sábado, 8 de agosto de 2015

LA CRUZ DE CRISTO, FUERZA INVENCIBLE DE DOMINGO

No es rebajando las exigencias del Evangelio de Cristo sino abrazando con amor las exigencias de su Cruz, cómo los santos han servido a la Iglesia y conquistado millares de almas para su Señor. Ojalá no lo olviden algunos padres sinodales que próximamente se reunirán junto al sucesor de Pedro para orar, fortalecer e incentivar la pastoral familiar.
¡Qué bien lo entendió Santo Domingo de Guzmán y cuántas lumbreras pudo así regalar a la Iglesia la Orden por él fundada! Incluso del más sabio de todos sus hijos, Santo Tomás de Aquino, se cuenta  que su libro fue siempre el crucifijo.

“La cruz de Jesús –dice al respecto Fray Manuel Ángel Martínez de Juan, OP- es para los cristianos de todos los tiempos el testimonio más elocuente del amor de Dios hacia la humanidad y el símbolo de su victoria sobre el pecado y la muerte. Constituye el elemento esencial de la espiritualidad cristiana que todos debemos esforzarnos por reproducir en nuestra vida. La cruz inspira todo impulso hacia la santidad. Santo Domingo, siguiendo las huellas del Salvador, se abrazó a la cruz y la amó sólo porque Jesús también la amó e hizo de ella la expresión más alta de su amor al Padre y a la humanidad.
Domingo se impregnó hasta lo más profundo de su ser de estos sentimientos de Jesús e imprimió en el corazón de sus frailes el amor a la cruz y a todo lo que ella representa. Su pobreza voluntaria, su vida austera, su caridad apostólica, sus renuncias constantes son la mejor muestra de su amor a la cruz de Jesús. Pero donde se expresa con mayor claridad su unión a Cristo sufriente es en la oración. Quienes convivieron con él de cerca nos cuentan que durante la celebración de la eucaristía derramaba tal cantidad de lágrimas, sobre todo al pronunciar las palabras del canon, que una gota no esperaba a la otra. Esta emotividad y dramatismo brotaba del asombro y de la tristeza propia de los santos al recordar la incomprensión del amor infinito de Dios por parte de la humanidad. Domingo sufre con Cristo y en Cristo por quienes viven alejados de Cristo. De ahí nace su deseo de anunciar a todos la Palabra de Dios como prolongación del ministerio de Jesús. En su oración privada y personal Domingo abría su corazón a Cristo sufriente para suplicarle con lágrimas e incluso con rugidos: “Señor, ten piedad de tu pueblo. ¿Qué será de los pobres pecadores?” Y para intensificar su oración unía a ella el esfuerzo corporal mediante genuflexiones, postraciones, flagelaciones… Todo ello expresa la misma preocupación de Jesús por la salvación de la humanidad...
Este amor a la cruz fue igualmente inmortalizado por los bellos frescos de Fray Angélico donde Domingo aparece orando al pie de la cruz, ya sea arrodillado junto al madero ensangrentado del crucificado, ya sea abriendo sus brazos en forma de cruz al mismo tiempo que observa como la sangre de Cristo riega la tierra sedienta, o cubriendo su rostro después de haber contemplado tanto dolor en Jesús crucificado, o postrándose ante la cruz y tocando casi con su mano la sangre que corre por el madero, o abrazándose con ternura al árbol de la vida”.

viernes, 7 de agosto de 2015

BODAS DE DIAMANTE SACERDOTALES DEL PRELADO DEL OPUS DEI

El 7 de agosto de 1955 Mons. Javier Echevarría, actual prelado del Opus Dei, recibió de manos de Mons. Juan Ricote, entonces obispo auxiliar de Madrid, la ordenación sacerdotal. Con motivo de sus bodas de diamante sacerdotales, agradecemos a la Trinidad Beatísima el ministerio fecundo y humilde de este hijo egregio de San Josemaría Escrivá, cuya vida ha quedado bien plasmada en su lema episcopal: Deo omnis gloria.

