viernes, 3 de julio de 2026

CLAVES PARA UNA RECONCILIACIÓN

Un texto de impresionante actualidad, digno de difusión y meditación tanto por parte de la Santa Sede como de los miembros de la Fraternidad San Pio X, es la alocución que pronunció el Cardenal Joseph Ratzinger, entonces Prefecto para la Doctrina de la Fe, a los pocos días de las consagraciones episcopales de Mons. Lefebvre. En su encuentro con los obispos de Chile (Santiago, julio de 1988), el Cardenal Ratzinger pronunció una conferencia titulada Unidad en la tradición de la fe; en ella relata brevemente los hechos que han precedido a este doloroso desenlace, reflexiona sobre las causas y responsabilidades en juego y finaliza sentando las bases para una futura reconciliación. Somos conscientes que la profundidad y finura de sus palabras no son exigibles al actual Prefecto, pero sí debería leerlas y meditarlas con humildad, y reconocer la desidia que la Santa Sede ha manifestado en esta larga y dolorosa historia, que -dicho sea de paso- algo conozco. De no hacerlo, cabría pensar que el Cardenal Fernández también quiere “excomulgar” a Benedicto XVI.

El texto completo de la alocución del Cardenal Ratzinger puede leerse íntegramente en el siguiente enlace:

https://www.humanitas.cl/teologia-y-espiritualidad-de-la-iglesia/alocucion-a-los-obispos-de-chile-unidad-en-la-tradicion-de-la-fe

 

viernes, 26 de junio de 2026

UN CONTEMPLATIVO ITINERANTE

Hoy que parece estar de moda lanzar piedras sobre el Opus Dei, es de justicia reconocer que San Josemaría fue maestro y guía de un ejército de contemplativos itinerantes, que han procurado iluminar las encrucijadas del mundo invitando a la amistad con Cristo a miles de personas: «Jesús es tu amigo. El Amigo. Con corazón de carne, como el tuyo. Con ojos, de mirar amabilísimo, que lloraron por Lázaro...Y tanto como a Lázaro, te quiere a ti» (Camino 422). Copio un párrafo del Decreto sobre las virtudes heroicas de Mons. Escrivá de Balaguer, del 9 de abril de 1990.

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«Con todo, los rasgos más característicos de su figura no sólo se encuentran en sus dotes extraordinarias de hombre de acción, sino también en su vida de oración y en esa asidua experiencia unitiva que hizo de él un contemplativo itinerante. Fiel al carisma recibido fue ejemplo de un heroísmo que se manifestaba en las situaciones más corrientes: en la oración continua, en la mortificación ininterrumpida «como el latir del corazón», en la asidua presencia de Dios, capaz de alcanzar las cumbres de la unión con el Señor incluso en medio del fragor del mundo y en la intensidad de un trabajo sin tregua. Constantemente inmerso en la contemplación del misterio trinitario, puso en el sentido ele la filiación divina en Cristo el fundamento de una espiritualidad en la que la fortaleza de la fe y la audacia apostólica de la caridad se conjugan armónicamente con el abandono filial en Dios Padre».

«El Siervo de Dios, amante apasionado de la Eucaristía, vivió el Sacrificio del Altar como «centro y raíz de la vida cristiana». Fue apóstol incansable del Sacramento de la Penitencia; y delicadamente devoto de María, «Madre de Dios y Madre nuestra», de san José y de los Ángeles Custodios. Amaba a la Iglesia con todas las fuerzas de su corazón sacerdotal, y se ofrecía en holocausto de reparación y penitencia por los pecados con los que las criaturas afean su rostro materno. Aunque la prodigiosa fecundidad de su apostolado estaba a la vista de todos, se consideraba sólo un «instrumento inepto y sordo», un «fundador sin fundamento», «un pecador que ama con locura a Jesucristo».


martes, 23 de junio de 2026

EL ADIÓS DE UN MÁRTIR

Estas conmovedoras líneas se leen en el Oficio de lectura de la fiesta de Santo Tomás Moro. Están tomadas de una carta escrita en la cárcel a su hija Margarita, y son expresión de las cumbres que el alma cristiana puede sobrevolar, con las alas de la fe y del amor, en los cielos de la confianza y abandono en Dios.

