domingo, 12 de agosto de 2018

LA LITURGIA DE NUESTROS PADRES SALVARÁ LA IGLESIA


Recogemos traducido al español un simpático y animante testimonio cuyo protagonista ha querido compartir con el blog Messainlatino.it

La tradición debe ser totalmente liberada para aniquilar
la confusión que ahora reina campante

Recibimos y con mucho gusto publicamos.

“... he ido a la parroquia a confesarme.

El confesor, de unos sesenta años, me ha preguntado: “llevo aquí casi cinco años y me parece que nunca te había visto”. 

He respondido: “Es verdad padre, no me ha visto porque voy al Santuario de (...) donde cada domingo se celebra el Santa Misa en el rito antiguo.

Me esperaba el acostumbrado reproche como me ocurrió cuando hablé de esto con el Rector de un famosísimo Santuario mariano. En cambio, el confesor me ha dicho con mucha dulzura: "Continúa así hijo mío: ¡ese es el verdadero futuro de la Iglesia!

¡La liturgia de nuestros padres salvará la Iglesia! ¡Continúa así y no te rindas!"

"Padre –he contestado– ¿por qué no celebra usted también la misa antigua ya que tanto la alaba?"

El confesor: “Después de una primera celebración mía pública padecería la marginación de parte de mi orden; pero lo que más me preocupa es que mandaran aquí un párroco protestante… ten todavía un poco de paciencia: la tradición está a punto de ser totalmente legitimada y la pestífera confusión que hora reina sin trabas será destruida. Ten fe: ¡la Virgen nos ayudará!”.

jueves, 9 de agosto de 2018

EDITH STEIN Y SU AUTÉNTICO EMPERADOR


«E
stoy contenta con todo. Una scientia crucis solo se puede adquirir si se llega a experimentar a fondo la cruz. De esto estuve convencida desde el primer momento, y de corazón he dicho: ¡Ave Crux, spes unica!», escribía Santa Teresa Benedicta de la Cruz (Edith Stein) en diciembre de 1941. Trabajaba entonces en su última gran obra, La Ciencia de la Cruz, y quizá presentía también la llamada del Maestro a formar parte del espléndido ejército de sus mártires. Dos meses más tarde, en el recogimiento de su oración, descubre con renovada fe al verdadero Emperador del mundo, al auténtico Soberano de la historia, ante quien los poderosos de este mundo no son más que palillos de romero seco, como había dicho siglos antes su madre Santa Teresa. Así lo cuenta en una carta de febrero de 1942, seis meses antes de su dies natalis:

«Ayer, delante de una imagen del Niño Jesús de Praga, de improviso me di cuenta de que lleva la corona imperial, y, seguramente, no por casualidad se ha manifestado activo precisamente en Praga. Praga ha sido, a través de los siglos, la sede de los antiguos emperadores alemanes, esto es, de los romanos, y produce una impresión verdaderamente majestuosa que ninguna otra ciudad, de las que conozco, pueda compararse con ella, ni siquiera París o Viena. El Niño Jesús llegó precisamente cuando terminó el esplendor político imperial en Praga. ¿No es acaso el emperador oculto, quien debe poner fin alguna vez a toda miseria? Él tiene, desde luego, las riendas en la mano, aun cuando los hombres piensen que son ellos los que gobiernan» (Carta a la Madre Johanna Van Weersth, Echt, 2 de febrero de 1942).

lunes, 6 de agosto de 2018

LA PENA DE MUERTE, OTRA VISIÓN TAMBIÉN CATÓLICA

Muerte de Ananías tras la recriminación de Pedro   
(Rafael Sanzio 1515) Foto: wikipedia.org

un «no» al patíbulo, motivado no por la fe sino por la 
irreligiosidad de la vida contemporánea

La reciente disposición del Papa Francisco de cambiar en el Catecismo de la Iglesia Católica la formulación de la doctrina sobre la pena capital, ha vuelto a encender el debate sobre este viejo y complejo tema. Por lo mismo, me parecen dignas de consideración las reflexiones sobre el tema realizadas por Vittorio Messori en el libro Leyendas Negras de la Iglesia. Recojo a continuación la parte tercera del capítulo que el autor dedica a la pena de muerte. El lector podrá juzgar como quiera su contenido, pero no podrá poner en duda de que se trata de un enfoque también profundamente católico.

