miércoles, 8 de julio de 2026

EL PERDÓN DE DIOS

Las lágrimas de San Pedro

Esta conmovedora anécdota de Santa Faustina nos invita a comprender mejor la profundidad del perdón divino. Dios, como nos recuerda la Sagrada Escritura, es «tardo a la ira y grande en misericordia» (Num 14, 18) y se olvida prontamente de los pecados que perdona. Y si Él lo hace así, ¿no deberíamos tratar de hacerlo nosotros de la misma manera? Un perdón sin olvido siempre será un perdón resentido.

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«Llevaba Santa Faustina Kowalska unos días algo inquieta por unas visiones que tenía. Dudando de si eran de Dios o, al contrario, eran provocadas por el demonio para confundirla, lo habló con su confesor. Este, que era una persona muy espiritual como después se demostró, le dijo: “La próxima vez que veas la visión pregúntale cuál fue el último pecado que te perdonó Dios”.

Así lo hizo Santa Faustina y en la próxima ocasión que tuvo dijo a la visión: “¿Cuál es el último pecado que me perdonó Dios?” Y la visión respondió: “No me acuerdo”.

Volvió la Santa al confesor y le contó la respuesta recibida, a lo que éste dijo: “Verdaderamente es Dios a quién ves».

Fuente: religionenlibertad.com

 

viernes, 3 de julio de 2026

CLAVES PARA UNA RECONCILIACIÓN

Un texto de impresionante actualidad, digno de difusión y meditación tanto por parte de la Santa Sede como de los miembros de la Fraternidad San Pio X, es la alocución que pronunció el Cardenal Joseph Ratzinger, entonces Prefecto para la Doctrina de la Fe, a los pocos días de las consagraciones episcopales de Mons. Lefebvre. En su encuentro con los obispos de Chile (Santiago, julio de 1988), el Cardenal Ratzinger pronunció una conferencia titulada Unidad en la tradición de la fe; en ella relata brevemente los hechos que han precedido a este doloroso desenlace, reflexiona sobre las causas y responsabilidades en juego y finaliza sentando las bases para una futura reconciliación. Somos conscientes que la profundidad y finura de sus palabras no son exigibles al actual Prefecto, pero sí debería leerlas y meditarlas con humildad, y reconocer la desidia que la Santa Sede ha manifestado en esta larga y dolorosa historia, que -dicho sea de paso- algo conozco. De no hacerlo, cabría pensar que el Cardenal Fernández también quiere “excomulgar” a Benedicto XVI.

El texto completo de la alocución del Cardenal Ratzinger puede leerse íntegramente en el siguiente enlace:

https://www.humanitas.cl/teologia-y-espiritualidad-de-la-iglesia/alocucion-a-los-obispos-de-chile-unidad-en-la-tradicion-de-la-fe

 

viernes, 26 de junio de 2026

UN CONTEMPLATIVO ITINERANTE

Hoy que parece estar de moda lanzar piedras sobre el Opus Dei, es de justicia reconocer que San Josemaría fue maestro y guía de un ejército de contemplativos itinerantes, que han procurado iluminar las encrucijadas del mundo invitando a la amistad con Cristo a miles de personas: «Jesús es tu amigo. El Amigo. Con corazón de carne, como el tuyo. Con ojos, de mirar amabilísimo, que lloraron por Lázaro...Y tanto como a Lázaro, te quiere a ti» (Camino 422). Copio un párrafo del Decreto sobre las virtudes heroicas de Mons. Escrivá de Balaguer, del 9 de abril de 1990.

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«Con todo, los rasgos más característicos de su figura no sólo se encuentran en sus dotes extraordinarias de hombre de acción, sino también en su vida de oración y en esa asidua experiencia unitiva que hizo de él un contemplativo itinerante. Fiel al carisma recibido fue ejemplo de un heroísmo que se manifestaba en las situaciones más corrientes: en la oración continua, en la mortificación ininterrumpida «como el latir del corazón», en la asidua presencia de Dios, capaz de alcanzar las cumbres de la unión con el Señor incluso en medio del fragor del mundo y en la intensidad de un trabajo sin tregua. Constantemente inmerso en la contemplación del misterio trinitario, puso en el sentido ele la filiación divina en Cristo el fundamento de una espiritualidad en la que la fortaleza de la fe y la audacia apostólica de la caridad se conjugan armónicamente con el abandono filial en Dios Padre».

«El Siervo de Dios, amante apasionado de la Eucaristía, vivió el Sacrificio del Altar como «centro y raíz de la vida cristiana». Fue apóstol incansable del Sacramento de la Penitencia; y delicadamente devoto de María, «Madre de Dios y Madre nuestra», de san José y de los Ángeles Custodios. Amaba a la Iglesia con todas las fuerzas de su corazón sacerdotal, y se ofrecía en holocausto de reparación y penitencia por los pecados con los que las criaturas afean su rostro materno. Aunque la prodigiosa fecundidad de su apostolado estaba a la vista de todos, se consideraba sólo un «instrumento inepto y sordo», un «fundador sin fundamento», «un pecador que ama con locura a Jesucristo».


martes, 23 de junio de 2026

EL ADIÓS DE UN MÁRTIR

Estas conmovedoras líneas se leen en el Oficio de lectura de la fiesta de Santo Tomás Moro. Están tomadas de una carta escrita en la cárcel a su hija Margarita, y son expresión de las cumbres que el alma cristiana puede sobrevolar, con las alas de la fe y del amor, en los cielos de la confianza y abandono en Dios.

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«Aunque estoy bien convencido, mi querida Margarita, de que la maldad de mi vida pasada es tal que merecería que Dios me abandonase del todo, ni por un momento dejaré de confiar en su inmensa bondad. Hasta ahora, su gracia santísima me ha dado fuerzas para postergarlo todo: las riquezas, las ganancias y la misma vida, antes que prestar juramento en contra de mi conciencia; hasta ahora, ha inspirado al mismo rey la suficiente benignidad para que no pasara de privarme de la libertad (y, por cierto, que con esto solo su majestad me ha hecho un favor más grande, por el provecho espiritual que de ello espero sacar para mi alma, que con todos aquellos honores y bienes de que antes me había colmado). Por esto, espero confiadamente que la misma gracia divina continuará favoreciéndome, no permitiendo que el rey vaya más allá, o bien dándome la fuerza necesaria para sufrir lo que sea con paciencia, con fortaleza y de buen grado.

Esta mi paciencia, unida a los méritos de la dolorosísima pasión del Señor (infinitamente superior en todos los aspectos a todo lo que yo pueda sufrir), mitigará la pena que tenga que sufrir en el purgatorio y, gracias a la divina bondad, me conseguirá más tarde un aumento de premio en el cielo.

No quiero, mi querida Margarita, desconfiar de la bondad de Dios, por más débil y frágil que me sienta. Más aún, si a causa del terror y el espanto viera que estoy ya a punto de ceder, me acordaré de san Pedro, cuando, por su poca fe, empezaba a hundirse por un solo golpe de viento, y haré lo que él hizo. Gritaré a Cristo: Señor, sálvame. Espero que entonces él, tendiéndome la mano, me sujetará y no dejará que me hunda.

Y, si permitiera que mi semejanza con Pedro fuera aún más allá, de tal modo que llegara a la caída total y a jurar y perjurar (lo que Dios, por su misericordia, aparte lejos de mí, y haga que una tal caída redunde más bien en perjuicio que en provecho mío), aun en este caso espero que el Señor me dirija, como a Pedro, una mirada llena de misericordia y me levante de nuevo, para que vuelva a salir en defensa de la verdad y descargue así mi conciencia, y soporte con fortaleza el castigo y la vergüenza de mi anterior negación.

