martes, 9 de abril de 2019

LA FUERZA REDENTORA DEL SACRIFICIO DE CRISTO


Hermoso texto de San Juan Fisher sobre la fuerza redentora del Sacrificio de Cristo. Idéntica fuerza encierra su renovación sacramental: ¡la Santa Misa sostiene al mundo!

«C
risto Jesús es nuestro sumo sacerdote, y su precioso cuerpo, que inmoló en el ara de la cruz por la salvación de todos los hombres, es nuestro sacrificio.
La sangre que se derramó para nuestra redención no fue la de los becerros y los machos cabríos (como en la ley antigua), sino la del inocentísimo Cordero, Cristo Jesús, nuestro salvador.
El templo en el que nuestro sumo sacerdote ofrecía el sacrificio no era hecho por manos de hombres, sino que había sido levantado por el solo poder de Dios, pues Cristo derramó su sangre a la vista del mundo: un templo ciertamente edificado por la sola mano de Dios.
Y este templo tiene dos partes: una es la tierra, que ahora nosotros habitamos; la otra nos es aún desconocida a nosotros, mortales.
Así, primero, ofreció su sacrificio aquí en la tierra, cuando sufrió la más acerba muerte. Luego, cuando revestido de la nueva vestidura de la inmortalidad entró por su propia sangre en el santuario, o sea, en el cielo, presentó ante el trono del Padre celestial aquella sangre de inmenso valor, que había derramado una vez para siempre en favor de todos los hombres, pecadores.
Este sacrificio resultó tan grato y aceptable a Dios, que así que lo hubo visto, compadecido inmediatamente de nosotros, no pudo menos que otorgar su perdón a todos los verdaderos penitentes.
Es además un sacrificio perenne, de forma que no sólo cada año (como entre los judíos se hacía), sino también cada día, y hasta cada hora y cada instante, sigue ofreciéndose para nuestro consuelo, para que no dejemos de tener la ayuda más imprescindible» (San Juan Fisher, Del comentario sobre los salmos; Sal 129. Oficio de lectura, lunes de la V semana de Cuaresma). 


viernes, 5 de abril de 2019

VERSUS DEUM (HACIA DIOS)


Tomará entonces sangre del novillo y con el dedo hará aspersión hacia el oriente del Propiciatorio (Lev 16, 14). Orígenes, comentando este texto del Levítico, nos ha dejado esta sugestiva reflexión:

«Así se nos explica cómo se llevaba a cabo entre los antiguos el rito de propiciación a Dios en favor de los hombres; pero tú, que has alcanzado a Cristo, el verdadero sumo sacerdote, que con su sangre hizo que Dios te fuera propicio, y te reconcilió con el Padre, no te detengas en la sangre física; piensa más bien en la sangre del Verbo, y óyele a él mismo decirte: Ésta es mi sangre, derramada por vosotros para el perdón de los pecados.
No pases por alto el detalle de que esparció la sangre hacia oriente. Porque la propiciación viene de oriente, pues de allí proviene el hombre cuyo nombre es Oriente, que fue hecho mediador entre Dios y los hombres.
Esto te está invitando a mirar siempre hacia oriente, de donde brota para ti el sol de justicia, de donde nace siempre para ti la luz del día, para que no andes nunca en tinieblas ni en ellas te sorprenda aquel día supremo: no sea que la noche y el espesor de la ignorancia te abrumen, sino que, por el contrario, te muevas siempre en el resplandor del conocimiento, tengas siempre en tu poder el día de la fe y no pierdas  nunca la lumbre de la caridad y de la paz» (Homilías sobre el libro del Levítico,  Hom.  9, 5. PG 12, 515. 523).