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«Aunque estoy bien convencido, mi querida Margarita, de que la maldad de mi vida pasada es tal que merecería que Dios me abandonase del todo, ni por un momento dejaré de confiar en su inmensa bondad. Hasta ahora, su gracia santísima me ha dado fuerzas para postergarlo todo: las riquezas, las ganancias y la misma vida, antes que prestar juramento en contra de mi conciencia; hasta ahora, ha inspirado al mismo rey la suficiente benignidad para que no pasara de privarme de la libertad (y, por cierto, que con esto solo su majestad me ha hecho un favor más grande, por el provecho espiritual que de ello espero sacar para mi alma, que con todos aquellos honores y bienes de que antes me había colmado). Por esto, espero confiadamente que la misma gracia divina continuará favoreciéndome, no permitiendo que el rey vaya más allá, o bien dándome la fuerza necesaria para sufrir lo que sea con paciencia, con fortaleza y de buen grado.

Esta mi paciencia, unida a los méritos de la dolorosísima pasión del Señor (infinitamente superior en todos los aspectos a todo lo que yo pueda sufrir), mitigará la pena que tenga que sufrir en el purgatorio y, gracias a la divina bondad, me conseguirá más tarde un aumento de premio en el cielo.

No quiero, mi querida Margarita, desconfiar de la bondad de Dios, por más débil y frágil que me sienta. Más aún, si a causa del terror y el espanto viera que estoy ya a punto de ceder, me acordaré de san Pedro, cuando, por su poca fe, empezaba a hundirse por un solo golpe de viento, y haré lo que él hizo. Gritaré a Cristo: Señor, sálvame. Espero que entonces él, tendiéndome la mano, me sujetará y no dejará que me hunda.

Y, si permitiera que mi semejanza con Pedro fuera aún más allá, de tal modo que llegara a la caída total y a jurar y perjurar (lo que Dios, por su misericordia, aparte lejos de mí, y haga que una tal caída redunde más bien en perjuicio que en provecho mío), aun en este caso espero que el Señor me dirija, como a Pedro, una mirada llena de misericordia y me levante de nuevo, para que vuelva a salir en defensa de la verdad y descargue así mi conciencia, y soporte con fortaleza el castigo y la vergüenza de mi anterior negación.

Finalmente, mi querida Margarita, de lo que estoy cierto es de que Dios no me abandonará sin culpa mía. Por esto, me pongo totalmente en manos de Dios con absoluta esperanza y confianza. Si a causa de mis pecados permite mi perdición, por lo menos su justicia será alabada a causa de mi persona. Espero, sin embargo, y lo espero con toda certeza, que su bondad clementísima guardará fielmente mi alma y hará que sea su misericordia, más que su justicia, lo que se ponga en mí de relieve.

Ten, pues, buen ánimo, hija mía, y no te preocupes por mí, sea lo que sea que me pase en este mundo. Nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que él quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor».


 

sábado, 20 de junio de 2026

LA SANGRE DE LOS MÁRTIRES

En su afán por destruir la Iglesia, el demonio prefiere hoy los embates silenciosos a los ataques violentos. Una lección que aprendió de los primeros siglos de la Iglesia: cada persecución regalaba a la Iglesia un ejército de mártires que la volvían aún más fuerte y fecunda. Ahora, en cambio, busca la apostasía silenciosa, la infidelidad sin estrépito, la descomposición desde dentro, si bien nunca ha dejado del todo la estrategia de la persecución sangrienta, a pesar de que la sangre de un solo mártir, como dice el Crisóstomo, le horroriza y estremece.

