domingo, 31 de mayo de 2026

POR QUÉ VOY A LA MISA TRADICIONAL EN LATÍN. UN TESTIMONIO ELOCUENTE

Tibi laus, tibi gloria, tibi gratiarum actio
in saecula sempiterna, 
o Beata Trinitas.

Publico en español este artículo testimonial de Daniela Bovolenta, madre de cinco hijos, oblata benedictina que trabaja en tecnología digital. Amante de las tradiciones culturales occidentales, de la liturgia tradicional, de lo bello y elegante.

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POR QUÉ ASISTO A LA MISA LATINA TRADICIONAL
Por Daniela Bovolenta

 Fuente: ordorerum.substack.com

 «...cuando comenzó el Kyrie, fue como si los cielos se abrieran» (Benedicto XVI, 7° Encuentro Mundial de las Familias, 2012).

 Abro la puerta de madera de la abadía, paso de la luz a la penumbra, suenan las campanas, unos cincuenta monjes vestidos de negro entran de dos en dos, caminan hacia la nave central, avanzan hacia el centro de la iglesia, se arrodillan mirando hacia el sagrario, luego se colocan uno frente al otro, hacen una reverencia profunda, se dan la vuelta y cada uno se dirige a su propio banco.

Las campanas ahora callan, el anillo del padre abad golpea la madera para dar la señal de inicio, se hace la señal de la cruz y comienza el canto gregoriano.

Ya no estoy en la misma dimensión en la que me encontraba hace unos minutos.

Este es el momento en el que toda la historia humana converge, los ángeles del Paraíso se hacen presentes y la liturgia humana y la celestial se funden en una sola. A partir de este momento, la Misa se celebra en el Paraíso, sobre el altar del Señor.

Desde hace años que ya asisto habitualmente a la misa en el vetus ordo, o a la misa tradicional en latín, según cómo se quiera llamar. Se trata de la misa que se celebraba en la Iglesia católica hasta la reforma litúrgica de 1969. A partir de esa fecha entró en vigor el nuevo misal, cuyo cambio más visible fue la traducción a las distintas lenguas vernáculas, pero no fue el único: el celebrante, que antes se dirigía ad Deum (hacia Dios), ahora celebra ad populum (hacia la asamblea de los fieles), cambian las lecturas, la organización del año litúrgico y la estructura de la misa.

La misa precedente (el usus antiquior) se convierte en objeto de disputas y resistencias, y sigue celebrándose en círculos reducidos, para cobrar posteriormente un nuevo impulso cuando el papa Benedicto XVI promulga el motu proprio Summorum Pontificum, en 2007. Será nuevamente restringida, pero no suprimida, por el papa Francisco con Traditionis Custodes (2021). Los acontecimientos relacionados con esta celebración son complejos, y en algunos casos dolorosos, y han sido tratados por numerosos historiadores y especialistas, sin duda más competentes que yo.

Lo que me gustaría explicar aquí es el motivo de esta decisión por mi parte.

En primer lugar, la lex orandi es la lex credendi, es decir, creemos como rezamos y rezamos como creemos, y el énfasis de la misa tradicional está en el sacrificio. El protagonista es Cristo, quien, en la persona del sacerdote, renueva el sacrificio del Calvario.}

El silencio, la adoración, estar vueltos hacia el Señor, sentirnos transportados a los pies de la cruz durante la Pasión, es el centro visible de la Misa.

El sacrificio perfecto de Cristo es el centro de la historia humana y se renueva en cada Misa: toda la gestualidad, las genuflexiones, los besos al altar, las manos juntas, el canon recitado en voz baja, comunican que lo que ocurre en el altar es algo radicalmente distinto de la asamblea. Entramos en la dimensión de la gratuidad respecto a nuestros fines cotidianos, nos dirigimos hacia lo que está radicalmente sustraído a la lógica de la utilidad y la funcionalidad inmediatas. Entramos en el reino de lo verdadero y lo justo, que escapan a nuestros sentidos, a través de lo bello que, en cambio, podemos percibir.

