domingo, 7 de julio de 2019

SUMMORUM PONTIFICUM Y LA IDEA DE BENEDICTO XVI


"Parroquias y capillas deberían estar en condiciones 
de ofrecer como algo ordinario la Forma extraordinaria"


E
l 7 de julio del 2007, por medio del Motu Proprio Summorum Pontificum, el Papa Benedicto XVI restauraba los derechos de la antigua liturgia en la vida de la Iglesia. Queremos ofrecer algunas reflexiones que puedan servir de respuesta a la pregunta sobre cuál era la idea fundamental que el Papa Ratzinger tenía en mente al promulgar dicho documento. Para ello, además de recomendar la lectura de los mismos textos del Pontífice, me parece interesante recordar algunas declaraciones vertidas entonces por sus más cercanos colaboradores en esta materia.

Una figura importante en este sentido fue sin duda el Cardenal Darío Castrillón Hoyos, Presidente de la Pontifica Comisión Ecclesia Dei entre los años 2000–2009. En una intervención con motivo de la V Conferencia General del CELAM reunida en Aparecida (Brasil, mayo de 2007), el Cardenal Castrillón anunció públicamente la decisión del Papa Benedicto de «extender a toda la Iglesia latina la posibilidad de celebrar la Santa Misa y los Sacramentos según los libros litúrgicos promulgados por el Beato Juan XXIII en 1962». Se trata, añadió, de «una oferta generosa del Vicario de Cristo que, como expresión de su voluntad pastoral, quiere poner a disposición de la Iglesia todos los tesoros de la liturgia latina que durante siglos ha nutrido la vida espiritual de tantas generaciones de fieles católicos. El Santo Padre quiere conservar los inmensos tesoros espirituales, culturales y estéticos ligados a la liturgia antigua. La recuperación de esta riqueza se une a la no menos preciosa de la liturgia actual de la Iglesia».

En los meses que siguieron a la promulgación del Motu proprio, el Cardenal Castrillón Hoyos concedió varias entrevistas sobre el tema, teniendo en cuenta también algunas interpretaciones demasiado restrictivas del documento, como ciertas reacciones poco favorables a su implementación. En una de esas entrevistas, el Cardenal insistía en que «por medio del Motu Proprio Summorum Pontificum el Papa ofrece a todos los sacerdotes la posibilidad de celebrar la Misa también en la forma tradicional y a los fieles de ejercitar el derecho de tener este rito cuando hay las condiciones especificadas en el motu proprio». Señalaba también que el Papa ofrece a la Iglesia una riqueza que es espiritual, cultural, religiosa y católica, que incluso prelados de las Iglesias ortodoxas, anglicana y protestante han agradecido y valorado. Reconocía que en el plano personal, «al retomar algunas veces el rito extraordinario, también yo he redescubierto la riqueza de la antigua liturgia que el Papa quiere mantener viva, conservando aquella forma centenaria de la tradición romana» (Entrevista de Gianluca Biccini al Cardenal Darío Castrillón. L’osservatore Romano, 28.III.2008).

Meses más tarde, en una conferencia de prensa realizada en Londres el 14 de junio de 2008, el Cardenal Castrillón expresaba con gran claridad y convicción cuál era el deseo del Santo Padre al respecto: «Permítanme decir esto claramente: el Santo Padre quiere que el antiguo uso de la Misa se convierta en algo normal en la vida litúrgica de la Iglesia, para que todos los fieles de Cristo –jóvenes y ancianos– puedan familiarizarse con los ritos más antiguos y extraer de ellos su belleza y trascendencia tangibles. El Santo Padre lo quiere tanto por razones pastorales como teológicas». A la pregunta de si sería del agrado del Papa ver a muchas parroquias normales ofrecer el rito gregoriano, su Eminencia respondió: «Todas las parroquias. No muchas, todas las parroquias, porque este es un regalo de Dios. Él ofrece estas riquezas, y es importantísimo para las nuevas generaciones conocer el pasado de la Iglesia. Este tipo de culto es tan noble, tan bello, la manera teológica más profunda de expresar nuestra Fe. El culto, la música, la arquitectura, la pintura, hacen un todo que es un tesoro. El Santo Padre desea ofrecer a toda la gente esta posibilidad, no sólo para algunos grupos que lo requieran, sino para que todos conozcan esta forma de celebrar la Eucaristía en la Iglesia Católica».

