Piadosa consideración del Cardenal Newman
sobre la primera estación del Via Crucis, Jesús es condenado a muerte.
En ella se resalta una paradoja realizada en Cristo: es el Cordero manso e inocente,
reconocido como tal por sus mismos jueces y verdugos, y a la vez el Cordero
condenado y sacrificado, único capaz de cargar con el pecado del mundo para
expiarlo hasta en sus más profundas raíces. Ya en el Antiguo Testamento Dios
exigía la perfección de la víctima para alcanzar la liberación: “Ha de ser
un animal sin defecto, macho, de un año, escogido de entre los corderos o
cabritos” (Ex 12, 5). Siempre absuelto por su condición de inocente,
siempre condenado por su condición de víctima.
* * *
«El Santo, el Justo y la Verdad fue
juzgado por pecadores y condenado a muerte. Pero, mientras lo juzgaban se veían
forzados a absolverlo. Judas, que lo traicionó, dijo: “He pecado al
traicionar sangre inocente”. Pilatos, que lo sentenció, dijo: “Soy
inocente de la sangre de este justo” echándole la culpa a los judíos. El
centurión que lo vio crucificado dijo: “Ciertamente éste era un hombre
justo”. De modo, Señor, que siempre estás justificado en tus palabras y
triunfas cuando eres juzgado. Y así, muchos más, en el último día, “mirarán al
que traspasaron”, el que fue condenado en la debilidad juzgará al mundo con
poder, y aún aquellos que estén condenados confesarán que su juicio es justo»
(San J.H. Newman, Breves meditaciones sobre las estaciones de la Cruz,
Buenos Aires 2007, p. 139).

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