Volver la mirada en dirección al sol naciente a la hora de la oración, simboliza para muchos Padres la actitud expectante y ansiosa del hombre que anhela la luz y la salvación de Cristo. Especialmente significativa se vuelve esta orientación de la oración en el campo litúrgico. Siguiendo los pasos del Papa Benedicto, el Cardenal Sarah ha escrito al respecto: «Para comprender que la liturgia nos vuelve interiormente hacia el Señor, convendría que durante las celebraciones, todos juntos, sacerdotes y fieles, nos volviéramos físicamente hacia el Oriente, simbolizado en el ábside... De este modo es como si toda la asamblea fuera absorbida junto con el sacerdote por el misterio silencioso de la Cruz» (La Fuerza del Silencio, Palabra 2017, p. 149).

lunes, 1 de abril de 2019

LA SALVAGUARDA DE LA TRADICIÓN


Escribe Nicolás Gómez Dávila: «El cristianismo degenera, al abolir sus viejos idiomas litúrgicos, en sectas extravagantes y toscas.
 Roto el contacto con la antigüedad griega y latina, perdida su herencia medieval y patrística, cualquier bobalicón se convierte en su exégeta». Se trata de otro importante rol que desempeña la tradición en el seno del cristianismo: protegernos de toda cháchara insulsa y engañosa. Cuando la savia de la tradición no logra irrigar nuestro presente por estar bloqueadas las vías que nos atan a nuestro pasado, proliferan los maestrillos, gurúes e iluminados que, como globos en el aire, atraen las miradas, pero su falta de peso y sustento es manifiesta. De semejante atmósfera se nutre la tentación de la originalidad: sentirse portador de novedades. Pero como nos advierte el mismo Gómez Dávila, «el prurito de originalidad es una afección debida a la falta de talento».

lunes, 25 de marzo de 2019

MARÍA, EL PARAÍSO DEL NUEVO ADÁN

El Tríptico de la Anunciación de Robert Campin


Recojo a continuación uno de los relatos más hermosos en lengua castellana acerca del misterio de la Anunciación del Señor. Su autor, fray Luis de Granada, une en este texto a la belleza de su estilo, la piedad de su alma y la profundidad teológica de su pensamiento.

«P
ues comenzando a discurrir por los principales pasos y misterios de la vida del Salvador, la primera cosa que se ofrece es la embajada del ángel a la Santísima Virgen Nuestra Señora. Donde ante todas cosas es razón poner los ojos en la pureza y santidad de esta Señora que Dios ab aeterno escogió para tomar carne de ella.

Porque así como cuando determinó criar el primer hombre, le aparejó primero la casa en que le había de aposentar, que fue el Paraíso terrenal, así cuando quiso enviar al mundo el segundo, que fue Cristo, primero le aparejó lugar para lo hospedar: que fue el cuerpo y alma de la Sacratísima Virgen. Y así como para aquel Adán terreno convenía casa terrenal, así para éste que venía el Cielo era menester casa celestial:  esto es, adornada con virtudes y dones celestiales.

Y porque la condición de Dios es hacer las cosas tales, cual es el fin para que las hace, así como la Virgen fue escogida para la mayor dignidad que hay después de la Humanidad del Hijo de Dios, que es ser Madre suya, así le fue concedida la mayor santidad y perfección que hay después de Él.

Y porque ella era Madre del Santo de los santos, a ella fueron concedidas por muy alta manera todas las gracias y privilegios que se otorgaron a todas las santas y santos.

Y sobre esto le fueron concedidos otros siete privilegios de grandísima dignidad y admiración. Entre los cuales el primero y el mayor fue ser Madre de Dios. El segundo, no sentir en sí ningún género de mala inclinación ni apetito desordenado. El tercero, nunca jamás en sesenta y tantos años de vida haber cometido un solo pecado, no sólo mortal, pero ni venial: que es cosa que sobrepuja toda admiración. El cuarto, haber concebido por virtud del Espíritu Santo. El quinto, haber parido sin dolor y sin detrimento de su pureza virginal. El sexto, haber sido llevada en cuerpo y alma al Cielo, sin que su cuerpo supiese qué cosa era corrupción. El séptimo estar asentada al lado del Hijo en los más altos bienes de gloria que a otra pura criatura fueron comunicados.

