domingo, 15 de noviembre de 2020

LA AMENAZA PASTORALISTA

Nada cambia en la doctrina, solo cambian sus aplicaciones pastorales ante las nuevas circunstancias. Reconozco que este tipo de argumentación me pone nervioso. Por eso me ha parecido oportuno traducir un artículo (también incluye audio) de Aldo Maria Valli sobre la ola de «pastoralismo» que inunda a la Iglesia desde hace décadas. El término «pastoral», tan persistente en la jerga eclesial, parece haber perdido su genuino significado; frecuentemente manipulado, se ha prestado para justificar cambios e interpretaciones novedosas en los ámbitos de la fe, de la moral o del culto. Hoy se tiene la impresión de que «por razones pastorales» todo puede ser subvertido en la vida de la Iglesia. Por supuesto que algunas afirmaciones de Valli pueden ser matizadas, pero en su conjunto ofrecen luz y orientación para comprender algo de estos tiempos revueltos y confusos que nos ha tocado vivir. Me parece importante el análisis sobre las consecuencias disolventes que encierra «la pastoral», cuando ésta viene presentada como una especie de vía alternativa o contrapuesta a la senda doctrinal o dogmática.


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El abuso de la pastoral
Por Aldo Maria Valli

Cuando la pastoral reemplaza la doctrina

Una de las palabras más comunes en la Iglesia actual es «pastoral». No hay discurso en el que esta palabra no venga utilizada, siempre con un papel central, como si la pastoral se hubiese convertido en el fundamento de la vida de la Iglesia y de su enseñanza. Pero la pastoral de suyo es una praxis y, como tal, no puede ser puesta como fundamento de nada, no puede explicar nada y no puede sostener nada. En cuanto praxis, necesita una doctrina que la funde y la respalde. Los resultados de este vuelco están ante nosotros. Desde hace décadas, la Iglesia Católica insiste sobre el «cómo» sin explicar el «porqué», se ocupa de los medios para la acción, pero descuida los presupuestos y los fines últimos.

Hace años, cuando mi esposa y yo éramos un poco más jóvenes, o un poco menos viejos, había un párroco que nos invitaba a las «reuniones para novios» (todavía se les llamaba así) para que pudiéramos contar nuestra vida de fe, nuestra unión fiel y nuestra elección de tener una familia numerosa. Y recuerdo muy bien que las parejas, en ese salón parroquial donde nos reuníamos, no se sentían atraídas por el «cómo» habíamos logrado permanecer fieles y tener seis hijos, sino por el «porqué». En efecto, son las motivaciones las que despiertan más interés.

El predominio de la visión pastoral es fruto del Concilio Vaticano II. Fue Juan XXIII quien quiso un Concilio pastoral y no dogmático, un Concilio destinado no a revisar la doctrina, sino a proponerla mejor, de un modo más conforme a las nuevas exigencias. El hecho es que en ese Concilio «pastoral» se insinuó una falta de confianza con relación a la doctrina, considerada no acorde con los tiempos. En la mayoría de los casos se evitaba decirlo, pero la necesidad de un maquillaje pastoral nació del hecho de que la Iglesia se sentía atrasada, de manera que los que sí querían cambiar la doctrina se movieron bien para aprovechar la oportunidad. Lo cierto es que en el mismo momento en que el Concilio se declaró «pastoral» introdujo una nota de desconfianza hacia la doctrina, cuando en realidad nada es más pastoral que la doctrina misma, nada más pastoral que el dogma que guía y orienta a las ovejas. Este es el malentendido inicial, del cual en el plano teológico y doctrinal se han derivado múltiples deformaciones, si no verdaderas y propias herejías, y en el plano litúrgico, múltiples abusos.

