domingo, 29 de junio de 2025

PEDRO Y PABLO, DISTINTOS PERO SIEMPRE HERMANOS

Extracto de una homilía del Papa Benedicto XVI pronuniada durante la celebración de las primeras vísperas de la fiesta de San Pedro y San Pablo. (Basílica de San Pablo Extramuros, jueves 28 de junio de 2007).

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«Una antiquísima tradición, que se remonta a los tiempos apostólicos, narra que precisamente a poca distancia de este lugar tuvo lugar su último encuentro antes del martirio:  los dos se habrían abrazado, bendiciéndose recíprocamente. Y en el portal mayor de esta basílica están representados juntos, con las escenas del martirio de ambos. Por tanto, desde el inicio, la tradición cristiana ha considerado a san Pedro y san Pablo inseparables uno del otro, aunque cada uno tuvo una misión diversa que cumplir:  san Pedro fue el primero en confesar la fe en Cristo; san Pablo obtuvo el don de poder profundizar su riqueza. San Pedro fundó la primera comunidad de cristianos provenientes del pueblo elegido; san Pablo se convirtió en el apóstol de los gentiles. Con carismas diversos trabajaron por una única causa:  la construcción de la Iglesia de Cristo.

En el Oficio divino, la liturgia ofrece a nuestra meditación este conocido texto de san Agustín: En un solo día se celebra la fiesta de dos apóstoles. Pero también ellos eran uno. Aunque fueron martirizados en días diversos, eran uno. San Pedro fue el primero; lo siguió san Pablo. (...) Por eso, celebramos este día de fiesta, consagrado para nosotros por la sangre de los Apóstoles (Disc. 295, 7. 8). Y san León Magno comenta: Con respecto a sus méritos y sus virtudes, mayores de lo que se pueda decir, nada debemos pensar que los oponga, nada que los divida, porque la elección los hizo similares, la prueba semejantes y la muerte iguales (In natali apostol., 69, 6-7)»…

Por tanto, aunque humanamente eran diversos, y aunque la relación entre ellos no estuviera exenta de tensiones, san Pedro y san Pablo aparecen como los iniciadores de una nueva ciudad, como concreción de un modo nuevo y auténtico de ser hermanos, hecho posible por el Evangelio de Jesucristo. Por eso, se podría decir que hoy la Iglesia de Roma celebra el día de su nacimiento, ya que los dos Apóstoles pusieron sus cimientos. Y, además, Roma comprende hoy con mayor claridad cuál es su misión y su grandeza. San Juan Crisóstomo escribe: El cielo no es tan espléndido cuando el sol difunde sus rayos como la ciudad de Roma, que irradia el esplendor de aquellas antorchas ardientes (san Pedro y san Pablo) por todo el mundo... Este es el motivo por el que amamos a esta ciudad... por estas dos columnas de la Iglesia (Comm. a Rom 32).




 

viernes, 27 de junio de 2025

CORAZÓN DE JESÚS, DELICIA DE TODOS LOS SANTOS

«¡Oh, Jesús, si en este día en que celebramos la fiesta de tu Sagrado Corazón quisieses encerrarnos en Él para no salir nunca más!»

Apuntes de una meditación dirigida por San Josemaría Escrivá en la noche del 3 al 4 de junio de 1937, vísperas de la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. Refugiado en la Legación de Honduras, no obstante las penalidades y angustias de la guerra civil española, su corazón no refleja tristeza ni amargura; solo suspira por refugiarse él y los suyos en ese Horno de ardiente caridad que es el Corazón de Cristo, y saborear las delicias que en él se encierran.

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«Ciérrense los ojos de nuestro cuerpo, ábranse los de nuestra alma; tengan paz nuestros oídos y pongámonos a escuchar la voz de nuestro Jesús. Hablémosle en confidencia amorosa, como amigos íntimos, como hermanos, como hijos. ¡Jesús: verte, hablarte! ¡Permanecer así, contemplándote, abismado en la inmensidad de tu hermosura y no cesar nunca, nunca, en esa contemplación! ¡Oh, Cristo, quién te viera! ¡Quién te viera para quedar herido de amor a Ti y, embriagado y sustentado de este amor, desentenderse completamente de las cosas mundanas!

