domingo, 25 de julio de 2021

UN LLAMADO AL CORAZÓN DEL PAPA


El informativo católico The Remnant acaba de publicar una larga entrevista de Mons. Atanasio Schneider a la escritora y periodista estadounidense, acreditada en Roma, Diane Montagna. El tema central de la conversación gira en torno al reciente motu proprio Traditionis Custodes sobre el uso del Misal Romano de 1962. Con el respeto y la firmeza que lo caracterizan, Monseñor Schneider analiza las deficiencias de fondo y de forma del nuevo documento. En su parte final, y llevado del deseo de ofrecer de momento un consuelo a tantas familias, a tantos jóvenes y a tantos sacerdotes que sufren y lloran a causa de las insólitas y despiadadas disposiciones del documento, Monseñor Schneider anima a los interesados a que apelen directamente al corazón paterno del Papa Francisco, con estas u otras palabras similares:

«Santísimo Padre, devuélvanos ese gran tesoro litúrgico de la Iglesia. No nos trate como a sus hijos de segunda clase. No viole nuestras conciencias forzándonos a una forma litúrgica única y exclusiva, usted que siempre ha proclamado al mundo entero la necesidad de la diversidad, del acompañamiento pastoral y el respeto de la conciencia. No oiga a los representantes de un clericalismo rígido que le aconsejaron llevar a cabo una acción tan despiadada. Sea un verdadero padre de familia, que «saca de su tesoro cosas nuevas y viejas» (Mt 13,52). Si escucha nuestra voz, en el día de su juicio ante Dios, seremos sus mejores intercesores».

Traducción española: secretummeummihi.blogspot.com


 

martes, 20 de julio de 2021

LA SOMBRA DE «TRADITIONIS CUSTODES»

La promulgación y ejecución casi inmediata del motu proprio Traditionis Custodes ha consternado a una buena parte del mundo católico. La proliferación de artículos y columnas sobre el tema por parte de eclesiásticos, académicos, intelectuales y comunicadores da prueba de ello. De momento solo desearía añadir al debate una breve reflexión que, según mi parecer, veo como la mayor sombra que este «motu proprio» proyecta sobre la Iglesia.

Por tratarse de un documento en abierta oposición, aunque prolijamente disimulada, a otro documento reciente de un Papa que aún vive, Traditionis Custodes parece consagrar un positivismo jurídico inquietante. Siembra la impresión de que en la Iglesia la ley no es otra cosa que la libre y soberana voluntad del Sumo Pontífice. Pero como recordaba Benedicto XVI cuando tomó posesión de su cátedra en la Basílica de San Juan de Letrán (7 de mayo de 2005), «el Papa no es un soberano absoluto, cuyo pensamiento y voluntad son ley. Al contrario: el ministerio del Papa es garantía de la obediencia a Cristo y a su Palabra. No debe proclamar sus propias ideas, sino vincularse constantemente a sí mismo y la Iglesia a la obediencia a la Palabra de Dios, frente a todos los intentos de adaptación y alteración, así como frente a todo oportunismo». Aquí entrevemos las razones profundas que siempre han estado en la base de las disposiciones litúrgicas del Papa Benedicto. Desde joven a Ratzinger le preocupó que el modo como se llevó a cabo la reforma litúrgica pudiera dar pie a una especie de «positivismo litúrgico», desconocido hasta entonces en la Iglesia. Es decir, a concebir la liturgia como una realidad que un Papa, una conferencia episcopal o un simple comité de expertos pueden fabricar o modificar a su antojo y capricho. «Yo estaba perplejo –dice en sus memorias– ante la prohibición del Misal antiguo, porque algo semejante no había ocurrido jamás en la historia de la liturgia. Se suscitaba por cierto la impresión de que esto era completamente normal». Y sigue más adelante: «No se puede, por tanto, hablar de hecho de una prohibición de los anteriores y hasta entonces legítimamente válidos misales» (se refiere a los misales previos al de San Pío V). Ahora, por el contrario, la promulgación de la prohibición del Misal que se había desarrollado a lo largo de los siglos desde el tiempo de los sacramentales de la Iglesia antigua, comportó una ruptura en la historia de la liturgia cuyas consecuencias solo podían ser trágicas» (Mi Vida, Madrid 2005, pp. 148-149). 

