Tibi laus, tibi gloria, tibi gratiarum actio
in saecula sempiterna,
o Beata Trinitas.
Publico en español este artículo testimonial
de Daniela Bovolenta, madre de cinco hijos, oblata benedictina que trabaja en
tecnología digital. Amante de las tradiciones culturales occidentales, de la
liturgia tradicional, de lo bello y elegante.
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POR QUÉ ASISTO A LA MISA LATINA TRADICIONAL
Por Daniela Bovolenta
Fuente: ordorerum.substack.com
«...cuando comenzó el Kyrie, fue como
si los cielos se abrieran» (Benedicto
XVI, 7° Encuentro Mundial de las Familias, 2012).
Abro la puerta de madera de la abadía,
paso de la luz a la penumbra, suenan las campanas, unos cincuenta monjes
vestidos de negro entran de dos en dos, caminan hacia la nave central, avanzan
hacia el centro de la iglesia, se arrodillan mirando hacia el sagrario, luego
se colocan uno frente al otro, hacen una reverencia profunda, se dan la vuelta
y cada uno se dirige a su propio banco.
Las campanas ahora callan, el anillo del
padre abad golpea la madera para dar la señal de inicio, se hace la señal de la
cruz y comienza el canto gregoriano.
Ya no estoy en la misma dimensión en la
que me encontraba hace unos minutos.
Este es el momento en el que toda la
historia humana converge, los ángeles del Paraíso se hacen presentes y la
liturgia humana y la celestial se funden en una sola. A partir de este momento,
la Misa se celebra en el Paraíso, sobre el altar del Señor.
Desde hace años que ya asisto
habitualmente a la misa en el vetus ordo, o a la misa tradicional en
latín, según cómo se quiera llamar. Se trata de la misa que se celebraba en la
Iglesia católica hasta la reforma litúrgica de 1969. A partir de esa fecha
entró en vigor el nuevo misal, cuyo cambio más visible fue la traducción a las
distintas lenguas vernáculas, pero no fue el único: el celebrante, que antes se
dirigía ad Deum (hacia Dios), ahora celebra ad populum (hacia la
asamblea de los fieles), cambian las lecturas, la organización del año
litúrgico y la estructura de la misa.
La misa precedente (el usus antiquior)
se convierte en objeto de disputas y resistencias, y sigue celebrándose en
círculos reducidos, para cobrar posteriormente un nuevo impulso cuando el papa
Benedicto XVI promulga el motu proprio Summorum Pontificum, en 2007.
Será nuevamente restringida, pero no suprimida, por el papa Francisco con Traditionis
Custodes (2021). Los acontecimientos relacionados con esta celebración son
complejos, y en algunos casos dolorosos, y han sido tratados por numerosos
historiadores y especialistas, sin duda más competentes que yo.
Lo que me gustaría explicar aquí es el
motivo de esta decisión por mi parte.
En primer lugar, la lex orandi es
la lex credendi, es decir, creemos como rezamos y rezamos como creemos,
y el énfasis de la misa tradicional está en el sacrificio. El protagonista es
Cristo, quien, en la persona del sacerdote, renueva el sacrificio del Calvario.}
El silencio, la adoración, estar vueltos
hacia el Señor, sentirnos transportados a los pies de la cruz durante la
Pasión, es el centro visible de la Misa.
El sacrificio perfecto de Cristo es el
centro de la historia humana y se renueva en cada Misa: toda la gestualidad,
las genuflexiones, los besos al altar, las manos juntas, el canon recitado en
voz baja, comunican que lo que ocurre en el altar es algo radicalmente distinto
de la asamblea. Entramos en la dimensión de la gratuidad respecto a nuestros
fines cotidianos, nos dirigimos hacia lo que está radicalmente sustraído a la
lógica de la utilidad y la funcionalidad inmediatas. Entramos en el reino de lo
verdadero y lo justo, que escapan a nuestros sentidos, a través de lo bello
que, en cambio, podemos percibir.
La belleza del canto gregoriano, los
ornamentos, el aroma del incienso, los vasos sagrados, la belleza de las
antífonas y las oraciones, la belleza de los movimientos mesurados, de las
velas, del arte sacro, de la arquitectura. Toda esta belleza no está hecha para
complacer a los hombres ni para excitar sus sentidos, sino para dar gloria a
Dios y elevar hacia Él las almas de los fieles.
Oramos con las mismas palabras, los
mismos gestos, la misma estructura con la que oraron Tomás de Aquino, Teresa de
Ávila, Felipe Neri, los campesinos medievales y los mártires. Esta continuidad
no es sentimentalismo: es la materialización de la idea de que la Iglesia es
una comunidad que abraza a los vivos y a los muertos, y que la liturgia es el
lugar donde se manifiesta esta comunión.
Además, tanto el sacerdote como los
fieles están vueltos hacia Dios, ad orientem. De hecho, el altar de las
iglesias está tradicionalmente orientado hacia el este, hacia el sol naciente,
símbolo de Cristo, y el sacerdote se dirige a Dios al frente del pueblo, que
mira en la misma dirección. Queda claro, pues, que el centro de la acción es
Cristo, no los hombres. Salimos de una perspectiva del espectáculo y de lo
personal para adentrarnos en la del culto racional.
El latín, por su parte, preserva la
inalterabilidad del texto sagrado frente a las desviaciones de las traducciones
nacionales (algunas de las cuales, en los años setenta y ochenta, fueron
teológicamente discutibles), crea una distancia sagrada entre el lenguaje
ordinario y el litúrgico, señalando que la misa no es una reunión sino un rito
y, por último, mantiene la universalidad de la oración católica más allá de las
culturas locales.
La misa tradicional es el lugar donde se
percibe físicamente que ocurre algo sobrenatural, que la forma misma transmite
el contenido. Es una experiencia difícil de reducir a argumentos, pero quien la
vive la reconoce de inmediato. Joseph Ratzinger la describía diciendo que en la
liturgia antigua se tiene la sensación de recibir algo que no ha sido creado
por nadie.
En todos nosotros coexisten un alma
eterna, que lleva en sí los signos de su creador, y una mente que se forma con
el tiempo, que encuentra en la época en la que vive el material del que está
constituida e incluso el lenguaje en el que opera. La liturgia es el lugar
donde el Creador moldea lo que somos en lo más profundo, con una acción
sacramental que evoca la huella que lo divino ha dejado en nosotros, nos eleva
por encima de nuestro tiempo para llevarnos a la dimensión de la eternidad. Si
realmente nos dejáramos alcanzar por lo que ocurre ante nuestra presencia
durante la Misa, saldríamos capaces de reconocer los signos del Creador en cada
cosa, en nuestro prójimo, en los árboles y en las estrellas, en una brizna de
hierba y en Dios que sufre en la cruz. Ciertamente, por lo que a mí respecta,
este estado de ánimo se alcanza más fácilmente cuando participo en la Misa
tradicional.
Al final, las campanas vuelven a sonar,
la puerta se abre de nuevo y se vuelve a la luz.