¡Cristo, quién te viera! ¡Quién te viera y quedase amorosamente hundido en tu seno, amándote sin cesar y siendo amado de Ti, y reviviese el encanto de aquella vieja leyenda del monje que pasó los siglos -siglos que no fueron sino un momento- arrobado, en la presencia de tu infinita hermosura! Decía la leyenda que saliendo el monje del convento, fuese al bosque; pero allí Tú te apareciste ante sus ojos. Él se quedó quieto, gozándose de tu vista. Cuando terminó su contemplación, se levantó para regresar al convento. Pero sus muros eran otros, viejos, desmoronados. Miró en torno suyo y vio muy añosos los árboles. Llamó, al fin, y un fraile en hábito negro le abrió. El monje contempló con asombro su propio hábito blanco; el que le había abierto era de otra Orden. Es que su contemplación había durado tres siglos y en ellos el mundo se había agitado, la revolución había pasado, arrollándolo todo, por aquellas tierras, y tras esos sucesos una nueva Orden se había asentado en el monasterio. Tres siglos del mundo, largos, llenos de devastación, de ruido, de agitación, no eran sino un momento ante la eternidad de Dios.

¡Jesús: verte, hablarte, amarte y sentirse amado de Ti! ¡Olvidarse de las ataduras de este mundo, librarse de su yugo y dejarte la plena posesión de nuestro corazón, abierto para Ti y sólo para Ti! Tú sabes, Señor, que te amo. Sí –te lo confieso como Pedro (Cfr. Jn 21, 17)–, Tú sabes que, a pesar de mi miseria, te amo, y que en medio de mis locuras no he dejado de amarte. Pues multiplica Tú, con tu poder y tu piedad, este amor hasta que no tenga límite ni medida. Hiere el corazón de este pobre y los de todos mis hijos, los de todos tus hijos, y aplícales tu cauterio para que nunca más deseen gustar de las cosas mundanas. Envuélvenos en las llamas de tu amor, y que nos consuman y nos curen y nos purifiquen. Dios mío, que seamos ya tuyos, tuyos solamente, y no nos sintamos atraídos por los goces y afectos de aquí abajo. ¡Oh, Jesús, si en este día en que celebramos la fiesta de tu Sagrado Corazón quisieses encerrarnos en Él para no salir nunca más! …

Yo quiero verme ahora, Dios mío, junto a la herida de tu pecho; y pensar en todos mis hijos, en todos los que ahora son miembros vivos de este Cuerpo vivo de tu Obra. Nombrándolos, consideraré sus cualidades, sus virtudes, sus defectos, y luego te suplicaré, empujándolos hacia Ti, uno a uno: "¡Adentro!". Los meteré dentro de tu Corazón. Así quiero hacer con cada uno y con todos los que vendrán después, durante siglos, hasta el fin del mundo, a formar parte de esta familia sobrenatural. Todos, todos unidos en el Corazón de Cristo, todos hechos uno por amor a Él y todos desprendidos de las cosas de la tierra por la fuerza de este amor acompañado de la mortificación. Queremos ser como los primeros cristianos; vamos a revivir su espíritu en el mundo. Empecemos, pues, por hacer real dentro de la Obra aquella afirmación: congregavit nos in unum Christi amor (Himno Ubi caritas).

(San Josemaría Escrivá, Crecer para adentro, Textos tomados de la predicación del Fundador del Opus Dei Madrid 1937, Roma 1997, p. 105 y ss.)


lunes, 23 de junio de 2025

EL PORQUÉ DE LA PROCESIÓN DEL CORPUS

El Papa León XIV preside a pie su primera procesión del Corpus

¿Por qué en la fiesta del CORPUS se lleva solemnemente la Santísima Eucaristía en procesión?


–En la fiesta del Corpus se lleva solemnemente la Santísima Eucaristía en procesión:
 
1° para honrar la Humanidad Santísima de nuestro Señor, escondida en las especies sacramentales;
2° para avivar la fe y aumentar la devoción de los fieles a este misterio;
3° para celebrar la victoria que ha dado a su Iglesia contra todos los enemigos del Sacramento;
4° para reparar de algún modo las injurias que recibe de los enemigos de nuestra religión.

¿Cómo hay que asistir a la procesión del CORPUS?

–A la procesión del Corpus hay que asistir:


1° con gran recogimiento y modestia, no mirando a una parte y a otra ni hablando sin necesidad;
2° con intención de honrar por medio de nuestras adoraciones el triunfo de Jesucristo;
3° pidiéndole humildemente perdón de las comuniones indignas y de todas las demás profanaciones que se cometen contra este divino Sacramento;
4° con sentimientos de fe, confianza, amor y reconocimiento a Jesucristo, presente en la hostia consagrada.

(Catecismo de San Pío X)


 

domingo, 1 de junio de 2025

¿CÓMO CELEBRAR LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR?

¿Qué hemos de hacer para celebrar dignamente la fiesta de la Ascensión?

–Para celebrar dignamente la fiesta de la Ascensión hemos de hacer tres cosas:

1ª adorar a Jesucristo en el cielo como medianero y abogado nuestro;

2ª despegar enteramente nuestro corazón de este mundo como de lugar de destierro y aspirar únicamente al cielo, nuestra verdadera patria;

3ª determinarnos a imitar a Jesucristo en la humildad, en la mortificación y en los padecimientos, para tener parte en su gloria. (Catecismo San Pío X).


