitio web Per Mariam el 16 de julio pasado, con motivo del quinto aniversario del motu proprio Traditionis Custodes que restringió severamente el uso de la liturgia tradicional de la Iglesia.

Fuente: permariam.com


Traditionis Custodes: Cinco años de «persecución»
innecesaria y de caos
Por Michael Haynes

En este mismo día de 2021, el Papa Francisco reavivó las guerras litúrgicas en la Iglesia al publicar Traditionis Custodes (TC), deshaciendo de un solo golpe lo que muchos consideraban uno de los elementos más importantes del papado de su predecesor.

El motu proprio, que se convirtió rápidamente en un hito del papado de Francisco, al igual que muchos otros textos controvertidos de su pontificado, fue publicado en una fiesta mariana: la de Nuestra Señora del Monte Carmelo. En él figuraba la impactante y polémica afirmación de que «los libros litúrgicos promulgados por San Pablo VI y San Juan Pablo II, de conformidad con los decretos del Concilio Vaticano II, son la única expresión de la lex orandi del rito romano».

Como era de esperar, los miembros más activos del círculo cercano al Papa Francisco respaldaron el documento con sus acciones, y algunos obispos actuaron con rapidez para cancelar las celebraciones del antiguo rito, de una manera que denotaba gran impaciencia. Otros tardaron más en actuar, pero finalmente lo hicieron, y las misas continuaron cancelándose de forma regular y arbitraria en toda la Iglesia.

«La intención clara es condenar la Forma Extraordinaria a la extinción a largo plazo», escribió el cardenal Gerhard Müller el 19 de julio de 2021. Müller no es un entusiasta personal del rito tradicional, como atestiguó ese mismo mes, pero lo celebra con regularidad para quienes desean nutrirse de él y ha criticado en repetidas ocasiones sus restricciones. «En lugar de valorar el olor de las ovejas, el pastor aquí las golpea con fuerza con su cayado», escribió entonces.

Se trata de un tema reiterado por numerosos prelados que han expresado su preocupación por el texto, y es la realidad para un gran número de católicos afectados por las restricciones, que ven cómo se interrumpe abruptamente su misa habitual.

Como escribió en su momento la Fraternidad de San Pío X: «Todo, o casi todo, en Summorum pontificum, está disperso, abandonado o destruido».

El cardenal Raymond Burke, uno de los defensores más destacados de la misa tradicional, lamentó en julio de 2021 que el motu proprio fuera una «acción severa y revolucionaria» que ocultaba un intento de «eliminación definitiva» de la liturgia tradicional. Según Burke, a los asistentes a la misa en tradicional latina se les estaba transmitiendo el mensaje de que «padecen una aberración que puede tolerarse durante un tiempo, pero que debe erradicarse definitivamente».

A Burke se le unió pronto su compañero cardenal de las Dubia, Walter Brandmüller, quien opinó que Francisco había «desatado un huracán» con su texto. El cardenal Joseph Zen se sumó a esta opinión, afirmando que había herido los «corazones de muchas buenas personas».

El obispo Athanasius Schneider, otra figura reconocida internacionalmente en la defensa de la misa tradicional, se hizo eco de la descripción que hizo Müller de Francisco como un pastor que maltrata a su rebaño. Yendo más allá que el cardenal, Schneider argumentó que el motu proprio comete «una injusticia contra todos los católicos que se adhieren a la forma litúrgica tradicional, al acusarlos de ser divisivos y de rechazar el Concilio Vaticano II».

Y continuó diciendo: La Misa tradicional es un tesoro que pertenece a toda la Iglesia, ya que ha sido celebrada, profundamente apreciada y amada por sacerdotes y santos durante al menos mil años. De hecho, la forma tradicional de la Misa fue casi idéntica durante siglos antes de la publicación del Misal del papa Pío V en 1570. Un tesoro litúrgico válido y muy estimado, con casi mil años de antigüedad, no es propiedad privada de un papa, del cual pueda disponer libremente.

La postura de estos prelados no ha variado en los cinco años transcurridos desde entonces. A medida que un obispo tras otro ha utilizado TC para reprimir a las comunidades florecientes de su diócesis, el sistema de dos clases del que advirtió Schneider se ha puesto efectivamente en práctica. Sigue vigente hasta el día de hoy la orden de que las misas tradicionales no se anuncien públicamente en los boletines parroquiales, una situación tan absurda como draconiana.