Reparar esta grieta fatal fue la principal finalidad que Benedicto buscó con Summorum Pontificum, mucho más que la unidad con los críticos del Concilio. Ahora bien, si esta grieta se reabre, solo pueden esperarse nuevas y más trágicas consecuencias. 

Summorum Pontificum, por tanto, fue el broche de oro de un trabajo de décadas de estudio, de conversaciones, de acuerdos, de observaciones atentas a la realidad litúrgica pre y posconciliar, siempre dirigidas por la incuestionable competencia del Cardenal Ratzinger. Traditionis Custodes, en cambio, se presenta como un exabrupto más emocional que racional, carente de una perspectiva serena que solo el paso del tiempo suele ofrecer. En el mundo de hoy es completamente irreal pensar que la paz litúrgica se pueda alcanzar a base de prohibiciones; solo la convivencia alegre y fraterna de las formas litúrgicas del rito romano nos aseguran un futuro de unidad y respeto mutuo en el ámbito doctrinal y litúrgico. Son muchas las falencias que se han detectado en este documento por personas expertas. Esperamos que el Papa Francisco, llevado de esa misma humildad que ha manifestado en tantos momentos de su pontificado, se digne someter a revisión este «motu proprio». Es preciso evitar la sensación de inseguridad y desprotección que causa a los fieles el hecho de ver hipotecado su futuro litúrgico a la sola y exclusiva voluntad episcopal. 




 

jueves, 15 de julio de 2021

SAN BUENAVENTURA, RECOMENDACIONES PARA LA MISA

San Buenaventura y San Leandro de Murillo

Entre las obras teológico-místicas de San Buenaventura se encuentra un piadoso opúsculo sobre la preparación para la santa misa. Su intención, como se lee en el prólogo, es «exponer un método, por el que fácilmente puedas ser llevado de la mano a la contemplación de tan gran misterio y disponerte convenientemente para recibirlo». Para ello es preciso examinarse cuidadosamente «con qué fe, con qué amor, con qué intención y por qué te acercas» a la mesa del celestial convite. Para fortalecer la fe al momento de acercarse al altar de Dios, San Buenaventura recomienda apartar dudas y vacilaciones; prestar atención al gesto amoroso y decidido de Cristo; considerar la historia admirable de fe y veneración que siempre ha envuelto el misterio del Santísimo Sacramento; finalmente, ser conciente que sin Eucaristía la Iglesia se hunde.


«C

uando te acerques al altar, guárdate de vacilar con dudas, y como ciego que palpa no te apoyes en báculo de caña, esto es, en argumentos naturales y razones humanas, indagando cómo puede ser esto, como en otro tiempo discutían los judíos y algunos discípulos que escandalizados se volvieron atrás (Jn 6, 67); sino sométete a Dios y esclaviza tu entendimiento bajo el yugo de la fe, que ves confirmada con tantos testigos. Pues ¿qué duda cabe sobre este sacramento, que ves dado por Cristo de un modo tan expreso, predicado por los Apóstoles, celebrado por los santos ortodoxos en tantos centenares de año y con tantas ceremonias, confirmado por tantos milagros y prodigios y veneraciones, como con testimonios palpables? –Quita de la Iglesia este Sacramento, ¿y qué habrá en el mundo sino error e infidelidad?... Por este Sacramento está en pie la Iglesia, se fortalece la fe, tiene fuerza la religión cristiana y el culto divino: por esto dijo Cristo: Ved que yo estoy con vosotros siempre hasta la consumación del mundo (Mt 28, 20).

