viernes, 20 de febrero de 2026

M. MOSEBACH. LA LITURGIA TRADICIONAL SEGUIRÁ SIENDO EL ARCA DE NOÉ EN MEDIO DEL DILUVIO NIHILISTA

Las entrevistas del destacado escritor alemán Martin Mosebach siempre ofrecen reflexiones e intuiciones esclarecedoras sobre la Tradición de la Iglesia, su liturgia milenaria y el mundo contemporáneo que nos toca vivir. Aquí presento en español una entrevista concedida al informativo italiano La Verita aparecida el 7 de julio de 2024, justo 17 años después del Motu proprio Summorum Pontificum.

* * *

Usted tiene un gran interés en la forma. ¿Por qué?

Entre los grandes errores del pensamiento moderno está el de negar una diferencia entre contenido y forma. Se afirma que son posibles contenidos independientes de la forma en que aparecen. Esto no es del todo cierto. El contenido y la forma están indisolublemente entrelazados. Si se modifica la forma, el contenido también se transforma. La forma -la forma perceptible de manera sensible- es increíblemente poderosa. Gobierna el contenido.

Ya lo vemos en el lenguaje: cada palabra es la forma de un pensamiento y, sin esta forma, ni siquiera podríamos pensar. Y cuando transformamos el lenguaje, cuando intentamos traducir un pensamiento a otro idioma, nuestra experiencia, incluso en la traducción más fiel, es, como mínimo, la de un cierto deslizamiento del pensamiento original, ya que el sonido, la poesía de una palabra nunca son completamente traducibles, y su importancia para el significado de ésta sigue siendo máxima.

¿La cuestión de la liturgia es también una cuestión de forma?

Para la liturgia —para toda liturgia imaginable de toda religión imaginable— esta fusión de contenido y forma se aplica en sumo grado, incluso de manera ejemplar. El rito es la ilustración y la toma de forma de la fe: su devenir tangible. La fe religiosa sigue siendo una mera afirmación, una construcción conceptual vacía, hasta que se hace experimentable de manera corporal y sensible en los ritos religiosos.

Solo en una mínima parte creemos con la cabeza. El cuerpo asume un papel decisivo en lo que consideramos verdadero en la religión. Quien se arrodilla ante la hostia consagrada cree en la transubstanciación de una manera mucho más firme que quien permanece de pie o incluso sentado. El desarrollo de la reforma litúrgica, a partir de Pablo VI, lo ha puesto de manifiesto: la supresión de las formas de reverencia ha socavado notablemente la fe en la presencia real del Salvador en las especies eucarísticas, y en muchos casos esa fe ha desaparecido por completo. ¡Y esto sin que se haya modificado la doctrina!

Muchos jóvenes se sienten atraídos por la misa antigua. ¿Por qué?

De hecho, hay una multitud de jóvenes para quienes la disolución de la religión en charlas pastorales sin compromiso ya no es suficiente. Buscan una experiencia religiosa auténtica y objetiva; quieren entrar en un mundo radicalmente diferente al de la cultura contemporánea, que niega la posibilidad de la trascendencia.

En el término «trascendencia» ya se encuentra la respuesta a su pregunta: superar los límites. Precisamente los jóvenes sensibles a la religión quieren salir de la jaula hostil del espíritu de la cultura contemporánea y descubrir esta posibilidad en la liturgia tradicional, quizá precisamente porque es denigrada por los líderes de la Iglesia oficial. De sus filas provienen muchas acusaciones: la de extremismo, por ejemplo, sin preocuparse por los motivos que empujan a los jóvenes a esta reacción.

¿Qué entiende por «crisis de la oración»?

Me parece que la oración pública de la Iglesia pierde de vista lo que debería ser la intención más auténtica de la oración: la adoración al Dios Creador, omnipotente e inconcebible, a quien el orante debe su existencia. «Si Dios existe, su adoración es la única acción razonable» (Nicolás Gómez Dávila). Esto se expresa también a nivel corporal: quien reza quiere postrarse ante Dios, como se afirma repetidamente en el Nuevo Testamento: «Se postró y lo adoró».

