La pesca milagrosa. «Dominus est; Es el Señor» (Jn 21, 7)
San Manuel
González García (1877–1940), conocido como el obispo del Sagrario abandonado, escribió
varias obras de piedad eucarística dirigidas muchas de ellas a los miembros de la Unión
Eucarística Reparadora, movimiento religioso fundado por él, con la preocupación santa de fomentar un culto reparador y amoroso a Jesús en la Eucaristía.
Copio a continuación una reflexión casi mística inspirada en las tres intervenciones del discípulo amado recogidas en su evangelio.
* * *
«Una de las
cosas que más me agradan y edifican en la lectura del santo Evangelio es la
modestia con que cada Evangelista habla de sí mismo cuando ha menester su
intervención en sus relatos. San Mateo, por ejemplo, es el único que cita su
nombre y su despreciada profesión al contar su llamamiento al Apostolado; los
demás en cambio, callan lo infamante del oficio de su compañero.
El
Evangelio de san Marcos, que también podría llamarse de san Pedro, porque de
éste lo aprendió aquél, no relata de san Pedro más que lo que lo humilla y nada
de lo que lo enaltece.
El
Evangelio según san Juan apenas si nombra a su Autor y, siendo éste uno de los
apóstoles que más debieron hablar con el Maestro, a fuer de discípulo
predilecto, no cita de sus palabras y conversaciones más que tres y éstas
brevísimas.
En su
brevedad, sin embargo, son palabras que valen por muchos discursos…
Vedlas
aquí:
«Maestro, ¿en dónde moras?» (Jn 1, 38).
«Señor, ¿quién es?» (Jn 13, 25).
«Es el Señor» (Jn
21, 7).
Estas tres
palabras se dijeron en tres tiempos distintos.
La primera en la entrevista primera con el
Maestro, la segunda en la noche de la Cena cuando se anuncia la traición
de Judas y la tercera en la noche de la pesca milagrosa después de la
resurrección; es decir, son las palabras de la amistad que se inicia, que se
estrecha y que se perpetúa.
«Maestro, ¿en dónde moras?», es la palabra del amor que busca.
«Señor, ¿quién es?», es la palabra del amor que teme.
«Es el Señor», es la palabra del amor
que descansa.
Amor que
busca la casa desconocida de Jesús para pasarse con Él los días y las noches;
amor que teme lo único digno de temerse, la infidelidad a Jesús; amor que
descansa en lo único que puede dar reposo verdadero e inalterable, la posesión
de Jesús...
Amar a
Jesús buscándolo en las casas desconocidas o no frecuentas de los vecinos que
las rodean; amar a Jesús temiendo solo verlo traicionado y abandonado; amar a
Jesús descansando y gozándose solo en poseerlo siempre.
¡Un solo
amor y un solo Amado!, y del uno para el otro aquellas tres palabras y estas
tres solas ocupaciones: buscarlo ausente, temerlo despreciado y
gozarlo poseído.
¿Han sido ésas
las palabras y las ocupaciones de este año?».
(San Manuel
González, Qué hace y qué dice el Corazón de Jesús en el Sagrario, Obras
completas, Vol. I, p. 394-396, en versión Kindle).