Luego debes advertir también que convino así, que Cristo se nos diese velado. Pues ¿qué valor tendría tu fe, si Cristo se te apareciera en su propia figura visible? Cierta y forzosamente le adorarías; pero ¿cómo tus ojos carnales podrían soportar gloria tan grande? ¿Y qué insensato diría que podía comer y beber carne cruda y sangre de hombre en su propia forma? –Aléjese por tanto toda duda, puesto que así como en otro tiempo estuvo escondida la Divinidad en las entrañas virginales, y el Hijo de Dios apareció visible al mundo bajo el velo de carne humana, así también la Humanidad glorificada unida a la Divinidad está oculta debajo de la forma de pan y vino, para poder acomodarse a nosotros mortales». (San Buenaventura, Tratado de la preparación para la Santa Misa, I, 3-4; en Diez opúsculos místicos de San Buenaventura, Buenos Aires 1947, p. 175-176).


jueves, 8 de julio de 2021

LA MISA DE SIEMPRE, POEMA SAGRADO Y MANANTIAL DE CULTURA

He traducido al español un interesante artículo de Stefano Chiappalone, ya conocido en este blog (ver aquí), sobre la liturgia antigua como cantera de una grandiosa cultura artística impregnada por la fe. Al cumplirse 50 años del así llamado «Indulto Agatha Christie», el autor nos recuerda que fueron precisamente intelectuales y artistas de todo tipo quienes primero acudieron a la Santa Sede para solicitar que se mantuviera vigente el misal de San Pío V. Nadie mejor que ellos para percibir que la misa antigua y su entorno cultural no era un bien exclusivo de la jerarquía católica, sino patrimonio de la humanidad entera.

EL POEMA SAGRADO QUE SE VUELVE CARNE Y SANGRE

Por Stefano Chiappalone                      

Fuente: alleanzacattolica.orgPublicado también por messainlatino.it.

En sus diversas expresiones y familias rituales, la liturgia es la «obra maestra» suprema que inspira innumerables obras de arte. Lo subrayaban los literatos y artistas ingleses que hace cincuenta años expresaban su deuda personal con la antigua liturgia romana, patrimonio no sólo de los católicos sino de la cultura universal.

***

En el verano de 1971, hace exactamente medio siglo, 57 exponentes de la cultura inglesa se reunieron idealmente en un sentido y coral concierto. Artistas, filósofos, escritores, poetas y críticos literarios unieron sus voces y sus diferentes confesiones para subrayar la importancia universal y la fecundidad cultural de un aspecto de la Iglesia católica del que todos ellos (incluidos los no católicos y los no cristianos) se sentían deudores y, en cierto modo, «hijos». El destinatario, el entonces Pontífice San Pablo VI (1963-1978), vio entre sus nombres el de la célebre escritora policíaca Agatha Christie (1890-1976) y a la vuelta de pocos meses decidió responder a su petición para que, junto a la reforma litúrgica recientemente puesta en marcha, siguiera encontrando espacio el antiguo rito de la Iglesia romana (1). El pontífice concedió un indulto parcial para que en Inglaterra y Gales se siguiera celebrando, si bien en condiciones limitadas. Aquel primer resquicio de supervivencia de la liturgia anterior (hoy definida «forma extraordinaria» del rito romano) pasó a la historia como «el indulto Agata Christie». El resto es conocido y no lo repetiremos; solo tomar prestadas unas palabras de Benedicto XVI (2005-2013), quien a distancia de décadas, observaba que «[...] desde entonces se ha visto claramente que también personas jóvenes descubren esta forma litúrgica, se sienten atraídos por ella y encuentran en la misma una forma, particularmente adecuada para ellos, de encuentro con el Misterio de la Santísima Eucaristía»(2).

