domingo, 26 de abril de 2026

«EL SEÑOR ES MI PASTOR». COMENTARIO DE BENEDICTO XVI AL SALMO 23 (22)


Dirigirse al Señor en la oración implica un acto radical de confianza, con la conciencia de  fiarse de Dios, que es bueno, «compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia y lealtad» (Ex 34, 6-7; Sal 86, 15; cf. Jl 2, 13; Gn 4, 2; Sal 103, 8; 145, 8; Ne 9, 17). Por ello hoy quiero reflexionar con vosotros sobre un Salmo impregnado totalmente de confianza, donde el salmista expresa su serena certeza de ser guiado y protegido, puesto al seguro de todo peligro, porque el Señor es su pastor. Se trata del Salmo 23 —según la datación grecolatina, 22—, un texto familiar a todos y amado por todos.

«El Señor es mi pastor, nada me falta»: así empieza esta bella oración, evocando el ambiente nómada de los pastores y la experiencia de conocimiento recíproco que se establece entre el pastor y las ovejas que componen su pequeño rebaño. La imagen remite a un clima de confianza, intimidad y ternura: el pastor conoce una a una a sus ovejas, las llama por su nombre y ellas lo siguen porque lo reconocen y se fían de él (cf. Jn 10, 2-4). Él las cuida, las custodia como bienes preciosos, dispuesto a defenderlas, a garantizarles bienestar, a permitirles vivir en la tranquilidad. Nada puede faltar si el pastor está con ellas. A esta experiencia hace referencia el salmista, llamando a Dios su pastor, y dejándose guiar por él hacia praderas seguras: 

«En verdes praderas me hace recostar; me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas; me guía por el sendero justo, por el honor de su nombre» (vv. 2-3).

La visión que se abre ante nuestros ojos es la de praderas verdes y fuentes de agua límpida, oasis de paz hacia los cuales el pastor acompaña al rebaño, símbolos de los lugares de vida hacia los cuales el Señor conduce al salmista, quien se siente como las ovejas recostadas sobre la hierba junto a una fuente, en un momento de reposo, no en tensión o en estado de alarma, sino confiadas y tranquilas, porque el sitio es seguro, el agua es fresca, y el pastor vigila sobre ellas. Y no olvidemos que la escena evocada por el Salmo está ambientada en una tierra en gran parte desértica, azotada por el sol ardiente, donde el pastor seminómada de Oriente Medio vive con su rebaño en las estepas calcinadas que se extienden en torno a los poblados. Pero el pastor sabe dónde encontrar hierba y agua fresca, esenciales para la vida, sabe conducir al oasis donde el alma «repara sus fuerzas» y es posible recuperar las fuerzas y nuevas energías para volver a ponerse en camino.

Como dice el salmista, Dios lo guía hacia «verdes praderas» y «fuentes tranquilas», donde todo es sobreabundante, todo es donado en abundancia. Si el Señor es el pastor, incluso en el desierto, lugar de ausencia y de muerte, no disminuye la certeza de una presencia radical de vida, hasta llegar a decir: «nada me falta». El pastor, en efecto, se preocupa por el bienestar de su rebaño, acomoda sus propios ritmos y sus propias exigencias a las de sus ovejas, camina y vive con ellas, guiándolas por senderos «justos», es decir aptos para ellas, atendiendo a sus necesidades y no a las propias. Su prioridad es la seguridad de su rebaño, y es lo que busca al guiarlo.

Queridos hermanos y hermanas, también nosotros, como el salmista, si caminamos detrás del «Pastor bueno», aunque los caminos de nuestra vida resulten difíciles, tortuosos o largos, con frecuencia incluso por zonas espiritualmente desérticas, sin agua y con un sol de racionalismo ardiente, bajo la guía del pastor bueno, Cristo, debemos estar seguros de ir por los senderos «justos», y que el Señor nos guía, está siempre cerca de nosotros y no nos faltará nada. Por ello el salmista puede declarar una tranquilidad y una seguridad sin incertidumbres ni temores:

«Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo, porque tú vas conmigo: tu vara y tu cayado me sosiegan» (v. 4).