***

«C
omo creemos haber demostrado, algo que no requería demasiado esfuerzo dada la claridad y celebridad de los textos, la práctica de la pena de muerte por parte de la sociedad es una imposición de Dios en la ley del Antiguo Testamento, admitida por Jesús y los Apóstoles en el Nuevo Testamento. El Catecismo holandés, obra libre de toda sospecha, se ve obligado a reconocer que «no se puede defender que Cristo haya abolido explícitamente la guerra o la pena de muerte».

No es posible comprender en qué se basan los citados teólogos y exégetas de la Biblia que juzgan a la Iglesia «infiel a las Escrituras». ¿A qué Escrituras se refieren? Quizás a The Wish-Bible, la «Biblia del Deseo», la que habrían escrito ellos hoy día.

Sin embargo, hay que mencionar una diferencia importante en el paso del Antiguo al Nuevo Testamento: en la ley entregada a Noé y a Moisés, la condena a muerte de los reos de ciertos delitos era una obligación, una obediencia debida a la voluntad de Dios. En cambio, en el Nuevo Testamento (tal y como lo ha entendido la gran Tradición, desde los Padres de la Iglesia) la pena capital es indiscutiblemente legítima, pero no se concluye que ésta sea siempre oportuna. La oportunidad depende de un juicio que varía según los tiempos. Una cosa es el derecho reconocido a la autoridad que, utilizando las palabras de Pablo, «no lleva la espada en vano», y otra cosa es el ejercicio de este derecho.

En lo que respecta a nuestro juicio, en la sociedad y cultura del actual Occidente secularizado no sería oportuno reimplantar la pena capital allá donde se hubiera abolido; es mejor no ejercer lo que sigue siendo un derecho de la sociedad.

No vamos a detenernos en las estadísticas que, para unos confirmarían y para otros negarían la eficacia de la amenaza de muerte como sistema de prevención del crimen.

De hecho, no carecen de lógica las afirmaciones extraídas de un editorial de Civiltà Cattolica de 1865 que lleva el significativo título de «La francmasonería y la abolición de la pena de muerte», en donde, obviamente, los jesuitas se pronunciaban a favor del mantenimiento de esa terrible institución en el nuevo código italiano.

Se leía en aquel célebre periódico, que era sin la menor duda la verdadera «voz del Papa»: «En estas líneas no intentamos mostrar la licitud, conveniencia y necesidad relativa de la pena de muerte, dato que suponemos demostrado y aceptado por la gente sabia y de bien, sino declarar que mientras los hombres sabios y honrados se manifiestan a favor de la conservación de esta pena, en la práctica la están aboliendo, lo que se demuestra fácilmente con la palabra y con los hechos.»

Continúa Civiltà Cattolica: «Con la palabra, porque ¿cuál es el objetivo subyacente de quienes desean mantener la pena de muerte? Evidentemente, el objetivo que persiguen es disminuir y, si es posible, quitar totalmente de en medio a los asesinos. Así, ¿quién no es capaz de percibir que lo que ellos pretenden es abolir directamente la pena de muerte? Y no tanto en favor de los asesinos, como pretenden los liberales, sino también de los asesinados, e incluso de las posibles víctimas inocentes, de las que nunca se hacen cargo los liberales. Es, pues, evidente que los que abogan por el mantenimiento de la pena de muerte cooperan eficazmente a favor de la abolición total de la pena de muerte, por los inocentes en primer lugar, y luego, necesariamente, por los reos y asesinos».

Pero, en el fondo, opiniones de ese cariz son secundarias pero no irrelevantes respecto al problema principal para un cristiano: «Si Dios sólo da la vida, ¿es lícito que el hombre se la quite a otro hombre? ¿Existe un derecho a la vida igual para todos, incluso para el asesino, un derecho que no puede ser violado nunca?».

En realidad, quienes responden a estas cuestiones en sentido contrario a la pena de muerte, admiten en cambio el derecho de la sociedad a encerrar en prisión a los culpables de los crímenes. Ahora bien, si Dios ha creado al hombre libre, ¿cómo pueden los hombres quitarle esta libertad a otros hombres? Existe un derecho a la libertad (derecho «innato, inviolable, imprescriptible», dicen los juristas) que cualquier juez infringe cuando condena a un semejante siquiera a una hora de reclusión forzada.

