viernes, 14 de enero de 2022

¿POR QUÉ LA IGLESIA NECESITA EL LATÍN?


Responde un santo, un filósofo y un escritor: 

«La Sede Apostólica ha procurado siempre conservar con celo y amor la lengua latina, y la ha juzgado digna de usarla como espléndido ropaje de la doctrina celestial y de las leyes Santísimas, en el ejercicio de su sagrado magisterio, y de hacerla usar a sus ministros... Por tanto, el pleno conocimiento y el conveniente uso de esta lengua, tan íntimamente unida a la vida de la Iglesia, interesa más a la religión que a la cultura y a las letras, como dijo nuestro predecesor de inmortal memoria Pío XI, el cual, estudiando sus fundamentos científicos, indicó tres dotes de esta lengua admirablemente adaptadas a la naturaleza misma de la Iglesia: De hecho la Iglesia, al abrazar en su seno a todas las naciones, y estando destinada a durar hasta el fin de los siglos, exige por su misma naturaleza una lengua universal, inmutable y no popular” (San Juan XXIII, CONSTITUCIÓN APOSTÓLICA VETERUM SAPIENTIA, 22 de febrero de 1962).

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«El latín es la lengua de la Iglesia; el doloroso envilecimiento de la liturgia cristiana por obra de traducciones en lengua vulgar que sin cesar se vulgariza más, permite ver la necesidad de una lengua sagrada cuya misma inmovilidad proteja contra las depravaciones del gusto» (Étienne Gilson, El filósofo y la teología, Madrid 1962, p.22).

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«La Iglesia hizo suyo el latín, lo preservó y defendió, con tanto mayor celo y cuidado, cuanto más se multiplicaban sus hijos y se extendían por toda la haz de la tierra; porque al universalizarse ellos, por así decirlo, en el espacio y en el tiempo, corrían peligro, si no tenían un vínculo externo de unión, de convertirse en extraños a Ella y entre ellos mismos.

No solo preservó la Iglesia el latín; lo hizo amar. Ella lo enriqueció con la belleza incomparable de su altísima poesía e inspiradora música... ; y así la Iglesia, imagen viva de la corte celestial, ha siempre cantado, con una sola voz, las eternas alabanzas –“una voce” quam laudant Angeli atque Archangeli, Cherubim quoque ac Seraphim, qui non cessant clamare quotidie, una voce dicentes”, como nos lo dice el maravilloso Prefacio de la Santísima Trinidad, propio de los domingos.

La idea de un lenguaje universal, el latín, para la Iglesia universal, fue también enaltecida por aquel gran campeón de la unidad de la Iglesia, laico, digno de ser comparado con Dante en este aspecto, José De Maistre, que en su libro sobre el papa escribió: “De polo a polo, cualquier católico, que entre en una iglesia de su propio rito, se siente luego como en casa, como en familia, Nada le es extraño allí, ni a su mente ni a su corazón: El oye allí lo mismo que desde niño ha oído en su iglesia parroquial de su ciudad natal, y, por lo mismo, puede unir su oración y sus cánticos, a las personas que ahora le rodean y que él considera como hermanos; él puede entender y ser entendido...”. Y, mirando las cosas desde un punto de vista histórico y filosófico, añade De Maistre: “La hermandad, que resulta de un lenguaje común, es un vínculo misterioso de un poder indecible”. (Tito Casini, La túnica rasgada, Hawthorne 1967, pp. 30 y 31).


 

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