jueves, 6 de agosto de 2015

LA TRANSFIGURACIÓN, MISTERIO DE LUZ

"La liturgia nos invita hoy a fijar nuestra mirada en este misterio de luz. En el rostro transfigurado de Jesús brilla un rayo de la luz divina que él tenía en su interior. Esta misma luz resplandecerá en el rostro de Cristo el día de la Resurrección. En este sentido, la Transfiguración es como una anticipación del misterio pascual.
La Transfiguración nos invita a abrir los ojos del corazón al misterio de la luz de Dios presente en toda la historia de la salvación. Ya al inicio de la creación el Todopoderoso dice: "Fiat lux", "Haya luz" (Gn 1, 3), y la luz se separó de la oscuridad. Al igual que las demás criaturas, la luz es un signo que revela algo de Dios: es como el reflejo de su gloria, que acompaña sus manifestaciones. Cuando Dios se presenta, "su fulgor es como la luz, salen rayos de sus manos" (Ha 3, 4). La luz -se dice en los Salmos- es el manto con que Dios se envuelve (cf. Sal 104, 2). En el libro de la Sabiduría el simbolismo de la luz se utiliza para describir la esencia misma de Dios: la sabiduría, efusión de la gloria de Dios, es "un reflejo de la luz eterna", superior a toda luz creada (cf. Sb 7, 27. 29 s). En el Nuevo Testamento es Cristo quien constituye la plena manifestación de la luz de Dios. Su resurrección ha derrotado para siempre el poder de las tinieblas del mal. Con Cristo resucitado triunfan la verdad y el amor sobre la mentira y el pecado. En él la luz de Dios ilumina ya definitivamente la vida de los hombres y el camino de la historia. "Yo soy la luz del mundo -afirma en el Evangelio-; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida" (Jn 8, 12).
¡Cuánta necesidad tenemos, también en nuestro tiempo, de salir de las tinieblas del mal para experimentar la alegría de los hijos de la luz! Que nos obtenga este don María, a quien ayer, con particular devoción, recordamos en la memoria anual de la dedicación de la basílica de Santa María la Mayor. Que la Virgen santísima consiga, además, la paz para las poblaciones de Oriente Próximo, martirizadas por luchas fratricidas. Sabemos bien que la paz es ante todo don de Dios, que hemos de implorar con insistencia en la oración, pero en este momento queremos recordar también que es compromiso de todos los hombres de buena voluntad. ¡Que nadie se substraiga a este deber"!

(Meditación del Papa Benedicto XVI, Castelgandolfo, 6 de agosto de 2006)

domingo, 2 de agosto de 2015

J. H. NEWMAN. MARÍA, MADRE DE DIOS Y REINA DE LOS ÁNGELES

Hoy, 2 de agosto, la Iglesia conmemora a Nuestra Señora de los Ángeles. Aprovecho la ocasión para presentar una breve y fina meditación del Beato J. H. Newman en la que contempla la realeza de María sobre los ángeles en su relación al más augusto título de Madre de Dios.

