miércoles, 30 de abril de 2025

LA SABIDURÍA DE CATALINA. SOLO SÉ QUE NADA SOY

Santa Catalina de Siena

La célebre frase atribuida universalmente a Sócrates «sólo sé que nada sé» inmortalizó un principio básico del saber recto: solo una actitud humilde de la inteligencia (nada sé) nos pone en óptimas condiciones de captar la realidad objetiva del mundo y del hombre. En el ámbito religioso sucede algo muy similar; solamente la conciencia de que no somos nada nos acerca al que lo es todo, Dios Creador nuestro. Esta percepción de radical insuficiencia está en la base de la vida de los santos, los amigos íntimos de Dios. Así lo refleja un breve ensayo sobre Catalina de Siena.

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«¿No se creería uno estar escuchando el eco de la lección fundamental recibida en la diminuta celda de Siena: «Hija mía —le había dicho el Señor—, sabes quién eres tú y quién soy Yo? Si posees este doble conocimiento, serás feliz. Tú eres la que no es; Yo soy el que soy.»

Lección corta, de fecundidad inagotable, que guio la vida entera de Catalina y puso en su oración el distintivo de la humildad. La santa debía de pensar en esto, sin duda, cuando se explayaba con impetuoso entusiasmo:


¡Oh Bien supremo y eterno! ¿Quién, pues, te indujo a Ti, Dios infinito, a iluminarme con la luz de tu verdad, a mí, tu pequeña criatura? Sólo Tú, Fuego de amor. Siempre el Amor, el Amor sólo, te impulsó y te impulsa a crear a tu imagen y semejanza tus criaturas racionales y a tener misericordia de ellas, colmándolas de gracias infinitas y de dones sin mesura...

En cuanto a mí, soy la que no es. Si dijera que soy algo por mí misma, mentiría, sería hija del demonio, padre de la mentira. Tú sólo eres el que es. 

Magnánima humildad. Sentía esta alma transparente irresistible necesidad de hacer justicia al infinito; un movimiento irreprimible le forzaba a rebajarse, a prosternarse ante «el que es». Escuchadla orar: «Yo hablaré al Señor —decía el Patriarca Abraham—aunque no sea más que polvo y ceniza.» Así Catalina: sus oraciones comienzan por un grito de humildad, de sumisión, de adoración; no puede olvidar quién es y a quién se dirige:


¡Oh soberana y eterna Bondad! ¡Ay! ¿Qué soy, pues, miserable para que Tú, padre eterno y soberano, me hayas manifestado la Verdad?...

Por Ti, oh médico celeste, amor inefable de mi alma, suspiro con ardor. Oh Trinidad eterna e infinita, recurro a Ti, a pesar de mi pequeñez, y te suplico en unión con el cuerpo místico de la Santa Iglesia, que purifiques con tu gracia toda mancha de mi alma.

Ahora bien, no solamente tiene la humildad esencial de toda criatura que conoce su origen, sino esta otra humildad—más penosa a la naturaleza— del pecador que conoce su historia. La persigue el recuerdo de sus faltas.

Mas ¿qué desórdenes, se preguntará el lector, podía llorar esta privilegiada de la gracia que jamás conoció el pecado mortal?

La conciencia de los santos tiene delicadezas que nos asombran y nos desconciertan. Y, sin embargo, tienen razón. Además de que Catalina no cesó nunca de reprocharse con amargura la tibieza en que la sumió su hermana Bonaventura, atribuía particular gravedad a sus faltas de omisión de las que se acusó hasta el último momento, persuadida de que estas faltas eran la causa de los desfallecimientos de sus discípulos y las desventuras de la Iglesia: si su oración hubiese sido más ferviente ¿no hubiera evitado los azotes que ella ya veía cernerse sobre la cristiandad? «Si yo estuviera totalmente inflamada por el fuego del amor divino, decía a su confesor ¿no rezaría a mi Creador con un corazón de llamas, y El, soberanamente misericordioso, no se apiadaría de todos mis hermanos y les concedería el estar inflamados por el fuego que estaría en mí? ¿Cuál es el obstáculo para este gran bien? Mis pecados, sin duda». Se reprocha, pues, con amargura, no corresponder a la gracia. Con frecuencia, en su oración, cuando el impulso de la caridad parecía arrebatarla, se detenía de repente, como ante un obstáculo que amenazara quebrar el impulso de su oración, y se le oía acusarse:


¡Señor, yo he pecado; ten piedad de mí! Seguí en todo momento la ley perversa que hay en mí... No te he conocido a Ti, Luz verdadera.

Y con todo le plugo a tu caridad iluminarme... Yo no he sabido guardar mi memoria llena sólo de Ti y de tus beneficios inmensos. No he fijado mi inteligencia conforme a tu voluntad, no me he aplicado únicamente a buscar tu agrado; tampoco mi voluntad se ha empleado en amarte con todas sus fuerzas y sin mesura, como Tú me lo pedías. Yo te he ofendido».  

(M.V. Bernadot, O.P., Santa Catalina de Siena al Servicio de la Iglesia, Madrid 1958, pp. 20-23. Los destacados son nuestros).


martes, 29 de abril de 2025

UNA ESTOLA PAPAL SOBRE LOS HOMBROS DE SARAH

  

Actualizo una entrada que hice en este blog hace ya más de siete años (ver aquí). El momento que vivimos le proporciona una interesante actualidad. Cada lector podrá sacar sus propias conclusiones sobre el paralelismo de las anécdotas que aquí se relatan. Por mi parte, solo añado esta oración a Jesús Buen Pastor: Señor, reconozco que no lo merecemos, pero por favor reconoce Tú que lo necesitamos. Fiat voluntas tua!

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¿RECUERDO O PRESAGIO?

Benedicto XVI crea cardenal a Mons. Robert Sarah

Releo con emoción un pasaje del libro Dios o nada del Cardenal Sarah. Se trata del último párrafo con el que su Eminencia concluye los recuerdos de la visita de San Juan Pablo II a su tierra natal de Guinea, en febrero de 1992. La escena tiene lugar en los jardines del arzobispado de Conakri, la noche antes de la partida del Pontífice, junto a una gruta de Nuestra Señora de Lourdes.

«Después de coronar la imagen de la Santísima virgen -relata el Cardenal-, el Papa se arrodilló y permaneció recogido un buen rato. La profundidad y la duración de su oración, interminable, impactaron a los fieles allí reunidos. Después se levantó y, dirigiéndose lentamente hacia mí, depositó la hermosa estola que llevaba sobre mis hombros. Sentí una profunda emoción, sin entender el motivo de su gesto, que no estaba previsto. Al subir hacia la residencia, me abrazó y me dijo con rotundidad: ‘Ha sido un bonito final’» (Card. Robert Sarah, Dios o nada, Madrid 2015, p. 84).

Su lectura me evoca inmediatamente un suceso similar ocurrido entre Pablo VI y el entonces Patriarca de Venecia, Cardenal Albino Luciani, luego Beato Juan Pablo I. El mismo Pontífice lo contó en su primer Angelus, cuando explicó a los fieles allí congregados el porqué de su nombre Juan Pablo: 

«Ayer por la mañana, fui a la Sixtina a votar tranquilamente. Nunca habría imaginado lo que iba a suceder. Apenas comenzó el peligro para mí, los dos colegas que tenía al lado me susurraron palabras de ánimo. Uno me dijo: ‘ánimo, si el Señor da un peso, dará también las fuerzas para llevarlo’. Y el otro compañero: ‘no tenga miedo, en el mundo entero hay mucha gente que reza por el nuevo Papa’. Al llegar el momento, he aceptado.

