martes, 23 de junio de 2026

EL ADIÓS DE UN MÁRTIR

Estas conmovedoras líneas se leen en el Oficio de lectura de la fiesta de Santo Tomás Moro. Están tomadas de una carta escrita en la cárcel a su hija Margarita, y son expresión de las cumbres que el alma cristiana puede sobrevolar, con las alas de la fe y del amor, en los cielos de la confianza y abandono en Dios.

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«Aunque estoy bien convencido, mi querida Margarita, de que la maldad de mi vida pasada es tal que merecería que Dios me abandonase del todo, ni por un momento dejaré de confiar en su inmensa bondad. Hasta ahora, su gracia santísima me ha dado fuerzas para postergarlo todo: las riquezas, las ganancias y la misma vida, antes que prestar juramento en contra de mi conciencia; hasta ahora, ha inspirado al mismo rey la suficiente benignidad para que no pasara de privarme de la libertad (y, por cierto, que con esto solo su majestad me ha hecho un favor más grande, por el provecho espiritual que de ello espero sacar para mi alma, que con todos aquellos honores y bienes de que antes me había colmado). Por esto, espero confiadamente que la misma gracia divina continuará favoreciéndome, no permitiendo que el rey vaya más allá, o bien dándome la fuerza necesaria para sufrir lo que sea con paciencia, con fortaleza y de buen grado.

Esta mi paciencia, unida a los méritos de la dolorosísima pasión del Señor (infinitamente superior en todos los aspectos a todo lo que yo pueda sufrir), mitigará la pena que tenga que sufrir en el purgatorio y, gracias a la divina bondad, me conseguirá más tarde un aumento de premio en el cielo.

No quiero, mi querida Margarita, desconfiar de la bondad de Dios, por más débil y frágil que me sienta. Más aún, si a causa del terror y el espanto viera que estoy ya a punto de ceder, me acordaré de san Pedro, cuando, por su poca fe, empezaba a hundirse por un solo golpe de viento, y haré lo que él hizo. Gritaré a Cristo: Señor, sálvame. Espero que entonces él, tendiéndome la mano, me sujetará y no dejará que me hunda.

Y, si permitiera que mi semejanza con Pedro fuera aún más allá, de tal modo que llegara a la caída total y a jurar y perjurar (lo que Dios, por su misericordia, aparte lejos de mí, y haga que una tal caída redunde más bien en perjuicio que en provecho mío), aun en este caso espero que el Señor me dirija, como a Pedro, una mirada llena de misericordia y me levante de nuevo, para que vuelva a salir en defensa de la verdad y descargue así mi conciencia, y soporte con fortaleza el castigo y la vergüenza de mi anterior negación.

Finalmente, mi querida Margarita, de lo que estoy cierto es de que Dios no me abandonará sin culpa mía. Por esto, me pongo totalmente en manos de Dios con absoluta esperanza y confianza. Si a causa de mis pecados permite mi perdición, por lo menos su justicia será alabada a causa de mi persona. Espero, sin embargo, y lo espero con toda certeza, que su bondad clementísima guardará fielmente mi alma y hará que sea su misericordia, más que su justicia, lo que se ponga en mí de relieve.

Ten, pues, buen ánimo, hija mía, y no te preocupes por mí, sea lo que sea que me pase en este mundo. Nada puede pasarme que Dios no quiera. Y todo lo que él quiere, por muy malo que nos parezca, es en realidad lo mejor».


 

sábado, 20 de junio de 2026

LA SANGRE DE LOS MÁRTIRES

En su afán por destruir la Iglesia, el demonio prefiere hoy los embates silenciosos a los ataques violentos. Una lección que aprendió de los primeros siglos de la Iglesia: cada persecución regalaba a la Iglesia un ejército de mártires que la volvían aún más fuerte y fecunda. Ahora, en cambio, busca la apostasía silenciosa, la infidelidad sin estrépito, la descomposición desde dentro, si bien nunca ha dejado del todo la estrategia de la persecución sangrienta, a pesar de que la sangre de un solo mártir, como dice el Crisóstomo, le horroriza y estremece.

