«Nos detenemos ahora en el pasaje del
Evangelio. Se trata del texto sobre la legitimidad del tributo que hay que
pagar al César, que contiene la célebre respuesta de Jesús: «Dad al César lo
que es del César, y a Dios lo que es de Dios» (Mt 22, 21). Pero antes de llegar
a este punto, hay un pasaje que se puede referir a quienes tienen la misión de
evangelizar. De hecho, los interlocutores de Jesús —discípulos de los fariseos
y herodianos— se dirigen a él con palabras de aprecio, diciendo: «Sabemos que
eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad, sin que te
importe nadie» (v. 16). Precisamente esta afirmación, aunque brote de
hipocresía, debe llamar nuestra atención. Los discípulos de los fariseos y los
herodianos no creen en lo que dicen. Sólo lo afirman como una captatio
benevolentiae para que los escuche, pero su corazón está muy lejos de esa
verdad; más bien quieren tender una trampa a Jesús para poderlo acusar. Para
nosotros en cambio, esa expresión es preciosa y verdadera: Jesús, en efecto, es
sincero y enseña el camino de Dios según la verdad y no depende de nadie. Él
mismo es este «camino de Dios», que nosotros estamos llamados a recorrer.
Podemos recordar aquí las palabras de Jesús mismo, en el Evangelio de san Juan:
«Yo soy el camino, la verdad y la vida» (14, 6). Es iluminador al
respecto el comentario de san Agustín: «era necesario que Jesús dijera: “Yo
soy el camino, la verdad y la vida” porque, una vez conocido el camino, faltaba
conocer la meta. El camino conducía a la verdad, conducía a la vida… y nosotros
¿a dónde vamos sino a él? y ¿por qué camino vamos sino por él?» (In Ioh 69,
2) …
Una breve reflexión también sobre la cuestión central del tributo al César. Jesús responde con un sorprendente realismo político, vinculado al teocentrismo de la tradición profética. El tributo al César se debe pagar, porque la imagen de la moneda es suya; pero el hombre, todo hombre, lleva en sí mismo otra imagen, la de Dios y, por tanto, a él, y sólo a él, cada uno debe su existencia. Los Padres de la Iglesia, basándose en el hecho de que Jesús se refiere a la imagen del emperador impresa en la moneda del tributo, interpretaron este paso a la luz del concepto fundamental de hombre imagen de Dios, contenido en el primer capítulo del libro del Génesis. Un autor anónimo escribe: «La imagen de Dios no está impresa en el oro, sino en el género humano. La moneda del César es oro, la de Dios es la humanidad… Por tanto, da tu riqueza material al César, pero reserva a Dios la inocencia única de tu conciencia, donde se contempla a Dios… El César, en efecto, ha impreso su imagen en cada moneda, pero Dios ha escogido al hombre, que él ha creado, para reflejar su gloria» (Anónimo, Obra incompleta sobre Mateo, Homilía 42). Y san Agustín utilizó muchas veces esta referencia en sus homilías: «Si el César reclama su propia imagen impresa en la moneda —afirma—, ¿no exigirá Dios del hombre la imagen divina esculpida en él? (En. in Ps., Salmo 94, 2). Y también: «Del mismo modo que se devuelve al César la moneda, así se devuelve a Dios el alma iluminada e impresa por la luz de su rostro… En efecto, Cristo habita en el interior del hombre» (Ib., Salmo 4, 8).
Esta palabra de Jesús es rica en contenido antropológico, y no se la puede reducir únicamente al ámbito político. La Iglesia, por tanto, no se limita a recordar a los hombres la justa distinción entre la esfera de autoridad del César y la de Dios, entre el ámbito político y el religioso. La misión de la Iglesia, como la de Cristo, es esencialmente hablar de Dios, hacer memoria de su soberanía, recordar a todos, especialmente a los cristianos que han perdido su identidad, el derecho de Dios sobre lo que le pertenece, es decir, nuestra vida».
(BENEDICTO XVI, Homilía en la Basílica Vaticana, Domingo, 16 de octubre de 2011. Extracto)
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