Esta situación ha propiciado la proliferación de misas al estilo de las catacumbas, confirmando así la predicción de muchos tras la publicación de TC. Sin duda, las órdenes tradicionales exentas de TC han florecido, al igual que la FSSPX. Año tras año, jóvenes han acudido a los seminarios en cifras récord, y cualquier esperanza que el Vaticano tuviera de erradicar la misa tradicional es ahora inexistente.

Ciertamente ha sido restringida, censurada, limitada y perseguida, pero de ninguna manera extinguida. El papa Francisco defendió TC a lo largo de su pontificado. Cuando este corresponsal le preguntó sobre los motivos que lo sustentaban, respondió: «Lee el motu proprio; allí lo tienes todo».


 

lunes, 13 de julio de 2026

VAMOS A LA SOLEDAD

El 12 de abril de 1920, con tan solo 19 años, Santa Teresa de los Andes –la primera santa chilena– dejaba este mundo para unirse definitivamente a su divino Esposo. «Sólo Jesús es hermoso. El sólo puede hacerme gozar», escribe esta joven carmelita que en poco tiempo el amor de Cristo la enloqueció.  Su célebre frase: «Jesucristo, ese loco de amor que me ha vuelto loca», compendia admirablemente su corta pero intensa vida.

Para cualquier alma contemplativa los días de retiro se esperan con ansiedad e ilusión. Permanecer a solas con Dios, mirarle con quietud, sumergirse en la infinita grandeza de su bondad y misericordia, lejos del mundanal ruido, es en cierto modo anticipar la dicha del cielo. También días afanosos buscando el rostro de Dios en la penumbra. 

En sus diarios, Teresa de Los Andes tomó notas de cinco retiros, el último ya estando en el Carmelo. Recojo a continuación los primeros párrafos de las notas autobiográficas, con sus respectivos títulos, de tres de esos retiros (1917-1918-1919) que bien supo aprovechar, y en poco tiempo la dispusieron a entrar en su Retiro definitivo.

* * *

«Vamos a la soledad» (1917)

«Agosto 8. Hoy entro a retiro. Oigo la voz de mi Jesús que me dice “vamos a la soledad”. “La llevaré a la soledad y allí le hablaré a su corazón” (Oseas 2, 14). Me retiro con Él en lo íntimo de mi alma y allí, como en otro Nazaret, viviré en su compañía con mi Madre y San José. Jesús me ha dicho que va a hacer un registro en su casita para ver lo que le hace falta para purificarla.

¡Hablad, Señor! (1918)

Agosto 7. Entro al retiro: «Hablad, Señor, que vuestra sierva escucha» (I Sam 3, 9). Quiero decir con la Sma. Virgen: «Fiat mihi secundum Verbum tuum». (Lc 1, 38). Mi casita estará cerrada para todo lo del mundo y abierta sólo para el cielo. Como Magdalena, me pongo a oír de N. Señor «la única cosa necesaria» (Lc 10, 42). Quiero guardar el silencio y mortificar la vista.

Retiro del Espíritu Santo (1919)

Entré ayer a retiro. N. Señor me dijo que fuera por Él a su Padre. Que lo único que quería en este retiro era que me escondiera y sumergiera en la Divinidad para conocer más a Dios y amarlo, y conocerme más a mí y aborrecerme. Que quería que me dejase guiar por el Espíritu Santo enteramente. Que mi vida debe ser una alabanza continua de amor. Perderme en Dios. Contemplarle siempre sin perderle de vista jamás. Para esto, vivir en un silencio y olvido de todo lo creado, pues Dios, por su naturaleza, siempre vive solo. Todo es silencio, armonía, unidad en Él. Y para vivir en Él, es necesario simplificarse, no tener sino un solo pensamiento y actividad: alabar».

(Santa Teresa de los Andes, Diarios y Cartas, Ediciones Carmelo Teresiano, Santiago de Chile 2022, pp. 63, 84, 105).

 

sábado, 11 de julio de 2026

EL EXPOLIO DE CRISTO

El expolio de Cristo. Giandomenico Tiepolo

Meditación del Santo Cardenal Newman a la décima estación del Via Crucis: Jesús es despojado de sus vestiduras.