Finalmente, mi querida Margarita, de lo que estoy cierto es de que Dios no me abandonará sin culpa mía. Por esto, me pongo totalmente en manos de Dios con absoluta esperanza y confianza. Si a causa de mis pecados permite mi perdición, por lo menos su justicia será alabada a causa de mi persona. Espero, sin embargo, y lo espero con toda certeza, que su bondad clementísima guardará fielmente mi alma y hará que sea su misericordia, más que su justicia, lo que se ponga en mí de relieve.

Ten, pues, buen ánimo, hija mía, y no te preocupes por mí, sea lo que sea que me pase en este mundo. Nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que él quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor».


 

sábado, 20 de junio de 2026

LA SANGRE DE LOS MÁRTIRES

En su afán por destruir la Iglesia, el demonio prefiere hoy los embates silenciosos a los ataques violentos. Una lección que aprendió de los primeros siglos de la Iglesia: cada persecución regalaba a la Iglesia un ejército de mártires que la volvían aún más fuerte y fecunda. Ahora, en cambio, busca la apostasía silenciosa, la infidelidad sin estrépito, la descomposición desde dentro, si bien nunca ha dejado del todo la estrategia de la persecución sangrienta, a pesar de que la sangre de un solo mártir, como dice el Crisóstomo, le horroriza y estremece.

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«¿No habéis visto muchas veces al sol en su alborada cómo difunde por doquiera rayos de color de púrpura? Pues tales eran los cuerpos de los santos mártires, cuando como rayos de púrpura les corrían alrededor arroyos de sangre, que hacían resplandecer su cuerpo mucho más que el sol hace resplandecer el cielo. Veían esta sangre los ángeles y se regocijaban, veíanla los demonios y se horrorizaban, y aun su mismo príncipe Lucifer se estremecía. Porque no era sangre común y ordinaria la que veían, sino sangre salvadora, sangre santa, sangre merecedora de cielo, sangre que riega continuamente el plantel de la Iglesia. Vio el demonio esta sangre y se estremeció. ¿Por qué? Porque se acordó de aquella otra sangre, la sangre del Señor; por aquella sangre corrió esta. Porque desde que fue abierto el costado del Señor, se ven también heridos innumerables costados. Porque, ¿quién no había de desnudarse como buen atleta y aprestarse alegre al combate, si con él se hacía partícipe de los padecimientos del Señor, y se conformaban con la muerte de Cristo? Suficientísima es esta recompensa, mayor es la honra que los trabajos, supera el premio a los combates, aun antes de obtener el reino de los cielos».

(San Juan Crisóstomo, Homilía sobre los Santos Mártires, Homilías Selectas II, Sevilla 199, p. 94).


 

miércoles, 17 de junio de 2026

EL VALOR IMPETRATORIO DE LA SANTA MISA

San Juan María Vianney ilustraba con la siguiente anécdota la fuerza impetratoria del Sacrifico del Altar: un pasando y pasando.

“Un santo sacerdote oraba por un amigo suyo difunto; Dios le había hecho conocer que estaba en el purgatorio. Pensó entonces que no podía hacer por él cosa mejor que ofrecer el Santo Sacrificio de la Misa por su alma. Cuando estuvo en el momento de la Consagración, tomó la Hostia consagrada entre sus dedos y dijo: Padre Santo y Eterno, hagamos un cambio: vos tenéis en vuestras manos el alma de mi amigo, que está en el purgatorio, y yo tengo en las mías el cuerpo de vuestro Hijo. Pues bien, librad a mi amigo y yo os hago la ofrenda de vuestro Hijo con todos los méritos de su Muerte y su Pasión. Y al punto, en el momento de la elevación, vio el alma de su amigo, que radiante de gloria, subía al cielo”.

(El Santo Cura de Ars. Sus palabras y ejemplos. Ad vos o sacerdotes! Santiago 1925, p. 14).

jueves, 11 de junio de 2026

EL PERFUME DE LA GRATITUD

Cristo abrazando a San Bernardo. Ribalta

«te creó de la nada, pero no te redimió de la nada»

En sus sermones sobre el Cantar de los Cantares, aquella obra tan querida y comentada por los grandes místicos, San Bernardo señala tres perfumes aromáticos que el alma debe exhalar en su itinerario de unión amorosa con Dios. En primer lugar, el perfume de la contrición o dolor por los pecados; aroma penetrante y doloroso, pero absolutamente necesario para la humildad. Luego, el perfume de la devoción, más oloroso que el anterior, que guía el alma por las sendas de la alabanza y gratitud a Dios; finalmente, el perfume de la compasión, de la misericordia hacia el prójimo, plenitud del crecimiento espiritual. A continuación, un breve texto del Sermón 11 al Cantar, en el que se ensalza el perfume de la gratitud.

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«Si recordáis el modo de llevarla a cabo (la Redención), dijimos que fue el anonadamiento de Dios; y os recomiendo que consideréis otros tres aspectos. Aquel anonadamiento no fue algo trivial o insignificante; porque se vació de sí mismo hasta asumir la carne, la muerte, la cruz. ¿Quién ponderará suficientemente toda la humillación, la bondad y la condescendencia que supuso el hecho de que el Señor soberano se revistiera de la carne, fuera condenado a muerte e infamado con la cruz? Dirá alguno: ¿no pudo el Creador reparar su obra sin tanta complicación? Claro que pudo; pero prefirió su propia afrenta. Así le ahorraba al hombre toda ocasión de incurrir en el pésimo y abominable crimen de la ingratitud. Asumió muchos sufrimientos que le inducirían al hombre a un gran amor. Y las dificultades de la redención le incitarán a darle gracias, aunque la facilidad de su creación le inspirase una devoción muy poco agradecida.

¿Cómo reacciona el corazón ingrato ante su creación? “Sí; he sido creado por puro amor, pero sin trabajo alguno de mi creador. Sencillamente, lo mandó y salí creado como el resto de la creación. Es muy valiosa. ¿Pero qué dificultad entraña un favor que sólo cuesta pronunciar una palabra?” Así desvirtúa la impiedad del hombre este beneficio de la creación, para justificar su ingratitud. Pretexta excusas para sus pecados, cuando debía haber sido un gran motivo de amor. Pero quedó tapada la boca de los que hablan inicuamente.

Es obvio como la luz del día cuánto le costó, oh hombre, tu salvación: pasar de Señor a siervo, de rico a pobre, de Verbo a hombre, de Hijo de Dios a hijo del hombre. No olvides nunca que te creó de la nada, pero no te redimió de la nada. En seis días lo creó todo y a ti entre todo lo creado. Mas tu salvación la consumó a lo largo de treinta años en este mundo. ¡Cuánto sufrimiento hubo de soportar! A los dolores de su cuerpo y a las tentaciones del enemigo ¿no se añadieron y acumularon la ignominia de la cruz y el horror de la muerte? Forzosamente. Así, así salvaste, Señor, a hombres y animales, y así derrochaste tu misericordia.

Meditadlo y deteneos en ellos. Respire estos perfumes vuestro corazón, tanto tiempo ahogado con la fetidez del pecado, y gozad estos aromas tan delicados como saludables».

Fuente: sigilummilitumxpisti.blogspot.com


 

miércoles, 3 de junio de 2026

PURIFICA SEÑOR MIS MANOS

Siempre que el hombre religioso se aproxima a Dios siente una necesidad imperiosa de purificación. Cuando Dios llamó a Moisés desde la zarza ardiente, le ordenó quitarse las sandalias porque el lugar que pisaba era tierra santa (Ex 3, 5). Descalzarse representaba para Moisés la humildad, el respeto y la sumisión con que debía acercarse a la majestad de Dios y entrar en el lugar sagrado. El episodio también nos instruye sobre el anhelo de pureza que el hombre debe experimentar ante la santidad de Dios. El polvo y la suciedad del camino, simbolizados en el calzado, quedan excluidos del ámbito sacro.

