El
7 de agosto de 1955 Mons. Javier Echevarría, actual prelado del Opus Dei,
recibió de manos de Mons. Juan Ricote, entonces obispo auxiliar de Madrid, la
ordenación sacerdotal. Con motivo de sus bodas de diamante sacerdotales, agradecemos a la Trinidad Beatísima el ministerio fecundo y humilde
de este hijo egregio de San Josemaría Escrivá, cuya vida ha quedado bien plasmada en su lema episcopal: Deo omnis gloria.
viernes, 7 de agosto de 2015
jueves, 6 de agosto de 2015
LA TRANSFIGURACIÓN, MISTERIO DE LUZ
"La
liturgia nos invita hoy a fijar nuestra mirada en este misterio de luz. En el
rostro transfigurado de Jesús brilla un rayo de la luz divina que él tenía en
su interior. Esta misma luz resplandecerá en el rostro de Cristo el día de la
Resurrección. En este sentido, la Transfiguración es como una anticipación del
misterio pascual.
La
Transfiguración nos invita a abrir los ojos del corazón al misterio de la luz
de Dios presente en toda la historia de la salvación. Ya al inicio de la
creación el Todopoderoso dice: "Fiat lux", "Haya luz" (Gn
1, 3), y la luz se separó de la oscuridad. Al igual que las demás criaturas, la
luz es un signo que revela algo de Dios: es como el reflejo de su gloria, que
acompaña sus manifestaciones. Cuando Dios se presenta, "su fulgor es como
la luz, salen rayos de sus manos" (Ha 3, 4). La luz -se dice en los
Salmos- es el manto con que Dios se envuelve (cf. Sal 104, 2). En el libro de
la Sabiduría el simbolismo de la luz se utiliza para describir la esencia misma
de Dios: la sabiduría, efusión de la gloria de Dios, es "un reflejo de la
luz eterna", superior a toda luz creada (cf. Sb 7, 27. 29 s). En el Nuevo
Testamento es Cristo quien constituye la plena manifestación de la luz de Dios.
Su resurrección ha derrotado para siempre el poder de las tinieblas del mal.
Con Cristo resucitado triunfan la verdad y el amor sobre la mentira y el
pecado. En él la luz de Dios ilumina ya definitivamente la vida de los hombres
y el camino de la historia. "Yo soy la luz del mundo -afirma en el
Evangelio-; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz
de la vida" (Jn 8, 12).
¡Cuánta
necesidad tenemos, también en nuestro tiempo, de salir de las tinieblas del mal
para experimentar la alegría de los hijos de la luz! Que nos obtenga este don
María, a quien ayer, con particular devoción, recordamos en la memoria anual de
la dedicación de la basílica de Santa María la Mayor. Que la Virgen santísima
consiga, además, la paz para las poblaciones de Oriente Próximo, martirizadas
por luchas fratricidas. Sabemos bien que la paz es ante todo don de Dios, que
hemos de implorar con insistencia en la oración, pero en este momento queremos
recordar también que es compromiso de todos los hombres de buena voluntad. ¡Que
nadie se substraiga a este deber"!
(Meditación del Papa Benedicto XVI, Castelgandolfo, 6 de agosto de 2006)
domingo, 2 de agosto de 2015
J. H. NEWMAN. MARÍA, MADRE DE DIOS Y REINA DE LOS ÁNGELES
Hoy,
2 de agosto, la Iglesia conmemora a Nuestra Señora de los Ángeles. Aprovecho la ocasión para presentar una breve y fina meditación del Beato J. H. Newman en la que contempla la
realeza de María sobre los ángeles en su relación al más augusto título de
Madre de Dios.
María es Regina
Angelorum,
Reina de los ángeles
"Puede
ser apropiado conectar este gran título con la Maternidad de María, es decir,
con la venida del Espíritu Santo sobre ella en Nazareth, después de la anunciación
del ángel Gabriel y del nacimiento de nuestro Señor en Belén. Como madre de
nuestro Señor ella está más cerca de Él que cualquier ángel, aun de los
serafines que lo rodean y claman continuamente “Santo, Santo, Santo”.
