lunes, 14 de septiembre de 2026

LA LITURGIA TRADICIONAL LLAMA A LA CONVERSIÓN

El padre Antonius Maria Mamsery, misionero tanzano de la Santa Cruz, celebró este año la misa de Pentecostés durante la tradicional peregrinación a Chartres. Era la primera vez que participaba y ha quedado conmovido; preguntado sobre sus impresiones, ha dicho: «Es la esperanza de Europa, la esperanza de la cultura cristiana, la esperanza del renacimiento de la fe y del catolicismo como lo fue en el pasado». El padre Antonius Maria conoce por experiencia propia el valor y la fuerza del rito antiguo; cómo a través de él muchas almas se topan con el misterio; cómo es un vehículo espléndido de transmisión íntegra de la fe de la Iglesia y cómo predispone muchos corazones a la conversión. Además, está convencido que «la destrucción del carácter sagrado de la liturgia en muchos lugares ha sido y sigue siendo la principal catástrofe de nuestro tiempo». Vaya de nuestra parte la oración y el apoyo al padre Antonius, a su labor misionera y a la tarea de difundir la misa tradicional en el continente africano. 

Recientemente se han publicado dos entrevistas al padre Mamsery cuya lectura recomendamos. (Ver: advaticanum.com y france-catholique.fr, traducida al español en infocatolica.com. De esta última transcribo la interesante respuesta del padre Antonius Maria a la pregunta sobre el carácter misionero de la liturgia.

 * * *

¿De qué maneras puede la liturgia ser misionera?

«La liturgia expresa lo que creemos, cómo creemos, en quién creemos y la reverencia que le debemos… Por eso no podemos tomarla a la ligera. Uno de los grandes errores de nuestro tiempo es creer que la «participación activa» en la liturgia consiste en gesticular con las manos y el cuerpo, hacer ruido, tocar instrumentos musicales, etc. Humildemente pregunto: ¿te atreverías a hacer eso bajo la Cruz, viendo a tu Maestro morir en un sufrimiento horrible? ¿No? Entonces, ¿por qué durante la Santa Misa? El Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña que la Misa es el mismo sacrificio de la Cruz, ofrecido en nuestros altares… La destrucción del carácter sagrado de la liturgia en muchos lugares ha sido y sigue siendo la principal catástrofe de nuestro tiempo.

Los primeros misioneros, al llegar a tierras extranjeras sin conocer el idioma, simplemente celebraban la Santa Misa con reverencia, y los paganos se sentían atraídos por estos «hermosos gestos», abandonando su culto pagano para volverse hacia este Dios verdadero, tan venerado por los misioneros. La liturgia misma era un llamado a la conversión. Esto es precisamente lo que está sucediendo hoy… Todos los continentes, pero especialmente Europa y América, están presenciando la conversión de un gran número de jóvenes, no gracias a los famosos predicadores de nuestro tiempo, ni a los hacedores de milagros, sino gracias a la liturgia tradicional… ¡Nadie puede negarlo con toda honestidad! Es el Espíritu Santo quien revela toda la Verdad, como prometió Nuestro Señor. Hoy en día, muchos documentos del Magisterio nos invitan a abrirnos a escuchar al Espíritu… Creo que ahora es el momento, más que nunca, de escuchar lo que el Espíritu del Señor comunica a la Iglesia de nuestro tiempo a través de los miles de jóvenes que caminan juntos con alegría, haciendo importantes sacrificios, en busca de la Verdad».

(Los destacados son nuestros).


sábado, 12 de septiembre de 2026

EL NOMBRE DE MARÍA, PUERTO DE SALVACIÓN

Oración de San Alfonso María de Ligorio dirigida a María como esperanza segura de salvación. En realidad, María es la marca de los elegidos. 

* * *

¡Oh Madre del santo amor!
¡Oh vida, refugio y esperanza nuestra!
Bien sabéis que vuestro divino Hijo, Jesucristo,
no contento con haberse hecho perpetuo abogado nuestro
cerca del Padre eterno, quiso también que fuerais Vos
cerca de Él nuestra intercesora,
para impetrarnos las misericordias de Dios.