Pero se dice que la vida es un valor superior al de la libertad. ¿Estamos seguros de ello? Los espíritus más puros y sensibles lo niegan. Como Dante Alighieri, con su famoso verso: «Voy buscando la libertad, que tan apreciada es, como bien sabe quien por ella rechaza la vida».

Pero, así como no es posible comprender por qué todas las culturas tradicionales, y por tanto religiosas, nunca han considerado innatural, ilícita y en consecuencia impracticable la pena capital, tampoco es posible escapar de las contradicciones si no es desde una perspectiva que vaya más allá del horizonte mundano. Es decir, una perspectiva religiosa, y cristiana en particular.

Una perspectiva que distinga entre vida biológica, terrenal y vida eterna; que esté convencida de que el derecho inalienable del hombre no es salvar el cuerpo sino el alma; y que distingue entre la vida como fin y la vida como medio.

Aunque tratamos de evitar las citas largas, en esta ocasión es necesario reproducir una porque cada una de sus palabras ha sido meditada a la luz de una visión católica que actualmente parece completamente olvidada. La cita es de ese excepcional solitario laico y católico, el suizo Romano Amerio. Éstas son sus palabras:
«Actualmente, la oposición a la pena capital deriva del concepto de inviolabilidad de la persona en cuanto sujeto protagonista de la vida terrena, tomándose la existencia mortal como un fin en sí mismo que no puede destruirse sin violar el destino del hombre. Pero este modo de rechazar la pena de muerte, aunque muchos lo consideren religioso, es en realidad irreligioso. De hecho, olvida que la religión no ve la vida como un fin sino como un medio con una función moral que trasciende todo el orden de los valores mundanos subordinados.
»Por ello —continúa Amerio—, quitarle la vida no equivale a quitarle al hombre la finalidad trascendente para la que ha nacido y que constituye su dignidad. En el rechazo a la pena de muerte se percibe un sofisma implícito: o sea que, al matar al delincuente, el hombre, y en concreto el Estado, detenta el poder de truncar su destino, sustrayéndole su función última, quitándole la posibilidad de cumplir su oficio de hombre. Lo contrario es cierto.

»En efecto —prosigue el estudioso católico—, al condenado a muerte se le puede quitar la existencia terrena, pero no su finalidad en la vida. Las sociedades que niegan la vida futura y ponen como meta el derecho a la felicidad en este mundo deben rehuir la pena de muerte como una injusticia que apaga la facultad del hombre de ser feliz. Es una verdadera y completa paradoja que los que impugnan la pena de muerte están realmente a favor del Estado totalitario, ya que le atribuyen un poder muy superior al que ya posee, es más, un poder supremo: el de segar el destino de un hombre. En cambio, desde la perspectiva religiosa, la muerte impuesta por un hombre a otro no puede perjudicar ni al destino moral ni a la dignidad humana».

Entre muchos otros desconcertantes testimonios acerca de la pérdida de la noción de lo que realmente es el «sistema católico que se percibe en el seno de la Iglesia», el autor cita la aportación de un reconocido colaborador del Osservatore Romano fechada el 22 de enero de 1977: «La comunidad debe otorgar la posibilidad de purificarse, de expiar la culpa, de redimirse del mal, mientras que la pena capital no la concede».
El comentario de Amerio resulta comprensible: «Con estas palabras, hasta el periódico vaticano niega que la pena capital sea una expiación. Niega el valor expiatorio de la muerte que es supremo para la naturaleza mortal, al igual que lo es dentro de la relatividad de los bienes terrenales el bien de la vida, en cuyo sacrificio consiente quien expía la culpa. Por otro lado, ¿acaso la expiación que el Cristo inocente realizó por los pecados del hombre no está relacionada con una condena de muerte?» Así pues, «el aspecto menos religioso de la doctrina que rechaza la pena capital se basa en la denegación de su valor expiatorio, que es la cuestión más importante desde una perspectiva religiosa».