La belleza del canto gregoriano, los ornamentos, el aroma del incienso, los vasos sagrados, la belleza de las antífonas y las oraciones, la belleza de los movimientos mesurados, de las velas, del arte sacro, de la arquitectura. Toda esta belleza no está hecha para complacer a los hombres ni para excitar sus sentidos, sino para dar gloria a Dios y elevar hacia Él las almas de los fieles.




Oramos con las mismas palabras, los mismos gestos, la misma estructura con la que oraron Tomás de Aquino, Teresa de Ávila, Felipe Neri, los campesinos medievales y los mártires. Esta continuidad no es sentimentalismo: es la materialización de la idea de que la Iglesia es una comunidad que abraza a los vivos y a los muertos, y que la liturgia es el lugar donde se manifiesta esta comunión.

Además, tanto el sacerdote como los fieles están vueltos hacia Dios, ad orientem. De hecho, el altar de las iglesias está tradicionalmente orientado hacia el este, hacia el sol naciente, símbolo de Cristo, y el sacerdote se dirige a Dios al frente del pueblo, que mira en la misma dirección. Queda claro, pues, que el centro de la acción es Cristo, no los hombres. Salimos de una perspectiva del espectáculo y de lo personal para adentrarnos en la del culto racional.

El latín, por su parte, preserva la inalterabilidad del texto sagrado frente a las desviaciones de las traducciones nacionales (algunas de las cuales, en los años setenta y ochenta, fueron teológicamente discutibles), crea una distancia sagrada entre el lenguaje ordinario y el litúrgico, señalando que la misa no es una reunión sino un rito y, por último, mantiene la universalidad de la oración católica más allá de las culturas locales.

La misa tradicional es el lugar donde se percibe físicamente que ocurre algo sobrenatural, que la forma misma transmite el contenido. Es una experiencia difícil de reducir a argumentos, pero quien la vive la reconoce de inmediato. Joseph Ratzinger la describía diciendo que en la liturgia antigua se tiene la sensación de recibir algo que no ha sido creado por nadie.

En todos nosotros coexisten un alma eterna, que lleva en sí los signos de su creador, y una mente que se forma con el tiempo, que encuentra en la época en la que vive el material del que está constituida e incluso el lenguaje en el que opera. La liturgia es el lugar donde el Creador moldea lo que somos en lo más profundo, con una acción sacramental que evoca la huella que lo divino ha dejado en nosotros, nos eleva por encima de nuestro tiempo para llevarnos a la dimensión de la eternidad. Si realmente nos dejáramos alcanzar por lo que ocurre ante nuestra presencia durante la Misa, saldríamos capaces de reconocer los signos del Creador en cada cosa, en nuestro prójimo, en los árboles y en las estrellas, en una brizna de hierba y en Dios que sufre en la cruz. Ciertamente, por lo que a mí respecta, este estado de ánimo se alcanza más fácilmente cuando participo en la Misa tradicional.

Al final, las campanas vuelven a sonar, la puerta se abre de nuevo y se vuelve a la luz.


domingo, 24 de mayo de 2026

¡VEN LUZ DE LOS CORAZONES!

«De esta comunión con el Espíritu procede la presciencia de lo futuro, la penetración de los misterios, la comprensión de lo oculto, la distribución de los dones, la vida sobrenatural, el consorcio con los ángeles; de aquí proviene aquel gozo que nunca terminará, de aquí la permanencia en la vida divina, de aquí el ser semejantes a Dios, de aquí, finalmente, lo más sublime que se puede desear: que el hombre llegue a ser como Dios» (San Basilio Magno, Sobre el Espíritu Santo, Cap. 9, n. 22).

