Acuérdate, hombre, que eres polvo, y en polvo te convertirás. Desde su inicio, la liturgia cuaresmal nos asesta un duro golpe, de modo semejante a como lo hacen las palabras de esta lápida: AQUÍ YACE POLVO, CENIZAS, Y NADA.
martes, 3 de marzo de 2026
miércoles, 25 de febrero de 2026
MONS. SCHNEIDER PIDE UN GESTO DE MAGNANIMIDAD PAPAL
Monseñor Athanasius Schneider ha hecho
un llamado filial al Santo Padre para que permita las ordenaciones episcopales
en la FSSPX (ver aquí). Sería un
gesto de magnanimidad paterna –hasta ahora siempre escasos– y no de rendición incondicionada.
A mi entender, una concesión de esta naturaleza crearía inmediatamente una
atmosfera muy favorable para cualquier dialogo posterior, con serenidad y sin
acaloramientos; curaría en breve heridas que llevan décadas supurando, y
pondría el cimiento de una reconciliación definitiva. Por su parte, la Fraternidad no
debería exigir plazos o imponer fechas como manifestación de delicado respeto
hacia la autoridad pontificia.
Si nada de esto sucediera, tendríamos que darle la razón a Benedicto XVI cuando, con motivo del levantamiento de las excomuniones en 2009, escribía con mucha congoja en su corazón a los obispos de todo el mundo: «A veces se tiene la impresión de que nuestra sociedad tenga necesidad de un grupo al menos con el cual no tener tolerancia alguna; contra el cual pueda tranquilamente arremeter con odio. Y si alguno intenta acercársele –en este caso el Papa– también él pierde el derecho a la tolerancia y puede también ser tratado con odio, sin temor ni reservas».
Insisto en que es la hora de la caridad y del trato mutuo. El Vaticano II no es el Símbolo Apostólico, ni el Niceno-Constantinopolitano, ni el Símbolo Atanasiano: quizá sus documentos se han querido vender a un precio muy superior del que realmente tienen. Sabemos que fue un concilio eminentemente pastoral y que, al negarse a utilizar un lenguaje metafísico, ha dejado amplios márgenes para la interpretación y discusión teológicas. Y en relación con la reforma litúrgica es evidente que no todo ha sido oro puro, también hay mucho oropel. Ojalá con León XIV haya llegado la tan anhelada paz.
viernes, 20 de febrero de 2026
M. MOSEBACH. LA LITURGIA TRADICIONAL SEGUIRÁ SIENDO EL ARCA DE NOÉ EN MEDIO DEL DILUVIO NIHILISTA
Las entrevistas del destacado escritor alemán Martin Mosebach
siempre ofrecen reflexiones e intuiciones esclarecedoras sobre la Tradición de la Iglesia, su
liturgia milenaria y el mundo contemporáneo que nos toca vivir. Aquí presento en
español una entrevista concedida al informativo italiano La Verita aparecida
el 7 de julio de 2024, justo 17 años después del Motu proprio Summorum Pontificum.
* * *
Usted tiene un gran interés en la
forma. ¿Por qué?
Entre los grandes errores del pensamiento moderno está el de negar una diferencia entre contenido y forma. Se afirma que son posibles contenidos independientes de la forma en que aparecen. Esto no es del todo cierto. El contenido y la forma están indisolublemente entrelazados. Si se modifica la forma, el contenido también se transforma. La forma -la forma perceptible de manera sensible- es increíblemente poderosa. Gobierna el contenido.
Ya lo vemos en el lenguaje: cada palabra es la forma de un pensamiento y, sin esta forma, ni siquiera podríamos pensar. Y cuando transformamos el lenguaje, cuando intentamos traducir un pensamiento a otro idioma, nuestra experiencia, incluso en la traducción más fiel, es, como mínimo, la de un cierto deslizamiento del pensamiento original, ya que el sonido, la poesía de una palabra nunca son completamente traducibles, y su importancia para el significado de ésta sigue siendo máxima.
¿La cuestión de la liturgia es también una cuestión de forma?