En efecto, la Tradición siempre ha visto en el delincuente un candidato seguro al paraíso porque, al reconciliarse con Dios, acepta libremente el suplicio como expiación de su culpa. Tomás de Aquino instruye: «La muerte que se inflige como pena por los delitos realizados, levanta completamente el castigo por los mismos en la otra vida. La muerte natural, en cambio, no lo hace.» Precisamente, muchos reos reclamaban rotundamente la ejecución como un derecho propio. Y así, el ajusticiado arrepentido y provisto de los sacramentos era un «santo» y el pueblo se disputaba sus reliquias. Tanto es así que hasta había forjado un proverbio, que aparece citado en Civiltà Cattolica: «De cien ahorcados, uno condenado».

Esto no son más que tanteos «religiosos» sobre un tema que en la actualidad hasta los creyentes parecen encarar con la típica e iluminada superficialidad laica. Se podría y debería decir algo más como complemento a las razones de la Iglesia, esa que todavía es responsable de las Escrituras y la Tradición. Por ejemplo, la idea bíblica y paulina de la sociedad entendida no como una suma de individuos sino como un cuerpo u organismo vivo con derecho a extirparse aquel de sus miembros que considere infectado. Se trata del concepto de legítima defensa que correspondería al individuo, como propugnarían los individualistas, pero también al cuerpo social. O asimismo, del concepto de restitución del orden de la justicia y la moral quebrantadas.

Desde la perspectiva de su propia fe, la pena capital es legítima para la Iglesia. Pero, actualmente, ¿es también oportuna? La mejor síntesis para justificar nuestro rechazo a la posibilidad de reponer la pena capital en nuestra época, nos la ofrece de nuevo Romano Amerio: «La pena de muerte resulta bárbara en el seno de una sociedad irreligiosa que, al vivir encerrada en el plano terrenal, no tiene el derecho de privar al hombre de un bien que para éste es único».

Así pues, un «no» al patíbulo, motivado no por la fe sino por la irreligiosidad de la vida contemporánea» (Vittorio Messori, Leyendas Negras de la Iglesia, Ed. Planeta 2004, pp. 117-121).

sábado, 4 de agosto de 2018

GRANDEZA DEL SACERDOCIO. PENSAMIENTOS DEL SANTO CURA DE ARS


"El sacerdote debe estar cubierto por el Espíritu Santo como lo está por la sotana".

"Si no tuviéramos el sacramento del Orden, no tendríamos a nuestro Señor. ¿Quién lo ha puesto en el Tabernáculo? El sacerdote. ¿Quién ha abierto a nuestra alma las puertas a la vida nueva? El sacerdote. ¿Quién la alimenta para darle la fuerza necesaria para hacer el camino? El sacerdote. ¿Quién la preparará para aparecer ante Dios, lavando su alma por última vez en la Sangre de Jesucristo? El sacerdote, siempre el sacerdote. Y si esta alma va a morir, ¿quién la resucitará, quién le devolverá la calma y la paz? También el sacerdote".

"Es el sacerdote el que continúa la obra de la Redención sobre la tierra".

"Dejad una parroquia 20 años sin sacerdote: se adorará a los animales".

"¡Oh! ¡Qué cosa tan grande es ser sacerdote! Si él lo comprendiera, se moriría. Dios le obedece: él dice dos palabras y nuestro Señor desciende del cielo a su llamada y se encierra en una pequeña Hostia".

"El sacerdote, por sus poderes, es más grande que un ángel".

"Allí donde no hay sacerdote, no hay sacrificio, no hay religión".

"Digo, algunas veces, al Obispo Devie: Si queréis convertir vuestra diócesis, debéis hacer unos santos de todos vuestros curas".

"Lo que nos impide ser santos, a nosotros los sacerdotes, es la falta de reflexión. No profundizamos en nosotros mismos; no sabemos lo que hacemos. ¡Es la reflexión, la oración, la unión con Dios lo que necesitamos!"

"¡Oh! ¡Qué bien hace un sacerdote en ofrecerse a Dios, cada mañana, en sacrificio!"

martes, 31 de julio de 2018

JESÚS, LAGAR MÍSTICO

Tríptico del baño místico de Jean Bellegambe (siglo XVI)
Foto wikipedia

Al terminar el mes de julio, presentamos unas breves reflexiones en honor de la sangre preciosa de Cristo, sangre que manó en abundancia del lagar de la pasión como río de misericordia y precio de nuestro rescate. Sanguis Christi, flumen misericordiæ, miserere nobis (Sangre de Cristo, río de misericordia, ten piedad de nosotros).