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«¿No habéis visto muchas veces al sol en su alborada cómo difunde por doquiera rayos de color de púrpura? Pues tales eran los cuerpos de los santos mártires, cuando como rayos de púrpura les corrían alrededor arroyos de sangre, que hacían resplandecer su cuerpo mucho más que el sol hace resplandecer el cielo. Veían esta sangre los ángeles y se regocijaban, veíanla los demonios y se horrorizaban, y aun su mismo príncipe Lucifer se estremecía. Porque no era sangre común y ordinaria la que veían, sino sangre salvadora, sangre santa, sangre merecedora de cielo, sangre que riega continuamente el plantel de la Iglesia. Vio el demonio esta sangre y se estremeció. ¿Por qué? Porque se acordó de aquella otra sangre, la sangre del Señor; por aquella sangre corrió esta. Porque desde que fue abierto el costado del Señor, se ven también heridos innumerables costados. Porque, ¿quién no había de desnudarse como buen atleta y aprestarse alegre al combate, si con él se hacía partícipe de los padecimientos del Señor, y se conformaban con la muerte de Cristo? Suficientísima es esta recompensa, mayor es la honra que los trabajos, supera el premio a los combates, aun antes de obtener el reino de los cielos».

(San Juan Crisóstomo, Homilía sobre los Santos Mártires, Homilías Selectas II, Sevilla 199, p. 94).


 

miércoles, 17 de junio de 2026

EL VALOR IMPETRATORIO DE LA SANTA MISA

San Juan María Vianney ilustraba con la siguiente anécdota la fuerza impetratoria del Sacrifico del Altar: un pasando y pasando.

“Un santo sacerdote oraba por un amigo suyo difunto; Dios le había hecho conocer que estaba en el purgatorio. Pensó entonces que no podía hacer por él cosa mejor que ofrecer el Santo Sacrificio de la Misa por su alma. Cuando estuvo en el momento de la Consagración, tomó la Hostia consagrada entre sus dedos y dijo: Padre Santo y Eterno, hagamos un cambio: vos tenéis en vuestras manos el alma de mi amigo, que está en el purgatorio, y yo tengo en las mías el cuerpo de vuestro Hijo. Pues bien, librad a mi amigo y yo os hago la ofrenda de vuestro Hijo con todos los méritos de su Muerte y su Pasión. Y al punto, en el momento de la elevación, vio el alma de su amigo, que radiante de gloria, subía al cielo”.

(El Santo Cura de Ars. Sus palabras y ejemplos. Ad vos o sacerdotes! Santiago 1925, p. 14).

jueves, 11 de junio de 2026

EL PERFUME DE LA GRATITUD

Cristo abrazando a San Bernardo. Ribalta

«te creó de la nada, pero no te redimió de la nada»

En sus sermones sobre el Cantar de los Cantares, aquella obra tan querida y comentada por los grandes místicos, San Bernardo señala tres perfumes aromáticos que el alma debe exhalar en su itinerario de unión amorosa con Dios. En primer lugar, el perfume de la contrición o dolor por los pecados; aroma penetrante y doloroso, pero absolutamente necesario para la humildad. Luego, el perfume de la devoción, más oloroso que el anterior, que guía el alma por las sendas de la alabanza y gratitud a Dios; finalmente, el perfume de la compasión, de la misericordia hacia el prójimo, plenitud del crecimiento espiritual. A continuación, un breve texto del Sermón 11 al Cantar, en el que se ensalza el perfume de la gratitud.

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«Si recordáis el modo de llevarla a cabo (la Redención), dijimos que fue el anonadamiento de Dios; y os recomiendo que consideréis otros tres aspectos. Aquel anonadamiento no fue algo trivial o insignificante; porque se vació de sí mismo hasta asumir la carne, la muerte, la cruz. ¿Quién ponderará suficientemente toda la humillación, la bondad y la condescendencia que supuso el hecho de que el Señor soberano se revistiera de la carne, fuera condenado a muerte e infamado con la cruz? Dirá alguno: ¿no pudo el Creador reparar su obra sin tanta complicación? Claro que pudo; pero prefirió su propia afrenta. Así le ahorraba al hombre toda ocasión de incurrir en el pésimo y abominable crimen de la ingratitud. Asumió muchos sufrimientos que le inducirían al hombre a un gran amor. Y las dificultades de la redención le incitarán a darle gracias, aunque la facilidad de su creación le inspirase una devoción muy poco agradecida.