María es Regina Angelorum,
Reina de los ángeles

"Puede ser apropiado conectar este gran título con la Maternidad de María, es decir, con la venida del Espíritu Santo sobre ella en Nazareth, después de la anunciación del ángel Gabriel y del nacimiento de nuestro Señor en Belén. Como madre de nuestro Señor ella está más cerca de Él que cualquier ángel, aun de los serafines que lo rodean y claman continuamente “Santo, Santo, Santo”.
Los dos Arcángeles que tienen un oficio especial en el Evangelio son San Miguel y San Gabriel, y ambos están asociados con María en la historia de la encarnación: Gabriel cuando descendió sobre ella el Espíritu Santo y Miguel cuando nació el Divino Niño.
San Gabriel la saludó como “llena de gracia” y “bendita entre las mujeres”, le anunció que descendería sobre ella el Espíritu Santo y que tendría un Hijo que iba a ser el Hijo de Altísimo.
Del ministerio de San Miguel en el nacimiento del Hijo divino leemos en el Apocalipsis escrito por el Apóstol San Juan. Sabemos que nuestro Señor vino para establecer el Reino de los Cielos entre los hombres, y fue muy duro nacer asaltado por los poderes del mundo que querían destruirlo. Herodes buscó quitarle la vida, pero fue derrotado cuando José huyó a Egipto con el Niño y su Madre. Pero San Juan nos dice en el Apocalipsis que Miguel y sus ángeles fueron los guardianes reales de la Madre y el Niño, en ese momento y en otras ocasiones. 
San Juan tuvo una visión, “un gran signo en el cielo”, entendiendo por cielo la Iglesia o el Reino de Dios: “una mujer vestida de sol, con la luna bajo sus pies, y una corona de doce estrellas sobre su cabeza”, y cuando estaba por dar a luz apareció “un gran Dragón rojo”, es decir, el espíritu maligno, listo “para devorar a su hijo” cuando naciera. El Hijo fue preservado por su propio poder divino, pero luego el espíritu maligno la persiguió a ella. Sin embargo, San Miguel y sus ángeles llegaron para el rescate y prevalecieron contra él.
“Hubo una gran batalla”, dice el escritor sagrado. “Miguel y sus ángeles lucharon contra el Dragón. También el Dragón y sus ángeles combatieron… Y fue arrojado el gran Dragón, la Serpiente antigua, el llamado Diablo y Satanás” (Apoc 12, 1-9). Ahora como entonces, la Bienaventurada Madre de Dios tiene huestes de ángeles que la sirven, y ella es su reina".(John Henry Newman, Meditaciones y Devociones, Buenos Aires, 2006, p. 49-50)

miércoles, 29 de julio de 2015

EL ENGRANDECIMIENTO DE LO CHICO

En un precioso librito titulado El corazón de Jesús al corazón del sacerdote, pensado como una serie de confidencias que Jesús dirige a sus sacerdotes desde el ocultamiento de sus Sagrarios, el Beato Manuel González (1877-1940), conocido como el Obispo del Sagrario abandonado, nos ha dejado una extraordinaria explicación de la parábola evangélica del grano de mostaza. Para el autor, con esta parábola Jesucristo nos ha querido señalar la ley permanente que rige el desarrollo de su Reino: el engrandecimiento de lo chico, más aun, de lo ínfimo.  Un texto para refrescar la esperanza de todo operario llamado a trabajar en la viña del Señor en tiempos de deserción.

Semejante es el Reino de los cielos a un grano de mostaza.
Simili est regnum Caelorum grano sinapis 
(Mt., 13, 31)

¡Verdad, Sacerdote mío, que ante mi Cuna de Belén se te viene a las mentes mi parábola del grano de mostaza?
El misterio de lo chico

¡Era tan chico todo aquello de Belén! ¡Un pesebre, una cuadra, unas pajas, la oscuridad de la media noche, el frío del invierno, la ausencia de parientes, amigos, vecinos, la inseguridad del después, la escasez de medios materiales!...¡Mira que era chico todo aquello!
Pues ese era el grano de mostaza de este árbol que se llama la Iglesia Católica.
Detén tu pensamiento unos instantes ante ese milagro mío de engrandecimiento de los chico.
Cuenta los minutos que han transcurrido desde esas doce de la noche más buena y cuenta, si puedes, las cosas buenas y grandes que, brotando de aquella Cuna-pesebre, han visto desfilar esos minutos… Sangre de mártires, lágrimas de penitentes, lirios de vírgenes, resplandores de genios, buriles de artistas, plumas de sabios, espadas de vencedores, cetros de reyes, coronas de Sacerdotes, cruces de resignados, palmas de héroes…
Después traspasa los umbrales de la vida terrena, llega a las regiones en donde no se cuenta por minutos, ni por años, ni por siglos, sino por eternidades, y en el Cielo te dirán que allá está el granero de los frutos maduros del Árbol de Belén; en el Purgatorio, que ahí se acelera la madurez de los que acá no la alcanzaron, y el Infierno, que en su fuego eterno se queman los despojos del Árbol…
Y después de ese milagro perpetuo de engrandecimiento de lo chico, ¡cuántos cada día!
Chico es el Sagrario donde vivo en cada pueblo. ¡Chico por lo pobre y por lo abandonado! ¡Chico por el espacio que ocupan las especies tras de las que me oculto! ¡Chico por el trato tan esquivo y ruin que me dan en muchos de ellos!
Y ¡lo que sale en cada minuto de esa Hostia chiquita para sus vecinos buenos y malos, cariñosos y ariscos!
Cosa chica es un lágrima, una gota de sudor, una moneda de cinco céntimos, una crucecita de un minuto, un suspiro… ¡Chico todo eso, es verdad!
Pero si esa gota de lágrimas es la que asoma a los ojos de una María que me visita en mis soledades del Sagrario; si esa gota de sudor y esa palabra es del Sacerdote apóstol, quizás de gente que no quieren oírle; si esa moneda es la limosna callada de la pobre viuda: si esa crucecita es la Cruz de la abnegación anónima o la pena silenciosamente sufrida del vencimiento interior de las almas en cruz, entonces ¡viene el milagro! ¡la semillita mínima pasa a árbol grande.
Jesús, único Engrandecedor