Se trata de una acción instintiva, sin reflexión. La oración pública, en cambio, se utiliza con frecuencia para la instrucción religiosa y, lamentablemente, a menudo también con fines políticos. Y a través de la posición del sacerdote, de cara a la comunidad, en lugar de inclinarse hacia el Oriente, hacia Cristo que regresa, como ha ocurrido a lo largo de toda la historia de la Iglesia junto con la comunidad, la oración sacerdotal aparece como un diálogo con la comunidad, no dirigido a Dios. Aquí el problema de la forma vuelve a ser evidente: con el solo cambio de orientación, la oración se convierte en algo absolutamente diferente.

¿Le gusta la «forma» que ha adoptado la Iglesia actual?

Para mí tampoco es tan importante el hecho de que no me guste. Sin embargo, como no ha caído del cielo, debe aceptar la confrontación con lo que ha eliminado. Y, a este respecto, hay que decir que la diferencia es tan evidente que cualquier observador imparcial debería darse cuenta inmediatamente de que se ha convertido en el rito de una religión muy diferente de la que proclamó el Concilio Vaticano II, todavía vinculado a la tradición bimilenaria de la Iglesia, es decir, ha devenido una religión antropocéntrica, ya no teocéntrica. Cualquiera que confíe habitualmente en sus propios ojos puede comprobarlo. ¡Esteticismo!, esta palabra con la que se sospecha tan fácilmente de quienes siguen el rito suprimido, no significa otra cosa que «confiar en los propios ojos.

¿Cómo ha cambiado el papado desde Juan Pablo II hasta Francisco, pasando por Benedicto XVI?

Los papas aquí mencionados expresan las tres corrientes esenciales presentes en el Concilio Vaticano II: los reformistas, los revolucionarios y los conservadores. Juan Pablo II, con su relación positiva con el Concilio, pertenece a los reformistas, que querían reforzar la influencia debilitada de la Iglesia en la política y la sociedad.

Este partido de la reforma se impuso inicialmente en el Concilio, pero en las décadas siguientes se vio sometido a una presión creciente por parte de los revolucionarios, que querían una Iglesia diferente. Juan Pablo II, con su notable autoridad personal, intentó resistirse, pero sin intervenir y regular la situación con los instrumentos a su disposición por su cargo y función.

Su sucesor, Benedicto XVI, también se enfrentó a un verdadero regimiento, aunque al asumir el cargo, encontró una Iglesia ya profundamente conmocionada por el partido revolucionario. Durante su pontificado, que él mismo terminó demasiado pronto, intentó contrarrestar al partido revolucionario en el plano teológico, rechazando la idea de una revolución en la Iglesia, una idea que no correspondía al carácter de la Iglesia como guardiana de la tradición, obligada a preservar su continuidad.

Finalmente, con el papa Francisco, el partido revolucionario asumió el control de la Iglesia. Con su gobierno vacilante y a menudo contradictorio, inició una lucha contra la tradición de la Iglesia, más bien creando un ambiente donde todo parece posible que mediante decisiones revolucionarias, y donde ya no existe ninguna conexión con el Depositum Fidei, y donde ninguna normativa ni orden tienen ya valor.

La autoridad papal ha sufrido hasta tal punto que resulta inimaginable que su sucesor pueda restablecerla nuevamente. Sin embargo, parece que ese es precisamente el objetivo del papa Francisco: la irreversibilidad del proceso de disolución que él mismo ha iniciado.

Hoy en día, la palabra parece estar separada de la verdad y ser manipulable por el poder. ¿Es así?

Que el ejercicio del poder está relacionado con el uso del lenguaje ya lo sabía Platón, para quien la clarificación de los conceptos era el requisito previo para un buen gobierno. Pero esto también se aplica a un mal gobierno y a los medios de comunicación, que han emprendido una labor de redefinición del significado de las palabras que intimida a los ciudadanos: ahora se puede ser culpable de hablar «de forma falsa», ya que hablar presupone pensar —al menos a veces— y hablar de forma falsa delata un pensamiento falso.

