viernes, 28 de agosto de 2026

CUANDO LLORAR ES AMAR

Fresco de la muerte de Santa Mónica
Basílica de San Agustín, Roma.

En uno de los relatos más conmovedores de la literatura cristiana, San Agustín nos cuenta los sentimientos que albergaba su corazón tras la muerte de su querida madre. Al principio intentó contener las lágrimas y reprimir su tristeza; sin embargo, comprendió que el  llanto al que lo empujaba su dolor no era señal de debilidad, si bien alguien pudiese considerarlo así. Finalmente –nos dirá– “solté las riendas a las lágrimas, que tenía contenidas, para que corriesen cuanto quisieran”; y sus lágrimas fluyeron de sus ojos como ríos de oración agradecida que corrían en dirección a esas mismas cimas que días antes, junto a su madre, ambos habían vislumbrado.

* * *

«Pero de aquí que poco a poco tornaba al pensamiento de antes, sobre tu sierva y su santa conversación, piadosa para contigo y santamente blanda y morigerada con nosotros, de la cual súbitamente me veía privado. Y sentí ganas de llorar en presencia tuya, por causa de ella y por ella, y por causa mía y por mí. Y solté las riendas a las lágrimas, que tenía contenidas, para que corriesen cuanto quisieran, extendiéndolas yo como un lecho debajo de mi corazón; el cual descansó en ellas, porque tus oídos eran los que allí me escuchaban, no los de ningún hombre que orgullosamente pudiera interpretar mi llanto.

Y ahora, Señor, te lo confieso en estas líneas: léalas quienquiera e interprételas como quisiere; y no se burle de mí, si hallare pecado en haber llorado yo a mi madre la exigua parte de una hora, a mi madre recién muerta entonces ante mis ojos, ella, que me había llorado tantos años para que yo viviese para los tuyos; antes bien, si es mucha su caridad, llore por mis pecados delante de ti, Padre de todos los hermanos de tu Cristo». (San Agustín, Confesiones, L. IX, 33).


 

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