Para la liturgia —para toda liturgia imaginable de toda religión imaginable— esta fusión de contenido y forma se aplica en sumo grado, incluso de manera ejemplar. El rito es la ilustración y la toma de forma de la fe: su devenir tangible. La fe religiosa sigue siendo una mera afirmación, una construcción conceptual vacía, hasta que se hace experimentable de manera corporal y sensible en los ritos religiosos.
Solo en una mínima parte creemos con la cabeza. El
cuerpo asume un papel decisivo en lo que consideramos verdadero en la religión.
Quien se arrodilla ante la hostia consagrada cree en la transubstanciación de
una manera mucho más firme que quien permanece de pie o incluso sentado. El
desarrollo de la reforma litúrgica, a partir de Pablo VI, lo ha puesto de
manifiesto: la supresión de las formas de reverencia ha socavado notablemente
la fe en la presencia real del Salvador en las especies eucarísticas, y en muchos
casos esa fe ha desaparecido por completo. ¡Y esto sin que se haya modificado
la doctrina!
Muchos jóvenes se sienten atraídos por la misa antigua. ¿Por qué?
De hecho, hay una multitud de jóvenes para quienes la
disolución de la religión en charlas pastorales sin compromiso ya no es
suficiente. Buscan una experiencia religiosa auténtica y objetiva; quieren
entrar en un mundo radicalmente diferente al de la cultura contemporánea, que
niega la posibilidad de la trascendencia.
En el término «trascendencia» ya se encuentra la respuesta a
su pregunta: superar los límites. Precisamente los jóvenes sensibles a la
religión quieren salir de la jaula hostil del espíritu de la cultura
contemporánea y descubrir esta posibilidad en la liturgia tradicional, quizá
precisamente porque es denigrada por los líderes de la Iglesia oficial. De sus
filas provienen muchas acusaciones: la de extremismo, por ejemplo, sin
preocuparse por los motivos que empujan a los jóvenes a esta reacción.
¿Qué entiende por «crisis de la oración»?
Me parece que la oración pública de la Iglesia pierde
de vista lo que debería ser la intención más auténtica de la oración: la
adoración al Dios Creador, omnipotente e inconcebible, a quien el orante debe
su existencia. «Si Dios existe, su adoración es la única acción razonable»
(Nicolás Gómez Dávila). Esto se expresa también a nivel corporal: quien reza
quiere postrarse ante Dios, como se afirma repetidamente en el Nuevo
Testamento: «Se postró y lo adoró».
Se trata de una acción instintiva, sin reflexión. La
oración pública, en cambio, se utiliza con frecuencia para la instrucción
religiosa y, lamentablemente, a menudo también con fines políticos. Y a través
de la posición del sacerdote, de cara a la comunidad, en lugar de inclinarse
hacia el Oriente, hacia Cristo que regresa, como ha ocurrido a lo largo de toda
la historia de la Iglesia junto con la comunidad, la oración sacerdotal aparece
como un diálogo con la comunidad, no dirigido a Dios. Aquí el problema de la
forma vuelve a ser evidente: con el solo cambio de orientación, la oración se
convierte en algo absolutamente diferente.
¿Le gusta la «forma» que ha adoptado la Iglesia actual?
Para mí tampoco es tan importante el hecho de que no me guste. Sin embargo, como no ha caído del cielo, debe aceptar la confrontación con lo que ha eliminado. Y, a este respecto, hay que decir que la diferencia es tan evidente que cualquier observador imparcial debería darse cuenta inmediatamente de que se ha convertido en el rito de una religión muy diferente de la que proclamó el Concilio Vaticano II, todavía vinculado a la tradición bimilenaria de la Iglesia, es decir, ha devenido una religión antropocéntrica, ya no teocéntrica. Cualquiera que confíe habitualmente en sus propios ojos puede comprobarlo. ¡Esteticismo!, esta palabra con la que se sospecha tan fácilmente de quienes siguen el rito suprimido, no significa otra cosa que «confiar en los propios ojos.
¿Cómo ha cambiado el papado desde Juan Pablo II hasta
Francisco, pasando por Benedicto XVI?
Los papas aquí mencionados expresan las tres
corrientes esenciales presentes en el Concilio Vaticano II: los reformistas,
los revolucionarios y los conservadores. Juan Pablo II, con su relación
positiva con el Concilio, pertenece a los reformistas, que querían reforzar la
influencia debilitada de la Iglesia en la política y la sociedad.