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«El Señor encomienda al Espíritu Santo el cuidado del hombre, posesión suya, que había caído en manos de ladrones, del cual se compadeció y vendó sus heridas, entregando después los dos denarios regios para que nosotros, recibiendo por el Espíritu la imagen y la inscripción del Padre y del Hijo, hagamos fructificar el denario que se nos ha confiado, retornándolo al Señor con intereses» (San Ireneo de Lyon, Contra las herejías, Libro 3, 17).

 


 

sábado, 23 de mayo de 2026

MARÍA, VASO DIGNO DE HONOR

Los títulos con los que más se invoca a María en las letanías del rosario son los de Madre, Virgen y Reina. Después viene el de Vas, Vaso (tres veces): Vaso espiritual, Vaso digno de honor y Vaso insigne de devoción. En un vaso, dice Santo Tomás de Aquino con relación a San Pablo, llamado «vaso de elección» por el propio Jesús, (Hechos 9, 15) podemos considerar cuatro aspectos: su constitución, es decir, el material del que está hecho; su capacidad receptiva, esto es, el líquido que puede ser vertido en él; el uso o finalidad que se le da; finalmente, los frutos que su uso proporciona. Explicando el simbolismo del vaso referido a San Pablo, Tomás de Aquino dice que Pablo fue un vaso de oro macizo por el resplandor de su sabiduría y el adorno de todas las virtudes; un vaso lleno y rebosante del nombre de Cristo; un vaso destinado a llevar ese nombre a los confines de la tierra, y finalmente, un vaso de desbordante fecundidad apostólica y santidad de vida (Cf. Santo Tomás de Aquino, In Rom. Prol.).

Si Pablo es un «vaso de elección», con mayor razón y de modo eminente lo es María. Ella es el vaso predilecto de Dios, hecho de oro puro (Domus aurea), de resplandeciente belleza. Vaso rebasado por la plenitud de gracia (Mater divinae gratiae); Vaso que contiene al mismo Hijo de Dios hecho carne (Mater Christi), al que acuden los pecadores en busca de refugio, auxilio y misericordia. El santo Cardenal Newman, en su comentario a las letanías lauretanas, nos ha dejado dos razones de por qué María es Vas Honorabile, un vaso digno de todo honor; una de ellas, bien sugerente, dice relación a la guarda de la dignidad y honor con que Dios quiso cubrir los padecimientos de su Madre al pie de la Cruz.

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«San Pablo llama a las almas elegidas vasos de honor, de honor porque son elegidos o escogidos, y vasos porque por el amor de Dios están llenos de la celestial y santa gracia de Dios. ¡Cuánto más será María vaso de honor en razón de haber tenido dentro no sólo la gracia de Dios, sino al mismo Hijo de Dios que tomó su carne y sangre de la suya!

Pero el título Honorabile aplicado a María admite un significado ulterior y especial. Ella fue mártir sin el rudo deshonor que acompaña el sufrimiento de los mártires, que fueron detenidos, enviados a prisión con los más viles criminales y agredidos con las palabras más blasfemas y las más sucias expresiones que Satanás podía inspirar. Tal fue incluso la indecible prueba de mujeres santas, jóvenes damas y esposas de Cristo, que los paganos detuvieron, torturaron y condenaron a muerte. Por encima de todo, nuestro Señor mismo cuya santidad era más grande que cualquier excelencia creada o vaso de gracia, como bien sabemos, fue abofeteado, desnudado, flagelado, burlado, arrastrado, y luego estirado, clavado y colgado sobre una elevada cruz, ante la mirada de una multitud brutal.

Pero Él, que cargó con la vergüenza de los pecadores por los pecadores, le ahorró a Su Madre sin pecado esta suprema indignidad. Ella sufrió en el alma, no en el cuerpo. Verdaderamente, agonizó en Su agonía, sufrió la compasión en Su pasión, fue crucificada con Él, la espada que perforó su pecho le atravesó a ella su alma. No hubo signos visibles de este martirio íntimo. Ella estuvo de pie, quieta, recogida, sin moverse, solitaria, junto a la cruz de su Hijo, rodeada por los ángeles, y envuelta en su virginal santidad por la atención de todos los que participaban en Su crucifixión».