Al dirigirse al Papa, las ilustres personalidades inglesas querían testimoniar que «[...] este rito, por la belleza de su texto latino, ha inspirado una innumerable cantidad de creaciones artísticas; no sólo ha inspirado la obra de los místicos, sino también de poetas, de filósofos, de músicos, de arquitectos, de pintores y de escultores, en todos los países y en todas las épocas. Por tanto, no pertenece sólo a los hombres de Iglesia y a los cristianos, sino también a la cultura universal». Era como decir: perder este rito para siempre habría sido como no volver a ver jamás el Coliseo de Roma o el Ponte Vecchio de Florencia u olvidar la Comedia de Dante. Para ese rito se compusieron obras maestras musicales como la Messe de Notre-Dame del francés Guillaume de Machaut (1300-1377), la Missa Papae Marcelli de Giovanni Pierluigi da Palestrina (1525-1594) o el Requiem in Re menor K626 de Wolfgang Amadeus Mozart (1756-1791) que culmina en el famoso Dies irae. Ese humus litúrgico se refleja en autores extremadamente diferentes: los italianos Giovannino Guareschi (1908-1966), hombre muy católico, y Gabriele D'Annunzio (1863-1938), decadente e irreverente; o en el francés Joris-Karl Huysmans (1848-1907), un decadente converso, autor de esa auténtica «novela litúrgica» que es El oblato. Y es en ese misal de donde se alimentaba diariamente la creatividad del arquitecto español Antoni Gaudí i Cornet (1852-1926). Por último, asomándonos al campo del cine, no se puede olvidar la película El Cardenal, del director estadounidense Otto Preminger (1905-1986), inspirada en la novela homónima de Henry Morton Robinson (1898-1961). Por otra parte, no es casualidad que los 57 firmantes ingleses de 1971 fueran precedidos algunos años antes por un llamado similar firmado en 1966 por otras 37 personalidades destacadas, como la escritora Cristina Campo (seudónimo de Vittoria Guerrini, 1923-1977), el filósofo Augusto Del Noce (1910-1989), el pintor Giorgio de Chirico (1888-1978), entre los italianos, o el poeta argentino Jorge Luis Borges (1899-1986), por citar solo algunos (3).

Si este enfoque artístico-cultural puede parecer inapropiado o simplista para algunos, es necesario recordar que la liturgia, en sus diversas expresiones y familias rituales de Oriente y de Occidente, es también una forma de arte, que naturalmente realiza aquello que significa, haciéndolo presente. Las mismas Sagradas Escrituras incluyen himnos, salmos, poemas de amor como el Cantar de los Cantares o visiones extraordinarias como el Apocalipsis. En la liturgia todo esto asume forma visible entre lienzos y paramentos, candeleros, incienso, antífonas; y también mármoles, mosaicos, pintura y escultura que sirven de «paraverbal» (comunicación sobre todo gestual, N. del T.) al acto de culto. Es el verdadero «poema sagrado en el que han puesto su mano el cielo y la tierra» (4). O el único «cuento de hadas verdadero» que «se inicia y termina en alegría, y muestra de manera inequívoca la «íntima consistencia de la realidad» (5).

Volviendo concretamente al antiguo rito romano, «muchas de nuestras iglesias están todavía, y de modo muy visible e irreformable, llenas de su gloria, pues a veces han sido plenamente diseñadas en función de aquel rito. Por él y a través de él, se han construido doseles, altares y tabernáculos» (6), cuya disposición es reflejo de esa específica práctica litúrgica; a título de ejemplo, el retablo está pensado para orientar la mirada del celebrante, no para servirle de imponente respaldo. Pero además de los elementos exteriores, desde las balaustradas hasta los muebles, su arquitectura interior nos ofrece su propia belleza. Por importantes que sean, no me detengo aquí sobre el tema del latín y de la celebración ad orientem; aunque sean poco utilizados, ambos aspectos son perfectamente legítimos también en la liturgia ordinaria. Existe más bien un sugestivo dinamismo que hace de esta forma ritual, más que la «Misa en latín», la «Misa de los gestos y de los silencios». Está, en efecto, la ascensión de los ritos iniciales, en los que literalmente uno sube al altar de Dios con las palabras del salmo 42 («Introibo ad altare Dei») y, de hecho, también el altar físico se encuentra frecuentemente elevado por algunos escalones, prefigurando ese monte sagrado que es la meta eterna («...in montem sanctum tuum et in tabernacula tua»). Mientras tanto, además de la Virgen, multitud de santos y ángeles son invocados por su nombre dos veces en el Confiteor: Miguel arcángel, Juan Bautista, Pedro y Pablo... y otros serán invocados y convocados antes y después de la consagración. Se alternan a su vez la voz clara para proclamar y la voz baja para ofrecer, hasta el «gran silencio» del Canon, el momento «apocalíptico» en el cual el Cordero es inmolado y todo calla. Solo hablan el unirse y extenderse de los brazos del sacerdote durante las intercesiones y el multiplicarse de los signos de la cruz y de las genuflexiones: gestos de bendición y de amor, más elocuentes que las palabras, acompañados por repeticiones suavemente susurradas al Padre a quien se ofrece la «hostiam puram, hostiam sanctam, hostiam immaculatam, panem sanctum vitae aeternae et calicem salutis perpetuae». Y cuando todo está cumplido, se vuelve al principio de todas las cosas con el Prólogo de San Juan: «Al principio era el Verbo... Y hemos visto su gloria, gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,1-14). 