Jesús ha determinado que vuestras oraciones
nos ayuden a conseguir nuestra eterna salvación,
y les ha dado tanta eficacia, que alcanzan cuanto piden.
A Vos, pues, acude, esperanza de los miserables,
este desventurado pecador. 

Espero, Señora, que por los méritos de Jesucristo,
y por vuestra intercesión, me he de salvar.
De Vos lo espero todo y de tal suerte lo espero,
que si mi certera salvación estuviera en mis manos,
la pondría en la vuestras;
porque más me fio de vuestra protección y misericordia,
que de todas mis buenas obras.

¡Oh Madre y esperanza mía!
No me abandonéis, como lo tengo merecido.
Mirad mi miseria y muévaos a compasión.
Socorredme y salvadme. Confieso que muchas veces con mis pecados
he cerrado la puerta de mi alma a las luces y gracias
que me habéis alcanzado del Señor.

Pero la piedad que tenéis de los miserables
y el poder que tenéis cerca de Dios vencen
el número y la malicia de todos mis deméritos.
Conozca el cielo y la tierra que no se puede perder
el que es por Vos protegido.

Olvídense de mí todas la criaturas,
pero Vos, Madre del Dios omnipotente, no me echéis en olvido.
Decir al Señor que soy vuestro siervo;
decidle que Vos me defendéis, y me salvaré.

¡Oh María!, cuento con Vos;
en esta esperanza vivo y en ella espero y quiero y espero morir,
diciendo siempre: «Mi única esperanza es Jesucristo,
y después de Jesucristo, la Virgen María».

(Cf. Las Glorias de María, Madrid 1977, p. 136-137)



jueves, 10 de septiembre de 2026

SANTA FAUSTINA Y EL ARMA DE LA ORACIÓN

«Sola est oratio, quae Deum vincit; solo la oración vence a Dios». Es la célebre sentencia de Tertuliano que señala el poder inefable de la oración cristiana. Y añade más adelante: «La oración es el muro de la fe, y el arma que nos vigila por todos lados, frente al Enemigo» (Cf. De Oratione, c. 29). La vida de los santos es una confirmación fehaciente de esta doctrina. Del Diario de Santa María Faustina Kowalska extraigo el siguiente episodio:

«La adoración nocturna del jueves. Hice la adoración desde las once hasta las doce. Hice esta adoración por la conversión de los pecadores empedernidos y especialmente por los que perdieron la esperanza en la Divina Misericordia. Meditaba sobre lo mucho que Dios sufrió y lo grande que es el amor que nos mostró, y nosotros no creemos que Dios nos ama tanto. Oh Jesús, ¿Quién lo comprenderá? ¡Qué dolor para nuestro Salvador! Y ¿Cómo puede convencernos de su amor si su muerte no llega a convencernos? Invité a todo el cielo a que se uniera a mi para compensar al Señor la ingratitud de ciertas almas.

Jesús me enseñó cuánto le agrada la plegaria reparadora; me dijo: La plegaria de un alma humilde y amante aplaca la ira de Mi Padre y atrae un mar de bendiciones. Después de la adoración, a medio camino hacia mi celda, fui cercada por una gran jauría de perros negros, enormes, que saltaban y aullaban con una intención de desgarrarme en pedazos. Me di cuenta de que no eran perros sino demonios. Uno de ellos dijo con rabia: Como esta noche nos has llevado muchas almas, nosotros te desgarraremos en pedazos. Contesté: Si tal es la voluntad de Dios misericordiosísimo, desgárrenme en pedazos, porque me lo he merecido justamente, siendo la más miserable entre los pecadores y Dios es siempre santo, justo e infinitamente misericordioso. A estas palabras, los demonios todos juntos contestaron: Huyamos porque no está sola, sino que el Todopoderoso está con ella. Y desaparecieron del camino como polvo, como rumor, mientras yo tranquila, terminando el Te Deum, iba a la celda contemplando la infinita e insondable misericordia Divina».

