sábado, 11 de abril de 2026

PAZ A VOSOTROS

Texto de San Beda el Venerable, comentando el alcance de la salutación de Cristo resucitado a sus discípulos en el Cenáculo: Paz a vosotros. Tres veces se dirigió Jesús con estas palabras al grupo íntimo de sus seguidores que esperaban con ansias sus manifestaciones (Cf Jn 20, 19-21-26). Y en labios de Cristo esta paz no es un mero saludo religioso de presentación o de buenos deseos, sino la expresión de un don sublime del Redentor –Príncipe de la Paz– a los Apóstoles y a la Iglesia.

* * *

«Además, hay que observar que, al aparecerse el Salvador a los discípulos, les comunica enseguida el gozo de la paz, reiterando –cuando ya celebra la gloria de la inmortalidad– lo que –cuando se disponía a la pasión de su muerte– les había prometido como prenda especial de salvación y de vida, al decirles: Os dejo la paz, mi paz os doy (Jn 14, 27). El don de esa gracia ya lo anunciaban, cuando Él nació, los ángeles que inmediatamente después vieron los pastores, alabando a Dios y diciendo: Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad (Lc 2, 14). Porque sin duda toda la providencia de nuestro Redentor, al encarnarse, es la reconciliación del mundo.

En efecto, para eso tomó carne, para eso padeció, para eso resucitó de entre los muertos: para que nosotros, que caímos en la ira de Dios por el pecado, fuéramos reconducidos a la paz de Dios por su reconciliación. De ahí que con razón sea llamado por el profeta «Padre del siglo futuro», «Príncipe de la paz» (Is 9, 6); y que el Apóstol diga de Él escribiendo a aquellos de los gentiles que habían creído: Y a su venida os anunció la paz a vosotros que estabais alejados y la paz a los que estaban cercanos, porque por Él es por lo que unos y otros tenemos acceso al Padre en el mismo Espíritu (Ef  2, 17)».  

(San Beda, Homilías sobre los evangelios/2; homilía IX, después de la Pascua, Ciudad Nueva 2016).


 

viernes, 10 de abril de 2026

LAS TRES PALABRAS DE JUAN

La pesca milagrosa. «Dominus est; Es el Señor» (Jn 21, 7)

San Manuel González García (1877–1940), conocido como el obispo del Sagrario abandonado, escribió varias obras de piedad eucarística dirigidas muchas de ellas a los miembros de la Unión Eucarística Reparadora, movimiento religioso fundado por él, con la preocupación santa de fomentar un culto reparador y amoroso a Jesús en la Eucaristía. Copio a continuación una reflexión casi mística inspirada en las tres intervenciones del discípulo amado recogidas en su evangelio. 

* * *

«Una de las cosas que más me agradan y edifican en la lectura del santo Evangelio es la modestia con que cada Evangelista habla de sí mismo cuando ha menester su intervención en sus relatos. San Mateo, por ejemplo, es el único que cita su nombre y su despreciada profesión al contar su llamamiento al Apostolado; los demás en cambio, callan lo infamante del oficio de su compañero.

El Evangelio de san Marcos, que también podría llamarse de san Pedro, porque de éste lo aprendió aquél, no relata de san Pedro más que lo que lo humilla y nada de lo que lo enaltece.

El Evangelio según san Juan apenas si nombra a su Autor y, siendo éste uno de los apóstoles que más debieron hablar con el Maestro, a fuer de discípulo predilecto, no cita de sus palabras y conversaciones más que tres y éstas brevísimas.

En su brevedad, sin embargo, son palabras que valen por muchos discursos…

Vedlas aquí:

«Maestro, ¿en dónde moras?» (Jn 1, 38).

«Señor, ¿quién es?» (Jn 13, 25).

«Es el Señor» (Jn 21, 7).

Estas tres palabras se dijeron en tres tiempos distintos.

La primera en la entrevista primera con el Maestro, la segunda en la noche de la Cena cuando se anuncia la traición de Judas y la tercera en la noche de la pesca milagrosa después de la resurrección; es decir, son las palabras de la amistad que se inicia, que se estrecha y que se perpetúa.