¿Cómo reacciona el corazón ingrato ante su creación? “Sí; he sido creado por puro amor, pero sin trabajo alguno de mi creador. Sencillamente, lo mandó y salí creado como el resto de la creación. Es muy valiosa. ¿Pero qué dificultad entraña un favor que sólo cuesta pronunciar una palabra?” Así desvirtúa la impiedad del hombre este beneficio de la creación, para justificar su ingratitud. Pretexta excusas para sus pecados, cuando debía haber sido un gran motivo de amor. Pero quedó tapada la boca de los que hablan inicuamente.

Es obvio como la luz del día cuánto le costó, oh hombre, tu salvación: pasar de Señor a siervo, de rico a pobre, de Verbo a hombre, de Hijo de Dios a hijo del hombre. No olvides nunca que te creó de la nada, pero no te redimió de la nada. En seis días lo creó todo y a ti entre todo lo creado. Mas tu salvación la consumó a lo largo de treinta años en este mundo. ¡Cuánto sufrimiento hubo de soportar! A los dolores de su cuerpo y a las tentaciones del enemigo ¿no se añadieron y acumularon la ignominia de la cruz y el horror de la muerte? Forzosamente. Así, así salvaste, Señor, a hombres y animales, y así derrochaste tu misericordia.

Meditadlo y deteneos en ellos. Respire estos perfumes vuestro corazón, tanto tiempo ahogado con la fetidez del pecado, y gozad estos aromas tan delicados como saludables».

Fuente: sigilummilitumxpisti.blogspot.com


 

miércoles, 3 de junio de 2026

PURIFICA SEÑOR MIS MANOS

Siempre que el hombre religioso se aproxima a Dios siente una necesidad imperiosa de purificación. Cuando Dios llamó a Moisés desde la zarza ardiente, le ordenó quitarse las sandalias porque el lugar que pisaba era tierra santa (Ex 3, 5). Descalzarse representaba para Moisés la humildad, el respeto y la sumisión con que debía acercarse a la majestad de Dios y entrar en el lugar sagrado. El episodio también nos instruye sobre el anhelo de pureza que el hombre debe experimentar ante la santidad de Dios. El polvo y la suciedad del camino, simbolizados en el calzado, quedan excluidos del ámbito sacro.

Por esta razón, es muy comprensible que en la celebración eucarística no falten los ritos que simbolizan esta necesidad de purificación, y susciten en el corazón del sacerdote sentimientos análogos a los de Moises mientras se acercaba a la zarza ardiente. Por ejemplo, aunque hoy no sea un rito obligatorio, es muy conveniente que el sacerdote se lave las manos en la sacristía antes de celebrar la Santa Misa. Es una manifestación del deseo de purificación y santidad que debe albergar quien se dispone a celebrar la acción sagrada por antonomasia: renovar el Sacrificio del Calvario y confeccionar la Eucaristía. Este gesto es independiente del rito de lavado de las manos que se hace en el ofertorio, dentro de la misa. Este lavado de manos se hace en la sacristía, antes de que el ministro empiece a revestirse (Cf. liturgiapapal.org).

En la forma extraordinaria, según expresión del Papa Benedicto, sí es obligatorio, y está prevista una oración para que los sacerdotes la reciten mientras se lavan las manos. Por devoción también pueden decirla los sacerdotes que celebran conforme a la forma ordinariaEsa oración, a veces grabada en la misma piedra del lavabo, reza así:


Da, Señor, el poder a mis manos
para ser lavadas de toda mancha, 
de modo que pueda servirte sin corrupción 
en mi mente y en mi cuerpo.

En la Nueva Alianza Dios tiene con el sacerdote más condescendencia que con Moisés: ahora se deja tocar y fraccionar por las manos del sacerdote, que sirven de trono al Rey que viene al mundo. Mayor razón para no omitir o minusvalorar estos gestos o ritos litúrgicos de purificación.