jueves, 30 de enero de 2020

EXPERIMENTAR LA SANTIDAD DE DIOS


La crisis que atraviesa la liturgia desde hace décadas se hace palpable en la creciente dificultad de los fieles de poder experimentar en ella el respeto sagrado ante la soberana majestad de Dios. La trivialización de gestos, la mutación del presbiterio en escenario, la escasa calidad de la música litúrgica, las improvisaciones sin cuento, la comunión de pie y en la mano, la falta de recogimiento y otras muchas cosas más, han terminado por convertirse en un tupido velo que dificulta poderosamente a los fieles la vivencia de lo Sagrado. Sin embargo, para Romano Guardini, figura central del movimiento litúrgico en el siglo XX, la experiencia de la Santidad de Dios resulta indispensable en la Santa Misa, y sugiere rogar a Dios nos sea permitido pasar por dicha experiencia. Al hablar del simbolismo del altar, Guardini escribe:

«El altar no es una alegoría, sino un símbolo. Que el es límite, que, “por encima de él” se encuentra la Majestad infinita, que “al otro lado de él” está la lejanía inaccesible de Dios, el creyente no lo piensa porque esté acostumbrado a ello, sino porque sabe que es verdaderamente cierto. Se necesita sólo la disposición interior y una reflexión serena, con las que el creyente vive realmente este misterio y su corazón responde con profundo respeto. Más aún, en algunas ocasiones propicias, puede experimentar algo similar a lo experimentado por Moisés: cuando apacentaba el rebaño en la soledad del monte Horeb, y se le apareció  “el Ángel del Señor en una llama de fuego, que salía en medio de la zarza. Al ver que la zarza ardía sin consumirse”, Moisés intentó acercarse, pero la voz del Señor lo llamó desde el centro de la zarza y le dijo: “quítate las sandalias, porque el suelo que estás pisando es una tierra santa” (Ex 3, 1-5). Es muy importante que el hombre experimente alguna vez el temor por la presencia de Dios y se aleje de los lugares sagrados, para que le sea evidente, en lo más íntimo de sí, que Dios es Dios, y que él es hombre.
La confianza en Dios, la cercanía y el refugiarse en él se aflojan y debilitan, cuando falta el conocimiento de la majestad que se aleja de sí y el temor de la santidad divina. Hacemos bien en rogar a Dios para que nos permita pasar por esta experiencia. Probablemente el altar sea el mejor lugar en el que podamos experimentarla» (R. GUARDINI, Preparación para la celebración de la Santa Misa, Ed. San Pablo 2008, p. 40. El destacado es nuestro).

Cuando la liturgia privilegia unilateralmente una actitud festiva de familiaridad con Dios, pero se niega a reflejar aquel temor y temblor santo con que las jerarquías celestes cantan ante el trono de Dios (adorant Dominationes, tremunt Potestates), corre el peligro de deslizarse hacia un vago sentimentalismo, carente de fuerza para suscitar auténticas conversiones. La experiencia reverente de la Santidad de Dios nos protege de una piedad engañosa y superficial. En la liturgia no se trata de «domesticar» a Dios, sino de adorarlo y poner nuestras vidas a su disposición.

miércoles, 22 de enero de 2020

LA PASIÓN DE VICENTE MEDITADA POR SAN AGUSTÍN

Imagen de san Vicente, diácono y mártir
Museo Catedral de Valencia

Transcribo completo este admirable sermón de San Agustín sobre el martirio de San Vicente, diácono y mártir. Mientras en la paciencia de Vicente resplandece el poder de Cristo, en la ira de su verdugo, Daciano, se enseñorea el furor de Satanás.