Después vino la cuestión del nombre, porque preguntan también qué nombre se quiere tomar, y yo había pensado poco en ello. Hice este razonamiento: el Papa Juan quiso consagrarme él personalmente aquí, en la basílica de San Pedro. Después, aunque indignamente, en Venecia le he sucedido en la cátedra de San Marcos, en esa Venecia que todavía está completamente llena del Papa Juan. Lo recuerdan los gondoleros, las religiosas, todos. Pero el Papa Pablo, no sólo me ha hecho cardenal, sino que algunos meses antes, sobre el estrado de la plaza de San Marcos, me hizo poner completamente colorado ante veinte mil personas, porque se quitó la estola y me la puso sobre los hombros. Jamás me he puesto tan rojo. Por otra parte, en quince años de pontificado, este Papa ha demostrado, no sólo a mí, sino a todo el mundo, cómo se ama, cómo se sirve y cómo se trabaja y se sufre por la Iglesia de Cristo. Por estas razones dije: me llamaré Juan Pablo. (Angelus, 27 de agosto de 1978).


martes, 22 de abril de 2025

MEDITACIÓN DE PASCUA. ¿A QUIÉN BUSCAS?

Aparición a María Magdalena. Alejandro Andreevich Ivanov
Imagen: arthive.com

«Las misas de la semana de Pascua nos van recordando en sus evangelios las diversas apariciones de Cristo resucitado. La primera y una de las más conmovedoras es en la que Jesús se manifestó a María Magdalena. (Jn 20, 11.18). En este episodio María se nos presenta de nuevo con su inconfundible carácter de alma completamente arrebatada por el amor de Dios. Llega al sepulcro, y apenas «ve la piedra quitada del monumento», un solo pensamiento la obsesiona: «Han quitado al Señor del sepulcro»: ¿quién habrá sido?, ¿dónde le habrán puesto? Y va preguntando a todos los que encuentra, creyéndolos a todos dominados por la misma idea, por esa misma ansia en que ella se abrasa: les pregunta a Pedro y a Juan, a quienes ha venido a avisar, a los ángeles, al mismo Jesús. Las otras mujeres, apenas advierten que está el sepulcro abierto, entran en él para ver lo que ha pasado; ella corre a toda prisa para comunicar la noticia a los Apóstoles. Y después vuelve: ¿qué va a hacer allí junto a la tumba vacía? No lo sabe, pero su amor la arrastra hacia el sepulcro y la ata al lugar donde había sido colocado el cuerpo del Maestro, aquel Cuerpo que ella quiere encontrar de nuevo a toda costa.

Ve a los ángeles, pero no se maravilla ni se turba como las otras mujeres: el dolor absorbe su alma haciendo imposible cualquier otra emoción. Y cuando los ángeles le preguntan: ¿Por qué lloras mujer?, ella responde inmediatamente: «Porque han tomado a mi Señor y no sé dónde le han puesto». Poco después Jesús le hace la misma pregunta, y María absorta y ensimismada en sus pensamientos, no le reconoce, y creyendo que era el hortelano, le dice: «Señor, si lo has cogido tú, dime dónde lo has puesto, y yo lo tomaré». La obsesión por hallar de nuevo a Jesús domina de tal manera todo su ser que ni siquiera siente la necesidad de nombrarle; cree que todos piensan en su Jesús y que entenderán al vuelo su petición, como si todos estuviesen poseídos por el mismo estado de ánimo que vive ella.

Cuando el amor y el deseo de Dios se han apoderado totalmente de un alma, hacen imposible que surjan en ella otros amores, otros deseos o preocupaciones. Todos sus movimientos están orientados hacia Dios, y el alma no hace más que buscar en todo únicamente a Dios». (Gabriel de S. M. Magdalena O.C.D. Intimidad Divina, Burgos 1961, p. 638).

 


 

sábado, 19 de abril de 2025

LA PASIÓN DE CRISTO EN LA PINTURA. EL DESCENDIMIENTO

El Descendimiento de la Cruz. Pedro Machuca
Imagen: wikipedia.org 

El descendimiento de Cristo de la Cruz ha inspirado pinturas extraordinarias y meditaciones sublimes. Es la hora de la suprema «impotencia» de Dios, que nos obliga a intervenir, a apresurarnos para darle pronta y piadosa sepultura en el corazón. ¡Al fin podemos sentirnos útiles!