La Anunciación de Pedro Pablo Rubens

Pues siendo esta Virgen tan privilegiada y aventajada sobre todos los santos, y tan llena de gracia, ¿qué cosa fuera ver la vida que en este mundo viviría? ¿Qué fuera ver su pureza, su humildad, su caridad, su benignidad, su honestidad, su mesura, su misericordia y todas las otras virtudes que en ella más que rubíes y esmeraldas resplandecían?

¿Qué fuera verla en este mundo conversar con los hombres y vivir entre ellos, la que, por otra parte, conversaba con los ángeles y trataba con ellos? ¿Qué fuera ver sus ejercicios, sus lágrimas, sus vigilias, sus abstinencias, sus oraciones, en que gastaría los días y las noches con Dios? ¿Qué cosa más admirable que en sesenta y tantos años de vida, conversando con los hombres y viviendo en cuerpo sujeto a la hambre y necesidades de los otros cuerpos, nunca jamás descompasarse sólo un punto, ni en comer, ni en beber, ni en dormir, ni en hablar, ni en otra cosa alguna, trayendo siempre todas las potencias de su alma, su memoria, su entendimiento, su voluntad y su intención puestas con Dios? ¡Cuán llena de luz, de amor y deleites celestiales estaba la que de esta manera perseveraba unida con eterno vínculo de amor y suavidad con Dios!

Finalmente, tal era su vida, su pureza y la hermosura de su alma, que quien tuviera ojos para mirarla mucho más conociera por aquí la sabiduría, omnipotencia y bondad de Dios, que tal alma había formado y perfeccionado, que por la fábrica y hermosura de todo este mundo.
Aparejada, pues, esta casa que es este Paraíso de deleites para este segundo Adán, después que se cumplió el tiempo que la divina sabiduría tenía determinado para dar remedio al mundo, envió al ángel San Gabriel a esta Virgen llena de gracia, la más bella y la más pura y escogida de todas las criaturas del mundo, porque tal convenía que fuese la que había de ser Madre del Salvador del mundo.

La Anunciación de Paolo de Matteis

Y después que este celestial Embajador la saludó con toda reverencia, y le propuso la embajada que de parte de Dios le traía, y le declaró de la manera qué se había de obrar aquel misterio, que no había de ser por obra de varón, sino por Espíritu Santo; luego la Virgen, con humildes palabras y devota obediencia, consintió a la embajada celestial, y en ese punto el verdadero Dios Omnipotente descendió en sus entrañas virginales y fue hecho hombre, para que de esta manera, haciéndose Dios hombre, viniese el hombre a hacerse Dios.

Aquí puedes primeramente considerar la conveniencia de este medio que la sabiduría divina escogió para nuestra salud, porque ésta es una de las consideraciones que más poderosamente arrebata y suspende el corazón del hombre en admiración de esta inefable sabiduría de Dios, que por tan conveniente medio encaminó el negocio de nuestra salud, dándole juntamente con esto gracias, así por el beneficio que nos hizo como por el medio porque lo hizo, y mucho más por el amor con que lo hizo, que sin comparación fue mayor.

Considera también aquí la inefable caridad de Dios, que al tiempo que nosotros dormíamos y menos cuidado teníamos de nuestra salud, y ni con oraciones ni sacrificios procurábamos nuestro remedio, se acordó Él de remediarnos, y pudiendo hacer esto por otras muchas maneras, lo quiso hacer por ésta, que a Él era tan costosa, por ser la más conveniente que había para nuestra salud. De la cual caridad dijo el mismo Señor en el Evangelio: «De tal manera amó Dios al mundo, que le dio su Unigénito Hijo, para que, mediante la fe y amor que tuviésemos con Él, alcanzásemos la vida eterna».

Considera también la maravillosa vergüenza y silencio de esta Virgen, que apenas habló una palabra necesaria después de muchas que el ángel le habló.