* * *

1. En la pasión que hoy se nos ha leído, hermanos míos, se descubre con toda claridad un juez feroz, un verdugo sanguinario y un mártir invicto. Sobre cuyo cuerpo, hecho jirones por los distintos tormentos, ya se habían agotado las torturas, a pesar de lo cual aún persistían sus miembros. Si la impiedad, aunque convicta por tantos milagros, no cedía; si la debilidad, atormentada con tantos suplicios, no sucumbía, reconózcase, pues, la intervención de la divinidad. En efecto, si el Señor no habitase en él, ¿cómo podría resistir el polvo corruptible tan crueles torturas? En todo ello, por consiguiente, hay que reconocer, glorificar y alabar a quien, en la llamada primera le dio la fe y, en la pasión final, la fortaleza. ¿Queréis saber que ambas cosas le fueron donadas? Escuchad al apóstol Pablo: A vosotros —dice—, se os ha otorgado no sólo que creáis en Cristo, sino también que sufráis por él.
Ambas cosas había recibido el diácono Vicente; las había recibido y las conservaba. En efecto, si nada hubiera recibido, ¿qué tendría? Tenía seguridad en el hablar y resistencia en el sufrir. Que nadie, pues, cuando hable, presuma de su ingenio; que nadie, cuando sufra la tentación, confíe en sus fuerzas, pues la sabiduría por la que hablamos rectamente y en el momento oportuno nos viene de Dios, y de él también la paciencia para soportar hasta el final los males con fortaleza. Traed a la memoria a Cristo el Señor, que en el evangelio amonestaba a sus discípulos; traed a la memoria al rey de los mártires instruyendo a sus cohortes en el uso de armas espirituales, mostrándoles las batallas, suministrándoles auxilios y prometiéndoles galardones. Tras haber dicho a sus discípulos: En este mundo padeceréis tribulación, inmediatamente, con el fin de consolarlos, pues estaban aterrados, añadió: Pero tened confianza, pues yo he vencido al mundo. ¿De qué nos extrañamos, amadísimos, de que haya vencido Vicente en aquel que venció al mundo? En este mundo, dice, padeceréis tribulación, a fin de que, aunque apriete, no oprima y, aunque ataque, no venza.

2. El mundo presenta dos líneas de ataque contra los soldados de Cristo. Prestad atención, hermanos. He dicho que el mundo presenta dos líneas de ataque contra los soldados de Cristo: los halaga para seducirlos y los aterroriza para quebrantar su resistencia. Si no nos aprisiona la propia ansia de placer ni nos aterroriza la crueldad ajena, está ya vencido el mundo. En uno y otro paso se hace presente Cristo, y el cristiano queda invicto. Si en este tormento se toma en consideración la paciencia humana, comienza a ser increíble; si se advierte el poder divino, deja de causar admiración. Cuanta era la crueldad que se cebaba en el cuerpo del mártir, tanta la serenidad que emanaba de su voz; y cuanta era la aspereza de las penas que sufrían sus miembros, tanta la seguridad que resonaba en sus palabras, de forma que, aunque era Vicente el que sufría, se podía pensar que el atormentado era otro distinto del que hablaba. Y, en verdad, hermanos, así era; así era realmente: otro era el que hablaba. También esto lo prometió Cristo en el evangelio a sus testigos, a quienes preparaba para combates de este tipo. Así dice, en efecto: No penséis en cómo o qué habéis de decir, pues no sois vosotros los que habláis, sino que es el Espíritu de vuestro Padre el que habla en vosotros. Así, pues, la carne sufría y el Espíritu hablaba. Y al hablar el Espíritu, además de confundir la impiedad, fortalecía la debilidad.

3. La multitud de suplicios aumentaba la gloria del mártir ante nuestros ojos. Aunque surcado su cuerpo con heridas de toda especie, en vez de abandonar la lucha, la reemprendía con mayor vigor Se podía pensar que la llama, en vez de quemarlo, lo endurecía, igual que el horno del alfarero recibe barro blando y lo convierte en una resistente vasija. Nuestro mártir podía decir a Daciano: «Tu fuego ya no quema mi carne, porque mi vigor se ha secado como una vasija”. Y puesto que es verdad lo escrito: El horno prueba la vasija de barro, y a los hombres justos la tribulación, Vicente fue probado y cocido con aquel fuego; Daciano, en cambio, ardió y estalló. Pues, si no ardía, ¿de dónde procedían sus gritos? ¿Qué otra cosa eran sus palabras de furor sino humo de quien está ardiendo? Así, pues, él aplicaba llamas exteriores a nuestro mártir, que tenía refrigeración en su corazón; en cambio, él mismo, encendido con la antorcha del furor, ardía por dentro como un horno, abrasando, al mismo tiempo, al diablo que lo habitaba. A través de los gritos rabiosos de Daciano, a través de la fiereza de sus ojos, de sus amenazadoras miradas y el movimiento de todo su cuerpo, se manifestaba su inquilino interior, y se dejaba ver mediante estos signos visibles, cual grietas de la vasija que él llenaba y se resquebrajaba. Los tormentos no torturaban al mártir tanto como trastornaba a aquel la locura.

