Cristo, al hacerse hombre, se nos
muestra soberano y necesitado a la vez. Es Señor y tiene el imperio sobre todo
lo creado, pero quiere a la vez presentarse como necesitado de nuestra humilde
e insignificante colaboración. Desea que nunca olvidemos que somos importantes
para Él. Decía San Josemaría al respecto:
«Dícele uno de sus discípulos, Andrés, hermano de Simón Pedro: aquí está un muchacho que tiene cinco panes de cebada y dos peces; mas ¿qué es eso para tanta gente?» (Jn 6, 8-9). Necesita de un niño, de un muchacho, de unos trozos de pan y de unos peces. Le hacemos falta tú y yo, hijo mío: ¡y es Dios! Esto nos urge a ser generosos en nuestra correspondencia. No necesita para nada de ninguno de nosotros, y –al mismo tiempo– nos necesita a todos. ¡Qué maravilla! Lo poco que somos, lo poco que valemos, nuestros pocos talentos nos los pide, no se los podemos escatimar. Los dos peces, el pan: todo». (Cf. En diálogo con el Señor, n. 22).
El Venerable Fulton Scheen consideraba admirado esta paradoja de majestad y acatamiento, de señorío y dependencia en la vida de Cristo. Y así como al dueño del pollino le bastó el mensaje «el Señor tiene necesidad de él» (Mc 11, 3)» para cederlo sin resistencias, así también hemos de sentirnos honrados ante la posibilidad de poner al servicio de Jesús algo de lo que consideramos nuestro.
«Quizá no se ha escrito nunca una paradoja tan grande como ésta: Por un lado, la soberanía del Señor, y por otra, su necesidad. Esta combinación de divinidad y dependencia, de posesión y pobreza, era consecuencia de que la Palabra, o el Verbo, se hubiera hecho carne. Realmente, el que era rico se había hecho pobre por nosotros, para que pudiésemos ser ricos. Pidió prestado a un pescador una barca desde la cual poder predicar; tomó prestado panes de cebada y peces que llevaba un muchacho con objeto de alimentar a la multitud; tomó prestada una sepultura de la cual resucitaría, y ahora tomaba prestado un asno sobre el cual entrar en Jerusalén. A veces Dios se permite tomar cosas de los hombres para recordarles que todo procede el Él. Para aquellos que le conocen, le es suficiente oír estas palabras: "El Señor tiene necesidad de tal cosa". (Fulton J. Scheen, Vida de Cristo, Herder 1985, p. 288).

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