Sacerdote, que en tus visitas te lamentas tantas veces de lo infructuoso de tus trabajos, de lo estéril de tu sacrificio por tu pueblo, del desaliento de tu alma ante tanta deserción…
            Sacerdote, que te cruzas de brazos o que estás a punto de dejarlos caer porque no puedes hacer nada. Cura, que no predicas los días de fiesta porque te oyen pocos, que no das catecismo porque acuden pocos niños, que no te sientas en el confesionario temprano porque no vienen penitentes, que dejas las obras de celo emprendidas y no emprendes ninguna nueva  porque ¡se consigue tan poco! ¿Has meditado en mi parábola del grano de semilla?  ¡Has reparado en el milagro que tantas veces he hecho y que otras tantas estoy dispuesto a repetir de hacer grande todo lo chico que se siembre en MI campo?
            ¿Qué quisieras hacer cosas grandes y no puedes?
            Y es verdad: lo grande solamente lo hago Yo.
Tú haz lo tuyo

¿Cosas chicas? Esas son las que te pido. Sacerdote mío, ¡a sembrar tu granito!, entre muchos o entre pocos, con éxito pronto, tardío o nulo…!
            Lo demás…Yo.

(Beato Manuel González, El corazón de Jesús al corazón del sacerdote, VIII)

domingo, 26 de julio de 2015

LOS ABUELOS DE JESÚS

¡Qué precioso es el valor de la familia, como lugar privilegiado para transmitir la fe!
Copio esta reflexión del Papa Francisco sobre los santos Joaquín y Ana, padres de la santísima Virgen María, donde destaca el rol fundamental de la familia como lugar de excepción en la transmisión de la fe.

"Hoy la Iglesia celebra a los padres de la Virgen María, los abuelos de Jesús: los santos Joaquín y Ana. En su casa vino al mundo María, trayendo consigo el extraordinario misterio de la Inmaculada Concepción; en su casa creció acompañada por su amor y su fe; en su casa aprendió a escuchar al Señor y a seguir su voluntad.
Los santos Joaquín y Ana forman parte de esa larga cadena que ha transmitido el amor de Dios, en el calor de la familia, hasta María que acogió en su seno al Hijo de Dios y lo dio al mundo, nos los ha dado a nosotros.
¡Qué precioso es el valor de la familia, como lugar privilegiado para transmitir la fe! Refiriéndome al ambiente familiar quisiera subrayar una cosa: hoy, en esta fiesta de los santos Joaquín y Ana, se celebra, tanto en Brasil como en otros países, la fiesta de los abuelos.  Qué importantes son en la vida de la familia para comunicar ese patrimonio de humanidad y de fe que es esencial para toda sociedad. Y qué importante es el encuentro y el diálogo intergeneracional, sobre todo dentro de la familia. El Documento conclusivo de Aparecida nos lo recuerda: "Niños y ancianos construyen el futuro de los pueblos". (Papa Francisco, Río de Janeiro 26 de julio de 2013).