4. Pero, hermanos, todo aquello son cosas pasadas: el furor de Daciano y el tormento de Vicente. Solo que ahora a Daciano le queda el tormento, y a Vicente la corona. Además, anticipadas ya las diferencias en la retribución futura, mostremos la gloria que poseen los mártires incluso en este mundo. ¿Qué región, o qué provincia dentro del imperio romano o hasta donde se extiende el nombre cristiano, no se alegra hoy de celebrar el nacimiento de Vicente? ¿Quién hubiese escuchado hoy, aunque sólo fuera el nombre de Daciano, de no haberse leído la pasión de Vicente? En el hecho de que el Señor haya custodiado con tanto esmero el cuerpo de su mártir, ¿qué otra cosa manifestó sino que él había dirigido en vida a quien no abandonó una vez muerto? Así, pues, Vicente que venció a Daciano en vida, lo venció también después de muerto. En vida despreció los tormentos; ya muerto, atravesó los mares. Pero el que le otorgó un ánimo invicto en medio de garfios de hierro, él mismo dirigió su cadáver exánime en medio de las olas. La llama de la tortura no doblegó su corazón, ni el agua del mar cubrió su cuerpo. Pero en este y otros sucesos parecidos no se manifiesta otra cosa, sino que la muerte de sus santos es preciosa delante del Señor. (San Agustín, Sermón 276, en la fiesta del mártir Vicente).


sábado, 11 de enero de 2020

LA RELIGIÓN COMO PLENITUD

Cristo Pantocrátor 
Catedral de Cefalù, Sicilia

Escolio de Gómez Dávila en respuesta a quienes piensan la religión como mero sucedáneo para satisfacer carencias y limitaciones de nuestra condición presente. La religión existe porque Dios existe, y el hombre de todos los tiempos así lo intuye.

«Pregonar el ‘consuelo’ de la religión es gesto de feuerbachiano clandestino.
Dios no es substituto de placeres ausentes, de apetitos sofrenados, de codicias incumplidas. Dios es la presencia invisible que corona la plenitud terrestre más colmada, el éxtasis más alto de la dicha más ebria, la hermosura en que florece la hermosura.
Dios no es compensación inane de la realidad perdida, sino el horizonte que circunda las cumbres de la realidad conquistada» (Nicolás Gómez Dávila, Escolios a un texto implícito, Ed. Atalanta 2009, p.191).

domingo, 5 de enero de 2020

LA FE DE LOS MAGOS

La Adoración del los Magos. Pedro Pablo Rubens

Tomando pie del pasmoso ejemplo de humildad que el Señor nos ha dejado con su nacimiento en Belén, Fulton Sheen escribía en su Vida de Cristo: «Un establo era el último lugar del mundo en que podía ser esperado. La Divinidad se halla donde menos se espera encontrarla». Y tal hallazgo solo es posible por la fe. En sus sermones de Epifanía, San Bernardo se goza en elogiar el agudo ojo de la fe de los Magos precisamente porque adoran la divinidad en medio de circunstancias en las que no era nada fácil reconocerla. «Explicadnos, extranjeros, vuestras motivaciones, pues nunca hemos encontrado tanta fe en Israel. ¿No os ofende la abyecta morada de un establo, ni las pobres cunas del pesebre? ¿No os escandaliza la presencia de una madre pobre, ni la condición de un niño de pecho»? (En la Epifanía del Señor, Sermón 3). Y en otro texto admirable compara la fe de los Magos con la del buen ladrón y del centurión junto a la Cruz de Cristo:

«Ya que hoy se os propone como ejemplo la actitud creyente de estos varones, ¿con quiénes les compararemos y dónde encontraremos semejantes modelos? Si reflexiono sobre la fe del ladrón o sobre la profesión de fe pública del centurión, me parece que los Magos todavía les aventajan. Porque para entonces el Señor había realizado milagros y muchos lo habían ya anunciado y adorado. Sin embargo, consideremos las expresiones de fe de todos éstos. El ladrón gritaba desde la cruz: Señor, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino. ¿Es que va hacia el reino a través del patíbulo? ¿Quién te ha dicho que Cristo tenía que padecer para entrar en su gloria? Y tú, centurión, ¿cómo lo conociste? Viendo que lanzó un grito al expirar, confesó: Verdaderamente éste es el Hijo de Dios. ¡Qué maravilla!, qué asombro!
Por eso os pido que os fijéis con atención y veáis qué aguda es la fe, qué ojos de lince tiene. Conoce al Hijo de Dios al verle mamando. Lo conoce colgado del madero, lo conoce muriendo. Lo conoce el ladrón en el patíbulo, y los Magos en el establo; aquél, sujeto con clavos; éstos, envuelto en pañales. El centurión conoció la vida en la muerte. Los Magos, la fuerza de Dios en la debilidad de un cuerpo tierno. El centurión, el Espíritu supremo a punto de expirar.
Los Magos conocieron al Verbo de Dios en la infancia, pues lo que el ladrón y el centurión confiesan de boca, éstos lo confiesan con sus regalos. El ladrón lo reconoce Rey; el centurión, Hijo de Dios y hombre. Esto mismo lo simbolizaron los tres regalos de los Magos, a diferencia de que en el incienso se significa no ya el Hijo de Dios, sino Dios mismo». (San Bernardo, En la Epifanía del Señor. Sermón 2).

¡Qué grande es el saber de la fe!: porque allí donde la sola visión humana nos hace sucumbir a las apariencias, la visión de la fe nos abre a lo divino y maravilloso.


jueves, 26 de diciembre de 2019

Y EL VERBO SE HIZO CARNE


Copio una página selecta de Santo Tomás de Aquino sobre la conveniencia de que el Verbo se hiciese hombre para reparar nuestra miseria. Hilvanando textos de Agustín y León Magno, el Doctor Angélico confecciona una ordenada y armoniosa síntesis sobre el porqué del misterio de la Encarnación. Un texto especialmente adecuado para meditar en este tiempo al calor de las escenas del pesebre.

«U
na cosa puede ser necesaria de dos modos para alcanzar un fin: o como algo sin lo que tal cosa no puede existir, como sucede con el alimento para la conservación de la vida humana; o como algo con lo que se puede alcanzar el fin de manera más perfecta y conveniente, por ejemplo, el caballo para viajar. En el primer sentido no se puede afirmar que la encarnación del Verbo fuese necesaria para la redención, pues Dios, por ser omnipotente, pudo rescatar al género humano de infinidad de maneras distintas. En cambio, en el segundo sentido sí fue necesario que Dios se encarnase para salvar a la naturaleza humana. Por eso dice Agustín en el libro XIII De Trin: Debemos demostrar que Dios, a cuyo poder está todo sometido, no padece indigencia de medios; pero no existía otro más oportuno para sanar nuestra miseria.

Para convencerse de ello basta con atender a la promoción del hombre en el bien. Y primeramente en lo referente a la fe, que se hace más segura al creer al mismo Dios que nos habla. Por eso dice Agustín en el libro XI De Civ. Dei: Para que el hombre caminase con más confianza hacia la verdad, la misma Verdad, el Hijo de Dios, haciéndose hombre, constituyó y cimentó la fe. En segundo lugar, en lo que atañe a la esperanza, que con eso se consolida. A este propósito dice Agustín en el libro XIII De Trin: Nada hubo tan necesario para fortalecer nuestra esperanza como el demostrarnos Dios cuánto nos amaba. Y ¿qué prueba más palpable de este amor que el hermanamiento del Hijo de Dios con nuestra naturaleza? En tercer lugar, en lo que concierne a la caridad, que con ese misterio se inflama sobre toda ponderación. Por esto escribe Agustín en De catechizandis rudibus: ¿Qué causa mayor puede asignarse a la venida del Señor que la de mostrarnos su amor? Y luego añade: Si hemos sido remisos para amarle, no lo seamos para corresponder a su amor. En cuarto lugar, en lo que toca al recto comportamiento, en el que se nos ofreció como ejemplo. A este respecto dice Agustín en un sermón De Nativitate Domini: No había que seguir al hombre, a quien podíamos ver, sino a Dios, que no podía ser visto. Así, pues, para mostrarse al hombre y para que éste le viera y le siguiera, Dios se hizo hombre. Finalmente, la encarnación era necesaria para la plena participación de la divinidad, que constituye nuestra bienaventuranza y el fin de la vida humana. Y esto nos fue otorgado por la humanidad de Cristo; pues, como dice Agustín en un sermón De Nativitate Domini: Dios se hizo hombre para que el hombre se hiciese Dios.