Y considera también su grande humildad, pues teniendo tanta razón para temer, teniendo delante de sí un ángel en tan resplandeciente figura, no se hace mención de este temor, sino del que recibió en oírse alabar y llamarse llena de gracia y bendita entre las mujeres, porque para el verdadero humilde ninguna cosa hay más nueva ni más temerosa que oír sus alabanzas, porque éstas son los ladrones y robadores del tesoro de la humildad.

Considera también el amor inestimable que esta Virgen tenía a la castidad, pues ella fue la primera que en el mundo hizo este nuevo voto, sin tener ejemplo que imitar. Y que tan grande haya sido el amor que tuvo a esta virtud parece claro; pues ofreciéndole tan grande gloria como el ser Madre de Dios, todavía trató de volver por la gloria de esta virtud; y todavía, como San Bernardo dice, sintió pensar si por ventura para esto se había de dispensar el voto de su pureza virginal.


La Anunciación de Fra Angelico

Piensa también en la fe de esta Señora, de la cual con mucha razón fue alabada de Santa Isabel, pues creyó tantas maravillas juntas y tan increíbles a todo humano entendimiento. Pues si tanto alaba el Apóstol la fe de Abraham porque creyó que una mujer estéril pariría, cuánto fue mayor la fe de esta doncella que creyó que una virgen pariría, y que Dios encarnaría, y que todo esto sería por Espíritu Santo sin obra de varón. De donde aprenderás, hombre flaco, a creer y fiarte siempre de todas las palabras y promesas de Dios, aunque al seso humano parezcan increíbles.

Considera después de todo este tan dulce diálogo, con cuánta humildad y obediencia se resignó esta Señora en las manos de Dios, diciendo: «He aquí la sierva del Señor, etc».

Mas sobre todo esto es mucho más para considerar los movimientos, los júbilos y los regalos que en aquel purísimo corazón entonces habría con la supervención del Espíritu Santo, y con la Encarnación del Verbo Divino, y con el remedio del mundo, y con la nueva dignidad y gloria que allí se le ofrecía, y con tan grandes obras y maravillas como allí le fueron reveladas y obradas en su persona. Mas ¿qué entendimiento podrá llegar a entender lo que en esto pasó?» (Fray Luis de Granada, Vida de Jesucristo, Rialp 1990, p. 19-23).

martes, 19 de marzo de 2019

LA GLORIA DE DIOS COMO BIEN PÚBLICO

Catedral de Santa María del Fiore, Florencia

Copio un sugerente texto del cardenal Ratzinger sobre la gloria de Dios como bien público y común del hombre. Por desgracia, el mundo no siempre ha sabido reconocer todo lo que la Iglesia le ha legado a través de su culto, de sus santos, de la belleza de su arte. El inmenso patrimonio cultural del cristianismo glorifica a Dios y honra a la humanidad. Nadie puede sustraerse de la tarea de preservar este tesoro que oxigena nuestra existencia.

«Cuando el hombre no espera nada más elevado que las cosas materiales, el mundo entero se vuelve para él tedioso y vacío. De ahí que en la cultura cristiana los valores morales tengan primacía sobre los materiales. Por lo mismo, dar gloria a Dios es para ella un valor público. Las grandes Iglesias y las soberbias catedrales expresan el convencimiento de que la gloria de Dios es un bien público y común del hombre. De hecho, el hombre se honra a sí mismo precisamente dando gloria a Dios» (Cardenal Joseph Ratzinger, Cooperadores de la Verdad, Ed. Rialp 1991, p. 33).

jueves, 14 de marzo de 2019

UN TRIDUO A SAN JOSÉ


Tres breves reflexiones componen este hermoso triduo del cardenal Newman en honor de San José. Son consideraciones bien concisas donde la piedad del santo y la intuición del teólogo dan razón de los títulos más sublimes del Santo Patriarca: Esposo de María, Padre del Hijo de Dios, Varón Santo.