En este Concilio «pastoral» hubo otro malentendido. Se trata de la invitación de Juan XXIII a curar los errores con la «medicina de la misericordia». Ahora bien, esta medicina puede ser usada, y de hecho la Iglesia siempre la ha usado, con todas las personas que, arrepentidas de sus propios pecados, manifiestan una seria intención de vivir según la ley divina y de no pecar más. Pero el problema es que, con el Concilio «pastoral» y no dogmático, la Iglesia, para presentarse más amigable, más joven y más solidaria, pensó que podía aplicar la misma receta y utilizar la misma medicina también con las ideas y las ideologías. Sin embargo, éstas no saben qué cosa significa el arrepentimiento y el propósito de no volver a pecar. El resultado fue que esas ideas e ideologías fueron, en la práctica, despachadas sin más por la Iglesia, que les permitió entrar en sus propias filas. Fue así, sobre la base de una supuesta elección «pastoral», que el relativismo, el subjetivismo, el modernismo, el marxismo y el comunismo irrumpieron en la Iglesia, conquistando seminarios y cátedras universitarias. De esta manera fue cómo la doctrina y el depositum fidei terminaron bajo ataque. La elección pastoral fue en realidad un equívoco pastoral, que se perpetúa hasta nuestro días, porque no hay nada más pastoral que una doctrina sólida y claramente expuesta.

Bajo la bandera de la «pastoral» el Concilio Vaticano II se negó a condenar y a tomar medidas disciplinarias. De aquí nace aquella actitud que luego hemos visto aparecer en el «¿quién soy yo para juzgar?» del Papa Francisco, una frase que quizá se escapó de la mente, pero no por ello menos densa de valor programático. Una Iglesia que no desea condenar ni hacer valer una disciplina, obviamente gusta mucho al mundo, que la exalta y halaga, pero no es Iglesia, porque no es madre ni maestra, sino solo una compañera de camino que se limita a consolar de manera genérica, sin exhortar a la conversión y sin ofrecer en último término auténticas perspectivas de salvación.

Además, hay que añadir que una cosa es la visión pastoral y otra el pastoralismo, que presiona en todos los niveles y se aviene muy bien, como veremos, con el sinodalismo y el democraticismo. También estos «ismos» son en gran parte fruto del Concilio Vaticano II y de una visión distorsionada de la vida de la Iglesia, tomada de la política.

Sé bien que el Vaticano II no puede ser considerado el origen de todos los problemas, pero está claro que algunos problemas estallaron allí, y lo que vivimos hoy es una consecuencia directa de lo que sucedió en aquel período conciliar.

Una primera consecuencia que me parece evidente es la idea, ampliamente difundida, de que no es tan importante enseñar las verdades necesarias para la salvación del alma, sino ayudar a los fieles a vivir su fe aquí, en este mundo. Falsa dicotomía, porque la mejor manera de vivir la fe en este mundo consiste precisamente en hacerse intérprete de la verdad.

La segunda consecuencia es que en la enseñanza ya no hay una última palabra. Avanzamos según los tiempos y las circunstancias. Como praxis, la pastoral depende de la realidad en la que se implementa. Decae, por tanto, la idea de inmutabilidad. Todo es contingente, incluso la enseñanza de la Iglesia. La doctrina, convertida en esclava de la pastoral, se vuelve un sistema variable.

La tercera consecuencia es que en el primer plano ya no está Dios, a quien dar gloria por medio del culto, sino el hombre, con sus necesidades y sus nudos que desatar. Sucede entonces que la verdad se adapta cada cierto tiempo, según las circunstancias en las que viven los destinatarios de la enseñanza. Y estas adaptaciones, en no pocas ocasiones, conducen a desviaciones reales.

Una cuarta consecuencia es la tendencia a justificar el error y encontrar atenuantes, de tal modo que la pastoral se convierte de hecho en una búsqueda de pretextos para poder excusar de la culpa. Si una enseñanza dogmática se opone al error, una enseñanza pastoral, al menos tal como la hemos conocido o la conocemos actualmente, asume el error y casi llega a justificarlo en nombre de la humana «fragilidad».

La quinta consecuencia es que la doctrina ya no es un corpus unitario, sino que aparece como realidad fragmentada y despedazada. Al depender de las circunstancias, la enseñanza pierde su carácter unitario. Entonces se abre el camino a la idea del pluralismo: muchas respuestas diferentes para muchas preguntas diferentes. Y aquí llegamos a la moralidad del caso a caso, dominada por el relativismo.