De manera análoga, la encarnación fue útil para alejar el mal. Primeramente, porque de este modo aprende el hombre a no tenerse en menos que el demonio y a no venerar al que es autor del pecado. Dice Agustín en el libro XIII De Trin: Cuando la naturaleza humana pudo ser unida a Dios hasta el punto de no constituir con él más que una sola persona, los espíritus malignos no pueden atreverse a anteponerse al hombre porque ellos no tienen carne». Seguidamente, porque somos aleccionados acerca de la gran dignidad de la naturaleza humana, para que no la manchemos pecando. De aquí que diga Agustín en el libro De Vera Relig: Dios nos manifestó cuán excelso lugar ocupa entre las criaturas la naturaleza humana al mostrarse entre los hombres con naturaleza de verdadero hombre. Y el papa León dice en un sermón De Nativitate: Reconoce, ¡oh cristiano!, tu dignidad; y, ya que has sido hecho partícipe de la naturaleza divina, no quieras volver a tu antigua vileza por un comportamiento indigno. Después, porque para destruir la presunción humana nos fue otorgada la gracia de Dios en Cristo hombre sin ningún mérito nuestro, como se dice en el libro XIII De Trin. En cuarto lugar, porque, como vuelve a decir Agustín en el mismo sitio, la soberbia humana, obstáculo principal para la unión con Dios, puede ser confundida y curada por la profunda humildad de Dios. Finalmente, para librar al hombre de la esclavitud. A este respecto dice Agustín en el libro XIII De Trin: Debió hacerse de tal modo que el diablo fuese vencido por la justicia de Jesucristo hombre, lo que se cumplió al satisfacer Cristo por nosotros. Un simple hombre no podía satisfacer por todo el género humano; y Dios no estaba obligado a hacerlo; luego era conveniente que Jesucristo fuese a la vez Dios y hombre. Por eso dice el papa León en un sermón De Nativ: El poder asume la debilidad, la majestad se apropia de la humildad, a fin de que, como era necesario para nuestra redención, un solo y mismo mediador entre Dios y los hombres pudiese, por un lado, morir y, por otro, resucitar. Si no fuese verdadero Dios, no traería el remedio; y, de no ser verdadero hombre, no nos daría ejemplo.
Hay todavía otros muchos beneficios que se siguen de la encarnación, pero exceden la comprensión humana» (S. Th., III, q.1, a.2 c.).

jueves, 19 de diciembre de 2019

¿POR QUÉ CONVIENE A MARÍA SER CORREDENTORA?

La Piedad de Anton Van Dyck
Imagen:  www.museodelprado.es

Selecciono un texto de San Pío X que compendia con precisión la doctrina católica sobre la mediación corredentora de María, doctrina luminosa de profundas implicancias teológicas y espirituales, no mero adorno piadoso para con la Madre del Salvador. 

"A
 todo esto hay que añadir, en alabanzas de la santísima Madre de Dios, no solamente el haber proporcionado, al Dios Unigénito que iba a nacer con miembros humanos, la materia de su carne [13] con la que se lograría una hostia admirable para la salvación de los hombres; sino también el papel de custodio y alimentar esa hostia e incluso, en el momento oportuno, colocarla ante el ara. De ahí que nunca son separables el tenor de la vida y de los trabajos de la Madre y del Hijo, de manera que igualmente recaen en uno y otro las palabras del Profeta [14]: mi vida transcurrió en dolor y entre gemidos mis años . Efectivamente, cuando llegó la última hora del Hijo, estaba en pie junto a la cruz de Jesús, su Madre , no limitándose a contemplar el cruel espectáculo, sino gozándose de que su Unigénito se inmolara para la salvación del género humano, y tanto se compadeció que, si hubiera sido posible, ella misma habría soportado gustosísima todos los tormentos que padeció su Hijo [15].

Y por esta comunión de voluntad y de dolores entre María y Cristo, ella mereció convertirse con toda dignidad en reparadora del orbe perdido [16], y por tanto en dispensadora de todos los bienes que Jesús nos ganó con su muerte y con su sangre.

