Hay
circunstancias en que las caras se tornan especialmente significativas y
elocuentes. Es el caso de esta instantánea que recoge un momento del reciente encuentro ecuménico entre el
Papa y las autoridades luteranas realizado en Lund, Suecia. Esos rostros parecen reflejar más tedio que contento; más cansancio que relajo, más pena que
alegría, más razones de condolencia que de celebración. Puede que se trate simplemente de una fotografía poco agraciada o
fotogénica. Sin embargo soy un convencido que al silencioso lenguaje de la
fotografía nunca se le escapa ese aire artificioso y poco natural que suele
respirarse en los encuentros ecuménicos, volviéndolos por lo general estériles
para el fin que se proponen. Es probable que el ecumenismo, tal como como se ha llevado a cabo en estas últimas décadas, no haya obtenido ni un solo prosélito
a la Iglesia Católica. En todo caso no hay motivo para abandonar la esperanza de que
Dios pueda servirse de nuestras comedias para cosechar frutos de conversión.
viernes, 4 de noviembre de 2016
miércoles, 2 de noviembre de 2016
ORACIONES POR LOS DIFUNTOS
Requiem æternam dona eis, Domine,
et lux perpetua luceat eis.
Requiescant in pace.
Amen.
Dales, Señor, el descanso eterno;
y brille para ellos la luz perpetua.
Descansen en paz.
Amén.
Pie Iesu, Domine,
dona eis requiem sempiternam.
Señor, piadosísimo
Jesús,
concédeles el descanso
eterno.
miércoles, 26 de octubre de 2016
EL «ODIUM PAPÆ», LA MÁS VERGONZOSA HERENCIA DE LUTERO
En
los primeros meses del año 1545, justo un año antes de su muerte, Lutero
escribió un injurioso y desvergonzado panfleto titulado Contra el papado de Roma, fundado por el diablo. Aunque no contiene
ninguna idea novedosa, asevera un buen conocedor del reformador protestante, «es
preciso darlo a conocer porque la tónica constante en la vida del Reformador –el
odium papae– (el odio al papa) reaparece
aquí con una fuerza loca y desencadenada, como un grito desesperado de un
moribundo que recoge un momento todas sus energías vitales para lanzar al mundo
una denuncia, una condenación y un mensaje testamentario cuyas cláusulas no
pueden disimular una desilusión y una derrota.
De
un psiquiatra danés que ha estudiado en dos gruesos volúmenes la psicosis
luterana, copiamos las frases siguientes:
‘Su odio al papa corre
como un hilo rojo, como una idea directiva, a través de sus últimos escritos. Comienza cautelosamente,
vislumbrando en el papa, como muchos otros herejes, al terrible y místico
anticristo de la Escritura; el papa se configura cada vez más claramente como
el peor enemigo suyo, y, consiguientemente, de Dios. Con esta idea, que va
tomando formas cada vez más vigorosas, trata de fortalecer y aliviar su ánimo
interiormente destrozado, y se exalta hasta un patetismo que resuena con las
trompetas del último día y hasta las cimas de un lenguaje que ofrece una
lírica sin igual de vocablos contumeliosos. Sus escritos contienen una infinidad
de denuestos, injurias, groserías y obscenidades populares, que se amontonan
cada vez más alto y culminan en los años que preceden a su muerte… En los
apelativos que da al papa hallamos representada toda la zoología: cerdo, burro,
Farzesel (designación fétida del papa
Farnese: Furz-Esel), rey de los
asnos, perro, rey de las ratas, lobo, oso-lobo, hombre-lobo, león, dragón y
cocodrilo, dragón infernal, larva, bestia, etc. Su punto más alto se halla en el texto que escribió Lutero poco
antes de su muerte para las despreciables caricaturas de Cranach sobre el papa’» (Ricardo García-Villoslada, Martín Lutero, Vol. II, Ed. BAC, Madrid, 2008, p. 539).
Aunque
en sus lecciones sobre el Génesis Lutero aseguraba ego non curo papam, el
papa no me importa, no sin razón se ha señalado esta extraña contradicción en
la psicología del reformador: «No deja de ser curioso que este Martín Lutero
cuya vida entera de Reformador no fue otra cosa que una perpetua y casi morbosa
obsesión del papa, asegure aquí que el papa no le inquieta ni le importa un
comino y que cuanto más irritado lo ve contra Lutero, tanto más éste lo
menosprecia. Entonces, ¿cómo se explica que esté repitiendo a todas horas la
cantinela del anticristo y del asno romano y por qué deja en testamento a sus
seguidores el odio al Papa?» (Id., p.
