Las entrevistas del destacado escritor alemán Martin Mosebach
siempre ofrecen reflexiones e intuiciones esclarecedoras sobre la Tradición de la Iglesia, su
liturgia milenaria y el mundo contemporáneo que nos toca vivir. Aquí presento en
español una entrevista concedida al informativo italiano La Verita aparecida
el 7 de julio de 2024, justo 17 años después del Motu proprio Summorum Pontificum.
* * *
Usted tiene un gran interés en la
forma. ¿Por qué?
Entre los grandes errores del pensamiento moderno está el de negar una diferencia entre contenido y forma. Se afirma que son posibles contenidos independientes de la forma en que aparecen. Esto no es del todo cierto. El contenido y la forma están indisolublemente entrelazados. Si se modifica la forma, el contenido también se transforma. La forma -la forma perceptible de manera sensible- es increíblemente poderosa. Gobierna el contenido.
Ya lo vemos en el lenguaje: cada palabra es la forma de un pensamiento y, sin esta forma, ni siquiera podríamos pensar. Y cuando transformamos el lenguaje, cuando intentamos traducir un pensamiento a otro idioma, nuestra experiencia, incluso en la traducción más fiel, es, como mínimo, la de un cierto deslizamiento del pensamiento original, ya que el sonido, la poesía de una palabra nunca son completamente traducibles, y su importancia para el significado de ésta sigue siendo máxima.
¿La cuestión de la liturgia es también una cuestión de forma?
Para la liturgia —para toda liturgia imaginable de toda religión imaginable— esta fusión de contenido y forma se aplica en sumo grado, incluso de manera ejemplar. El rito es la ilustración y la toma de forma de la fe: su devenir tangible. La fe religiosa sigue siendo una mera afirmación, una construcción conceptual vacía, hasta que se hace experimentable de manera corporal y sensible en los ritos religiosos.
Solo en una mínima parte creemos con la cabeza. El
cuerpo asume un papel decisivo en lo que consideramos verdadero en la religión.
Quien se arrodilla ante la hostia consagrada cree en la transubstanciación de
una manera mucho más firme que quien permanece de pie o incluso sentado. El
desarrollo de la reforma litúrgica, a partir de Pablo VI, lo ha puesto de
manifiesto: la supresión de las formas de reverencia ha socavado notablemente
la fe en la presencia real del Salvador en las especies eucarísticas, y en muchos
casos esa fe ha desaparecido por completo. ¡Y esto sin que se haya modificado
la doctrina!
Muchos jóvenes se sienten atraídos por la misa antigua. ¿Por qué?
De hecho, hay una multitud de jóvenes para quienes la
disolución de la religión en charlas pastorales sin compromiso ya no es
suficiente. Buscan una experiencia religiosa auténtica y objetiva; quieren
entrar en un mundo radicalmente diferente al de la cultura contemporánea, que
niega la posibilidad de la trascendencia.
En el término «trascendencia» ya se encuentra la respuesta a
su pregunta: superar los límites. Precisamente los jóvenes sensibles a la
religión quieren salir de la jaula hostil del espíritu de la cultura
contemporánea y descubrir esta posibilidad en la liturgia tradicional, quizá
precisamente porque es denigrada por los líderes de la Iglesia oficial. De sus
filas provienen muchas acusaciones: la de extremismo, por ejemplo, sin
preocuparse por los motivos que empujan a los jóvenes a esta reacción.
¿Qué entiende por «crisis de la oración»?
Me parece que la oración pública de la Iglesia pierde
de vista lo que debería ser la intención más auténtica de la oración: la
adoración al Dios Creador, omnipotente e inconcebible, a quien el orante debe
su existencia. «Si Dios existe, su adoración es la única acción razonable»
(Nicolás Gómez Dávila). Esto se expresa también a nivel corporal: quien reza
quiere postrarse ante Dios, como se afirma repetidamente en el Nuevo
Testamento: «Se postró y lo adoró».