* * *

«Finalmente ha arribado al lugar del sacrificio, y ellos comienzan a prepararlo para la Cruz. Sus vestiduras son desgarradas de su cuerpo ensangrentado, y Él, el Santo de los Santos, quedó expuesto a las fijas miradas de la multitud ordinaria y burlona.

Tú, que en tu Pasión fuiste desnudado de todas tus ropas, y levantado ante la curiosidad y la mofa del populacho, desnúdame de mí mismo aquí y ahora, para que en el último día no me avergüence delante de los hombres y de los ángeles. Tú soportaste la vergüenza en el Calvario para evitarme la vergüenza del Juicio. Tú no tenías nada de que avergonzarte personalmente, y la vergüenza que sentiste fue porque habías asumido la naturaleza del hombre. Cuando te arrancaron tus vestimentas, esos inocentes miembros tuyos fueron objeto de humilde a amorosa adoración para los altísimos serafines.

Ellos permanecieron en derredor en silenciosa veneración, maravillados de tu belleza, estremecidos de tu infinito abatimiento. Pero yo, Señor, ¿cómo aparecería si tú me sostuvieras en el futuro para ser mirado fijamente, desvestido de ese manto de gracia que es tuyo, y visto en mi propia vida y naturaleza personal? Qué horrible soy en mí mismo, aun en mi mejor estado. Aun cuando soy purificado de mis pecados mortales, cuánta enfermedad y corrupción se ve en mis pecados veniales. ¿Cómo podré ser digno de la compañía de los ángeles, y de tu presencia, hasta que tú quemes esta lepra impura en el fuego del purgatorio?»

(John Henry Newman, Meditaciones y devociones, Ed. Agape Libros, Buenos Aires 2007, p. 132).






 

miércoles, 8 de julio de 2026

EL PERDÓN DE DIOS

Las lágrimas de San Pedro

Conmovedora anécdota en la vida de Santa Faustina Kowalska que nos ayuda a comprender mejor la hondura del perdón divino. Dios, -tardo a la ira y grande en misericordia- (Num 14, 18), se olvida prontamente de los pecados que perdona. Un perdón sin olvido siempre será un perdón resentido.

* * *

«Llevaba Santa Faustina Kowalska unos días algo inquieta por unas visiones que tenía. Dudando de si eran de Dios o, al contrario, eran provocadas por el demonio para confundirla, lo habló con su confesor. Este, que era una persona muy espiritual como después se demostró, le dijo: “La próxima vez que veas la visión pregúntale cuál fue el último pecado que te perdonó Dios”.

Así lo hizo Santa Faustina y en la próxima ocasión que tuvo dijo a la visión: “¿Cuál es el último pecado que me perdonó Dios?” Y la visión respondió: “No me acuerdo”.

Volvió la Santa al confesor y le contó la respuesta recibida, a lo que éste dijo: “Verdaderamente es Dios a quién ves».

Fuente: religionenlibertad.com

 

viernes, 3 de julio de 2026

CLAVES PARA UNA RECONCILIACIÓN

Un texto de impresionante actualidad, digno de difusión y meditación tanto por parte de la Santa Sede como de los miembros de la Fraternidad San Pio X, es la alocución que pronunció el Cardenal Joseph Ratzinger, entonces Prefecto para la Doctrina de la Fe, a los pocos días de las consagraciones episcopales de Mons. Lefebvre. En su encuentro con los obispos de Chile (Santiago, julio de 1988), el Cardenal Ratzinger pronunció una conferencia titulada Unidad en la tradición de la fe; en ella relata brevemente los hechos que han precedido a este doloroso desenlace, reflexiona sobre las causas y responsabilidades en juego y finaliza sentando las bases para una futura reconciliación. Somos conscientes que la profundidad y finura de sus palabras no son exigibles al actual Prefecto, pero sí debería leerlas y meditarlas con humildad, y reconocer la desidia que la Santa Sede ha manifestado en esta larga y dolorosa historia, que -dicho sea de paso- algo conozco. De no hacerlo, cabría pensar que el Cardenal Fernández también quiere “excomulgar” a Benedicto XVI.