* * *
E
s sabido que en las religiones antiguas la sangre viene revestida de un carácter sagrado y cultual; «en la sangre está la vida» (Lev 17, 14), dice la Escritura. En la práctica religiosa de Israel se pueden señalar diversos usos cultuales de la sangre. En primer lugar, la alianza entre Dios y su pueblo se sella mediante un rito de sangre (Ex 24, 3-8), que viene a establecer un lazo indisoluble entre ellos. Luego aparece como un elemento esencial en los sacrificios (Lev 1, 5-11; 9, 12); en el rito de la cena pascual la sangre del Cordero, puesta en los dinteles de las casas de los hebreos, adquiere un valor protector ante la ira destructora (Ex 12, 7-22). También juega un papel principal en los ritos de expiación, «porque la vida de la carne es la sangre, y yo os he mandado ponerla sobre el altar para expiación de vuestras almas, y la sangre expía en lugar de la vida» (Lev 17, 11). Finalmente tiene carácter consacratorio, pues su presencia en los ritos de consagración de sacerdotes (Ex 29, 20; Lev 8, 23) y altares (Ez 43, 20), marca la pertenencia a Dios.

A la luz del papel cultual de la sangre en la vieja alianza, se comprende que la Sangre de nuestro Señor Jesucristo, ahora signo de la vida inmaculada y santa del Hombre–Dios,  y derramada tan profusamente en su Pasión, se haya convertido ella misma en objeto de culto y veneración, por ser causa y precio de nuestra salvación, manifestación acabada de su amorosa inmolación por nosotros, sello definitivo de una alianza nueva y mejor entre Dios y los hombres, bebida vivificadora de las almas, prenda de nuestra pertenencia al Salvador.

Esta admiración llena de respeto y adoración por la sangre del Redentor, sostenida con fuerza a lo largo de todo el NT, tomó con el tiempo una forma especial de devoción que se fue haciendo cada vez más viva en la alta edad media, especialmente por influjo de grandes místicos como san Bernardo, santa Gertrudis, san Francisco, san Buenaventura, santa Ángela de Foligno, santa Catalina de Siena, entre otros. De este modo, la devoción por la Sangre preciosa de Cristo irrumpe también en el arte: «Pinturas, vidrieras, esculturas de la época se complacen en representar el «baño místico» en la sangre de Cristo, los molinos o los lagares místicos, o bien ángeles que con el cáliz recogen la sangre que brota de las heridas del Crucificado» (E. Ancilli, Diccionario de espiritualidad, Vol III, p. 344-345). Estas representaciones, hoy poco frecuentes, están cargadas de simbolismo espiritual y cumplen, como el buen arte cristiano de todos los tiempos, una función catequética irremplazable.

En particular, la representación de Jesús en el «lagar místico», (torculus Christi en latín), hunde sus raíces en una exégesis alegórica de origen patrístico de un texto de Isaías: «He pisado yo solo el lagar; de los pueblos, nadie me ha acompañado. Los he pisado con mi cólera, los he hollado con mi furor; y su sangre salpicó mis vestidos, y manché todas mis ropas» (63, 3). San Alfonso María de Ligorio recoge a su vez esta interpretación en un piadoso comentario sobre la pasión del Señor: 

«Torna de nuevo a preguntar el profeta, y dice: Pues ¿por qué está rojo tu vestido y está tu ropa como la de aquellos que pisan la vendimia en el lagar? Y responde: Yo solo he pisado el lagar, sin que nadie de las gentes haya estado conmigo para ayudarme (Is 63, 1-3). Tertuliano, San Cipriano y San Agustín entienden aquí por lagar la pasión de Cristo, durante la cual su vestido, es decir su carne sacrosanta, fue cubierta de sangre y de llagas, según aquello del Apocalipsis: Y vestía una ropa teñida de sangre y es y se llama Verbo de Dios (Apoc 19, 13). Explicando San Gregorio estas mismas palabras, dice que «en este lagar Cristo pisó y fue prensado» (In Ez, hom. 13). Pisó, porque Jesucristo, con su pasión, venció y trituró al demonio; y fue prensado, porque su cuerpo adorable ha sido como estrujado durante la pasión, como el racimo lo es debajo de la prensa del lagar, según este otro texto de Isaías: Y quiso el Señor trillarte con trabajos (Is 53, 10)». (San Alfonso María de Ligorio, Meditaciones sobre la Pasión de Jesucristo, OBISA 1977, p. 213).