Ciertamente se trata de una liturgia «difícil» pero no a causa del latín (¿quién podría creerlo en un mundo de políglotas?), ni tampoco por quién sabe qué desproporcionada duración, sino porque su encaje de antífonas y silencios, su impacto mediante gestos arcaicos que rezuman eternidad, chocan no poco con el activismo del hombre contemporáneo, dominado por el frenesí de tener que decir y hacer siempre algo para sentirse partícipe, a veces en detrimento de la participación interior (7), y de tener que racionalizar todo con la pretensión de domesticar el misterio. 

Sin embargo, precisamente en virtud de esto, una vez superada la desconfianza inicial, esta liturgia primero se revela fascinante y luego reparadora. Los museos están llenos de gente que no han hecho estudios de arte y, sin embargo, se dejan atraer por un retablo (bajo el cual, por casualidad, antes se celebraba este rito); en los conciertos no se admiten solamente graduados en un conservatorio, sino también gente corriente que encuentra agradable escuchar a Mozart o Palestrina. Disfrutamos de fragmentos como piezas de museo o de concierto («musealizzati» o «concertificati»); sin embargo, podrían reunirse y revivir en ese poema sagrado de la liturgia de hace un tiempo, más aún, de una liturgia sin tiempo.

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(1) El llamado apareció en el Times el 6 de julio de 1971. El texto completo se puede encontrar en: Shawn Tribe, An Interesting Appeal to Pope Paul VI on the Classical Roman Rite, en «New Liturgical Movement», 12 de diciembre de 2005. Cf. También Joseph Shaw, Aquella vez que Agatha Christie salvó la misa en latín, en «Tempi», 13 de noviembre de 2018: «La historia dice que el papa Pablo VI estaba mirando tranquilamente la lista de los firmantes cuando de repente dijo: ¡Ah, Agatha Christie! Y dio su aprobación».

(2) Benedicto XVI, Carta a los obispos con ocasión de la promulgación de la carta apostólica motu proprio data Summorum Pontificum, 7 de julio de 2007.

(3) Grégory Solari en el prefacio a François Cassingena-Trévedy, Te igitur. Le missel de Saint Pie V. Herméutique et déontologie d'un attachement, Ad Solem Éditions SA, Genève 2007, cita tanto el llamamiento británico de 1971 como el llamamiento y los firmantes de 1966 (nota 12, pp. 18-19).

(4) Dante Alighieri (1265-1321), Divina Comedia, Paraíso, XXV, 1-2. 

(5) John Ronald Reuel Tolkien (1892-1973), Albero e Foglia, Rusconi, Milano 1998, p. 96. (Traducción española, Árbol y hoja). 

(6) F. Cassingena-Trévedy, op. cit., p. 37. 

(7) «Participación activa significa ciertamente que en los gestos, palabras,  cantos y servicios, todos los miembros de la comunidad tomen parte en un acto de culto que no es en absoluto inerte o pasivo. Sin embargo, una participación activa no impide la pasividad activa del silencio, de la quietud y de la escucha: en realidad la exige» (San Juan Pablo II, Discurso a los obispos de Washington, Oregón, Idaho, Montana y Alaska en visita ad limina, 9 de octubre de 1998).