(Santa Faustina Kowalska, Diario. La Divina Misericordia en mi alma, n.º 319 y 320).


 

viernes, 4 de septiembre de 2026

«CONSUMMATUM EST». AFECTOS EN TORNO A ESTA PALABRA POSTRERA DE CRISTO

Cristo agonizante de Velázquez 

Las palabras que pronunció Jesús desde lo alto del Madero han inspirado miles de sermones y cientos de libros. Se comprende que sea así: «Las siete palabras de Cristo en la Cruz, que concluyeron con un gran grito, son las últimas de su vida mortal… El Verbo empuja libremente hacia la muerte a su naturaleza humana, en la que lleva todo el peso del mal en nuestro mundo. Las siete palabras son los pasos de su aproximación a la muerte. Ellas dan una voz al dolor final de Cristo y nos entreabren este misterio. Lo que es drama espantoso se convierte por ellas en una enseñanza. Se nos ha encendido una luz. Es la del Verbo, oculta en el corazón sangrante de la Cruz, para hacer brillar estos siete Rayos» (Ch. Journet, Las siete palabras de Cristo en la Cruz”, Madrid 1976, p. 46-47).

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«Nuestro amable Redentor se acerca al fin de su carrera. Contempla, alma mía, aquellos ojos que se obscurecen, aquel hermoso rostro que se torna pálido, aquel corazón que palpita con lentitud, aquel sagrado cuerpo que se abandona a la muerte. "Después de haber gustado el vinagre, dijo Jesús: Todo está consumado" (Io 19, 30). Estando ya próximo a expirar, recorrió con la mente todos los trabajos de su vida; la pobreza, los sudores, las injurias y agravios que había recibido, y ofreciéndolo de nuevo al Eterno Padre, dijo: Todo esta cumplido; se ha consumado todo lo que de mi escribieron los profetas, y está también terminado el sacrificio que Dios aguardaba para aplacar su cólera y para satisfacer su justicia irritada. Todo está cumplido, dijo Jesús vuelto a su Padre; y volviéndose a nosotros torna a repetir; «Todo está terminado». Como si dijera: Mirad, ¡oh, hombres!, que de mi parte he hecho cuanto estaba de mi mano para salvaros y ganar vuestro amor, he hecho lo que podía; haced ahora de vuestra parte lo que os corresponde; amadme, y no rehuséis amar a un Dios que ha llegado hasta morir por conquistar vuestro corazón»

(San Alfonso María de Ligorio, Meditaciones sobre la Pasión de Jesucristo, Madrid 1977, p. 173).


 

jueves, 3 de septiembre de 2026

MAGNO TAMBIÉN EN LA HUMILDAD

Gregorio Magno inspirado por el Espíritu Santo, 
miniatura del Registrum Gregorii, c. 983

Con gran humildad y responsabilidad, San Gregorio Magno nos abre su corazón para confesarnos cómo su misión de supremo pastor de la Iglesia le sobrepasa y humilla. Sin embargo, «el Creador y Redentor del género humano es bastante poderoso para darme a mí, indigno, la necesaria altura de vida y eficacia de palabra, ya que por su amor, cuando hablo de él, ni a mí mismo me perdono».

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«Hijo de Adán, te he puesto de atalaya en la casa de Israel. Fijémonos cómo el Señor compara sus predicadores a un atalaya. El atalaya está siempre en un lugar alto para ver desde lejos todo lo que se acerca. Y todo aquel que es puesto como atalaya del pueblo de Dios debe, por su conducta, estar siempre en alto, a fin de preverlo todo y ayudar así a los que tiene bajo su custodia.

Estas palabras que os dirijo resultan muy duras para mí, ya que con ellas me ataco a mí mismo, puesto que ni mis palabras ni mi conducta están a la altura de mi misión.