Quien va con el Señor, incluso en los valles oscuros del sufrimiento, de la incertidumbre y de todos los problemas humanos, se siente seguro. Tú estás conmigo: esta es nuestra certeza, la certeza que nos sostiene. La oscuridad de la noche da miedo, con sus sombras cambiantes, la dificultad para distinguir los peligros, su silencio lleno de ruidos indescifrables. Si el rebaño se mueve después de la caída del sol, cuando la visibilidad se hace incierta, es normal que las ovejas se inquieten, existe el riesgo de tropezar, de alejarse o de perderse, y existe también el temor de que posibles agresores se escondan en la oscuridad. Para hablar del valle «oscuro», el salmista usa una expresión hebrea que evoca las tinieblas de la muerte, por lo cual el valle que hay que atravesar es un lugar de angustia, de amenazas terribles, de peligro de muerte. Sin embargo, el orante avanza seguro, sin miedo, porque sabe que el Señor está con él. Aquel «tú vas conmigo» es una proclamación de confianza inquebrantable, y sintetiza una experiencia de fe radical; la cercanía de Dios transforma la realidad, el valle oscuro pierde toda peligrosidad, se vacía de toda amenaza. El rebaño puede ahora caminar tranquilo, acompañado por el sonido familiar del bastón que golpea sobre el terreno e indica la presencia tranquilizadora del pastor.

Esta imagen confortante cierra la primera parte del Salmo, y da paso a una escena diversa. Estamos todavía en el desierto, donde el pastor vive con su rebaño, pero ahora somos transportados bajo su tienda, que se abre para dar hospitalidad:

«Preparas una mesa ante mí, enfrente de mis enemigos; me unges la cabeza con perfume, y mi copa rebosa» (v. 5).

Ahora se presenta al Señor como Aquel que acoge al orante, con los signos de una hospitalidad generosa y llena de atenciones. El huésped divino prepara la comida sobre la «mesa», un término que en hebreo indica, en su sentido primitivo, la piel del animal que se extendía en la tierra y sobre la cual se ponían las viandas para la comida en común. Se trata de un gesto de compartir no sólo el alimento sino también la vida, en un ofrecimiento de comunión y de amistad que crea vínculos y expresa solidaridad. Luego viene el don generoso del aceite perfumado sobre la cabeza, que mitiga de la canícula del sol del desierto, refresca y alivia la piel, y alegra el espíritu con su fragancia. Por último, el cáliz rebosante añade una nota de fiesta, con su vino exquisito, compartido con generosidad sobreabundante. Alimento, aceite, vino: son los dones que dan vida y alegría porque van más allá de lo que es estrictamente necesario y expresan la gratuidad y la abundancia del amor. El Salmo 104, celebrando la bondad providente del Señor, proclama: «Haces brotar hierba para los ganados, y forraje para los que sirven al hombre. Él saca pan de los campos, y vino que alegra el corazón; aceite que da brillo a su rostro y el pan que le da fuerzas» (vv. 14-15). El salmista se convierte en objeto de numerosas atenciones, por ello se ve como un viandante que encuentra refugio en una tienda acogedora, mientras que sus enemigos deben detenerse a observar, sin poder intervenir, porque aquel que consideraban su presa se encuentra en un lugar seguro, se ha convertido en un huésped sagrado, intocable. Y el salmista somos nosotros si somos realmente creyentes en comunión con Cristo. Cuando Dios abre su tienda para acogernos, nada puede hacernos mal.

Luego, cuando el viandante parte nuevamente, la protección divina se prolonga y lo acompaña en su viaje:

«Tu bondad y tu misericordia me acompañan todos los días de mi vida, y habitaré en la casa del Señor por años sin término» (v. 6).