El texto completo de la alocución del Cardenal Ratzinger puede leerse íntegramente en el siguiente enlace:

https://www.humanitas.cl/teologia-y-espiritualidad-de-la-iglesia/alocucion-a-los-obispos-de-chile-unidad-en-la-tradicion-de-la-fe

 

viernes, 26 de junio de 2026

UN CONTEMPLATIVO ITINERANTE

Hoy que parece estar de moda lanzar piedras sobre el Opus Dei, es de justicia reconocer que San Josemaría fue maestro y guía de un ejército de contemplativos itinerantes, que han procurado iluminar las encrucijadas del mundo invitando a la amistad con Cristo a miles de personas: «Jesús es tu amigo. El Amigo. Con corazón de carne, como el tuyo. Con ojos, de mirar amabilísimo, que lloraron por Lázaro...Y tanto como a Lázaro, te quiere a ti» (Camino 422). Copio un párrafo del Decreto sobre las virtudes heroicas de Mons. Escrivá de Balaguer, del 9 de abril de 1990.

* * *

«Con todo, los rasgos más característicos de su figura no sólo se encuentran en sus dotes extraordinarias de hombre de acción, sino también en su vida de oración y en esa asidua experiencia unitiva que hizo de él un contemplativo itinerante. Fiel al carisma recibido fue ejemplo de un heroísmo que se manifestaba en las situaciones más corrientes: en la oración continua, en la mortificación ininterrumpida «como el latir del corazón», en la asidua presencia de Dios, capaz de alcanzar las cumbres de la unión con el Señor incluso en medio del fragor del mundo y en la intensidad de un trabajo sin tregua. Constantemente inmerso en la contemplación del misterio trinitario, puso en el sentido ele la filiación divina en Cristo el fundamento de una espiritualidad en la que la fortaleza de la fe y la audacia apostólica de la caridad se conjugan armónicamente con el abandono filial en Dios Padre».

«El Siervo de Dios, amante apasionado de la Eucaristía, vivió el Sacrificio del Altar como «centro y raíz de la vida cristiana». Fue apóstol incansable del Sacramento de la Penitencia; y delicadamente devoto de María, «Madre de Dios y Madre nuestra», de san José y de los Ángeles Custodios. Amaba a la Iglesia con todas las fuerzas de su corazón sacerdotal, y se ofrecía en holocausto de reparación y penitencia por los pecados con los que las criaturas afean su rostro materno. Aunque la prodigiosa fecundidad de su apostolado estaba a la vista de todos, se consideraba sólo un «instrumento inepto y sordo», un «fundador sin fundamento», «un pecador que ama con locura a Jesucristo».


martes, 23 de junio de 2026

EL ADIÓS DE UN MÁRTIR

Estas conmovedoras líneas se leen en el Oficio de lectura de la fiesta de Santo Tomás Moro. Están tomadas de una carta escrita en la cárcel a su hija Margarita, y son expresión de las cumbres que el alma cristiana puede sobrevolar, con las alas de la fe y del amor, en los cielos de la confianza y abandono en Dios.

* * *

«Aunque estoy bien convencido, mi querida Margarita, de que la maldad de mi vida pasada es tal que merecería que Dios me abandonase del todo, ni por un momento dejaré de confiar en su inmensa bondad. Hasta ahora, su gracia santísima me ha dado fuerzas para postergarlo todo: las riquezas, las ganancias y la misma vida, antes que prestar juramento en contra de mi conciencia; hasta ahora, ha inspirado al mismo rey la suficiente benignidad para que no pasara de privarme de la libertad (y, por cierto, que con esto solo su majestad me ha hecho un favor más grande, por el provecho espiritual que de ello espero sacar para mi alma, que con todos aquellos honores y bienes de que antes me había colmado). Por esto, espero confiadamente que la misma gracia divina continuará favoreciéndome, no permitiendo que el rey vaya más allá, o bien dándome la fuerza necesaria para sufrir lo que sea con paciencia, con fortaleza y de buen grado.

Esta mi paciencia, unida a los méritos de la dolorosísima pasión del Señor (infinitamente superior en todos los aspectos a todo lo que yo pueda sufrir), mitigará la pena que tenga que sufrir en el purgatorio y, gracias a la divina bondad, me conseguirá más tarde un aumento de premio en el cielo.

No quiero, mi querida Margarita, desconfiar de la bondad de Dios, por más débil y frágil que me sienta. Más aún, si a causa del terror y el espanto viera que estoy ya a punto de ceder, me acordaré de san Pedro, cuando, por su poca fe, empezaba a hundirse por un solo golpe de viento, y haré lo que él hizo. Gritaré a Cristo: Señor, sálvame. Espero que entonces él, tendiéndome la mano, me sujetará y no dejará que me hunda.