Resulta natural, por tanto, que muchos santos a lo largo de los siglos hayan experimentado un deseo imperioso de embriagarse, bañarse, sumergirse y lavarse en la sangre redentora de Jesús, como condición para alcanzar el perdón de Dios, corresponder generosamente a su amor, saberse protegidos del paso exterminador de Satanás y alcanzar finalmente la vida eterna.

Un elenco con representaciones de «lagares místicos» y de temas alegóricos similares, acompañado de interesantes comentarios, puede verse en: padreeduardosanzdemiguel

sábado, 28 de julio de 2018

LA MISA DE GRANDES SANTOS

Santuario de Nuestra Señora de Lichen, Polonia

  El pasado 18 de julio, Mons. Guido Pozzo, presidente de la Pontificia Comisión Ecclesia Dei, celebró la Misa de clausura de las Jornadas Ars celebrandi 2018. Se trata de uno de los eventos formativos más importantes para enseñar y difundir las riquezas de la antigua liturgia. Se lleva a cabo todos los años en Polonia, durante la época estival, junto al espléndido Santuario de Nuestra Señora de Lichen, dedicado a la Virgen de los Dolores. 
Al comienzo de su homilía, Mons. Pozzo se refirió a los tesoros que la misa tradicional guarda y ofrece a los afanes misioneros de la Iglesia de hoy (ella ha forjado grandes santos en la historia de la Iglesia), como también a la fuerza santificadora de cada unos de sus gestos y oraciones.

Misa Pontifical de Monseñor Pozzo

«Todos sabemos –dijo Mons. Pozzo en su sermón– que la liturgia es la realidad en la que se actualiza el acto de la salvación y la manifestación del misterio de Cristo y del misterio de la Iglesia. La forma litúrgica del «Vetus Ordo» contiene en sí de manera maravillosa un tesoro doctrinal, espiritual y pastoral que la Tradición ofrece a la Iglesia contemporánea. Iglesia que quiere ser misionera. No debemos olvidar que la Misa celebrada en el antiguo Rito Romano fue la misa de misioneros celosos, de intrépidos seguidores de la fe, de venerables pastores, de mártires valerosos
En la Misa celebrada según el Vetus Ordo, cada palabra, cada momento de silencio, cada gesto y cada rito está lleno de una tensión verdaderamente sobrenatural que dilata el alma de los fieles para que puedan recibir la gracia de Dios. Es Dios el protagonista, el primero que trabaja en la Santa Misa, no la comunidad o el celebrante. Dios es el único actor que derrama su gracia para que podamos recibirla, acogerla, guardarla y hacerla fructificar».

Confiados a la intercesión de esa gran muchedumbre de santos y santas que se nutrieron con la piedad de la misa tradicional, oramos para que el Vetus Ordo siga fecundando la misión de la Iglesia, y abunden los sacerdotes que quieran concluir la celebración eucarística inclinados humildemente sobre el altar, repitiendo con fe: «Pláceat tibi, sancta Trinitas, obséquium servitútis meæ…».

Fuentes: messainlatino.it, con un hermoso video-resumen de la Misa Pontifical y arscelebrandi.plcon el texto de la homilía en polaco.



lunes, 23 de julio de 2018

UNA ASCENSIÓN MÍSTICA DE SANTA BRÍGIDA

El Oficio divino de la fiesta de hoy nos brinda una preciosa elevación mística de Santa Brígida (1303–1373) que, a través de una sentida contemplación de los diversos pasos de la Pasión de Cristo, nos remonta a la esperanza de su retorno glorioso al mundo para juzgar a vivos y difuntos, concluir la historia y entregar su Reino al Padre. 