538).
Se
comprenderá finalmente que a quienes profesamos una auténtica veneración filial
por el Santo Padre, sea quien sea, se nos excuse respetuosamente si nos negamos
a participar en cualquier evento conmemorativo de los quinientos años de la reforma
luterana; reforma, a nuestro parecer, de consecuencias devastadoras.
Son las ventajas, quizá, de ser un simple católico de a pie, o, como se diría hoy, de la periferia.
sábado, 22 de octubre de 2016
SAN JOSÉ SÁNCHEZ DEL RÍO, GRANDE COMO UN IGNACIO DE ANTIOQUÍA
Conmueve
descubrir en el joven mártir cristero San José Sánchez del Río, canonizado recientemente
por el Papa Francisco, aquella misma nobleza de espíritu que hallamos en los
grandes mártires de la primera hora. Aunque separados por veinte siglos de
distancia, pero contemporáneos por un idéntico amor sin límites a Jesucristo, resulta
imposible no ver en la muerte heroica de San Joselito reminiscencias del
grandioso martirio del Padre apostólico de Antioquía. Precisamente en vísperas
de la fiesta de San Ignacio, el joven mártir mexicano fue inscrito en el
catálogo de los santos.
Así,
el mismo Espíritu que ponía en el corazón de Ignacio ansias de padecer y morir por
Cristo, pone igualmente en el corazón de José Luis el deseo de defender, si es
necesario con la entrega de la propia vida, los derechos de Cristo Rey sobre
este mundo suyo –suyo porque lo ha creado con su Omnipotencia y recreado con su
Sangre—.
«No voy a tener una oportunidad como ésta para llegar a
Dios», escribe
Ignacio en su carta a los romanos. «Mamá,
nunca ha sido tan fácil ganarse el cielo como ahora», repite Joselito a
su madre para obtener su consentimiento y poder unirse al ejército cristero.
Ignacio
teme un peligro: que algunos fieles de Roma, quizá más influyentes, puedan
conseguir para él un indulto. Por eso dirá en su carta a los romanos: «Yo
voy escribiendo a todas las Iglesias, y a todas les encarezco lo mismo: que
moriré de buena gana por Dios con tal que vosotros no me lo impidáis. Os lo
pido por favor: no me demostréis una benevolencia inoportuna. Dejad que sea
pasto de las fieras, ya que ello me hará posible alcanzar a Dios. Soy trigo de
Dios, y he de ser molido por los dientes de las fieras; para llegar a ser pan
limpio de Cristo». A su vez, enterado Joselito de los esfuerzos de su
familia para ofrecer un rescate por él, les hace saber que no paguen un solo centavo por
su libertad. Prefiere morir antes que traicionar en lo más mínimo a
Cristo Rey.
Es
hecho prisionero a causa de un acto noble y heroico de caridad: cede su caballo
al capitán de su menguado batallón, don Luis Guízar Morfín, diciendo: ─Mi
general, aquí está mi caballo. Sálvese usted aunque a mí me maten. Yo no hago
falta y usted sí─. Y a su madre escribe: «Mi querida mamá: Fui hecho
prisionero en combate en este día. Creo que en los momentos actuales voy a
morir, pero nada importa, mamá. Resígnate a la voluntad de Dios; yo muero muy
contento, porque muero en la raya al lado de nuestro Dios».
Finalmente
con la misma serena paz y alegría con que Ignacio navegó hacia Roma vigilado
por soldados brutales y fieros como leopardos, Joselito caminó con sus pies
desollados por los verdugos hacia la fosa que le habían preparado, vitoreando: «¡Viva
Cristo Rey! ¡Viva Santa María de Guadalupe!».
Con
toda la Iglesia proclamamos: «Te Martirum candidatus laudat exercitus», a ti, Dios nuestro, te alaba el blanco ejército
de tus Mártires. La página sangrienta
que acompaña toda la Historia de la Iglesia jamás podrá ser borrada; la escribe
con caligrafía de oro el mismo Espíritu Santo a través de los siglos, y se
convierte en semilla fecunda de santos y santas que adornan el jardín de Dios:
la santa Iglesia Católica.
lunes, 17 de octubre de 2016
QUE MIS HUESOS SIEMPRE GRITEN: ¡AHÍ ESTÁ JESÚS!
