jueves, 15 de octubre de 2020

TERESA DE JESÚS, EL LIDERAZGO DE UNA MUJER EXTRAORDINARIA

Santa Teresa de Jesús
fundadora del Carmelo reformado

Edith Stein nos ha dejado páginas selectas sobre la vida y el alma de santa Teresa de Jesús, su madre espiritual. Sabemos que para la mártir carmelita el encuentro con las obras de Teresa de Ávila fue determinante en su conversión. Edith encontró en Teresa no sólo una gran mística y fundadora, sino también un modelo en el arte de educar y formar a la persona en su integridad. En su ensayo Una maestra en la educación y en la formación: Teresa de Jesús, Edith Stein nos muestra en pocas pinceladas las cualidades del liderazgo natural de la gran santa de Ávila: 

«Podrá llegar a ser maestro en el arte de la educación solo aquel que por naturaleza ha nacido para dirigir. Tal es el caso de Teresa. Poseía ella visión clara del espíritu, que decididamente emprende altos objetivos; pasión de corazón, que vivamente se esfuerza y hace suya su profunda interioridad; voluntad siempre dispuesta, que inmediatamente se empeña en algo que ha conocido como digno de aspiración; espíritu de grupo, que aquello que para sí tiene como bueno a lo que aspirar o poseer, inmediatamente desea que llegue a los demás; y poder de encanto sobre las almas, que sin reservas a ella se le entregan. Todo ello lo demuestra la bien conocida narración de su deseo infantil por el martirio...

Su natural liderazgo fue elevado mediante la gracia. Aunque el motivo fundamental de su entrada en el convento fue el temor, muy pronto se fue transformando en un ardiente amor a Dios con la experiencia de una interior alegría que el Señor le regalaba por su sacrificio. La joven religiosa será llevada por el camino de la oración interior. Descubre en el interior de su alma un mundo de cuya riqueza hasta ahora no había ni sospechado. Aprende a descubrir a Dios en lo más interior de su alma y a entablar con él un trato confiado. Por propia experiencia descubre las palabras de san Agustín: «Noli foras ire, intra in te ipsum; in interiore hominis habitat Veritas», «No vayas fuera; entra en ti mismo; en el interior del hombre habita la Verdad» (Edith Stein, Escritos espirituales, BAC 2001, p. 251 y 254).




 

viernes, 9 de octubre de 2020

TOCAR A CRISTO CON FE Y HUMILDAD

Extracto de un sermón de San Pedro Crisólogo sobre la fe y humildad con que la hemorroísa tocó el manto de Cristo y alcanzó su curación.

«Acercándose por detrás, le tocó el borde de su manto (Cf. Mt 9 18-26). ¡Qué debió de ver escondido en la intimidad de Cristo, la que en el borde de su manto descubrió todo el poder de la divinidad! ¡Cómo enseñó lo que vale el cuerpo de Cristo la que mostró que en el borde de su manto hay algo de tanta grandeza!

Ponderen los cristianos, que cada día tocan el Cuerpo de Cristo, qué medicina pueden recibir de ese mismo cuerpo, si una mujer recobró completamente la salud con sólo tocar la orla del manto de Cristo. Pero lo que debemos llorar es que,  mientras la mujer se curó de esa llaga, para nosotros la misma curación se torna en llaga. Por eso, el Apóstol amonesta y deplora a los que tocan indignamente el cuerpo de Cristo: pues el que toca indignamente el cuerpo de Cristo, recibe su propia condenación» (cf. 1 Cor 11, 29). (San Pedro Crisólogo, Sermón 34).