«Maestro, ¿en dónde moras?», es la palabra del amor que busca.

«Señor, ¿quién es?», es la palabra del amor que teme.

«Es el Señor», es la palabra del amor que descansa.

Amor que busca la casa desconocida de Jesús para pasarse con Él los días y las noches; amor que teme lo único digno de temerse, la infidelidad a Jesús; amor que descansa en lo único que puede dar reposo verdadero e inalterable, la posesión de Jesús...

Amar a Jesús buscándolo en las casas desconocidas o no frecuentas de los vecinos que las rodean; amar a Jesús temiendo solo verlo traicionado y abandonado; amar a Jesús descansando y gozándose solo en poseerlo siempre.

¡Un solo amor y un solo Amado!, y del uno para el otro aquellas tres palabras y estas tres solas ocupaciones: buscarlo ausente, temerlo despreciado y gozarlo poseído.

¿Han sido ésas las palabras y las ocupaciones de este año?».

(San Manuel González, Qué hace y qué dice el Corazón de Jesús en el Sagrario, Obras completas, Vol. I, p. 394-396, en versión Kindle).


 

jueves, 9 de abril de 2026

EL AMOR DILIGENTE DE LA MAGDALENA

El intenso amor de María Magdalena por Cristo le lleva a buscarlo con diligencia. Ese amor la hizo merecedora de ser la primera en ver al Resucitado y anunciarlo a sus discípulos. Comenta fray Luis de Granada: «Y mira bien que después de la Madre a aquella primero apareció, que más amó, más perseveró, más lloró y más solícitamente le buscó; para que así tengas por cierto que hallarás a Dios si con estas mismas lágrimas y diligencias le buscares».





 

miércoles, 8 de abril de 2026

CAMINANDO JUNTO A JESÚS

Cristo con sus discípulos en el camino a Emaús
 John Runciman

«Iban aquellos dos discípulos hacia Emaús. Su paso era normal, como el de tantos otros que transitaban por aquel paraje. Y allí, con naturalidad, se les aparece Jesús, y anda con ellos, con una conversación que disminuye la fatiga. Me imagino la escena, ya bien entrada la tarde. Sopla una brisa suave. Alrededor, campos sembrados de trigo ya crecido, y los olivos viejos, con las ramas plateadas por la luz tibia.

Jesús, en el camino. ¡Señor, qué grande eres siempre! Pero me conmueves cuando te allanas a seguirnos, a buscarnos, en nuestro ajetreo diario. Señor, concédenos la ingenuidad de espíritu, la mirada limpia, la cabeza clara, que permiten entenderte cuando vienes sin ningún signo exterior de tu gloria.

Se termina el trayecto al encontrar la aldea, y aquellos dos que sin darse cuenta han sido heridos en lo hondo del corazón por la palabra y el amor del Dios hecho Hombre, sienten que se vaya. Porque Jesús les saluda con ademán de continuar adelante. No se impone nunca, este Señor Nuestro. Quiere que le llamemos libremente, desde que hemos entrevisto la pureza del Amor, que nos ha metido en el alma. Hemos de detenerlo por fuerza y rogarle: continúa con nosotros, porque es tarde, y va ya el día de caída, se hace de noche…

Y Jesús se queda. Se abren nuestros ojos como los de Cleofás y su compañero, cuando Cristo parte el pan; y aunque Él vuelva a desaparecer de nuestra vista, seremos también capaces de emprender de nuevo la marcha anochece, para hablar a los demás de Él, porque tanta alegría no cabe en un pecho solo.

Camino de Emaús. Nuestro Dios ha llenado de dulzura este nombre. Y Emaús es el mundo entero, porque el Señor ha abierto los caminos divinos de la tierra».

(San Josemaría Escrivá, Amigos de Dios, 313-314). 

 

domingo, 22 de marzo de 2026

¡LÁZARO, SAL FUERA!

