El silencio que envuelve la vida de San José no era un
silencio vacío, como el de alguien
que calla porque no tiene nada que decir, sino un silencio colmado de la más
alta espiritualidad, entendida como profunda cercanía y posesión de Dios. José
vive en un perpetuo asombro, sumergido en la contemplación del misterio de la
Encarnación del Verbo, misterio que mira, adora y custodia, sin poder jamás
acostumbrase a él. Como dice E. Ancilli, «La intimidad con Dios fue el objeto
primero de la vocación de José. En torno a Jesús se polarizan todas sus
fuerzas, su razón de ser. Esto explica su alejarse de las cosas de la tierra,
su calma, su profundo silencio. Es el santo del recogimiento, del discípulo
siempre dispuesto a escuchar las inspiraciones internas» (cf. Dicccinario de
espiritualidad, voz José, Vol. II).
Escogido por Dios como custodio de sus grandes tesoros
aquí en la tierra, San José monta guardia atenta y callada, orante y alegre sobre su hogar y sus moradores: la Virgen inmaculada y su
divino Hijo; para ellos vive, por ellos trabaja y sacrifica. Esta misión divina de José se prolonga ahora sobre la Iglesia y sobre cada uno de
nosotros. Ite ad Ioseph!, decía el faraón a los que llegaban hambrientos a
Egipto en busca de pan. Ite ad Ioseph!, es también hoy la invitación que el Señor dirige a quienes caminan por el mundo con hambre y sed de justicia. Y José, como buen padre, nos abre las puertas de su
casa, nos sienta a su mesa y nos permite gozar de la compañía de Jesús y María.

No hay comentarios:
Publicar un comentario