Por esta razón, es muy comprensible que en la celebración eucarística no falten los ritos que simbolizan esta necesidad de purificación, y susciten en el corazón del sacerdote sentimientos análogos a los de Moises mientras se acercaba a la zarza ardiente. Por ejemplo, aunque hoy no sea un rito obligatorio, es muy conveniente que el sacerdote se lave las manos en la sacristía antes de celebrar la Santa Misa. Es una manifestación del deseo de purificación y santidad que debe albergar quien se dispone a celebrar la acción sagrada por antonomasia: renovar el Sacrificio del Calvario y confeccionar la Eucaristía. Este gesto es independiente del rito de lavado de las manos que se hace en el ofertorio, dentro de la misa. Este lavado de manos se hace en la sacristía, antes de que el ministro empiece a revestirse (Cf. liturgiapapal.org).

En la forma extraordinaria, según expresión del Papa Benedicto, sí es obligatorio, y está prevista una oración para que los sacerdotes la reciten mientras se lavan las manos. Por devoción también pueden decirla los sacerdotes que celebran conforme a la forma ordinariaEsa oración, a veces grabada en la misma piedra del lavabo, reza así:


Da, Señor, el poder a mis manos
para ser lavadas de toda mancha, 
de modo que pueda servirte sin corrupción 
en mi mente y en mi cuerpo.

En la Nueva Alianza Dios tiene con el sacerdote más condescendencia que con Moisés: ahora se deja tocar y fraccionar por las manos del sacerdote, que sirven de trono al Rey que viene al mundo. Mayor razón para no omitir o minusvalorar estos gestos o ritos litúrgicos de purificación.






 

domingo, 31 de mayo de 2026

POR QUÉ VOY A LA MISA TRADICIONAL EN LATÍN. UN TESTIMONIO ELOCUENTE

Tibi laus, tibi gloria, tibi gratiarum actio
in saecula sempiterna, 
o Beata Trinitas.

Publico en español este artículo testimonial de Daniela Bovolenta, madre de cinco hijos, oblata benedictina que trabaja en tecnología digital. Amante de las tradiciones culturales occidentales, de la liturgia tradicional, de lo bello y elegante.

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POR QUÉ ASISTO A LA MISA LATINA TRADICIONAL
Por Daniela Bovolenta

 Fuente: ordorerum.substack.com

 «...cuando comenzó el Kyrie, fue como si los cielos se abrieran» (Benedicto XVI, 7° Encuentro Mundial de las Familias, 2012).

 Abro la puerta de madera de la abadía, paso de la luz a la penumbra, suenan las campanas, unos cincuenta monjes vestidos de negro entran de dos en dos, caminan hacia la nave central, avanzan hacia el centro de la iglesia, se arrodillan mirando hacia el sagrario, luego se colocan uno frente al otro, hacen una reverencia profunda, se dan la vuelta y cada uno se dirige a su propio banco.

Las campanas ahora callan, el anillo del padre abad golpea la madera para dar la señal de inicio, se hace la señal de la cruz y comienza el canto gregoriano.

Ya no estoy en la misma dimensión en la que me encontraba hace unos minutos.

Este es el momento en el que toda la historia humana converge, los ángeles del Paraíso se hacen presentes y la liturgia humana y la celestial se funden en una sola. A partir de este momento, la Misa se celebra en el Paraíso, sobre el altar del Señor.

Desde hace años que ya asisto habitualmente a la misa en el vetus ordo, o a la misa tradicional en latín, según cómo se quiera llamar. Se trata de la misa que se celebraba en la Iglesia católica hasta la reforma litúrgica de 1969. A partir de esa fecha entró en vigor el nuevo misal, cuyo cambio más visible fue la traducción a las distintas lenguas vernáculas, pero no fue el único: el celebrante, que antes se dirigía ad Deum (hacia Dios), ahora celebra ad populum (hacia la asamblea de los fieles), cambian las lecturas, la organización del año litúrgico y la estructura de la misa.

La misa precedente (el usus antiquior) se convierte en objeto de disputas y resistencias, y sigue celebrándose en círculos reducidos, para cobrar posteriormente un nuevo impulso cuando el papa Benedicto XVI promulga el motu proprio Summorum Pontificum, en 2007. Será nuevamente restringida, pero no suprimida, por el papa Francisco con Traditionis Custodes (2021). Los acontecimientos relacionados con esta celebración son complejos, y en algunos casos dolorosos, y han sido tratados por numerosos historiadores y especialistas, sin duda más competentes que yo.

Lo que me gustaría explicar aquí es el motivo de esta decisión por mi parte.

En primer lugar, la lex orandi es la lex credendi, es decir, creemos como rezamos y rezamos como creemos, y el énfasis de la misa tradicional está en el sacrificio. El protagonista es Cristo, quien, en la persona del sacerdote, renueva el sacrificio del Calvario.}

El silencio, la adoración, estar vueltos hacia el Señor, sentirnos transportados a los pies de la cruz durante la Pasión, es el centro visible de la Misa.

El sacrificio perfecto de Cristo es el centro de la historia humana y se renueva en cada Misa: toda la gestualidad, las genuflexiones, los besos al altar, las manos juntas, el canon recitado en voz baja, comunican que lo que ocurre en el altar es algo radicalmente distinto de la asamblea. Entramos en la dimensión de la gratuidad respecto a nuestros fines cotidianos, nos dirigimos hacia lo que está radicalmente sustraído a la lógica de la utilidad y la funcionalidad inmediatas. Entramos en el reino de lo verdadero y lo justo, que escapan a nuestros sentidos, a través de lo bello que, en cambio, podemos percibir.

La belleza del canto gregoriano, los ornamentos, el aroma del incienso, los vasos sagrados, la belleza de las antífonas y las oraciones, la belleza de los movimientos mesurados, de las velas, del arte sacro, de la arquitectura. Toda esta belleza no está hecha para complacer a los hombres ni para excitar sus sentidos, sino para dar gloria a Dios y elevar hacia Él las almas de los fieles.




Oramos con las mismas palabras, los mismos gestos, la misma estructura con la que oraron Tomás de Aquino, Teresa de Ávila, Felipe Neri, los campesinos medievales y los mártires. Esta continuidad no es sentimentalismo: es la materialización de la idea de que la Iglesia es una comunidad que abraza a los vivos y a los muertos, y que la liturgia es el lugar donde se manifiesta esta comunión.

Además, tanto el sacerdote como los fieles están vueltos hacia Dios, ad orientem. De hecho, el altar de las iglesias está tradicionalmente orientado hacia el este, hacia el sol naciente, símbolo de Cristo, y el sacerdote se dirige a Dios al frente del pueblo, que mira en la misma dirección. Queda claro, pues, que el centro de la acción es Cristo, no los hombres. Salimos de una perspectiva del espectáculo y de lo personal para adentrarnos en la del culto racional.

El latín, por su parte, preserva la inalterabilidad del texto sagrado frente a las desviaciones de las traducciones nacionales (algunas de las cuales, en los años setenta y ochenta, fueron teológicamente discutibles), crea una distancia sagrada entre el lenguaje ordinario y el litúrgico, señalando que la misa no es una reunión sino un rito y, por último, mantiene la universalidad de la oración católica más allá de las culturas locales.

