sábado, 26 de abril de 2014

LOS SACERDOTES QUE ANHELABA EL SANTO PAPA JUAN

Extracto de la Encíclica Sacerdotii Nostri Primordia de su Santidad Juan XXIII, en el centenario del tránsito del Santo Cura de Ars. (1 de agosto de 1959)

“En la vida de un sacerdote, nada puede sustituir a la oración silenciosa y prolongada ante el altar. La adoración de Jesús, nuestro Dios; la acción de gracias, la reparación por nuestras culpas y por las de los hombres, la súplica por tantas intenciones que le están encomendadas, elevan sucesivamente al sacerdote a un mayor amor hacia el Divino Maestro, al que se ha entregado, y hacia los hombres que esperan su ministerio sacerdotal. Con la práctica de este culto, iluminado y ferviente, a la Eucaristía, el sacerdote aumenta su vida espiritual, y así se reparan las energías misioneras de los apóstoles más valerosos.
Es preciso añadir el provecho que de ahí resulta para los fieles, testigos de esta piedad de sus sacerdotes y atraídos por su ejemplo. «Si queréis que los fieles oren con devoción —decía Pío XII al clero de Roma— dadles personalmente el primer ejemplo, en la iglesia, orando ante ellos. Un sacerdote arrodillado ante el tabernáculo, en actitud digna, en un profundo recogimiento, es para el pueblo ejemplo de edificación, una advertencia, una invitación para que el pueblo le imite» (Discurso, 13 de marzo 1943: AAS 35 (1943), 114-115). La oración fue, por excelencia, el arma apostólica del joven Cura de Ars. No dudemos de su eficacia en todo momento.
Mas no podemos olvidar que la oración eucarística, en el pleno significado de la palabra, es el Santo Sacrificio de la Misa. Conviene insistir, Venerables Hermanos, especialmente sobre este punto, porque toca a uno de los aspectos esenciales de la vida sacerdotal.
Y no es que tengamos intención de repetir aquí la exposición de la doctrina tradicional de la Iglesia sobre el sacerdocio y el sacrificio eucarístico; Nuestros Predecesores, de f.m., Pío XI y Pío XII en magistrales documentos, han recordado con tanta claridad esta enseñanza que no Nos resta sino exhortaros a que los hagáis conocer ampliamente a los sacerdotes y fieles que os están confiados. Así es como se disiparán las incertidumbres y audacias de pensamiento que aquí y allá, se han manifestado a este propósito.
Mas conviene mostrar en esta Encíclica el sentido profundo con que, el Santo Cura de Ars, heroicamente fiel a los deberes de su ministerio, mereció en verdad ser propuesto a los pastores de almas como ejemplo suyo, y ser proclamado su celestial Patrono. Porque si es cierto que el sacerdote ha recibido el carácter del Orden para servir al altar y si ha comenzado el ejercicio de su sacerdocio con el sacrificio eucarístico, éste no cesará, en todo el decurso de su vida, de ser la fuente de su actividad apostólica y de su personal santificación. Y tal fue precisamente el caso de San Juan María Vianney.
De hecho, ¿cuál es el apostolado del sacerdote, considerado en su acción esencial, sino el de realizar, doquier que vive la Iglesia, la reunión, en torno al altar, de un pueblo unido por la fe, regenerado y purificado? Precisamente entonces es cuando el sacerdote en virtud de los poderes que sólo él ha recibido, ofrece el divino sacrificio en el que Jesús mismo renueva la única inmolación realizada sobre el Calvario para la redención del mundo y para la glorificación de su Padre. Allí es donde reunidos ofrecen al Padre celestial la Víctima divina por medio del sacerdote y aprenden a inmolarse ellos mismos como «hostias vivas, santas, gratas a Dios» (Rom 12, 1). 

miércoles, 23 de abril de 2014

LAS LLAGAS DE CRISTO, SEÑALES DE SU TRIUNFO

Al hablar de las cualidades de Cristo resucitado, Tomás de Aquino presenta una serie de razones –en su mayoría tomadas de los Padres de la Iglesia- con objeto de fundamentar teológicamente la conveniencia de que el cuerpo de Cristo resucitara con las llagas o cicatrices de la pasión. Estos argumentos arrojan un  haz de luz sobre nuestros corazones, ayudando a comprender por qué los santos de todos los tiempos han quedado cautivados por estas heridas de Cristo y han hecho de cada una de ellas un espléndido e insustituible refugio.