martes, 14 de julio de 2015

CARDENAL SARAH, VOLVER A LEER "SACROSANCTUM CONCILIUM"

Atento al deseo del Papa Francisco cuando lo nombró Prefecto de la Sagrada Congregación para el culto divino: “quiero que continúe implementando la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II“, "y que continúe la buena obra en la liturgia iniciada por el Papa Benedicto XVI”», el Cardenal Sarah ha publicado un artículo en L'Osservatore Romano (edición del 12 de junio de 2015), donde nos ofrece unas cuantas pautas para una comprensión profunda y una hermenéutica fiel de la Constitución Sacrosanctum Concilium, “carta magna de toda acción litúrgica”. A continuación presentamos nuestra propia traducción de este interesante artículo.

Acción silenciosa del corazón
por Robert Sarah
Cardenal Prefecto de la Congregación para el culto divino y la disciplina de los sacramentos

Cincuenta años después de su promulgación por el Papa Pablo VI, ¿se leerá, por fin, la constitución del Concilio Vaticano II sobre la sagrada Liturgia? La "Sacrosanctum concilium" no es de hecho un simple catálogo de "recetas" de reformas, sino una verdadera y propia "carta magna" de toda acción litúrgica. El Concilio ecuménico nos ofrece en ella una lección magistral acerca del método. Efectivamente, lejos de contentarse con una aproximación meramente disciplinar y externa a la liturgia, el Concilio quiere hacernos contemplar lo que está en su esencia. 
La práctica de la Iglesia siempre deriva de lo que recibe y contempla en la revelación. La pastoral no se puede desvincular de la doctrina. En la Iglesia "lo que procede de la acción está ordenado a la contemplación" (cfr. n. 2). La Constitución conciliar nos invita a redescubrir el origen trinitario de la obra litúrgica. En efecto, el Concilio establece una continuidad entre la misión de Cristo Redentor y la misión de la litúrgica de la Iglesia. "Así como Cristo fue enviado por el Padre, Él a su vez ha envió a los Apóstoles" para que "mediante el Sacrificio y los Sacramentos, en torno a los cuales gravita toda la vida litúrgica" realicen "la obra de la salvación" (n. 6). 
Realizar la liturgia, por tanto, no es otra cosa que actuar la obra de Cristo. La liturgia es esencialmente "actio Christi": la “obra de la redención humana y de la perfecta glorificación de Dios" (n. 5). Él es el Sumo Sacerdote, el verdadero sujeto, el verdadero actor de la liturgia (cfr. N. 7). Si este principio vital no es acogido en la fe, se corre el riesgo de hacer de la liturgia una obra humana, una autocelebración de la comunidad.
Por el contrario, la obra propia de la Iglesia consiste en introducirse en la acción de Cristo, apuntarse en aquella obra cuya misión Él ha recibido del Padre. Pues "se nos dio la plenitud del culto divino", porque "su humanidad, unida a la persona del Verbo, fue instrumento de nuestra salvación" (n. 5). Entonces la Iglesia, Cuerpo de Cristo, debe volverse a su vez en un instrumento en manos del Verbo. Este es el sentido último del concepto clave de la constitución conciliar: la "actuosa participatio" [participación activa]. Tal participación consiste para la Iglesia en llegar a ser un instrumento de Cristo-Sacerdote, con el fin de participar en su misión trinitaria. La Iglesia participa activamente en la obra litúrgica de Cristo en la medida en que es su instrumento. 
En este sentido, hablar de "comunidad celebrante" no carece de ambigüedad y requiere una verdadera cautela (cfr. Instrucción "Redemptoris Sacramentum", n. 42). La "participatio actuosa" no debería entonces ser entendida como la necesidad de hacer algo. En este punto la enseñanza del Concilio ha sido frecuentemente deformada. Se trata más bien de dejar que Cristo nos tome y nos asocie a su sacrificio. En consecuencia, la "participatio" litúrgica debe ser entendida como una gracia de Cristo, que "asocia siempre consigo a la Iglesia" ("Sacrosanctum Concilium", n. 7). A Él corresponde tener la iniciativa y el primado. La Iglesia "lo invoca como a su Señor y por medio de Él da culto al Padre eterno" (n. 7). 