 

jueves, 1 de octubre de 2020

DOCTRINA CATÓLICA SOBRE LOS ÁNGELES

Hans Memling. Ángeles alabando a Dios 
con instrumentos musicales (1480)

En un puñado conciso de preguntas y respuestas, el catecismo de San Pío X nos ha dejado un admirable compendio de la doctrina católica sobre los Ángeles. Es de gran consuelo considerar a los ángeles como «hermanos mayores» nuestros que cumplen celosamente el encargo divino de acompañarnos en el camino de la vida; sí, «porque ha dado órdenes a sus ángeles para que te guarden en tus caminos; te llevarán en sus palmas, para que tu pie no tropiece en la piedra» (Sal 90 11-12). La fe en los ángeles nos abre nuevas perspectivas en la comprensión de la Comunión de los Santos y de la solidaridad mutua que Dios ha querido entre sus criaturas que le han permanecido fieles.

De los Ángeles

¿Cuáles son las criaturas más nobles que Dios ha creado? –Las criaturas más nobles creadas por Dios son los Ángeles.

¿Quiénes son los Ángeles? –Los Ángeles son criaturas inteligentes y puramente espirituales.

¿Para qué fin creó Dios a los Ángeles? –Dios creó a los Ángeles para que le honren y le sirvan y para hacerlos eternamente bienaventurados

¿Qué forma o figura tienen los Ángeles? –Los Ángeles no tienen forma ni figura alguna sensible, porque son puros espíritus, que subsisten sin necesidad de estar unidos a cuerpo alguno.

¿Por qué, pues, se representan los Ángeles con formas sensibles? –Los Ángeles se representan con formas sensibles: 1º, para ayudar a nuestra imaginación; 2º, porque así han aparecido muchas veces a los hombres, como leemos en las Santas Escrituras.

¿Permanecieron fieles a Dios todos los Ángeles? –No, señor; no permanecieron fieles a Dios todos los Ángeles; antes, muchos de ellos, por soberbia, pretendieron ser iguales a Él e independientes, y por este pecado fueron desterrados para siempre del paraíso y condenados al infierno.

¿Cómo se llaman los Ángeles desterrados para siempre del paraíso y condenados al infierno? –Los Ángeles desterrados para siempre del paraíso y condenados al infierno se llaman demonios, y su caudillo se llama Lucifer o Satanás.

¿Pueden los demonios hacernos algún mal? –Sí, señor; los demonios pueden hacernos mucho mal en el alma y en el cuerpo, si Dios les da licencia, mayormente tentándonos a pecar.

¿Por qué nos tientan? –Los demonios nos tientan por la envidia que nos tienen, la cual les hace desear nuestra eterna condenación, y por odio a Dios, cuya imagen resplandece en nosotros.

¿Por qué permite Dios las tentaciones? –Dios permite las tentaciones para que, venciéndolas con su gracia, ejercitemos las virtudes y adquiramos merecimientos para el cielo.

¿Cómo se vencen las tentaciones? –Las tentaciones se vencen con la vigilia, la oración y la mortificación cristiana.

¿Cómo se llaman los Ángeles que permanecieron fieles a Dios? –Los Ángeles que permanecieron fieles a Dios se llaman Ángeles buenos, Espíritus celestiales o simplemente Ángeles.

¿Qué fue de los Ángeles que permanecieron fieles a Dios? –Los Ángeles que permanecieron fieles a Dios fueron confirmados en gracia, gozan para siempre de la vista de Dios, le aman, le bendicen y le alaban eternamente.

¿Sírvese Dios de los Ángeles como de ministros suyos? –Sí, señor; Dios se sirve de los Ángeles como de ministros suyos, y en especial a muchos de ellos hace custodios y protectores nuestros.

¿Hemos de tener particular devoción al Ángel de nuestra Guarda? –Si, señor; hemos de tener particular devoción al Ángel de nuestra guarda, honrarle, implorar su socorro, seguir sus inspiraciones y ser agradecidos a su continua asistencia.

(Catecismo Mayor de San Pío X , I parte, c. 2, 2, n. 34 a 48)






 

viernes, 25 de septiembre de 2020

FLECTAMUS GENUA! ADOREMOS DE RODILLAS


Al Santo Cura de Ars le gustaba referir la siguiente historia para exaltar la virtud de la humildad que tanto amaba:

Un día el diablo se apareció a San Mauricio con el propósito de ridiculizar su vida penitente y apartarlo de ella. Todo lo que tú haces, lo hago también yo, susurró Satanás al solitario de la Tebaida. Tú ayunas, y yo no como nunca; tú velas, y yo jamás duermo.

