Hoy se cumplen 48 años del fallecimiento
del Beato Juan Pablo I. Su breve pontificado de 33 días fue como una brisa que
sopló suavemente en la Iglesia tras el tormentoso pontificado de San
Pablo VI. Cuando se cumplieron 30 años de su marcha al cielo, Benedicto XVI
hizo un sentido recuerdo de su santo predecesor.
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«Reflexionando sobre estos textos bíblicos, he pensado inmediatamente en el Papa Juan Pablo I, de cuya muerte se celebra hoy el trigésimo aniversario. Eligió como lema episcopal el mismo de San Carlos Borromeo: Humilitas. Una sola palabra que sintetiza lo esencial de la vida cristiana e indica la virtud indispensable de quien, en la Iglesia, está llamado al servicio de la autoridad. En una de las cuatro audiencias generales que tuvo durante su brevísimo pontificado, dijo entre otras cosas, con el tono familiar que lo caracterizaba: “Me limito a recordaros una virtud muy querida del Señor, que dijo: ‘Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón’... Aun si habéis hecho cosas grandes, decid: siervos inútiles somos”. Y agregó: “En cambio la tendencia de todos nosotros es más bien lo contrario: ponerse en primera fila”. La humildad puede considerarse como su testamento espiritual.
Precisamente gracias a esta virtud, bastaron treinta y tres días para que el Papa Luciani entrara en el corazón de la gente. En sus discursos ponía ejemplos tomados de hechos de la vida concreta, de sus recuerdos de familia y de la sabiduría popular. Su sencillez transmitía una enseñanza sólida y rica, que, gracias al don de una memoria excepcional y una vasta cultura, adornaba con numerosas citas de escritores eclesiásticos y profanos. Así, fue un catequista incomparable, siguiendo las huellas de san Pío X, su paisano y predecesor, primero en la cátedra de san Marcos y después en la de san Pedro. “Tenemos que sentirnos pequeños ante Dios”, dijo en esa misma audiencia. Y añadió: “No me avergüenzo de sentirme como un niño ante su madre; a la madre se le cree; yo creo al Señor y creo lo que él me ha revelado”. Estas palabras muestran toda la grandeza de su fe. A la vez que damos gracias a Dios por haberlo dado a la Iglesia y al mundo, atesoremos su ejemplo, comprometiéndonos a cultivar su misma humildad, que lo capacitó para hablar con todos, especialmente con los pequeños y con los así llamados lejanos. Con este fin, invoquemos a María santísima, humilde Esclava del Señor».
(Ángelus, Domingo 28 de
septiembre de 2008, Castelgandolfo).


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