Ayer, 24 de septiembre, festividad de
Nuestra Señora de la Merced, se encendía una nueva estrella en el firmamento de
la Iglesia: el Beato Fulton Sheen. Su fuerza como comunicador y escritor de la
fe brotaba de la contemplación diaria ante Jesús Sacramentado. Asimismo, su
veneración y amor a la Virgen, aunque presente en toda su obra, ha quedado
reflejada de manera especial en un capítulo de su libro El Calvario y la
Misa (Cf. Parte III, donde se pone en relación la tercera palabra de Jesús
en la Cruz “He ahí a tu Madre” con el Sanctus de la Misa). El
nuevo Beato no tiene reparos en atribuir a Nuestra Señora los títulos de Corredentora
y Medianera de todas las gracias, permaneciendo lejano de las aprensiones formuladas recientemente por el Cardenal Víctor Manuel Fernández. No hay que olvidar que los
santos son los mejores teólogos.
* * *
«Nosotros somos hijos de María —literalmente, hijos. Ella es nuestra Madre no por título ficticio o por título de cortesía; es nuestra Madre porque ella soportó en aquel preciso momento los sufrimientos de la maternidad para todos nosotros. Y ¿por qué nos la dio Nuestro Señor como Madre? Porque conoció que jamás seríamos santos sin ella. El vino a nosotros a través de su pureza, y sólo a través de su pureza podemos nosotros volver a Él. No hay Sanctus sin María. Toda víctima que sube a este Altar bajo las especies de pan y vino debe haber dicho el Confíteor y haberse convertido en víctima santa; pero no hay santidad sin María.
Observad que cuando fue dirigida aquella palabra a nuestra Santísima Madre había allí otra mujer que estaba postrada. ¿No os habéis fijado en que prácticamente todas las representaciones de la Crucifixión pintan siempre a la Magdalena de rodillas a los pies del crucifijo? Pero jamás habréis visto la imagen de Nuestra Señora postrada. Juan estaba allí y nos dijo en su Evangelio que ella estaba en pie. El la vio en pie. Y ¿por qué estaba de pie? Estaba de pie para servirnos. Estaba de pie para ser nuestro ministro, nuestra Madre.
Si María se hubiese postrado en aquel momento como lo hizo la Magdalena, si al menos hubiese llorado, su dolor habría tenido un alivio. La pena que llora nunca es una pena que rompe el corazón. El que se deshace es el corazón que no puede hallar salida por la fuente de las lágrimas. El corazón que estalla es el que no puede tener un desahogo emocional. Y todo aquel quebranto fue parte del precio de nuestro rescate pagado por nuestra Co-Redentora, María la Madre de Dios.
Y porque nuestro Señor quería que
hiciese con nosotros las veces de Madre, la dejó en este mundo cuando El subió
a los cielos, para que ella pudiese criar a la Iglesia naciente. La Iglesia niña necesitaba de una Madre, exactamente
como el Infante, Cristo. Tuvo que quedarse en la tierra hasta que su familia
estuviese criada. Por eso la hallamos en Pentecostés permaneciendo en oración
con los Apóstoles, esperando el descendimiento del Espíritu Santo. Estaba
criando el Cuerpo Místico de Cristo.
Ahora está coronada en el Cielo como Reina de los Ángeles y de los Santos, convirtiendo el cielo en otra fiesta de bodas de Caná, donde intercede con su Divino Salvador en favor de nosotros, sus otros hijos, hermanos de Cristo, e hijos del Padre Celestial …
No se trata aquí de confundir a Nuestra Señora con Nuestro Señor.
Veneramos a nuestra Madre, adoramos a nuestro Señor. Pedimos a Jesús aquellas cosas que sólo Dios puede conceder: misericordia, gracia, perdón. Y pedimos que María quiera interceder por nosotros con El y especialmente a la hora de la muerte. Por esa proximidad a Jesús que su misión envuelve, sabemos que nuestro Señor oye especialmente sus ruegos. A ningún otro santo le podemos hablar como a un hijo a su Madre. Ninguna otra virgen o mártir o confesor ha sufrido tanto por nosotros como ella sufrió; ninguno ha cimentado mejor que ella sus derechos a nuestro amor y a su patrocinio.
Mediadora de todas las gracias, todos los favores nos vienen de Jesús por medio de ella, como por ella nos vino el mismo Jesús. Queremos ser santos; pero conocemos que no hay santidad sin ella, porque ella fue el don que nos hizo Jesús en el Sanctus de su cruz. No hay mujer que pueda olvidar jamás al hijo de sus entrañas. María ciertamente no puede olvidarnos. Por eso nosotros llevamos profundamente grabado en nuestros corazones que siempre que ella ve un niño inocente en la mesa de la Primera Comunión, o un pecador arrepentido caminando hacia la cruz, o un corazón deshecho rogando que el agua de su vida malgastada se convierta en el vino del amor de Dios, ella, María, escucha de nuevo aquella palabra: 'Mujer, he ahí a tu hijo'».

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