A su vez, el Cardenal Antonio Cañizares, llamado el 2009 a presidir la Sagrada Congregación para el Culto Divino, consideraba que con la promulgación del Motu Proprio Summorum Pontificum, «la voluntad del Papa no ha sido únicamente satisfacer a los seguidores de monseñor Lefevbre, ni limitarse a responder a los justos deseos de los fieles que se sienten ligados, por diversos motivos, a la herencia litúrgica representada por el rito romano, sino también, y de manera especial, abrir la riqueza litúrgica de la Iglesia a todos los fieles, haciendo posible así el descubrimiento de los tesoros del patrimonio litúrgico de la Iglesia a quienes aún lo ignoran» (Prólogo del Cardenal Cañizares al libro de Nicola Bux La Reforma de Benedicto XVI, 2009).

El Cardenal Malcolm Ranjith, Secretario de la Congregación para el Culto divino entre los años 2005-2009, y acérrimo defensor de las disposiciones litúrgicas del Papa Benedicto, en una carta dirigida a la Federación Internaciona Una Voce (FIUV) con ocasión de su 20 Asamblea General, también manifestaba su «firme convicción de que el Vetus Ordo representa en gran medida y de manera más satisfactoria, la forma que llaman mística y trascendente, para el encuentro con Dios en la liturgia. Por lo tanto, ha llegado el momento para nosotros de, no solo renovar la nueva liturgia a través de cambios profundos, sino también de alentar más y más la vuelta del Vetus Ordo, como un camino para la verdadera renovación de la Iglesia, que fue la que los Padres de la Iglesia, sentados en el Concilio Vaticano II, tanto desearon» (24-VIII-2011).

Los testimonios en esta línea podrían multiplicarse indefinidamente. Por ahora me limito a señalar que en la Instrucción Universae Ecclesiae (30 de abril de 2011) sobre algunos aspectos a tener en cuenta en la aplicación de Summorum Pontificum, se menciona como primera finalidad del Motu Proprio «ofrecer a todos los fieles la Liturgia Romana en el usus antiquor, considerada como un tesoro que hay  que conservar» (Nº 8, a), como también «ofrecer y asegurar el uso de la forma extraordinaria a quienes lo pidan» y «favorecer la reconciliación en el seno de la Iglesia».

Si el objetivo fundamental del Papa Benedicto XVI al promulgar el Motu Propio Summorum Pontificum era ofrecer una dádiva generosa a la totalidad de los fieles, resulta difícil comprender que vastos sectores de la Iglesia no se hayan sentido interpelados para nada por los requerimientos de este documento. Muchos han pensado que se trataba de algo que no les incumbía, y se han marginado de cualquier intento o iniciativa al respecto. No pocos pastores se han considerado totalmente eximidos de tomar alguna medida en orden a implementar las disposiciones del Papa contenidas en el Motu Proprio, como si se tratara de algo ajeno a su ministerio pastoral, al bien de las almas o al incremento de la religión. Sin embargo, tanto los textos del mismo Papa como las opiniones de sus más cercanos colaboradores, muestran claramente que Summorum Pontificum fue pensado y querido como un bien para toda la Iglesia y no solo para satisfacer las justas demandas de grupos restringidos de fieles. Parroquias y capillas deberían estar en condiciones de ofrecer como algo ordinario la Forma extraordinaria, y esta forma del rito romano debería ser familiar a cualquier persona que se prepara para el sacerdocio. Benedicto XVI siempre ha sido consciente de que la prohibición, al menos de facto, del Misal de San Pío V, editado por última vez en 1962, constituía una señal negativa en la vida litúrgica de la Iglesia, y los hechos le han dado la razón. Por lo mismo, en el 2007, consideró llegado el momento de volver a restablecer la antigua liturgia para bien de la Iglesia y de tantas personas amantes de lo noble y sagrado. En estos doce años, la forma extraordinaria se ha extendido por todo el mundo y sus frutos son bien patentes. Hoy podemos constatar con agradecimiento a Dios que el regreso de la Misa tridentina no tiene vuelta atrás: las generaciones más jóvenes la aprecian y valoran, la buscan y la aman.

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