(J.H. Newman, Meditaciones y Devociones, Buenos Aires 2007, p. 64 y 65)

 


 

domingo, 17 de mayo de 2026

ET ASCENDIT IN CÆLUM


«Porque Jesús, el Señor,
el rey de la gloria, vencedor del pecado y de la muerte,
ha ascendido [hoy] ante el asombro de los ángeles
a lo más alto del cielo,
como mediador entre Dios y los hombres,
como juez de vivos y muertos.
No se ha ido para desentenderse de este mundo,
sino que ha querido precedernos como cabeza nuestra
para que nosotros, miembros de su Cuerpo,
vivamos con la ardiente esperanza
de seguirlo en su reino».

(Misal Romano. Prefacio de la Ascensión I)


 

domingo, 10 de mayo de 2026

PARA ENTRAR EN LA INTIMIDAD DIVINA

Dios no tiene favoritos, sino íntimos, se ha escrito con acierto glosando quizá las palabras del Apóstol a los romanos: “En Dios no hay acepción de personas” (cf. 2, 11). Todas las almas están llamadas a entrar en la intimidad de Dios, en una relación de estrecha amistad con Él, que constituye la suprema vocación del hombre y la realización final de su vida dichosa.

Pero da pena observar la resistencia que muchos ofrecen a la invitación del Señor. Pensemos, por ejemplo, en el joven rico del evangelio: deseaba sin duda una mayor cercanía con Dios, pero temió entrar en el ámbito de su intimidad. Sin embargo, la intimidad auténtica que acompaña a toda verdadera amistad siempre es recíproca: debemos aceptar la invitación del Señor y repetir con el salmista: Una sola cosa pido al Señor y es lo único que busco: habitar en la casa del Señor todos los días de mi vida, para contemplar su hermosura (Sal. 27, 4). Dios pone todo de su parte para hacernos participes de su vida íntima; de nuestra parte no debemos tener miedo a las exigencias de tan soberana compañía. En la intimidad de Dios lo hallamos todo, si bien ella exige a su vez que lo entreguemos todo. Como diría San Josemaría, «para Vivir hay que morir» (Camino 187). Las palabras que siguen condensan bien los afanes amistosos de Dios para con su criatura:

«Yo he venido», nos asegura el Hijo de Dios hecho hombre, «para que tengan vida y la tengan abundante» (Ioh 10, 10). La vida que Cristo quiere darnos es la vida de Dios; la vida que el Hijo recibió, al encarnarse, en su naturaleza humana y que constantemente difunde sobre los suyos, de modo misterioso, a través de los sacramentos. «De su plenitud todos recibimos» (Ioh I, 14).

«Dios es amor». Y el amor le impulsa a compartir sus riquezas, sus bienes, en una palabra, toda su vida con el hombre, con el polvo, con la nada.

Éste es el distintivo de todo el que es verdaderamente bueno, noble y generoso: sentir un irresistible impulso a difundirse en otro ser para hacerlo rico, grande y feliz. Tuvo, pues, Dios un sublime proyecto que quiso realizar en mí, al trazarme determinada ruta en la vida y asignarme determinado número de años para recorrerla: todas y cada una de las cosas de mi vida tienden a un solo objetivo: mi elevación al plano de la vida divina, en orden a coposeerla y convivirla. (B. Baur, En la intimidad con Dios, Herder 2005, p. 12).


 

viernes, 8 de mayo de 2026

¡GRACIAS SANTO PADRE!