“Fue conveniente que en la resurrección, el alma de Cristo tomase el cuerpo con las cicatrices.
Primero, por la gloria del propio Cristo. En efecto, dice San Beda que conservó las cicatrices no por la impotencia de curarlas, sino para llevar siempre consigo las señales de su triunfo. Y por esto mismo dice San Agustín que tal vez en aquel reino veremos en los cuerpos de los mártires las cicatrices de las heridas que sufrieron por el nombre de Cristo; no será en ellos una deformidad sino un dignidad; y brillará en su cuerpo cierta belleza, no del propio cuerpo sino de la virtud.
Segundo, para confirmar los corazones de los discípulos en lo tocante a la fe de su resurrección.
Tercero, para mostrar siempre al Padre, en sus ruegos por nosotros, qué género de muerte sufrió por el hombre.
Cuarto, para dar a conocer a los redimidos con su muerte cuán misericordiosamente habían sido socorridos, poniéndoles delante las señales de esa misma muerte.
Finalmente, para anunciar en el juicio cuán justamente son condenados. Por esto dice San Agustín en el libro “Sobre el Símbolo”: Cristo sabía la razón de conservar las cicatrices en su cuerpo. Así como las mostró a Tomás, que no estaba dispuesto a creer sin tocar y ver, así también habrá de mostrar sus heridas a los enemigos, para que, convenciéndolos, la Verdad les diga: He aquí el hombre a quien crucificasteis. Veis las heridas que le hicisteis. Reconocéis el costado que atravesasteis. Porque por vosotros, y por vuestra causa, fue abierto; pero no quisisteis entra” (S. Th., III, q. 54, a.4 c.).

domingo, 20 de abril de 2014

¡QUÉ NOCHE TAN DICHOSA! TOMÁS DE AQUINO Y EL PORQUÉ DE LA RESURRECCIÓN DE CRISTO

He aquí la respuesta del Doctor Angélico a la cuestión de si fue necesario que Cristo resucitase.

“Por cinco razones fue necesario que Cristo resucitara: Primero, para manifestación de la justicia divina, a la que pertenece ensalzar a los que por Dios se humillan, según aquellas palabras de Lc 1, 52: Derribó a los poderosos de su trono, y exaltó a los humildes. Así pues, al haberse humillado Cristo hasta la muerte de cruz, por caridad y por obediencia a Dios, era necesario que fuese exaltado por Dios hasta la resurrección gloriosa. Por esto se dice de su persona en el Sal 138, 2: Tú conociste, esto es, aprobaste mi sentarme, es decir, mi humillación y mi pasión y mi levantarme, que es mi glorificación por la resurrección, como lo expone la Glosa.
Segundo, para la instrucción de nuestra fe. Por su resurrección, efectivamente, fue confirmada nuestra fe en la divinidad de Cristo porque, como se dice en 2 Cor 13, 4, aunque fue crucificado por nuestra flaqueza, está sin embargo vivo por el poder de Dios. Y, por este motivo, se escribe en 1 Cor 15,14: Si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación, y vana es nuestra fe. Y en el Sal 29, 10 se pregunta: ¿Qué utilidad habrá en mi sangre, esto es, en el derramamiento de mi sangre, mientras desciendo, como por unos escalones de calamidades, a la corrupción? Como si dijera: Ninguna. Pues si no resucito al instante, y mi cuerpo se corrompe, a nadie predicaré, a nadie ganaré, según expone la Glosa.
Tercero, para levantar nuestra esperanza. Pues, al ver que Cristo resucita, siendo El nuestra cabeza, esperamos que también nosotros resucitaremos. De donde, en 1 Cor 15,12, se dice: Si se predica que Cristo ha resucitado de entre los muertos, ¿cómo algunos de entre vosotros dicen que no hay resurrección de los muertos? y en Job 19,25-27 se escribe: Yo sé, es claro que por la certeza de la fe, que mi Redentor, esto es, Cristo, vive, por resucitar de entre los muertos, y por eso resucitaré yo de la tierra en el último día; esta esperanza está asentada en mi interior.
Cuarto, para instrucción de la vida de los fieles, conforme a aquellas palabras de Rom 6, 4: Como Cristo resucitó de entre los muertos por medio de la gloria del Padre, así también nosotros vivamos una vida nueva. Y más adelante (v. 9-11): Cristo, al resucitar de entre los muertos, ya no muere; así, pensad que también vosotros estáis muertos al pecado, pero vivos para Dios.
Quinto, para complemento de nuestra salvación. Porque, así como por este motivo soportó los males muriendo para librarnos de ellos, así también fue glorificado resucitando para llevarnos los bienes, según aquel pasaje de Rom 4,25: Fue entregado por nuestros pecados, y resucitó para nuestra justificación”. (S. Th., III, q. 53, a.1, c.)

sábado, 19 de abril de 2014

BESAR EL CRUCIFIJO

''Pensemos mucho durante esta semana en el dolor de Jesús y digámonos a nosotros mismos: Es por mí; aunque yo hubiera sido la única persona en el mundo, lo habría hecho: por mí. Besemos el crucifijo y digamos: Por mí, gracias Jesús, por mí... Esta semana nos hará bien tomar el crucifijo en la mano, besarlo tantas veces y decir: ¡Gracias Jesús, gracias Señor!''. (Papa Francisco, 16-4-2014)

jueves, 17 de abril de 2014

TOMÁS DE AQUINO Y EL PORQUÉ DE LA PASION DE CRISTO

En suma teológica, III, q. 46, a.3, Santo Tomás de Aquino, respondiendo a la cuestión Si hubo otro modo más conveniente para librar al hombre que la pasión de Cristo, nos presenta una síntesis profunda de las razones por las que la pasión del Señor fue el modo más excelente de llevar a cabo nuestra salvación.