La sexta consecuencia es la confusión, bien visible en nuestro tiempo. Al decaer la unidad de la doctrina, se forman distintas líneas de interpretación y cada uno puede elegir la que más le guste. Por tanto, lo que es válido en una diócesis puede no serlo en absoluto en la diócesis vecina. Lo que enseña el párroco A puede ser diferente de lo que enseña el párroco B. Es una falta de unidad que se traduce, a su vez, en una pérdida de coherencia, e incluso de prestigio, de autoridad.

Como séptima consecuencia, quisiera mencionar el desprecio por la tradición, percibida como un conjunto de cosas viejas y no como el tesoro a transmitir en cada época, más allá y por encima de las circunstancias históricas.

Finalmente, y es la octava consecuencia, subrayo el desprecio radical que los pastoralistas, no obstante toda la ternura y comprensión mostradas en las palabras, guardan hacia los fieles, vistos por ellos como criaturas que en realidad no tienen la posibilidad de acceder a la verdad absoluta e inmutable, sino que tan solo pueden ser acompañadas hacia ciertas parcelas de verdad, según las circunstancias.

En definitiva, hay un fuerte componente determinista en la pastoral, y no podría ser de otro modo, ya que, como hemos dicho desde el principio, estamos hablando de una praxis.

Pero me gustaría concluir con otra consideración. Se refiere al argumento que tantas veces escuchamos en boca de los «pastoralistas», incluso en niveles muy altos de la jerarquía, y que consiste en decir: dado que las verdades fundamentales, ciertas e inmutables, son conocidas por todos, es inútil insistir en ellas; es mucho mejor  ocuparse de la pastoral. Pero esta es una ilusión colosal, porque no es cierto que la verdad cierta e inmutable sea conocida por todos. De hecho, a menudo existe una gran ignorancia, y el pastoralismo no hace más que acentuarla.

Contraponer pastoral y ley es una operación engañosa. No hay misericordia más elevada y concreta, no hay pastoral más eficaz, que la practicada por quienes exhortan a respetar, sin peros, los mandamientos divinos. Estos mandamientos no han sido dados al hombre como ideales hacia los que deba orientarse en la medida de lo posible, sino como caminos bien señalados para nuestra salvación y, finalmente, para nuestro mayor bien.

El pastoralismo es hijo de una ebriedad ideológica no diferente, en sustancia, de la que golpeó al pensamiento filosófico; y no es casualidad que ciertos resultados se vean hoy, justo cuando encontramos guiando la Iglesia a aquella generación que en el 68 rondaba la treintena.

La víctima número uno de la embriaguez es el sentido común. Efectivamente, el simple, querido y viejo sentido común, traicionado por legiones de pseudo-pastores que, al no tener el valor de decir que ya no creían en las enseñanzas de siempre, han empezado a discutir sobre el «realismo pastoral»; anteponiendo de hecho el hombre a Dios, se han puesto a predicar no en vista de la salvación del alma, sino en vista del bienestar psicofísico de la persona, como si existiera un deber de Dios por perdonar y un derecho de la criatura a ser perdonada.

Como escuché en la presentación de ese hermoso libro de Monseñor Nicola Bux Con los sacramentos no se juega, la Iglesia tiene tres caminos para cambiar el corazón de los hombres: el magisterio, la oración y los sacramentos (sobre todo la Eucaristía). Hoy, en cambio, la Iglesia prefiere poner en el centro los programas pastorales genéricos.

Desde hace más de medio siglo, la Iglesia no hace más que elaborar «planes pastorales» cada vez más sofisticados y detallados. ¿Pero con qué resultado? Está a la vista de todos: el «pueblo» está más ateo y más agnóstico, la gente no va a la iglesia y los sacerdotes y religiosos gozan de menos prestigio y credibilidad. ¿No basta todo esto para caer en la cuenta de que el camino de los «programas pastorales» ha fracasado?

Lamentablemente la Iglesia Católica, al igual que la burocracia estatal, se ha convertido en un aparato cuyo primer objetivo, a menudo, ya no es servir (a los fieles en el caso de la Iglesia, a los ciudadanos en el caso del Estado), sino preservarse a sí misma. Y todo esto se puede traducir con una sola palabra: traición.

