Publico en español este artículo testimonial
de Daniela Bovolenta, madre de cinco hijos, oblata benedictina que trabaja en
tecnología digital. Amante de las tradiciones culturales occidentales, de la
liturgia tradicional, de lo bello y elegante.
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Las campanas ahora callan, el anillo del padre abad golpea la madera para dar la señal de inicio, se hace la señal de la cruz y comienza el canto gregoriano.
Ya no estoy en la misma dimensión en la que me encontraba hace unos minutos.
Este es el momento en el que toda la historia humana converge, los ángeles del Paraíso se hacen presentes y la liturgia humana y la celestial se funden en una sola. A partir de este momento, la Misa se celebra en el Paraíso, sobre el altar del Señor.
Desde hace años que ya asisto habitualmente a la misa en el vetus ordo, o a la misa tradicional en latín, según cómo se quiera llamar. Se trata de la misa que se celebraba en la Iglesia católica hasta la reforma litúrgica de 1969. A partir de esa fecha entró en vigor el nuevo misal, cuyo cambio más visible fue la traducción a las distintas lenguas vernáculas, pero no fue el único: el celebrante, que antes se dirigía ad Deum (hacia Dios), ahora celebra ad populum (hacia la asamblea de los fieles), cambian las lecturas, la organización del año litúrgico y la estructura de la misa.
La misa precedente (el usus antiquior) se convierte en objeto de disputas y resistencias, y sigue celebrándose en círculos reducidos, para cobrar posteriormente un nuevo impulso cuando el papa Benedicto XVI promulga el motu proprio Summorum Pontificum, en 2007. Será nuevamente restringida, pero no suprimida, por el papa Francisco con Traditionis Custodes (2021). Los acontecimientos relacionados con esta celebración son complejos, y en algunos casos dolorosos, y han sido tratados por numerosos historiadores y especialistas, sin duda más competentes que yo.
Lo que me gustaría explicar aquí es el motivo de esta decisión por mi parte.
En primer lugar, la lex orandi es la lex credendi, es decir, creemos como rezamos y rezamos como creemos, y el énfasis de la misa tradicional está en el sacrificio. El protagonista es Cristo, quien, en la persona del sacerdote, renueva el sacrificio del Calvario.}
El silencio, la adoración, estar vueltos
hacia el Señor, sentirnos transportados a los pies de la cruz durante la
Pasión, es el centro visible de la Misa.
El sacrificio perfecto de Cristo es el centro de la historia humana y se renueva en cada Misa: toda la gestualidad, las genuflexiones, los besos al altar, las manos juntas, el canon recitado en voz baja, comunican que lo que ocurre en el altar es algo radicalmente distinto de la asamblea. Entramos en la dimensión de la gratuidad respecto a nuestros fines cotidianos, nos dirigimos hacia lo que está radicalmente sustraído a la lógica de la utilidad y la funcionalidad inmediatas. Entramos en el reino de lo verdadero y lo justo, que escapan a nuestros sentidos, a través de lo bello que, en cambio, podemos percibir.
La belleza del canto gregoriano, los ornamentos, el aroma del incienso, los vasos sagrados, la belleza de las antífonas y las oraciones, la belleza de los movimientos mesurados, de las velas, del arte sacro, de la arquitectura. Toda esta belleza no está hecha para complacer a los hombres ni para excitar sus sentidos, sino para dar gloria a Dios y elevar hacia Él las almas de los fieles.
Además, tanto el sacerdote como los fieles están vueltos hacia Dios, ad orientem. De hecho, el altar de las iglesias está tradicionalmente orientado hacia el este, hacia el sol naciente, símbolo de Cristo, y el sacerdote se dirige a Dios al frente del pueblo, que mira en la misma dirección. Queda claro, pues, que el centro de la acción es Cristo, no los hombres. Salimos de una perspectiva del espectáculo y de lo personal para adentrarnos en la del culto racional.
El latín, por su parte, preserva la inalterabilidad del texto sagrado frente a las desviaciones de las traducciones nacionales (algunas de las cuales, en los años setenta y ochenta, fueron teológicamente discutibles), crea una distancia sagrada entre el lenguaje ordinario y el litúrgico, señalando que la misa no es una reunión sino un rito y, por último, mantiene la universalidad de la oración católica más allá de las culturas locales.
La misa tradicional es el lugar donde se percibe físicamente que ocurre algo sobrenatural, que la forma misma transmite el contenido. Es una experiencia difícil de reducir a argumentos, pero quien la vive la reconoce de inmediato. Joseph Ratzinger la describía diciendo que en la liturgia antigua se tiene la sensación de recibir algo que no ha sido creado por nadie.
En todos nosotros coexisten un alma eterna, que lleva en sí los signos de su creador, y una mente que se forma con el tiempo, que encuentra en la época en la que vive el material del que está constituida e incluso el lenguaje en el que opera. La liturgia es el lugar donde el Creador moldea lo que somos en lo más profundo, con una acción sacramental que evoca la huella que lo divino ha dejado en nosotros, nos eleva por encima de nuestro tiempo para llevarnos a la dimensión de la eternidad. Si realmente nos dejáramos alcanzar por lo que ocurre ante nuestra presencia durante la Misa, saldríamos capaces de reconocer los signos del Creador en cada cosa, en nuestro prójimo, en los árboles y en las estrellas, en una brizna de hierba y en Dios que sufre en la cruz. Ciertamente, por lo que a mí respecta, este estado de ánimo se alcanza más fácilmente cuando participo en la Misa tradicional.
Al final, las campanas vuelven a sonar, la puerta se abre de nuevo y se vuelve a la luz.

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