Me confieso culpable, reconozco mi tibieza y mi negligencia. Quizá esta confesión de mi culpabilidad me alcance el perdón del Juez piadoso. Porque, cuando estaba en el monasterio, podía guardar mi lengua de conversaciones ociosas y estar dedicado casi continuamente a la oración. Pero, desde que he cargado sobre mis hombros la responsabilidad pastoral, me es imposible guardar el recogimiento que yo querría, solicitado como estoy por tantos asuntos.

Me veo, en efecto, obligado a dirimir las causas, ora de las diversas Iglesias, ora de los monasterios, y a juzgar con frecuencia de la vida y actuación de los individuos en particular; otras veces tengo que ocuparme de asuntos de orden civil, otras, de lamentarme de los estragos causados por las tropas de los bárbaros y de temer por causa de los lobos que acechan al rebaño que me ha sido confiado. Otras veces debo preocuparme de que no falte la ayuda necesaria a los que viven sometidos a una disciplina regular, a veces tengo que soportar con paciencia a algunos que usan de la violencia, otras, en atención a la misma caridad que les debo, he de salirles al encuentro.

Estando mi espíritu disperso y desgarrado con tan diversas preocupaciones, ¿cómo voy a poder reconcentrarme para dedicarme por entero a la predicación y al ministerio de la palabra? Además, muchas veces, obligado por las circunstancias, tengo que tratar con las personas del mundo, lo que hace que alguna vez se relaje la disciplina impuesta a mi lengua. Porque, si mantengo en esta materia una disciplina rigurosa, sé que ello me aparta de los más débiles, y así nunca podré atraerlos adonde yo quiero. Y esto hace que, con frecuencia, escuche pacientemente sus palabras, aunque sean ociosas. Pero, como yo también soy débil, poco a poco me voy sintiendo atraído por aquellas palabras ociosas, y empiezo a hablar con gusto de aquello que había empezado a escuchar con paciencia, y resulta que me encuentro a gusto postrado allí mismo donde antes sentía repugnancia de caer.

¿Qué soy yo; por tanto, o qué clase de atalaya soy, que no estoy situado, por mis obras, en lo alto de la montaña, sino que estoy postrado aún en la llanura de mi debilidad. Pero el Creador y Redentor del género humano es bastante poderoso para darme a mí, indigno, la necesaria altura de vida y eficacia de palabra, ya que por su amor, cuando hablo de él, ni a mí mismo me perdono»(San Gregorio Magno, Homilías sobre Ezequiel, L. 1, 11. Texto tomado del Oficio de lectura de su fiesta).


 

viernes, 28 de agosto de 2026

CUANDO LLORAR ES AMAR

Fresco de la muerte de Santa Mónica
Basílica de San Agustín, Roma.

En uno de los relatos más conmovedores de la literatura cristiana, San Agustín nos cuenta los sentimientos que albergaba su corazón tras la muerte de su querida madre. Al principio intentó contener las lágrimas y reprimir su tristeza; sin embargo, comprendió que el  llanto al que lo empujaba su dolor no era señal de debilidad, si bien alguien pudiese considerarlo así. Finalmente –nos dirá– “solté las riendas a las lágrimas, que tenía contenidas, para que corriesen cuanto quisieran”; y sus lágrimas fluyeron de sus ojos como ríos de oración agradecida que corrían en dirección a esas mismas cimas que días antes, junto a su madre, ambos habían vislumbrado.

* * *

«Pero de aquí que poco a poco tornaba al pensamiento de antes, sobre tu sierva y su santa conversación, piadosa para contigo y santamente blanda y morigerada con nosotros, de la cual súbitamente me veía privado. Y sentí ganas de llorar en presencia tuya, por causa de ella y por ella, y por causa mía y por mí. Y solté las riendas a las lágrimas, que tenía contenidas, para que corriesen cuanto quisieran, extendiéndolas yo como un lecho debajo de mi corazón; el cual descansó en ellas, porque tus oídos eran los que allí me escuchaban, no los de ningún hombre que orgullosamente pudiera interpretar mi llanto.

