martes, 19 de marzo de 2024

LA TRINIDAD DEL CIELO Y DE LA TIERRA

La devoción a San José ha marcado profundamente el alma de muchos santos. Es el caso de San Josemaría Escrivá, cuya veneración por el Santo Patriarca creció hasta el fin de sus días, y siempre muy unida a su amor por la Sagrada Familia de Nazaret. «La devoción a san José en el fundador del Opus Dei –se lee en el diccionario a él dedicado- estaba íntimamente unida a la devoción a la Sagrada Familia, en cuya inseparabilidad insistía. Jesús, María y José formaban una familia unida a la que con frecuencia llamaba trinidad de la tierra: ‘Entre los bienes que el Señor ha querido darme, está la devoción a la Trinidad Beatísima: la Trinidad del cielo, Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo, único Dios, y la trinidad de la tierra: Jesús, María y José. Comprendo bien la unidad y el cariño de esta Sagrada Familia. Eran tres corazones, pero un solo amor’. Por eso conviene mantenerlos unidos también en la vida interior, según un itinerario de la vida espiritual que va desde la trinidad de la tierra hasta la Trinidad del Cielo: ‘A través de Jesús, María y José, la trinidad de la tierra, cada uno encontrará su modo propio de acudir al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, la Trinidad del Cielo’» (Diccionario de San Josemaría Escrivá de Balaguer, voz SAN JOSÉ, Monte Carmelo 2013, p.1108).


 

jueves, 14 de marzo de 2024

UNA INTOLERANCIA INMOTIVADA

Con el recrudecimiento de las hostilidades hacia la liturgia tradicional, las siguientes palabras del cardenal Joseph Ratzinger, dichas hace más de 20 años, parecen adquirir una sorprendente actualidad. Decía el entonces Prefecto para la Doctrina de la Fe: «También es importante para la correcta concienciación en asuntos litúrgicos que concluya de una vez la proscripción de la liturgia válida hasta 1970. Quien hoy aboga por la perduración de esa liturgia o participa en ella es tratado como un apestado; aquí termina la tolerancia. A lo largo de la historia nunca ha habido nada igual, esto implica proscribir también todo el pasado de la Iglesia. Y de ser así, ¿cómo confiar en su presente? Francamente, yo tampoco entiendo por qué muchos de mis hermanos obispos se someten a esta exigencia de intolerancia que, sin ningún motivo razonable, se opone a la necesaria reconciliación interna de la Iglesia» (Cf. Dios y el mundo, Buenos Aires 2005, p. 393). Este texto condensa lo que fue la postura invariable de Ratzinger/Benedicto XVI con relación al uso de la antigua liturgia. A sus ojos, lo que aquí está en juego es algo serio; al proscribir el pasado también se siembra la sospecha y desconfianza en el presente. Si lo que se hacía antes ya no es tolerable, ¿qué futuro se depara a lo que hoy se prescribe como genuino y auténtico? Está claro que la libre coexistencia de los ritos es un beneficio mutuo, y probablemente el único camino viable para la paz y un sano orden litúrgico.

 

viernes, 8 de marzo de 2024

MIRAR A CRISTO CRUCIFICADO

Cristo de Torreciudad

«Cuantas veces se detiene el alma a mirar con devoción el Crucifijo, otras tantas le mira Jesucristo con ojos de infinita ternura»

(San Alfonso María de Ligorio)

viernes, 1 de marzo de 2024

EL ECLIPSE DE LA MAJESTAD DIVINA EN LA LITURGIA

Hace algunos meses publiqué en el blog la primera parte de un artículo de don Enrico Finotti sobre la importancia que tiene para la liturgia la idea de la Majestad divina (ver aquí). No obstante, poco a poco un vago y acentuado «asambleísmo» ha terminado por ocultar la verdad central de que en toda celebración litúrgica estamos en presencia de la majestad infinita de Dios, presencia que nos reclama un comportamiento reverente y sagrado. Publico ahora una traducción del apartado tercero del mismo artículo.


Algunas insidias a la divina Majestad en la liturgia 
Por Don Enrico Finotti

Especialmente en los decenios postconciliares, se difundieron en la mentalidad y en la práctica litúrgicas ideas y comportamientos fuertemente perjudiciales para la majestad propia de la liturgia, y hay que constatar, por desgracia, daños incalculables a la dignidad de la celebración y al patrimonio del arte y del decoro sagrado. Un despojo universal de iglesias y sacristías ha caracterizado la aplicación inconsciente y frenética de la «reforma litúrgica». Aquella simplificación ideológica que golpeó las iglesias protestantes en la «reforma» luterana parece, en muchos casos, haber penetrado en el espléndido y cálido concierto de la liturgia católica, privándola de su color y belleza trascendentes.

El tono gris de las nuevas salas litúrgicas y el lenguaje vacío de la funcionalidad han desvitalizado el aliento y la luz de la tradición litúrgica tamizada por los siglos e impregnada de la piedad de los pueblos cristianos. La mística de los santos y el genio de los artistas inspirados por la fe, la piedad de los padres y la gravedad de los sacerdotes, han dado paso a la funcionalidad ordinaria y a la banalidad superficial de lo cotidiano secularizado. Ya no se acude a la Majestad divina, sino que uno se junta para una mera reunión de camaradería movida de un vago sentimiento de religiosidad. El ambiente ya no sagrado, los vestidos totalmente simplificados y ligeros, los gestos espontáneos y sin compostura, el lenguaje común de la calle, todo encaja en este cuadro.