Y, si permitiera que mi semejanza con Pedro fuera aún más allá, de tal modo que llegara a la caída total y a jurar y perjurar (lo que Dios, por su misericordia, aparte lejos de mí, y haga que una tal caída redunde más bien en perjuicio que en provecho mío), aun en este caso espero que el Señor me dirija, como a Pedro, una mirada llena de misericordia y me levante de nuevo, para que vuelva a salir en defensa de la verdad y descargue así mi conciencia, y soporte con fortaleza el castigo y la vergüenza de mi anterior negación.

Finalmente, mi querida Margarita, de lo que estoy cierto es de que Dios no me abandonará sin culpa mía. Por esto, me pongo totalmente en manos de Dios con absoluta esperanza y confianza. Si a causa de mis pecados permite mi perdición, por lo menos su justicia será alabada a causa de mi persona. Espero, sin embargo, y lo espero con toda certeza, que su bondad clementísima guardará fielmente mi alma y hará que sea su misericordia, más que su justicia, lo que se ponga en mí de relieve.

Ten, pues, buen ánimo, hija mía, y no te preocupes por mí, sea lo que sea que me pase en este mundo. Nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que él quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor».


 

sábado, 20 de junio de 2026

LA SANGRE DE LOS MÁRTIRES

En su afán por destruir la Iglesia, el demonio prefiere hoy los embates silenciosos a los ataques violentos. Una lección que aprendió de los primeros siglos de la Iglesia: cada persecución regalaba a la Iglesia un ejército de mártires que la volvían aún más fuerte y fecunda. Ahora, en cambio, busca la apostasía silenciosa, la infidelidad sin estrépito, la descomposición desde dentro, si bien nunca ha dejado del todo la estrategia de la persecución sangrienta, a pesar de que la sangre de un solo mártir, como dice el Crisóstomo, le horroriza y estremece.

* * *

«¿No habéis visto muchas veces al sol en su alborada cómo difunde por doquiera rayos de color de púrpura? Pues tales eran los cuerpos de los santos mártires, cuando como rayos de púrpura les corrían alrededor arroyos de sangre, que hacían resplandecer su cuerpo mucho más que el sol hace resplandecer el cielo. Veían esta sangre los ángeles y se regocijaban, veíanla los demonios y se horrorizaban, y aun su mismo príncipe Lucifer se estremecía. Porque no era sangre común y ordinaria la que veían, sino sangre salvadora, sangre santa, sangre merecedora de cielo, sangre que riega continuamente el plantel de la Iglesia. Vio el demonio esta sangre y se estremeció. ¿Por qué? Porque se acordó de aquella otra sangre, la sangre del Señor; por aquella sangre corrió esta. Porque desde que fue abierto el costado del Señor, se ven también heridos innumerables costados. Porque, ¿quién no había de desnudarse como buen atleta y aprestarse alegre al combate, si con él se hacía partícipe de los padecimientos del Señor, y se conformaban con la muerte de Cristo? Suficientísima es esta recompensa, mayor es la honra que los trabajos, supera el premio a los combates, aun antes de obtener el reino de los cielos».

(San Juan Crisóstomo, Homilía sobre los Santos Mártires, Homilías Selectas II, Sevilla 199, p. 94).


 

miércoles, 17 de junio de 2026

EL VALOR IMPETRATORIO DE LA SANTA MISA

San Juan María Vianney ilustraba con la siguiente anécdota la fuerza impetratoria del Sacrifico del Altar: un pasando y pasando.

“Un santo sacerdote oraba por un amigo suyo difunto; Dios le había hecho conocer que estaba en el purgatorio. Pensó entonces que no podía hacer por él cosa mejor que ofrecer el Santo Sacrificio de la Misa por su alma. Cuando estuvo en el momento de la Consagración, tomó la Hostia consagrada entre sus dedos y dijo: Padre Santo y Eterno, hagamos un cambio: vos tenéis en vuestras manos el alma de mi amigo, que está en el purgatorio, y yo tengo en las mías el cuerpo de vuestro Hijo. Pues bien, librad a mi amigo y yo os hago la ofrenda de vuestro Hijo con todos los méritos de su Muerte y su Pasión. Y al punto, en el momento de la elevación, vio el alma de su amigo, que radiante de gloria, subía al cielo”.