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«Nicodemo y José de Arimatea —discípulos ocultos de Cristo— interceden por Él desde los altos cargos que ocupan. En la hora de la soledad, del abandono total y del desprecio…, entonces dan la cara audacter (Mc XV, 43) …: ¡valentía heroica!

Yo subiré con ellos al pie de la Cruz, me apretaré al Cuerpo frío, cadáver de Cristo, con el fuego de mi amor…, lo desclavaré con mis desagravios y mortificaciones…, lo envolveré con el lienzo nuevo de mi vida limpia, y lo enterraré en mi pecho de roca viva, de donde nadie me lo podrá arrancar, ¡y ahí, Señor, descansad!

Cuando todo el mundo os abandone y desprecie…, serviam!, os serviré, Señor» (San Josemaría Escrivá, Via Crucis, XIV, 1).


El Descendimiento. Obra copiada de Correggio

«Él no ha estado en tus brazos, Madre de Dios, desde que era niño, y tienes ahora un motivo para reclamar, cuando el mundo ha hecho lo peor, porque eres la favorecida, la bendecida, la agraciada madre del Altísimo. Nos alegramos en este gran misterio. Él estuvo escondido en tu seno, recostado en tu regazo, amamantado por tus pechos, llevado en tus brazos, y ahora que está muerto es puesto sobre tus rodillas. Virgen Madre de Dios, ruega por nosotros» (San John Henry Newman, Via Crucis, XIII).

 

viernes, 18 de abril de 2025

LA PASIÓN DE CRISTO EN LA PINTURA. CORONACIÓN E IMPROPERIOS

Coronación de espinas e improperios. 
Atribuido al Maestro de la Sisla 
Imagen: wikipedia.org

Noche horrible y siniestra la que pasó nuestro Redentor luego de su prendimiento en el huerto. Es comprensible que la devoción cristiana haya fomentado largas noches de vela y vigilia –de jueves a viernes– en desagravio a esa noche de dolor y humillación que precedió la muerte de Jesús. Los pinceles siempre serán insuficientes para expresar en plenitud la inmensidad del dolor Cristo y la serena majestad con que los sobrellevó. Sin embargo, el genio artístico nos ha proporcionado a lo largo de los siglos obras maestras de la Pasión que nos ayudan a vislumbrar el misterio de ese sufrimiento. Con piedad y talento literario, escribe un autor contemporáneo:

«Podría parecer que los golpes y salivazos, las injurias y bofetadas, comenzaron solo cuando Jesús estuvo en manos de los soldados del César. Pero en realidad habían empezado desde el mismo prendimiento, por parte de la guardia del templo, y ahora, antes de ser llevado a Pilato, se redoblaron con nueva intensidad. «Los que custodiaban a Jesús se burlaban de él y lo golpeaban» (Lc 22, 63). Jesús quedaba a merced de aquellos guardias como un hombre sin derechos, sin honra, sin dignidad humana: podían tratarlo como se les antojara.

Es costumbre casi universal del mundo civilizado el respeto con que se trata a quien ha sido condenado a muerte. Ese respeto procede de la compasión humana hacia el que vive sus últimos momentos, y de la solemnidad que infunde el misterio de la muerte. Ni una ni otra cosa estuvieron presentes en el trato que recibió Cristo después de la sentencia del Sanedrín. La violencia física, que había comenzado con el prendimiento, se exacerbó tras la sentencia, y continuó hasta el momento mismo de presentar el caso ante el procurador romano.