La bondad y la fidelidad de Dios son la escolta que acompaña al salmista que sale de la tienda y se pone nuevamente en camino. Pero es un camino que adquiere un nuevo sentido, y se convierte en peregrinación hacia el templo del Señor, el lugar santo donde el orante quiere «habitar» para siempre y al cual quiere «regresar». El verbo hebreo utilizado aquí tiene el sentido de «volver», pero, con una pequeña modificación vocálica, se puede entender como «habitar», y así lo recogen las antiguas versiones y la mayor parte de las traducciones modernas. Se pueden mantener los dos sentidos: volver al templo y habitar en él es el deseo de todo israelita, y habitar cerca de Dios, en su cercanía y bondad, es el anhelo y la nostalgia de todo creyente: poder habitar realmente donde está Dios, cerca de Dios. El seguimiento del Pastor conduce a su casa, es la meta de todo camino, oasis deseado en el desierto, tienda de refugio al huir de los enemigos, lugar de paz donde se experimenta la bondad y el amor fiel de Dios, día tras día, en la alegría serena de un tiempo sin fin.

Las imágenes de este Salmo, con su riqueza y profundidad, acompañaron toda la historia y la experiencia religiosa del pueblo de Israel, y acompañan a los cristianos. La figura del pastor, en especial, evoca el tiempo originario del Éxodo, el largo camino en el desierto, como un rebaño bajo la guía del Pastor divino (cf. Is 63, 11-14; Sal 77, 20-21; 78, 52-54). Y en la Tierra Prometida era el rey quien tenía la tarea de apacentar el rebaño del Señor, como David, pastor elegido por Dios y figura del Mesías (cf. 2 Sam 5, 1-2; 7, 8; Sal 78, 70-72). Luego, después del exilio de Babilonia, casi en un nuevo Éxodo (cf. Is 40, 3-5.9-11; 43, 16-21), Israel es conducido a la patria como oveja perdida y reencontrada, reconducida por Dios a verdes praderas y lugares de reposo (cf. Ez 34, 11-16.23-31). Pero es en el Señor Jesús en quien toda la fuerza evocadora de nuestro Salmo alcanza su plenitud, encuentra su significado pleno: Jesús es el «Buen Pastor» que va en busca de la oveja perdida, que conoce a sus ovejas y da la vida por ellas (cf. Mt 18, 12-14; Lc 15, 4-7; Jn 10, 2-4.11-18), él es el camino, el justo camino que nos conduce a la vida (cf. Jn 14, 6), la luz que ilumina el valle oscuro y vence todos nuestros miedos (cf. Jn 1, 9; 8, 12; 9, 5; 12, 46). Él es el huésped generoso que nos acoge y nos pone a salvo de los enemigos preparándonos la mesa de su cuerpo y de su sangre (cf. Mt 26, 26-29; Mc 14, 22-25; Lc 22, 19-20) y la mesa definitiva del banquete mesiánico en el cielo (cf. Lc 14, 15 ss; Ap 3, 20; 19, 9). Él es el Pastor regio, rey en la mansedumbre y en el perdón, entronizado sobre el madero glorioso de la cruz (cf. Jn 3, 13-15; 12, 32; 17, 4-5).

Queridos hermanos y hermanas, el Salmo 23 nos invita a renovar nuestra confianza en Dios, abandonándonos totalmente en sus manos. Por lo tanto, pidamos con fe que el Señor nos conceda, incluso en los caminos difíciles de nuestro tiempo, caminar siempre por sus senderos como rebaño dócil y obediente, nos acoja en su casa, a su mesa, y nos conduzca hacia «fuentes tranquilas», para que, en la acogida del don de su Espíritu, podamos beber en sus manantiales, fuentes de aquella agua viva «que salta hasta la vida eterna» (Jn 4, 14; cf. 7, 37-39).

Fuente: www.vatican.va



 

martes, 21 de abril de 2026

LA SANTIDAD DE DIOS

Moisés ante la zarza ardiente 
D. Fetti

Extracto tomado de la voz SANTIDAD CRISTIANA. E. Ancilli, Diccionario de espiritualidad, Herder 1984, Vol. III, p. 346.