(El Santo Cura de Ars. Sus palabras y ejemplos. Ad vos o sacerdotes! Santiago 1925, p. 14).

jueves, 11 de junio de 2026

EL PERFUME DE LA GRATITUD

Cristo abrazando a San Bernardo. Ribalta

«te creó de la nada, pero no te redimió de la nada»

En sus sermones sobre el Cantar de los Cantares, aquella obra tan querida y comentada por los grandes místicos, San Bernardo señala tres perfumes aromáticos que el alma debe exhalar en su itinerario de unión amorosa con Dios. En primer lugar, el perfume de la contrición o dolor por los pecados; aroma penetrante y doloroso, pero absolutamente necesario para la humildad. Luego, el perfume de la devoción, más oloroso que el anterior, que guía el alma por las sendas de la alabanza y gratitud a Dios; finalmente, el perfume de la compasión, de la misericordia hacia el prójimo, plenitud del crecimiento espiritual. A continuación, un breve texto del Sermón 11 al Cantar, en el que se ensalza el perfume de la gratitud.

* * *

«Si recordáis el modo de llevarla a cabo (la Redención), dijimos que fue el anonadamiento de Dios; y os recomiendo que consideréis otros tres aspectos. Aquel anonadamiento no fue algo trivial o insignificante; porque se vació de sí mismo hasta asumir la carne, la muerte, la cruz. ¿Quién ponderará suficientemente toda la humillación, la bondad y la condescendencia que supuso el hecho de que el Señor soberano se revistiera de la carne, fuera condenado a muerte e infamado con la cruz? Dirá alguno: ¿no pudo el Creador reparar su obra sin tanta complicación? Claro que pudo; pero prefirió su propia afrenta. Así le ahorraba al hombre toda ocasión de incurrir en el pésimo y abominable crimen de la ingratitud. Asumió muchos sufrimientos que le inducirían al hombre a un gran amor. Y las dificultades de la redención le incitarán a darle gracias, aunque la facilidad de su creación le inspirase una devoción muy poco agradecida.

¿Cómo reacciona el corazón ingrato ante su creación? “Sí; he sido creado por puro amor, pero sin trabajo alguno de mi creador. Sencillamente, lo mandó y salí creado como el resto de la creación. Es muy valiosa. ¿Pero qué dificultad entraña un favor que sólo cuesta pronunciar una palabra?” Así desvirtúa la impiedad del hombre este beneficio de la creación, para justificar su ingratitud. Pretexta excusas para sus pecados, cuando debía haber sido un gran motivo de amor. Pero quedó tapada la boca de los que hablan inicuamente.

Es obvio como la luz del día cuánto le costó, oh hombre, tu salvación: pasar de Señor a siervo, de rico a pobre, de Verbo a hombre, de Hijo de Dios a hijo del hombre. No olvides nunca que te creó de la nada, pero no te redimió de la nada. En seis días lo creó todo y a ti entre todo lo creado. Mas tu salvación la consumó a lo largo de treinta años en este mundo. ¡Cuánto sufrimiento hubo de soportar! A los dolores de su cuerpo y a las tentaciones del enemigo ¿no se añadieron y acumularon la ignominia de la cruz y el horror de la muerte? Forzosamente. Así, así salvaste, Señor, a hombres y animales, y así derrochaste tu misericordia.

Meditadlo y deteneos en ellos. Respire estos perfumes vuestro corazón, tanto tiempo ahogado con la fetidez del pecado, y gozad estos aromas tan delicados como saludables».

Fuente: sigilummilitumxpisti.blogspot.com


 

miércoles, 3 de junio de 2026

PURIFICA SEÑOR MIS MANOS

Siempre que el hombre religioso se aproxima a Dios siente una necesidad imperiosa de purificación. Cuando Dios llamó a Moisés desde la zarza ardiente, le ordenó quitarse las sandalias porque el lugar que pisaba era tierra santa (Ex 3, 5). Descalzarse representaba para Moisés la humildad, el respeto y la sumisión con que debía acercarse a la majestad de Dios y entrar en el lugar sagrado. El episodio también nos instruye sobre el anhelo de pureza que el hombre debe experimentar ante la santidad de Dios. El polvo y la suciedad del camino, simbolizados en el calzado, quedan excluidos del ámbito sacro.