Los excesos del «wokismo» me hacen recordar la revolución cultural china, que quería erradicar «los cuatro valores perversos», como de hecho ocurrió: el pensamiento tradicional, las costumbres tradicionales, las antiguas leyes y las antiguas costumbres religiosas. Es necesario defenderse contra este ataque a la libertad, y para ello, a veces, se necesita coraje. Hay que defender a la humanidad, y para ello también es necesario ser completamente inoportunos.

¿Qué piensa de la llamada corrección política y de la cultura de la cancelación?

Siempre me ha parecido que la plaga de la corrección política y la cultura de la cancelación que la acompaña es más un problema del norte de Europa; el pueblo italiano me parece en gran medida inmune a esta revuelta contra la evidencia, asociada al deseo puritano de denunciar.

Pudiendo hablar de un carácter nacional, entonces mi impresión es que los italianos disponen de una mirada lúcida sobre la condición humana. La omnipresencia antecedente de la Iglesia católica con su gran estructura dogmática y la simultánea capacidad de permitirse, de modo muy humano, una cierta sensualidad, logró a tiempo eliminar del terreno el riesgo del terror puritano sectario. En el norte tomará tiempo superar este rumbo fatal.

Usted siempre ha estado a favor de la prohibición de la blasfemia, lo que le ha traído muchas críticas.

Confieso que mi comentario sobre la punibilidad de la blasfemia tenía un carácter polémico. Obviamente, soy muy consciente de que perseguir la literatura y el arte blasfemos implica grandes dificultades. Procesos de este tipo suelen tener como efecto una difusión aún mayor de tales obras.

Dejar la naturaleza de una obra de arte en manos de un tribunal puede tener consecuencias fatales. Hay obras que fueron consideradas blasfemas en su época, obras que admiro inmensamente, como Fleurs du mal de Baudelaire, que para el tribunal representaba una vergüenza censurable. Sin embargo, Baudelaire tuvo que asumir el riesgo, mientras que la blasfemia moderna está completamente exenta de riesgos e incluso puede disfrutar del aplauso público, sobre todo cuando se dirige contra el cristianismo: esto es lo que me llenó de repugnancia.

Sabemos que, cuando se trata de difamar el Islam, la situación es diferente. Todo artista ahora reflexiona mucho sobre si un vilipendio a la religión islámica es tan artísticamente necesario como para exponerse al peligro.

A propósito de la cultura de la cancelación, ¿serán los cristianos los próximos en ser cancelados?

Esto ya ha sucedido en parte. El hecho de que el cristianismo sea la base de los derechos humanos bien entendidos puede que ya no sea aceptado en amplios círculos. En la mayoría de los países occidentales, un intelectual cristiano que se pronuncia en contra del derecho al aborto es excluido del discurso público.

Pero incluso la constitución jerárquica de la Iglesia, que no es una democracia, y sus sacramentos —el matrimonio entre un hombre y una mujer y la ordenación sacerdotal reservada a los hombres— entran en conflicto irreconciliable con la constitución política de la sociedad contemporánea. En este sentido, el conflicto con el Estado y la opinión pública puede estallar en cualquier momento y fácilmente conduciría a la excomunión de los cristianos de la sociedad liberal de nuestro tiempo.

¿Podrán los cristianos volver a moldear el mundo?

Los cristianos no necesitan inventar nada y no tienen que desarrollar nada nuevo -solo deben recordar lo que ya poseen. Su liturgia tradicional, que Benedicto XVI ha definido como "el tesoro enterrado en el campo", ya una vez hizo posible, en un largo período de ruina política y cultural, en la época de la migración de los pueblos y de la primera Edad Media, la reedificación de un vasto ordenamiento, el Occidente cristiano, surgido de las ruinas del mundo antiguo también gracias a su ayuda.

La fundación de San Benito en medio de esta descomposición general tuvo también un carácter litúrgico. Junto a muchas otras cosas, esta liturgia tradicional es también la obra de arte fundacional del mundo cristiano. Y si no puede serlo una segunda vez, en el caso de que a la humanidad se le niegue tal reedificación, sigue siendo un arca de Noé en medio del diluvio del nihilismo.

Fuente: rassegnastampa-totustuus.itt
 



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