En efecto, tras la condena Jesús fue entregado a los verdugos de su propio pueblo, quienes, autorizados y aun azuzados por sus jefes, «comenzaron a escupirle en la cara y a golpearle» (Mt 26, 67). Escupir a alguien, y más en la cara, es el gesto universal del sumo desprecio. Como esos guardias conocían bien la fama de profeta que tenía Jesús ante el pueblo (Mt 16, 14), no iban a desperdiciar la ocasión de ponerlo en ridículo. Y así, «tapándole la cara» (Mc 14, 65), «los que le abofeteaban decían: “Adivina, mesías, ¿quién es el que te golpeó?”» (Mt 26, 68). «Y otras muchas injurias decían contra él» (Lc 22, 65).

Un juego infantil ya inventado en la antigüedad, semejante a nuestra gallinita ciega, comenzó a practicarse con la víctima en su versión más humillante. Esos lacayos tenían en su poder al hombre indefenso que sus autoridades habían puesto a su merced, con la recomendación tácita o expresa de hacer con él lo que se les antojara, como si les hubieran dicho: allí tenéis a vuestro rey mesías, rendidle los homenajes que le corresponden. Y no ignoramos el frenesí de los peores instintos, y los grados de crueldad que pueden alcanzar esas masacres, sobre todo cuando son legitimadas por la jefatura.

La Burla de Cristo. Maestro de Messkirch

¿Cómo pasó Jesús el resto de la noche, que poca debía quedar ya? Seguramente en la mazmorra o el calabozo que habría en el palacio del tribunal, donde sus guardianes no le darían tregua: algo quedaba todavía de su rostro sin escupir, algo de su honra sin mancillar. Así hasta que se cansaron y se echaron a dormitar. Jesús, en tanto, oraba por ellos, y por todos los verdugos que le esperaban todavía hasta el descanso de la muerte, y por nosotros los pecadores todos, que no lo tratamos mejor que ellos.

Golpes y más golpes hasta que el sueño los venció. En los bajos fondos del alma hay alegría, una vil alegría, cuando la manifiesta superioridad de un hombre, que roza los cielos, queda entregada en manos de los inferiores empoderados, abandonada al capricho de sus instintos, y quizá al peor de todos ellos: la humillación de la grandeza, la venganza de la bajeza ante todo lo que es superior, el pisoteo de lo sublime, la profanación de lo sagrado.

Cuando lo más alto está en poder de lo más bajo, y lo superior a merced de lo inferior, el peor de los resentimientos humanos se toma su desquite, y practica con júbilo esa inversión de todas las jerarquías del espíritu en su forma perfecta: la profanación.

«Pueblo mío, ¿qué te he hecho, o en qué te he contristado? ¡Respóndeme!» (Mi 6, 3). ¿Acaso por los ciegos, leprosos, paralíticos tuyos a quienes devolví la salud? ¿Acaso por las parábolas sin número con que te revelé los misterios del reino de los cielos? ¿Acaso por los demonios que de ti expulsé, por los muchos pecados que te perdoné?».

(José Miguel Ibáñez Langlois, La Pasión de Cristo, Rialp, Madrid 2021, pp. 85-88).


 



 

jueves, 17 de abril de 2025

JUEVES SANTO. PIADOSA REFLEXIÓN DE SAN ALFONSO MARÍA DE LIGORIO

Jesucristo. Detalle de la última cena 
de Leonardo da Vinci

«Mientras estaban cenando tomó Jesús el pan y lo bendijo y partió y dióselo a sus discípulos diciendo: Tomad y comed; éste es mi cuerpo (Mt 26, 26). Después del lavatorio de los pies, acto de tan grande humildad, que Jesucristo recomendó a sus discípulos, volvió a tomar sus vestidos, y, sentándose de nuevo a la mesa, quiso dar a los hombres la última prueba de amor de su corazón: fue la institución del Santísimo Sacramento del altar. Tomó el pan, lo consagró y, partiéndolo entre sus discípulos, les dijo: Tomad y comed, éste es mi cuerpo. Luego les recomendó que cada vez que comieran aquel pan se acordasen de la muerte que iba a padecer por su amor, recomendación que interpreta San Pablo diciendo: Tosas las veces que comiereis este pan y bebiereis este cáliz, anunciaréis la muerte del Señor (I Cor 11, 26). Obró entonces Jesucristo como obraría un príncipe que está para morir y ama entrañablemente a su esposa; entre sus joyas escogería la de más subido precio, llamaría a la esposa y le diría: voy a morir, amada mía, y para que no te olvides de mí te dejo por recuerdo esta alhaja; cuando la mires, acuérdate de mí y del amor que te he tenido». (San Alfonso M. de Ligorio, Meditaciones sobre la Pasión de Jesucristo, Madrid 1977, p. 135). 