La resurección de Lázaro. Giotto

Textos de Benedicto XVI comentando el evangelio de la resurrección de Lázaro, característico del domingo V de Cuaresma. Señalo en particular la idea de que para Cristo, debido a su dominio soberano sobre todas las cosas, la muerte se asimila a un sueño del que nos puede despertar con solo una voz.


«la resurrección de Lázaro es signo del dominio
total de Cristo sobre la muerte física, 
que ante Dios es como un sueño»

 * * *

«En el Evangelio de hoy —la resurrección de Lázaro—, escuchamos la voz de la fe de labios de Marta, la hermana de Lázaro. A Jesús, que le dice: «Tu hermano resucitará», ella responde: «Sé que resucitará en la resurrección en el último día» (Jn 11, 23-24). Y Jesús replica: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá» (Jn 11, 25). Esta es la verdadera novedad, que irrumpe y supera toda barrera. Cristo derrumba el muro de la muerte; en él habita toda la plenitud de Dios, que es vida, vida eterna. Por esto la muerte no tuvo poder sobre él; y la resurrección de Lázaro es signo de su dominio total sobre la muerte física, que ante Dios es como un sueño» (cf. Jn 11, 11). (Angelus, Domingo 10 de abril de 2011).

* * * 

«En nuestro itinerario cuaresmal hemos llegado al quinto domingo, caracterizado por el evangelio de la resurrección de Lázaro (cf. Jn 11, 1-45). Se trata del último gran "signo" realizado por Jesús, después del cual los sumos sacerdotes reunieron al sanedrín y deliberaron matarlo; y decidieron matar incluso a Lázaro, que era la prueba viva de la divinidad de Cristo, Señor de la vida y de la muerte.

En realidad, esta página evangélica muestra a Jesús como verdadero hombre y verdadero Dios. Ante todo, el evangelista insiste en su amistad con Lázaro y con sus hermanas Marta y María. Subraya que «Jesús los amaba» (Jn 11, 5), y por eso quiso realizar ese gran prodigio. «Lázaro, nuestro amigo, está dormido: voy a despertarlo» (Jn 11, 11), así les habló a los discípulos, expresando con la metáfora del sueño el punto de vista de Dios sobre la muerte física: Dios la considera precisamente como un sueño, del que se puede despertar.

Jesús demostró un poder absoluto sobre esta muerte: se ve cuando devuelve la vida al joven hijo de la viuda de Naím (cf. Lc 7, 11-17) y a la niña de doce años (cf. Mc 5, 35-43). Precisamente de ella dijo: «La niña no ha muerto; está dormida» (Mc 5, 39), provocando la burla de los presentes. Pero, en verdad, es precisamente así: la muerte del cuerpo es un sueño del que Dios nos puede despertar en cualquier momento». (Angelus, Domingo 9 de marzo de 2008).



 

jueves, 19 de marzo de 2026

ID A JOSÉ

El silencio que envuelve la vida de San José no era un silencio vacío, como el de alguien que calla porque no tiene nada que decir, sino un silencio colmado de la más alta espiritualidad, entendida como profunda cercanía y posesión de Dios. José vive en un perpetuo asombro, sumergido en la contemplación del misterio de la Encarnación del Verbo, misterio que mira, adora y custodia, sin poder jamás acostumbrase a él. Como dice E. Ancilli, «La intimidad con Dios fue el objeto primero de la vocación de José. En torno a Jesús se polarizan todas sus fuerzas, su razón de ser. Esto explica su alejarse de las cosas de la tierra, su calma, su profundo silencio. Es el santo del recogimiento, del discípulo siempre dispuesto a escuchar las inspiraciones internas» (cf. Dicccinario de espiritualidad, voz José, Vol. II).

