Moisés ante la zarza ardiente
D.
Fetti
Extracto tomado de la voz SANTIDAD CRISTIANA. E.
Ancilli, Diccionario de espiritualidad, Herder 1984, Vol. III, p. 346.
* * *
a) En el Antiguo Testamento. La noción de santidad es esencialmente
religiosa. La etimología de la palabra “santo”, tanto en hebreo como en griego,
sugiere la idea de separación, de algo aparte, reservado: conviene a Dios de
modo esencial; a los seres creados, solo en relación con Dios.
Santidad de Dios. La santidad es Dios mismo. El nombre expresa lo que
propiamente lo constituye, puesto que todos los demás nombres, justicia, amor,
verdad, se toman del mundo de las criaturas. Pero al decir que él es santo, se
quiere decir que es distinto a todo lo que pode os conocer, que es el
totalmente otro (cf VAN IMSCHOOT, Théologie de l’Ancien Testament,
Tournai 1954, I, p. 42-51; versión castellana: Fax, Madrid 1969): se quiere
expresar la intensidad de su existencia, que es tal que el hombre no puede
verlo sin morir. El temor reverencial de los profetas, su asombro y angustia,
cuando Dios se acerca, no son efecto de un terror supersticioso, sino la
reacción normal de un alma consciente de su estado de criatura, que es nada
ante la suprema y omnipotente presencia de Dios.
La santidad en sentido absoluto es un
atributo esencial del Dios de Israel y designa su majestad increada,
inaccesible, trascendente a toda criatura, totalmente otro, distinto. Así se
expresa Moisés en el cántico de triunfo después del paso del mar Rojo: “¿Quién
como tú, entre los dioses, oh Yahveh? ¿Quién como tú, magnífico en santidad,
terrible en proezas, hacedor de maravillas?” (Ex 15, 11). Igualmente
Ana, madre de Samuel, dice en su canto de acción de gracias: “No hay santo
como Yahveh, no hay otro fuera de ti, ni hay roca como nuestro Dios” (1 Sam
2, 2). Isaías en su visión contempla a los serafines que mutuamente se dicen el
trisagio: “Santo, Santo, Santo es Yahveh Sebaot; toda la tierra está llena
de su gloria” (Is 6, 3). Es este quizá el testimonio
veterotestamentario más impresionante de la santidad de Dios. El escenario de
la visión, la función de los serafines, las palabras repetidas, sirven para
poner de relieve cómo el triple “Santo” es la designación de la esencia de
Dios, sinónimo de sublimidad y potencia, de terror y de gloria. Ese uso
triplicado del término “Santo”, según la gramática hebrea, se tiene que
considerar como un superlativo extraordinario, de una intensidad incomparable.
La santidad, por tanto, pertenece
propiamente solo a Dios: es el atributo divino de suyo inaccesible a la
criatura. Esta santidad no es solo el peso aplastante de su gloria, sino que es
también su supereminente perfección, que se impone irresistiblemente a nosotros
y la que no podemos rechazar aquel homenaje de nuestra admiración y de nuestro
amor que se llama adoración.
El pueblo santo. La santidad de Dios marca y abraza cuanto toca,
sustrayéndolo a la esfera profana circundante. Así son santos los lugares en
que Yahveh se manifiesta, como por ejemplo la zarza incandescente desde la cual
el Señor dijo a Mosés: “no te acerques acá, y quítate de los pies las sandalias;
pues el lugar donde estás, tierra santa es” (Ex 3, 5); el cielo (Sal 20, 7), el
templo (Sal 5, 8; Ex 26, 31, etc.), Jerusalén (Is 52, 1), etc.
Siendo la santidad propiedad exclusiva
de Dios, solo él la puede comunicar a los demás seres. La criatura será
santificada en la medida en que, separada y sustraída al uso profano, se
acerque a Dios, le sea consagrada, ordenada, unida. En este sentido son santos
los sacerdotes y sobre todo el sumo sacerdote El Señor dijo a Moisés: “Habla a
los sacerdotes, hijos de Aarón, y diles: ningún sacerdote se haga impuro…,
estarán consagrados a su Dios, y no profanarán el nombre de su Dios, pues son
ellos los que ofrecen los sacrificios…, y por lo mismo serán algo santo…, será
santo para ti, porque santo soy yo, Yahveh, que os santifico” (Lev 21, 1. 6. 8;
Ex 28, 36).
El pueblo que Dios se escoge es una
nación santa: “Así hablarás a la casa de Jacob y así anunciarás a los hijos de
Israel: Habéis visto cuanto yo he hecho en Egipto, y cómo os he llevado sobre
alas de águila y os he traído hasta mí. Ahora bien, se de veras escucháis mi
voz y guardáis mi alianza, seréis propiedad mía particular entre todos los
pueblos, porque toda la tierra me pertenece. Seréis para mí un reino de
sacerdotes y una nación santa” (Ex 28, 36).
A la libre elección de Dios que quiere
su santificación, Israel debe responder santificándose a través de la
purificación de toda inmundicia incompatible con la santidad de Dios. “Sed
santos porque yo, Yahveh, Dios vuestro, soy santo” (Lev 19, 2; 20, 26). Y no se
trata obviamente solo de santidad externa y ritual, sino de santidad interiormente
vivida según las múltiples prescripciones morales contenidas en la ley (por
ejemplo, Lev 17-26).
b) En el Nuevo Testamento. Jesucristo santo y mediador de santidad. El objeto
propio de la revelación cristiana no es solo recordarnos que Dios es santo,
sino anunciar que, con un acto de amor incomprensible, estamos llamados a su
santidad, a la plenitud de su misterio, a la intimidad de su vida trinitaria.
En Cristo, la naturaleza divina se une a
la naturaleza humana y la santifica, penetrándola de la vida de Dios. Cristo es
el “Santo de Dios” como dicen los Hechos de los apóstoles (3, 14). Lo es en su
ser, en que su humanidad es enteramente santa por la pertenencia a la persona
del Hijo de Dios; lo es también en sus operacio9nes, por la total adhesión de
la voluntad humana a la voluntad divina en la obediencia y el amor. De modo
especial, Cristo, el hombre de Dios, es santo: porque es Dios (Lc 1, 35) y
porque posee en plenitud al Espíritu Santo: “sé quién eres: el Santo de Dios”
(Mc 1, 24; cf. Lc 4, 34; Jn 6, 69).
Él, el Santo de Dios, comunica la
santidad a los hombres: Cristo es nuestra santificación: “De Dios viene el que
vosotros estéis en Cristo Jesús, el cual, por iniciativa de Dios, se hizo
nuestra sabiduría, como también justicia, santificación y redención” (1 Cor 1,
30). En virtud o “en el nombre” de Cristo, que actúa en el bautismo y por la
efusión del Espíritu santificador, el cristiano es santificado: “Pero fuisteis
lavados, fuisteis consagrados a Dios, pero fuisteis justificados en el nombre
de Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios” (1 Cor 6, 11).
Hemos sido santificados en virtud de la voluntad
sacrificial de Jesús expresada en su inmolación den la cruz. “Y en virtud de
esa voluntad, quedamos consagrados por la ofrenda del cuerpo de Jesucristo,
hecha de una vez para siempre” (Heb 10, 10).