«En esto está todo el contenido esencial de la misa: en la realización de un sacrificio», dice el Beato Rafael Alcocer OSB, mártir, en su obra La Misa de siempre. La misa Católica explicada a los fieles. Abajo recojo algunos párrafos sugerentes del libro donde el autor señala que la finalidad última que mueve al hombre a ofrecer sacrificios a Dios es el deseo de comprar su amor.
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“Decía Platón, –en “el Banquete”– que “todo
el arte de los sacrificios no tiene más objeto que conservar el amor… Le está
encomendado cuidar del amor entre los hombres y los dioses, y producirlo”. Como
inspirado y casi en mística “catarsis”, el gran filósofo penetra verticalmente
en el entrañado sentido de este acto de religión. Un poco más de estremecimiento
en su estado como de trance, y, en vez de “producir” hubiera dicho “comprar
el amor”.
En efecto; el sacrificio puede definirse diciendo que es un don sensible ofrecido a Dios para expresar simbólicamente la donación que el hombre hace de sí mismo a la divinidad.
Los sacrificios tienen por nota sustantiva y primera el expresar por parte del hombre una relación de dependencia con respecto a su Dios; pero cualquiera que sea la finalidad inmediata de un sacrifico, y aunque parezca limitado a expresar una declaración de entrega por parte del hombre, lo que más en el fondo expresa es una petición; lo que realmente intenta el hombre por medio del sacrifico es siempre y en último análisis comprar el amor de su Dios”.
Sin embargo, para poder alcanzar ese noble fin algo faltaba a los sacrificios humanos. Sigue diciendo Alcocer: “Platón, sin adivinar siquiera el más hondo sentido de sus palabras, decía ser propio de los sacrificios “Producir el amor entre los hombres y los dioses. Y, precisamente, toda la cuestión estaba en esto.
Rota por el pecado primero la comunicación sobrenatural de los hombres con Dios, por muchas víctimas que inmolaran, por mucho que ofrecieran, valía más, inmensamente más, lo que trataba de adquirir que el precio que ofrecía…
Y era imposible soñar siquiera que el hombre pudiera tener jamás en sus manos una hostia de tal precio para ofrecerla al Señor…
Lo que la humanidad pedía en el orden sobrenatural quedó obtenido de una vez para siempre no por el valor de sus víctimas, sino por aquella Víctima que valía tanto como Dios. Y esto es el sacrificio del Calvario.
Pero además, en la noche de la Cena última, en aquel acto tremendo en el cual Jesucristo hizo al Padre la ofrenda sacerdotal de sí mismo, dejó por la institución eucarística su Cuerpo y su Sangre en nuestra pobres manos, vacías del todo, para que tuviéramos una víctima, una hostia eficaz que ofrecer al Señor y poder hacer personalmente nuestro el sacrificio mismo de la Cruz al renovarlo incruento en el altar. Y esto es el sacrifico de la misa”.
(Rafael Alcocer Martínez, OSB, La misa de siempre, versión Kindle, C. III, El Sacrifico de la misa).

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