* * *

a) En el Antiguo Testamento. La noción de santidad es esencialmente religiosa. La etimología de la palabra “santo”, tanto en hebreo como en griego, sugiere la idea de separación, de algo aparte, reservado: conviene a Dios de modo esencial; a los seres creados, solo en relación con Dios.

Santidad de Dios. La santidad es Dios mismo. El nombre expresa lo que propiamente lo constituye, puesto que todos los demás nombres, justicia, amor, verdad, se toman del mundo de las criaturas. Pero al decir que él es santo, se quiere decir que es distinto a todo lo que pode os conocer, que es el totalmente otro (cf VAN IMSCHOOT, Théologie de l’Ancien Testament, Tournai 1954, I, p. 42-51; versión castellana: Fax, Madrid 1969): se quiere expresar la intensidad de su existencia, que es tal que el hombre no puede verlo sin morir. El temor reverencial de los profetas, su asombro y angustia, cuando Dios se acerca, no son efecto de un terror supersticioso, sino la reacción normal de un alma consciente de su estado de criatura, que es nada ante la suprema y omnipotente presencia de Dios.

La santidad en sentido absoluto es un atributo esencial del Dios de Israel y designa su majestad increada, inaccesible, trascendente a toda criatura, totalmente otro, distinto. Así se expresa Moisés en el cántico de triunfo después del paso del mar Rojo: “¿Quién como tú, entre los dioses, oh Yahveh? ¿Quién como tú, magnífico en santidad, terrible en proezas, hacedor de maravillas?” (Ex 15, 11). Igualmente Ana, madre de Samuel, dice en su canto de acción de gracias: “No hay santo como Yahveh, no hay otro fuera de ti, ni hay roca como nuestro Dios” (1 Sam 2, 2). Isaías en su visión contempla a los serafines que mutuamente se dicen el trisagio: “Santo, Santo, Santo es Yahveh Sebaot; toda la tierra está llena de su gloria” (Is 6, 3). Es este quizá el testimonio veterotestamentario más impresionante de la santidad de Dios. El escenario de la visión, la función de los serafines, las palabras repetidas, sirven para poner de relieve cómo el triple “Santo” es la designación de la esencia de Dios, sinónimo de sublimidad y potencia, de terror y de gloria. Ese uso triplicado del término “Santo”, según la gramática hebrea, se tiene que considerar como un superlativo extraordinario, de una intensidad incomparable.

La santidad, por tanto, pertenece propiamente solo a Dios: es el atributo divino de suyo inaccesible a la criatura. Esta santidad no es solo el peso aplastante de su gloria, sino que es también su supereminente perfección, que se impone irresistiblemente a nosotros y la que no podemos rechazar aquel homenaje de nuestra admiración y de nuestro amor que se llama adoración.

El pueblo santo. La santidad de Dios marca y abraza cuanto toca, sustrayéndolo a la esfera profana circundante. Así son santos los lugares en que Yahveh se manifiesta, como por ejemplo la zarza incandescente desde la cual el Señor dijo a Mosés: “no te acerques acá, y quítate de los pies las sandalias; pues el lugar donde estás, tierra santa es” (Ex 3, 5); el cielo (Sal 20, 7), el templo (Sal 5, 8; Ex 26, 31, etc.), Jerusalén (Is 52, 1), etc.

Siendo la santidad propiedad exclusiva de Dios, solo él la puede comunicar a los demás seres. La criatura será santificada en la medida en que, separada y sustraída al uso profano, se acerque a Dios, le sea consagrada, ordenada, unida. En este sentido son santos los sacerdotes y sobre todo el sumo sacerdote El Señor dijo a Moisés: “Habla a los sacerdotes, hijos de Aarón, y diles: ningún sacerdote se haga impuro…, estarán consagrados a su Dios, y no profanarán el nombre de su Dios, pues son ellos los que ofrecen los sacrificios…, y por lo mismo serán algo santo…, será santo para ti, porque santo soy yo, Yahveh, que os santifico” (Lev 21, 1. 6. 8; Ex 28, 36).

