Dios no tiene favoritos, sino íntimos, se
ha escrito con acierto glosando quizá las palabras del Apóstol a los romanos: “En
Dios no hay acepción de personas” (cf. 2, 11). Todas las almas están
llamadas a entrar en la intimidad de Dios, en una relación de estrecha amistad con
Él, que constituye la suprema vocación del hombre y la realización final de su
vida dichosa.
Pero da pena observar la resistencia que muchos ofrecen a la invitación del Señor. Pensemos, por ejemplo, en el joven rico del evangelio: deseaba sin duda una mayor cercanía con Dios, pero temió entrar en el ámbito de su intimidad. Sin embargo, la intimidad auténtica que acompaña a toda verdadera amistad siempre es recíproca: debemos aceptar la invitación del Señor y repetir con el salmista: Una sola cosa pido al Señor y es lo único que busco: habitar en la casa del Señor todos los días de mi vida, para contemplar su hermosura (Sal. 27, 4). Dios pone todo de su parte para hacernos participes de su vida íntima; de nuestra parte no debemos tener miedo a las exigencias de tan soberana compañía. En la intimidad de Dios lo hallamos todo, si bien ella exige a su vez que lo entreguemos todo. Como diría San Josemaría, «para Vivir hay que morir» (Camino 187). Las palabras que siguen condensan bien los afanes amistosos de Dios para con su criatura:
«Yo he venido», nos asegura el Hijo de Dios hecho hombre, «para que tengan vida y la tengan abundante» (Ioh 10, 10). La vida que Cristo quiere darnos es la vida de Dios; la vida que el Hijo recibió, al encarnarse, en su naturaleza humana y que constantemente difunde sobre los suyos, de modo misterioso, a través de los sacramentos. «De su plenitud todos recibimos» (Ioh I, 14).
«Dios es amor». Y el amor le impulsa a compartir sus riquezas, sus bienes, en una palabra, toda su vida con el hombre, con el polvo, con la nada.
Éste es el distintivo de todo el que es verdaderamente bueno, noble y generoso: sentir un irresistible impulso a difundirse en otro ser para hacerlo rico, grande y feliz. Tuvo, pues, Dios un sublime proyecto que quiso realizar en mí, al trazarme determinada ruta en la vida y asignarme determinado número de años para recorrerla: todas y cada una de las cosas de mi vida tienden a un solo objetivo: mi elevación al plano de la vida divina, en orden a coposeerla y convivirla. (B. Baur, En la intimidad con Dios, Herder 2005, p. 12).



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