De este modo, el sacerdote está llamado a convertirse en ese instrumento que deja traslucir a Cristo. Como lo recordaba recientemente nuestro Papa Francisco, el celebrante no es el presentador de un espectáculo, ni debe buscar la simpatía de la asamblea poniéndose frente a ella como su principal interlocutor. Entrar en el espíritu del concilio significa por el contrario ocultarse, renunciar a ser el punto focal.
Contrariamente a lo que a veces se ha sostenido, es del todo conforme a la constitución conciliar, incluso hasta conveniente, que durante el rito penitencial, el canto del Gloria, las oraciones y la plegaria eucarística, todos, sacerdotes y fieles, se vuelvan juntos en dirección al Oriente, para expresar su deseo de participar en la obra de culto y redención realizada por Cristo. Este modo de proceder podría ser puesto en marcha oportunamente en las catedrales donde la vida litúrgica debe ser ejemplar (cfr. N. 41). 
Está claro que hay otras partes de la misa en que el sacerdote, actuando "in persona Christi Capitis", entra en diálogo nupcial con la asamblea. Pero este cara a cara no tiene otro fin que conducir a un tête-à-tête con Dios que, a través de la gracia del Espíritu Santo, se volverá en un corazón a corazón. El Concilio propone así otros medios para favorecer la participación: "las aclamaciones de los fieles, las respuestas, el canto de los salmos, las antífonas, los cantos, así como las acciones, los gestos y la actitud del cuerpo" (n. 30).
Una lectura demasiado rápida y sobre todo demasiado humana, ha llevado a la conclusión de que era necesario que los fieles estuvieran constantemente ocupados. La mentalidad occidental contemporánea, modelada por la técnica y fascinada por los medios de comunicación, ha querido hacer de la liturgia una obra de pedagogía eficaz y rentable. En este espíritu, se ha buscado volver a las celebraciones de carácter convivial. 
Los actores litúrgicos, motivados por razones pastorales, tratan a veces de hacer una obra didáctica introduciendo en las celebraciones elementos profanos y espectaculares. ¿A caso no hemos asistido al florecer de testimonios, puestas en escena y aplausos? Se cree así favorecer la participación de los fieles, cuando en realidad se reduce la liturgia a un juego humano.
"El silencio no es una virtud, ni el ruido un pecado, es verdad", dice Thomas Merton, "pero el alboroto, la confusión y el ruido continuo en la sociedad moderna o en ciertas liturgias eucarísticas africanas son la expresión de la atmósfera de sus pecados más graves, de su impiedad, de su desesperación. Un mundo de propaganda, de infinitas argumentaciones, de invectivas, de críticas, o simplemente de palabrería, es un mundo en el que la vida no vale la pena ser vivida. La misa se convierte en un alboroto confuso, las oraciones en ruido exterior o interior". (Thomas Merton,"Le signe de Jonas", Ed. Albin Michel, París, 1955, p. 322). Así, se corre el riesgo real de no dejar ningún lugar para Dios en nuestras celebraciones. Así incurrimos en la misma tentación de los hebreos en el desierto. Intentaron crear un culto a su medida y a su altura, y no olvidemos que terminaron postrados ante el ídolo del becerro de oro.
Es tiempo de ponernos a la escucha del Concilio. La liturgia es "ante todo el culto de la divina Majestad" (n. 33). Tiene valor pedagógico en la medida en que está completamente ordenada a la glorificación de Dios y al culto divino. La liturgia nos sitúa realmente en presencia de la trascendencia divina. Participación verdadera significa renovar en nosotros aquel "asombro" que San Juan Pablo II tenía en gran estima (cfr. "Ecclesia de Eucharistia", n. 6). Este estupor sagrado, este temor gozoso, reclama nuestro silencio ante la majestad divina. A menudo se olvida que el silencio sagrado es uno de los medios señalados por el concilio para fomentar la participación. Si la liturgia es obra de Cristo, ¿será necesario que el celebrante introduzca en ella sus propios comentarios? Hay que recordar que cuando el misal autoriza