domingo, 10 de mayo de 2026

PARA ENTRAR EN LA INTIMIDAD DIVINA

Dios no tiene favoritos, sino íntimos, se ha escrito con acierto glosando quizá las palabras del Apóstol a los romanos: “En Dios no hay acepción de personas” (cf. 2, 11). Todas las almas están llamadas a entrar en la intimidad de Dios, en una relación de estrecha amistad con Él, que constituye la suprema vocación del hombre y la realización final de su vida dichosa.

Pero da pena observar la resistencia que muchos ofrecen a la invitación del Señor. Pensemos, por ejemplo, en el joven rico del evangelio: deseaba sin duda una mayor cercanía con Dios, pero temió entrar en el ámbito de su intimidad. Sin embargo, la intimidad auténtica que acompaña a toda verdadera amistad siempre es recíproca: debemos aceptar la invitación del Señor y repetir con el salmista: Una sola cosa pido al Señor y es lo único que busco: habitar en la casa del Señor todos los días de mi vida, para contemplar su hermosura (Sal. 27, 4). Dios pone todo de su parte para hacernos participes de su vida íntima; de nuestra parte no debemos tener miedo a las exigencias de tan soberana compañía. En la intimidad de Dios lo hallamos todo, si bien ella exige a su vez que lo entreguemos todo. Como diría San Josemaría, «para Vivir hay que morir» (Camino 187). Las palabras que siguen condensan bien los afanes amistosos de Dios para con su criatura:

«Yo he venido», nos asegura el Hijo de Dios hecho hombre, «para que tengan vida y la tengan abundante» (Ioh 10, 10). La vida que Cristo quiere darnos es la vida de Dios; la vida que el Hijo recibió, al encarnarse, en su naturaleza humana y que constantemente difunde sobre los suyos, de modo misterioso, a través de los sacramentos. «De su plenitud todos recibimos» (Ioh I, 14).

«Dios es amor». Y el amor le impulsa a compartir sus riquezas, sus bienes, en una palabra, toda su vida con el hombre, con el polvo, con la nada.

Éste es el distintivo de todo el que es verdaderamente bueno, noble y generoso: sentir un irresistible impulso a difundirse en otro ser para hacerlo rico, grande y feliz. Tuvo, pues, Dios un sublime proyecto que quiso realizar en mí, al trazarme determinada ruta en la vida y asignarme determinado número de años para recorrerla: todas y cada una de las cosas de mi vida tienden a un solo objetivo: mi elevación al plano de la vida divina, en orden a coposeerla y convivirla. (B. Baur, En la intimidad con Dios, Herder 2005, p. 12).


 

viernes, 8 de mayo de 2026

¡GRACIAS SANTO PADRE!

El 12 de diciembre del año pasado el Papa León XIV ponía en manos de Santa María, Madre de Dios y Madre nuestra, su nueva misión de Romano Pontífice. Con afecto filial se dirigía así a la Virgen de Guadalupe:

«Madre del verdadero Dios, por quien se vive, ven en auxilio del sucesor de Pedro para que confirme en el único camino que conduce al fruto bendito de tu vientre, a cuántos me fueron confiados. Recuerda este hijo tuyo, a quien Cristo confió las llaves del reino de los cielos para el bien de todos. Que esas llaves sirvan para atar y desatar y para redimir toda miseria humana y haz que confiando en tu protección avancemos cada vez más unidos con Jesús y entre nosotros hacia la morada eterna que Él nos ha preparado y en la que tú nos esperas. Amén».

Y con respeto y algo de buen humor, pido al cielo que no le falte la fortaleza necesaria para que pueda –en expresión cervantina– «desfacer entuertos» heredados de su predecesor. ¡Gracias Santo Padre por su amor y servicio a la Iglesia!


 

martes, 5 de mayo de 2026

ET VERBUM CARO FACTUM EST

Texto del gran Atanasio sobre la finalidad de la Encarnacion del Hijo de Dios. El Verbo asumió nuestra carne porque no soportó que la muerte corrompiera al hombre y volviera inútil esta obra predilecta de su Padre.

* * *

«Tuvo piedad de nuestra raza y de nuestra debilidad y, compadecido de nuestra corrupción, no soportó que la muerte nos dominase, para que no pereciese lo que había sido creado, con lo que hubiera resultado inútil la obra de su Padre al crear al hombre, y por esto tomó para si un cuerpo como el nuestro, ya que no se contentó con habitar en un cuerpo ni tampoco en hacerse simplemente visible. En efecto, si tan solo hubiese pretendido hacerse visible, hubiera podido ciertamente asumir un cuerpo más excelente; pero él tomó nuestro mismo cuerpo.