Se trata de una acción instintiva, sin reflexión. La
oración pública, en cambio, se utiliza con frecuencia para la instrucción
religiosa y, lamentablemente, a menudo también con fines políticos. Y a través
de la posición del sacerdote, de cara a la comunidad, en lugar de inclinarse
hacia el Oriente, hacia Cristo que regresa, como ha ocurrido a lo largo de toda
la historia de la Iglesia junto con la comunidad, la oración sacerdotal aparece
como un diálogo con la comunidad, no dirigido a Dios. Aquí el problema de la
forma vuelve a ser evidente: con el solo cambio de orientación, la oración se
convierte en algo absolutamente diferente.
¿Le gusta la «forma» que ha adoptado la Iglesia actual?
Para mí tampoco es tan importante el hecho de que no me guste. Sin embargo, como no ha caído del cielo, debe aceptar la confrontación con lo que ha eliminado. Y, a este respecto, hay que decir que la diferencia es tan evidente que cualquier observador imparcial debería darse cuenta inmediatamente de que se ha convertido en el rito de una religión muy diferente de la que proclamó el Concilio Vaticano II, todavía vinculado a la tradición bimilenaria de la Iglesia, es decir, ha devenido una religión antropocéntrica, ya no teocéntrica. Cualquiera que confíe habitualmente en sus propios ojos puede comprobarlo. ¡Esteticismo!, esta palabra con la que se sospecha tan fácilmente de quienes siguen el rito suprimido, no significa otra cosa que «confiar en los propios ojos.
¿Cómo ha cambiado el papado desde Juan Pablo II hasta
Francisco, pasando por Benedicto XVI?
Los papas aquí mencionados expresan las tres
corrientes esenciales presentes en el Concilio Vaticano II: los reformistas,
los revolucionarios y los conservadores. Juan Pablo II, con su relación
positiva con el Concilio, pertenece a los reformistas, que querían reforzar la
influencia debilitada de la Iglesia en la política y la sociedad.
Este partido de la reforma se impuso inicialmente en
el Concilio, pero en las décadas siguientes se vio sometido a una presión
creciente por parte de los revolucionarios, que querían una Iglesia diferente.
Juan Pablo II, con su notable autoridad personal, intentó resistirse, pero sin
intervenir y regular la situación con los instrumentos a su disposición por su
cargo y función.
Su sucesor, Benedicto XVI, también se enfrentó a un
verdadero regimiento, aunque al asumir el cargo, encontró una Iglesia ya
profundamente conmocionada por el partido revolucionario. Durante su
pontificado, que él mismo terminó demasiado pronto, intentó contrarrestar al
partido revolucionario en el plano teológico, rechazando la idea de una
revolución en la Iglesia, una idea que no correspondía al carácter de la
Iglesia como guardiana de la tradición, obligada a preservar su continuidad.
Finalmente, con el papa Francisco, el partido
revolucionario asumió el control de la Iglesia. Con su gobierno vacilante y a
menudo contradictorio, inició una lucha contra la tradición de la Iglesia, más bien
creando un ambiente donde todo parece posible que mediante decisiones
revolucionarias, y donde ya no existe ninguna conexión con el Depositum
Fidei, y donde ninguna normativa ni orden tienen ya valor.
La autoridad papal ha sufrido hasta tal punto que resulta
inimaginable que su sucesor pueda restablecerla nuevamente. Sin embargo, parece
que ese es precisamente el objetivo del papa Francisco: la irreversibilidad del
proceso de disolución que él mismo ha iniciado.
Hoy en día, la palabra parece estar separada de la
verdad y ser manipulable por el poder. ¿Es así?
Que el ejercicio del poder está
relacionado con el uso del lenguaje ya lo sabía Platón, para quien la
clarificación de los conceptos era el requisito previo para un buen gobierno.
Pero esto también se aplica a un mal gobierno y a los medios de comunicación,
que han emprendido una labor de redefinición del significado de las palabras
que intimida a los ciudadanos: ahora se puede ser culpable de hablar «de forma
falsa», ya que hablar presupone pensar —al menos a veces— y hablar de forma
falsa delata un pensamiento falso.