El pueblo que Dios se escoge es una nación santa: “Así hablarás a la casa de Jacob y así anunciarás a los hijos de Israel: Habéis visto cuanto yo he hecho en Egipto, y cómo os he llevado sobre alas de águila y os he traído hasta mí. Ahora bien, se de veras escucháis mi voz y guardáis mi alianza, seréis propiedad mía particular entre todos los pueblos, porque toda la tierra me pertenece. Seréis para mí un reino de sacerdotes y una nación santa” (Ex 28, 36).

A la libre elección de Dios que quiere su santificación, Israel debe responder santificándose a través de la purificación de toda inmundicia incompatible con la santidad de Dios. “Sed santos porque yo, Yahveh, Dios vuestro, soy santo” (Lev 19, 2; 20, 26). Y no se trata obviamente solo de santidad externa y ritual, sino de santidad interiormente vivida según las múltiples prescripciones morales contenidas en la ley (por ejemplo, Lev 17-26).

b) En el Nuevo Testamento. Jesucristo santo y mediador de santidad. El objeto propio de la revelación cristiana no es solo recordarnos que Dios es santo, sino anunciar que, con un acto de amor incomprensible, estamos llamados a su santidad, a la plenitud de su misterio, a la intimidad de su vida trinitaria.

En Cristo, la naturaleza divina se une a la naturaleza humana y la santifica, penetrándola de la vida de Dios. Cristo es el “Santo de Dios” como dicen los Hechos de los apóstoles (3, 14). Lo es en su ser, en que su humanidad es enteramente santa por la pertenencia a la persona del Hijo de Dios; lo es también en sus operacio9nes, por la total adhesión de la voluntad humana a la voluntad divina en la obediencia y el amor. De modo especial, Cristo, el hombre de Dios, es santo: porque es Dios (Lc 1, 35) y porque posee en plenitud al Espíritu Santo: “sé quién eres: el Santo de Dios” (Mc 1, 24; cf. Lc 4, 34; Jn 6, 69).

Él, el Santo de Dios, comunica la santidad a los hombres: Cristo es nuestra santificación: “De Dios viene el que vosotros estéis en Cristo Jesús, el cual, por iniciativa de Dios, se hizo nuestra sabiduría, como también justicia, santificación y redención” (1 Cor 1, 30). En virtud o “en el nombre” de Cristo, que actúa en el bautismo y por la efusión del Espíritu santificador, el cristiano es santificado: “Pero fuisteis lavados, fuisteis consagrados a Dios, pero fuisteis justificados en el nombre de Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios” (1 Cor 6, 11).

Hemos sido santificados en virtud de la voluntad sacrificial de Jesús expresada en su inmolación den la cruz. “Y en virtud de esa voluntad, quedamos consagrados por la ofrenda del cuerpo de Jesucristo, hecha de una vez para siempre” (Heb 10, 10).

 

sábado, 18 de abril de 2026

TRADITIONES CUSTODES ENTRÓ EN COMA

«Existen numerosos indicios de que Traditionis Custodes ha fracasado estrepitosamente en su misión manifiesta de erradicar definitivamente el temido rito tridentino de la Iglesia», escribe Peter Kwasniewski en una clarificadora reseña al reciente libro de Tomasz Dekert, Liturgical Peace, Liturgical War: Benedict XVI's “Summorum Pontificum” and Its Critics, Londres: Bloomsbury T&T Clark, 2026. «Traditionis Custodes parece un acto de violencia en comparación con las intenciones pacíficas de Summorum Pontificum», añade Kwasniewski, que presenta la nueva obra como una invitación a reflexionar sobre las cuestiones teológicas y pastorales más profundas que aquí están en juego, para apartarnos así de incomprensiones litúrgicas violentas y avanzar hacia la coexistencia pacífica tanto en las comunidades como en los ritos.


