Solamente la oración vence a Dios, escribió convencido Tertuliano.
Y la victoria de Moisés sobre los amalecitas que recoge hoy la liturgia nos lo
advierte con especial viveza. He aquí un precioso texto del papa Benedicto comentando este relato del Éxodo (17, 8-13):
“Fue
precisamente la oración elevada con fe al verdadero Dios lo que determinó el
desenlace de aquella dura batalla. Mientras Josué y sus hombres afrontaban en
el campo a sus adversarios, en la cima del monte Moisés tenía levantadas las
manos, en la posición de la persona en oración. Las manos levantadas del gran
caudillo garantizaron la victoria de Israel. Dios estaba con su pueblo, quería
su victoria, pero condicionaba su intervención a que Moisés tuviera en alto las
manos.
Parece
increíble, pero es así: Dios necesita las manos levantadas de su siervo. Los
brazos elevados de Moisés hacen pensar en los de Jesús en la cruz: brazos
extendidos y clavados con los que el Redentor venció la batalla decisiva contra
el enemigo infernal. Su lucha, sus manos alzadas hacia el Padre y extendidas
sobre el mundo piden otros brazos, otros corazones que sigan ofreciéndose con
su mismo amor, hasta el fin del mundo.
Me
dirijo en particular a vosotros, queridos pastores de la Iglesia que está en
Nápoles, haciendo mías las palabras que san Pablo dirige a Timoteo y hemos
escuchado en la segunda lectura:
permaneced firmes en lo que habéis aprendido y en lo que creéis.
Proclamad la palabra, insistid en toda ocasión, a tiempo y a destiempo,
reprended, reprochad, exhortad con toda paciencia y doctrina (cf. 2 Tm 3, 14.
16; 4, 2). Y, como Moisés en el monte, perseverad en la oración por y con los
fieles encomendados a vuestro cuidado pastoral, para que juntos podáis afrontar
cada día el buen combate del Evangelio”. (HOMILÍA DE SU SANTIDAD BENEDICTO XVI,
Plaza del Plebiscito, Nápoles, domingo 21 de octubre de 2007).
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