La misa tradicional es el lugar donde se percibe físicamente que ocurre algo sobrenatural, que la forma misma transmite el contenido. Es una experiencia difícil de reducir a argumentos, pero quien la vive la reconoce de inmediato. Joseph Ratzinger la describía diciendo que en la liturgia antigua se tiene la sensación de recibir algo que no ha sido creado por nadie.

En todos nosotros coexisten un alma eterna, que lleva en sí los signos de su creador, y una mente que se forma con el tiempo, que encuentra en la época en la que vive el material del que está constituida e incluso el lenguaje en el que opera. La liturgia es el lugar donde el Creador moldea lo que somos en lo más profundo, con una acción sacramental que evoca la huella que lo divino ha dejado en nosotros, nos eleva por encima de nuestro tiempo para llevarnos a la dimensión de la eternidad. Si realmente nos dejáramos alcanzar por lo que ocurre ante nuestra presencia durante la Misa, saldríamos capaces de reconocer los signos del Creador en cada cosa, en nuestro prójimo, en los árboles y en las estrellas, en una brizna de hierba y en Dios que sufre en la cruz. Ciertamente, por lo que a mí respecta, este estado de ánimo se alcanza más fácilmente cuando participo en la Misa tradicional.

Al final, las campanas vuelven a sonar, la puerta se abre de nuevo y se vuelve a la luz.


domingo, 24 de mayo de 2026

¡VEN LUZ DE LOS CORAZONES!

«De esta comunión con el Espíritu procede la presciencia de lo futuro, la penetración de los misterios, la comprensión de lo oculto, la distribución de los dones, la vida sobrenatural, el consorcio con los ángeles; de aquí proviene aquel gozo que nunca terminará, de aquí la permanencia en la vida divina, de aquí el ser semejantes a Dios, de aquí, finalmente, lo más sublime que se puede desear: que el hombre llegue a ser como Dios» (San Basilio Magno, Sobre el Espíritu Santo, Cap. 9, n. 22).

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«El Señor encomienda al Espíritu Santo el cuidado del hombre, posesión suya, que había caído en manos de ladrones, del cual se compadeció y vendó sus heridas, entregando después los dos denarios regios para que nosotros, recibiendo por el Espíritu la imagen y la inscripción del Padre y del Hijo, hagamos fructificar el denario que se nos ha confiado, retornándolo al Señor con intereses» (San Ireneo de Lyon, Contra las herejías, Libro 3, 17).

 


 

sábado, 23 de mayo de 2026

MARÍA, VASO DIGNO DE HONOR

Los títulos con los que más se invoca a María en las letanías del rosario son los de Madre, Virgen y Reina. Después viene el de Vas, Vaso (tres veces): Vaso espiritual, Vaso digno de honor y Vaso insigne de devoción. En un vaso, dice Santo Tomás de Aquino con relación a San Pablo, llamado «vaso de elección» por el propio Jesús, (Hechos 9, 15) podemos considerar cuatro aspectos: su constitución, es decir, el material del que está hecho; su capacidad receptiva, esto es, el líquido que puede ser vertido en él; el uso o finalidad que se le da; finalmente, los frutos que su uso proporciona. Explicando el simbolismo del vaso referido a San Pablo, Tomás de Aquino dice que Pablo fue un vaso de oro macizo por el resplandor de su sabiduría y el adorno de todas las virtudes; un vaso lleno y rebosante del nombre de Cristo; un vaso destinado a llevar ese nombre a los confines de la tierra, y finalmente, un vaso de desbordante fecundidad apostólica y santidad de vida (Cf. Santo Tomás de Aquino, In Rom. Prol.).

Si Pablo es un «vaso de elección», con mayor razón y de modo eminente lo es María. Ella es el vaso predilecto de Dios, hecho de oro puro (Domus aurea), de resplandeciente belleza. Vaso rebasado por la plenitud de gracia (Mater divinae gratiae); Vaso que contiene al mismo Hijo de Dios hecho carne (Mater Christi), al que acuden los pecadores en busca de refugio, auxilio y misericordia. El santo Cardenal Newman, en su comentario a las letanías lauretanas, nos ha dejado dos razones de por qué María es Vas Honorabile, un vaso digno de todo honor; una de ellas, bien sugerente, dice relación a la guarda de la dignidad y honor con que Dios quiso cubrir los padecimientos de su Madre al pie de la Cruz.

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«San Pablo llama a las almas elegidas vasos de honor, de honor porque son elegidos o escogidos, y vasos porque por el amor de Dios están llenos de la celestial y santa gracia de Dios. ¡Cuánto más será María vaso de honor en razón de haber tenido dentro no sólo la gracia de Dios, sino al mismo Hijo de Dios que tomó su carne y sangre de la suya!

Pero el título Honorabile aplicado a María admite un significado ulterior y especial. Ella fue mártir sin el rudo deshonor que acompaña el sufrimiento de los mártires, que fueron detenidos, enviados a prisión con los más viles criminales y agredidos con las palabras más blasfemas y las más sucias expresiones que Satanás podía inspirar. Tal fue incluso la indecible prueba de mujeres santas, jóvenes damas y esposas de Cristo, que los paganos detuvieron, torturaron y condenaron a muerte. Por encima de todo, nuestro Señor mismo cuya santidad era más grande que cualquier excelencia creada o vaso de gracia, como bien sabemos, fue abofeteado, desnudado, flagelado, burlado, arrastrado, y luego estirado, clavado y colgado sobre una elevada cruz, ante la mirada de una multitud brutal.

Pero Él, que cargó con la vergüenza de los pecadores por los pecadores, le ahorró a Su Madre sin pecado esta suprema indignidad. Ella sufrió en el alma, no en el cuerpo. Verdaderamente, agonizó en Su agonía, sufrió la compasión en Su pasión, fue crucificada con Él, la espada que perforó su pecho le atravesó a ella su alma. No hubo signos visibles de este martirio íntimo. Ella estuvo de pie, quieta, recogida, sin moverse, solitaria, junto a la cruz de su Hijo, rodeada por los ángeles, y envuelta en su virginal santidad por la atención de todos los que participaban en Su crucifixión».

(J.H. Newman, Meditaciones y Devociones, Buenos Aires 2007, p. 64 y 65)

 


 

domingo, 17 de mayo de 2026

ET ASCENDIT IN CÆLUM


«Porque Jesús, el Señor,
el rey de la gloria, vencedor del pecado y de la muerte,
ha ascendido [hoy] ante el asombro de los ángeles
a lo más alto del cielo,
como mediador entre Dios y los hombres,
como juez de vivos y muertos.
No se ha ido para desentenderse de este mundo,
sino que ha querido precedernos como cabeza nuestra
para que nosotros, miembros de su Cuerpo,
vivamos con la ardiente esperanza
de seguirlo en su reino».

(Misal Romano. Prefacio de la Ascensión I)


 

domingo, 10 de mayo de 2026

PARA ENTRAR EN LA INTIMIDAD DIVINA

Dios no tiene favoritos, sino íntimos, se ha escrito con acierto glosando quizá las palabras del Apóstol a los romanos: “En Dios no hay acepción de personas” (cf. 2, 11). Todas las almas están llamadas a entrar en la intimidad de Dios, en una relación de estrecha amistad con Él, que constituye la suprema vocación del hombre y la realización final de su vida dichosa.

Pero da pena observar la resistencia que muchos ofrecen a la invitación del Señor. Pensemos, por ejemplo, en el joven rico del evangelio: deseaba sin duda una mayor cercanía con Dios, pero temió entrar en el ámbito de su intimidad. Sin embargo, la intimidad auténtica que acompaña a toda verdadera amistad siempre es recíproca: debemos aceptar la invitación del Señor y repetir con el salmista: Una sola cosa pido al Señor y es lo único que busco: habitar en la casa del Señor todos los días de mi vida, para contemplar su hermosura (Sal. 27, 4). Dios pone todo de su parte para hacernos participes de su vida íntima; de nuestra parte no debemos tener miedo a las exigencias de tan soberana compañía. En la intimidad de Dios lo hallamos todo, si bien ella exige a su vez que lo entreguemos todo. Como diría San Josemaría, «para Vivir hay que morir» (Camino 187). Las palabras que siguen condensan bien los afanes amistosos de Dios para con su criatura:

«Yo he venido», nos asegura el Hijo de Dios hecho hombre, «para que tengan vida y la tengan abundante» (Ioh 10, 10). La vida que Cristo quiere darnos es la vida de Dios; la vida que el Hijo recibió, al encarnarse, en su naturaleza humana y que constantemente difunde sobre los suyos, de modo misterioso, a través de los sacramentos. «De su plenitud todos recibimos» (Ioh I, 14).

«Dios es amor». Y el amor le impulsa a compartir sus riquezas, sus bienes, en una palabra, toda su vida con el hombre, con el polvo, con la nada.

Éste es el distintivo de todo el que es verdaderamente bueno, noble y generoso: sentir un irresistible impulso a difundirse en otro ser para hacerlo rico, grande y feliz. Tuvo, pues, Dios un sublime proyecto que quiso realizar en mí, al trazarme determinada ruta en la vida y asignarme determinado número de años para recorrerla: todas y cada una de las cosas de mi vida tienden a un solo objetivo: mi elevación al plano de la vida divina, en orden a coposeerla y convivirla. (B. Baur, En la intimidad con Dios, Herder 2005, p. 12).


 

viernes, 8 de mayo de 2026

¡GRACIAS SANTO PADRE!

El 12 de diciembre del año pasado el Papa León XIV ponía en manos de Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, su nueva misión de Romano Pontífice. Con afecto filial se dirigía así a la Virgen de Guadalupe:

«Madre del verdadero Dios, por quien se vive, ven en auxilio del sucesor de Pedro para que confirme en el único camino que conduce al fruto bendito de tu vientre, a cuántos me fueron confiados. Recuerda este hijo tuyo, a quien Cristo confió las llaves del reino de los cielos para el bien de todos. Que esas llaves sirvan para atar y desatar y para redimir toda miseria humana y haz que confiando en tu protección avancemos cada vez más unidos con Jesús y entre nosotros hacia la morada eterna que Él nos ha preparado y en la que tú nos esperas. Amén».

Y con respeto y algo de buen humor, pido al cielo que no le falte la fortaleza necesaria para que pueda –en expresión cervantina– «desfacer entuertos» heredados de su predecesor. ¡Gracias Santo Padre por su amor y servicio a la Iglesia!


 

martes, 5 de mayo de 2026

ET VERBUM CARO FACTUM EST

Texto del gran Atanasio sobre la finalidad de la Encarnacion del Hijo de Dios. El Verbo asumió nuestra carne porque no soportó que la muerte corrompiera al hombre y volviera inútil esta obra predilecta de su Padre.

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«Tuvo piedad de nuestra raza y de nuestra debilidad y, compadecido de nuestra corrupción, no soportó que la muerte nos dominase, para que no pereciese lo que había sido creado, con lo que hubiera resultado inútil la obra de su Padre al crear al hombre, y por esto tomó para si un cuerpo como el nuestro, ya que no se contentó con habitar en un cuerpo ni tampoco en hacerse simplemente visible. En efecto, si tan solo hubiese pretendido hacerse visible, hubiera podido ciertamente asumir un cuerpo más excelente; pero él tomó nuestro mismo cuerpo.

En el seno de la Virgen, se construyó un templo, es decir, su cuerpo, y lo hizo su propio instrumento, en el que había de darse a conocer y habitar; de este modo, habiendo tomado un cuerpo semejante al de cualquiera de nosotros, ya que todos estaban sujetos a la corrupción de la muerte, lo entregó a la muerte por todos, ofreciéndolo al Padre con un amor sin límites; con ello, al morir en su persona todos los hombres, quedó sin vigor la ley de la corrupción que afectaba a todos, ya que agotó toda la eficacia de la muerte en el cuerpo del Señor; y así ya no le quedó fuerza alguna para ensañarse con los demás hombres, semejantes a él; con ello, también hizo de nuevo incorruptibles a los hombres, que habían caído en la corrupción, y los llamó de muerte a vida, consumiendo totalmente en ellos la muerte, con el cuerpo que había asumido y con el poder de su resurrección, del mismo modo que la paja es consumida por el fuego.

Por esta razón, asumió un cuerpo mortal: para que este cuerpo, unido al Verbo que está por encima de todo, satisficiera por todos la deuda contraída con la muerte; para que, por el hecho de habitar el Verbo en él, no sucumbiera a la corrupción; y, finalmente, para que, en adelante, por el poder de la resurrección, se vieran ya todos libres de la corrupción.

De ahí que el cuerpo que él había tomado, al entregarlo a la muerte como una hostia y víctima limpia de toda mancha, alejó al momento la muerte de todos los hombres, a los que él se había asemejado, ya que se ofreció en lugar de ellos.

De este modo, el Verbo de Dios, superior a todo lo que existe, ofreciendo en sacrificio su cuerpo, templo e instrumento de su divinidad, pagó con su muerte la deuda que habíamos contraído, y, así, el Hijo de Dios, inmune a la corrupción, por la promesa de la resurrección, hizo partícipes de esta misma inmunidad a todos los hombres, con los que se había hecho una misma cosa por su cuerpo semejante al de ellos.

Es verdad, pues, que la corrupción de la muerte no tiene ya poder alguno sobre los hombres, gracias al Verbo, que habita entre ellos por su encarnación».

(San Atanasio, obispo. Sermón sobre la encarnación del Verbo, 8-9: PG 25, 110-111. Tomado del oficio de lectura de su fiesta).


 

viernes, 1 de mayo de 2026

CUANDO TRABAJAR ES SERVIR

Sagrada Familia de Murillo

Texto de San Josemaría Escrivá subrayando el aspecto de alegre servicio en el trabajo de San José:

«En Nazaret, José sería uno de los pocos artesanos, si es que no era el único. Carpintero, posiblemente. Pero, como suele suceder en los pueblos pequeños, también sería capaz de hacer otras cosas: poner de nuevo en marcha el molino, que no funcionaba, o arreglar antes del invierno las grietas de un techo. José sacaba de apuros a muchos, sin duda, con un trabajo bien acabado. Era su labor profesional una ocupación orientada hacia el servicio, para hacer agradable la vida a las demás familias de la aldea, y acompañada de una sonrisa, de una palabra amable, de un comentario dicho como de pasada, pero que devuelve la fe y la alegría a quien está a punto de perderlas» (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 51).