Aldo Maria Valli

Fuente: radioromalibera.org y aldomariavalli.it 


domingo, 1 de noviembre de 2020

EL JARDÍN DE DIOS

Recojo una preciosa reflexión de Benedicto XVI sobre la festividad de Todos los Santos, el día en que la Iglesia, que aún peregrina y sufre en la tierra, nos invita a mirar al cielo, la Patria donde residen nuestros hermanos que forman la Iglesia triunfante y victoriosa. El Papa emérito compara la multitud de los bienaventurados a un jardín botánico, en el que la belleza tan variada de flores y plantas nos hace pensar en el genio del Creador. Así sucede con los santos: son como un «jardín» donde el Espíritu de Dios ha suscitado con admirable fantasía una multitud de santos y santas, de toda edad y condición social, de toda lengua, pueblo y cultura.

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«Celebramos hoy con gran alegría la fiesta de Todos los Santos. Al visitar un jardín botánico, nos sorprende la variedad de plantas y flores, y resulta natural pensar en la fantasía del Creador, que ha transformado la tierra en un maravilloso jardín. Experimentamos un sentimiento análogo cuando consideramos el espectáculo de la santidad: el mundo se nos presenta como un “jardín”, donde el Espíritu de Dios ha suscitado con admirable fantasía una multitud de santos y santas, de toda edad y condición social, de toda lengua, pueblo y cultura.

Cada uno es diferente del otro, con la singularidad de la propia personalidad humana y del propio carisma espiritual. Pero todos llevan grabado el “sello” de Jesús (cf. Ap 7, 3), es decir, la huella de su amor, testimoniado a través de la cruz. Todos viven felices, en una fiesta sin fin, pero, como Jesús, conquistaron esta meta pasando por fatigas y pruebas (cf. Ap 7, 14), afrontando cada uno su parte de sacrificio para participar en la gloria de la resurrección.

La solemnidad de Todos los Santos se fue consolidando durante el primer milenio cristiano como celebración colectiva de los mártires. En el año 609, en Roma, el Papa Bonifacio IV consagró el Panteón, dedicándolo a la Virgen María y a todos los mártires. Por lo demás, podemos entender este martirio en sentido amplio, es decir, como amor a Cristo sin reservas, amor que se expresa en la entrega total de sí a Dios y a los hermanos. Esta meta espiritual, a la que tienden todos los bautizados, se alcanza siguiendo el camino de las “bienaventuranzas” evangélicas, que la liturgia nos indica en la solemnidad de hoy (cf. Mt 5, 1-12). Es el mismo camino trazado por Jesús y que los santos y santas se han esforzado por recorrer, aun conscientes de sus límites humanos.

En su existencia terrena han sido pobres de espíritu, han sentido dolor por los pecados, han sido mansos, han tenido hambre y sed de justicia, han sido misericordiosos, limpios de corazón, han trabajado por la paz y han sido perseguidos por causa de la justicia. Y Dios los ha hecho partícipes de su misma felicidad: la gustaron anticipadamente en este mundo y, en el más allá, gozan de ella en plenitud. Ahora han sido consolados, han heredado la tierra, han sido saciados, perdonados, ven a Dios, de quien son hijos. En una palabra: “de ellos es el reino de los cielos” (Mt 5, 3.10).

En este día sentimos que se reaviva en nosotros la atracción hacia el cielo, que nos impulsa a apresurar el paso de nuestra peregrinación terrena. Sentimos que se enciende en nuestro corazón el deseo de unirnos para siempre a la familia de los santos, de la que ya ahora tenemos la gracia de formar parte. Como dice un célebre canto espiritual: “Cuando venga la multitud de tus santos, oh Señor, ¡cómo quisiera estar entre ellos!”.

