El 12 de diciembre del año pasado el Papa
León XIV ponía en manos de Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, su nueva
misión de Romano Pontífice. Con afecto filial se dirigía así a la Virgen de
Guadalupe:
«Madre del verdadero Dios, por quien se vive, ven en auxilio del sucesor de Pedro para que confirme en el único camino que conduce al fruto bendito de tu vientre, a cuántos me fueron confiados. Recuerda este hijo tuyo, a quien Cristo confió las llaves del reino de los cielos para el bien de todos. Que esas llaves sirvan para atar y desatar y para redimir toda miseria humana y haz que confiando en tu protección avancemos cada vez más unidos con Jesús y entre nosotros hacia la morada eterna que Él nos ha preparado y en la que tú nos esperas. Amén».
Y con respeto y algo de buen humor, pido al cielo que no le falte la fortaleza necesaria para que pueda –en expresión cervantina– «desfacer entuertos» heredados de su predecesor. ¡Gracias Santo Padre por su amor y servicio a la Iglesia!

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