Los
dos Arcángeles que tienen un oficio especial en el Evangelio son San Miguel y
San Gabriel, y ambos están asociados con María en la historia de la
encarnación: Gabriel cuando descendió sobre ella el Espíritu Santo y Miguel
cuando nació el Divino Niño.
San
Gabriel la saludó como “llena de gracia” y “bendita entre las mujeres”, le
anunció que descendería sobre ella el Espíritu Santo y que tendría un Hijo que
iba a ser el Hijo de Altísimo.
Del
ministerio de San Miguel en el nacimiento del Hijo divino leemos en el
Apocalipsis escrito por el Apóstol San Juan. Sabemos que nuestro Señor vino
para establecer el Reino de los Cielos entre los hombres, y fue muy duro nacer
asaltado por los poderes del mundo que querían destruirlo. Herodes buscó
quitarle la vida, pero fue derrotado cuando José huyó a Egipto con el Niño y su
Madre. Pero San Juan nos dice en el Apocalipsis que Miguel y sus ángeles fueron
los guardianes reales de la Madre y el Niño, en ese momento y en otras
ocasiones.
San
Juan tuvo una visión, “un gran signo en el cielo”, entendiendo por cielo la Iglesia o el Reino de Dios:
“una mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce
estrellas sobre su cabeza”, y cuando estaba por dar a luz apareció “un gran
Dragón rojo”, es decir, el espíritu maligno, listo “para devorar a su hijo”
cuando naciera. El Hijo fue preservado por su propio poder divino, pero luego
el espíritu maligno la persiguió a ella. Sin embargo, San Miguel y sus ángeles
llegaron para el rescate y prevalecieron contra él.
“Hubo
una gran batalla”, dice el escritor sagrado. “Miguel y sus ángeles lucharon
contra el Dragón. También el Dragón y sus ángeles combatieron… Y fue arrojado
el gran Dragón, la Serpiente antigua, el llamado Diablo y Satanás” (Apoc 12,
1-9). Ahora como entonces, la Bienaventurada Madre de Dios tiene huestes de
ángeles que la sirven, y ella es su reina".(John Henry Newman, Meditaciones y Devociones, Buenos Aires,
2006, p. 49-50)
miércoles, 29 de julio de 2015
EL ENGRANDECIMIENTO DE LO CHICO
En
un precioso librito titulado El corazón
de Jesús al corazón del sacerdote, pensado como una serie de confidencias que
Jesús dirige a sus sacerdotes desde el ocultamiento de sus Sagrarios, el Beato
Manuel González (1877-1940), conocido como el Obispo del Sagrario abandonado,
nos ha dejado una extraordinaria explicación de la parábola evangélica del
grano de mostaza. Para el autor, con esta parábola Jesucristo nos ha querido
señalar la ley permanente que rige el desarrollo de su Reino: el engrandecimiento de lo chico, más aun,
de lo ínfimo. Un
texto para refrescar la esperanza de todo operario llamado a trabajar en la
viña del Señor en tiempos de deserción.
Semejante es el Reino de los cielos a un grano de mostaza.
Simili est regnum Caelorum grano sinapis
Simili est regnum Caelorum grano sinapis
(Mt., 13, 31)
¡Verdad, Sacerdote mío, que ante mi Cuna de Belén
se te viene a las mentes mi parábola del grano
de mostaza?
El misterio de lo chico
¡Era
tan chico todo aquello de Belén! ¡Un pesebre, una cuadra, unas pajas, la
oscuridad de la media noche, el frío del invierno, la ausencia de parientes,
amigos, vecinos, la inseguridad del después, la escasez de medios
materiales!...¡Mira que era chico todo aquello!
Pues ese era el grano de mostaza de este árbol
que se llama la Iglesia Católica.
Detén tu pensamiento unos instantes ante ese
milagro mío de engrandecimiento de los
chico.