Que esta hermosa aspiración anime a todos los cristianos y les ayude a superar todas las dificultades, todos los temores, todas las tribulaciones. Queridos amigos, pongamos nuestra mano en la mano materna de María, Reina de todos los santos, y dejémonos guiar por ella hacia la patria celestial, en compañía de los espíritus bienaventurados "de toda nación, pueblo y lengua" (Ap 7, 9). Y unamos ya en la oración el recuerdo de nuestros queridos difuntos, a quienes mañana conmemoraremos» (Benedicto XVI, Angelus 1° de noviembre de 2008).

miércoles, 28 de octubre de 2020

Y ELEVANDO SUS OJOS AL CIELO

  
Pedro Pablo Rubens. La Última Cena

El relato de la institución de la Eucaristía tal como lo encontramos en el Canon Romano posee una singular belleza. A los textos extraídos directamente de la Escritura, la Iglesia añadió desde antiguo algunas expresiones breves y sencillas que acentúan el carácter sagrado del relato, centrándolo aún más en la persona de Cristo. En efecto, la mención a sus manos santas y venerables, la alusión a sus ojos que se levantan hacia el cielo en dirección a su Padre omnipotente, la caracterización del cáliz como algo en verdad glorioso, otorgan una atmósfera de bella sacralidad a este momento central de la Misa. «La noble perla del acontecimiento de la consagración -dice Schnitzler en sus Meditaciones sobre la Misa- nos es ofrecida en un texto preciosamente redactado». Ahora bien, descubrir y dejarse afectar por la belleza que envuelve a los ritos sagrados, también es parte esencial de una participación activa y fructuosa en la liturgia.

Es una pena que estas expresiones de respetuosa admiración no se hayan conservado en las nuevas plegarias eucarísticas, en particular la mención a las manos del Salvador, que es antiquísima y está presente en gran variedad de anáforas. Como ha dicho un estudioso del Canon Romano, «las manos de Cristo, en este pasaje litúrgico, están escrupulosamente cuidadas. Leyendo diferentes liturgias he llegado a contar hasta 18 epítetos y expresiones adjetivales, con las que las manos de Cristo, sacerdote y víctima, quedan perfectamente iluminadas con distintos tonos de luz». Y en nota a pie de página enumera las siguientes: santas, venerables, inmaculadas, inocentes, inmortales, sagradas, divinas, creadoras, irreprochables, puras, vivificantes, benditas, sin tacha, incontaminadas, inmunes o libres de toda mancha, intactas, llenas de bendiciones.*

Al tema de las manos santas del Señor en el relato del Canon ya dediqué algunas entradas en este blog. Ahora me detengo en la alusión que se hace a su mirada, a sus ojos. Dice el texto del Canon: «El cual, la víspera de su Pasión, tomó pan en sus santas y venerables manos, y, elevando los ojos al cielo, hacia ti, Dios, Padre suyo todopoderoso...» (et elevatis oculis in cælum ad te Deum Patrem suum omnipotentem). Como puede apreciarse, el texto hace mención a las manos y a los ojos de Cristo, proyectando así una imagen luminosa y sacral de su persona. Sin duda, los ojos son el órgano más expresivo del rostro humano: ¡cuántas emociones se pueden transmitir a través de una mirada! Por tanto, una mención a los ojos de Cristo cuando se rememora un momento tan solemne de su vida nos parece natural y piadosa. Si las manos son expresivas sobre todo en el ámbito del hacer, los ojos, en cambio, nos permiten asomarnos a la intimidad del corazón. Con sus manos el Señor tomó, partió y distribuyó el pan a sus discípulos; con sus ojos, en cambio, buscó una vez más a su Padre a quien ofrecía el Sacrificio que se disponía a instituir. Su mirada al cielo, a su Padre todopoderoso, complementa el sentido de lo que ejecuta con sus manos santas y venerables y dice con sus labios benditos.

