Señora,
al pie de la cruz te viste privada hasta de los más mínimos consuelos. Luego de
presenciar la crueldad de la crucifixión, miraste cómo los soldados se
repartían las ropas de tu Jesús y sorteaban su túnica; una túnica fina, de una
sola pieza, quizá tejida con tus propias manos virginales. Te invadió el deseo
de conservarla como reliquia sagrada, como recuerdo póstumo de los innumerables
momentos pasados junto a tu Hijo. Pero ya ves, Madre dolorosa, que en la cima
del Gólgota no hay piedad alguna para Cristo y los suyos. A nadie se le ocurre
ofrecer la túnica del ajusticiado a su madre allí presente. Envuelta a toda
prisa es guardada en el saco inmundo de un afortunado soldado. Para ti Señora
no hay consuelo alguno: el expolio de tu corazón es total. Dios también te pide
sorber el cáliz de la pasión hasta el extremo. Como una madre que en medio de
fuertes dolores se prepara a dar a luz un hijo, así también tú, al pie de la
cruz, en medio de un profundo dolor y desamparo, te dispones a engendrar otra
vez el nuevo cuerpo de Cristo: la Iglesia. Pero ahora, Madre y Reina admirable, no
permitas que el Cuerpo Místico de tu Hijo sea despojado de sus celestiales
vestiduras.
viernes, 11 de abril de 2014
miércoles, 9 de abril de 2014
LA VÍCTIMA PRECIOSA. REFLEXIONES PARA TIEMPOS DE PASIÓN
"Cristo
Jesús es nuestro Sumo Sacerdote, y su precioso cuerpo, que inmoló en el ara de
la cruz por la salvación de todos los hombres, es nuestro sacrificio. La sangre
que se derramó para nuestra redención no fue la de los becerros y los machos
cabríos (como en la ley antigua), sino la del inocentísimo Cordero, Cristo
Jesús, nuestro salvador.
El
templo en el que nuestro sumo sacerdote ofrecía el sacrificio no era hecho por
manos de hombres, sino que había sido levantado por el solo poder de Dios— pues
Cristo derramó su sangre a la vista del mundo: un templo ciertamente edificado
por la sola mano de Dios.
Y
este templo tiene dos partes: una es la tierra, que ahora nosotros habitamos;
la otra nos es aún desconocida a nosotros, mortales.
Así,
primero, ofreció su sacrificio aquí en la tierra, cuando sufrió la más acerba
muerte. Luego, cuando revestido de la nueva vestidura de la inmortalidad entró
por su propia sangre en el santuario, o sea, en el cielo, presentó ante el
trono del Padre celestial aquella sangre de inmenso valor, que había derramado
una vez para siempre en favor de todos los hombres, pecadores.
Este
sacrificio resultó tan grato y aceptable a Dios, que así que lo hubo visto,
compadecido inmediatamente de nosotros, no pudo menos que otorgar su perdón a
todos los verdaderos penitentes.
Es
además un sacrificio perenne, de forma que no sólo cada año (como entre los
judíos se hacía), sino también cada día, y hasta cada hora y cada instante,
sigue ofreciéndose para nuestro consuelo, para que no dejemos de tener la ayuda
más imprescindible". (San Juan Fisher,
comentario al Salmo 129)
domingo, 6 de abril de 2014
LAS RESURRECCIONES DEL ALMA. UN COMENTARIO DE SAN AGUSTÍN
El
genio de Agustín, comentando el evangelio de la resurrección de Lázaro,
advierte las diferentes circunstancias en que acontecen las tres resurrecciones
que recogen los santos Evangelios: la hija de Jairo, mientras era velada en su
casa; el hijo de la viuda de Naim, camino al cementerio; Lázaro, ya depositado
en el sepulcro. Estos tres momentos tienen para san Agustín un profundo
significado espiritual: se corresponden con los tres estados de un pecador. Y
cualquiera sea su situación, la gracia del poder de Cristo basta para
devolverlo a la vida.
S
|
i,
pues, por su gran gracia y misericordia el Señor resucita las almas para que no
muramos eternamente, entendemos bien que los tres muertos que en cuanto a los
cuerpos resucitó significan y figuran algo sobre las resurrecciones de las
almas que son hechas mediante la fe. Resucitó a la hija del arquisinagogo,
yacente aún encasa; resucitó al joven hijo de una viuda, sacado fuera de las
puertas de la ciudad; resucitó a Lázaro, sepultado de cuatro días.