Por esta razón, es muy comprensible que en la celebración eucarística no falten los ritos que simbolizan esta necesidad de purificación, y susciten en el corazón del sacerdote sentimientos análogos a los de Moises mientras se acercaba a la zarza ardiente. Por ejemplo, aunque hoy no sea un rito obligatorio, es muy conveniente que el sacerdote se lave las manos en la sacristía antes de celebrar la Santa Misa. Es una manifestación del deseo de purificación y santidad que debe albergar quien se dispone a celebrar la acción sagrada por antonomasia: renovar el Sacrificio del Calvario y confeccionar la Eucaristía. Este gesto es independiente del rito de lavado de las manos que se hace en el ofertorio, dentro de la misa. Este lavado de manos se hace en la sacristía, antes de que el ministro empiece a revestirse (Cf. liturgiapapal.org).

En la forma extraordinaria, según expresión del Papa Benedicto, sí es obligatorio, y está prevista una oración para que los sacerdotes la reciten mientras se lavan las manos. Por devoción también pueden decirla los sacerdotes que celebran conforme a la forma ordinariaEsa oración, a veces grabada en la misma piedra del lavabo, reza así:


Da, Señor, el poder a mis manos
para ser lavadas de toda mancha, 
de modo que pueda servirte sin corrupción 
en mi mente y en mi cuerpo.

En la Nueva Alianza Dios tiene con el sacerdote más condescendencia que con Moisés: ahora se deja tocar y fraccionar por las manos del sacerdote, que sirven de trono al Rey que viene al mundo. Mayor razón para no omitir o minusvalorar estos gestos o ritos litúrgicos de purificación.






 

domingo, 31 de mayo de 2026

POR QUÉ VOY A LA MISA TRADICIONAL EN LATÍN. UN TESTIMONIO ELOCUENTE

Tibi laus, tibi gloria, tibi gratiarum actio
in saecula sempiterna, 
o Beata Trinitas.

Publico en español este artículo testimonial de Daniela Bovolenta, madre de cinco hijos, oblata benedictina que trabaja en tecnología digital. Amante de las tradiciones culturales occidentales, de la liturgia tradicional, de lo bello y elegante.

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POR QUÉ ASISTO A LA MISA LATINA TRADICIONAL
Por Daniela Bovolenta

 Fuente: ordorerum.substack.com

 «...cuando comenzó el Kyrie, fue como si los cielos se abrieran» (Benedicto XVI, 7° Encuentro Mundial de las Familias, 2012).

 Abro la puerta de madera de la abadía, paso de la luz a la penumbra, suenan las campanas, unos cincuenta monjes vestidos de negro entran de dos en dos, caminan hacia la nave central, avanzan hacia el centro de la iglesia, se arrodillan mirando hacia el sagrario, luego se colocan uno frente al otro, hacen una reverencia profunda, se dan la vuelta y cada uno se dirige a su propio banco.

Las campanas ahora callan, el anillo del padre abad golpea la madera para dar la señal de inicio, se hace la señal de la cruz y comienza el canto gregoriano.

Ya no estoy en la misma dimensión en la que me encontraba hace unos minutos.

Este es el momento en el que toda la historia humana converge, los ángeles del Paraíso se hacen presentes y la liturgia humana y la celestial se funden en una sola. A partir de este momento, la Misa se celebra en el Paraíso, sobre el altar del Señor.

Desde hace años que ya asisto habitualmente a la misa en el vetus ordo, o a la misa tradicional en latín, según cómo se quiera llamar. Se trata de la misa que se celebraba en la Iglesia católica hasta la reforma litúrgica de 1969. A partir de esa fecha entró en vigor el nuevo misal, cuyo cambio más visible fue la traducción a las distintas lenguas vernáculas, pero no fue el único: el celebrante, que antes se dirigía ad Deum (hacia Dios), ahora celebra ad populum (hacia la asamblea de los fieles), cambian las lecturas, la organización del año litúrgico y la estructura de la misa.

La misa precedente (el usus antiquior) se convierte en objeto de disputas y resistencias, y sigue celebrándose en círculos reducidos, para cobrar posteriormente un nuevo impulso cuando el papa Benedicto XVI promulga el motu proprio Summorum Pontificum, en 2007. Será nuevamente restringida, pero no suprimida, por el papa Francisco con Traditionis Custodes (2021). Los acontecimientos relacionados con esta celebración son complejos, y en algunos casos dolorosos, y han sido tratados por numerosos historiadores y especialistas, sin duda más competentes que yo.