 

lunes, 26 de mayo de 2025

¡HE AHÍ EL AMOR MÍO, DADME EL AMOR MÍO!

San Felipe Neri

«San Felipe, el venerado apóstol de Roma, que tuvo la dicha de morir el día mismo del Corpus Christi, yacía sobre su lecho, extenuado de fuerzas por los males que le afligían; octogenario, había llegado ya al término de su carrera. No habla el santo anciano; parece que duerme. Pero no duerme; es que está absorto en Dios; está en espera y aguarda… De repente un sonido de campanillas lo conmueve… ¡Es el Viático, es el Señor que viene… el Señor! A este sonido, sus fuerzas retornan, sus miembros parecen reanimarse; quiere arrojarse del lecho y arrodillarse a toda costa… Y cuando ve aparecer el Santísimo Sacramento, no es ya hombre de la tierra; en aquel momento, Felipe Neri es ángel del cielo; diré mejor, es un serafín herido, un serafín que arde, que grita: ¡He ahí el Amor mío, he ahí el Amor mío…dadme, dadme el Amor mío! Si nadie hubiese escrito la vida de San Felipe Neri, esta escena de cielo bastaría para revelarla; bastaría este momento solo para testificar la virtud de sus gloriosos ochenta años. El último grito de su vida sería su panegírico más hermoso; y solo el Viático demostraría que era un gran santo, y especialmente un grande enamorado del Santísimo Sacramento» (Antonio de Castellammare, El alma eucarística, Ed. Casals, p. 261).

lunes, 19 de mayo de 2025

DOS HERMOSAS COLECTAS DEL VIEJO MISAL

El antiguo misal es un tesoro de oraciones preciosas que no termino de descubrir del todo. En mis últimas vacaciones me topé con dos hermosas colectas, lamentablemente desaparecidas en el misal de Pablo VI, que han sido de gran provecho para mi meditación. Se trata de la colecta de la misa votiva de San Pedro y San Pablo y de la colecta de la misa votiva de la Pasión del Señor. En la primera, sobresale la idea de que los Apóstoles Pedro y Pablo, auténticos cimientos de la Iglesia, deben toda su fortaleza al potente brazo de Dios que los ha liberado de las turbulencias y profundidades del mar; es siempre su mano salvadora la que los saca a flote. La segunda es una maravillosa síntesis cristológica–espiritual: Jesucristo ha bajado del cielo para derramar copiosamente su sangre por nosotros y así darnos la posibilidad de que, colocados a su derecha, merezcamos escuchar de sus labios de Juez universal una sentencia favorable de salvación: Venid benditos de mi Padre, tomad posesión del reino…


Colecta de la misa votiva de San Pedro y San Pablo:

«Oh Dios, cuya diestra sostuvo a Pedro caminando sobre las olas para que no se hundiese y salvó a Pablo, su hermano en el apostolado, náufrago por tres veces, de lo más profundo del mar; óyenos propicio, y concede que, por los méritos de ambos, alcancemos la gloria de la eternidad. Tú que vives y reinas».

«Deus, cujus déxtera beátum Petrum, ambulántem in flúctibus, ne mergerétur, eréxit, et coapóstolum ejus Paulum, tértio naufragántem, de profundo pélagi liberávit: exáudi nos propítius, et concéde; ut, ambórum méritis, æternitátis glóriam consequámur: Qui vivis et regnas». 


Colecta de la misa votiva de la Pasión del Señor:

«Oh Señor Jesucristo, que desde el seno del Padre has bajado de los cielos a la tierra para derramar tu preciosa sangre en remisión de nuestro pecados; te suplicamos humildemente que, colocados en el día del juicio a tu derecha, merezcamos oír: Venid, benditos. Tú que con el mismo Dios Padre y el Espíritu Santo vives y reinas».

«Dómine Jesu Christe, qui de coelis ad terram de sinu Patris descendísti, et sánguinem tuum pretiósum in remissiónem peccatórum nostrórum fudísti: te humíliter deprecámur; ut in die judícii, ad déxteram tuam, audíre mereámur: Veníte, benedícti: Qui cum eodem Deo Patre et Spíritu Sancto vivis et regnas Deus, per ómnia sǽcula sæculórum».

 

miércoles, 30 de abril de 2025

LA SABIDURÍA DE CATALINA. SOLO SÉ QUE NADA SOY

Santa Catalina de Siena

La célebre frase atribuida universalmente a Sócrates «sólo sé que nada sé» inmortalizó un principio básico del saber recto: solo una actitud humilde de la inteligencia (nada sé) nos pone en óptimas condiciones de captar la realidad objetiva del mundo y del hombre. En el ámbito religioso sucede algo muy similar; solamente la conciencia de que no somos nada nos acerca al que lo es todo, Dios Creador nuestro. Esta percepción de radical insuficiencia está en la base de la vida de los santos, los amigos íntimos de Dios. Así lo refleja un breve ensayo sobre Catalina de Siena.