“Un medio es tanto más conveniente para conseguir un fin cuanto más ventajas concurren en él para lograr tal fin. Ahora bien, en la liberación del hombre por la pasión de Cristo concurren muchas circunstancias que pertenecen a la salvación del hombre, fuera de la liberación del pecado.
Primero, por este medio conoce el hombre lo mucho que Dios le ama, y con esto es invitado a amarle a Él, en lo cual consiste la perfección de la salvación humana. Por lo que dice el Apóstol en Rm 5,8-9: Dios prueba su amor para con nosotros en que, siendo todavía pecadores, Cristo murió por nosotros.
Segundo, porque con esto nos dio ejemplo de obediencia, humildad, constancia, justicia y demás virtudes manifestadas en la pasión, necesarias para la salvación de los hombres. De donde se dice en 1 Pt 2,21: Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo para que sigamos sus pasos.
Tercero, porque Cristo con su pasión no sólo liberó al hombre del pecado, sino que también mereció para él la gracia de la justificación y la gloria de la bienaventuranza, como luego se dirá.
Cuarto, porque con esto se intimó al hombre una mayor necesidad de conservarse inmune de pecado, según aquellas palabras de 1 Co 6,20: Habéis sido comprados a gran precio, glorificad y llevad a Dios en vuestro cuerpo.
Quinto, porque realza más la dignidad del hombre, de suerte que, cómo un hombre fue vencido y engañado por el diablo, así fuese también otro hombre el que derrotase al diablo; y así como un hombre mereció la muerte, así otro hombre, muriendo, venciese la muerte, como se lee en 1 Co 15, 57: Gracias a Dios, que nos ha dado la victoria por medio de Jesucristo.
Y, en consecuencia, fue más conveniente ser liberados por la pasión de Cristo que serlo solamente por la voluntad de Dios”.

miércoles, 16 de abril de 2014

UN PAPA EXTRAORDINARIO

87 años del Papa Benedicto
¡Muchísimas felicidades, Santidad!
¡Muchísimas gracias, Santo Padre!

domingo, 13 de abril de 2014

CONSIDERACIONES PARA EL DOMINGO DE RAMOS

La fluctuante gloria de los hombres

“Amadísimo Jesús mío, quisiste entrar solemnemente en Jerusalén para que la ignominia de vuestra pasión y muerte contraste con la honra y gloria que aquel día recibisteis. Pronto se trocarán en maldiciones e injurias las alabanza y vítores con que hoy os aclaman. Hoy dicen: Hosanna, salud y gloria al Hijo de Davis; bendito sea el que viene en nombre del Señor. Dentro de algunos días alzarán la voz diciendo: Quita, quítale de en medio, crucifícale”… Ahora se despojan de sus vestidos, y después os despojaran, Jesús mío, de los vuestros para azotaros y crucificaros. Ahora tapizan de ramos las calles que habéis de atravesar, y luego tomarán manojos de espinas que traspasen vuestra frente. Ahora os colman de bendiciones, y después no se cansarán de ultrajaros e insultaros. Alma mía, sal al encuentro de tu Dios y dile con afecto y agradecimiento: Bendito sea el que viene en nombre del Señor”. (San Alfonso María de Ligorio)

Convertir nuestra vida en un hosanna sin fin

“Cristo debe reinar, antes que nada, en nuestra alma. Pero qué responderíamos, si El preguntase: tú, ¿cómo me dejas reinar en ti? Yo le contestaría que, para que El reine en mí, necesito su gracia abundante: únicamente así hasta el último latido, hasta la última respiración, hasta la mirada menos intensa, hasta la palabra más corriente, hasta la sensación más elemental se traducirán en un hosanna a mi Cristo Rey”. (San Josemaría Escrivá)

Soberanía y dependencia

“Quizá no se ha escrito nunca una paradoja tan grande como esta: por un lado la soberanía del Señor, y por otra, su necesidad. Esta combinación de divinidad y dependencia, de posesión y pobreza, era consecuencia de que la Palabra o el Verbo se hubieran hecho carne. Realmente, el que era rico se había hecho pobre por nosotros, para que nosotros pudiéramos ser ricos. Pidió prestado a un pescador una barca desde la cual poder predicar; tomó prestado panes de cebada y peces que llevaba un muchacho con objeto de alimentar a la multitud; tomó prestado una sepultura de la cual resucitaría, y ahora tomaba prestado un asno sobre el cual entrar en Jerusalén… Para aquellos que le conocen, les es suficiente oír estas palabras: El Señor tiene necesidad de tal cosa”. (Venerable Fulton Sheen)