 

miércoles, 16 de abril de 2025

LA PASIÓN DE CRISTO EN LA PINTURA. PRENDIMIENTO Y TRAICIÓN

El Prendimiento de Cristo
 Anton Van Dyck (1599 - 1641)

El beso de un discípulo es ahora la señal acordada para traicionar al Maestro y entregarlo en manos de sus enemigos. Por treinta miserables monedas, que dentro de poco deberá arrojar como carbones encendidos que queman su alma y sus manos, Judas ha decidido abandonar a su Maestro. El salmista ya había profetizado este dolor profundo de Cristo durante su prendimiento en el huerto: «Si mi enemigo me injuriase, lo aguantaría; si mi adversario se alzase contra mí, me escondería de él; pero eres tú, mi compañero, mi amigo y confidente, a quien me unía una dulce intimidad» (Ps, 54, 13-15).

Este inaudito episodio de la vida de Nuestro Señor, en el umbral mismo de su Pasión redentora, también ha quedado inmortalizado en telas de grandes pintores como Caravaggio y Van Dick. En ellas la figura de Cristo, que irradia paz y misericordia, contrasta con la furia y agitación de sus captores. 

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Breve comentario espiritual. «Prendieron a Jesús y lo ataron (Io 18,4). ¿Pero qué es lo que veo? ¡un Dios maniatado!, comenta San Alfonso María de Ligorio. Y añade más adelante: «Mira, alma mía, cómo mientras unos le cogen y le atan las manos, le injurian otros y le hieren, el inocente Cordero se deja maniatar y herir a gusto de sus verdugos; no pretende huir, ni pide socorro ni se lamenta de tantos baldones recibidos, ni pregunta por qué así le maltratan. En aquel momento se cumplió la profecía de Isaías que dijo: Se ofreció a la muerte porque Él mismo lo quiso, y no abrió su boca; será llevado a la muerte como oveja al matadero» (Is 53, 7).

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Breve comentario iconográfico. «En la oscuridad del monte de los Olivos, Jesús recibe el beso que consuma la traición de Judas, mientras Pedro con su espada corta la oreja a Malco, criado del Sumo Sacerdote, según describe el relato evangélico. Esta obra corresponde a la producción juvenil de Van Dyck, inspirada directamente en modelos venecianos. El bajo punto de vista y la utilización de un único foco de luz contribuyen a lograr una gran intensidad dramática, muy apropiada para el acontecimiento». 

«Van Dyck sigue con bastante fidelidad el relato del Prendimiento de Cristo que hacen los evangelistas: la multitud de soldados y sacerdotes que van a buscarle, las linternas, antorchas y armas que llevan, el beso de Judas, el momento en que Pedro corta la oreja al criado del Sumo Sacerdote. 

El pintor destaca la ondulante energía de la agresiva muchedumbre, cuyos gestos y tosquedad física se oponen a la contenida serenidad y la idealizada belleza de Cristo, tal y como recogen los Evangelios, que hacen hincapié en la tranquilidad de Jesús frente a la violencia que le rodea, especialmente cuando recrimina a Pedro que use la violencia contra Malco, el criado del Sumo Sacerdote». Muy expresiva me parece la mirada que Jesús dirige a Judas: traslada fielmente a la tela las palabras que brotaron de sus labios: Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del hombre? (Lc 22, 48). Compasión y decepción a la vez.


Fuente: museodelprado.es