una admonición, esto no debe convertirse en un discurso profano y humano, un comentario más o menos sutil sobre la actualidad, o un saludo mundano a las personas presentes, sino en una brevísima exhortación a entrar en el misterio (cfr. Presentación general del Misal Romano, n. 50). En cuanto a la homilía, ella misma es un acto litúrgico que tiene sus propias reglas. La "participatio actuosa" en la obra de Cristo presupone que se deje el mundo profano para entrar en ''la acción sagrada por excelencia"(“Sacrosanctum Concilium”, n. 7). De hecho, "nosotros pretendemos, con una cierta arrogancia, permanecer en lo humano para entrar en lo divino" (Robert Sarah, "Dieu ou rien", Pág. 178).
En este sentido, es lamentable que el sagrario de nuestras iglesias no sea un lugar estrictamente reservado para el culto divino, que se entre allí con trajes profanos, o que el espacio sagrado no esté claramente delimitado por la arquitectura. Porque, como enseña el Concilio, Cristo está presente en su palabra cuando esta es proclamada, y es  igualmente perjudicial  que los lectores no tengan un traje apropiado que ponga en evidencia que no están pronunciando palabras humanas sino una palabra divina.
La liturgia es una realidad fundamentalmente mística y contemplativa, y por ello fuera del alcance de nuestra acción humana; también la "participatio" es una gracia de Dios. Por tanto, presupone de nuestra parte una apertura al misterio celebrado. Por eso, la constitución recomienda la plena comprensión de los ritos (cfr. N. 34), y al mismo tiempo prescribe "que los fieles sean capaces de recitar o cantar juntos, también en lengua latina, las partes del ordinario de la misa que les corresponden" (n 54). Efectivamente, la comprensión de los ritos no es obra de la razón humana dejada a sí misma, que debería abarcarlo todo, comprenderlo todo, dominarlo todo. La comprensión de los ritos sagrados es aquella del "sensus fidei", que ejercita la fe viviente a través del símbolo y que conoce más por sintonía que por concepto. Esta comprensión presupone acercarse al misterio con humildad.
¿Pero se tendrá el valor de seguir al Concilio hasta este punto? Sin embargo, una lectura semejante, iluminada por la fe, es fundamental para la evangelización. De hecho, "así presenta la Iglesia, a los que están fuera, como un signo alzado en medio de las naciones, para que debajo de él se congreguen en una sola cosa los hijos de Dios dispersos" (n. 2). La liturgia debe dejar de ser un lugar de desobediencia a las prescripciones de la Iglesia.
Más precisamente, no puede ser ocasión de laceraciones entre cristianos. Las lecturas dialécticas de la "Sacrosanctum Concilium", las hermenéuticas de la ruptura en un sentido o en otro, no son el fruto de un espíritu de fe. El concilio no ha querido romper con las formas litúrgicas heredadas de la tradición, más bien ha querido profundizar en ellas. La constitución establece que "las nuevas formas se desarrollen de un modo orgánico a partir de las formas ya existentes" (n. 23).
En este sentido, es necesario que los que celebran de acuerdo con el ''usus antiquior" lo hagan sin espíritu de oposición, sino en el espíritu de la "Sacrosanctum Concilium”. Del mismo modo, sería erróneo considerar la forma extraordinaria del rito romano como derivada de una teología distinta a la de la liturgia reformada. También sería deseable que se introdujera como anexo, en una próxima edición del misal, el rito de la penitencia y del ofertorio según el ''usus antiquior" con la finalidad de subrayar que las dos formas litúrgicas se iluminan mutuamente, en continuidad y sin oposición.
Si vivimos en este espíritu, entonces la liturgia dejará de ser el lugar de la rivalidad y de la críticas, para hacernos finalmente participar activamente en aquella liturgia "que se celebra en la santa ciudad de Jerusalén, hacia la cual nos dirigimos como peregrinos, donde Cristo está sentado como ministro del santuario "(n. 8).

El texto original puede verse aquí: 
Otras traducciones al español del mismo artículo: