En su afán por destruir la Iglesia, el
demonio prefiere hoy los embates silenciosos a los ataques violentos. Una
lección que aprendió de los primeros siglos de la Iglesia: cada persecución regalaba
a la Iglesia un ejército de mártires que la volvían aún más fuerte y fecunda. Ahora, en cambio, busca la apostasía silenciosa, la infidelidad sin estrépito,
la descomposición desde dentro, si bien nunca ha dejado del todo la estrategia
de la persecución sangrienta, a pesar de que la sangre de un solo mártir, como
dice el Crisóstomo, le horroriza y estremece.
* * *
«¿No habéis visto muchas veces al sol en su alborada cómo difunde por doquiera rayos de color de púrpura? Pues tales eran los cuerpos de los santos mártires, cuando como rayos de púrpura les corrían alrededor arroyos de sangre, que hacían resplandecer su cuerpo mucho más que el sol hace resplandecer el cielo. Veían esta sangre los ángeles y se regocijaban, veíanla los demonios y se horrorizaban, y aun su mismo príncipe Lucifer se estremecía. Porque no era sangre común y ordinaria la que veían, sino sangre salvadora, sangre santa, sangre merecedora de cielo, sangre que riega continuamente el plantel de la Iglesia. Vio el demonio esta sangre y se estremeció. ¿Por qué? Porque se acordó de aquella otra sangre, la sangre del Señor; por aquella sangre corrió esta. Porque desde que fue abierto el costado del Señor, se ven también heridos innumerables costados. Porque, ¿quién no había de desnudarse como buen atleta y aprestarse alegre al combate, si con él se hacía partícipe de los padecimientos del Señor, y se conformaban con la muerte de Cristo? Suficientísima es esta recompensa, mayor es la honra que los trabajos, supera el premio a los combates, aun antes de obtener el reino de los cielos».
(San Juan Crisóstomo, Homilía sobre los Santos Mártires, Homilías Selectas II, Sevilla 199, p. 94).

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