«B
endito seas tú, mi Señor Jesucristo, que anunciaste por adelantado tu muerte y, en la última cena, consagraste el pan material, convirtiéndolo en tu cuerpo glorioso, y por tu amor lo diste a los apóstoles como memorial de tu dignísima pasión, y les lavaste los pies con tus santas manos preciosas, mostrando así humildemente tu máxima humildad.

Honor a ti, mi Señor Jesucristo, porque el temor de la pasión y la muerte hizo que tu cuerpo inocente sudara sangre, sin que ello fuera obstáculo para llevar a término tu designio de redimirnos, mostrando así de manera bien clara tu caridad para con el género humano.

Bendito seas tú, mi Señor Jesucristo, que fuiste llevado ante Caifás, y tú, que eres el juez de todos, permitiste humildemente ser entregado a Pilato para ser juzgado por él.

Gloria a ti, mi Señor Jesucristo, por las burlas que soportaste cuando fuiste revestido de púrpura y coronado con punzantes espinas, y aguantaste con una paciencia inagotable que fuera escupida tu faz gloriosa, que te taparan los ojos y que unas manos brutales golpearan sin piedad tu mejilla y tu cuello.

Alabanza a ti, mi Señor Jesucristo, que te dejaste ligar a la columna para ser cruelmente flagelado, que permitiste que te llevaran ante el tribunal de Pilato cubierto de sangre, apareciendo a la vista de todos como el Cordero inocente.

Honor a ti, mi Señor Jesucristo, que, con todo tu glorioso cuerpo ensangrentado, fuiste condenado a muerte de cruz, cargaste sobre tus sagrados hombros el madero, fuiste llevado inhumanamente al lugar del suplicio, despojado de tus vestiduras, y así quisiste ser clavado en la cruz.

Honor para siempre a ti, mi Señor Jesucristo, que, en medio de tales angustias, te dignaste mirar con amor a tu dignísima madre, que nunca pecó ni consintió jamás la más leve falta; y, para consolarla, la confiaste a tu discípulo para que cuidara de ella con toda fidelidad.

Bendito seas por siempre, mi Señor Jesucristo, que, cuando estabas agonizando, diste a todos los pecadores la esperanza del perdón, al prometer misericordiosamente la gloria del paraíso al ladrón arrepentido.

Alabanza eterna a ti, mi Señor Jesucristo, por todos y cada uno de los momentos que, en la cruz, sufriste las mayores amarguras y angustias por nosotros, pecadores; porque los dolores agudísimos procedentes de tus heridas penetraban intensamente en tu alma bienaventurada y atravesaban cruelmente tu corazón sagrado, hasta que dejó de latir y exhalaste el espíritu e, inclinando la cabeza, lo encomendaste humildemente a Dios tu Padre, quedando tu cuerpo invadido por la rigidez de la muerte.

Bendito seas tú, mi Señor Jesucristo, que con tu sangre preciosa y tu muerte sagrada redimiste las almas y, por tu misericordia, las llevaste del destierro a la vida eterna.

Bendito seas tú, mi Señor Jesucristo, que, por nuestra salvación, permitiste que tu costado y tu corazón fueran atravesados por la lanza y, para redimirnos, hiciste que de él brotara con abundancia tu sangre preciosa mezclada con agua.

Gloria a ti, mi Señor Jesucristo, porque quisiste que tu cuerpo bendito fuera bajado de la cruz por tus amigos y reclinado en los brazos de tu afligidísima madre, y que ella lo envolviera en lienzos y fuera enterrado en el sepulcro, permitiendo que unos soldados montaran allí guardia.

Honor por siempre a ti, mi Señor Jesucristo, que enviaste el Espíritu Santo a los corazones de los discípulos y aumentaste en sus almas el inmenso amor divino.

Bendito seas tú, glorificado y alabado por los siglos, mi Señor Jesús, que estás sentado sobre el trono en tu reino de los cielos, en la gloria de tu divinidad, viviendo corporalmente con todos tus miembros santísimos, que tomaste de la carne de la Virgen. Y así has de venir el día del juicio a juzgar a las almas de todos los vivos y los muertos: tú que vives y reinas con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén». (De las oraciones atribuidas a santa Brígida. Oración 2. Revelationum S. Birgittae libri, 2, Roma 1628, pp. 408-410).