Cuenta los minutos que han transcurrido desde
esas doce de la noche más buena y
cuenta, si puedes, las cosas buenas y grandes que, brotando de aquella Cuna-pesebre,
han visto desfilar esos minutos… Sangre de mártires, lágrimas de penitentes,
lirios de vírgenes, resplandores de genios, buriles de artistas, plumas de
sabios, espadas de vencedores, cetros de reyes, coronas de Sacerdotes, cruces
de resignados, palmas de héroes…
Después traspasa los umbrales de la vida
terrena, llega a las regiones en donde no se cuenta por minutos, ni por años,
ni por siglos, sino por eternidades, y en el Cielo te dirán que allá está el
granero de los frutos maduros del Árbol de Belén; en el Purgatorio, que ahí se
acelera la madurez de los que acá no la alcanzaron, y el Infierno, que en su fuego
eterno se queman los despojos del Árbol…
Y después de ese milagro perpetuo de
engrandecimiento de lo chico, ¡cuántos cada día!
Chico es el Sagrario donde vivo en cada pueblo.
¡Chico por lo pobre y por lo abandonado! ¡Chico por el espacio que ocupan las
especies tras de las que me oculto! ¡Chico por el trato tan esquivo y ruin que
me dan en muchos de ellos!
Y ¡lo que sale en cada minuto de esa Hostia
chiquita para sus vecinos buenos y malos, cariñosos y ariscos!
Cosa chica es un lágrima, una gota de sudor, una
moneda de cinco céntimos, una crucecita de un minuto, un suspiro… ¡Chico todo
eso, es verdad!
Pero si esa gota de lágrimas es la que asoma a
los ojos de una María que me visita en mis soledades del Sagrario; si esa gota
de sudor y esa palabra es del Sacerdote apóstol, quizás de gente que no quieren
oírle; si esa moneda es la limosna callada de la pobre viuda: si esa crucecita
es la Cruz de la abnegación anónima o la pena silenciosamente sufrida del
vencimiento interior de las almas en cruz, entonces ¡viene el milagro! ¡la
semillita mínima pasa a árbol grande.
Jesús, único
Engrandecedor
Sacerdote, que en tus visitas te lamentas tantas
veces de lo infructuoso de tus trabajos, de lo estéril de tu sacrificio por tu
pueblo, del desaliento de tu alma ante tanta deserción…
Sacerdote, que te cruzas de brazos o
que estás a punto de dejarlos caer porque no
puedes hacer nada. Cura, que no predicas los días de fiesta porque te oyen
pocos, que no das catecismo porque acuden pocos niños, que no te sientas en el
confesionario temprano porque no vienen penitentes, que dejas las obras de celo
emprendidas y no emprendes ninguna nueva porque ¡se consigue tan poco! ¿Has meditado en
mi parábola del grano de semilla? ¡Has
reparado en el milagro que tantas veces he hecho y que otras tantas estoy
dispuesto a repetir de hacer grande todo
lo chico que se siembre en MI campo?
¿Qué quisieras hacer cosas grandes y no puedes?
Y es verdad: lo grande solamente lo
hago Yo.
Tú haz lo tuyo
¿Cosas
chicas? Esas son las que te pido. Sacerdote mío, ¡a sembrar tu granito!, entre
muchos o entre pocos, con éxito pronto, tardío o nulo…!
Lo demás…Yo.
(Beato Manuel González, El corazón de Jesús al corazón del sacerdote, VIII)
(Beato Manuel González, El corazón de Jesús al corazón del sacerdote, VIII)
domingo, 26 de julio de 2015
LOS ABUELOS DE JESÚS
¡Qué precioso es el valor de la familia, como lugar
privilegiado para transmitir la fe!
Copio esta reflexión
del Papa Francisco sobre los santos Joaquín y Ana, padres de la santísima
Virgen María, donde destaca el rol fundamental de la familia como lugar de excepción en la transmisión de la fe.
"Hoy
la Iglesia celebra a los padres de la Virgen María, los abuelos de Jesús: los
santos Joaquín y Ana. En su casa vino al mundo María, trayendo consigo el
extraordinario misterio de la Inmaculada Concepción; en su casa creció
acompañada por su amor y su fe; en su casa aprendió a escuchar al Señor y a
seguir su voluntad.