–Una cosa hago yo que tú no puedes hacer, replicó Mauricio.

¿Y cuál es?, dijo el diablo con curiosidad.

¡Humillarme!, respondió Mauricio.

Quien no es capaz de humillarse está imposibilitado para adorar, para ofrecer a Dios el obsequio reverente que su excelencia infinita reclama. Por eso algunos padres del desierto imaginaron al demonio como un ser carente de rodillas, incapaz por lo mismo de doblegar su ser ante la majestad divina. Se entiende que el Cardenal Ratzinger, inspirado en este hecho, escribiera en su obra El espíritu de la liturgia: «La incapacidad de arrodillarse aparece, por decirlo así, como la esencia de lo diabólico».

Por su intrínseca unidad físico-espiritual, al hombre no le es posible anonadarse ante la majestad de Dios, sino implicando también a su cuerpo. Al preguntarse si la adoración comporta actos corporales, Santo Tomás responde: Como escribe el Damasceno, puesto que estamos compuestos de doble naturaleza, la intelectual y la sensible, ofrecemos doble adoración a Dios: una espiritual, que consiste en la devoción interna de nuestra mente, y otra corporal, que consiste en la humillación exterior de nuestro cuerpo. Y puesto que en todo acto de latría, lo exterior se refiere a lo interior como a lo más principal, esta adoración exterior tiene por fin la interior. En efecto, los signos exteriores de humillación del cuerpo excitan a someterse con el corazón a Dios, pues nos es connatural el llegar a lo inteligible a través de lo sensible (S. Th., II-II, q. 84, a.2, c).

No debería dejar de inquietarnos la notable mengua que ha experimentado el gesto de arrodillarse en nuestras modernas celebraciones litúrgicas. Hay que prestar atención a ciertos residuos racionalistas que han permeado el culto católico en las últimas décadas. No es posible adorar cabalmente sin arrodillarse; difícilmente podrá doblegar su voluntad quien antes no ha sido capaz de flectar sus rodillas. Se trata de una dimensión tan fundamental, «que una fe o una liturgia que no conociese el acto de arrodillarse estaría enferma en un punto central», dice Ratzinger en su obra mencionada más arriba. Y en otro lugar señala con igual convicción: «Por ello, doblar las rodillas en la presencia del Dios vivo es algo irrenunciable». Por otra parte, conmueve contemplar al mismo Cristo orando de rodillas en Getsemaní, como si sintiera la necesidad de postrarse ante la grandeza de su propia inmolación. 

No hace mucho leí en un viejo libro de liturgia esta sentida explicación sobre la razón del gesto de arrodillarse en el culto:

«El hombre orgulloso se yergue como si quisiera parecer más alto de lo que es, la humildad, en cambio, –reverente o penitente– acerca a la tierra, reduce la apariencia humana, postra de rodillas. De hinojos el hombre ha sacrificado casi la mitad de su estatura, forma parte del suelo y de la nada, tiene una modestia que quisiera hacer invisible. Parece que dijera: tú Señor eres tan grande, yo tan pequeño, tan próximo al lodo...

Quien se halla de rodillas está soldado a la dura piedra de este mundo, pero en su interior se ha superado, aceptando su pequeñez y contingencia, reconociendo la Majestad de Dios. Y así se cumple una vez más que el que se humilla será ensalzado...» (Alberto Wagner de Reyna, Introducción a la liturgia, Buenos Aires 1948, pp. 126-127).