Este partido de la reforma se impuso inicialmente en
el Concilio, pero en las décadas siguientes se vio sometido a una presión
creciente por parte de los revolucionarios, que querían una Iglesia diferente.
Juan Pablo II, con su notable autoridad personal, intentó resistirse, pero sin
intervenir y regular la situación con los instrumentos a su disposición por su
cargo y función.
Su sucesor, Benedicto XVI, también se enfrentó a un
verdadero regimiento, aunque al asumir el cargo, encontró una Iglesia ya
profundamente conmocionada por el partido revolucionario. Durante su
pontificado, que él mismo terminó demasiado pronto, intentó contrarrestar al
partido revolucionario en el plano teológico, rechazando la idea de una
revolución en la Iglesia, una idea que no correspondía al carácter de la
Iglesia como guardiana de la tradición, obligada a preservar su continuidad.
Finalmente, con el papa Francisco, el partido
revolucionario asumió el control de la Iglesia. Con su gobierno vacilante y a
menudo contradictorio, inició una lucha contra la tradición de la Iglesia, más bien
creando un ambiente donde todo parece posible que mediante decisiones
revolucionarias, y donde ya no existe ninguna conexión con el Depositum
Fidei, y donde ninguna normativa ni orden tienen ya valor.
La autoridad papal ha sufrido hasta tal punto que resulta
inimaginable que su sucesor pueda restablecerla nuevamente. Sin embargo, parece
que ese es precisamente el objetivo del papa Francisco: la irreversibilidad del
proceso de disolución que él mismo ha iniciado.
Hoy en día, la palabra parece estar separada de la
verdad y ser manipulable por el poder. ¿Es así?
Que el ejercicio del poder está
relacionado con el uso del lenguaje ya lo sabía Platón, para quien la
clarificación de los conceptos era el requisito previo para un buen gobierno.
Pero esto también se aplica a un mal gobierno y a los medios de comunicación,
que han emprendido una labor de redefinición del significado de las palabras
que intimida a los ciudadanos: ahora se puede ser culpable de hablar «de forma
falsa», ya que hablar presupone pensar —al menos a veces— y hablar de forma
falsa delata un pensamiento falso.
Los excesos del «wokismo» me hacen recordar la revolución cultural china, que quería erradicar «los cuatro valores perversos», como de hecho ocurrió: el pensamiento tradicional, las costumbres tradicionales, las antiguas leyes y las antiguas costumbres religiosas. Es necesario defenderse contra este ataque a la libertad, y para ello, a veces, se necesita coraje. Hay que defender a la humanidad, y para ello también es necesario ser completamente inoportunos.
¿Qué piensa de la llamada corrección política y de la cultura de la cancelación?
Siempre me ha parecido que la plaga de la corrección
política y la cultura de la cancelación que la acompaña es más un problema del
norte de Europa; el pueblo italiano me parece en gran medida inmune a esta
revuelta contra la evidencia, asociada al deseo puritano de denunciar.
Pudiendo hablar de un carácter nacional, entonces mi
impresión es que los italianos disponen de una mirada lúcida sobre la condición
humana. La omnipresencia antecedente de la Iglesia católica con su gran
estructura dogmática y la simultánea capacidad de permitirse, de modo muy
humano, una cierta sensualidad, logró a tiempo eliminar del terreno el riesgo
del terror puritano sectario. En el norte tomará tiempo superar este rumbo
fatal.
Usted siempre ha estado a favor de la prohibición de
la blasfemia, lo que le ha traído muchas críticas.
Confieso que mi comentario sobre la punibilidad de la
blasfemia tenía un carácter polémico. Obviamente, soy muy consciente de que perseguir
la literatura y el arte blasfemos implica grandes dificultades. Procesos de
este tipo suelen tener como efecto una difusión aún mayor de tales obras.
Dejar la naturaleza de una obra de arte en manos de un
tribunal puede tener consecuencias fatales. Hay obras que fueron consideradas
blasfemas en su época, obras que admiro inmensamente, como Fleurs du mal
de Baudelaire, que para el tribunal representaba una vergüenza censurable.
Sin embargo, Baudelaire tuvo que asumir el riesgo, mientras que la blasfemia
moderna está completamente exenta de riesgos e incluso puede disfrutar del
aplauso público, sobre todo cuando se dirige contra el cristianismo: esto es lo
que me llenó de repugnancia.
Sabemos que, cuando se trata de difamar el Islam, la
situación es diferente. Todo artista ahora reflexiona mucho sobre si un
vilipendio a la religión islámica es tan artísticamente necesario como para
exponerse al peligro.
A propósito de la cultura de la cancelación, ¿serán
los cristianos los próximos en ser cancelados?
Esto ya ha sucedido en parte. El hecho
de que el cristianismo sea la base de los derechos humanos bien entendidos
puede que ya no sea aceptado en amplios círculos. En la mayoría de los países
occidentales, un intelectual cristiano que se pronuncia en contra del derecho
al aborto es excluido del discurso público.
Pero incluso la constitución jerárquica de la Iglesia,
que no es una democracia, y sus sacramentos —el matrimonio entre un hombre y
una mujer y la ordenación sacerdotal reservada a los hombres— entran en
conflicto irreconciliable con la constitución política de la sociedad
contemporánea. En este sentido, el conflicto con el Estado y la opinión pública
puede estallar en cualquier momento y fácilmente conduciría a la excomunión de
los cristianos de la sociedad liberal de nuestro tiempo.
¿Podrán los cristianos volver a moldear el mundo?
Los cristianos no necesitan inventar nada y no tienen
que desarrollar nada nuevo -solo deben recordar lo que ya poseen. Su liturgia
tradicional, que Benedicto XVI ha definido como "el tesoro enterrado en el
campo", ya una vez hizo posible, en un largo período de ruina política y
cultural, en la época de la migración de los pueblos y de la primera Edad
Media, la reedificación de un vasto ordenamiento, el Occidente cristiano,
surgido de las ruinas del mundo antiguo también gracias a su ayuda.
La fundación de San Benito en medio de esta
descomposición general tuvo también un carácter litúrgico. Junto a muchas otras
cosas, esta liturgia tradicional es también la obra de arte fundacional del
mundo cristiano. Y si no puede serlo una segunda vez, en el caso de que a la
humanidad se le niegue tal reedificación, sigue siendo un arca de Noé en medio
del diluvio del nihilismo.
Fuente: rassegnastampa-totustuus.itt
miércoles, 18 de febrero de 2026
POLVO, SÍ, PERO AMADO
Primera parte de la homilía pronunciada
por Benedicto XVI el 17 de febrero de 2010, miércoles de Ceniza.
* * *
«Tú amas a todas tus criaturas, Señor, y no odias nada de lo que has hecho; cierras los ojos a los pecados de los hombres, para que se arrepientan. Y los perdonas, porque tú eres nuestro Dios y Señor» (Antífona de entrada)
«Con esta conmovedora invocación, tomada del Libro de la Sabiduría (cf. Sb 11, 23-26), la liturgia introduce en la celebración eucarística del miércoles de Ceniza. Son palabras que, de algún modo, abren todo el itinerario cuaresmal, poniendo en su fundamento la omnipotencia del amor de Dios, su señorío absoluto sobre toda criatura, que se traduce en indulgencia infinita, animada por una constante y universal voluntad de vida. En efecto, perdonar a alguien equivale a decirle: no quiero que mueras, sino que vivas; quiero siempre y sólo tu bien.
Esta certeza absoluta sostuvo a Jesús durante los cuarenta días que pasó en el desierto de Judea, después del bautismo recibido de Juan en el Jordán. Ese largo tiempo de silencio y de ayuno fue para él un abandonarse completamente en el Padre y en su proyecto de amor; también fue un “bautismo”, o sea, una “inmersión” en su voluntad, y en este sentido un anticipo de la pasión y de la cruz. Adentrarse en el desierto y permanecer allí largamente, solo, significaba exponerse voluntariamente a los asaltos del enemigo, el tentador que hizo caer a Adán y por cuya envidia entró en el mundo la muerte (cf. Sb 2, 24); significaba entablar con él la batalla en campo abierto, desafiarle sin otras armas que la confianza ilimitada en el amor omnipotente del Padre. Me basta tu amor, me alimento de tu voluntad (cf. Jn 4, 34): esta convicción habitaba la mente y el corazón de Jesús durante aquella “cuaresma” suya. No fue un acto de orgullo, una empresa titánica, sino una elección de humildad, coherente con la Encarnación y el bautismo en el Jordán, en la misma línea de obediencia al amor misericordioso del Padre, quien “tanto amó al mundo que le dio a su Hijo unigénito” (Jn 3, 16).
Todo esto el Señor Jesús lo hizo por nosotros. Lo hizo para salvarnos y, al mismo tiempo, para mostrarnos el camino para seguirlo. La salvación, de hecho, es don, es gracia de Dios, pero para tener efecto en mi existencia requiere mi asentimiento, una acogida demostrada con obras, o sea, con la voluntad de vivir como Jesús, de caminar tras él. Seguir a Jesús en el desierto cuaresmal es, por lo tanto, condición necesaria para participar en su Pascua, en su “éxodo”. Adán fue expulsado del Paraíso terrenal, símbolo de la comunión con Dios; ahora, para volver a esta comunión y por consiguiente a la verdadera vida, la vida eterna, hay que atravesar el desierto, la prueba de la fe. No solos, sino con Jesús. Él —como siempre— nos ha precedido y ya ha vencido el combate contra el espíritu del mal. Este es el sentido de la Cuaresma, tiempo litúrgico que cada año nos invita a renovar la opción de seguir a Cristo por el camino de la humildad para participar en su victoria sobre el pecado y sobre la muerte.
Desde esta perspectiva se comprende también el signo penitencial de la ceniza, que se impone en la cabeza de cuantos inician con buena voluntad el itinerario cuaresmal. Es esencialmente un gesto de humildad, que significa: reconozco lo que soy, una criatura frágil, hecha de tierra y destinada a la tierra, pero hecha también a imagen de Dios y destinada a él. Polvo, sí, pero amado, plasmado por su amor, animado por su soplo vital, capaz de reconocer su voz y de responderle; libre y, por esto, capaz también de desobedecerle, cediendo a la tentación del orgullo y de la autosuficiencia. He aquí el pecado, enfermedad mortal que pronto entró a contaminar la tierra bendita que es el ser humano. Creado a imagen del Santo y del Justo, el hombre perdió su inocencia y ahora sólo puede volver a ser justo gracias a la justicia de Dios, la justicia del amor que —como escribe san Pablo— "se ha manifestado por medio de la fe en Cristo" (Rm 3, 22)».
Fuente: vatican.va. (
jueves, 5 de febrero de 2026
LA PASIÓN DE SANTA ÁGUEDA
San Metodio de Sicilia afirmaba que Águeda nos enseña a que todos pongamos el máximo empeño por llegar sin demora al bien verdadero, que es Dios. Alcanzar a Dios per breviorem caracteriza el alma de los mártires. La posibilidad de una muerte inminente por Cristo es percibida como don celestial, como oportunidad "única" de hallar al Amado, asirlo fuertemente, y no soltarlo más (Cf. Cant 3, 4). Águeda, privilegiada santa del Canon Romano, no desaprovechó la oportunidad.
* * *
Cuando Águeda compareció ante el procónsul Quinciano, éste quedó cautivado por su belleza y una pasión
ardiente lo invadió; pero sus intentos de seducción fueron infructuosos debido
a la tenaz resistencia de la joven Águeda.
Implementó entonces un programa para reeducar a la
joven, confiándola a una cortesana de
fácil virtud llamada Afrodisia, para que estuviera más disponible. Pasó un mes,
sometida a tentaciones inmorales de todo tipo, con festines, entretenimientos
lascivos y banquetes. Sin embargo, ella resistió indomable, protegiendo su
virginidad consagrada a su Esposo celestial, a quien quería permanecer fiel a
toda costa.
Derrotada y decepcionada, Afrodisia devolvió a Águeda
a Quinciano, diciendo: «Tu cabeza es más dura que la lava del Etna». Entonces, furioso, el procónsul la juzgó, y ella
apareció vestida de esclava, como era costumbre entre las vírgenes consagradas
a Dios. «Si eres libre y noble», objetó el procónsul, «¿por qué te comportas
como una esclava?». Ella respondió: «Porque la suprema nobleza consiste en
ser esclava de Cristo».
Al día siguiente, otro interrogatorio, acompañado de
tortura. Las extremidades de Águeda
fueron estiradas, laceradas con peines de hierro y quemadas con placas al rojo
vivo. Pero cada tormento, en lugar de quebrar su resistencia, parecía
infundirle nuevas fuerzas. Entonces, en un ataque de ira, Quinciano mandó que le
arrancaran o cercenaran los pechos con enormes tenazas.
Este aspecto de la tortura se convertiría más tarde en
el sello distintivo de su martirio;
de hecho, Águeda es representada con ambos pechos colocados en una bandeja y
las tenazas. Devuelta a su celda, sangrando y herida, sufrió mucho por las
quemaduras y el dolor, pero lo soportó todo por amor a Dios. Alrededor de la
medianoche, mientras rezaba en su celda, se le apareció San Pedro Apóstol,
acompañado de un niño que llevaba una linterna, y curó sus pechos amputados.
Tras cuatro días en prisión, fue llevada de nuevo ante el procónsul, quien, al ver
sus heridas curadas, preguntó con incredulidad qué había sucedido. La virgen
respondió: «Cristo me sanó». Ágata se había convertido en una amarga derrota
para Quinciano, quien ya no podía soportarlo más. Mientras tanto, su amor se
había convertido en odio, y ordenó que la quemaran sobre un lecho de brasas,
con placas y puntas incandescentes.
En ese momento, según la tradición, aunque el fuego
quemó su cuerpo, el velo que llevaba no ardió. Por esta razón, el «velo de Santa Ágata» se convirtió
inmediatamente en una de las reliquias más preciadas; ha sido llevado en
procesión varias veces ante las coladas de lava del Etna, con el poder de
detenerlas.
Mientras Ágata era empujada al horno ardiente y quemada viva, un poderoso terremoto sacudió la ciudad de Catania y el Pretorio se derrumbó parcialmente, sepultando a dos de los verdugos y consejeros de Quinciano. La aterrorizada multitud se rebeló contra la atroz tortura de la joven virgen, por lo que el procónsul ordenó retirar a Águeda de las brasas y la devolvió, aún en agonía, a su celda, donde murió pocas horas después.
Fuente: santiebeati.it
domingo, 1 de febrero de 2026
EL PORQUÉ DE UNA AMARGA PROFECÍA
«Y una espada atravesará tu alma para
que se descubran los pensamientos de muchos corazones» (Lc 2, 35), dijo el anciano Simeón a Nuestra
Señora el día de su Purificación en el Templo. Palabras que presagian densos nubarrones
en la vida de María, pero que finalmente evidencian la inmensa predilección de
Dios sobre ella. Absorto en este misterio, se pregunta fray Luis de Granada:
«¿Por qué quisiste, Señor, que tan temprano se descubriese a esta inocentísima Esposa tuya una tal nueva, que le fuese perpetuo cuchillo y martirio toda la vida? ¿Por qué no estuviera este misterio debajo de la llave del silencio hasta el mismo tiempo del trabajo, para que entonces solamente fuera mártir y no lo fuera toda la vida? ¿Por qué, Señor, no se contenta tu piadoso corazón con que esta Señora sea siempre Virgen, si no que quieres también que sea siempre mártir? ¿Por qué afliges a quien tanto amas, a quien tanto te ha servido y a quien nunca te hizo por donde mereciese castigo?
Ciertamente, Señor, por eso la afliges, porque la amas, por no defraudarla del mérito de la paciencia y de la gloria de este espiritual martirio, y del ejercicio de la virtud y de la imitación de Cristo, y del premio de los trabajos, que, cuanto son mayores, tanto son dignos de mayor corona.
Nadie, pues, infame los trabajos, nadie aborrezca la Cruz, nadie se tenga por desfavorecido de Dios cuando se viere atribulado, pues la más amada y más favorecida de todas las criaturas fue la más lastimada y afligida de todas».
(Fray Luis de Granada, Vida de Cristo, Madrid 1990, p. 48).
miércoles, 28 de enero de 2026
UNA SANTA ADVERTENCIA
Abstracción hecha de la personal devoción, estoy convencido que en el rito antiguo al Señor se le trata mucho mejor. Otra razón más para amar la Misa de siempre.