 

jueves, 30 de abril de 2026

BENEDICTO XVI Y LA VIGENCIA DEL MISAL DE SAN PÍO V

Hoy, fiesta de San Pío V, no podemos dejar de recordar el precioso misal que este Pontífice nos dejó para la celebración del Santo Sacrificio. No lleva el sello de lo prefabricado por expertos, sino más bien se asemeja a un jardín que recoge y conserva las más hermosas flores que han brotado en el campo litúrgico de la Iglesia. Para el cardenal Ratzinger, luego Papa Benedicto XVI, la vigencia y uso del antiguo Misal no se reduce a simples motivaciones subjetivas o personales; lo que está en juego en la mutua convivencia de los ritos litúrgicos es la unidad e identidad de la Iglesia consigo misma. Las palabras que siguen no dejan duda al respecto:


«Personalmente, he estado desde el comienzo a favor de la libertad de seguir usando el antiguo Misal, por un motivo muy simple; se estaba comenzado ya entonces a hablar de una ruptura con la Iglesia pre-conciliar, y de la formación de modelos diferentes de Iglesias: una Iglesia preconciliar obsoleta y una Iglesia nueva, conciliar… Me parece esencial y fundamental reconocer que los dos Misales son Misales de la Iglesia, y de la Iglesia que sigue siendo la misma… Y para subrayar que no hay ruptura esencial, que existen tanto la continuidad como la identidad de la Iglesia, me parece indispensable mantener la posibilidad de celebrar según el antiguo Misal como signo de identidad permanente de la Iglesia. Esta es para mí la razón fundamental: lo que hasta 1969 era la liturgia de la Iglesia, lo más sagrado para todos nosotros, no puede convertirse después, con un positivismo increíble, en lo más inaceptable. Si queremos ser creíbles, incluso con este lema de la modernidad, es absolutamente necesario reconocer que lo que era fundamental antes del 69, lo sigue siendo también después: es una misma sacralidad, una misma liturgia» (J. Ratzinger, Obras Completas, Vol. XI, BAC 2012, p. 500-501)


 

miércoles, 29 de abril de 2026

CATALINA Y LA CORREDENCIÓN MARIANA

Catalina de Siena, mujer extraordinaria, santa y doctora de la Iglesia, no albergó aprensión alguna en reconocer el papel corredentor y mediador de la Santísima Virgen. En una oración muy bella compuesta en la fiesta de la Anunciación de 1379, encontramos estas encendidas palabras:

«¡Oh María, María, templo de la Trinidad! ¡Oh María, portadora del Fuego! María, que ofreces misericordia, que germinas el fruto, que redimes el genero humano, porque sufriendo la carne tuya en el Verbo, fue nuevamente redimido el mundo.

¡Oh María, tierra fértil! Eres la nueva planta de la que recibimos la fragante flor del Verbo, unigénito Hijo de Dios, pues en ti, tierra fértil, fue sembrado ese Verbo. Eres la tierra y eres la planta. ¡Oh María, carro de fuego! Tú llevaste el fuego escondido y velado bajo el polvo de tu humanidad…

¡Oh María! A la puerta llamaba la eterna Divinidad, pero si tú no hubieras abierto la entrada de tu voluntad, Dios no se habría encarnado en ti. Avergüénzate, alma mía, viendo que Dios se ha emparentado contigo por medio de María. Hoy te ha quedado claro que, aunque hayas sido creada sin intervención tuya, no serás salvada sin ella; por eso hoy llama Dios a la puerta de la voluntad de María y espera que le abra» (Santa Catalina de Siena, Obras, Oraciones y Soliloquios, BAC 1991, p. 475).


 

martes, 28 de abril de 2026

O ADMIRABILE COMMERCIUM!

«Dios se ha hecho hombre para que el hombre se haga Dios», han repetido de distintos modos muchos Padres de la Iglesia. ¡Oh maravilloso intercambio! exclama la liturgia y toda alma cristiana al considerar la condescendencia del amor divino reflejada en el misterio de la Encarnación. Para nosotros –pobres creaturas– no hay mejor negocio que intercambiar con Dios; cualquier trueque con Él nos beneficia, y se traduce finalmente en un exultante o admirabile commercium!

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«Mas a cuantos le recibieron les dio poder de venir a ser hijos de Dios, a aquellos que creen en su nombre (Jn 1, 12). Consideremos hermanos queridísimos, cuán grande es la gracia de nuestro Redentor, cuanta es su dulzura. Es el Unigénito del Padre y no quiso ser uno solo; descendió a la tierra para conseguir hermanos a los que pudiera entregar el reino de su Padre. Nació Dios de Dios y no quiso permanecer solo Hijo de Dios, sino que también se dignó hacerse hijo del hombre, sin perder lo que era, pero asumiendo lo que no era, para así transformar a los hombres en hijos de Dios y hacerles coherederos de su gloria, de modo que comenzaran a tener por gracia lo que Él mismo desde siempre poseía por naturaleza» (San Beda el Venerable).

«El Hijo de Dios acepta la pobreza de mi carne a fin de hacerme entrar en posesión de las riquezas de su divinidad. Aquel que es la plenitud de la vida se anonada; se despoja de su gloria a fin de hacerme participante de su propia plenitud» (San Gregorio Nacianceno).

«El Hijo de Dios ha venido a destruir las obras del demonio. Él se ha unido a nosotros y a nosotros nos ha unido a Él; y, así, el descenso de Dios a lo humano ha provocado el ascenso del hombre a lo divino» (San León Magno).





 

domingo, 26 de abril de 2026

«EL SEÑOR ES MI PASTOR». COMENTARIO DE BENEDICTO XVI AL SALMO 23 (22)


Dirigirse al Señor en la oración implica un acto radical de confianza, con la conciencia de  fiarse de Dios, que es bueno, «compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad» (Ex 34, 6-7; Sal 86, 15; cf. Jl 2, 13; Gn 4, 2; Sal 103, 8; 145, 8; Ne 9, 17). Por ello hoy quiero reflexionar con vosotros sobre un Salmo impregnado totalmente de confianza, donde el salmista expresa su serena certeza de ser guiado y protegido, puesto al seguro de todo peligro, porque el Señor es su pastor. Se trata del Salmo 23 —según la datación grecolatina, 22—, un texto familiar a todos y amado por todos.

«El Señor es mi pastor, nada me falta»: así empieza esta bella oración, evocando el ambiente nómada de los pastores y la experiencia de conocimiento recíproco que se establece entre el pastor y las ovejas que componen su pequeño rebaño. La imagen remite a un clima de confianza, intimidad y ternura: el pastor conoce una a una a sus ovejas, las llama por su nombre y ellas lo siguen porque lo reconocen y se fían de él (cf. Jn 10, 2-4). Él las cuida, las custodia como bienes preciosos, dispuesto a defenderlas, a garantizarles bienestar, a permitirles vivir en la tranquilidad. Nada puede faltar si el pastor está con ellas. A esta experiencia hace referencia el salmista, llamando a Dios su pastor, y dejándose guiar por él hacia praderas seguras: 

«En verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas; me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre» (vv. 2-3).

La visión que se abre ante nuestros ojos es la de praderas verdes y fuentes de agua límpida, oasis de paz hacia los cuales el pastor acompaña al rebaño, símbolos de los lugares de vida hacia los cuales el Señor conduce al salmista, quien se siente como las ovejas recostadas sobre la hierba junto a una fuente, en un momento de reposo, no en tensión o en estado de alarma, sino confiadas y tranquilas, porque el sitio es seguro, el agua es fresca, y el pastor vigila sobre ellas. Y no olvidemos que la escena evocada por el Salmo está ambientada en una tierra en gran parte desértica, azotada por el sol ardiente, donde el pastor seminómada de Oriente Medio vive con su rebaño en las estepas calcinadas que se extienden en torno a los poblados. Pero el pastor sabe dónde encontrar hierba y agua fresca, esenciales para la vida, sabe conducir al oasis donde el alma «repara sus fuerzas» y es posible recuperar las fuerzas y nuevas energías para volver a ponerse en camino.

Como dice el salmista, Dios lo guía hacia «verdes praderas» y «fuentes tranquilas», donde todo es sobreabundante, todo es donado en abundancia. Si el Señor es el pastor, incluso en el desierto, lugar de ausencia y de muerte, no disminuye la certeza de una presencia radical de vida, hasta llegar a decir: «nada me falta». El pastor, en efecto, se preocupa por el bienestar de su rebaño, acomoda sus propios ritmos y sus propias exigencias a las de sus ovejas, camina y vive con ellas, guiándolas por senderos «justos», es decir aptos para ellas, atendiendo a sus necesidades y no a las propias. Su prioridad es la seguridad de su rebaño, y es lo que busca al guiarlo.