Para quien desea adorar a Dios de verdad, siempre será actual la invitación que repetidamente nos dirige la liturgia del Viernes Santo en la solemne oración universal: Flectamus genua!, ¡Doblemos las rodillas! Y también aquella otra de la liturgia tradicional durante el tiempo de Cuaresma: Humiliate capita vestra Deo!, ¡Humillad vuestras cabezas ante Dios! Es la condición para que Dios nos pueda levantar.





lunes, 21 de septiembre de 2020

LA HORA DE MATEO

San Mateo de Guido Reni 

Comentando el episodio evangélico de la vocación de Mateo, San Juan Crisóstomo nos advierte que la llamada de Dios suele tener su momento irrepetible, su hora decisiva, sabiamente decretada por la providencia divina. Es la hora de la madurez del alma que, fortalecida por la gracia de Dios, está en condiciones de levantarse ante el imperioso «sígueme» de Cristo y poner la vida entera a su disposición.


«¿Por qué razón –comenta el Crisóstomo– no llamó el Señor a Mateo al mismo tiempo que a Pedro y Juan y a los demás discípulos? Porque, así como se presentó a éstos en el momento en que sabía que los hallaría dóciles a su llamamiento, así también llama a Mateo en el momento en que sabe le ha de obedecer. Por la misma razón pescó a Pablo después de la resurrección. El que conoce los corazones y sabe los íntimos secretos del alma de cada uno, sabía también el momento en que cada uno le había de obedecer...

 

Mas ya que habéis visto el poder del que llama, considerad también la obediencia del llamado. Porque Mateo no opuso ni un momento de resistencia ni dijo dudando: ¿Qué es esto? ¿No será una ilusión que me llame a mí, que soy hombre tal? Humildad, por cierto, que hubiera sido totalmente intempestiva. No; Mateo obedeció inmediatamente y ni siquiera pidió al Señor le permitiera ir a su casa y dar la noticia a los suyos, como, por lo demás, tampoco lo hicieron los pescadores. Éstos dejaron redes barca y padre, y Mateo su oficio de recaudador y su negocio, para seguir al Señor. Y al mostrar una decisión pronta para todo y desprenderse a sí de golpe de todas las cosas de la vida, atestiguaba muy bien, por su perfecta obediencia, que le había el Señor llamado en el momento oportuno» (San Juan Crisóstomo, Homilías sobre San Mateo, Homilía 30, 1).

 

lunes, 14 de septiembre de 2020

EL TEMPRANO AMOR DE JESÚS POR LA CRUZ

El divino Infante cargando con
los instrumentos de su Pasión

Por su profunda y sencilla piedad, siempre me ha conmovido un breve relato de Jesús niño en relación a la cruz (probablemente inspirado en los evangelios apócrifos), y que Bernardino de Laredo recoge en su Tratado de San José. Es sabido que este autor ejerció un influjo positivo en la mística española del siglo XVI, particularmente en San Juan de la Cruz y Santa Teresa de Ávila. Su Tratado sobre San José también contribuyó al despertar de la devoción y de la teología josefinas de la época.

Pues bien, cuenta esta historia que San José pasaba en su taller muchos espacios de tiempo con nuestro sacratísimo Niño, quien le ayudaba en cosas varias y pequeñas. Muchas veces el Niño le pedía que le hiciese una cruz, dándole la traza y forma cómo la había de hacer; y una vez hecha, miraba el santo José que el Niño se holgaba con ella, y la abrazaba y besaba y se la ponía en el hombro, y se paseaba con ella. San José le preguntaba con frecuencia que le explicara qué significaba esa cruz, hasta que un día el Niño, que lo amaba tanto, se lo reveló: el celo por esta cruz me hizo venir del cielo, y téngole tanto amor que una hora de mi vida no podría pasar sin que sea mi vida cruz, y crucificado en cruz he de salir de esta vida y cuando sea puesto en ella todo lo traeré a mí mismo y todo lo ganaré, como todo se perdería si yo no tomase cruz. (Cf. Bernardino de Laredo, Tratado de San José, Rialp 1977, p. 56)