Si bien la mención a los ojos del Señor no está presente en los relatos evangélicos de la última cena, es posible que los discípulos conservaran una cuidadosa memoria de este gesto del Maestro, presente en otros momentos significativos de su vida. Por ejemplo, en la primera multiplicación de los panes, nos cuenta san Mateo: «Y mandando a la muchedumbre que se recostara sobre la hierba, tomó los cinco panes y los dos peces, y alzando los ojos al cielo, bendijo y partió los panes...» (Mt 14, 19). Idéntico gesto recoge san Juan cuando Jesús ora ante la tumba de su amigo Lázaro, justo antes de ordenarle que salga fuera: «Quitaron, pues, la piedra, y Jesús, alzando los ojos al cielo, dijo: Padre te doy gracias...» (Jn 11,41). La solemne oración sacerdotal de Cristo durante la despedida en el cenáculo comienza también con la mirada dirigida hacia lo alto: «Esto dijo Jesús, y levantando sus ojos al cielo, añadió: Padre, llegó la hora» (Jn 17, 1). En todos estos casos, nos queda la sensación de que cada vez que Jesús alza su mirada al cielo, asistimos a un momento de oración íntima y profunda de Cristo con su Padre. Y junto con su mirada suben también al cielo sus palabras y sus acciones: «Yo te he glorificado sobre la tierra llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar» (Jn 17, 4).

En la hora suprema del sacrificio eucarístico, los ojos de Cristo se alzan a Dios, Padre suyo omnipotente. Este gesto nos hace palpar la atmósfera de oración que envuelve este momento sagrado y también su carácter religioso y cultual. A través de los ojos del Salvador, la humanidad, encorvada por el pecado, puede volver a mirar nuevamente hacia el cielo, vislumbrar el paraíso perdido. Como dice Schnitzler, tras el pecado de origen, «los ojos de la humanidad son como los de aquella mujer encorvada, que no podía mirar a lo alto (Lc 13, 11). En cambio, con los ojos del Dios-hombre la humanidad levanta de nuevo su mirada hacia el Padre. Y esto acontece en la cena, en el santo sacrificio. Cada vez que el Señor está entre nosotros, toma en sus manos el pan y levanta sus ojos al cielo, se repite lo que se cuenta de los discípulos de Emaús: se abrieron sus ojos y lo reconocieron» (Lc 24, 31). (Meditaciones sobre la Misa, Herder 1960, p. 255).

Finalmente podemos ver en los ojos alzados de Jesús una expresión esencial de la celebración litúrgica, a saber, que ella tiene como centro y espectador fundamental a la Trinidad beatísima, como nos lo recuerda la oración final del Placeat en el rito tradicional: «Sea de tu agrado, oh Trinidad santa, el obsequio de mi servidumbre; y haz que el sacrificio que yo, indigno, he ofrecido a los ojos de tu Majestad, sea digno de tu aceptación...».

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*Cf. Francisco Sánchez Abellón, Canon Romano, p.253 (pdf)


domingo, 18 de octubre de 2020

LOS EVANGELIOS, CORAZÓN DE LA ESCRITURA

Pieter Aertsen. Los cuatro Evangelistas 
(ca. 1560-1565) Foto: pinterest.es

«Nadie ignora que, entre todas las Escrituras, incluso del Nuevo Testamento, los Evangelios ocupan, con razón, el lugar preeminente, puesto que son el testimonio principal de la vida y doctrina del Verbo Encarnado, nuestro Salvador.

La Iglesia siempre ha defendido y defiende que los cuatro Evangelios tienen origen apostólico. Pues lo que los Apóstoles predicaron por mandato de Cristo, luego, bajo la inspiración del Espíritu Santo, ellos y los varones apostólicos nos lo transmitieron por escrito, fundamento de la fe, es decir, el Evangelio en cuatro redacciones, según Mateo, Marcos, Lucas y Juan.

La Santa Madre Iglesia firme y constantemente ha creído y cree que los cuatro referidos Evangelios, cuya historicidad afirma sin vacilar, comunican fielmente lo que Jesús Hijo de Dios, viviendo entre los hombres, hizo y enseñó realmente para la salvación de ellos, hasta el día que fue levantado al cielo. Los Apóstoles, ciertamente, después de la ascensión del Señor, predicaron a sus oyentes lo que Él había dicho y obrado, con aquella crecida inteligencia de que ellos gozaban, amaestrados por los acontecimientos gloriosos de Cristo y por la luz del Espíritu de verdad. Los autores sagrados escribieron los cuatro Evangelios escogiendo algunas cosas de las muchas que ya se trasmitían de palabra o por escrito, sintetizando otras, o explicándolas atendiendo a la condición de las Iglesias, reteniendo por fin la forma de proclamación de manera que siempre nos comunicaban la verdad sincera acerca de Jesús. Escribieron, pues, sacándolo ya de su memoria o recuerdos, ya del testimonio de quienes "desde el principio fueron testigos oculares y ministros de la palabra" para que conozcamos "la verdad" de las palabras que nos enseñan (cf. Lc 1,2-4)» (Constitución Dogmática Dei Verbum, n. 18 y 19).