Texto completo:
https://www.newliturgicalmovement.org/2026/04/potent-new-work-defends-intuition.html

 

sábado, 11 de abril de 2026

PAZ A VOSOTROS

Texto de San Beda el Venerable, comentando el alcance de la salutación de Cristo resucitado a sus discípulos en el Cenáculo: Paz a vosotros. Tres veces se dirigió Jesús con estas palabras al grupo íntimo de sus seguidores que esperaban con ansias sus manifestaciones (Cf Jn 20, 19-21-26). Y en labios de Cristo esta paz no es un mero saludo religioso de presentación o de buenos deseos, sino la expresión de un don sublime del Redentor –Príncipe de la Paz– a los Apóstoles y a la Iglesia.

* * *

«Además, hay que observar que, al aparecerse el Salvador a los discípulos, les comunica enseguida el gozo de la paz, reiterando –cuando ya celebra la gloria de la inmortalidad– lo que –cuando se disponía a la pasión de su muerte– les había prometido como prenda especial de salvación y de vida, al decirles: Os dejo la paz, mi paz os doy (Jn 14, 27). El don de esa gracia ya lo anunciaban, cuando Él nació, los ángeles que inmediatamente después vieron los pastores, alabando a Dios y diciendo: Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad (Lc 2, 14). Porque sin duda toda la providencia de nuestro Redentor, al encarnarse, es la reconciliación del mundo.

En efecto, para eso tomó carne, para eso padeció, para eso resucitó de entre los muertos: para que nosotros, que caímos en la ira de Dios por el pecado, fuéramos reconducidos a la paz de Dios por su reconciliación. De ahí que con razón sea llamado por el profeta «Padre del siglo futuro», «Príncipe de la paz» (Is 9, 6); y que el Apóstol diga de Él escribiendo a aquellos de los gentiles que habían creído: Y a su venida os anunció la paz a vosotros que estabais alejados y la paz a los que estaban cercanos, porque por Él es por lo que unos y otros tenemos acceso al Padre en el mismo Espíritu (Ef  2, 17)».  

(San Beda, Homilías sobre los evangelios/2; homilía IX, después de la Pascua, Ciudad Nueva 2016).


 

viernes, 10 de abril de 2026

LAS TRES PALABRAS DE JUAN

La pesca milagrosa. «Dominus est; Es el Señor» (Jn 21, 7)

San Manuel González García (1877–1940), conocido como el obispo del Sagrario abandonado, escribió varias obras de piedad eucarística dirigidas muchas de ellas a los miembros de la Unión Eucarística Reparadora, movimiento religioso fundado por él, con la preocupación santa de fomentar un culto reparador y amoroso a Jesús en la Eucaristía. Copio a continuación una reflexión casi mística inspirada en las tres intervenciones del discípulo amado recogidas en su evangelio. 

* * *

«Una de las cosas que más me agradan y edifican en la lectura del santo Evangelio es la modestia con que cada Evangelista habla de sí mismo cuando ha menester su intervención en sus relatos. San Mateo, por ejemplo, es el único que cita su nombre y su despreciada profesión al contar su llamamiento al Apostolado; los demás en cambio, callan lo infamante del oficio de su compañero.

El Evangelio de san Marcos, que también podría llamarse de san Pedro, porque de éste lo aprendió aquél, no relata de san Pedro más que lo que lo humilla y nada de lo que lo enaltece.

El Evangelio según san Juan apenas si nombra a su Autor y, siendo éste uno de los apóstoles que más debieron hablar con el Maestro, a fuer de discípulo predilecto, no cita de sus palabras y conversaciones más que tres y éstas brevísimas.

En su brevedad, sin embargo, son palabras que valen por muchos discursos…

Vedlas aquí:

«Maestro, ¿en dónde moras?» (Jn 1, 38).

«Señor, ¿quién es?» (Jn 13, 25).

«Es el Señor» (Jn 21, 7).

Estas tres palabras se dijeron en tres tiempos distintos.