 

martes, 8 de septiembre de 2020

LEON BLOY, UNA PLUMA AL SERVICIO DE LO ABSOLUTO

Tumba de León Bloy en Bourg-le-Reine

Transcribo un valioso fragmento de una carta de León Bloy que contiene, en cierto modo, la propia apología de su misión como escritor y del estilo enérgico y hasta lacerante que necesariamente debe acompañarla. Es la respuesta a un hombre que le confiesa admiración y le ha hecho llegar un generoso socorro económico; pero a la vez parece sugerirle que por la vía de la mesura su onda benéfica podría expandirse más y prestarle alivio frente a tantas penalidades que rondan su vida. Sin embargo, este hombre de fe radical no puede renunciar a la fuerza profética de su pluma. Es el precio de escribir para el Absoluto. «Mi ira es la efervescencia de mi piedad», suele decir a sus amigos. En nuestros días, cuando un vago sentimentalismo carente de peso doctrinal invade tantas cabezas y corazones, la lectura de los escritos de Bloy resulta altamente reconfortante.

* * *

«Me juzga usted humanamente, sin advertir que estoy, precisamente, fuera de todos los puntos de vista humanos y que en eso consiste mi fuerza, mi única fuerza. La verdad neta y que brilla en todos mis libros, es que yo escribo sólo para Dios. Deplora usted que me haya colocado en una situación en que no puedo hacer todo el bien que habría el derecho de esperar de mí. Pero, ¿qué sabe usted de mí? Me habla usted de las enseñanzas del cristianismo y estamos de acuerdo. Hay algo que la Iglesia ha predicado siempre y que es la doctrina de todos los santos sin excepción: importa más la salvación de una sola alma que el sustento material de cien mil pobres. Esto no está definido en dogma, pero está a tal punto unido a la Doctrina esencial, a la Palabra de Dios, que es imposible ser cristiano si se lo pone en duda.

Y bien, ¿no es infinitamente alentador suponer, si me ha sido acordado el don de escribir, que tengo sobre todo la misión de influir sobre las almas? Semejante misión es seguramente harto extraña al espíritu del mundo, de ese mundo que considera las almas como menos que nada y por el cual ha dicho Jesús que él no rogaba (non pro mundo rogo). Pero usted, que vive en ese mundo infame como un extraño, puesto que ha dado lo mejor de su esfuerzo a una causa que el menosprecia, no puede ni debe dejar de comprenderme.

He aquí que por segunda vez formula reproches a la Edad Media, como si usted mismo no perteneciera a esa época que ha sido la más bella del mundo después de los tiempos apostólicos. ¡Una época en que se creía, en que se amaba hasta morir, en que se tenía fe hasta en medio de los suplicios, en que se llegaba al sacrificio total, en que el Cuerpo y la Sangre de Cristo estaban antes que todas las cosas! ¿De cuál sino de esa época es o cree ser usted, que por amor a un mísero Príncipe, renegado de todo el mundo, da su dinero a un artista proscrito y desdeñado por la multitud, a quien apenas conoce? No lo tome usted a mal, pero sin saberlo y a su manera es usted simplemente uno de aquellos que se lanzaban a la conquista del Santo Sepulcro, y Dios, que “reconoce a los suyos” sabrá reconocerlo.

Dice usted o cree decir, que no “siempre es conveniente publicar ciertas verdades”. ¡Curiosas verdades las que conviene a veces ocultar! Por mi parte, me atengo al praedicate super tecta del Evangelio, y me haría quemar a fuego lento antes de callar una verdad.

Volviendo al bien que pude haber hecho, ¿le parece a usted nada haber arrancado a no pocas almas de las garras de Lutero, haber dado sacerdotes a la Iglesia y esposas a Cristo, haber consolado y puesto en gracia de Dios a agonizantes y haber sufrido por todo ello voluntarios tormentos?

Pero no me compadezca usted. Si mi vida hubiera sido otra, si hubiese sido un prudente, un mesurado, ¿qué hubiera sido de mí hoy? Seguramente ganaría mucho dinero y tendría la admiración de los señores periodistas; pero ¿cómo habría usted podido conocerme, identificarme entre la multitud de esa especie y qué razón hubiera tenido para estimarme? ...» (León Bloy,  Mi Diario,  Buenos Aires 1947, p. 54).