 

jueves, 15 de octubre de 2020

TERESA DE JESÚS, EL LIDERAZGO DE UNA MUJER EXTRAORDINARIA

Santa Teresa de Jesús
fundadora del Carmelo reformado

Edith Stein nos ha dejado páginas selectas sobre la vida y el alma de santa Teresa de Jesús, su madre espiritual. Sabemos que para la mártir carmelita el encuentro con las obras de Teresa de Ávila fue determinante en su conversión. Edith encontró en Teresa no sólo una gran mística y fundadora, sino también un modelo en el arte de educar y formar a la persona en su integridad. En su ensayo Una maestra en la educación y en la formación: Teresa de Jesús, Edith Stein nos muestra en pocas pinceladas las cualidades del liderazgo natural de la gran santa de Ávila: 

«Podrá llegar a ser maestro en el arte de la educación solo aquel que por naturaleza ha nacido para dirigir. Tal es el caso de Teresa. Poseía ella visión clara del espíritu, que decididamente emprende altos objetivos; pasión de corazón, que vivamente se esfuerza y hace suya su profunda interioridad; voluntad siempre dispuesta, que inmediatamente se empeña en algo que ha conocido como digno de aspiración; espíritu de grupo, que aquello que para sí tiene como bueno a lo que aspirar o poseer, inmediatamente desea que llegue a los demás; y poder de encanto sobre las almas, que sin reservas a ella se le entregan. Todo ello lo demuestra la bien conocida narración de su deseo infantil por el martirio...

Su natural liderazgo fue elevado mediante la gracia. Aunque el motivo fundamental de su entrada en el convento fue el temor, muy pronto se fue transformando en un ardiente amor a Dios con la experiencia de una interior alegría que el Señor le regalaba por su sacrificio. La joven religiosa será llevada por el camino de la oración interior. Descubre en el interior de su alma un mundo de cuya riqueza hasta ahora no había ni sospechado. Aprende a descubrir a Dios en lo más interior de su alma y a entablar con él un trato confiado. Por propia experiencia descubre las palabras de san Agustín: «Noli foras ire, intra in te ipsum; in interiore hominis habitat Veritas», «No vayas fuera; entra en ti mismo; en el interior del hombre habita la Verdad» (Edith Stein, Escritos espirituales, BAC 2001, p. 251 y 254).




 

viernes, 9 de octubre de 2020

TOCAR A CRISTO CON FE Y HUMILDAD

Extracto de un sermón de San Pedro Crisólogo sobre la fe y humildad con que la hemorroísa tocó el manto de Cristo y alcanzó su curación.

«Acercándose por detrás, le tocó el borde de su manto (Cf. Mt 9 18-26). ¡Qué debió de ver escondido en la intimidad de Cristo, la que en el borde de su manto descubrió todo el poder de la divinidad! ¡Cómo enseñó lo que vale el cuerpo de Cristo la que mostró que en el borde de su manto hay algo de tanta grandeza!

Ponderen los cristianos, que cada día tocan el Cuerpo de Cristo, qué medicina pueden recibir de ese mismo cuerpo, si una mujer recobró completamente la salud con sólo tocar la orla del manto de Cristo. Pero lo que debemos llorar es que,  mientras la mujer se curó de esa llaga, para nosotros la misma curación se torna en llaga. Por eso, el Apóstol amonesta y deplora a los que tocan indignamente el cuerpo de Cristo: pues el que toca indignamente el cuerpo de Cristo, recibe su propia condenación» (cf. 1 Cor 11, 29). (San Pedro Crisólogo, Sermón 34).


