«Dios se ha hecho hombre para que el
hombre se haga Dios», han repetido de
distintos modos muchos Padres de la Iglesia. ¡Oh maravilloso intercambio! exclama la liturgia y toda alma cristiana al considerar la condescendencia del amor divino reflejada en
el misterio de la Encarnación. Para nosotros –pobres creaturas– no hay mejor negocio
que intercambiar con Dios; cualquier trueque con Él nos beneficia, y se traduce
finalmente en un exultante o admirabile commercium!
* * *
«Mas a cuantos le recibieron les dio poder de venir a ser hijos de Dios, a aquellos que creen en su nombre (Jn 1, 12). Consideremos hermanos queridísimos, cuán grande es la gracia de nuestro Redentor, cuanta es su dulzura. Es el Unigénito del Padre y no quiso ser uno solo; descendió a la tierra para conseguir hermanos a los que pudiera entregar el reino de su Padre. Nació Dios de Dios y no quiso permanecer solo Hijo de Dios, sino que también se dignó hacerse hijo del hombre, sin perder lo que era, pero asumiendo lo que no era, para así transformar a los hombres en hijos de Dios y hacerles coherederos de su gloria, de modo que comenzaran a tener por gracia lo que Él mismo desde siempre poseía por naturaleza» (San Beda el Venerable).
«El Hijo de Dios acepta la pobreza de mi carne a fin de hacerme entrar en posesión de las riquezas de su divinidad. Aquel que es la plenitud de la vida se anonada; se despoja de su gloria a fin de hacerme participante de su propia plenitud» (San Gregorio Nacianceno).
«El Hijo de Dios ha venido a destruir las obras del demonio. Él se ha unido a nosotros y a nosotros nos ha unido a Él; y, así, el descenso de Dios a lo humano ha provocado el ascenso del hombre a lo divino» (San León Magno).

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