miércoles, 26 de junio de 2013

SAN JOSEMARÍA, MÁRTIR DE LA IGLESIA

Me envían esta emocionante fotografía tomada horas después del fallecimiento de San Josemaría Escrivá. En ella se aprecian sus restos mortales reposando sobre un túmulo negro en el suelo de la nave de la iglesia de Santa María de la Paz, junto al altar. Allí fueron velados hasta las exequias solemnes celebradas al día siguiente con el posterior entierro en la cripta de la misma iglesia. Mientras tanto se suceden una tras otra las misas celebradas por su eterno descanso, junto a una peregrinación ininterrumpida de personas que rezan y besan sus manos o su frente, con conciencia de estar ante venerables reliquias. Por deseo expreso de don Álvaro del Portillo, su fiel colaborador y primer sucesor, hoy Venerable Siervo de Dios, se le revistió con ornamentos de color rojo. Como se sabe el rojo es el color de los mártires. Creo entrever en esa disposición de Mons. del Portillo su deseo de manifestar delicadamente que San Josemaría Escrivá moría mártir de la Iglesia. Sí, su dolor por la Iglesia fue profundo, constante; le arrancaba lágrimas, le quitaba el sueño, le mantenía en permanente vigilia de oración, le consumía sus energías en el cuidado del rebaño encomendado. “Sufro muchísimo, hijos míos”, “me duele la Iglesia”, repite con frecuencia; “estamos viviendo un momento de  locura. Las almas, a millones, se sienten confundidas. Hay peligro grande de que en la práctica se vacíen de contenido los Sacramentos –todos, hasta el Bautismo-, y los mismos Mandamientos de la ley de Dios pierdan su sentido en las conciencias”, le oyen también decir sus más cercanos. Desde la profundidad de ese dolor y bajo el impulso de la gracia va tomando fuerza la idea de ofrecer su vida por la Iglesia y el Romano Pontífice, con intensión de reparar, de urgir al Corazón Sacratísimo y Misericordioso de Jesús a poner fin, o al menos acortar, el duro tiempo de prueba que agita a la Iglesia santa. El 26 de junio de 1975, hacia mediodía, Dios aceptaba su ofrecimiento.

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