 

jueves, 1 de octubre de 2020

DOCTRINA CATÓLICA SOBRE LOS ÁNGELES

Hans Memling. Ángeles alabando a Dios 
con instrumentos musicales (1480)

En un puñado conciso de preguntas y respuestas, el catecismo de San Pío X nos ha dejado un admirable compendio de la doctrina católica sobre los Ángeles. Es de gran consuelo considerar a los ángeles como «hermanos mayores» nuestros que cumplen celosamente el encargo divino de acompañarnos en el camino de la vida; sí, «porque ha dado órdenes a sus ángeles para que te guarden en tus caminos; te llevarán en sus palmas, para que tu pie no tropiece en la piedra» (Sal 90 11-12). La fe en los ángeles nos abre nuevas perspectivas en la comprensión de la Comunión de los Santos y de la solidaridad mutua que Dios ha querido entre sus criaturas que le han permanecido fieles.

De los Ángeles

¿Cuáles son las criaturas más nobles que Dios ha creado? –Las criaturas más nobles creadas por Dios son los Ángeles.

¿Quiénes son los Ángeles? –Los Ángeles son criaturas inteligentes y puramente espirituales.

¿Para qué fin creó Dios a los Ángeles? –Dios creó a los Ángeles para que le honren y le sirvan y para hacerlos eternamente bienaventurados

¿Qué forma o figura tienen los Ángeles? –Los Ángeles no tienen forma ni figura alguna sensible, porque son puros espíritus, que subsisten sin necesidad de estar unidos a cuerpo alguno.

¿Por qué, pues, se representan los Ángeles con formas sensibles? –Los Ángeles se representan con formas sensibles: 1º, para ayudar a nuestra imaginación; 2º, porque así han aparecido muchas veces a los hombres, como leemos en las Santas Escrituras.

¿Permanecieron fieles a Dios todos los Ángeles? –No, señor; no permanecieron fieles a Dios todos los Ángeles; antes, muchos de ellos, por soberbia, pretendieron ser iguales a Él e independientes, y por este pecado fueron desterrados para siempre del paraíso y condenados al infierno.

¿Cómo se llaman los Ángeles desterrados para siempre del paraíso y condenados al infierno? –Los Ángeles desterrados para siempre del paraíso y condenados al infierno se llaman demonios, y su caudillo se llama Lucifer o Satanás.

¿Pueden los demonios hacernos algún mal? –Sí, señor; los demonios pueden hacernos mucho mal en el alma y en el cuerpo, si Dios les da licencia, mayormente tentándonos a pecar.

¿Por qué nos tientan? –Los demonios nos tientan por la envidia que nos tienen, la cual les hace desear nuestra eterna condenación, y por odio a Dios, cuya imagen resplandece en nosotros.

¿Por qué permite Dios las tentaciones? –Dios permite las tentaciones para que, venciéndolas con su gracia, ejercitemos las virtudes y adquiramos merecimientos para el cielo.

¿Cómo se vencen las tentaciones? –Las tentaciones se vencen con la vigilia, la oración y la mortificación cristiana.

¿Cómo se llaman los Ángeles que permanecieron fieles a Dios? –Los Ángeles que permanecieron fieles a Dios se llaman Ángeles buenos, Espíritus celestiales o simplemente Ángeles.

¿Qué fue de los Ángeles que permanecieron fieles a Dios? –Los Ángeles que permanecieron fieles a Dios fueron confirmados en gracia, gozan para siempre de la vista de Dios, le aman, le bendicen y le alaban eternamente.

¿Sírvese Dios de los Ángeles como de ministros suyos? –Sí, señor; Dios se sirve de los Ángeles como de ministros suyos, y en especial a muchos de ellos hace custodios y protectores nuestros.

¿Hemos de tener particular devoción al Ángel de nuestra Guarda? –Si, señor; hemos de tener particular devoción al Ángel de nuestra guarda, honrarle, implorar su socorro, seguir sus inspiraciones y ser agradecidos a su continua asistencia.

(Catecismo Mayor de San Pío X , I parte, c. 2, 2, n. 34 a 48)