San
Manuel González, santo obispo español recientemente canonizado por el Papa
Francisco, estuvo poseído de un verdadero delirio de amor por el Tabernáculo,
ese pequeño y humilde palacio donde el Verbo hecho carne se digna habitar entre
nosotros. Veía con luces divinas qué distinta sería la vida de tantos fieles,
sacerdotes y laicos, si comprendieran en profundidad las riquezas que se encierran
en el Sagrario.
Hasta tal punto quiso
ser pregonero de la presencia real de Jesucristo en la Eucaristía, que pidió
ser sepultado junto a un Sagrario «para que mis huesos, después de muerto,
como mi lengua y mi pluma en vida, estén siempre diciendo a los que pasen:
“¡Ahí está Jesús! ¡Ahí está! ¡No lo dejéis abandonado!”».
En
un pequeño libro, pensado como un conjunto de confidencias entrañables que Jesús dirige desde el Sagrario a sus sacerdotes, Don Manuel pone en labios del
Maestro estas palabras:
«Déjame
que preceda a nuestra conversación una queja que tengo de muchos de mis
sacerdotes.
¡Los
veo muy poco por mis sagrarios!
Los
veo en las bibliotecas y en las aulas aprendiéndome, en los púlpitos y en la
propaganda enseñándome, los veo en diversidad de lugares haciendo mis veces,
los veo también ¡qué pena!, en lugares en los que ni tienen que aprenderme, ni
hacer nada por Mí... y, sin embargo, por mis Sagrarios, ¡los veo tan poco! y a
¡tan pocos!
¿Verdad
que tengo motivos para quejarme?
¡Si scires…!
¡Si supieras, Sacerdote mío, lo que se aprende leyendo
libros, estudiando cuestiones, examinando dificultades a la luz de la lámpara de mi Sagrario!
¡Si supieras la diferencia que hay entre sabios de biblioteca y sabios de Sagrario!
¡Si supieras todo lo que un rato de Sagrario da de luz a una
inteligencia, de calor a un corazón, de aliento a un alma, de suavidad y fruto
a una Obra!...
¡Si supieras tú y todos mis Sacerdotes el valor que para estar de pie junto a todas las cruces infunde ese rato
de rodillas ante mi Sagrario!...
¡Ah! Si se supiera prácticamente todo esto, ¿cómo se verían mis
sagrarios tan vacíos de Sacerdotes y en cambio tan llenos los círculos de
recreos, los paseos públicos, y alguna vez... hasta los cafés, cines y teatros?
¡Si
supieran! ¡Si supieran!» (San Manuel González G., El Corazón de Jesús al corazón del sacerdote).
sábado, 15 de octubre de 2016
SIETE LUCEROS MÁS EN EL FIRMAMENTO DE LA IGLESIA
Así luce la fachada de la Basílica de San Pedro
a la espera
de la solemne ceremonia de mañana
en la que el Papa Francisco canonizará a siete
nuevos santos.
Omnes Sancti et Sanctæ
Dei, orate pro nobis!
SANTA ISABEL DE LA TRINIDAD, UNA VIDA CONVERTIDA EN ALABANZA
Mañana,
16 de octubre, el Papa Francisco canonizará a la Bienaventurada Isabel de la Trinidad, una joven carmelita francesa que con solo 26 años alcanzó tal
grado de madurez interior y sobrenatural, que bien puede ser contada entre los
grandes místicos de la Iglesia. Pregonera de la inefable presencia de la
Trinidad en el alma, ella misma nos revela lo que fue el gran sueño de su vida: convertir
su entera existencia en una permanente alabanza de la gloria divina.
«Voy
a hacerle una confidencia muy íntima, nos dice en una de sus cartas: mi mayor
sueño consiste en ser “la alabanza de su gloria”. Esto lo he leído en San
Pablo, y mi Esposo me ha hecho comprender que ésa era mi vocación aquí en el
destierro mientras espero ir a cantar el Sanctus eterno en la ciudad de los
santos. Pero eso exige una gran fidelidad, ya que, para ser alabanza de gloria,
hay que estar muerta a todo lo que no sea El, para no vibrar más que al toque
de sus dedos, y la miserable Isabel le hace algunas faenas a su Maestro. Pero
El, como Padre tierno, la perdona, su mirada divina la purifica, y ella, como
San Pablo, procura “olvidar lo que ha dejado atrás y lanzarse de lleno hacia lo
que tiene por delante”. ¡Cómo se siente la necesidad de santificarse y de
olvidarse de uno mismo para vivir por entero al servicio de la Iglesia…!» (Las páginas más bellas de sor Isabel.
Ed. Monte Carmelo, Burgos 1999, p. 205)
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