Lo que me gustaría explicar aquí es el motivo de esta decisión por mi parte.

En primer lugar, la lex orandi es la lex credendi, es decir, creemos como rezamos y rezamos como creemos, y el énfasis de la misa tradicional está en el sacrificio. El protagonista es Cristo, quien, en la persona del sacerdote, renueva el sacrificio del Calvario.}

El silencio, la adoración, estar vueltos hacia el Señor, sentirnos transportados a los pies de la cruz durante la Pasión, es el centro visible de la Misa.

El sacrificio perfecto de Cristo es el centro de la historia humana y se renueva en cada Misa: toda la gestualidad, las genuflexiones, los besos al altar, las manos juntas, el canon recitado en voz baja, comunican que lo que ocurre en el altar es algo radicalmente distinto de la asamblea. Entramos en la dimensión de la gratuidad respecto a nuestros fines cotidianos, nos dirigimos hacia lo que está radicalmente sustraído a la lógica de la utilidad y la funcionalidad inmediatas. Entramos en el reino de lo verdadero y lo justo, que escapan a nuestros sentidos, a través de lo bello que, en cambio, podemos percibir.

La belleza del canto gregoriano, los ornamentos, el aroma del incienso, los vasos sagrados, la belleza de las antífonas y las oraciones, la belleza de los movimientos mesurados, de las velas, del arte sacro, de la arquitectura. Toda esta belleza no está hecha para complacer a los hombres ni para excitar sus sentidos, sino para dar gloria a Dios y elevar hacia Él las almas de los fieles.




Oramos con las mismas palabras, los mismos gestos, la misma estructura con la que oraron Tomás de Aquino, Teresa de Ávila, Felipe Neri, los campesinos medievales y los mártires. Esta continuidad no es sentimentalismo: es la materialización de la idea de que la Iglesia es una comunidad que abraza a los vivos y a los muertos, y que la liturgia es el lugar donde se manifiesta esta comunión.

Además, tanto el sacerdote como los fieles están vueltos hacia Dios, ad orientem. De hecho, el altar de las iglesias está tradicionalmente orientado hacia el este, hacia el sol naciente, símbolo de Cristo, y el sacerdote se dirige a Dios al frente del pueblo, que mira en la misma dirección. Queda claro, pues, que el centro de la acción es Cristo, no los hombres. Salimos de una perspectiva del espectáculo y de lo personal para adentrarnos en la del culto racional.

El latín, por su parte, preserva la inalterabilidad del texto sagrado frente a las desviaciones de las traducciones nacionales (algunas de las cuales, en los años setenta y ochenta, fueron teológicamente discutibles), crea una distancia sagrada entre el lenguaje ordinario y el litúrgico, señalando que la misa no es una reunión sino un rito y, por último, mantiene la universalidad de la oración católica más allá de las culturas locales.

La misa tradicional es el lugar donde se percibe físicamente que ocurre algo sobrenatural, que la forma misma transmite el contenido. Es una experiencia difícil de reducir a argumentos, pero quien la vive la reconoce de inmediato. Joseph Ratzinger la describía diciendo que en la liturgia antigua se tiene la sensación de recibir algo que no ha sido creado por nadie.

En todos nosotros coexisten un alma eterna, que lleva en sí los signos de su creador, y una mente que se forma con el tiempo, que encuentra en la época en la que vive el material del que está constituida e incluso el lenguaje en el que opera. La liturgia es el lugar donde el Creador moldea lo que somos en lo más profundo, con una acción sacramental que evoca la huella que lo divino ha dejado en nosotros, nos eleva por encima de nuestro tiempo para llevarnos a la dimensión de la eternidad. Si realmente nos dejáramos alcanzar por lo que ocurre ante nuestra presencia durante la Misa, saldríamos capaces de reconocer los signos del Creador en cada cosa, en nuestro prójimo, en los árboles y en las estrellas, en una brizna de hierba y en Dios que sufre en la cruz. Ciertamente, por lo que a mí respecta, este estado de ánimo se alcanza más fácilmente cuando participo en la Misa tradicional.

Al final, las campanas vuelven a sonar, la puerta se abre de nuevo y se vuelve a la luz.