
Casi todos los medios de comunicación
han destacado el tono directo y fuerte del discurso que León XIV dirigió al
cuerpo diplomático acreditado ante la Santa Sede. “Asistimos al fin de la
«Diplomacia del Silencio» –comentaba al respecto Don Mario Proietti en Korazym–. Tradicionalmente, la diplomacia de la Santa Sede prefiere tonos
matizados para mantener abiertos los canales con los gobiernos; sin embargo,
hoy León XIV opta por la confrontación intelectual. Utilizar términos como
«lenguaje orwelliano» o denunciar el «cortocircuito de derechos» ante
embajadores de todo el mundo representa un gesto de agresividad comunicativa
que no se veía desde hacía tiempo".
Con todo respeto, se podría decir que ha
sido su primer rugido frente a las lacras que atenazan nuestra decadente sociedad
occidental; como un recordatorio de las palabras del Apóstol a los hombres de
nuestro tiempo: “Es hora de despertar de vuestro sueño” (Cf. Rm
13, 11).
Extractos del discurso del Santo
Padre:
«Hoy en día, el significado de las
palabras es cada vez más fluido y los conceptos que representan son cada vez
más ambiguos. El lenguaje ya no es el medio preferido por los seres humanos
para conocerse y relacionarse entre sí. Además, en las contorsiones de la
ambigüedad semántica, el lenguaje se está convirtiendo cada vez más en un arma
con la cual engañar, o golpear y ofender a los oponentes. Las palabras deben
volver a expresar ciertas realidades de forma inequívoca. Sólo así podrá
reanudarse el diálogo auténtico sin malentendidos. Esto debería ocurrir en
nuestros hogares y espacios públicos, en la política, en los medios de
comunicación y en las redes sociales. Del mismo modo, debería ocurrir en el
contexto de las relaciones internacionales y el multilateralismo, para que este
último pueda recuperar la fuerza precisa para desempeñar su papel de encuentro
y mediación. Esto es realmente necesario para prevenir conflictos y garantizar
que nadie se vea tentado a imponerse a los demás mediante la mentalidad de la
fuerza, ya sea verbal, física o militar.
También debemos señalar la paradoja
de que este debilitamiento del lenguaje se invoca a menudo en nombre de la
propia libertad de expresión. Sin embargo, si lo analizamos más detenidamente,
ocurre lo contrario, ya que la libertad de expresión está garantizada
precisamente por la certeza del lenguaje y el hecho de que cada término está
anclado en la verdad. Es doloroso ver cómo, especialmente en Occidente, el
espacio para la verdadera libertad de expresión se está reduciendo rápidamente.
Al mismo tiempo, se está desarrollando un nuevo lenguaje al estilo orwelliano
que, en un intento por ser cada vez más inclusivo, acaba excluyendo a quienes
no se ajustan a las ideologías que lo alimentan».
«La vocación al amor y a la vida, que
se manifiesta de manera importante en la unión exclusiva e indisoluble entre
una mujer y un hombre, implica un imperativo ético fundamental para que las
familias puedan acoger y cuidar plenamente la vida por nacer. Esto es cada vez
más una prioridad, especialmente en aquellos países que están experimentando un
dramático descenso de la natalidad. La vida, de hecho, es un don inestimable
que se desarrolla dentro de una relación comprometida basada en la entrega
mutua y el servicio.
A la luz de esta profunda visión de
la vida como un don que hay que apreciar, y de la familia como su guardiana
responsable, rechazamos categóricamente cualquier práctica que niegue o explote
el origen de la vida y su desarrollo. Entre ellas se encuentra el aborto, que
interrumpe una vida en crecimiento y rechaza acoger el don de la vida. En este
sentido, la Santa Sede expresa su profunda preocupación por los proyectos
destinados a financiar la movilidad transfronteriza con el fin de acceder al
llamado “derecho al aborto seguro”. Asimismo, considera deplorable que se
asignen recursos públicos para suprimir la vida, en lugar de invertirlos en
apoyar a las madres y las familias. El objetivo principal debe seguir siendo la
protección de todos los niños no nacidos y el apoyo efectivo y concreto a todas
las mujeres para que puedan acoger la vida.
De manera similar, existe la práctica
de la subrogación. Al convertir la gestación en un servicio negociable, se
viola la dignidad de ambos, tanto del niño, que queda reducido a un “producto”,
como de la madre, al explotar su cuerpo y el proceso generativo y alterar la
vocación relacional original de la familia.
Consideraciones similares se aplican
también a los enfermos y a las personas mayores y solas, que a veces tienen
dificultades para encontrar una razón para seguir viviendo. La sociedad civil y
los Estados también tienen la responsabilidad de responder de manera concreta a
las situaciones de vulnerabilidad, ofreciendo soluciones al sufrimiento humano,
como los cuidados paliativos, y promoviendo políticas de auténtica solidaridad,
en lugar de fomentar formas falsas de compasión como la eutanasia».
Fuente: vatican.va