martes, 24 de octubre de 2023

ALABAD A DIOS CON BELLEZA Y MAESTRÍA

Texto tomado de una catequesis de San Juan Pablo II sobre la debida grandeza que debe acompañar nuestra alabanza al Creador. El Papa exhorta a permanecer vigilantes para que la liturgia no se contamine de elementos impropios y poco acordes con la grandeza del acto que se celebra.

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«Resuena por segunda vez en la liturgia de Laudes el salmo 150, que acabamos de proclamar:  un himno festivo, un aleluya al ritmo de la música. Es el sello ideal de todo el Salterio, el libro de la alabanza, del canto y de la liturgia de Israel.

El texto es de una sencillez y transparencia admirables. Sólo debemos dejarnos llevar por la insistente invitación a alabar al Señor: “Alabad al Señor (...), alabadlo (...), alabadlo”. Al inicio, Dios se presenta en dos aspectos fundamentales de su misterio. Es, sin duda, trascendente, misterioso, distinto de nuestro horizonte:  su morada real es el “templo” celestial, su “fuerte firmamento”, semejante a una fortaleza inaccesible al hombre. Y, a pesar de eso, está cerca de nosotros:  se halla presente en el “templo” de Sión y actúa en la historia a través de sus “obras magníficas”, que revelan y hacen visible “su inmensa grandeza” (cf. vv. 1-2).

Así, entre la tierra y el cielo se establece casi un canal de comunicación, en el que se encuentran la acción del Señor y el canto de alabanza de los fieles. La liturgia une los dos santuarios, el templo terreno y el cielo infinito, Dios y el hombre, el tiempo y la eternidad …

Por tanto, es necesario descubrir y vivir constantemente la belleza de la oración y de la liturgia. Hay que orar a Dios no sólo con fórmulas teológicamente exactas, sino también de modo hermoso y digno.

A este respecto, la comunidad cristiana debe hacer un examen de conciencia para que la liturgia recupere cada vez más la belleza de la música y del canto. Es preciso purificar el culto de impropiedades de estilo, de formas de expresión descuidadas, de músicas y textos desaliñados, y poco acordes con la grandeza del acto que se celebra». 

(San Juan Pablo II, Audiencia general, miércoles 26 de febrero de 2003). Los destacados son nuestros.

Fuente: www.vatican.va




 

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