Hoy la liturgia de las horas nos deleita
con una carta de San Cipriano dirigida al Papa Cornelio elogiando la fortaleza
de su fe y su admirable testimonio ante la persecución. Ambos se ayudan y preparan para el último combate. Pienso que estos viejos y santos pastores ya vivían una
autentica y propia sinodalidad, construida al pie de la cruz y no en mesas de
camaradería que poco o nada dicen a la gente.
* * *
Cipriano a su hermano Cornelio:
Hemos tenido noticia, hermano muy amado, del
testimonio glorioso que habéis dado de vuestra fe y fortaleza; y hemos recibido
con tanta alegría el honor de vuestra confesión, que nos consideramos
partícipes y socios de vuestros méritos y alabanzas. En efecto, si formamos
todos una misma Iglesia, si tenemos todos una sola alma y un solo corazón, ¿qué
sacerdote no se congratulará de las alabanzas tributadas a un colega suyo, como
si se tratara de las suyas propias? ¿O qué hermano no se alegrará siempre de las
alegrías de sus otros hermanos?
No hay manera de expresar cuán grande ha sido aquí la
alegría y el regocijo, al enterarnos de vuestra victoria y vuestra fortaleza:
de cómo tú has ido a la cabeza de tus hermanos en la confesión del nombre de
Cristo, y de cómo esta confesión tuya, como cabeza de tu Iglesia, se ha visto a
su vez robustecida por la confesión de los hermanos; de este modo,
precediéndolos en el camino hacia la gloria, has hecho que fueran muchos los
que te siguieran, y ha sido un estímulo para que el pueblo confesara su fe el hecho
de que te mostraras tú, el primero, dispuesto a confesarla en nombre de todos;
y, así, no sabemos qué es lo más digno de alabanza en vosotros, si tu fe
generosa y firme o la inseparable caridad de los hermanos. Ha quedado
públicamente comprobada la fortaleza del obispo que está al frente de su pueblo
y ha quedado de manifiesto la unión entre los hermanos que han seguido sus
huellas. Por el hecho de tener todos vosotros un solo espíritu y una sola voz,
toda la Iglesia de Roma ha tenido parte en vuestra confesión.
Ha brillado en todo su fulgor, hermano muy amado,
aquella fe vuestra, de la que habló el Apóstol. Él preveía, ya en espíritu,
esta vuestra fortaleza y valentía, tan digna de alabanza, y pregonaba lo que
más tarde había de suceder, atestiguando vuestros merecimientos, ya que,
alabando a vuestros antecesores, os incitaba a vosotros a imitarlos. Con
vuestra unanimidad y fortaleza, habéis dado a los demás hermanos un magnífico
ejemplo de estas virtudes.
Y, teniendo en cuenta que la providencia del Señor nos
advierte y pone en guardia y que los saludables avisos de la misericordia
divina nos previenen que se acerca ya el día de nuestra lucha y combate, os
exhortamos de corazón, en cuanto podemos, hermano muy amado, por la mutua
caridad que nos une, a que no dejemos de insistir junto con todo el pueblo, en
los ayunos, vigilias y oraciones. Porque éstas son nuestras armas celestiales,
que nos harán mantener firmes y perseverar con fortaleza; éstas son las defensas
espirituales y los dardos divinos que nos protegen.
Acordémonos siempre unos de otros, con grande concordia y unidad de espíritu, encomendémonos siempre mutuamente en la oración y prestémonos ayuda con mutua caridad cuando llegue el momento de la tribulación y de la angustia. (Carta 60, 1-2. 5).

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