En el seno de la Virgen, se construyó un templo, es decir, su cuerpo, y lo hizo su propio instrumento, en el que había de darse a conocer y habitar; de este modo, habiendo tomado un cuerpo semejante al de cualquiera de nosotros, ya que todos estaban sujetos a la corrupción de la muerte, lo entregó a la muerte por todos, ofreciéndolo al Padre con un amor sin límites; con ello, al morir en su persona todos los hombres, quedó sin vigor la ley de la corrupción que afectaba a todos, ya que agotó toda la eficacia de la muerte en el cuerpo del Señor; y así ya no le quedó fuerza alguna para ensañarse con los demás hombres, semejantes a él; con ello, también hizo de nuevo incorruptibles a los hombres, que habían caído en la corrupción, y los llamó de muerte a vida, consumiendo totalmente en ellos la muerte, con el cuerpo que había asumido y con el poder de su resurrección, del mismo modo que la paja es consumida por el fuego.

Por esta razón, asumió un cuerpo mortal: para que este cuerpo, unido al Verbo que está por encima de todo, satisficiera por todos la deuda contraída con la muerte; para que, por el hecho de habitar el Verbo en él, no sucumbiera a la corrupción; y, finalmente, para que, en adelante, por el poder de la resurrección, se vieran ya todos libres de la corrupción.

De ahí que el cuerpo que él había tomado, al entregarlo a la muerte como una hostia y víctima limpia de toda mancha, alejó al momento la muerte de todos los hombres, a los que él se había asemejado, ya que se ofreció en lugar de ellos.

De este modo, el Verbo de Dios, superior a todo lo que existe, ofreciendo en sacrificio su cuerpo, templo e instrumento de su divinidad, pagó con su muerte la deuda que habíamos contraído, y, así, el Hijo de Dios, inmune a la corrupción, por la promesa de la resurrección, hizo partícipes de esta misma inmunidad a todos los hombres, con los que se había hecho una misma cosa por su cuerpo semejante al de ellos.

Es verdad, pues, que la corrupción de la muerte no tiene ya poder alguno sobre los hombres, gracias al Verbo, que habita entre ellos por su encarnación».

(San Atanasio, obispo. Sermón sobre la encarnación del Verbo, 8-9: PG 25, 110-111. Tomado del oficio de lectura de su fiesta).


 

viernes, 1 de mayo de 2026

CUANDO TRABAJAR ES SERVIR

Sagrada Familia de Murillo

Texto de San Josemaría Escrivá subrayando el aspecto de alegre servicio en el trabajo de San José:

«En Nazaret, José sería uno de los pocos artesanos, si es que no era el único. Carpintero, posiblemente. Pero, como suele suceder en los pueblos pequeños, también sería capaz de hacer otras cosas: poner de nuevo en marcha el molino, que no funcionaba, o arreglar antes del invierno las grietas de un techo. José sacaba de apuros a muchos, sin duda, con un trabajo bien acabado. Era su labor profesional una ocupación orientada hacia el servicio, para hacer agradable la vida a las demás familias de la aldea, y acompañada de una sonrisa, de una palabra amable, de un comentario dicho como de pasada, pero que devuelve la fe y la alegría a quien está a punto de perderlas» (San Josemaría Escrivá, Es Cristo que pasa, n. 51).

 

jueves, 30 de abril de 2026

BENEDICTO XVI Y LA VIGENCIA DEL MISAL DE SAN PÍO V

Hoy, fiesta de San Pío V, no podemos dejar de recordar el precioso misal que este Pontífice nos dejó para la celebración del Santo Sacrificio. No lleva el sello de lo prefabricado por expertos, sino más bien se asemeja a un jardín que recoge y conserva las más hermosas flores que han brotado en el campo litúrgico de la Iglesia. Para el cardenal Ratzinger, luego Papa Benedicto XVI, la vigencia y uso del antiguo Misal no se reduce a simples motivaciones subjetivas o personales; lo que está en juego en la mutua convivencia de los ritos litúrgicos es la unidad e identidad de la Iglesia consigo misma. Las palabras que siguen no dejan duda al respecto:


«Personalmente, he estado desde el comienzo a favor de la libertad de seguir usando el antiguo Misal, por un motivo muy simple; se estaba comenzado ya entonces a hablar de una ruptura con la Iglesia pre-conciliar, y de la formación de modelos diferentes de Iglesias: una Iglesia preconciliar obsoleta y una Iglesia nueva, conciliar… Me parece esencial y fundamental reconocer que los dos Misales son Misales de la Iglesia, y de la Iglesia que sigue siendo la misma… Y para subrayar que no hay ruptura esencial, que existen tanto la continuidad como la identidad de la Iglesia, me parece indispensable mantener la posibilidad de celebrar según el antiguo Misal como signo de identidad permanente de la Iglesia. Esta es para mí la razón fundamental: lo que hasta 1969 era la liturgia de la Iglesia, lo más sagrado para todos nosotros, no puede convertirse después, con un positivismo increíble, en lo más inaceptable. Si queremos ser creíbles, incluso con este lema de la modernidad, es absolutamente necesario reconocer que lo que era fundamental antes del 69, lo sigue siendo también después: es una misma sacralidad, una misma liturgia» (J. Ratzinger, Obras Completas, Vol. XI, BAC 2012, p. 500-501)


 

miércoles, 29 de abril de 2026

CATALINA Y LA CORREDENCIÓN MARIANA

Catalina de Siena, mujer extraordinaria, santa y doctora de la Iglesia, no albergó aprensión alguna en reconocer el papel corredentor y mediador de la Santísima Virgen. En una oración muy bella compuesta en la fiesta de la Anunciación de 1379, encontramos estas encendidas palabras:

«¡Oh María, María, templo de la Trinidad! ¡Oh María, portadora del Fuego! María, que ofreces misericordia, que germinas el fruto, que redimes el genero humano, porque sufriendo la carne tuya en el Verbo, fue nuevamente redimido el mundo.

¡Oh María, tierra fértil! Eres la nueva planta de la que recibimos la fragante flor del Verbo, unigénito Hijo de Dios, pues en ti, tierra fértil, fue sembrado ese Verbo. Eres la tierra y eres la planta. ¡Oh María, carro de fuego! Tú llevaste el fuego escondido y velado bajo el polvo de tu humanidad…

¡Oh María! A la puerta llamaba la eterna Divinidad, pero si tú no hubieras abierto la entrada de tu voluntad, Dios no se habría encarnado en ti. Avergüénzate, alma mía, viendo que Dios se ha emparentado contigo por medio de María. Hoy te ha quedado claro que, aunque hayas sido creada sin intervención tuya, no serás salvada sin ella; por eso hoy llama Dios a la puerta de la voluntad de María y espera que le abra» (Santa Catalina de Siena, Obras, Oraciones y Soliloquios, BAC 1991, p. 475).


 

martes, 28 de abril de 2026

O ADMIRABILE COMMERCIUM!

«Dios se ha hecho hombre para que el hombre se haga Dios», han repetido de distintos modos muchos Padres de la Iglesia. ¡Oh maravilloso intercambio! exclama la liturgia y toda alma cristiana al considerar la condescendencia del amor divino reflejada en el misterio de la Encarnación. Para nosotros –pobres creaturas– no hay mejor negocio que intercambiar con Dios; cualquier trueque con Él nos beneficia, y se traduce finalmente en un exultante o admirabile commercium!

* * *

«Mas a cuantos le recibieron les dio poder de venir a ser hijos de Dios, a aquellos que creen en su nombre (Jn 1, 12). Consideremos hermanos queridísimos, cuán grande es la gracia de nuestro Redentor, cuanta es su dulzura. Es el Unigénito del Padre y no quiso ser uno solo; descendió a la tierra para conseguir hermanos a los que pudiera entregar el reino de su Padre. Nació Dios de Dios y no quiso permanecer solo Hijo de Dios, sino que también se dignó hacerse hijo del hombre, sin perder lo que era, pero asumiendo lo que no era, para así transformar a los hombres en hijos de Dios y hacerles coherederos de su gloria, de modo que comenzaran a tener por gracia lo que Él mismo desde siempre poseía por naturaleza» (San Beda el Venerable).

«El Hijo de Dios acepta la pobreza de mi carne a fin de hacerme entrar en posesión de las riquezas de su divinidad. Aquel que es la plenitud de la vida se anonada; se despoja de su gloria a fin de hacerme participante de su propia plenitud» (San Gregorio Nacianceno).

«El Hijo de Dios ha venido a destruir las obras del demonio. Él se ha unido a nosotros y a nosotros nos ha unido a Él; y, así, el descenso de Dios a lo humano ha provocado el ascenso del hombre a lo divino» (San León Magno).