Catalina de Siena, mujer extraordinaria,
santa y doctora de la Iglesia, no albergó aprensión alguna en reconocer el
papel corredentor y mediador de la Santísima Virgen. En una oración muy bella
compuesta en la fiesta de la Anunciación de 1379, encontramos estas encendidas palabras:
«¡Oh María, María, templo de la Trinidad! ¡Oh María, portadora del Fuego! María, que ofreces misericordia, que germinas el fruto, que redimes el genero humano, porque sufriendo la carne tuya en el Verbo, fue nuevamente redimido el mundo.
¡Oh María, tierra fértil! Eres la nueva planta de la que recibimos la fragante flor del Verbo, unigénito Hijo de Dios, pues en ti, tierra fértil, fue sembrado ese Verbo. Eres la tierra y eres la planta. ¡Oh María, carro de fuego! Tú llevaste el fuego escondido y velado bajo el polvo de tu humanidad…
¡Oh María! A la puerta llamaba la eterna Divinidad, pero si tú no hubieras abierto la entrada de tu voluntad, Dios no se habría encarnado en ti. Avergüénzate, alma mía, viendo que Dios se ha emparentado contigo por medio de María. Hoy te ha quedado claro que, aunque hayas sido creada sin intervención tuya, no serás salvada sin ella; por eso hoy llama Dios a la puerta de la voluntad de María y espera que le abra» (Santa Catalina de Siena, Obras, Oraciones y Soliloquios, BAC 1991, p. 475).

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