TRIDUO A SAN JOSÉ
Considera los gloriosos títulos de San José

Primer día

Fue el verdadero y digno Esposo de María, supliendo de manera visible el lugar del Invisible Esposo de María, el Espíritu Santo. Era virgen, y su virginidad fue el fiel espejo de la virginidad de María. Él fue el querubín puesto para guardar el nuevo Paraíso terrestre de la intromisión de cualquier enemigo.

V/. Bendito sea el nombre de José.
R/. Desde ahora y para siempre. Amén.

Segundo día

Fue suyo el título de Padre del Hijo de Dios, porque era Esposo de María siempre Virgen. Era el padre de nuestro Señor, porque Jesús le rindió siempre la obediencia de un hijo. Era el padre de nuestro Señor, porque le fueron confiadas las obligaciones de un padre y las cumplió fielmente al protegerlo, darle un hogar, sostenerlo, criarlo, y proveerle un oficio.

V/. Bendito sea el nombre de José.
R/. Desde ahora y para siempre. Amén.

Tercer día

Él es el Santo José, porque de acuerdo a la opinión de un gran número de doctores, lo mismo que San Juan Bautista, fue santificado aun antes de haber nacido. Es el Santo José, porque el oficio de ser Esposo y protector de María de manera especial demandaba santidad. Es el Santo José, porque ningún otro Santo vivió en semejante y prolongada intimidad y familiaridad con la fuente de toda santidad, Jesús, Dios encarnado, y María la más santa de las criaturas.

V/. Bendito sea el nombre de José.
R/. Desde ahora y para siempre. Amén.

Oración final para cada día
Oremos

Dios, que en tu inefable providencia elegiste al Bienaventurado José para ser el esposo de tu Santísima Madre, concédenos, te lo pedimos, que podamos ser dignos de recibir como nuestro intercesor en el cielo, a quien veneramos como nuestro protector en la tierra. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

Fuente: (John Henry Newman, Meditaciones y devociones, Agape Libros, Buenos Aires 2007, p. 205-207)

domingo, 10 de marzo de 2019

LAS TENTACIONES DE CRISTO. UNA REFLEXIÓN DEL CRISÓSTOMO

Entonces fue Jesús conducido por el Espíritu al desierto 
para ser tentado por el diablo (Mt 4, 1 ss)


«C
omo el Señor todo lo hacía y sufría para nuestra enseñanza, quiso también ser conducido al desierto y trabar allí combate contra el diablo, a fin de que los bautizados, si después del bautismo sufren mayores tentaciones, no se turben por ello, como si fuera cosa que no era de esperar. No, no hay que turbarse, sino permanecer firme y soportarlo generosamente, como la cosa más natural del mundo. Si tomaste las armas, no fue para estarte ocioso, sino para combatir. Y ésa es la razón de que Dios no impide que nos acometan las tentaciones. Primero, para que te des cuenta que ahora eres ya más fuerte. Luego, para que te mantengas en moderación y humildad y no te engrías por la grandeza de los dones recibidos, pues las tentaciones pueden muy bien reprimir tu orgullo. Aparte de eso, aquel malvado del diablo, que acaso duda de si realmente le has abandonado, por la prueba de las tentaciones puede tener certidumbre plena de que te has apartado de él definitivamente. Cuarto motivo: las tentaciones te hacen más fuerte que el hierro mejor templado. Quinto: ellas te dan la mejor prueba de los preciosos tesoros que se te han confiado. Porque, si no hubiera visto el diablo que estás ahora constituido en más alto honor, no te hubiera atacado...
Y mirad a dónde, apoderándose de Él, le conduce al Señor el Espíritu Santo; no a una ciudad ni a pública plaza, sino al desierto, Y es que, como el Señor quería atraer al diablo a este combate, le ofrece la ocasión no solo por el hambre, sino por la condición misma del lugar. Porque suele el diablo atacarnos particularmente cuando nos ve solos y concentrados en nosotros mismos» (San Juan Crisóstomo, Homilías sobre San Mateo. Hom 13, 1. Extracto).