Cierto que no queremos negar que la erogación de estos bienes corresponden por exclusivo y propio derecho a Cristo; puesto que se nos han originado a partir de su muerte y El por su propio poder es el mediador entre Dios y los hombres. Sin embargo, por esa comunión, de la que ya hemos hablado, de dolores y bienes de la Madre con el Hijo, se le ha concedido a la Virgen augusta ser poderosaosísima mediadora y conciliadora de todo el orbe de la tierra ante su Hijo Unigénito [17]. Así pues, la fuente es Cristo y de su plenitud todos hemos recibido [18]; por quien el cuerpo, trabado y unido por todos los ligamentos que lo nutren... va obrando su crecimiento en orden a su conformación en la caridad [19]. A su vez María, como señala Bernardo, es el acueducto [20]; o también el cuello, a través del cual el cuerpo se une con la cabeza y la cabeza envía al cuerpo la fuerza y ​​las ideas. Pues ella es el cuello de nuestra Cabeza, a través del cual se transmite a su cuerpo místico todos los hechos espirituales [21]. Así pues, es evidente que lejos de nosotros está el atribuir a la Madre de Dios el poder de producir eficazmente la gracia sobrenatural, que es exclusivamente de Dios. Ella, sin embargo, al aventajar a todos en santidad y en unión con Cristo y al ser llamada por Cristo a la obra de la salvación de los hombres, nos merece de congruo , como se dice, lo que Cristo mereció de condigno y es Ella ministra principal en la concesión de gracias. Cristo está sentado a la derecha de la majestad en los cielos [22]; María a su vez está como reina a su derecha, refugio segurísimo de todos los que están en peligro y fidelísima auxiliadora, de modo que nada hay que temer y por nada desesperar con ella como guía, bajo su auspicio, con ella como propiciadora y protectora» [23]. (San Pío X, Extracto de la Encíclica Ad diem illum lætissimum , sobre la devoción a la Santísima Virgen, en el 50 aniversario del dogma de la Inmaculada Concepción. 2 de febrero de 1904).
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[13] San Beda, L. 4, en Luc. XI.
[14] Sal. 30, 11.
[15] San Buenaventura, Envié. d. 48, ad Litt. doblar. 4.
[16] Eadmerio, De Excelentia Virg. Maríae, c. 9
[17] Pío IX, Bula Ineffabilis.
[18] Jn. 1, 16
[19] Efesios 4, 16.
[20] Serm de temp., en Nativ. BV de Aquaeductu. norte. 4.
[21] San Bernardino. Cuadrag. de Evangelio eterno, Serm. X, a. 3, c. 3..
[22] Hebreos 1, 3.
[23] Pío IX, Bula Ineffabilis.

***
Por tanto, resulta muy convincente el siguiente resumen que hace un manual de mariología sobre la doctrina de María corredentora, luego de un análisis atento de la enseñanza magistral desde Pío IX hasta el Vaticano II:

1) Se aplica expresamente a la Santísima Virgen el título de Corredentora.

2) Se afirma con insistencia la cooperación de María a la obra de la Redención, no solo subjetiva, sino también objetiva, es decir, no solo en la aplicación de la Redención, sino en su consecución, y dicha cooperación aparece como distinta de la misma Maternidad divina.

3) El fundamento de esta cooperación se pone en una inefable asociación con Cristo, que trascendiendo la unión natural de una madre con su Hijo, encuentran su última razón en la voluntad divina que quiso asociar a María a su Hijo en la obra de la Redención. Dedúcese de todo ello que la Corredención de María en los términos explicados es doctrina católica ». (Cf J. Ibáñez, F. Mendoza. La Madre del Redentor , Ed. Palabra 1988, pp. 251-275).