Los
santos Joaquín y Ana forman parte de esa larga cadena que ha transmitido el
amor de Dios, en el calor de la familia, hasta María que acogió en su seno al
Hijo de Dios y lo dio al mundo, nos los ha dado a nosotros.
¡Qué
precioso es el valor de la familia, como lugar privilegiado para transmitir la
fe! Refiriéndome al ambiente familiar quisiera subrayar una cosa: hoy, en esta
fiesta de los santos Joaquín y Ana, se celebra, tanto en Brasil como en otros
países, la fiesta de los abuelos. Qué
importantes son en la vida de la familia para comunicar ese patrimonio de
humanidad y de fe que es esencial para toda sociedad. Y qué importante es el
encuentro y el diálogo intergeneracional, sobre todo dentro de la familia. El
Documento conclusivo de Aparecida nos lo recuerda: "Niños y ancianos construyen
el futuro de los pueblos". (Papa Francisco, Río de Janeiro 26 de julio de 2013).
martes, 14 de julio de 2015
CARDENAL SARAH, VOLVER A LEER "SACROSANCTUM CONCILIUM"
Atento al deseo del Papa Francisco cuando lo nombró
Prefecto de la Sagrada Congregación para el culto divino: “quiero que continúe
implementando la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II“, "y que
continúe la buena obra en la liturgia iniciada por el Papa Benedicto XVI”», el
Cardenal Sarah ha publicado un artículo en L'Osservatore
Romano (edición del 12 de junio de 2015), donde nos ofrece unas cuantas pautas
para una comprensión profunda y una hermenéutica fiel de la Constitución Sacrosanctum Concilium, “carta magna de toda acción litúrgica”. A continuación presentamos nuestra propia traducción de este interesante artículo.
Acción
silenciosa del corazón
por Robert Sarah
Cardenal Prefecto de la Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos
Cincuenta años después de su
promulgación por el Papa Pablo VI, ¿se leerá, por fin, la constitución del Concilio
Vaticano II sobre la sagrada Liturgia? La "Sacrosanctum concilium" no
es de hecho un simple catálogo de "recetas" de reformas, sino una
verdadera y propia "carta magna" de toda acción litúrgica. El Concilio ecuménico nos ofrece en ella una lección magistral acerca del método.
Efectivamente, lejos de contentarse con una aproximación meramente disciplinar
y externa a la liturgia, el Concilio quiere hacernos contemplar lo que está en
su esencia.
La práctica de la Iglesia siempre deriva de lo que recibe y contempla
en la revelación. La pastoral no se puede desvincular de la doctrina. En la
Iglesia "lo que procede de la acción está ordenado a la
contemplación" (cfr. n. 2). La Constitución conciliar nos invita a
redescubrir el origen trinitario de la obra litúrgica. En efecto, el Concilio
establece una continuidad entre la misión de Cristo Redentor y la misión de la
litúrgica de la Iglesia. "Así como Cristo fue enviado por el Padre, Él a
su vez ha envió a los Apóstoles" para que "mediante el Sacrificio y los
Sacramentos, en torno a los cuales gravita toda la vida litúrgica"
realicen "la obra de la salvación" (n. 6).
Realizar la liturgia, por
tanto, no es otra cosa que actuar la obra de Cristo. La liturgia es
esencialmente "actio Christi": la “obra de la redención humana y de
la perfecta glorificación de Dios" (n. 5). Él es el Sumo Sacerdote, el
verdadero sujeto, el verdadero actor de la liturgia (cfr. N. 7). Si este
principio vital no es acogido en la fe, se corre el riesgo de hacer de la
liturgia una obra humana, una autocelebración de la comunidad.
Por el contrario, la obra propia de la
Iglesia consiste en introducirse en la acción de Cristo, apuntarse en aquella
obra cuya misión Él ha recibido del Padre. Pues "se nos dio la plenitud
del culto divino", porque "su humanidad, unida a la persona del
Verbo, fue instrumento de nuestra salvación" (n. 5). Entonces la Iglesia,
Cuerpo de Cristo, debe volverse a su vez en un instrumento en manos del Verbo. Este
es el sentido último del concepto clave de la constitución conciliar: la
"actuosa participatio" [participación activa]. Tal participación
consiste para la Iglesia en llegar a ser un instrumento de Cristo-Sacerdote,
con el fin de participar en su misión trinitaria. La Iglesia participa
activamente en la obra litúrgica de Cristo en la medida en que es su
instrumento.
En este sentido, hablar de "comunidad celebrante"
no carece de ambigüedad y requiere una verdadera cautela (cfr. Instrucción
"Redemptoris Sacramentum", n. 42). La "participatio
actuosa" no debería entonces ser entendida como la necesidad de hacer
algo. En este punto la enseñanza del Concilio ha sido frecuentemente
deformada. Se trata más bien de dejar que Cristo nos tome y nos asocie a su
sacrificio. En consecuencia, la "participatio" litúrgica debe ser
entendida como una gracia de Cristo, que "asocia siempre consigo a la
Iglesia" ("Sacrosanctum Concilium", n. 7). A Él corresponde
tener la iniciativa y el primado. La Iglesia "lo invoca como a su Señor y
por medio de Él da culto al Padre eterno" (n. 7).
De este modo, el
sacerdote está llamado a convertirse en ese instrumento que deja traslucir a
Cristo. Como lo recordaba recientemente nuestro Papa Francisco, el celebrante
no es el presentador de un espectáculo, ni debe buscar la simpatía de la
asamblea poniéndose frente a ella como su principal interlocutor. Entrar en el
espíritu del concilio significa por el contrario ocultarse, renunciar a ser el
punto focal.
Contrariamente a lo que a veces se ha
sostenido, es del todo conforme a la constitución conciliar, incluso hasta
conveniente, que durante el rito penitencial, el canto del Gloria, las
oraciones y la plegaria eucarística, todos, sacerdotes y fieles, se vuelvan
juntos en dirección al Oriente, para expresar su deseo de participar en la obra
de culto y redención realizada por Cristo. Este modo de proceder podría ser
puesto en marcha oportunamente en las catedrales donde la vida litúrgica debe
ser ejemplar (cfr. N. 41).
Está claro que hay otras partes de la misa en que el
sacerdote, actuando "in persona Christi Capitis", entra en diálogo
nupcial con la asamblea. Pero este cara a cara no tiene otro fin que conducir a
un tête-à-tête con Dios que, a través
de la gracia del Espíritu Santo, se volverá en un corazón a corazón. El Concilio propone así otros medios para favorecer la participación: "las
aclamaciones de los fieles, las respuestas, el canto de los salmos, las
antífonas, los cantos, así como las acciones, los gestos y la actitud del
cuerpo" (n. 30).
Una lectura demasiado rápida y sobre todo demasiado
humana, ha llevado a la conclusión de que era
necesario que los fieles estuvieran constantemente ocupados. La mentalidad
occidental contemporánea, modelada por la técnica y fascinada por los medios de
comunicación, ha querido hacer de la liturgia una obra de pedagogía eficaz y
rentable. En este espíritu, se ha buscado volver a las celebraciones de carácter convivial.
Los actores litúrgicos, motivados por razones pastorales,
tratan a veces de hacer una obra didáctica introduciendo en las celebraciones
elementos profanos y espectaculares. ¿A caso no hemos asistido al florecer de
testimonios, puestas en escena y aplausos? Se cree así favorecer la
participación de los fieles, cuando en realidad se reduce la liturgia a un
juego humano.
"El silencio no es una virtud, ni el ruido un pecado, es
verdad", dice Thomas Merton, "pero el alboroto, la confusión y el
ruido continuo en la sociedad moderna o en ciertas liturgias eucarísticas
africanas son la expresión de la atmósfera de sus pecados más graves, de su
impiedad, de su desesperación. Un mundo de propaganda, de infinitas
argumentaciones, de invectivas, de críticas, o simplemente de palabrería, es un
mundo en el que la vida no vale la pena ser vivida. La misa se convierte en un
alboroto confuso, las oraciones en ruido exterior o interior". (Thomas
Merton,"Le signe de Jonas", Ed. Albin Michel, París, 1955, p. 322). Así, se
corre el riesgo real de no dejar ningún lugar para Dios en nuestras
celebraciones. Así incurrimos en la misma tentación de los hebreos en el
desierto. Intentaron crear un culto a su medida y a su altura, y no
olvidemos que terminaron postrados ante el ídolo del becerro de oro.
Es tiempo de ponernos a la escucha del
Concilio. La liturgia es "ante todo el culto de la divina Majestad"
(n. 33). Tiene valor pedagógico en la medida en que está completamente
ordenada a la glorificación de Dios y al culto divino. La liturgia nos
sitúa realmente en presencia de la trascendencia divina. Participación
verdadera significa renovar en nosotros aquel "asombro" que San Juan
Pablo II tenía en gran estima (cfr. "Ecclesia de Eucharistia", n.
6). Este estupor sagrado, este temor gozoso, reclama nuestro silencio ante
la majestad divina. A menudo se olvida que el silencio sagrado es uno de los
medios señalados por el concilio para fomentar la participación. Si la liturgia
es obra de Cristo, ¿será necesario que el celebrante introduzca en ella sus
propios comentarios? Hay que recordar que cuando el misal autoriza una
admonición, esto no debe convertirse en un discurso profano y humano, un
comentario más o menos sutil sobre la actualidad, o un saludo mundano a las
personas presentes, sino en una brevísima exhortación a entrar en el misterio
(cfr. Presentación general del Misal Romano, n. 50). En cuanto a la
homilía, ella misma es un acto litúrgico que tiene sus propias reglas. La
"participatio actuosa" en la obra de Cristo presupone que se deje el
mundo profano para entrar en ''la acción sagrada por
excelencia"(“Sacrosanctum Concilium”, n. 7). De hecho, "nosotros
pretendemos, con una cierta arrogancia, permanecer en lo humano para entrar en
lo divino" (Robert Sarah, "Dieu ou rien", Pág. 178).
En este sentido, es lamentable que el
sagrario de nuestras iglesias no sea un lugar estrictamente reservado para el culto
divino, que se entre allí con trajes profanos, o que el espacio sagrado no esté
claramente delimitado por la arquitectura. Porque, como enseña el Concilio, Cristo está presente en su palabra cuando esta es proclamada, y es igualmente perjudicial que los lectores no tengan un traje apropiado
que ponga en evidencia que no están pronunciando palabras humanas sino una
palabra divina.
La liturgia es una realidad
fundamentalmente mística y contemplativa, y por ello fuera del alcance de
nuestra acción humana; también la "participatio" es una gracia de
Dios. Por tanto, presupone de nuestra parte una apertura al misterio
celebrado. Por eso, la constitución recomienda la plena comprensión de los
ritos (cfr. N. 34), y al mismo tiempo prescribe "que los fieles sean
capaces de recitar o cantar juntos, también en lengua latina, las partes del
ordinario de la misa que les corresponden" (n 54). Efectivamente, la
comprensión de los ritos no es obra de la razón humana dejada a sí misma, que
debería abarcarlo todo, comprenderlo todo, dominarlo todo. La comprensión de
los ritos sagrados es aquella del "sensus fidei", que ejercita la fe
viviente a través del símbolo y que conoce más por sintonía que por concepto.
Esta comprensión presupone acercarse al misterio con humildad.
¿Pero se tendrá el valor de seguir al Concilio hasta este punto? Sin embargo, una lectura semejante, iluminada por la
fe, es fundamental para la evangelización. De hecho, "así presenta la
Iglesia, a los que están fuera, como un signo alzado en medio de las naciones,
para que debajo de él se congreguen en una sola cosa los hijos de Dios
dispersos" (n. 2). La liturgia debe dejar de ser un lugar de desobediencia a
las prescripciones de la Iglesia.
Más precisamente, no puede ser ocasión de laceraciones entre cristianos. Las lecturas dialécticas de la
"Sacrosanctum Concilium", las hermenéuticas de la ruptura en un
sentido o en otro, no son el fruto de un espíritu de fe. El concilio no ha
querido romper con las formas litúrgicas heredadas de la tradición, más bien ha
querido profundizar en ellas. La constitución establece que "las nuevas
formas se desarrollen de un modo orgánico a partir de las formas ya existentes"
(n. 23).
En este sentido, es necesario que los
que celebran de acuerdo con el ''usus antiquior" lo hagan sin espíritu de
oposición, sino en el espíritu de la "Sacrosanctum Concilium”. Del
mismo modo, sería erróneo considerar la forma extraordinaria del rito romano
como derivada de una teología distinta a la de la liturgia
reformada. También sería deseable que se introdujera como anexo, en una
próxima edición del misal, el rito de la penitencia y del ofertorio según el
''usus antiquior" con la finalidad de subrayar que las dos formas
litúrgicas se iluminan mutuamente, en continuidad y sin oposición.
Si vivimos en este espíritu, entonces
la liturgia dejará de ser el lugar de la rivalidad y de la críticas, para
hacernos finalmente participar activamente en aquella liturgia "que se
celebra en la santa ciudad de Jerusalén, hacia la cual nos dirigimos como
peregrinos, donde Cristo está sentado como ministro del santuario "(n. 8).
Otras traducciones al español del mismo
artículo:
viernes, 3 de julio de 2015
“SEÑOR MÍO Y DIOS MÍO”
Hoy,
fiesta del Apóstol Tomás, el Breviario nos ofrece esta hermosa consideración de
San Gregorio Magno sobre los beneficios que Dios nos otorgó sirviéndose de las
vacilaciones del discípulo. Luego de ver y palpar las llagas del Señor, y
vencidas ya sus dudas, el apóstol proclama la divinidad de Jesús en la
confesión de fe más explícita del Evangelio: “Señor mío y Dios mío”.
“Tomás, uno de los Doce,
llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Sólo este discípulo
estaba ausente y, al volver y escuchar lo que había sucedido, no quiso creer lo
que le contaban. Se presenta de nuevo el Señor y ofrece al discípulo incrédulo
su costado para que lo palpe, le muestra sus manos y, mostrándole la cicatriz
de sus heridas, sana la herida de su incredulidad. ¿Qué es, hermanos muy
amados, lo que descubrís en estos hechos? ¿Creéis acaso que sucedieron porque
sí todas estas cosas: que aquel discípulo elegido estuviera primero ausente,
que luego al venir oyese, que al oír dudase, que al dudar palpase, que al
palpar creyese?
Todo esto no sucedió
porque sí, sino por disposición divina. La bondad de Dios actuó en este caso de
un modo admirable, ya que aquel discípulo que había dudado, al palpar las
heridas del cuerpo de su maestro, curó las heridas de nuestra incredulidad. Más
provechosa fue para nuestra fe la incredulidad de Tomás que la fe de los otros
discípulos, ya que, al ser él inducido a creer por el hecho de haber palpado,
nuestra mente, libre de toda duda, es confirmada en la fe. De este modo, en
efecto, aquel discípulo que dudó y que palpó se convirtió en testigo de la
realidad de la resurrección.
Palpó y exclamó: ¡Señor
mío y Dios mío!" Jesús le dijo: "¿Porque me has visto has
creído?" Como sea que el apóstol Pablo dice: La fe es seguridad de lo que
se espera y prueba de lo que no se ve, es evidente que la fe es la plena
convicción de aquellas realidades que no podemos ver, porque las que vemos ya
no son objeto de fe, sino de conocimiento. Por consiguiente, si Tomás vio y
palpó, ¿cómo es que le dice el Señor: Porque me has visto has creído? Pero es
que lo que creyó superaba a lo que vio. En efecto, un hombre mortal no puede ver
la divinidad. Por esto, lo que él vio fue la humanidad de Jesús, pero confesó
su divinidad al decir: ¡Señor mío y Dios mío! Él, pues, creyó, aunque vio, ya que, teniendo ante sus ojos a un hombre verdadero, lo proclamó Dios,
cosa que escapaba a su mirada.” (San Gregorio Magno, papa, Sobre los
evangelios, Homilía 26, 7-9: PL 76,1201-1202)
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