El sacerdote y los demás ministros ya no consideran necesario prepararse para el rito con la oración; los ornamentos (a veces ni siquiera bendecidos y reducidos a traje de circunstancia) se visten con precipitación y a veces con molestia, mientras se conversa o se hace otra cosa. De hecho, no se trata de presentarse ante la Majestad divina, sino simplemente de animar a la asamblea, que interactúa en la sala litúrgica de modo similar a una relajada comunicación en la plaza pública.

Esta es la triste situación de tantas parroquias que han perdido por completo el sentido de la Majestad divina y consideran un progreso lo que la tradición más genuina aborrece como mistificación y pérdida de lo sagrado trascendente. Ya no hay presencia de Dios en esas reuniones, a no ser que Él mismo llame a su puerta como uno más entre tantos amigos. Ellos son los verdaderos protagonistas y su programación se impone a todos los que acuden a la iglesia, que solo pueden ser acogidos si están abiertos al libre impulso del «espíritu» y no tristemente volcados en la tradición de siempre. ¡He aquí el fruto del eclipse del sentido de la Majestad divina! 

Las causas de tal deriva son complejas, pero al menos podemos identificar algunas: el concepto de noble simplicidad; el concepto de pobreza de la Iglesia; la misa coram populo; el biblicismo litúrgico. Examinaremos brevemente estas causas.


miércoles, 21 de febrero de 2024

EL HOMBRE, DISEÑO Y PROPIEDAD DE DIOS

Imagen: wikipedia.org

Se ha dicho que los derechos de Dios son el verdadero y único fundamento de los derechos del hombre. En un horizonte similar se mueven las siguientes palabras del Cardenal Ratzinger (Benedicto XVI) sobre la inviolable dignidad del hombre como creatura hecha a imagen y semejanza del Creador.


«quien maltrata al hombre atenta contra la propiedad de Dios»

«El hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios (cfr. Génesis 1, 26 y ss.). En él se tocan el cielo y la tierra. Con el hombre, Dios se incorpora a su creación. El hombre es creación directa de Dios: es llamado por Él. La palabra de Dios del Antiguo Testamento vale para cada hombre en particular: “Yo te he llamado por tu nombre, tú eres mío”. Cada hombre es conocido y amado por Dios, querido por Él, pues todos son imagen suya. La más grande y profunda unidad del género humano reside en que todos nosotros –cada hombre– realiza el plan único de Dios, tiene su origen en la idea creadora de Dios. En este sentido dice la Biblia que quien maltrata al hombre atenta contra la propiedad de Dios (Génesis 9, 5). La vida se halla bajo la especial protección de Dios, porque cada hombre, pobre o encumbrado en las alturas, enfermo y afligido, inútil o valioso, nacido o no nacido, incurablemente enfermo o rebosante de vida, lleva en sí el aliento divino, es imagen de Dios. Ése es el fundamento más profundo de la inviolabilidad de la dignidad humana, sobre el que, por lo demás, descansa en última instancia toda civilización. Cuando el hombre deja de ser estimado como ser que se halla bajo la protección de Dios, que lleva en sí el aliento divino, empieza a ser considerado por su utilidad. En ese momento aparece la barbarie que pisotea la dignidad del hombre. Y, a la inversa: cuando el hombre es reconocido como imagen de Dios, se manifiesta de modo patente el rango de lo espiritual y lo moral». (Joseph Card. Ratzinger, Cooperadores de la verdad, Madrid 1991, p. 67-68.).


 

jueves, 15 de febrero de 2024

LOS SANTOS DEL CANON ROMANO

Pensando en ese conjunto de santos que desde antiguo son nombrados en el Canon Romano, León Bloy apuntó en uno de sus diarios: 

«Mientras esperaba la hora de la misa, he estado pensando en San Juan y San Pablo, cuyo día es hoy. Multæ tribulationes justorum... Amo a esos mártires, extrañamente privilegiados y tan pocos, a quienes todas las mañanas, en el Sacrificio, se les nombra en el mundo entero. Son exactamente treinta y nueve. ¿Estos personajes extraordinarios no deberían ser invocados como los próceres de una jerarquía superior?».

La mención devota de estos santos por sus propios nombres nos dice que la Iglesia es una familia de vínculos sobrenaturales que va más allá del espacio y el tiempo. Este puñado de hombres y mujeres especialmente venerados por la iglesia de Roma, selecta representación de cuantos siguieron a Cristo en los primeros tiempos hasta el derramamiento de su sangre por Él, nos recuerda que no estamos solos, que contamos con la ayuda de una multitud de intercesores que nos aguarda en la Patria celestial. 


 

viernes, 2 de febrero de 2024

EN LOS BRAZOS DE MARÍA

La Purificación de Luis de Vargas. 
Imagen: wikipedia.org

De sus reflexiones en torno el misterio de la Purificación de la Virgen, recojo esta breve consideración de San Alfonso María de Ligorio sobre María como camino seguro para encontrar a Jesús.

«Dios había prometido a San Simeón que no había de morir antes de ver al Mesías: El Espíritu Santo le había revelado -dice San Lucas- que no había de morir antes de ver al Ungido del Señor (Lc 2, 26). Pero esta gracia la alcanzó solo por medio de María, porque solo en sus brazos halló al Salvador. Por consiguiente, el que quiera hallar a Jesús, debe buscarlo por medio de María. Acudamos a esta divina Madre, y acudamos con gran confianza, si deseamos hallar a Jesús». (San Alfonso María de Ligorio, Las Glorias de María, Madrid 1977, p. 435).