En consecuencia, cuando la teología católica asigna ciertos privilegios a la Madre de Dios, tanto a su persona como a su misión, no está obviamente usurpando nada al Hijo para otorgárselo a la Madre, sino reconociendo el hecho de que el Hijo ha querido compartirlo todo con su Madre, incluso su obra salvífica, en la medida en que es posible y conveniente hacerlo con una criatura eximia y del todo singular. De María nunquam satis .

miércoles, 11 de diciembre de 2019

REZAR LA LITURGIA, NO SOLO OÍRLA

Misa en una cabaña de Aloysius O'Kelly 

Presento en español el resumen que Gregory DiPippo ha publicado de la conferencia impartida por Dom Alcuin Reid en College Station, Texas, en su paso por Estados Unidos. Bajo el título «Rezando la Liturgia», Dom Alcuin Reid nos propone una comprensión más honda del lenguaje propio e íntimo que habla la liturgia; así podremos participar en ella de manera intensa y fructuosa. En efecto, el empobrecimiento que la idea litúrgica de participación activa ha sufrido en las últimas décadas es tan manifiesto, que urge redescubrir su noble significación y los caminos orantes de implementarla.

Publicado por G. DiPippo en newliturgicalmovement.org

Rezando la Liturgia
por Dom Alcuin Reid

L
a sagrada liturgia no es un tipo de actividad ordinaria. Tiene su propio «lenguaje», por así decirlo. Pero ese lenguaje no está compuesto principalmente de palabras. Es una de las paradojas de nuestro tiempo que la introducción de las lenguas vernáculas nos haya llevado a considerar los ritos litúrgicos sobre todo como un texto hablado e inmediatamente comprensible. Las nuevas generaciones han llegado a esperar que todo en la liturgia sea tan transparente e inmediato, como cualquier mensaje o información que encuentran en los medios impresos o electrónicos o que reciben en sus propios aparatos personales.

Ciertamente, los ritos litúrgicos implican el uso de palabras, y ellas tienen un significado que en última instancia debería estar al alcance de nuestra comprensión (si se usa el latín, al menos a través de un misal o de una traducción en un folleto). Pero en nuestra sociedad saturada de palabras, quizás hemos olvidado que la liturgia es principalmente una acción, no un discurso. La liturgia no es un conjunto de palabras que se leen, o por nosotros, o entre nosotros. Es un rito, un conjunto de acciones, gestos y sonidos en lugares determinados. Sí, incluye palabras, pero su uso en la liturgia va más allá que la de una eficiente comunicación de información o de ideas a las que estamos acostumbrados.

Porque no es simplemente lo que se dice lo que importa en un rito litúrgico, sino que lo fundamental es lo que se hace. Y no tanto lo que es hecho por nosotros; más bien lo que hace Dios omnipotente es lo que importa. Algo acontece en la liturgia que no es hechura nuestra. Es en la dinámica de ese acontecimiento, de esa acción, donde debemos situarnos. Esa es la participación activa en la liturgia.

Lo que acontece en la liturgia lo hace Cristo, no nosotros. Porque la liturgia es el culto ofrecido por Cristo en su Iglesia por el poder del Espíritu Santo a Dios Padre. No es algo que hacemos nosotros principalmente. Sin duda, por derecho de nuestro bautismo podemos participar en esa ofrenda. En efecto, es nuestro deber bautismal hacerlo en la medida de nuestras posibilidades y de acuerdo con nuestra vocación particular. Pero la liturgia es ante todo Cristo actuando en el mundo de hoy a través de los ritos de su Iglesia. Debido a esto, a través de esto, somos capaces de tomar parte en sus actos salvíficos: la redención que llevó a cabo por nuestros pecados en la cruz, y la esperanza de la vida eterna manifestada en su gloriosa resurrección. En resumen, la sagrada liturgia es la acción salvífica de Cristo en nuestro mundo de hoy.

La comprensión de que la liturgia es una acción, no un texto, y que de hecho se trata principalmente de una acción de Cristo mismo, es crucial si quiero participar en un rito litúrgico, si realmente quiero involucrarme consciente y efectivamente en esa acción, si de hecho quiero orar la sagrada liturgia. De lo contrario, seré un mero espectador, posiblemente aburrido, o tal vez incluso entretenido. Pero la liturgia no es un espectáculo o entretenimiento para ser visto. Es una acción en la que debo estar integrado. Es adoración. Y es oración.

Por tanto, rezar la liturgia, que es sencillamente la participación verdadera o real (a veces llamada «activa») en la liturgia, no consiste tanto en decir las palabras correctas, «contestar las respuestas» o «unirse al canto» (estos son medios, no fines); más bien consiste en que yo me sumerja, me pierda, me deje atrapar por la acción de la liturgia».