Y ahora, Señor, te lo confieso en estas líneas: léalas quienquiera e interprételas como quisiere; y no se burle de mí, si hallare pecado en haber llorado yo a mi madre la exigua parte de una hora, a mi madre recién muerta entonces ante mis ojos, ella, que me había llorado tantos años para que yo viviese para los tuyos; antes bien, si es mucha su caridad, llore por mis pecados delante de ti, Padre de todos los hermanos de tu Cristo». (San Agustín, Confesiones, L. IX, 33).


 

jueves, 27 de agosto de 2026

HABLA EL CARDENAL SARAH Y LOS AMANTES DE LA MISA TRADICIONAL SE LO AGRADECEMOS DE TODO CORAZÓN


En una magnífica entrevista de Nico Spuntoni publicada hoy en el periódico Il Giornale, el Cardenal Robert Sarah, con su claridad habitual, habla sobre los beneficios de la Forma extraordinaria del Rito Romano, la humillación que supuso Traditionis Custodes para el Papa Benedicto y la necesidad de que los fieles opten libremente por las formas del rito romano más adecuadas a la práctica de su fe.

Fuente: ilgiornale.it


«La Misa antigua es la que ayuda 
a los sacerdotes a celebrar mejor»

Por Nico Spuntoni

Su Eminencia, ¿cree que existe aversión al latín y al canto gregoriano en algunos sectores de la Iglesia?

Me parece que se trata de una aversión por parte de ciertos círculos culturales autorreferenciales que tiene más que ver con la psicología que con fundamentos reales, y creo que es únicamente una cuestión generacional: cuando desaparezca la generación del 68, desaparecerán también estos unilateralismos infundados que menoscaban la propia estatura cultural del catolicismo latino.

Benedicto XVI estaba convencido de que la Forma Extraordinaria (la llamada Misa tradicional en latín) podía influir positivamente en aquellas celebraciones de la Forma Ordinaria que carecían de sacralidad. ¿Tenía razón?

Entre los efectos de la liberalización de la forma extraordinaria se encuentra la influencia positiva, incluso diría la corrección, de posibles abusos en la celebración de la forma ordinaria. Tales abusos son actos sumamente graves, pero jamás podemos equipararlos con la forma ordinaria misma. Muchos sacerdotes dan testimonio de que el descubrimiento de la forma extraordinaria les ha ayudado a celebrar mejor. Creo que la intención de Benedicto XVI era también profundamente humilde y democrática: asegurar su mayor difusión posible para permitir que el pueblo de Dios, a lo largo de las décadas, eligiera la forma que mejor se correspondiera con la práctica de su fe. Pero todo esto fue truncado por Traditionis Custodes, mientras el Pontífice Emérito aún vivía.

¿Cuál es su opinión al respecto?

No me pareció una decisión sabia ni respetuosa. Pero Benedicto, un hombre tan manso como un cordero, se dejó humillar y, así, en silencio y oración, ofreció su sufrimiento a Dios, para identificarse mejor con el dolor de Cristo por su Iglesia y purificarla.

¿Qué opina de la petición de levantar las restricciones?

El acceso a formas rituales reconocidas que han existido durante siglos jamás podrá limitarse artificialmente mediante decretos. Si un rito no contribuyera a la fe, desaparecería por sí solo; si, por el contrario, la preserva y la promueve, no debemos limitarlo, pues estaríamos limitando la preservación y la difusión de la fe misma.

¿Qué les diría a los muchos fieles que se sienten atraídos por la antigua liturgia, pero que quizás tienen que viajar kilómetros para asistir a misa?

Solo puedo admirar esta gran expresión de amor a Dios. Este fenómeno se está extendiendo cada vez más. Si la jerarquía es realmente capaz de interpretar los signos de los tiempos actuales —y no los del 68, que aún llegan demasiado tarde—, entonces se podrán abrir espacios para un diálogo fraterno y sereno. Como Iglesia, no podemos atacar a quienes asisten devotamente a Misa simplemente porque prefieren una forma sobre otra: esta es una actitud miope y puramente ideológica, por lo tanto, poco pastoral y anticristiana. Es perjudicial y destructiva para la Iglesia.