jueves, 19 de marzo de 2026

ID A JOSÉ

El silencio que envuelve la vida de San José no era un silencio vacío, como el de alguien que calla porque no tiene nada que decir, sino un silencio colmado de la más alta espiritualidad, entendida como profunda cercanía y posesión de Dios. José vive en un perpetuo asombro, sumergido en la contemplación del misterio de la Encarnación del Verbo, misterio que mira, adora y custodia, sin poder jamás acostumbrase a él. Como dice E. Ancilli, «La intimidad con Dios fue el objeto primero de la vocación de José. En torno a Jesús se polarizan todas sus fuerzas, su razón de ser. Esto explica su alejarse de las cosas de la tierra, su calma, su profundo silencio. Es el santo del recogimiento, del discípulo siempre dispuesto a escuchar las inspiraciones internas» (cf. Dicccinario de espiritualidad, voz José, Vol. II).

Escogido por Dios como custodio de sus grandes tesoros aquí en la tierra, San José monta guardia atenta y callada, orante y alegre sobre su hogar y sus moradores: la Virgen inmaculada y su divino Hijo; para ellos vive, por ellos trabaja y sacrifica. Esta misión divina de José se prolonga ahora sobre la Iglesia y sobre cada uno de nosotros. Ite ad Ioseph!, decía el faraón a los que llegaban hambrientos a Egipto en busca de pan. Ite ad Ioseph!, es también hoy la invitación que el Señor dirige a quienes caminan por el mundo con hambre y sed de justicia. Y José, como buen padre, nos abre las puertas de su casa, nos sienta a su mesa y nos permite gozar de la compañía de Jesús y María.


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