Mire
cada cual su alma: si peca muere; el pecado es la muerte del alma. Pero a veces
se peca en el pensamiento. Te deleitó lo que es malo, consentiste, pecaste; ese
consentimiento te ha matado; pero la muerte está dentro, porque le pensamiento
malo no resultó aún hecho. Para significar el Señor que él resucita a un alma
tal, resucitó a la niña que aún no había sido sacada afuera, sino que yacía
muerta en casa; por así decirlo, el pecado estaba oculto. Si, en cambio, no
sólo consentiste en una delectación mala, sino que también hiciste el mal
mismo, sacaste fuera de la puerta al muerto, por así decirlo; ya está fuera y
muerto te han sacado. Sin embargo, también a ese mismo lo resucitó el Señor y
lo devolvió a su madre viuda. Si has pecado, arrepiéntete, y el Señor te
resucita y te devolverá a la Iglesia, tu madre.
El
tercer muerto es Lázaro. Hay un género de muerte monstruoso: se llama la mala
costumbre. Una cosa es, en efecto, pecar; otra, formar la costumbre de pecar.
Quien peca y se corrige al instante, revive rápidamente; porque no está aún
implicado en la costumbre, no está sepultado. Quien, en cambio, acostumbra a
pecar, está sepultado y de él se dice bien que hiede, pues comienza a tener
pésima fama. Olor asquerosísimo, digamos. Así son todos los habituados a malas
acciones, los de “costumbres depravadas”…
El
Señor, pues, resucitó también a Lázaro. Habéis oído en qué condiciones estaba,
esto es, qué significa la resurrección de Lázaro”. (San Agustín, Sobre el Evangelio de San Juan, Tratado
XLIX 3-4, BAC)
martes, 1 de abril de 2014
ASISTIENDO A LA MISA ANTIGUA
Presento esta traducción
castellana de un hermoso texto de Antonio Margheriti Mastino, a modo de breve
catequesis sobre la Misa Romana, especialmente cuando se la celebra en la
atmósfera recogida de su forma extraordinaria. Dentro de una concisión casi poética,
el autor nos hace sentir el drama sacrificial que se renueva en toda Misa y
que la liturgia tradicional logra significar tan convincentemente.
En el Altar a la hora de
nona. Silencio y soledad del Gólgota: asistiendo a la misa antigua
Antonio Margheriti
Mastino
Hay
dos aspectos en particular que nos dan cuenta del sentido profundo de la Misa,
especialmente según el rito Extraordinario, que yo personalmente prefiero: el
silencio y la soledad. El altar, antes, durante y después del Sacrificio, está
envuelto en el silencio. Y de la soledad del celebrante, "Alter Christus" (otro Cristo).
Pero
cómo, se dirá, la Pascua y su celebración son también "un triunfo".
Ciertamente, así es. Pero también es el perpetuarse de la pasión y muerte de
Cristo. Ellas se desarrollan en el silencio, en la soledad, en la traición, en
las negaciones, en la huida de los discípulos. En la Última Cena, Cristo es
traicionado y vendido por Judas; en el huerto de los Olivos, en la noche que
precede al suplicio, Cristo es dejado solo sudando sangre, mientras los
discípulos se duermen en lugar de orar con él, lo único que les había pedido.
En esa misma noche Pedro lo niega tres veces; ninguno intenta salvarlo, ninguno
se ofrece a llevar la Cruz por un momento (el mismo Cireneo fue obligado a
hacerlo). Ninguno parece ya conocerlo o reconocerlo.
Cristo
en un instante de dolor verdaderamente humano, hace presente en voz alta a su
Dios, al Abbá (a su Padre), el abismo
de desgracia y soledad en el que se precipita inerte.
La
"soledad." La misma soledad, que en ese momento sobre el altar del
Sacrificio Supremo, nuevo Gólgota, donde verdaderamente y de nuevo irrumpe la
Pasión de Cristo, experimenta el sacerdote, "Alter
Christus".
El
sacerdote está solo delante del altar. Y a esta soledad se suma la sombra
propia de la soledad que es el silencio. Sobre la colina desolada del Gólgota,
y aun antes, en el huerto y, más tarde, en el sepulcro, Cristo está solo y en
silencio. Es el silencio de su obediencia, del cáliz de la amargura, del sudor
ensangrentado. Es el silencio de la impotencia, que por un momento parece
también de Dios. "Padre mío, Abbá,
¿por qué me has abandonado?". El "silencio" de Dios, en ese
instante, parece como el abismarse de la Divinidad.
Pero
es también la impotencia y desolación que procede del primer y perpetuo “sí” manifestado
en la obediencia de María, que acepta que este Hijo no era para ella: "Stabat Mater Dolorosa...", al
pie de la cruz. Es ese silencio tremendo que también advierte, en su lecho de
muerte, la pequeña gran Teresa de Lisieux, cuando se queja, en aquel momento
extremo de agonía e incertidumbre, de la "no presencia de Dios."
Silencio.
Como permanecieron en silencio los discípulos, María, y todos cuantos amaban a
Cristo el Mesías; al pie de la cruz o escondidos, todos callaron, impotentes,
por obediencia o por cobardía, todos quedan en silencio, incluso como petrificados
por el dolor y la confusión, o simplemente porque así "debían de suceder” las
cosas... todos permanecieron en silencio. Sólo asistieron a la pasión y muerte
del Hijo de Dios.
Es
la misma razón por la que los fieles no deben "participar", sino
asistir a la misa del Sacrificio. En profundo silencio; el mismo silencio que
envuelve al sacerdote mientras realiza el Sacrificio de Cristo. Y también de sí
mismo. Sólo tienen que "aceptar", secundar lo ineluctable, aquel milagro
que no nos ha dejado "huérfanos" sobre la tierra, como lo había
prometido el Mesías.
Pero
entonces, ¿qué sucede con la Resurrección? Ciertamente es un triunfo. Pero es
un triunfo conocido en la sombra, propio de un Dios sin arrogancia. Y acontece
una vez más en medio del silencio y de
la soledad. Dentro de un sepulcro de piedra, en la noche, en ausencia de todos,
excepto los soldados llamados a vigilar el exterior de la tumba. De la misma
manera, en voz baja, en el silencioso y casi secreto y oscuro susurrar del
sacerdote "Alter Christus" sobre el altar del Sacrificio, se hará
presente la Resurrección. Siempre en medio del silencio y de la soledad.
He
aquí explicado el por qué y el cómo del asistir al Santo Sacrificio de la Misa.
De la Misa antigua. Lejos del clamor y del ruido, del bullicio y de los
síndromes de protagonismo, de los micrófonos trepidantes y aturdidores, de la
exuberante palabrería huera y de los aplausos de la misa reformada típica de
los años 70, los años más cansadores de consignas, populistas, inútiles que
jamás se hayan visto en la faz de la tierra.
Fuente:
viernes, 28 de marzo de 2014
SERVIR AL PAPA Y NO SERVIRSE DEL PAPA
En
una reciente entrevista a la emisión alemana de radio vaticana, el cardenal
Gerhard L. Müller señalaba un aspecto importante y muy actual de su papel como
Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe: "que nadie se apropie
del Papa para determinados fines". Y continuaba: "resulta precisamente interesante que justo
en estos momentos tantos grupos se remitan al Papa, habiendo prácticamente
rechazado el papado anteriormente. En cualquier caso, por lo que respecta a
nosotros, de lo que se trata es de servir al Papa y a la Iglesia, en vez de
servirnos del Papa”. http://infocatolica.com/?t=noticia&cod=20340
Tarea
urgente y necesaria esta del Prefecto, para que no se repita con nuestro amado Papa
Francisco algo semejante a lo sucedido con la figura señera del Beato Juan
XXIII, tantas veces instrumentalizada con fines ideológicos. Hace años, el reconocido escritor católico Tito
Casini, en su famosa apología de la antigua liturgia, publicada en forma de
carta y bajo el simbólico título de La
Túnica Rasgada, escribía al respecto, en un imaginario diálogo con el santo Pontífice: “¡Pobre, bueno y santo Papa Juan!
¡Con cuánta hipocresía los enemigos de la Iglesia han pretendido atribuiros lo
que no dijisteis, ni quisisteis decir, para presentaros como paladín de sus
ideas y conquistar así a los ingenuos y a los necios!… Pero, no estoy solamente
hablando de éstos, de los enemigos abiertamente confabulados contra la Iglesia,
cuya diabólica duplicidad bien conocía la manera de aprovecharse de vuestra
gran bondad y reconocida caridad, -la bondad y caridad de un santo para el que
yerra, a fin de sacarlo del error, no para confirmarlo en él-; estoy hablando
también de aquellos otros, de Vuestros amigos “católicos”, cuyas palabras y
acciones no colaboran con el misterio de la Iglesia, su Madre y Maestra, de la
que Vos erais cabeza visible, sino con sus calumniadores y perseguidores…”
jueves, 27 de marzo de 2014
EXCELENCIA DE LA ORACIÓN CRISTIANA
La
Liturgia de las Horas de hoy nos ofrece este hermoso texto de Tertuliano sobre
la excelencia de la oración cristiana:
“La
oración es el sacrificio espiritual que abrogó los antiguos sacrificios. ¿Qué
me importa el número de vuestros sacrificios? —dice el Señor—. Estoy harto de
holocaustos de carneros, de grasa de cebones; la sangre de toros, corderos y
machos cabríos no me agrada. ¿Quién pide algo de vuestras manos? Lo que Dios
desea, nos lo dice el evangelio: Se acerca la hora —dice— en que los que
quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad. Porque Dios
es espíritu, y desea un culto espiritual.
Nosotros
somos, pues, verdaderos adoradores y verdaderos sacerdotes cuando oramos en
espíritu y ofrecemos a Dios nuestra oración como una víctima espiritual, propia
de Dios y acepta a sus ojos.
Esta
víctima, ofrecida del fondo de nuestro corazón, nacida de la fe, nutrida con la
verdad, intacta y sin defecto, íntegra y pura, coronada por el amor, hemos de
presentarla ante el altar de Dios, entre salmos e himnos, acompañada del
cortejo de nuestras buenas obras, seguros de que ella nos alcanzará de Dios
todos los bienes.
¿Podrá
Dios negar algo a la oración hecha en espíritu y verdad, cuando es él mismo
quien la exige? ¡Cuántos testimonios de su eficacia no hemos leído, oído y
creído!
Ya
la oración del antiguo Testamento liberaba del fuego, de las fieras y del hambre,
y, sin embargo, no había recibido aún de Cristo toda su eficacia.
¡Cuanto
más eficazmente actuará, pues, la oración cristiana! No coloca un ángel para
apagar con agua el fuego, ni cierra las bocas de los leones, ni lleva al
hambriento la comida de los campesinos, ni aleja, con el don de su gracia,
ningún sufrimiento; pero enseña la paciencia y aumenta la fe de los que sufren,
para que comprendan lo que Dios prepara a los que padecen por su nombre.
En
el pasado, la oración alejaba las plagas, desvanecía los ejércitos de los
enemigos, hacía cesar la lluvia. Ahora, la verdadera oración aleja la ira de
Dios, implora a favor de los enemigos, suplica por los perseguidores. ¿Y qué
tiene de sorprendente que pueda hacer bajar del cielo el agua del bautismo, si
pudo también impetrar las lenguas de fuego? Solamente la oración vence a Dios;
pero Cristo la quiso incapaz del mal y todopoderosa para el bien.
La
oración sacó a las almas de los muertos del mismo seno de la muerte, fortaleció
a los débiles, curó a los enfermos, liberó a los endemoniados, abrió las
mazmorras, soltó las ataduras de los inocentes. La oración perdona los delitos,
aparta las tentaciones, extingue las persecuciones, consuela a los pusilánimes,
recrea a los magnánimos, conduce a los peregrinos, mitiga las tormentas, aturde
a los ladrones, alimenta a los pobres, rige a los ricos, levanta a los caídos,
sostiene a los que van a caer, apoya a los que están en pie.
Los
ángeles oran también, oran todas las criaturas, oran los ganados y las fieras,
que se arrodillan al salir de sus establos y cuevas y miran al cielo, pues no
hacen vibrar en vano el aire con sus voces. Incluso las aves, cuando levantan
el vuelo y se elevan hasta el cielo, extienden en forma de cruz sus alas, como
si fueran manos, y hacen algo que parece también oración. ¿Qué más decir en
honor de la oración? Incluso oró el mismo Señor, a quien corresponde el honor y
la fortaleza por los siglos de los siglos”. (Del tratado de Tertuliano,
presbítero, sobre la oración Cap. 28-29: CCL 1, 273-274)
martes, 25 de marzo de 2014
VERBO Y NO PALABRA
Mientras
exégetas y liturgistas se afanan por traducir el término joánico Verbo (Logos) por el de Palabra, el pueblo
católico sigue rezando como siempre: el
Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros. La “Palabra que acampa”, como dicen las nuevas
traducciones, al menos en nuestro castellano habitual, parecen restar sustancia
al insondable misterio de la Encarnación. A la inconveniencia de verter Verbo por
Palabra se refiere esta voz autorizada:
“Es
importante ver que Juan, bajo la inspiración del Espíritu Santo, emplea el
término logos y no “Hijo”, ni sofía, “sabiduría”. ¿Por qué? ¿Qué
significa exactamente el término logos?”
Es muy difícil de traducir. En la Universidad de la Sorbona traducen con
frecuencia logos por “discurso”. Desde luego es una traducción, pero una
traducción muy exterior. En realidad, logos
significa mucho más el fruto del pensamiento; ahora bien, el discurso es la expresión del pensamiento, no es el
fruto. Expresión y fruto son dos cosas diferentes y los griegos eran muy
sensibles a ello…; no hay duda, sin embargo, que hay diferencia entre pensar y
hablar, pensar y decir. Por lo tanto no hay que traducir “Verbo” -Logos- por “Palabra”. Ahora, debido a la
influencia protestante, lo traducen con frecuencia por “Palabra”; pero es un
error desde el punto de vista teológico: Hay que traducir Logos por “Verbo”. Es
la traducción de San Jerónimo quien, no lo olvidemos, estaba en contacto
directo con los rabinos. Él estaba, por tanto, mucho más cerca de una tradición
de lo que estamos ahora en que, la mayor parte del tiempo, tenemos perspectivas
bastante alejadas de la tradición joánica. (M.-D. Philippe, Seguir al Cordero. Retiro sobre el Evangelio
de San Juan, Tomo I, Madrid 2002, p. 197)
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