Queridos hermanos y hermanas, también nosotros, como el salmista, si caminamos detrás del «Pastor bueno», aunque los caminos de nuestra vida resulten difíciles, tortuosos o largos, con frecuencia incluso por zonas espiritualmente desérticas, sin agua y con un sol de racionalismo ardiente, bajo la guía del pastor bueno, Cristo, debemos estar seguros de ir por los senderos «justos», y que el Señor nos guía, está siempre cerca de nosotros y no nos faltará nada. Por ello el salmista puede declarar una tranquilidad y una seguridad sin incertidumbres ni temores:

«Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan» (v. 4).

Quien va con el Señor, incluso en los valles oscuros del sufrimiento, de la incertidumbre y de todos los problemas humanos, se siente seguro. Tú estás conmigo: esta es nuestra certeza, la certeza que nos sostiene. La oscuridad de la noche da miedo, con sus sombras cambiantes, la dificultad para distinguir los peligros, su silencio lleno de ruidos indescifrables. Si el rebaño se mueve después de la caída del sol, cuando la visibilidad se hace incierta, es normal que las ovejas se inquieten, existe el riesgo de tropezar, de alejarse o de perderse, y existe también el temor de que posibles agresores se escondan en la oscuridad. Para hablar del valle «oscuro», el salmista usa una expresión hebrea que evoca las tinieblas de la muerte, por lo cual el valle que hay que atravesar es un lugar de angustia, de amenazas terribles, de peligro de muerte. Sin embargo, el orante avanza seguro, sin miedo, porque sabe que el Señor está con él. Aquel «tú vas conmigo» es una proclamación de confianza inquebrantable, y sintetiza una experiencia de fe radical; la cercanía de Dios transforma la realidad, el valle oscuro pierde toda peligrosidad, se vacía de toda amenaza. El rebaño puede ahora caminar tranquilo, acompañado por el sonido familiar del bastón que golpea sobre el terreno e indica la presencia tranquilizadora del pastor.

Esta imagen confortante cierra la primera parte del Salmo, y da paso a una escena diversa. Estamos todavía en el desierto, donde el pastor vive con su rebaño, pero ahora somos transportados bajo su tienda, que se abre para dar hospitalidad:

«Preparas una mesa ante mí, enfrente de mis enemigos; me unges la cabeza con perfume, y mi copa rebosa» (v. 5).

Ahora se presenta al Señor como Aquel que acoge al orante, con los signos de una hospitalidad generosa y llena de atenciones. El huésped divino prepara la comida sobre la «mesa», un término que en hebreo indica, en su sentido primitivo, la piel del animal que se extendía en la tierra y sobre la cual se ponían las viandas para la comida en común. Se trata de un gesto de compartir no sólo el alimento sino también la vida, en un ofrecimiento de comunión y de amistad que crea vínculos y expresa solidaridad. Luego viene el don generoso del aceite perfumado sobre la cabeza, que mitiga de la canícula del sol del desierto, refresca y alivia la piel, y alegra el espíritu con su fragancia. Por último, el cáliz rebosante añade una nota de fiesta, con su vino exquisito, compartido con generosidad sobreabundante. Alimento, aceite, vino: son los dones que dan vida y alegría porque van más allá de lo que es estrictamente necesario y expresan la gratuidad y la abundancia del amor. El Salmo 104, celebrando la bondad providente del Señor, proclama: «Haces brotar hierba para los ganados, y forraje para los que sirven al hombre. Él saca pan de los campos, y vino que alegra el corazón; aceite que da brillo a su rostro y el pan que le da fuerzas» (vv. 14-15). El salmista se convierte en objeto de numerosas atenciones, por ello se ve como un viandante que encuentra refugio en una tienda acogedora, mientras que sus enemigos deben detenerse a observar, sin poder intervenir, porque aquel que consideraban su presa se encuentra en un lugar seguro, se ha convertido en un huésped sagrado, intocable. Y el salmista somos nosotros si somos realmente creyentes en comunión con Cristo. Cuando Dios abre su tienda para acogernos, nada puede hacernos mal.

Luego, cuando el viandante parte nuevamente, la protección divina se prolonga y lo acompaña en su viaje:

«Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término» (v. 6).

La bondad y la fidelidad de Dios son la escolta que acompaña al salmista que sale de la tienda y se pone nuevamente en camino. Pero es un camino que adquiere un nuevo sentido, y se convierte en peregrinación hacia el templo del Señor, el lugar santo donde el orante quiere «habitar» para siempre y al cual quiere «regresar». El verbo hebreo utilizado aquí tiene el sentido de «volver», pero, con una pequeña modificación vocálica, se puede entender como «habitar», y así lo recogen las antiguas versiones y la mayor parte de las traducciones modernas. Se pueden mantener los dos sentidos: volver al templo y habitar en él es el deseo de todo israelita, y habitar cerca de Dios, en su cercanía y bondad, es el anhelo y la nostalgia de todo creyente: poder habitar realmente donde está Dios, cerca de Dios. El seguimiento del Pastor conduce a su casa, es la meta de todo camino, oasis deseado en el desierto, tienda de refugio al huir de los enemigos, lugar de paz donde se experimenta la bondad y el amor fiel de Dios, día tras día, en la alegría serena de un tiempo sin fin.

Las imágenes de este Salmo, con su riqueza y profundidad, acompañaron toda la historia y la experiencia religiosa del pueblo de Israel, y acompañan a los cristianos. La figura del pastor, en especial, evoca el tiempo originario del Éxodo, el largo camino en el desierto, como un rebaño bajo la guía del Pastor divino (cf. Is 63, 11-14; Sal 77, 20-21; 78, 52-54). Y en la Tierra Prometida era el rey quien tenía la tarea de apacentar el rebaño del Señor, como David, pastor elegido por Dios y figura del Mesías (cf. 2 Sam 5, 1-2; 7, 8; Sal 78, 70-72). Luego, después del exilio de Babilonia, casi en un nuevo Éxodo (cf. Is 40, 3-5.9-11; 43, 16-21), Israel es conducido a la patria como oveja perdida y reencontrada, reconducida por Dios a verdes praderas y lugares de reposo (cf. Ez 34, 11-16.23-31). Pero es en el Señor Jesús en quien toda la fuerza evocadora de nuestro Salmo alcanza su plenitud, encuentra su significado pleno: Jesús es el «Buen Pastor» que va en busca de la oveja perdida, que conoce a sus ovejas y da la vida por ellas (cf. Mt 18, 12-14; Lc 15, 4-7; Jn 10, 2-4.11-18), él es el camino, el justo camino que nos conduce a la vida (cf. Jn 14, 6), la luz que ilumina el valle oscuro y vence todos nuestros miedos (cf. Jn 1, 9; 8, 12; 9, 5; 12, 46). Él es el huésped generoso que nos acoge y nos pone a salvo de los enemigos preparándonos la mesa de su cuerpo y de su sangre (cf. Mt 26, 26-29; Mc 14, 22-25; Lc 22, 19-20) y la mesa definitiva del banquete mesiánico en el cielo (cf. Lc 14, 15 ss; Ap 3, 20; 19, 9). Él es el Pastor regio, rey en la mansedumbre y en el perdón, entronizado sobre el madero glorioso de la cruz (cf. Jn 3, 13-15; 12, 32; 17, 4-5).

Queridos hermanos y hermanas, el Salmo 23 nos invita a renovar nuestra confianza en Dios, abandonándonos totalmente en sus manos. Por lo tanto, pidamos con fe que el Señor nos conceda, incluso en los caminos difíciles de nuestro tiempo, caminar siempre por sus senderos como rebaño dócil y obediente, nos acoja en su casa, a su mesa, y nos conduzca hacia «fuentes tranquilas», para que, en la acogida del don de su Espíritu, podamos beber en sus manantiales, fuentes de aquella agua viva «que salta hasta la vida eterna» (Jn 4, 14; cf. 7, 37-39).

Fuente: www.vatican.va



 

martes, 21 de abril de 2026

LA SANTIDAD DE DIOS

Moisés ante la zarza ardiente 
D. Fetti

Extracto tomado de la voz SANTIDAD CRISTIANA. E. Ancilli, Diccionario de espiritualidad, Herder 1984, Vol. III, p. 346.

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a) En el Antiguo Testamento. La noción de santidad es esencialmente religiosa. La etimología de la palabra “santo”, tanto en hebreo como en griego, sugiere la idea de separación, de algo aparte, reservado: conviene a Dios de modo esencial; a los seres creados, solo en relación con Dios.

Santidad de Dios. La santidad es Dios mismo. El nombre expresa lo que propiamente lo constituye, puesto que todos los demás nombres, justicia, amor, verdad, se toman del mundo de las criaturas. Pero al decir que él es santo, se quiere decir que es distinto a todo lo que pode os conocer, que es el totalmente otro (cf VAN IMSCHOOT, Théologie de l’Ancien Testament, Tournai 1954, I, p. 42-51; versión castellana: Fax, Madrid 1969): se quiere expresar la intensidad de su existencia, que es tal que el hombre no puede verlo sin morir. El temor reverencial de los profetas, su asombro y angustia, cuando Dios se acerca, no son efecto de un terror supersticioso, sino la reacción normal de un alma consciente de su estado de criatura, que es nada ante la suprema y omnipotente presencia de Dios.

La santidad en sentido absoluto es un atributo esencial del Dios de Israel y designa su majestad increada, inaccesible, trascendente a toda criatura, totalmente otro, distinto. Así se expresa Moisés en el cántico de triunfo después del paso del mar Rojo: “¿Quién como tú, entre los dioses, oh Yahveh? ¿Quién como tú, magnífico en santidad, terrible en proezas, hacedor de maravillas?” (Ex 15, 11). Igualmente Ana, madre de Samuel, dice en su canto de acción de gracias: “No hay santo como Yahveh, no hay otro fuera de ti, ni hay roca como nuestro Dios” (1 Sam 2, 2). Isaías en su visión contempla a los serafines que mutuamente se dicen el trisagio: “Santo, Santo, Santo es Yahveh Sebaot; toda la tierra está llena de su gloria” (Is 6, 3). Es este quizá el testimonio veterotestamentario más impresionante de la santidad de Dios. El escenario de la visión, la función de los serafines, las palabras repetidas, sirven para poner de relieve cómo el triple “Santo” es la designación de la esencia de Dios, sinónimo de sublimidad y potencia, de terror y de gloria. Ese uso triplicado del término “Santo”, según la gramática hebrea, se tiene que considerar como un superlativo extraordinario, de una intensidad incomparable.

La santidad, por tanto, pertenece propiamente solo a Dios: es el atributo divino de suyo inaccesible a la criatura. Esta santidad no es solo el peso aplastante de su gloria, sino que es también su supereminente perfección, que se impone irresistiblemente a nosotros y la que no podemos rechazar aquel homenaje de nuestra admiración y de nuestro amor que se llama adoración.

El pueblo santo. La santidad de Dios marca y abraza cuanto toca, sustrayéndolo a la esfera profana circundante. Así son santos los lugares en que Yahveh se manifiesta, como por ejemplo la zarza incandescente desde la cual el Señor dijo a Mosés: “no te acerques acá, y quítate de los pies las sandalias; pues el lugar donde estás, tierra santa es” (Ex 3, 5); el cielo (Sal 20, 7), el templo (Sal 5, 8; Ex 26, 31, etc.), Jerusalén (Is 52, 1), etc.

Siendo la santidad propiedad exclusiva de Dios, solo él la puede comunicar a los demás seres. La criatura será santificada en la medida en que, separada y sustraída al uso profano, se acerque a Dios, le sea consagrada, ordenada, unida. En este sentido son santos los sacerdotes y sobre todo el sumo sacerdote El Señor dijo a Moisés: “Habla a los sacerdotes, hijos de Aarón, y diles: ningún sacerdote se haga impuro…, estarán consagrados a su Dios, y no profanarán el nombre de su Dios, pues son ellos los que ofrecen los sacrificios…, y por lo mismo serán algo santo…, será santo para ti, porque santo soy yo, Yahveh, que os santifico” (Lev 21, 1. 6. 8; Ex 28, 36).

El pueblo que Dios se escoge es una nación santa: “Así hablarás a la casa de Jacob y así anunciarás a los hijos de Israel: Habéis visto cuanto yo he hecho en Egipto, y cómo os he llevado sobre alas de águila y os he traído hasta mí. Ahora bien, se de veras escucháis mi voz y guardáis mi alianza, seréis propiedad mía particular entre todos los pueblos, porque toda la tierra me pertenece. Seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa” (Ex 28, 36).

A la libre elección de Dios que quiere su santificación, Israel debe responder santificándose a través de la purificación de toda inmundicia incompatible con la santidad de Dios. “Sed santos porque yo, Yahveh, Dios vuestro, soy santo” (Lev 19, 2; 20, 26). Y no se trata obviamente solo de santidad externa y ritual, sino de santidad interiormente vivida según las múltiples prescripciones morales contenidas en la ley (por ejemplo, Lev 17-26).

b) En el Nuevo Testamento. Jesucristo santo y mediador de santidad. El objeto propio de la revelación cristiana no es solo recordarnos que Dios es santo, sino anunciar que, con un acto de amor incomprensible, estamos llamados a su santidad, a la plenitud de su misterio, a la intimidad de su vida trinitaria.

En Cristo, la naturaleza divina se une a la naturaleza humana y la santifica, penetrándola de la vida de Dios. Cristo es el “Santo de Dios” como dicen los Hechos de los apóstoles (3, 14). Lo es en su ser, en que su humanidad es enteramente santa por la pertenencia a la persona del Hijo de Dios; lo es también en sus operacio9nes, por la total adhesión de la voluntad humana a la voluntad divina en la obediencia y el amor. De modo especial, Cristo, el hombre de Dios, es santo: porque es Dios (Lc 1, 35) y porque posee en plenitud al Espíritu Santo: “sé quién eres: el Santo de Dios” (Mc 1, 24; cf. Lc 4, 34; Jn 6, 69).

Él, el Santo de Dios, comunica la santidad a los hombres: Cristo es nuestra santificación: “De Dios viene el que vosotros estéis en Cristo Jesús, el cual, por iniciativa de Dios, se hizo nuestra sabiduría, como también justicia, santificación y redención” (1 Cor 1, 30). En virtud o “en el nombre” de Cristo, que actúa en el bautismo y por la efusión del Espíritu santificador, el cristiano es santificado: “Pero fuisteis lavados, fuisteis consagrados a Dios, pero fuisteis justificados en el nombre de Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios” (1 Cor 6, 11).

Hemos sido santificados en virtud de la voluntad sacrificial de Jesús expresada en su inmolación den la cruz. “Y en virtud de esa voluntad, quedamos consagrados por la ofrenda del cuerpo de Jesucristo, hecha de una vez para siempre” (Heb 10, 10).