 


 

sábado, 3 de julio de 2021

ORACIÓN AL APÓSTOL TOMÁS

Santo Tomás Apóstol de Diego Velázquez

¡Oh Apóstol glorioso, evangelizador de tantas naciones infieles! a ti se dirigen ahora las almas fieles, para que las acerques a ese mismo Cristo, que dentro de cinco días va a revelarse a la Iglesia*. Ante todo, para merecer presentarnos ante su divina presencia necesitamos una luz que nos conduzca hasta El. Esa luz es la Fe: pídela para nosotros. El Señor se dignó condescender un día con tu flaqueza, asegurándote en las dudas que tenías sobre la realidad de su Resurrección; ruega para que se digne sostener también nuestra poca fe, haciéndose sensible a nuestro corazón. Con esto, no queremos pedir, oh santo Apóstol, una visión clara, sino sólo una Fe sencilla y dócil, pues el que viene a nosotros, dijo también cuando se te apareció: Felices los que no vieron y creyeron. Queremos ser de este número. Alcánzanos, pues, esa Fe que nace del corazón y de la voluntad, para que, en presencia del divino Niño envuelto en pañales y recostado en el pesebre, podamos también exclamar contigo: ¡Señor mío y Dios mío! Ruega, oh santo Apóstol, por las naciones que evangelizaste y que han vuelto a sumirse en las sombras de la muerte. Haz que llegue pronto el día en que el Sol de justicia vuelva a iluminarlas. Bendice las fatigas de los hombres apostólicos que consagran sus sudores y su sangre a la obra de las Misiones; logra que se abrevien los días de las tinieblas, y que las regiones regadas con tu sangre, vean por fin comenzar el reino de Dios que tú las anunciaste y nosotros esperamos. (Dom Prospero Gueranger, El año litúrgico, Vol. I. p. 651).

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*Las alusiones a la Navidad se comprenden porque en el calendario antiguo la fiesta del Apóstol Tomás se celebra el 21 de diciembre.

jueves, 1 de julio de 2021

CUANDO EL CIELO BAJA A LA TIERRA. UNA LECCIÓN NUNCA OLVIDADA.

Monasterio de la Trinidad y San Sergio
 Zagorsk, Rusia

Abundantes y sabrosas anécdotas salpican las páginas que escribió el Cardenal Jorge Medina Estévez –Prefecto emérito de la Sagrada Congregación para el Culto Divino– como memorias de su ya larga vida en servicio a la Iglesia. Recojo aquí uno de sus recuerdos especialmente por la lección que podemos extraer: la prisa no se aviene con la naturaleza de la liturgia.

* * * 

«Estaba yo en Zagorsk, a unos 100 kilómetros de Moscú, alojado en el Monasterio ortodoxo de San Sergio, por una actividad académica relacionada con el World Council of Chuches y me encontré allí con un muy respetado sacerdote ortodoxo y profesor de teología en un Instituto que funcionaba en los Estados Unidos, el Barón John Meyendorff. Él era miembro de una noble familia rusa que había huido a América del Norte luego del derrocamiento y del subsiguiente asesinato del Zar Nicolás II y de su familia por la revolución comunista. Un día, luego de haber participado en la Liturgia de San Juan Crisóstomo en una de las varias iglesias del monasterio, le hice ver al Prof. Meyendorff que la celebración había durado algo más de tres horas. Él me miró con un rostro indulgentemente amable y me dijo: «¿no se da cuenta que cuando se celebra la Sagrada Liturgia el cielo baja a la tierra y que, por lo tanto, el tiempo ya no cuenta?. Nunca he olvidado esa lección». (Cardenal Jorge Medina Estévez, 90 Años de mi vida, Roma 2017, p. 105).

 

martes, 22 de junio de 2021

«SUMMORUM PONTIFICUM» Y EL PRESTIGIO DE LA AUTORIDAD

En su conocida página Duc in altum, Aldo Maria Valli ha publicado un comentario de don Marco Begato sobre los posibles efectos negativos que la abolición o reducción de lo dispuesto en el motu proprio Summorum Pontificum podría acarrear a la autoridad en la Iglesia. El autor se plantea agudas interrogantes desde una perspectiva no estrictamente litúrgica, pero de indudable interés para todos: la del prestigio y credibilidad misma de la autoridad eclesial. Dejo a continuación una traducción al español con su respectivo enlace al texto original.