* * *

«¿No se creería uno estar escuchando el eco de la lección fundamental recibida en la diminuta celda de Siena: «Hija mía —le había dicho el Señor—, sabes quién eres tú y quién soy Yo? Si posees este doble conocimiento, serás feliz. Tú eres la que no es; Yo soy el que soy.»

Lección corta, de fecundidad inagotable, que guio la vida entera de Catalina y puso en su oración el distintivo de la humildad. La santa debía de pensar en esto, sin duda, cuando se explayaba con impetuoso entusiasmo:


¡Oh Bien supremo y eterno! ¿Quién, pues, te indujo a Ti, Dios infinito, a iluminarme con la luz de tu verdad, a mí, tu pequeña criatura? Sólo Tú, Fuego de amor. Siempre el Amor, el Amor sólo, te impulsó y te impulsa a crear a tu imagen y semejanza tus criaturas racionales y a tener misericordia de ellas, colmándolas de gracias infinitas y de dones sin mesura...

En cuanto a mí, soy la que no es. Si dijera que soy algo por mí misma, mentiría, sería hija del demonio, padre de la mentira. Tú sólo eres el que es. 

Magnánima humildad. Sentía esta alma transparente irresistible necesidad de hacer justicia al infinito; un movimiento irreprimible le forzaba a rebajarse, a prosternarse ante «el que es». Escuchadla orar: «Yo hablaré al Señor —decía el Patriarca Abraham—aunque no sea más que polvo y ceniza.» Así Catalina: sus oraciones comienzan por un grito de humildad, de sumisión, de adoración; no puede olvidar quién es y a quién se dirige:


¡Oh soberana y eterna Bondad! ¡Ay! ¿Qué soy, pues, miserable para que Tú, padre eterno y soberano, me hayas manifestado la Verdad?...

Por Ti, oh médico celeste, amor inefable de mi alma, suspiro con ardor. Oh Trinidad eterna e infinita, recurro a Ti, a pesar de mi pequeñez, y te suplico en unión con el cuerpo místico de la Santa Iglesia, que purifiques con tu gracia toda mancha de mi alma.

Ahora bien, no solamente tiene la humildad esencial de toda criatura que conoce su origen, sino esta otra humildad—más penosa a la naturaleza— del pecador que conoce su historia. La persigue el recuerdo de sus faltas.

Mas ¿qué desórdenes, se preguntará el lector, podía llorar esta privilegiada de la gracia que jamás conoció el pecado mortal?

La conciencia de los santos tiene delicadezas que nos asombran y nos desconciertan. Y, sin embargo, tienen razón. Además de que Catalina no cesó nunca de reprocharse con amargura la tibieza en que la sumió su hermana Bonaventura, atribuía particular gravedad a sus faltas de omisión de las que se acusó hasta el último momento, persuadida de que estas faltas eran la causa de los desfallecimientos de sus discípulos y las desventuras de la Iglesia: si su oración hubiese sido más ferviente ¿no hubiera evitado los azotes que ella ya veía cernerse sobre la cristiandad? «Si yo estuviera totalmente inflamada por el fuego del amor divino, decía a su confesor ¿no rezaría a mi Creador con un corazón de llamas, y El, soberanamente misericordioso, no se apiadaría de todos mis hermanos y les concedería el estar inflamados por el fuego que estaría en mí? ¿Cuál es el obstáculo para este gran bien? Mis pecados, sin duda». Se reprocha, pues, con amargura, no corresponder a la gracia. Con frecuencia, en su oración, cuando el impulso de la caridad parecía arrebatarla, se detenía de repente, como ante un obstáculo que amenazara quebrar el impulso de su oración, y se le oía acusarse:


¡Señor, yo he pecado; ten piedad de mí! Seguí en todo momento la ley perversa que hay en mí... No te he conocido a Ti, Luz verdadera.

Y con todo le plugo a tu caridad iluminarme... Yo no he sabido guardar mi memoria llena sólo de Ti y de tus beneficios inmensos. No he fijado mi inteligencia conforme a tu voluntad, no me he aplicado únicamente a buscar tu agrado; tampoco mi voluntad se ha empleado en amarte con todas sus fuerzas y sin mesura, como Tú me lo pedías. Yo te he ofendido».  

(M.V. Bernadot, O.P., Santa Catalina de Siena al Servicio de la Iglesia, Madrid 1958, pp. 20-23. Los destacados son nuestros).