Los excesos del «wokismo» me hacen recordar la revolución cultural china, que quería erradicar «los cuatro valores perversos», como de hecho ocurrió: el pensamiento tradicional, las costumbres tradicionales, las antiguas leyes y las antiguas costumbres religiosas. Es necesario defenderse contra este ataque a la libertad, y para ello, a veces, se necesita coraje. Hay que defender a la humanidad, y para ello también es necesario ser completamente inoportunos.
¿Qué piensa de la llamada corrección política y de la cultura de la cancelación?
Siempre me ha parecido que la plaga de la corrección
política y la cultura de la cancelación que la acompaña es más un problema del
norte de Europa; el pueblo italiano me parece en gran medida inmune a esta
revuelta contra la evidencia, asociada al deseo puritano de denunciar.
Pudiendo hablar de un carácter nacional, entonces mi
impresión es que los italianos disponen de una mirada lúcida sobre la condición
humana. La omnipresencia antecedente de la Iglesia católica con su gran
estructura dogmática y la simultánea capacidad de permitirse, de modo muy
humano, una cierta sensualidad, logró a tiempo eliminar del terreno el riesgo
del terror puritano sectario. En el norte tomará tiempo superar este rumbo
fatal.
Usted siempre ha estado a favor de la prohibición de
la blasfemia, lo que le ha traído muchas críticas.
Confieso que mi comentario sobre la punibilidad de la
blasfemia tenía un carácter polémico. Obviamente, soy muy consciente de que perseguir
la literatura y el arte blasfemos implica grandes dificultades. Procesos de
este tipo suelen tener como efecto una difusión aún mayor de tales obras.
Dejar la naturaleza de una obra de arte en manos de un
tribunal puede tener consecuencias fatales. Hay obras que fueron consideradas
blasfemas en su época, obras que admiro inmensamente, como Fleurs du mal
de Baudelaire, que para el tribunal representaba una vergüenza censurable.
Sin embargo, Baudelaire tuvo que asumir el riesgo, mientras que la blasfemia
moderna está completamente exenta de riesgos e incluso puede disfrutar del
aplauso público, sobre todo cuando se dirige contra el cristianismo: esto es lo
que me llenó de repugnancia.
Sabemos que, cuando se trata de difamar el Islam, la
situación es diferente. Todo artista ahora reflexiona mucho sobre si un
vilipendio a la religión islámica es tan artísticamente necesario como para
exponerse al peligro.
A propósito de la cultura de la cancelación, ¿serán
los cristianos los próximos en ser cancelados?
Esto ya ha sucedido en parte. El hecho
de que el cristianismo sea la base de los derechos humanos bien entendidos
puede que ya no sea aceptado en amplios círculos. En la mayoría de los países
occidentales, un intelectual cristiano que se pronuncia en contra del derecho
al aborto es excluido del discurso público.
Pero incluso la constitución jerárquica de la Iglesia,
que no es una democracia, y sus sacramentos —el matrimonio entre un hombre y
una mujer y la ordenación sacerdotal reservada a los hombres— entran en
conflicto irreconciliable con la constitución política de la sociedad
contemporánea. En este sentido, el conflicto con el Estado y la opinión pública
puede estallar en cualquier momento y fácilmente conduciría a la excomunión de
los cristianos de la sociedad liberal de nuestro tiempo.
¿Podrán los cristianos volver a moldear el mundo?
Los cristianos no necesitan inventar nada y no tienen
que desarrollar nada nuevo -solo deben recordar lo que ya poseen. Su liturgia
tradicional, que Benedicto XVI ha definido como "el tesoro enterrado en el
campo", ya una vez hizo posible, en un largo período de ruina política y
cultural, en la época de la migración de los pueblos y de la primera Edad
Media, la reedificación de un vasto ordenamiento, el Occidente cristiano,
surgido de las ruinas del mundo antiguo también gracias a su ayuda.
La fundación de San Benito en medio de esta
descomposición general tuvo también un carácter litúrgico. Junto a muchas otras
cosas, esta liturgia tradicional es también la obra de arte fundacional del
mundo cristiano. Y si no puede serlo una segunda vez, en el caso de que a la
humanidad se le niegue tal reedificación, sigue siendo un arca de Noé en medio
del diluvio del nihilismo.
Fuente: rassegnastampa-totustuus.itt







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