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La restricción de «Summorum Pontificum» y el problema de la autoridad
Por don Marco Begato

Fuente: aldomariavalli.it

Noticias recientes del mundo litúrgico sugieren que estaría próximo a publicarse un documento que aboliría, o al menos restringiría, el alcance del motu proprio Summorum Pontificum. 

Este rumor ha despertado más de una aprensión, sobre todo en aquellas diócesis (y por tanto en la mayoría de las diócesis italianas) donde la defensa de la celebración del Vetus Ordo solo encuentra protección en Summorum Pontificum y no ciertamente en el diálogo con los Pastores.

En defensa del actual statu quo han hablado, entre otros, también dos príncipes de la Iglesia, en las personas del Cardenal Müller y del Cardenal Zen.

Mi comentario de hoy quiere llamar la atención sobre el problema de la autoridad. 

Mi tesis es que un movimiento en perjuicio de Summorum Pontificum, especialmente si se emprendiera con Benedicto XVI aún vivo, sería un golpe bajo a la liturgia, pero sobre todo sería un golpe traumático para la autoridad.

La pregunta que me hago es qué valor debería darse a un documento que en el espacio de unos pocos lustros se le da vuelta una y otra vez como a un calcetín. Realmente poco, diría yo. Pero, además, el valor del documento en nuestro caso atañe también al valor de su autor, y como un motu proprio es una intervención eminente y autónoma del Sumo Pontífice, también habla del valor de las declaraciones pontificias y de su relación con el episcopado (por ejemplo, con la voluntad de un episcopado de obedecer a un motu proprio). Por tanto, ante una desvalorización de un motu proprio, ¿no se correría el riesgo de restarle crédito a las intervenciones del Papa en cuanto tales? ¿No se correría el riesgo de generar la impresión de que las intervenciones directas del Papa son muy dudosas, válidas como mucho para unos pocos lustros, aptas para ser tironeadas de un lado a otro?

Es en este sentido que tocar Summorum Pontificum, a mis ojos, significaría tocar la credibilidad misma del Pontífice y de la jerarquía, tocar su autoridad. Y esto, entiéndase bien, lo digo no para dar voz a un personal sentimiento psicológico de confianza traicionada, sino para señalar un radical y objetivo estado de confusión que ipso facto el Anti-Summorum atribuiría a las más altas autoridades.

El razonamiento es tan sencillo como desarmante: si los altos cargos no tienen claro qué cosa quieren hacer y por qué, si actúan movidos por equilibrios curiales cambiantes o por modas sociales y no según presupuestos teológicos definidos y estables, nosotros ¿por qué deberíamos obedecerles? Quiero decir, ¿en base a qué presupuestos deberíamos obedecerles? ¿En qué condiciones? O mejor aún, ¿a qué cosa tendríamos que obedecer? ¿Al documento cambiante? ¿A la intención filtrada a través de los periódicos? ¿A las declaraciones de los pastores en la televisión? ¿Al Papa 1 o al Papa 2? ¿Al obispo que sigue la letra o al otro que sigue el espíritu? ¿A la moda o a la conveniencia? ¿Al primer lustro o al segundo?

Repito, la mía no es una reacción psicológica, sino una seria dificultad ética. Estoy obligado a obedecer a quienes ciertamente me muestran la voluntad de Dios, pero una comunidad eclesial que se presenta confusa, que cambia constantemente sus propias exigencias, que ofrece cada vez menos explicaciones teológicas, que tiende a no responder o a eludir las dudas planteadas, que en el milenio de la libertad y en la Iglesia posconciliar, finalmente libre de legalismos, empuja hacia una obediencia intransigente, una realidad semejante ¿en qué cosa puede decirse creíble y confiable? ¿Qué se debe creer y seguir? ¿Y por cuánto tiempo? ¿Con qué criterio? ¿Qué tan en serio se debe tomar? ¿Cuánto puedo interpretarlo y releerlo a voluntad? ¿Quién lo determina?

Son preguntas realmente abiertas, a las que hoy no sé responder. Cuando Summorum haya sido castigado, una respuesta definitiva me resultará aún más difícil, porque dar credibilidad a las autoridades será por definición una apuesta, una ruleta, un juego. Además, cada vez menos divertido y cada vez más arriesgado.