Escogido por Dios como custodio de sus grandes tesoros aquí en la tierra, San José monta guardia atenta y callada, orante y alegre sobre su hogar y sus moradores: la Virgen inmaculada y su divino Hijo; para ellos vive, por ellos trabaja y sacrifica. Esta misión divina de José se prolonga ahora sobre la Iglesia y sobre cada uno de nosotros. Ite ad Ioseph!, decía el faraón a los que llegaban hambrientos a Egipto en busca de pan. Ite ad Ioseph!, es también hoy la invitación que el Señor dirige a quienes caminan por el mundo con hambre y sed de justicia. Y José, como buen padre, nos abre las puertas de su casa, nos sienta a su mesa y nos permite gozar de la compañía de Jesús y María.


domingo, 15 de marzo de 2026

LA ALEGRÍA DE CREER

La curación del ciego de nacimiento
El Greco

Jesús sana a un ciego de nacimiento.
Comentario de Benedicto XVI

«El itinerario cuaresmal que estamos viviendo es un tiempo especial de gracia, durante el cual podemos experimentar el don de la bondad del Señor para con nosotros. La liturgia de este domingo, denominado «Laetare», nos invita a alegrarnos, a regocijarnos, como proclama la antífona de entrada de la celebración eucarística: «Festejad a Jerusalén, gozad con ella, todos los que la amáis; alegraos de su alegría, los que por ella llevasteis luto; mamaréis a sus pechos y os saciaréis de sus consuelos» (cf. Is 66, 10-11). ¿Cuál es la razón profunda de esta alegría? Nos lo dice el Evangelio de hoy, en el cual Jesús cura a un hombre ciego de nacimiento. La pregunta que el Señor Jesús dirige al que había sido ciego constituye el culmen de la narración: «¿Crees tú en el Hijo del hombre?» (Jn 9, 35). Aquel hombre reconoce el signo realizado por Jesús y pasa de la luz de los ojos a la luz de la fe: «Creo, Señor» (Jn 9, 38). Conviene destacar cómo una persona sencilla y sincera, de modo gradual, recorre un camino de fe: en un primer momento encuentra a Jesús como un «hombre» entre los demás; luego lo considera un «profeta»; y, al final, sus ojos se abren y lo proclama «Señor». En contraposición a la fe del ciego curado se encuentra el endurecimiento del corazón de los fariseos que no quieren aceptar el milagro, porque se niegan a aceptar a Jesús como el Mesías. La multitud, en cambio, se detiene a discutir sobre lo acontecido y permanece distante e indiferente. A los propios padres del ciego los vence el miedo del juicio de los demás.

Y nosotros, ¿qué actitud asumimos frente a Jesús? También nosotros a causa del pecado de Adán nacimos «ciegos», pero en la fuente bautismal fuimos iluminados por la gracia de Cristo. El pecado había herido a la humanidad destinándola a la oscuridad de la muerte, pero en Cristo resplandece la novedad de la vida y la meta a la que estamos llamados. En él, fortalecidos por el Espíritu Santo, recibimos la fuerza para vencer el mal y obrar el bien. De hecho, la vida cristiana es una continua configuración con Cristo, imagen del hombre nuevo, para alcanzar la plena comunión con Dios. El Señor Jesús es «la luz del mundo» (Jn 8, 12), porque en él «resplandece el conocimiento de la gloria de Dios» (2 Co 4, 6) que sigue revelando en la compleja trama de la historia cuál es el sentido de la existencia humana. En el rito del Bautismo, la entrega de la vela, encendida en el gran cirio pascual, símbolo de Cristo resucitado, es un signo que ayuda a comprender lo que ocurre en el Sacramento. Cuando nuestra vida se deja iluminar por el misterio de Cristo, experimenta la alegría de ser liberada de todo lo que amenaza su plena realización. En estos días que nos preparan para la Pascua revivamos en nosotros el don recibido en el Bautismo, aquella llama que a veces corre peligro de apagarse. Alimentémosla con la oración y la caridad hacia el prójimo.

A la Virgen María, Madre de la Iglesia, encomendamos el camino cuaresmal, para que todos puedan encontrar a Cristo, Salvador del mundo» (Benedicto XVI, Angelus, Domingo 3 de abril de 2011).

Fuente: vatican.va