El 12 de diciembre del año pasado el Papa León XIV ponía en manos de Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, su nueva misión de Romano Pontífice. Con afecto filial se dirigía así a la Virgen de Guadalupe:

«Madre del verdadero Dios, por quien se vive, ven en auxilio del sucesor de Pedro para que confirme en el único camino que conduce al fruto bendito de tu vientre, a cuántos me fueron confiados. Recuerda este hijo tuyo, a quien Cristo confió las llaves del reino de los cielos para el bien de todos. Que esas llaves sirvan para atar y desatar y para redimir toda miseria humana y haz que confiando en tu protección avancemos cada vez más unidos con Jesús y entre nosotros hacia la morada eterna que Él nos ha preparado y en la que tú nos esperas. Amén».

Y con respeto y algo de buen humor, pido al cielo que no le falte la fortaleza necesaria para que pueda –en expresión cervantina– «desfacer entuertos» heredados de su predecesor. ¡Gracias Santo Padre por su amor y servicio a la Iglesia!


 

martes, 5 de mayo de 2026

ET VERBUM CARO FACTUM EST

Texto del gran Atanasio sobre la finalidad de la Encarnacion del Hijo de Dios. El Verbo asumió nuestra carne porque no soportó que la muerte corrompiera al hombre y volviera inútil esta obra predilecta de su Padre.

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«Tuvo piedad de nuestra raza y de nuestra debilidad y, compadecido de nuestra corrupción, no soportó que la muerte nos dominase, para que no pereciese lo que había sido creado, con lo que hubiera resultado inútil la obra de su Padre al crear al hombre, y por esto tomó para si un cuerpo como el nuestro, ya que no se contentó con habitar en un cuerpo ni tampoco en hacerse simplemente visible. En efecto, si tan solo hubiese pretendido hacerse visible, hubiera podido ciertamente asumir un cuerpo más excelente; pero él tomó nuestro mismo cuerpo.

En el seno de la Virgen, se construyó un templo, es decir, su cuerpo, y lo hizo su propio instrumento, en el que había de darse a conocer y habitar; de este modo, habiendo tomado un cuerpo semejante al de cualquiera de nosotros, ya que todos estaban sujetos a la corrupción de la muerte, lo entregó a la muerte por todos, ofreciéndolo al Padre con un amor sin límites; con ello, al morir en su persona todos los hombres, quedó sin vigor la ley de la corrupción que afectaba a todos, ya que agotó toda la eficacia de la muerte en el cuerpo del Señor; y así ya no le quedó fuerza alguna para ensañarse con los demás hombres, semejantes a él; con ello, también hizo de nuevo incorruptibles a los hombres, que habían caído en la corrupción, y los llamó de muerte a vida, consumiendo totalmente en ellos la muerte, con el cuerpo que había asumido y con el poder de su resurrección, del mismo modo que la paja es consumida por el fuego.

Por esta razón, asumió un cuerpo mortal: para que este cuerpo, unido al Verbo que está por encima de todo, satisficiera por todos la deuda contraída con la muerte; para que, por el hecho de habitar el Verbo en él, no sucumbiera a la corrupción; y, finalmente, para que, en adelante, por el poder de la resurrección, se vieran ya todos libres de la corrupción.

De ahí que el cuerpo que él había tomado, al entregarlo a la muerte como una hostia y víctima limpia de toda mancha, alejó al momento la muerte de todos los hombres, a los que él se había asemejado, ya que se ofreció en lugar de ellos.

De este modo, el Verbo de Dios, superior a todo lo que existe, ofreciendo en sacrificio su cuerpo, templo e instrumento de su divinidad, pagó con su muerte la deuda que habíamos contraído, y, así, el Hijo de Dios, inmune a la corrupción, por la promesa de la resurrección, hizo partícipes de esta misma inmunidad a todos los hombres, con los que se había hecho una misma cosa por su cuerpo semejante al de ellos.

Es verdad, pues, que la corrupción de la muerte no tiene ya poder alguno sobre los hombres, gracias al Verbo, que habita entre ellos por su encarnación».

(San Atanasio, obispo. Sermón sobre la encarnación del Verbo, 8-9: PG 25, 110-111. Tomado del oficio de lectura de su fiesta).