La primera en la entrevista primera con el Maestro, la segunda en la noche de la Cena cuando se anuncia la traición de Judas y la tercera en la noche de la pesca milagrosa después de la resurrección; es decir, son las palabras de la amistad que se inicia, que se estrecha y que se perpetúa.

«Maestro, ¿en dónde moras?», es la palabra del amor que busca.

«Señor, ¿quién es?», es la palabra del amor que teme.

«Es el Señor», es la palabra del amor que descansa.

Amor que busca la casa desconocida de Jesús para pasarse con Él los días y las noches; amor que teme lo único digno de temerse, la infidelidad a Jesús; amor que descansa en lo único que puede dar reposo verdadero e inalterable, la posesión de Jesús...

Amar a Jesús buscándolo en las casas desconocidas o no frecuentas de los vecinos que las rodean; amar a Jesús temiendo solo verlo traicionado y abandonado; amar a Jesús descansando y gozándose solo en poseerlo siempre.

¡Un solo amor y un solo Amado!, y del uno para el otro aquellas tres palabras y estas tres solas ocupaciones: buscarlo ausente, temerlo despreciado y gozarlo poseído.

¿Han sido ésas las palabras y las ocupaciones de este año?».

(San Manuel González, Qué hace y qué dice el Corazón de Jesús en el Sagrario, Obras completas, Vol. I, p. 394-396, en versión Kindle).


 

jueves, 9 de abril de 2026

EL AMOR DILIGENTE DE LA MAGDALENA

El intenso amor de María Magdalena por Cristo le lleva a buscarlo con diligencia. Ese amor la hizo merecedora de ser la primera en ver al Resucitado y anunciarlo a sus discípulos. Comenta fray Luis de Granada: «Y mira bien que después de la Madre a aquella primero apareció, que más amó, más perseveró, más lloró y más solícitamente le buscó; para que así tengas por cierto que hallarás a Dios si con estas mismas lágrimas y diligencias le buscares».





 

miércoles, 8 de abril de 2026

CAMINANDO JUNTO A JESÚS

Cristo con sus discípulos en el camino a Emaús
 John Runciman

«Iban aquellos dos discípulos hacia Emaús. Su paso era normal, como el de tantos otros que transitaban por aquel paraje. Y allí, con naturalidad, se les aparece Jesús, y anda con ellos, con una conversación que disminuye la fatiga. Me imagino la escena, ya bien entrada la tarde. Sopla una brisa suave. Alrededor, campos sembrados de trigo ya crecido, y los olivos viejos, con las ramas plateadas por la luz tibia.

Jesús, en el camino. ¡Señor, qué grande eres siempre! Pero me conmueves cuando te allanas a seguirnos, a buscarnos, en nuestro ajetreo diario. Señor, concédenos la ingenuidad de espíritu, la mirada limpia, la cabeza clara, que permiten entenderte cuando vienes sin ningún signo exterior de tu gloria.

Se termina el trayecto al encontrar la aldea, y aquellos dos que sin darse cuenta han sido heridos en lo hondo del corazón por la palabra y el amor del Dios hecho Hombre, sienten que se vaya. Porque Jesús les saluda con ademán de continuar adelante. No se impone nunca, este Señor Nuestro. Quiere que le llamemos libremente, desde que hemos entrevisto la pureza del Amor, que nos ha metido en el alma. Hemos de detenerlo por fuerza y rogarle: continúa con nosotros, porque es tarde, y va ya el día de caída, se hace de noche…

Y Jesús se queda. Se abren nuestros ojos como los de Cleofás y su compañero, cuando Cristo parte el pan; y aunque Él vuelva a desaparecer de nuestra vista, seremos también capaces de emprender de nuevo la marcha anochece, para hablar a los demás de Él, porque tanta alegría no cabe en un pecho solo.

Camino de Emaús. Nuestro Dios ha llenado de dulzura este nombre. Y Emaús es el mundo entero, porque el Señor ha abierto los caminos divinos de la tierra».

(San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 313-314).