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«¿No habéis visto muchas veces al sol en su alborada cómo difunde por doquiera rayos de color de púrpura? Pues tales eran los cuerpos de los santos mártires, cuando como rayos de púrpura les corrían alrededor arroyos de sangre, que hacían resplandecer su cuerpo mucho más que el sol hace resplandecer el cielo. Veían esta sangre los ángeles y se regocijaban, veíanla los demonios y se horrorizaban, y aun su mismo príncipe Lucifer se estremecía. Porque no era sangre común y ordinaria la que veían, sino sangre salvadora, sangre santa, sangre merecedora de cielo, sangre que riega continuamente el plantel de la Iglesia. Vio el demonio esta sangre y se estremeció. ¿Por qué? Porque se acordó de aquella otra sangre, la sangre del Señor; por aquella sangre corrió esta. Porque desde que fue abierto el costado del Señor, se ven también heridos innumerables costados. Porque, ¿quién no había de desnudarse como buen atleta y aprestarse alegre al combate, si con él se hacía partícipe de los padecimientos del Señor, y se conformaban con la muerte de Cristo? Suficientísima es esta recompensa, mayor es la honra que los trabajos, supera el premio a los combates, aun antes de obtener el reino de los cielos».

(San Juan Crisóstomo, Homilía sobre los Santos Mártires, Homilías Selectas II, Sevilla 199, p. 94).


 

miércoles, 17 de junio de 2026

EL VALOR IMPETRATORIO DE LA SANTA MISA

San Juan María Vianney ilustraba con la siguiente anécdota la fuerza impetratoria del Sacrifico del Altar: un pasando y pasando.

“Un santo sacerdote oraba por un amigo suyo difunto; Dios le había hecho conocer que estaba en el purgatorio. Pensó entonces que no podía hacer por él cosa mejor que ofrecer el Santo Sacrificio de la Misa por su alma. Cuando estuvo en el momento de la Consagración, tomó la Hostia consagrada entre sus dedos y dijo: Padre Santo y Eterno, hagamos un cambio: vos tenéis en vuestras manos el alma de mi amigo, que está en el purgatorio, y yo tengo en las mías el cuerpo de vuestro Hijo. Pues bien, librad a mi amigo y yo os hago la ofrenda de vuestro Hijo con todos los méritos de su Muerte y su Pasión. Y al punto, en el momento de la elevación, vio el alma de su amigo, que radiante de gloria, subía al cielo”.

(El Santo Cura de Ars. Sus palabras y ejemplos. Ad vos o sacerdotes! Santiago 1925, p. 14).

jueves, 11 de junio de 2026

EL PERFUME DE LA GRATITUD

Cristo abrazando a San Bernardo. Ribalta

«te creó de la nada, pero no te redimió de la nada»

En sus sermones sobre el Cantar de los Cantares, aquella obra tan querida y comentada por los grandes místicos, San Bernardo señala tres perfumes aromáticos que el alma debe exhalar en su itinerario de unión amorosa con Dios. En primer lugar, el perfume de la contrición o dolor por los pecados; aroma penetrante y doloroso, pero absolutamente necesario para la humildad. Luego, el perfume de la devoción, más oloroso que el anterior, que guía el alma por las sendas de la alabanza y gratitud a Dios; finalmente, el perfume de la compasión, de la misericordia hacia el prójimo, plenitud del crecimiento espiritual. A continuación, un breve texto del Sermón 11 al Cantar, en el que se ensalza el perfume de la gratitud.

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«Si recordáis el modo de llevarla a cabo (la Redención), dijimos que fue el anonadamiento de Dios; y os recomiendo que consideréis otros tres aspectos. Aquel anonadamiento no fue algo trivial o insignificante; porque se vació de sí mismo hasta asumir la carne, la muerte, la cruz. ¿Quién ponderará suficientemente toda la humillación, la bondad y la condescendencia que supuso el hecho de que el Señor soberano se revistiera de la carne, fuera condenado a muerte e infamado con la cruz? Dirá alguno: ¿no pudo el Creador reparar su obra sin tanta complicación? Claro que pudo; pero prefirió su propia afrenta. Así le ahorraba al hombre toda ocasión de incurrir en el pésimo y abominable crimen de la ingratitud. Asumió muchos sufrimientos que le inducirían al hombre a un gran amor. Y las dificultades de la redención le incitarán a darle gracias, aunque la facilidad de su creación le inspirase una devoción muy poco agradecida.

¿Cómo reacciona el corazón ingrato ante su creación? “Sí; he sido creado por puro amor, pero sin trabajo alguno de mi creador. Sencillamente, lo mandó y salí creado como el resto de la creación. Es muy valiosa. ¿Pero qué dificultad entraña un favor que sólo cuesta pronunciar una palabra?” Así desvirtúa la impiedad del hombre este beneficio de la creación, para justificar su ingratitud. Pretexta excusas para sus pecados, cuando debía haber sido un gran motivo de amor. Pero quedó tapada la boca de los que hablan inicuamente.

Es obvio como la luz del día cuánto le costó, oh hombre, tu salvación: pasar de Señor a siervo, de rico a pobre, de Verbo a hombre, de Hijo de Dios a hijo del hombre. No olvides nunca que te creó de la nada, pero no te redimió de la nada. En seis días lo creó todo y a ti entre todo lo creado. Mas tu salvación la consumó a lo largo de treinta años en este mundo. ¡Cuánto sufrimiento hubo de soportar! A los dolores de su cuerpo y a las tentaciones del enemigo ¿no se añadieron y acumularon la ignominia de la cruz y el horror de la muerte? Forzosamente. Así, así salvaste, Señor, a hombres y animales, y así derrochaste tu misericordia.

Meditadlo y deteneos en ellos. Respire estos perfumes vuestro corazón, tanto tiempo ahogado con la fetidez del pecado, y gozad estos aromas tan delicados como saludables».

Fuente: sigilummilitumxpisti.blogspot.com


 

miércoles, 3 de junio de 2026

PURIFICA SEÑOR MIS MANOS

Siempre que el hombre religioso se aproxima a Dios siente una necesidad imperiosa de purificación. Cuando Dios llamó a Moisés desde la zarza ardiente, le ordenó quitarse las sandalias porque el lugar que pisaba era tierra santa (Ex 3, 5). Descalzarse representaba para Moisés la humildad, el respeto y la sumisión con que debía acercarse a la majestad de Dios y entrar en el lugar sagrado. El episodio también nos instruye sobre el anhelo de pureza que el hombre debe experimentar ante la santidad de Dios. El polvo y la suciedad del camino, simbolizados en el calzado, quedan excluidos del ámbito sacro.

Por esta razón, es muy comprensible que en la celebración eucarística no falten los ritos que simbolizan esta necesidad de purificación, y susciten en el corazón del sacerdote sentimientos análogos a los de Moises mientras se acercaba a la zarza ardiente. Por ejemplo, aunque hoy no sea un rito obligatorio, es muy conveniente que el sacerdote se lave las manos en la sacristía antes de celebrar la Santa Misa. Es una manifestación del deseo de purificación y santidad que debe albergar quien se dispone a celebrar la acción sagrada por antonomasia: renovar el Sacrificio del Calvario y confeccionar la Eucaristía. Este gesto es independiente del rito de lavado de las manos que se hace en el ofertorio, dentro de la misa. Este lavado de manos se hace en la sacristía, antes de que el ministro empiece a revestirse (Cf. liturgiapapal.org).

En la forma extraordinaria, según expresión del Papa Benedicto, sí es obligatorio, y está prevista una oración para que los sacerdotes la reciten mientras se lavan las manos. Por devoción también pueden decirla los sacerdotes que celebran conforme a la forma ordinariaEsa oración, a veces grabada en la misma piedra del lavabo, reza así:


Da, Señor, el poder a mis manos
para ser lavadas de toda mancha, 
de modo que pueda servirte sin corrupción 
en mi mente y en mi cuerpo.

En la Nueva Alianza Dios tiene con el sacerdote más condescendencia que con Moisés: ahora se deja tocar y fraccionar por las manos del sacerdote, que sirven de trono al Rey que viene al mundo. Mayor razón para no omitir o minusvalorar estos gestos o ritos litúrgicos de purificación.






 

domingo, 31 de mayo de 2026

POR QUÉ VOY A LA MISA TRADICIONAL EN LATÍN. UN TESTIMONIO ELOCUENTE

Tibi laus, tibi gloria, tibi gratiarum actio
in saecula sempiterna, 
o Beata Trinitas.

Publico en español este artículo testimonial de Daniela Bovolenta, madre de cinco hijos, oblata benedictina que trabaja en tecnología digital. Amante de las tradiciones culturales occidentales, de la liturgia tradicional, de lo bello y elegante.

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POR QUÉ ASISTO A LA MISA LATINA TRADICIONAL
Por Daniela Bovolenta

 Fuente: ordorerum.substack.com

 «...cuando comenzó el Kyrie, fue como si los cielos se abrieran» (Benedicto XVI, 7° Encuentro Mundial de las Familias, 2012).

 Abro la puerta de madera de la abadía, paso de la luz a la penumbra, suenan las campanas, unos cincuenta monjes vestidos de negro entran de dos en dos, caminan hacia la nave central, avanzan hacia el centro de la iglesia, se arrodillan mirando hacia el sagrario, luego se colocan uno frente al otro, hacen una reverencia profunda, se dan la vuelta y cada uno se dirige a su propio banco.

Las campanas ahora callan, el anillo del padre abad golpea la madera para dar la señal de inicio, se hace la señal de la cruz y comienza el canto gregoriano.

Ya no estoy en la misma dimensión en la que me encontraba hace unos minutos.

Este es el momento en el que toda la historia humana converge, los ángeles del Paraíso se hacen presentes y la liturgia humana y la celestial se funden en una sola. A partir de este momento, la Misa se celebra en el Paraíso, sobre el altar del Señor.

Desde hace años que ya asisto habitualmente a la misa en el vetus ordo, o a la misa tradicional en latín, según cómo se quiera llamar. Se trata de la misa que se celebraba en la Iglesia católica hasta la reforma litúrgica de 1969. A partir de esa fecha entró en vigor el nuevo misal, cuyo cambio más visible fue la traducción a las distintas lenguas vernáculas, pero no fue el único: el celebrante, que antes se dirigía ad Deum (hacia Dios), ahora celebra ad populum (hacia la asamblea de los fieles), cambian las lecturas, la organización del año litúrgico y la estructura de la misa.

La misa precedente (el usus antiquior) se convierte en objeto de disputas y resistencias, y sigue celebrándose en círculos reducidos, para cobrar posteriormente un nuevo impulso cuando el papa Benedicto XVI promulga el motu proprio Summorum Pontificum, en 2007. Será nuevamente restringida, pero no suprimida, por el papa Francisco con Traditionis Custodes (2021). Los acontecimientos relacionados con esta celebración son complejos, y en algunos casos dolorosos, y han sido tratados por numerosos historiadores y especialistas, sin duda más competentes que yo.

Lo que me gustaría explicar aquí es el motivo de esta decisión por mi parte.

En primer lugar, la lex orandi es la lex credendi, es decir, creemos como rezamos y rezamos como creemos, y el énfasis de la misa tradicional está en el sacrificio. El protagonista es Cristo, quien, en la persona del sacerdote, renueva el sacrificio del Calvario.}

El silencio, la adoración, estar vueltos hacia el Señor, sentirnos transportados a los pies de la cruz durante la Pasión, es el centro visible de la Misa.

El sacrificio perfecto de Cristo es el centro de la historia humana y se renueva en cada Misa: toda la gestualidad, las genuflexiones, los besos al altar, las manos juntas, el canon recitado en voz baja, comunican que lo que ocurre en el altar es algo radicalmente distinto de la asamblea. Entramos en la dimensión de la gratuidad respecto a nuestros fines cotidianos, nos dirigimos hacia lo que está radicalmente sustraído a la lógica de la utilidad y la funcionalidad inmediatas. Entramos en el reino de lo verdadero y lo justo, que escapan a nuestros sentidos, a través de lo bello que, en cambio, podemos percibir.

La belleza del canto gregoriano, los ornamentos, el aroma del incienso, los vasos sagrados, la belleza de las antífonas y las oraciones, la belleza de los movimientos mesurados, de las velas, del arte sacro, de la arquitectura. Toda esta belleza no está hecha para complacer a los hombres ni para excitar sus sentidos, sino para dar gloria a Dios y elevar hacia Él las almas de los fieles.




Oramos con las mismas palabras, los mismos gestos, la misma estructura con la que oraron Tomás de Aquino, Teresa de Ávila, Felipe Neri, los campesinos medievales y los mártires. Esta continuidad no es sentimentalismo: es la materialización de la idea de que la Iglesia es una comunidad que abraza a los vivos y a los muertos, y que la liturgia es el lugar donde se manifiesta esta comunión.

Además, tanto el sacerdote como los fieles están vueltos hacia Dios, ad orientem. De hecho, el altar de las iglesias está tradicionalmente orientado hacia el este, hacia el sol naciente, símbolo de Cristo, y el sacerdote se dirige a Dios al frente del pueblo, que mira en la misma dirección. Queda claro, pues, que el centro de la acción es Cristo, no los hombres. Salimos de una perspectiva del espectáculo y de lo personal para adentrarnos en la del culto racional.

El latín, por su parte, preserva la inalterabilidad del texto sagrado frente a las desviaciones de las traducciones nacionales (algunas de las cuales, en los años setenta y ochenta, fueron teológicamente discutibles), crea una distancia sagrada entre el lenguaje ordinario y el litúrgico, señalando que la misa no es una reunión sino un rito y, por último, mantiene la universalidad de la oración católica más allá de las culturas locales.

La misa tradicional es el lugar donde se percibe físicamente que ocurre algo sobrenatural, que la forma misma transmite el contenido. Es una experiencia difícil de reducir a argumentos, pero quien la vive la reconoce de inmediato. Joseph Ratzinger la describía diciendo que en la liturgia antigua se tiene la sensación de recibir algo que no ha sido creado por nadie.

En todos nosotros coexisten un alma eterna, que lleva en sí los signos de su creador, y una mente que se forma con el tiempo, que encuentra en la época en la que vive el material del que está constituida e incluso el lenguaje en el que opera. La liturgia es el lugar donde el Creador moldea lo que somos en lo más profundo, con una acción sacramental que evoca la huella que lo divino ha dejado en nosotros, nos eleva por encima de nuestro tiempo para llevarnos a la dimensión de la eternidad. Si realmente nos dejáramos alcanzar por lo que ocurre ante nuestra presencia durante la Misa, saldríamos capaces de reconocer los signos del Creador en cada cosa, en nuestro prójimo, en los árboles y en las estrellas, en una brizna de hierba y en Dios que sufre en la cruz. Ciertamente, por lo que a mí respecta, este estado de ánimo se alcanza más fácilmente cuando participo en la Misa tradicional.

Al final, las campanas vuelven a sonar, la puerta se abre de nuevo y se vuelve a la luz.


domingo, 24 de mayo de 2026

¡VEN LUZ DE LOS CORAZONES!

«De esta comunión con el Espíritu procede la presciencia de lo futuro, la penetración de los misterios, la comprensión de lo oculto, la distribución de los dones, la vida sobrenatural, el consorcio con los ángeles; de aquí proviene aquel gozo que nunca terminará, de aquí la permanencia en la vida divina, de aquí el ser semejantes a Dios, de aquí, finalmente, lo más sublime que se puede desear: que el hombre llegue a ser como Dios» (San Basilio Magno, Sobre el Espíritu Santo, Cap. 9, n. 22).

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«El Señor encomienda al Espíritu Santo el cuidado del hombre, posesión suya, que había caído en manos de ladrones, del cual se compadeció y vendó sus heridas, entregando después los dos denarios regios para que nosotros, recibiendo por el Espíritu la imagen y la inscripción del Padre y del Hijo, hagamos fructificar el denario que se nos ha confiado, retornándolo al Señor con intereses» (San Ireneo de Lyon, Contra las herejías, Libro 3, 17).